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jueves, 24 de julio de 2014

Sobre los Estatutos de VOX

Varios compañeros de VOX han insistido en pedirme un pronunciamiento sobre la enmienda al artículo 23 de los Estatutos que ya se conoce, por el nombre de su proponente, como enmienda Trujillo. Me he resistido a hacerlo porque es como si se me pidiese que defendiera mi condición de asturiano o de persona de buen tamaño, por poner algunos ejemplos poco discutibles. Presido por delegación el CEN (p) y no figura entre mis costumbres decir una cosa para luego hacer la contraria, y, aunque supongo que en ocasiones haya podido incurrir ese vicio hipócrita, os aseguro que ésta no es una de ellas.
Naturalmente que estoy contra de la enmienda Trujilllo. De prosperar, me parece que equivaldría a lanzar un torpedo en la línea de flotación de nuestro barco. Un partido, sobre todo cuando está creándose, como es el caso, está para unir a personas distintas, no para escoger a una sola entre mil, y la propuesta que ha hecho el CEN trata de buscar un equilibrio razonable entre la función representativa del órgano de gobierno y su carácter homogéneo, que es lo que más le conviene a VOX en estos momentos en que, con razón o sin ella, no escasean ni la tribulación ni las dudas. Me parece indiscutible, además, que la enmienda Trujillo contradice frontalmente el primero de nuestros compromisos de funcionamiento de nuestro Manifiesto fundacional que cito textualmente, pues parece que algunos no lo han leído:
"VOX se estructurará democráticamente de modo que todos sus candidatos y cargos orgánicos sean elegidos por los afiliados en elecciones primarias y rindan periódicamente cuentas ante ellos, en cuyo nombre actúan". Es evidente que podría haber dicho, por ejemplo, "VOX eligirá con la mayor unanimidad posible un lider carismático e indiscutible y todos los demás se pondrán de inmediato a sus órdenes con alegría y espíritu de servicio", pero no lo dice y, sinceramente, creo que, de decir eso, VOX habría sido un partido distinto al que es.
De todas maneras, estamos en democracia y estableciendo las reglas de juego. Soy razonablemente escéptico sobre la importancia de las reglas, creo que se puede funcionar con unas o con otras, aunque en este desdichado caso creo que se nos propone jugar al fútbol, por poner un ejemplo, con las reglas del levantamiento de pesos, y eso creará confusión y muchas perdidas de tiempo, además de que puede causar que los espectadores abandonen el estadio en masa. Ya que estoy con los ejemplos, la enmienda Trujillo supone reducir el fútbol al lanzamiento de penaltys, lo que implica una injustificable reducción  del partido a un lance de excepción que no puede susbstituir de ninguna manera el noble y bello juego de equipo, consustancial a la democracia que debemos defender y defendemos.
¿Qué pasaría si saliese triunfante la enmienda Trujillo? Puedo responder por mí: seguiré peleando por lo que creo, porque este partido sea un partido liberal, abierto, participativo, radical y coherente en sus principios, y sin perder de vista lo que llevó a su creación, que no es precisamente la ausencia de liderazgos, sino la carencia de participación de los ciudadanos y la completa ausencia de democracia interna que permite a algunos partidos hacer exactamente lo contrario de lo que prometieron hacer. VOX tiene que ser de todos nosotros, tanto como sea posible, y es muy mala cosa empezar reclamando que el sistema electoral interno sirva para entregar todo el poder a una única persona.
Algunos han sugerido que el CEN (p) debería apoyar más su propia propuesta, dado el gran número de avalistas de la enmienda Trujillo. Es obvio que así se verá en la Asamblea, y salvo la excepción  de las personas que la han avalado, no me consta que ningún otro miembro del CEN (p) apoye cosa distinta a la que os hemos propuesto.

Queridos compañeros, nos estamos jugando algo muy importante y os deseo que seamos capaces de acertar con lo que más conviene: unidad, diversidad, cooperación, debate y democracia. Sólo siendo coherentes y valientes conseguiremos ser útiles a todos los españoles. Es tarea de todos, no se la encarguemos en exclusiva a uno.

domingo, 20 de julio de 2014

Benevolorum concertatio non lis inimicorum

Hay formas de lucha que no suponen hostilidad, tal creía Cicerón, de quien es la frase con la que titulo esta entrada. La discrepancia no debiera suponer desunión, o eso dice el ideal. De todas maneras, hay que distinguir siempre entre quienes discrepan estando de acuerdo en cosas más básicas, y quienes en lo único en que están de acuerdo es en que si no se hace lo que ellos dicen, no hay nada que hacer. En esta cuestión hay asuntos de fondo y de método: los de fondo se refieren a la estabilidad de cualquier proyecto político, tanto si es nacional como si es de partido. Las lógicas aplicables a restaurar la unidad no son las mismas, pero el problema sí es idéntico. En un partido joven lo razonable parece apostar por la unidad en torno a ideas comunes, dejando al margen las cuestiones de poder que deberían sustanciarse cuando el proyecto haya alcanzado su madurez, y sea capaz de navegar a plena vela. Es muy probable que haya otras maneras de ver las cosas y que no todo se reduzca a ambición, sin la cual no hay forma, por otra parte, de estar en política. En mi opinión se equivoca quien piense que lo importante es saber quién manda, pero la libertad existe para que podamos equivocarnos.

