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viernes, 28 de noviembre de 2008

Nuevos Ministerios

El Presidente del Gobierno ha utilizado su capacidad de crear Ministerios de un modo esencialmente mágico. Me refiero a que, cuando decide aumentar a su antojo el número de asientos del Consejo de Ministros, da a entender que con ello se logra la solución de un problema largamente soportado por los ciudadanos, como él dice con singular  donosura. Su generosidad es tanta que incluso crea Ministerios para resolver problemas que no sabíamos que existiesen.

Más de uno habrá sentido, por cierto, un respingo al anunciarse la creación de un Ministerio del Deporte y habrá pensado, malignamente, que la racha de buenas noticias (Alonso, el mundial de baloncesto y la plata de Pekin, el Barça campeón de Europa, Nadal, Contador, Sastre, la Eurocopa de fútbol, la Copa Davis y un buen número más de alegrías españolas) corre serio peligro. Zapatero ha debido de pensar, por el contrario, si todo esto se ha conseguido sin Ministerio… imaginen lo que lograremos cuando lo haya.

Con este punto de vista, la verdad es que Zapatero está siendo bastante cicatero. Por ejemplo, es verdad que ha creado un Ministerio de la Igualdad, pero no ha creado el Ministerio de la Solidaridad ni, menos aún, el de la Diferencia, aunque me temo que esto podría sonarles algo liberal y no es cosa de hacer que la gente se confunda. En cualquier caso, Zapatero podría crear una plétora de nuevos Ministerios hasta ahora vilmente desatendidos. No tenemos, por ejemplo, un Ministerio de la Ciudadanía, y mira que la cosa es importante, ni tenemos un Ministerio del Talante, un tema que empieza a estar peligrosamente desatendido en las preocupaciones oficiales, aunque tal vez se deba a que los de la oposición se han aprendido el catecismo correspondiente. Carecemos de un Ministerio de la Moda, de Ministerio de la Alimentación y la Dietética, de Ministerio del Diálogo (con al menos una secretaría de Estado para lo de las civilizaciones), de Ministerio de la Circulación (capaz de conseguir que, finalmente, el Gobierno pueda conducir por nosotros con el consiguiente ahorro de vidas y primas de seguro) y ni se oye hablar, por ejemplo, de un necesarísimo Ministerio de la Laicidad. Seguimos sin tener un Ministerio de Inversiones en el que habría que incluir la correspondiente Secretaría de Estado de Tergiversaciones (que, obviamente, se llamaría de otra manera) en la que habría de recaer la inmensa tarea desarrollada por la oficina económica de Presidencia, apenas sin medios. De este modo se podrían llevar a cabo con más facilidades las delicadas tareas de dirección del gran capitalismo a través de acciones hábilmente concertadas con amigos de ocasión; de cualquier manera en este terreno se han conseguido éxitos muy notables, por ejemplo, que estemos hablando del caso Repsol sin darnos cuenta de que el verdadero caso es el de Sacyr, pero por algo se empieza.

No veo, sin embargo, a Zapatero muy lanzado en esta dirección, para mí que se está aburguesando y se le pone cara de Felipe, un producto muy duradero, como se ha podido comprobar. Aviso a mis lectores de la peligrosa conversión al atlantismo que se ha operado en nuestro líder con solo sentarse en una silla prestada en una cumbre estrafalaria presidida por un cesante de muy bajo coeficiente intelectual, como aquí todos sabemos. Zapatero se ha hecho peligrosamente liberal de puertas afuera, aunque conserva su lado cálido y socialdemócrata cuando habla a sus fieles a los que hay que ir atlantizando poco a poco (pueden bastar 14 años, como paso con Felipe). Lo importante no es el número de Ministerios sino que el gato cace infelices.


[Publicado en elestadodelderecho.com]

miércoles, 26 de noviembre de 2008

La reforma de los partidos

Los españoles tenemos un problema que nos cuesta reconocer por temor a que se pueda poner en duda el valor de la libertad: los partidos están secuestrando la democracia y su ejemplo cunde.

Nuestros partidos se han hecho, sin excepción, cesaristas, algo que nunca hubieran aprobado los constituyentes, pero nuestra tradición de despotismo ha resultado ser demasiado fuerte. Somos una Monarquía y los líderes quieren ser inviolables, como el de la Zarzuela, y controlar la llave de la sucesión para que todo siga tan “atado y bien atado”.

Convertir los partidos en máquinas de poder y de adulación, nada tiene que ver con la democracia, más bien la reduce a una oligarquía disimulada por las elecciones y tutelada por unos poderes, los magnates financieros y de prensa, que consideran que este sistema es el mejor para la defensa de sus intereses. Así se entiende, por ejemplo, que el señor Botín, pese a que quiere ser el banquero de todos los españoles, le haya dicho recientemente al Rey que Zapatero siempre acierta y que es una bendición de Dios.

Tiene gracia que algunos se rasguen las vestiduras por la llegada de Putin a Repsol, como si aquí estuviésemos tan lejos de su modelo.

