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jueves, 20 de noviembre de 2008

La crisis de la universidad

Convendría reflexionar sobre la escandalosa diferencia entre la calidad de nuestras escuelas de negocios, que figuran a la cabeza del mundo, y el prestigio y la calidad de nuestras universidades que están, sin excepción, a la cola de todas las clasificaciones. La clave no está en que las universidades sean públicas y las escuelas de negocios privadas. Bastará recordar, para verlo, que el mejor Departamento de Matemáticas de los EEUU está en una universidad de Chicago: lo que ocurre es que esa universidad sólo recibe del Estado el 18% de su presupuesto, que el 82% lo financia con apoyo privado por su interés y por su calidad. En España, las universidades mejor situadas apenas cubren con financiación externa el 30% de sus programas de investigación que representan, en cualquier caso, un porcentaje mínimo de sus gastos totales. La clave está en la funesta forma en que las españolas han administrado la autonomía que la ley les reconoce y en la cobardía e ignorancia de la clase política que no se ha atrevido a acometer reformas impopulares, a cortar de raíz el mal del corporativismo, la irresponsabilidad, la endogamia y la insignificancia de las universidades. La opinión pública comienza a darse cuenta de que estamos ante un problema. Muchos de nuestros títulos son auténticos flatus vocis, carecen de cualquier valor real: suponen, únicamente, una irrecuperable pérdida de tiempo para los alumnos y un desperdicio del dinero de los ciudadanos. ¿Cómo se puede tener una economía competitiva con una universidad rutinaria? No se puede. Lo terrible es que en la universidad están algunas de nuestras mejores cabezas, muchas de nuestras esperanzas; pero están ahogadas por la burocracia y la demagogia y frustrados por un sistema incapaz de reconocer el mérito, de fomentarlo y de pagarlo. Un profesor que haga el vago, no publique nada de interés, sea un auténtico desconocido y apenas aparezca por sus clases puede cobrar apenas unos pocos euros menos que el mejor de nuestros profesores o investigadores. En la universidad reina un igualitarismo y una irresponsabilidad que esterilizan los esfuerzos y las ilusiones de los mejores, una situación que ha convertido a las universidades en una especie de sindicatos verticales en las que algunos alumnos poco espabilados se ocupan del piqueteo.
Esta situación es ahora mismo un auténtico problema político porque es absurdo esperar la solución de quienes explotan el desastre. De los órganos corporativos de la universidad solo sale un “más dinero” que resulta ridículo y vergonzoso, un expediente pueril, pero que puede funcionar, para echar sobre otras espaldas la carga de unos males cada vez más obvios e irritantes.

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