domingo, 13 de julio de 2014

Un partido es un instrumento

¿De qué y para qué? Se trata de una pregunta que siempre debieran hacerse quienes se embarcan en aventuras políticas. De no hacerla, o de hacerla a destiempo, se pueden derivar errores que, al principio, pueden parecer inverosímiles, pero que acaban siendo letales. Los partidos están para servir a la sociedad y para hacerlo a partir de una  idea política. Ahora bien, la política puede verse como división o como integración: si se ve la política como división, los partidos sirven para dar gusto a sus militantes y a sus dirigentes, e, inevitablemente, se estrechan y esterilizan. Si se ve la política como integración, la tarea es mucho más difícil, pero el resultado suele ser mejor. La democracia interna en los partidos debería servir precisamente para integrar, pero suele emplearse para dividir, y así se hace siempre que se olvida el orden lógico, primero la sociedad, España, en segundo lugar, los electores, luego los afiliados y, por último, los temporeros, los que ocasionalmente dirigen el partido.  Cuando el orden se invierte, se puede presumir una mayor eficacia a corto plazo, pero, a la larga, se aprende que lo que a veces apasiona a los que viven el partido por dentro no importa nada al resto de los españoles y que, además, de tanto mirarse al ombligo, los partidos acaban siendo el retrato fiel de su peor imagen, lo que piensan de ellos los que creen que la política no tiene remedio. Tenemos que intentar demostrar que no tienen razón. 

sábado, 5 de julio de 2014

Liberales ante todo

Una de las cuestiones que más se ha debatido en la política contemporánea es la de la relación que debe existir entre políticos y técnicos. La respuesta que puede considerarse obvia es que los políticos deben ocuparse de los fines, y los técnicos de los detalles y de  la ejecución, pero la realidad suele ser bastante más compleja que esa distinción tan fácil. Pongamos el caso de la energía y una pregunta simple: ¿el galimatías de las tarifas y su correspondiente traslado a las incomprensibles facturas, es un fallo político o es consecuencia de que las eléctricas no tienen contables competentes?

Como se trata de un mero ejemplo, no voy a contestar a la pregunta, pero voy a partir de ella para echar leña a un fuego que ya no es nada pequeño, el incendio de la opinión pública en relación con la corrupción, una palabra que resume mil quejas, y con el desdén de muchos políticos hacia los ciudadanos a los que representan y gobiernan.

No se trata sólo de que la larga crisis económica haya puesto a los españoles contra los políticos que no parecen capaces de resolverla, aunque este dato no es nada irrelevante. Por detrás del descontento con los “recortes”, la subida de impuestos, el crecimiento de las administraciones, o la insoportable arbitrariedad de sus medidas, hay un largo desencanto con la democracia entendida como un mero proceso de legitimación de los que tienen la sartén, o eso parece, por el mango.

En la reciente historia española hay demasiados ejemplos de disparates de aspecto puramente técnico que responden a políticas muy equivocadas o, al menos, insuficientemente explicadas.  No se puede echar la culpa a los técnicos de que, por aquí o por allá,  haya un excesivo número de aeropuertos, de museos de arte contemporáneo, de universidades, de hospitales con plantas vacías, o de trenes de alta velocidad que circulan casi vacíos o que descarrilan en curvas inverosímiles. Detrás de todos esos excesos ha habido un gasto público no claramente productivo y se sospecha, no sin fundamento, que han circulado millones de euros que mejor hubieran estado en los bolsillos de los ciudadanos, pero no se puede fabricar ningún Bárcenas con medidas austeras y con trasparencia para controlar el gasto.
Los españoles soportan con enorme paciencia unos impuestos enormes y una información extremadamente escasa sobre cómo se emplean los dineros públicos. Los liberales deberían oponerse a esos excesos de gasto y de opacidad, pero no sólo en el caso de los poderes públicos, sino también en los muy abundantes casos en que los ciudadanos se sienten indefensos frente a las comisiones de los bancos,  las arbitrariedades de las telefónicas o los incomprensibles vaivenes, siempre hacia arriba, de las tarifas energéticas.