La historia de la destrucción de UCD se invoca en ocasiones para justificar el repliegue de los partidos hacia la falange,  con exclusión de cualquier debate, de cualquier discrepancia, pisoteando la función encomendada por la Constitución, que no es otra que expresar el pluralismo político y concretar la participación política y la voluntad popular. La Constitución establece que el funcionamiento de los partidos deberá ser democrático, algo que ha conseguido subvertirse de modo que los elegidos designan a sus electores con los efectos que son de imaginar. En el interior de los partidos se aplican prácticas chavistas, castristas y putinianas, nada que tenga que ver con una democracia liberal mínimamente seria. Entre nosotros, Obama no habría llegado ni a concejal.

Hace unos días la prensa se ha lanzado a criticar a los diputados por estar ausentes en las votaciones, pero la verdad es que los diputados tampoco pintan nada en nuestro sistema y que, de vez en cuando, se dan cuenta, se deprimen y se quedan en casa. Vivimos en una democracia muy restringida en la que la mayoría de las instituciones carecen de valor y de vida autónoma y en la que cuatro o cinco personas toman todas las decisiones, dejándonos a los demás una cierta libertad de comentario a la que pondrán un coto más estrecho en cuanto les parezca oportuno, como ya se hace en Cataluña.

El bipartidismo que aquí tratamos de divinizar es una deformación grotesca y disfuncional  de la democracia liberal, una maquinaria infernal que nos conduce, inexorablemente, a lo peor de nosotros mismos, a esa imagen tenebrista de las dos Españas, eso sí, multiplicada ahora por los 17 califatos que padecemos, con infinita paciencia y con no poco dolor, y que son hijos de la misma obsesión antiliberal  y ordenancista a la que debemos tantas glorias en el pasado. Por ejemplo, el malestar existente en torno a Rajoy se trata de convertir en una conspiración del clan de los diez, al parecer un grupo de diputados que “se reúne, comenta cosas y habla con los periodistas”, es decir, unos traidores.

De esta manera, nuestra democracia se está quedando sin posibilidad alguna de interesar a nadie, se está convirtiendo en su caricatura, en una fantasmagoría, en esa España oficial de la que dijo Ortega, en su día, que era como un “inmenso esqueleto de un organismo evaporado, desvanecido, que queda en pie por el equilibrio material de su mole, como dicen que después de muertos continúan en pie  los elefantes”.

No soy de los que creen que esto no tiene remedio, pero creo también que, en palabras de Pericles, el precio de la libertad es el valor, que hay que ser valientes para superar el pasado, para liberarnos de la supuesta condena de un destino estéril e inalterable. Me parece que cada momento tiene sus oportunidades y sus riesgos y este de ahora es un instante especialmente grave. Nos jugamos mucho. Podemos empezar a parecernos más a lo que nos gustaría o dejarnos arrastrar por la implacable tendencia a decaer que siempre acecha a las instituciones humanas.

Como diría el almirante inglés, España tiene derecho a esperar que cada cual cumpla con su deber. No es una obligación que afecte únicamente a la oposición, pero en ella es más acuciante. El PSOE ha dado muestras suficientes de querer convertirse en un aparato al que ni le importan las ideas ni le afectan intereses distintos a los de su sustento; además, es una máquina más eficaz y está en el poder. No sé si los que en el PP juegan a esta misma dinámica saben bien lo que están haciendo, pero sí sé que a muchos de sus electores  no les interesa nada esa clase de acomodos, que preferirán permanecer libres ganándose cada día la libertad con sus acciones. 

martes, 25 de noviembre de 2008

Carbonell, a por todas

El presidente del CAC, un organismo con sede en Cataluña y difícilmente homologable con cualquier otro del mundo libre, como se decía hasta que la corrección política prohibió la palabra, ha decidido que la acción benéfica del organismo que preside, la regulación de los medios de comunicación para que no se propasen, debe extenderse a Internet que, como todo el mundo sabe, es un lugar de desmadre al que ya es hora de poner en su sitio.

La sensibilidad de Carbonell a las demandas populares es impresionante. Son muy pocos los que han sabido percibir hasta ahora ese auténtico clamor, sordo pero inmenso, de los usuarios del mundo entero pidiendo que alguien ponga coto a los excesos de Internet. Menos mal que en Cataluña, para muchos el nuevo vigía de Occidente, alguien no descansa y no pasa por alto las cosas realmente importantes.

El mundo va mal porque está descontrolado. Por ejemplo, la crisis financiera no habría tenido lugar si, como propuso IU en Madrid, de controlase el tráfico de los billetes de 500 euros. Seguro que IU o su franquicia en Barcelona apoya la iniciativa del presidente del CAC, porque todos los progresistas tienen las ideas claras con independencia del lugar en que se oponen. La cosa no es tan clara cuando mandan y, como en Cataluña manda el tripartito, Barcelona podría dar ejemplo de coordinación de funciones dentro de una ordenada concurrencia de criterios.

No sé si Carbonell se da cuenta de la cantidad de nuevas tecnologías y de nuevos empleos que se pueden derivar de una iniciativa como la suya, con la posibilidad de exportar know how a economías en pleno crecimiento, como la China o la de aquellos países islámicos que quieren poner coto a la colonización que padecen mediante la red, un caso que también preocupa en Cataluña. Se podrían crear inspectores de barrio, quizá de manzana si la penetración avanza, para evitar que la gente se salte las sabias  normas del CAC mediante artificios y piraterías diversas: un auténtico maná de empleo en una sociedad cada vez más armónica. Así da gusto.

