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miércoles, 15 de octubre de 2008

El valor del último

Hoy he visto en Telemadrid una entrevista al último español en la clasificación de la Vuelta Ciclista a España. A parte de la extraordinaria simpatía de ese ciclista escoba, un granadino de Churriana, la entrevista me ha hecho caer en una obviedad, en lo importante que son los últimos para todos los que no lo son. Si el último no existiera, lo sería el penúltimo, y así sucesivamente. El caso es que la excelencia se apoya en la vulgaridad y el ser excepcional necesita de un buen número de gentes sin brillo para resaltar. Todos somos necesarios para que pueda existir algo admirable. Pero el último es, entre todos los que no son el primero, el que resulta más consolador para todos los demás. Si cualquier postrero sabe llevar su condición con el garbo y la esperanza que emplea el ciclista granadino se puede comprender muy bien aquello de que los últimos serán los primeros, la enorme arbitrariedad del éxito, la exageración con que cultivamos las pequeñas diferencias. Ese ciclista modesto esta infinitamente cerca del líder y todos ellos están muy lejos de los que no somos capaces de subir puertos ni de estar horas sobre la bicicleta un día y otro. Son muy iguales, casi indistinguibles. A veces, incluso, los propios medios que viven de exagerar esas diferencias nos los muestran tal como son y entonces comprendemos que lo importante es ser y no ser contado.

1 comentario:

David dijo...

No sé si desde antes o después de que en clase de filosofía en el instituto nos propusieras la idea de que el mayor ejercicio de libertad que puede hacer un corredor en pleno sprint final es pararse (bien pensado, si esa es la opción de máxima libertad y no hay otra, deja de ser libertad; en este caso la maximización de la libertad es una meta inalcanzable: la necesidad de perseguirla (la máxima) impone sólo un camino, y con ello su pérdida, a diferencia de la línea de meta física hacia la que se dirige el corredor, que sí es una meta alcanzable; por tanto, la elección del corredor se plantea, en realidad, entre una meta alcanzable y otra inalcanzable (y en esa elección reside su libertad). Pero me estoy desviando del tema...), desde antes o después de que nos plantearas estas reflexiones, decía, he pensado de igual forma que tú sobre la importancia del último (aunque entonces el menos importante es el penúltimo (acaso todos entre el segundo y el penúltimo), que se convierte en último "moral", y en una segunda vuelta de la hélice de análisis se proclamaría como último, y por tanto primero), por un lado, y por otro en el sinsentido de magnificar las diferencias en el orden de llegada.
Existe una generalizada, patológica e imbécil obsesión por determinar quién es mejor que quién. En tenis se juegan tie-breaks en el quinto set para proclamar ganador, a pesar de que los jugadores ya hayan librado una batalla de horas de igual a igual (y a pesar del hecho de que el que resulte perdedor puede haber ganado más puntos en total que el ganador). En atletismo miran la "foto finish" para ver los milímetros de diferencia que el "ojo desnudo" es incapaz de percibir, y se oyen voces para que se introduzcan las milésimas en el registro de marcas, por si, por ejemplo, podamos saber si otro potrento (y portento) que hace 9,69 segundos en 100 metros ha corrido más o menos rápido que Bolt (y lo harían, aunque Bolt claramente se dejó ir así que no sé qué conclusión se podría sacar de tal cosa). Yo me opongo a semejante estupidez: hay miles de factores que influyen en el rendimiento de un corredor en un momento dado, y la mayoría son variables incontrolables. Resumiendo: uno no controla si llega, por decir algo, media centésima antes o después, de modo que el que un atleta llegue 5cm por delante de otro no implica un mayor mérito. Yo les daría el mismo tiempo y puesto, si es cuestión de premiar el mérito. Sin embargo se les separa, a uno le conceden la gloria suprema, y al segundo una felicitación a medias.
¿Y los cuartos puestos? "No hay peor puesto que el cuarto" es lo que estoy harto de oír. Es lo mismo que el tercero. Si la convención fuera dar 4 medallas en lugar de 3, el 4º sería celebrado igual que ahora se celebra un bronce, y si sólo se dieran 2, sería el tercero el "peor puesto".
¡Cuánto absurdo!