España tiene unos costes energéticos tan impenetrables al entendimiento común como altos, y eso supone un doble perjuicio, a nuestra competitividad como país, pero también a nuestra escasa cultura democrática. De tan acostumbrados que estamos a no pedir explicaciones a los políticos que no hacen lo que dijeron que iban a hacer, y mira que abundan, venimos soportando con estoicismo y cierta placidez que la gasolina suba cuando baja el petróleo, o que la electricidad se encarezca con los embalses a tope. Hay que poner fin a ambas carencias, al exceso en tarifas muy altas, y al defecto en informaciones precisas sobre las supuestas razones para que los precios suban, como, tan a menudo,  lo hacen.

Para progresar en estas cosas, un objetivo político muy claro, hace falta que alguien se proponga hacerlo, pero, sobre todo, que haya una presión ciudadana que así lo imponga. Una de nuestras paradojas más notables puede acabar siendo que fuerzas políticas que nos conducirían a donde nadie mínimamente avisado querría ir  puedan alcanzar la mayoría a base de repetir cosas tal vez inexactas pero que todo el mundo entiende. Lo harán si no hay nadie enfrente que lo haga mejor, y ahora no lo hay. De manera que no necesitamos sólo unas tarifas más baratas, sino una democracia  de mucha mayor calidad. Lo primero no vendrá sin lo segundo, porque no hay nada que favorezca más las subidas de precios que una poderosa cortina que oculte lo que tras ella ocurre en realidad. Quien no quiera ver que el público está empezando a enfadarse no se entera de nada, y eso puede pasarle perfectamente a líderes empresariales que generan muchos beneficios, y a líderes políticos que han ganado elecciones, pero que, con toda probabilidad, no las volverán a ganar sin merecerlo.


[Publicado previamente en elperiódicodelaenergía]

miércoles, 25 de junio de 2014

Declaración de Portsmouth sobre partidos políticos

Le copio a Santiago Hernández de Andrés la declaración de Portsmouth que ha incluido en su tweet. Estoy casi completamente de acuerdo y me gustaría que VOX aprobase unos Estatutos en esta línea. 

Transcribo:


DECLARACIÓN DE PORTSMOUTH

25 de junio de 2014 

Un antídoto contra la Ley De Hierro de las Oligarquías en los partidos políticos.                               

DECLARACION DE PORTSMOUTH

Las sociedades cuya base de convivencia se basa en la adopción de instituciones democráticas, ordenan las diferentes sensibilidades en los partidos políticos. El fin último de éstos, ha de ser sin duda, el servicio al Interés General y al conjunto de la Sociedad. Hoy en día, no es aceptable que en el seno de las sociedades más avanzadas, el funcionamiento interno de los partidos no tenga bases ni fundamentos democráticos y donde la norma sea la igualdad de oportunidades. No puede ser de otra manera, si tratamos de que sean herramientas eficientes al servicio de los ideales que deben inspirarlas. Para llevar a buen término éstos fines, y evitar en la medida de lo posible tanto las dictaduras de partidos, como el nepotismo y la formación de oligarquías en el interior de éstos, se impone una solución basada en las fórmulas derivadas de los ideales de la ilustración, ya adoptadas y probadas en aquellos países que parten de la necesidad del control mútuo y el equilibrio de fuerzas: la división de poderes. Por tanto, conscientes de la necesidad de que el funcionamiento interno de los partidos sea auténticamente democrático, aceptamos trasponer a nuestros estatutos y normas de funcionamiento los siguientes:                                    PRINCIPIOS1- Se establece la división orgánica en los partidos adheridos a ésta declaración. En los partidos estarán separados los órganos ejecutivos y de gobierno, de los órganos de control financiero y disciplinario.2-Se establece como obligatorio adoptar el sistema de primarias a urna única para todos los cargos y candidaturas.3-Los miembros de cualquiera de los órganos del partido, no podrán en ningún caso formar parte de las candidaturas. Serán excepción a ésta norma las organizaciones en que el tamaño de la misma impida el cumplimiento de la misma.4- Para garantizar la igualdad y la independencia de los partidos, quedarán limitadas por Ley las donaciones de particulares y empresas a los partidos políticos.5-Los partidos que se adhieran a la declaración de Portsmouth se comprometen a, en caso de alcanzar el poder, modificar las legislaciones de sus respectivos países para que la financiación pública sea proporcional a la representación obtenida, y suficiente para el normal funcionamiento de los partidos.6-Los estatutos de los partidos que aceptan la declaración, deberán ser Públicos y ser accesibles a todos lo militantes tanto en soporte físico como en soporte digital en sus sedes electrónicas o páginas web.7- Los Ponencias o propuestas a ser discutidas en las Asambleas o Congresos, deberán ser obligatoriamente expuestas con un mínimo de dos semanas a los afiliados, y sometidas a un proceso abierto de alegaciones y propuestas de mejora de otras dos semanas.8 - Todo grupo de militantes que reúna un 10% de firmas, tendrá derecho a presentar una ponencia alternativa, que deberá ser votada en la Asamblea o Congreso. Mientras dure el proceso de presentación de propuestas alternativas o candidaturas alternativas, los ponentes o candidatos (salvo en caso de faltas extremadamente graves) no podrán ser sometidos a proceso disciplinario alguno.9 - Todo partido adherido a la Declaración de Portsmouth habilitará un procedimiento de impugnación de los órganos ejecutivos, a propuesta de un 25% de la militancia. A fin de hacer posible éste proceso, los órganos ejecutivos están obligados a facilitar los listados de militantes si lo solicita un 5% de la militancia.  Durante éste proceso de impugnación, que no podrá en ningún caso durar más de tres meses, los promotores tampoco podrán ser expedientados, salvo en casi de falta extremadamente grave.10 - Se acepta expresamente el principo por el cual un político ostentará un solo cargo, sea éste público, o de los órganos del partido.11 -Los partidos políticos que suscriben ésta declaración rechazan explícitamente que los salarios de los cargos públicos sean tan elevados como para suponer una carga para los administrados. La vocación de servicio será el fin perseguido, y no el enriquecimiento ilícito o abultado.12 - Las cuentas de los partidos que suscriben la presente declaración son Públicos, y están detalladas hasta el último céntimo de euro. Serán asimismo auditadas una vez al años por órganos independientes.13 -Se establece la urna tradicional como sistema preferible. Una urna electrónica bajo supervisión de notario podrá ser aceptada si así lo aprueba en asamblea la militancia.14- Los partidos políticos con estatutos democráticos, y que no cumplan los mismos, deben ser considerados por la sociedad con el mismo desprecio con el que contemplamos a cualquier tiranía.15-Los políticos en los puestos en que ello sea posible, no serán profesionales. A fin de favorecer los necesarios equilibrios presupuestarios, percibirán como máximo una moderada dieta por asistencia a los plenos o consejos de los que formaran parte.16- Será obligatoria la limitación de mandatos a dos legislaturas en cualquier cargo o responsabilidad, tanto orgánica como pública.17- Los partidos firmantes de éste manifiesto se comprometen a aportar personas de conocimientos probados, reconocido prestigio o suficiente experiencia en un área determinada cuando tengan que ejercer un cargo público.18.-Las personas que ejerzan un cargo público serán un ejemplo de austeridad y control eficiente del gasto en todas sus actuaciones, no permitiéndose excesos que puedan ser motivo de escándalo para los ciudadanos a los que sirven.

