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miércoles, 24 de diciembre de 2008

Lecciones de una crisis

La pregunta que deberíamos hacernos respecto a la crisis española no es la de cuándo acabará, eso no lo sabe nadie, sino la de si seremos capaces de aprender algo provechoso de ella. No va a ser fácil, desde luego, porque son muchos los intereses es juego respecto a la naturaleza de la lección y va a ser mucha la tinta empleada en oscurecer el panorama. Aquí mismo, y sin que se produzca un pasmo general, la ex ministra de Vivienda, le ha echado la culpa del fracaso inmobiliario a lo que ella llama la liberalización (¿?) del suelo, olvidando una regla absolutamente básica en todo análisis, a saber, que los precios siempre aumentan con la escasez, nunca con la abundancia, lo que es especialmente claro con los precios sometidos a control político y a prohibiciones varias. Con un ejemplo bastará: el fabuloso negocio de la droga es posible porque  su prohibición  consigue que el precio de la coca se multiplique por cifras millonarias en el punto de venta.  El negocio inmobiliario ha sido extraordinario para casi todo el mundo, empezando por las administraciones que ahora se ven muy mermadas en sus ingresos y amenazadas porque han incurrido en una serie de gastos fijos para aumentar su poder  y no saben cómo van a salir del mal paso en que se encuentran.

En la cumbre del sistema, tenemos a un Gobierno que se ha parapetado en una situación de caja que no era del todo mala,  debido a la herencia de Aznar y a una dinámica económica que debió empezar a corregirse en 2004, pero que ZP decidió apurar hasta el final, seguro de que la crisis no iba a ir con él ni con los grandes banqueros que le mostraban sumisión y halago, algo  que debiera haber amoscado a cualquier lector de fábulas clásicas, un asunto en el que Zapatero parece estar poco impuesto.  El Gobierno ha venido actuando con la desenvoltura de quien ni tiene problemas ni piensa que los va a tener y es evidente que se equivoca, como ya le ha sugerido, en voz baja, eso sí, el Gobernador del Banco de España, advirtiéndole de que la crisis puede ser más larga que su mandato y que la manta pública va a ser insuficiente para tapar tanta vergüenza.

Decía Cela que el dinero “amansa, civiliza y sobrecoge: a quien lo tiene, a quien no lo tiene y a quien lo ve pasar”. Nosotros tenemos el riesgo contrario muy a mano porque la falta de dinero subleva al personal.   Tendremos, con toda probabilidad, desórdenes públicos y aumento de la delincuencia cuando se muestre que las arcas de hacienda no son inagotables y se han quedado vacías. Los que viven muy bien de prohibir acciones y decisiones a los demás no van a dejar pasar la oportunidad de echar la culpa al liberalismo, aunque sea bajo Zapatero cuando vayamos a hundirnos casi sin remisión porque han tenido la “suerte” equívoca de que la crisis general del sistema económico se haya superpuesto a la crisis específica del modelo español de crecimiento. Mal de muchos, consuelo de gobernantes, ironizaba Pemán.

Lo que los españoles deberían pensar  es cuáles son las razones de nuestra profundísima crisis de empleo (sin parangón en ninguna parte) y qué está en nuestras manos hacer para recuperarnos en el medio plazo. A mi modo de ver ese planteamiento llevará a dos conclusiones inevitables: en primer lugar a asumir que no van a volver las vacas gordas del inmobiliario y, en segundo término, a dejar claro que tenemos un modelo de Estado que no es viable económicamente y que, por lo tanto, se impone una reforma profunda de la Constitución y del sistema autonómico buscando la eficacia y la sostenibilidad económica del conjunto.

Es evidente que este Gobierno no está en condiciones de afrontar una situación como la que tenemos delante y que sus intentos de exorcizar la crisis con promesas de parvulario y recetas de psicología popular no van a conducir a nada. Solamente un gran estadista (que no se adivina en el panorama) podría coger este toro por los cuernos con la debida anticipación. Ante esta carencia evidente, deberemos consolarnos con el paso del tiempo: los meses pasarán y la situación se revelará enteramente incoherente e insostenible y entonces ni siquiera ZP podrá desviar la atención del personal con medidas imaginativas y marchosas.

Lo vamos a pasar muy mal, pero deberíamos de aprender a no echarle la culpa al empedrado, a no exteriorizar nuestros males (y menos al demediado liberalismo realmente existente) y a pensar que en el nuevo marco mundial habrá que competir con productos atractivos, inteligentes, de calidad y baratos. Nuestro reto será hacer posible una España que subsista en ese entorno más competitivo y abierto que parece imparable; la única alternativa sería la generalización de un PER  para toda España, pero ni Cataluña, ni Madrid, ni Fráncfort serán capaces de soportarlo, o sea que no habrá salida por este lado por mucho que los sindicatos se encrespen o los marginales amenacen con la revolución pendiente. 

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