[publicado en Gaceta de los negocios]

domingo, 23 de noviembre de 2008

Europeana se despide a la francesa

La inauguración de Europeana ha sido un éxito, aunque no un éxito indescriptible. Ha tenido que cerrar por exceso de demanda. Qué pena. Con lo bien pensado que estaba todo y el público insolente lo ha echado abajo con sus prisas y sus malas maneras. Yo me malicio que la culpa ha sido de los españoles que han acudido presurosos a compensar con su presencia la escasez de documentos hispanos. En Francia seguro que ni se han molestado en entrar porque como tienen casi un sesenta por ciento del total (han pecado, como suelen, de modestos calculando el porcentaje) ya tendrán tiempo de recrearse con sus clásicos.

Bien pensado, quizá la causa esté en que se ha inaugurado Europeana sin el Quaero, ese buscador que iba a dejar al anglosajón y perverso Google en mantillas. Este tipo de renuncias son muy dolorosas para la cultura europea y además traen estos desajustes.  A ver si aprenden los funcionarios galos a hacer las cosas con más calma y con el salero, la amabilidad y la amplitud de miras por los que son universalmente envidiados. Además, ya de paso, cuando funcione bien que la llamen con un nombre con más esprit porque esto de Europeana suena raro, la verdad.

En cualquier caso, gran día para los defensores de la cultura y los debeladores del mercado. Seguro que la lectura de estos documentos no tiene la clase de problemas (verticalidad y esas cosas) que afecta a los documentos de redes privadas y mercantiles. Y sin publicidad y con cargo a los impuestos, es decir, gratis: ¿se puede pedir más? 

jueves, 20 de noviembre de 2008

La crisis de la universidad

Convendría reflexionar sobre la escandalosa diferencia entre la calidad de nuestras escuelas de negocios, que figuran a la cabeza del mundo, y el prestigio y la calidad de nuestras universidades que están, sin excepción, a la cola de todas las clasificaciones. La clave no está en que las universidades sean públicas y las escuelas de negocios privadas. Bastará recordar, para verlo, que el mejor Departamento de Matemáticas de los EEUU está en una universidad de Chicago: lo que ocurre es que esa universidad sólo recibe del Estado el 18% de su presupuesto, que el 82% lo financia con apoyo privado por su interés y por su calidad. En España, las universidades mejor situadas apenas cubren con financiación externa el 30% de sus programas de investigación que representan, en cualquier caso, un porcentaje mínimo de sus gastos totales. La clave está en la funesta forma en que las españolas han administrado la autonomía que la ley les reconoce y en la cobardía e ignorancia de la clase política que no se ha atrevido a acometer reformas impopulares, a cortar de raíz el mal del corporativismo, la irresponsabilidad, la endogamia y la insignificancia de las universidades. La opinión pública comienza a darse cuenta de que estamos ante un problema. Muchos de nuestros títulos son auténticos flatus vocis, carecen de cualquier valor real: suponen, únicamente, una irrecuperable pérdida de tiempo para los alumnos y un desperdicio del dinero de los ciudadanos. ¿Cómo se puede tener una economía competitiva con una universidad rutinaria? No se puede. Lo terrible es que en la universidad están algunas de nuestras mejores cabezas, muchas de nuestras esperanzas; pero están ahogadas por la burocracia y la demagogia y frustrados por un sistema incapaz de reconocer el mérito, de fomentarlo y de pagarlo. Un profesor que haga el vago, no publique nada de interés, sea un auténtico desconocido y apenas aparezca por sus clases puede cobrar apenas unos pocos euros menos que el mejor de nuestros profesores o investigadores. En la universidad reina un igualitarismo y una irresponsabilidad que esterilizan los esfuerzos y las ilusiones de los mejores, una situación que ha convertido a las universidades en una especie de sindicatos verticales en las que algunos alumnos poco espabilados se ocupan del piqueteo.
Esta situación es ahora mismo un auténtico problema político porque es absurdo esperar la solución de quienes explotan el desastre. De los órganos corporativos de la universidad solo sale un “más dinero” que resulta ridículo y vergonzoso, un expediente pueril, pero que puede funcionar, para echar sobre otras espaldas la carga de unos males cada vez más obvios e irritantes.

miércoles, 19 de noviembre de 2008

Conciencia ciudadana

De la crisis actual, venga de donde viniere, cabe esperar un nuevo despertar de la conciencia ciudadana, al menos en lo que se refiere al empleo de los dineros públicos. En la actualidad, se podría decir que hay una línea roja que une dos cosas, a primera vista, totalmente contrarias, la retórica democrática (somos un país sin apenas experiencia pero queremos dar lecciones a todo el mundo, debe ser un resto de nuestro pasado imperial) y la práctica de un despotismo, más posmoderno que ilustrado, que deja al respetable bastante sorprendido en muchas ocasiones.

Los ciudadanos empiezan a hacer cuentas con sus impuestos y el resultado es bastante más que decepcionante. Por ejemplo, una encuesta on-line de un periódico de Barcelona muestra que más del 80% de los lectores creen que la enseñanza universitaria está anticuada y, también en Barcelona, los vecinos se muestran descontentos de cómo se están llevando a cabo las obras de Lesseps, mientras el Ayuntamiento  considera que esas obras son ejemplo de participación ciudadana.  