Grupo De Portsmouth 2014

viernes, 20 de junio de 2014

La monarquía entre la prosa y la emoción

                               

Tardaremos tiempo en saber si las precauciones tomadas estos días para evitar que nadie pueda sentirse ofendido por un exceso de gasto ceremonial en los actos inaugurales del nuevo reinado han sido inteligentes o cobardes. Las monarquías no son soluciones políticas  que puedan fundarse en la mera razón, y necesitan, por tanto, de dosis abundantes de otros ingredientes más morales que intelectuales. En el caso de España, el reinado de Juan Carlos I ha sido una extraña mezcla de legalidad política, casi de burocracia, de supuesta legitimidad histórica, y de un cierto pragmatismo un tanto espeso, eso de presentar a nuestro Rey como el mejor embajador de nuestras empresas, por ejemplo. El discurso inaugural de Don Felipe VI da pie a pensar que el nuevo Rey de los españoles es consciente de que la fórmula que garantiza su legitimidad, y la estabilidad política, se encuentra un poco desgastada, que necesita un profundo proceso de restauración para poder  durar de manera indefinida, lo que es la gran virtud de las monarquías. No es que en los fastos de ayer haya faltado calor público y emoción, pero parece evidente que esos ingredientes necesitan ser articulados en un discurso monárquico que no puede ser continuación del que estaba patentemente agotado. En las últimas décadas fue frecuente escuchar la monserga de quienes no se declaraban monárquicos sino “juancarlistas”, pero hace ya tiempo que esa extraña especie española  parece extinta.

