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domingo, 26 de octubre de 2008

Zapatero y el franquismo

Si la política se define como el arte de gobernar la nave del Estado para conseguir llevarla a puerto y sortear las amenazas que se oponen al bienestar de los ciudadanos, hay que decir que los españoles llevamos una buena temporada sin política. Por el contrario, si la política se define, de manera maquiavélica, como el arte de conquistar y mantener el poder, nuestra situación es distinta.Zapatero alcanza una alta calificación como individuo capaz de mantenerse en equilibrio en una situación tormentosa. El beneficio de esas habilidades, no obstante, recae únicamente en su cuenta particular de resultados, porque de tales contorsiones y regates nada se obtiene para el bien común.

 

Gobernar mirando al corto plazo es receta que ha tenido éxito en España desde siempre, Franco incluido. La gran excepción a esa regla fue el Gobierno de la Transición, y ello porque el libreto era innegociable: o democracia o desastre. Luego, Felipe González intentó mantener una visión estratégica, aunque fue finalmente derrotado por el día a día. Aznar tuvo también ambición estratégica, pero le perdieron los malos cálculos, la ignorancia de los defectos de los españoles y el enorme equívoco de creer que su fiabilidad era tal que nunca los españoles iban a dudar de su palabra. De modo que Zapatero ha aprendido la lección de los fracasos ajenos -no en vano su gran escuela han sido los largos años de banquillo anónimo pasados en la Carrera de San Jerónimo-, y está dispuesto a no dar un solo mal paso, en especial tras el rotundo fracaso cosechado por su endeble plan de paz para acabar con el terrorismo.

 

Nuestro Presidente parece estar escuchando directamente a Franco: “haga lo que yo, no se meta en política”. Por inapropiada que pueda parecer la comparación a los puristas, la analogía no está fuera de lugar. Del mismo modo que Franco tenía un enemigo externo (el comunismo), Zapatero se ha fabricado el suyo con paciencia y habilidad desde que, muy astutamente, decidió no levantarse al paso de la bandera americana. Ese enemigo externo tiene un correlato interno, como también lo tenía para Franco el comunismo, y que resulta casi tan patéticamente impotente como aquel lo fue. De darle aire a ese enemigo interior se encarga el departamento de Agitación y Propaganda del PSOE, o sea Pepiño y Leire, acompañados, cuando la ocasión lo requiere, por esa especie de ministro de Información, Turismo y Moda que es la señora vicepresidenta.

 

Apuraré la analogía: Franco pensaba que los españoles le perdonarían todo con tal de que viviesen mejor y alejase de ellos el fantasma de la pobreza y la guerra. Eso es precisamente lo que promete Zapatero: que los españoles no tienen motivo para alarmarse, pese a las barrabasadas económicas de Bush, porque vivimos en la economía más sólida del mundo (un poco menos sólida que hace cinco años, pero eso es lo de menos) y nunca vamos a tener que coger el fusil para nada, puesto que hasta nuestros militares se han convertido ya en una especie de asesores de paz por donde quiera que van.

 

Instalado en estos presupuestos, Zapatero puede dedicarse a sestear (cosa que parece gustarle, como a Franco) hasta que el panorama sea menos sombrío y las pérfidas fuerzas económicas del capitalismo (otra bestia negra en el ideario de Franco) decidan que, pelillos a la mar, cuarenta millones de clientes dispuestos a gastar y consumir bien valen una Misa. Es evidente que la tramoya ideológica y las liturgias de ambos regímenes son distintas, que hemos pasado de celebrar el día de la Inmaculada a tirar la casa por la ventana el Día del Orgullo Gay, pero eso no afecta al tratamiento maquiavélico del caso.

 

Como se supone que ahora estamos en una democracia, cosa que no sucedía ni por asomo cuando Franco, la pregunta que hay que hacer es: ¿a qué debería dedicarse la oposición? Háganse esa pregunta y caerán en un estado de asombro inagotable. Resulta que la oposición a Zapatero parece haber renunciado a morder para obtener el certificado de buena conducta que otorga la Comisaría de Orden Público que dirige Pepiño. La oposición no se desanima fácilmente y, aunque el organismo correspondiente persiste en su negativa, está dispuesta a portarse cada vez mejor, confiando en el buen criterio del Comisario. Si a esto se añade el carácter pastueño de gran parte del empresariado hispano, siempre dispuesto a hacer favores al Gobierno, el orden público está garantizado en la España de Zapatero.

 

En lugar de jugar a fondo una baza ideológica nítidamente distinta, la muy leal oposición está dispuesta a heredar la finca por desahucio de Zapatero en cuanto la crisis se haga  insoportable para el personal. No caerá esa breva, y no caerá porque, dadas las premisas, el ganador siempre será el mismo. La única solución para derrotar a Zapatero es extender entre los españoles los hábitos morales y discursivos de una democracia liberal, algo que nada tiene que ver con el franquismo sociológico y el conformismo moral que usufructúa Zapatero. Otros lo están haciendo y obtendrán su premio.

 

Publicado en  elconfidencial.com  el 10 de octubre de 2008

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