La misma idea de participación muestra que algo anda mal con la representación: si los concejales y los diputados se ocupasen de verdad de sus representados, tal vez no fuera necesaria tanta participación. En Madrid, las quejas de los vecinos por los aumentos de impuestos claman al cielo (más van a clamar cuando reciban el IBI), y el estupor se apodera del público cuando se entera de que la discoteca en la que han matado a un chaval por un “quítame allá esas pajas” tenía cerca de medio centenar de denuncias sin que, aparentemente, nadie hubiese hecho nada al respecto.

Los ayuntamientos reclaman más dinero para poder un sinfín de actividades, que ellos mismos califican de “impropias”, y que se pueden llevar a cabo más o menos pacíficamente porque nadie puede calcular los costos de estos gastos que son, en realidad, gastos puramente electorales. Y luego dicen que lo público es más trasparente. 

[publicado en Gaceta de los negocios]

Miles gloriosus

Entre nosotros, cabe suponer que la relativa inmunidad de que goza la figura del miles gloriosus se debe a la tradición ensalzadora del arquetipo quijotesco. Es decir, que tendemos a disculpar a las gentes que proclaman la excelsitud de sus fines y principios, de manera que se nos escapan vivos una buena multitud de fantasmas, fanfarrones y meros gilipollas. El enaltecimiento del Quijote tiende a ocultar, entre otras cosas, el privilegio de que gozan en España los infinitos Sanchos, perezosos, oportunistas, cobardes y aduladores, que, por añadidura, carecen del buen sentido del pobre Sancho literario. Son estos, precisamente, los que derraman abundante baba ante las enormidades de sus héroes de pacotilla, de nuestros soldados fanfarrones.

Don Quijote recomendaba llaneza, pero esa extraña virtud es enteramente impropia de charlatanes y timadores. Aquí empieza a ser desgraciadamente corriente el éxito del mentiroso -cuanto más mentiroso, más triunfador-, y del fanfarrón que proclama una cosa en su cuartel y se achica cuando sale fuera, con la disculpa de la educación o con cualquier otra bagatela.

Me fijaré en tres sucesos recientes que ilustran a la perfección el ridículo papel de nuestros valentones. Con motivo de un gasto seguramente excesivo y, desde luego, impropio de cualquier nación sensata, nuestro rumboso Gobierno le ha dado un pastizal a un artista de renombre para que decore una cúpula de las Naciones Unidas en Ginebra. El más elemental de los análisis indicaría que puesto que la cúpula es de la ONU debiera pagarla la ONU, de manera que España tendría que haberse abstenido de cualquier acción unilateral, incluso en el caso de haberse movido para que fuese un artista español quien perpetrase el asunto.

Tal vez es que el artista no sea tan bueno como para arriesgarse a un concurso y un pago a escote, pero no soy de Estética, así que abandono el campo. En cualquier caso, lo que ha sucedido es que nuestro miles gloriosusde turno, en este caso el señor Moratinos (que siempre da una nota alta en este papel tan difícil), ha declarado que preocuparse por el costo y por la forma de pago es cosa indigna porque la obra es “la capilla Sixtina del siglo XXI”. Picos, palas y azadones, tres millones, pero, al menos, el autor de la frase inmortal había ganado algunas batallas de las de verdad.

El segundo episodio de nuestra gloriosa milicia tiene que ver con la preparación del discurso zapateresco en la cumbre de Washington. Ha sido cosa de oír a Pepiño y a Caldera y a las televisiones amigas en las preparatorias del evento. Bush, lo sé de buena tinta, temblaba en el despacho oval con solo imaginarse la bronca, pero una vez en Washington, la presencia paralizadora de Solbes ha dejado al titular reducido a un saludador de oficio, a un buen chico que aplaude con los demás. Sin embargo, a la vuelta a casa, han regresado las baladronadas y Sebastián, el ministro de las bombillas de bajo consumo pero nada baratas, ha vuelto a poner a Bush, y de paso a Reagan, de vuelta y media. ¡Pobre Bush, con lo poca cosa que es y encima esta despedida de la Casa Blanca!

Otro episodio que mueve a recordar al figurón de Plauto ha sido el de la muerte de dos de nuestros soldados dejados de la mano de Dios en las montañas afganas. Nuestros diputados han pensado que este asunto no es propio de su valor y han decidido despachar con una asistencia miserable las explicaciones de la lloriqueante ministra. Si hubiesen muerto dos bomberos, o dos cualesquiera, el pleno habría rebosado en sentido de responsabilidad, en exigencias varias. Pero son solo dos soldados que al parecer no tienen nada que ver con la Nación que dicen representar algunos diputados, aquellos que se acaban comportando como desean que lo hagan los teóricamente pocos que niegan que la tal nación exista.

La muerte de soldados españoles en una guerra lejana mueve, todo lo más, a estos sedicentes diputados a condenar el atentado terrorista con la plantilla que al efecto existe a disposición de sus señorías en esa Casa. Ni uno solo ha tenido la vergüenza y la dignidad de decir la verdad a sus representados: que estamos en una guerra que quieren ocultar, una guerra que les asusta y a la que enviamos algunos restos de antiguas noblezas con un buen número de personas cazadas a lazo. No, ellos son también miles gloriosus y solo hablan de hazañas mayores: de si los cernícalos de Caudete están debidamente protegidos o de si se ha provisto adecuadamente la plaza de veterinario titular en el pueblo en el que reside su hermana (que seguramente aspirará a casarse con el que la disfrute).