Si examinamos la realidad política de las monarquías que podemos considerar ejemplares, como la inglesa, la holandesa o la del Japón, enseguida advertiremos  que la monarquía no es indiferente al régimen político en que se ampara y al que sustenta. Las monarquías que han subsistido lo han hecho sobre la base de un sistema político particularmente perfecto, suficientemente flexible y sólido como para contener e impulsar la vida política de las distintas naciones. Eso fue lo que pasó con la Monarquía española en la época de la transición, que el Rey y la institución que encarnaba se ofrecieron como el vehículo más a mano para una recuperación de la democracia, y como clave de arco de una Constitución que intentó ser de todos, y lo consiguió en no escasa medida. Luego, extrañamente, la democracia y la monarquía han emprendido caminos anormalmente divergentes, y si la monarquía no ha ido a más, la democracia ha ido intensamente a menos. El cuestionamiento de la democracia traerá consigo el de la monarquía, sin duda alguna, y el cuestionamiento de la democracia, el recuerdo insomne de una república tan irreal como atractiva para quienes agitan ese bálsamo de Fierabrás, se traducirá, sin duda, en una deslegitimación, por inútil, de la institución monárquica.
En este sentido sí resulta lógico suponer que el nuevo Rey pueda pretender dar un nuevo impulso a esa simbiosis entre democracia y corona que ha hecho admirables a las grandes monarquías. Eso exige, para empezar, una cierta pedagogía, porque es verdad que hay republicas admirables, como Francia o los Estados Unidos, por mencionar dos casos obvios, pero también hay repúblicas que jamás han acabado de cuajar en una democracia estable y respetable, como Argentina o Venezuela, para no molestar con más ejemplos. En el fondo, cabe sospechar que la renovación de la democracia  es algo más difícil de alcanzar que una mejora en el comportamiento de la Corona, pero no basta con que cesen los escándalos o los rumores de todo tipo, porque, al final, el destino de la Monarquía española y el de la democracia están fuertemente unidos.
Mal vamos si nos preguntamos qué debe hacer el Rey sin caer en la cuenta de lo que debemos hacer los demás. El mejor argumento antirrepublicano, a mi modo de ver, consiste en hacer ver que nuestros males son tan de fondo que de nada serviría un cambio en la cúpula del Estado que, aparte de ser más ornamental que efectivo, no cambiase de raíz las causas de nuestros errores y disparates. Un primer error del Rey podría ser, por tanto, el dedicarse a tomar iniciativas a las que nadie le ha llamado, tal vez porque pudiera pensar en ganarse los aplausos que ahora se le niegan. Es de esperar que una persona tan bien preparada como parece ser Don Felipe VI no se deje llevar por confusiones similares.
Nuestro Rey representa la unidad de España, tan diversa y peculiar como se quiera, pero con la sólida unidad que la Constitución atribuye y reconoce a la única Nación española, y debe de ayudar a que nuestra democracia liberal vaya a más, no a menos, a que gocemos de mayores libertades e igualdades, no de menos. Nuestro Rey representa una democracia imperfecta, pero con capacidad para mejorar, no con vocación de convertirse en otra cosa muy distinta.
Ha querido la casualidad que estos acontecimientos monárquicos hayan venido a coincidir con la celebración del centenario de Julián Marías, el fiel discípulo de Ortega, que, en la línea de su maestro, tanto hizo por comprender y curar las heridas de la convivencia política y de la unidad española. Marías no se cansó de advertir en los comienzos de la democracia del 78 de que los intentos de lesionar la unidad española no conducían hacia el futuro sino al pasado, no traerían mayor libertad e igualdad,  sino que llevarían hacia atrás, hacia una utópica situación prenacional que tenía mucho más que ver con el carlismo, que causó centenares de miles de víctimas cuando la población española era casi un tercio de lo que es ahora, que con cualquier fórmula moderna y liberal de convivencia. Se trataba de que los nacionalistas retrocedían hacia los análisis de Torrás y Bagés, y habían olvidado, por supuesto, a Balmes, pero también a Pi y Margall o a Almirall, que es lo que hay que hacer para pasar de Tarradellas a Pujol, y llegar luego a Jonqueras. El Rey no puede resolver los problemas que hay que conllevar, como advirtió luminosamente en el Congreso de los Diputados don José Ortega y Gasset, pero que no pueden solucionarse a petición de parte, salvo al precio de crear otros infinitamente más graves y dolorosos. Frente a quienes imaginan al nuevo Rey haciendo de aprendiz de brujo, cabe esperar que el Rey encuentre en la ejemplaridad y el rigor de sus funciones una manera de tirar hacia arriba de nuestra democracia, que no sólo respete la independencia del poder judicial, como ha manifestado, sino que haga cuanto esté en su mano para que la respeten los propios jueces y para que los políticos de partido dejen de apropiarse de lo que no les compete. Don Felipe tiene que ayudar a que exista una democracia mejor, más exigente, más abierta, más constitucional y menos secuestrada por poderes que se atrincheran y se olvidan de los ciudadanos  a los que deben servir. Ahí debe estar su poder moderador de las instituciones y no le faltará trabajo, pero debe también ser la representación viva de una Nación vieja y gloriosa, que quiere sentirse orgullosa de sus instituciones pero no puede, que no quiere verse reducida a  un mero orden legal, a una prosa burocrática y muerta, porque sabe que puede resucitar los sentimientos que están  debajo de las multitudes que gritan ¡Viva el Rey!, las emociones que pueden volver a hacer de ella una realidad viva y pujante capaz de competir con la cabeza alta en un mundo muy distinto a cualquier otro de ayer. España es una nación que no ha perdido del todo su pulso, pero cuyo impulso ha desfallecido, cuya moral colectiva está baja, cuyas emociones no encuentran el cauce adecuado porque se han cegado las vías de crecimiento de la democracia, porque los abusos de los partidos y el virus de la división y la insolidaridad la están sometiendo a un tratamiento maléfico con el que hay que acabar. El Rey tendrá su parte si no contribuye a que se cambie un rumbo tan escasamente brillante, pero no ha de ser ni el piloto, ni el patrón, simplemente el Rey de todos. Don Felipe acabó su discurso citando al simpar Quijote: "no es un hombre más que otro si no hace más que otro", parece claro que sabe bien lo que le espera.
[Publicado en vozpopuli]