No tenemos quien se ría lo suficiente de estas recuas de miles gloriosus que se burlan de nosotros con retóricas que anestesian a mayorías fáciles. Por ejemplo, la de la trasparencia de lo público, reclamada en Washington para el universo mundo, y hábilmente negada en Madrid para que no lo pasen mal nuestros buenos amigos de la banca pública o privada, que da lo mismo, por supuesto.

[publicado en elconfidencial.com]

viernes, 14 de noviembre de 2008

Sobre la inexistencia (filosófica) y los libros

Un amigo sabio y atento me relata algo sucedido en una admirable universidad madrileña: 

"Te voy a contar una historia filosófica sucedida en mi facultad. Hace unos días aparecieron unos carteles en los pasillos del edificio anunciando la próxima una conferencia de Zizek en el salón de actos. Firmaba la convocatoria un colectivo de alumnos de doctorado que editan un anuario filosófico.  El día de la conferencia la voz ya se había corrido por todo el campus, y a la hora de la convocatoria el salón de actos estaba lleno de gente. La librería de la universidad había agotado los libros de Zizek. Puntuales, entraron dos alumnos del colectivo, uno de los cuales hizo una presentación panegírica del filósofo. Cuando terminó, el segundo alumno sacó de una bolsa un magnetofón, lo encendió, y se escuchó una voz que se suponía correspondía a la de Zizek. Unos instantes de duda, gritos de indignación y una salida en masa de los presentes dejaron sola la voz gangosa de la cinta. Los asistentes hicieron cola en la librería para devolver los libros de Zizek. Solo eso". 

Por la transcripción.

 

Publicado en otro blog

 

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Las tribulaciones de un Obama español

Sea cual fuere la idea que tengamos de Obama, y sin ninguna intención de incurrir en hagiografías, es interesante preguntarse si sería posible que en España se diese un caso similar. Para los que quieran ahorrarse los argumentos, la respuesta es muy simple: no. ¿Cuáles son las razones que lo hacen impensable?

En primer lugar, Obama ha vencido al aparato de su partido comenzando desde abajo. Aquí, no se olvide que somos una monarquía, todo está atado y bien atado; Felipe apoyaba a Zapatero y Aznar impuso a Rajoy con los felices resultados que están a la vista de todos. Lo último que quiere perder un monarca es la capacidad de designar heredero, de manera que los out-siders ya pueden ir pensando en cultivar sus vocaciones alternativas porque aquí no pasarán. No es una maldición eterna, pero es un vicio difícil de erradicar y que sería muy conveniente superar, pero no interesa a los happy few que dirigen el cotarro que, a este respecto, son franquistas sin excepción: dejarlo todo bien atado es una de sus dedicaciones favoritas.

Obama es un personaje enormemente brillante, tiene un excelente curriculum académico (fue director de la Harvard Law Review, un puesto que no se regala), es un gran orador y, en principio, no esconde sus valores. Sería muy raro que un personaje con esas características pasase aquí de concejal, en el extraño caso de que hubiese decidido dedicarse a la política y no estuviese ocupado en menesteres privados de más interés, fiabilidad y prestigio. La política lleva unos años haciendo una selección endogámica y cutre de sus protagonistas, premiando al mediocre que siempre aplaude, y eso, al final, lo acabamos pagando todos. Tampoco es un mal sin remedio, pero con nuestra estructura de partidos tiene poco arreglo.

Obama cree en las posibilidades de los Estados Unidos. Aquí a los políticos se les enseña a abstenerse de esa clase de creencias patrióticas, tan mal vistas por nacionalistas e intelectuales exquisitos, para limitarse a su círculo inmediato de intereses. La carrera política se hace a empujones y sin reglamento y lo único seguro es colocarse cerca del jefe a ver lo que cae. O sea, que ni Obama ni Mc Cain.

Son muchos los españoles que desearían tener una democracia como la americana. Es un deseo piadoso pero estéril si no viene acompañado de acciones que le pongan patas. Son muchas las cosas que nos separan de ellos, pero hay una sin la cual es imposible siquiera aproximarse a sus virtudes cívicas, a la excelencia de su modelo: la política no puede ser pasiva, reducirse a ver la televisión o a oír la radio que prefiramos: la política es acción. Obama lo sabía y el uso inteligente de  Internet ha sido una de las claves de su éxito.

[Publicado en Gaceta de los negocios]

martes, 11 de noviembre de 2008

Sin multas no hay Paraíso

En Barcelona, como en casi todas partes, el tráfico disminuye pero las multas crecen. Esta relación anti-simétrica debería hacernos pensar. Los ayuntamientos son ingeniosos y desafían de continuo al buen sentido que, como ha demostrado la historia de la ciencia, conduce a muchos errores, es decir que los ayuntamientos parecen proceder conforme al método científico. Me temo, no obstante, que no sea el caso. Los ayuntamientos crecen cuando la ciudad crece, pero cuando las cosas decrecen, los ayuntamientos, que son un gran invento, tienen que seguir creciendo.  Así, por ejemplo, a menos tráfico, más multas, a menos actividad, más impuestos, a menos empleo, más funcionarios, a menos productividad, más controles. Se trata de la misma lógica perversa que explica la insensibilidad de los políticos hacia el gasto suntuario: cuando los ciudadanos se tienen que apretar el cinturón, los políticos contratan un decorador más caro o mejoran el blindaje de sus autos. Así, dan ejemplo de optimismo que ya se sabe que es la mejor manera de salir de la crisis.