jueves, 19 de junio de 2014

Un sabor agridulce

La solemne proclamación de Felipe VI ha estado rodeada de un conjunto de circunstancias que acibaran  inevitablemente una secuencia de actos que debiéramos poder considerar con cierto nivel de júbilo y esperanza. Desde la inoportuna e improvisada abdicación del Rey, hasta la amarga y pública derrota de uno de nuestros mejores símbolos recientes, pasando por la retórica eufórica de esos nuevos republicanos que creen, o así lo dicen, dominar las calles, sin olvidar la improvisación y el perfil deliberadamente átono de todos los ceremoniales, la recepción al nuevo Rey no se ha producido en el mejor de los escenarios posibles. 
En contraste con ese escenario algo menos que lánguido, más bien indisimulablemente adverso, creo que hay que destacar el tono dominante en el primer discurso público del nuevo monarca constitucional. Este tipo de discursos se compone, inevitablemente, de un cierto conjunto de lugares comunes, de tópicos que no pueden abandonarse, que deben ser entendidos como exigencias del género, pero, además de esa retórica inevitable, se puede adivinar en esta clase de piezas, algún elemento personal, un síntoma de vida, de preocupación, de deseo y empeño. Claro es que uno puede equivocarse al leer textos de compromiso, pero me parece que no es difícil adivinar por debajo de la prosa circunstancial el aliento de una voluntad regia que me resulta grata y esperanzadora.
Felipe VI ha deslizado en sus palabras un elemento moral. Sus llamadas al compromiso, a la ejemplaridad y a la grandeza no sólo son de agradecer sino que, dichas en este momento, parecen prometer una actitud bastante distinta de la que, con mayor o menor razón, se han atribuido a su predecesor, especialmente  en las últimas  etapas de su largo reinado. Si los españoles teníamos la sensación de que Juan Carlos I llevaba algún tiempo dedicado a sobrevivir y a salvar los muebles, tenemos cierto derecho a pensar, repasando sus primeras palabras, que quien acaba de sucederle concibe un programa de trabajo algo más ambicioso.
El reinado de don Juan Carlos ha tenido dos etapas realmente muy distintas, cosa que todo el mundo reconoce. El Rey hubo de trabajar a fondo hasta que se sintió plenamente legitimado, desde el punto de vista político, con el triunfo socialista de 1982, mientras que las tres décadas posteriores han sido de relativo disfrute del éxito alcanzado y han podido traer consigo una cierta relajación que siempre acaba pasando facturas amargas.
Don Felipe VI no tiene poderes excepcionales, pero tendrá que inventar una función que está por definir con precisión y en el éxito de esa tarea estará, o no, la definitiva consolidación de un sistema para proveer la jefatura del Estado que nunca se ha debatido en sus términos estrictos, porque nació de una mezcla extraña de excepcionalidad y tradición y ha madurado en una etapa de franco desconcierto. Tiene, pues, trabajo el nuevo Rey, y no podrá hacerlo en solitario. Las fuerzas políticas españolas han usado la Monarquía en su favor, pero se han ocupado muy escasamente de ella, de su precisa función y de proporcionarle un estatuto jurídico nítidamente definido, como se ha puesto de manifiesto, clamorosamente, con una ley de abdicación ridículamente famosa. Los españoles tenemos ahí una solución constitucional valiosa, pero engarzada de manera harto chapucera tanto en el ordenamiento jurídico y constitucional, como en la cultura política y en los hábitos institucionales. En eso habrá que ayudar a que el nuevo Rey pueda definir con claridad los márgenes de su misión  y dedicarse con ahínco y ejemplaridad a cumplirla. El miedo a la discusión de estas cuestiones se puede convertir en el primer enemigo de la estabilidad constitucional a nada que nos empeñemos.