Los ayuntamientos no pueden cejar en su lógica porque se acabarían derrumbando. Su misión es hacernos más felices y no van a vacilar por una dificultad pasajera en su incesante aumento del gasto. La limitación de los impuestos es que son proporcionales a lo que gravan (un fallo imperdonable en su diseño), mientras que las multas, a Dios gracias, presentan un amplísimo margen para la creatividad de los diligentes funcionarios municipales.

No conozco los datos de Madrid al respecto, pero me temo que no sean muy distintos. Sí puedo apuntar un detalle interesante: los tipos de interés que se pagan por los retrasos en las multas son realmente espectaculares, si se comparan con otros municipios menos imaginativos. Me parece lógico: no se puede cobrar a lo chico cuando se es una ciudad grande. Además, ahora que Obama nos acaba de birlar la Olimpiada para dársela a Chicago, algo habrá que inventar para no renunciar al Paraíso. 

[Publicado en Gaceta de los Negocios]

lunes, 10 de noviembre de 2008

No es un atentado

He oído al presidente del PP solidarizarse con los familiares de los soldados españoles que han resultado víctimas, dos muertos y varios heridos más, durante un ataque de los talibanes en Afganistán. Mariano Rajoy ha empleado para referirse al suceso el término "atentado", que por lo demás es el que emplea casi toda la prensa española (para el resto la noticia no existe). Siento discrepar, pero no me parece razonable que se llame atentado a lo que es una acción de guerra. Podemos engañarnos cuanto queramos, pero en Afganistán hay guerra y los soldados están allí en misión de paz únicamente en el sentido en el que se supone que cualquier guerra se hace (cuando se hace con justificación) para conseguir luego una paz mejor, más estable y más justa. No hay nada, salvo nuestra resistencia a mirar a las cosas de frente, que nos permita considerar el hecho como un "atentado terrorista". Ha sido un ataque guerrillero a tropas que operan en un país que no es el suyo, por mucho que queramos olvidarlo e independientemente de que nos parezca, como a mí me parece, por ejemplo, que hay razones sobradas que justifiquen esa presencia.  

El intento de moldear la realidad cambiando las palabras es tan viejo como la política y no debería escandalizar a nadie. Es un arma de primera calidad en manos de los gobiernos y nuestro presidente ha dado varias muestras de maestría al respecto. Lo que me asombra es que quienes se supone que debieran aspirar a derrotar pacíficamente al gobierno de turno empleen de manera tan liviana los términos que convienen  a sus contrarios. Ya hace mucho que dijo Martín Fierro aquello de los teros que en una parte pegan los gritos y en otra ponen los huevos. Lo asombroso es que haya avecillas despistadas que peguen gritos por imitación sin saber dónde tienen realmente los huevos, si es que los tienen. 

[Publicado en El estado del derecho]

viernes, 7 de noviembre de 2008

Economía y política

Nadie duda de las relaciones entre la economía y la política, pero son realmente muy pocos los creen  que la cosa vaya a funcionar de tal manera que, al final, dé la victoria a Rajoy. El PP parece poseído por esa extraña esperanza sustentada en una doble actitud: apoyar al Gobierno en las grandes cuestiones y esperar que la que está por caer derribe a Zapatero. Este sacrificio en el altar de la lealtad a los intereses de España, exigiría, como mínimo, dos cosas, a saber: una certeza sobre lo que el Gobierno realmente intenta y una cierta convicción de que el Gobierno no se va a mover de donde dice que está. Dos presunciones sobre este Gobierno que implican una confianza desmedida en la condición humana, en general, y suponen  un auténtico disparate referidas al señor Rodríguez Zapatero, en particular, puesto que sus ideas sobre la lógica y la coherencia son de sobra conocidas por todo el mundo (menos, al parecer, por los analistas del PP).

La discreción de la oposición parece apoyarse en el miedo al qué dirán, en el para que no digan,  como si estuviese perfectamente claro que el Gobierno y sus aliados (ni escasos ni mudos) fuesen a decir siempre aquello que más se ajuste a la realidad, aunque estuviese lamentablemente reñido con sus intereses. Nos encontramos, entonces, con que la oposición parece preferir que se la califique por sus silencios y sus aquiescencias a que se la califique por su capacidad de pensar algo distinto. En este punto, los analistas del PP dirían, supongo, que la economía no está para bromas y que el sentido de la responsabilidad les impulsa a apoyar a los españoles aunque de ese apoyo se beneficie ZP.

Lo curioso del caso es que si de algo podría presumir el PP es de haber enderezado la economía que Aznar heredó en estado lastimoso de las inanes manos de Solbes, hasta el punto de que hubo que pedir dinero a los Bancos para afrontar las primeras obligaciones del Gobierno. La diferencia está en que Aznar, en muy pocos días, tuvo un plan, se atrevió a presentarlo, con pelos y señales, no vaciló en ejecutarlo (aunque implicase una congelación del sueldo de los funcionarios, cosa que no puede hacerse sin tocar madera) y, además, le salió bien.