Con un Rey que parece dispuesto a clarificar su papel y a cumplirlo con empeño, tenemos derecho a ver nuestro futuro, en este aspecto, con optimismo. En español, la palabra moral significa varias cosas distintas, pero, sobre todo, dos: por un lado, el compromiso con el deber, con el honor y con el Bien, que el Rey ha dejado muy de manifiesto, y, por otro, la creencia en que el empeño y la esperanza pueden llevarnos al éxito que, de otro modo, suele convertirse en esquivo. El discurso inaugural de Felipe VI ha sido muy consolador  en los dos sentidos del término. Sólo falta que haya el suficiente número de españoles dispuestos a que todo esto que ahora puede parecer apenas hilvanado por la improvisación y el escamoteo acabe por significar un rotundo pilar en el que apoyar la libertad, la dignidad y el progreso de España, es decir de todos nosotros.  Esa confianza me parece que ha logrado sobrenadar al tono inevitablemente administrativo del discurso y, sobre todo, ha logrado asomarse por encima del gélido estado de ánimo de tantos españoles disgustados con lo que nos pasa.

[Publicado en Libertad digital]


miércoles, 11 de junio de 2014

Miedo a la democracia

La democracia es un ideal, y todos los ideales producen ciertos temores. En nuestro caso, el temor se acentúa por la falta de práctica, porque la democracia en nuestra querida España ha tenido menos éxito del que pueda parecer. Fijémonos en nuestros partidos, no hablo ahora de VOX, como es obvio: son poco más que bandas vigiladas por mastines y movidas por intereses que son ajenos a los generales. Son disciplinados, pero estériles. Permitídme que insista: si no queremos repetir los errores que han cometido los demás, tendremos que perder el miedo a la democracia, al debate, al disenso, a la competición, a que la gente discuta, se organice, debata, proteste, opine o discrepe. Tenemos que hacer un partido distinto, abierto, participativo, con un código ético exigente, con incompatibilidades, limitación de mandatos, con garantías de que VOX va a servir para algo más que para que algunos obtengan lo que ansían.  Lo que no se puede hacer es disfrazar la pugna por los puestos de representación y mando, que es perfectamente legítima, con falsas excusas de eficacia o de servicio a los ideales. A mi no me sirven de mucho los ideales que se cursan con órdenes y privilegios, los gritos que sirvan para acallar las opiniones, los eslóganes que se usan para evitar que otros razonen, opinen o prefieran.
La razón última de todo esto es doble: una moral, que no se debe llamar democracia a nada que restrinja la libertad política; otra práctica: cuando se quiere hacer una democracia sin que intervengan los ciudadanos, cuando lo único que se quiere es legitimar con el voto lo que otros piensan y deciden por nosotros, la democracia se aleja de la realidad, deja de ser un cauce de participación ciudadana, deja de servir, se convierte en una mera excusa, en un trampantojo. ¿Quiénes tienen miedo a la democracia? Los que la quieren únicamente para poder mantener el poder, para seguir haciendo lo que se les antoja, para mandar.Nosotros tenemos que querer la democracia porque es valiosa en sí misma, y porque sólo con una democracia verdadera y abierta se conseguirá acabar con la corrupción que está a punto de anegarnos,  con el hecho de que se empleen las instituciones representativas para perseguir fines que atentan al Bien Común de todos los españoles, o para ocultar los oscuros intereses que es lo único que les mueve. Queremos una democracia de verdad porque queremos una España mejor, una patria común de la que todos podamos estar orgullosos, un hogar político del que no tengamos que avergonzarnos, como ahora ocurre. Y hay que hacerlo sin prisas, porque el que ahora es el partido que parece impedir nuestro crecimiento, se hundirá, porque está podrido, pero no podemos pretender que la gente salga corriendo de un pudridero y se refugie en un lugar escasamente atractivo, por eso tenemos que ser un ejemplo de libertad, de tolerancia y de juego limpio. 