El PP no está haciendo nada al respecto, entretenido como está  en aprobar en el Congreso estatutos que molestan a los que le votan, en perfeccionar (como en Navarra) sus alianzas regionales, o en artimañas financieras que permitan traspasar ordenadamente una  herencia política tan brillante para dejarla en manos de algún personaje que, como Gallardón, sea bien visto por el sistema, y evitar de raíz que alguien con ideas propias y energía suficiente tenga la tentación de hacer política en serio, lo que podría poner en peligro la estabilidad de esta Kakania mansurrona, crédula e ignorante a la que los encargados de imagen le han hecho creer que es culta, libre y posmoderna.

Lo curioso de esta ausencia de alternativa a la errática y mistérica política económica de ZP (siempre a golpe de indefinición, decreto y secreto) es que no le faltan al PP mimbres para ofrecer ese programa y para hacerlo de manera brillante y consistente. Le faltan otras cosas, una de ellas muy principal, pero no gentes capaces de formular una alternativa económica sólida y creíble, y algunas de esas ideas se atisban a través de las comparecencias de Cristóbal Montoro o las esporádicas y brillantes apariciones de Manuel Pizarro, otro insensato que piensa por su cuenta y hasta lo dice.

Se cuenta que Bill Clinton, en campaña,  tenía siempre delante un cartel que decía: “es la economía, estúpido”. Ahora, ese consejo estaría fuera de lugar, tanto en los Estados Unidos como en nuestra patria. El consejo debería ser el complementario: “la política, estúpido”, aunque esa política tenga mucho de economía, de convencer a la gente de que serán ellos trabajando duro, los que puedan arreglar estas cosas, en lugar de alimentar la necia esperanza de pensar que Zapatero esté haciendo otra cosa que repartir subvenciones entre quienes le apoyan, que consolidar la base de su victoria. Es legítimo, por supuesto, que haga eso y es muy inteligente, desde su punto de vista, hacerlo con habilidad  y fomentando esos buenos sentimientos que tanto gustan al respetable. Pero es absolutamente desastroso que la oposición no tenga capacidad para explicar que a ella no le va nada en eso y que, al conjunto de los españoles tampoco les conviene que Andalucía o Cataluña multipliquen sus inversiones públicas mientras otras regiones, señaladamente Madrid, sufren un tratamiento de “provincias traidoras”.

El desastre del PP es verlo entregado a convertirse en su caricatura, en una federación de pequeños partidos que imiten a los nacionalistas, mientras el proyecto común desfallece y se reduce a una pura nostalgia, a un pasado sin futuro y condenado a la inexistencia, porque la historia del ayer se ha escrito siempre desde las páginas del mañana.

[Publicado en elconfidencial.com]

miércoles, 5 de noviembre de 2008

La perrera de l’Oreneta

El ayuntamiento de Barcelona se va a gastar 9 millones de euros, es decir 1500 millones de pesetas, en una nueva perrera.  Cuando vi la noticia, pensé que se iba a armar un buen escándalo, pero no ha sido así, aunque algún concejal ha dicho que a 20.000 euros por animal la cosa no parece muy barata. Yo, que quieren que les diga, creo que esto es un disparate, una de tantas locuras que perpetran los que se gastan el presupuesto sin ninguna clase de miramientos. Eso sí, estoy seguro de que se trata de un disparate perfectamente democrático y que ha contado con todas las bendiciones, bueno ya me entienden.

Esta clase de fenómenos son, a mi modo de ver, indisociables de un estado de conciencia colectiva en el que, por así decir, se ha perdido cualquier sentido de la proporción y del que, con no menor certeza, se puede afirmar que los ciudadanos ya no esperan nada razonable de los poderes públicos, ni siquiera que les sorprendan, que se contentan con tal de que les dejen en paz.  No es que yo crea que no se deban hacer perreras, pero estoy seguro de que las hay más económicas.

Bueno, como no pago impuestos en Barcelona, no debiera inquietarme, pero me preocupa el efecto emulación y el efecto contagio. ¿Acaso se puede consentir que los barceloneses tengan una perrera high-tech mientras nosotros seguimos con lo puesto? Yo era de los que pensaba que la crisis iba a obligar a los ayuntamientos a pensarse por dos veces los destinos de sus caudales, pero, por lo que se ve, la cosa no acaba de arrancar.

Ya sé que los perros de Barcelona  no tiene la culpa de que tengamos 200.000 parados más que el mes pasado, ni de que en lo que va de año cerca de 800.000 personas hayan pedido el empleo. Tampoco les veo muy culpables de que la Seguridad social tenga 450.000 afiliados menos  que en 2007. Pero los responsables de hacer perreras y sus jefes deberían de considerar el conjunto de la situación y pensar, tal vez, que, al menos de momento, podríamos tirar con otra perrera ligeramente más modesta.

[publicado el 051108 en Gaceta de los negocios]

martes, 4 de noviembre de 2008

Un ejemplo de relaciones entre regulación y burbuja

Muchas personas piensan que es posible corregir los llamados fallos del mercado, es decir los errores que se cometen entre muchos que actúan desorganizadamente, mediante medidas políticas inteligentes y oportunas, con decisiones que toman unos pocos que actúan de manera concertada. Sería excesivo negar que eso pudiera pasar en alguna ocasión, pero ahora quisiera poner de manifiesto un ejemplo, que a me parece clamoroso, de todo lo contrario. Me refiero al precio del suelo, a lo que con el suelo pasa en España. Un propietario de suelo, por llamarlo de algún modo porque su propiedad está muy disminuida, no puede hacer con su suelo lo que le pete, sino que ha de atenerse a un complejo sistema de normas y controles que, en último término, depende de la decisión arbitraria del poder político.   

El suelo rural, que es lo que casi todo el suelo es en principio, no puede ser edificado, que es lo que le da al suelo mayor rentabilidad, hasta que las autoridades políticas así lo decidan.

Al amparo de la casualidad, algunos han hecho grandes fortunas con este sistema. La suerte les ha provisto de un instinto maravilloso y les ha permitido comprar suelo rural que nadie quería a cuatro pesetas para luego venderlo a cuatro mil euros, por decir algo. Su extraordinaria perspicacia les ha permitido anticipar que en ese suelo, finalmente, los intereses comunes, harían  muy aconsejable, cuando no urgente, la construcción. Si no faltasen viviendas siempre se podría acertar con ese otro tipo de edificaciones que urbanistas y munícipes llaman dotacionales, un hermoso eufemismo para construir algo no del todo necesario pero de cuyo gasto se derivan infinitos bienes para el común de los mortales, esas gentes por los que los munícipes siempre están en vela.

En justo premio a su sagacidad, los emprendedores valientes y riesgosos, capaces de adivinar que lo que nada vale va a valer mucho, han obtenido grandes fortunas. Se podrían hacer interesantes trabajos de genética humana para descubrir de qué gen están dotados estos linces que jamás se equivocan con la compra de suelo en barbecho: he ahí un proyecto sugestivo.

Pero esta historia ejemplar de perspicacia, audacia y sentido de la oportunidad puede ser vista desde un ángulo no tan optimista. Lo que ocurre con la intervención del suelo es que se crea escasez, una escasez artificial y agobiante, que es lo que hace subir el precio del suelo y obliga a que vivíamos apiñados y agobiados en un país en el que hay suelo para dar y tomar.

En este punto, el mecanismo de la escasez forzada del suelo, funciona de la misma manera que el de la droga. Lo que hace que la droga sea cara, es que esté prohibida, perseguida y vilipendiada.  Esa interdicción explica con toda claridad el astronómico aumento del precio de la coca, desde la planta que no vale un real al milígramo de raya que se paga a precio de oro. Lo mismo que sucede con el suelo español, supuestamente protegido de la especulación y de los desastres ecológicos por los que se dedican a tasarlo y a controlar su entrada en el mercado. En ambos casos hay explicaciones  piadosas tras las prohibiciones respectivas, explicaciones que la buena gente compra de barato y sin pensar en que pueda haber gato encerrado.

En España, mucha gente ha sacado tajada del rallye alcista del precio de la vivienda, un rallye que empezó gracias a una ley del general Franco que fue la que estableció, allá por los años 50, en un contexto económico muy distinto, que el ius edificandi estaba sujeto al poder político de turno. Los Banuses fueron el antecedente de esta explosión absurda que nos ha llevado a construir más de un millón de casas que, en caso de un mercado no intervenido, hubieran podido evitarse.  Ahora pagaremos la cuenta, las copas y lo que haga falta, pero los que tienen la mano en la caja no van a soltar el control del suelo: eso sería liberalizar y ya estamos viendo las locuras y los excesos que comete el mercado. 

[publicado en elestadodelderecho.com, el 041108]

lunes, 3 de noviembre de 2008

Google gana, esto va bien

Me parece que hay, al menos, tres aportaciones esenciales de Google a la historia de Internet tal como hoy la entendemos. La primera es la importancia de la innovación que supuso su manera de acercarse a la relevancia real de la información a través de la fórmula de su buscador que, tal como Karim Gherab y yo mostramos en   nuestro libro, se apoyaba en los trabajos de Garfield que, a su vez,  se inspiró para montar el índice de impacto en las prácticas de la jurisprudencia americana (al no haber textos canónicos, es importantísimo indexar las sentencias y ver cuáles son usadas y se convierten en autoridad), así que los leguleyos inspiraron a los cientometristas y, a su vez, estos fueron los que sirvieron de inspiración a Larry Page & co para formular el algoritmo matemático que es la clave del éxito inicial de Google. 

La segunda idea que atribuyo a Google, aunque seguramente no sea exclusiva de ellos, es la de que los PC debieran descansar en la red más que en programas residentes. Reconozco que esto me pareció quimérico la primera vez que lo oí, seguramente porque estaba encantado de conocerme ya que había aprendido a manejar el MS-DOS bastante bien. Hoy me parece que es evidente que esa es la idea correcta y cada vez usamos más aplicaciones que se apoyan en la red y menos en la memoria física del PC, lo que, telefónicas aparte, es más simple y mucho  más lógico.

Sin embargo quizá la aportación más importante de Google haya sido su forma de ganar dinero con estas cosas. Esto ha supuesto una auténtica revolución y va a permitir que se desarrollen servicios que, de otro modo, seguramente serían imposibles por no ser financiables, aparte de la influencia que todo esto está teniendo en el mundo de los medios convencionales, en el ocaso de Gutenberg.

Por eso creo que el acuerdo de Google con editores y sindicatos de autores es una noticia importantísima, algo que anuncia que el futuro, la biblioteca digital universal, está cada vez más cerca, para el beneficio de todos.

 [Publicado originalmente en otro blog]