lunes, 9 de junio de 2014

Construir un partido

El hecho de que VOX se haya quedado sin representación en las elecciones, pese a haber conseguido casi 250.000 votos, puede que nos incline a temer que el partido se verá obligado a empezar otra vez desde cero, o casi desde cero. Sin embargo, la realidad es más piadosa que esta imagen un poco cruel de fracaso. Si lo pensamos bien, las elecciones europeas no han desmentido nuestras presunciones iniciales y, además, han demostrado una cosa que se podía suponer, pero que no se sabía. Vayamos por partes:
En primer lugar, conviene recordarlo, VOX ha analizado correctamente los males de fondo de la política española, es decir que la creación de VOX ha tenido perfecto sentido y su consolidación, tarea a la que ahora nos enfrentamos, también lo tiene. En segundo término, VOX ha mostrado tener un discurso político coherente y que ha calado en amplios sectores de la población, aunque, evidentemente no nos hayan votado en la medida en que hubiéramos deseado. Pondré sólo un ejemplo de esto: el otro día, en una de esos espacios televisivos con motivo de la abdicación, entrevistaban a Iñaki Gabilondo, y éste, tras los elogios de rigor al Rey, empezó a hablar de las sombras de su reinado; cuál no sería mi asombro al oír a semejante progre poner en muy primer plano el problema de las autonomías, un asunto, dijo, que se debería revisar con cuidado. Sinceramente, creo que sin nuestro manifiesto y nuestra irrupción en el mapa político no lo habría dicho, o no lo habría dicho de esa manera. En tercer lugar, tenemos una organización, con muchos defectos y todavía muy verde, muy expuesta a diversos riesgos, pero que ha sabido traer a la vida política a miles de nuevos afiliados con un alto grado de desinterés, preparación y vocación política. En un momento en que la fama de los políticos es peor que la de los cuatreros, no es poca cosa. De aquí deberíamos partir, arrojando lejos de nosotros cualquier tentación derrotista, pero hay algo más, hay lo que hemos descubierto y no sabíamos antes del 25 de mayo. ¿Qué es? Pues que, pese a todas las dificultades que hemos experimentado, a las carencias y a los errores, resulta que tenemos un público que ha apostado por VOX. Éste es nuestro verdadero capital y sobre él tendremos que edificar un partido distinto, democrático, bien organizado, riguroso, decente, sin miedos ni intereses ocultos. ¿Sabremos hacerlo? Espero que sí, pero no será fácil, ni llevará poco tiempo. Para esta tarea sobran, en mi opinión, las prisas y hace falta, según entiendo, atreverse a innovar, a crear algo realmente nuevo y modélico. Es una ingenuidad pensar que podamos conseguir un partido sin los defectos de los viejos si no sabemos dotarnos de estructuras y pautas de comportamiento muy distintas a las de la cooptación, el compadreo, el amiguismo, la intriga, la formación de grupetes, la conspiración o el ordeno y mando. Entramos en la fase Atenas de la política, queda casi un año para otra Esparta, y hay que discutirlo todo, civilizadamente, pero todo, para lograr acuerdos que unan y fortalezcan, bases sólidas y amplias para edificar y crecer. Tal es el desafío que tenemos por delante y que superaremos si, entre todos, sin excluir a nadie, acertamos a hacer cada uno lo que mejor sepa hacer en beneficio de todos, sin partir de la base de que todo consista en ponerse a las órdenes de alguien o en obedecer a los mastines de los que hablaba Alejo, que están muy bien para dirigir un rebaño, pero que están absolutamente de más en un partido democrático y liberal, que es lo que queremos ser, lo que España necesita y lo que nadie hará si no acertamos a hacerlo nosotros. ¿Os imagináis  a VOX con un líder que quiera poner su careto en la papeleta como han hecho los pablistas? Yo no, desde luego.

domingo, 1 de junio de 2014

Justicia y lealtad

Dijo Don Quijote que "es tan buena la justicia, que es necesario que se use aun entre los mismos ladrones".  En la vida política, la justicia adquiere dos formas que pueden parecer distintas, pero que emanan de su misma fuente: la moderación y la lealtad. En política es muy fácil perder los nervios, y es injusto hacerlo, porque se necesita serenidad para entender bien los resultados de las urnas, especialmente cuando son adversos. Dedicarse a echar la culpa a los demás está muy bien para los populismos de izquierdas, siempre saben quién es el culpable de todo, pero está un poco de más en un partido que pretenda ser serio y que se nutra de votos de derechas. Confundir la izquierda y a derecha no es fácil, la verdad, pero puede llegar a hacerlo quien se crea que el éxito de Podemos se ha debido a cualquier detalle moderno, un argumento más propio de una tertulia indocumentada que de un análisis mínimamente serio de lo que pasa en la sociedad española. Quien crea que la solución de nuestros problemas, me refiero a España, que es lo que importa, tienen algo que ver con el ascenso de Podemos merecería ser votante de Iglesias por su agudeza.
La lealtad es la justicia misma en el seno de los partidos. No se trata de no hacer crítica, sin ella no hay ni puede haber ni democracia ni progreso político, pero sí de no hacer críticas interesadas y facciosas, porque eso significa siempre confundir las ideas políticas con los liderazgos, sobre todo cuando son supuestos, es decir sin resultado alguno que los avale, y una característica esencial de cualquier nuevo partido, y VOX lo es,  debiera ser, precisamente, su democracia interna y su respeto al debate político, y todo eso nada tiene que ver con el dominio interno de pequeñas bandas organizadas al servicio de la trepa en comandita y tras un supuesto líder cuyos supuestos seguidores  reclaman su acceso a lo más alto, convencidos de que tal cambio será el bálsamo de Fierabras. Risum teneatis
Estoy convencido de que en VOX acertaremos a hacer las cosas bien, sin precipitarnos, discutiendo civilizadamente y con buenos argumentos todo lo que haya que discutir, atreviéndonos a poner en la dirección del partido a un equipo capaz de hacernos crecer y madurar, de ofrecer a la sociedad española algo de lo que esta no dispone en la actualidad, un partido liberal, democrático, nada populista y sin ninguna clase de miedos a decir lo que piensa.