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sábado, 31 de enero de 2009

Dos formas distintas de leer

Del mismo modo que hay dos formas distintas de viajar hay, fundamentalmente, dos formas distintas de leer. Podemos viajar por puro placer, desde el grato paseo al atardecer hasta dar la vuelta al mundo por el gusto de darla. Pero también podemos viajar porque necesitemos hacerlo, desde salir a tomar un refresco hasta pasar seis meses fuera de casa haciendo gestiones diversas, mundo adelante. Ambas formas de viajar tienen elementos comunes pero son muy distintas. La segunda no excluye el placer ni la primera la utilidad, pero ni nadie las confunde, ni es necesario enfrentarlas de modo maniqueo. Con la lectura pasa algo semejante. Cabe la lectura por puro placer y cabe la lectura por necesidad, porque necesitamos saber algo. La lectura privada y por placer es, históricamente, un producto tardío. Sabemos que la forma ordinaria de lectura fue la lectio, la lectura en voz alta de un texto dirigida a un público interesado y atento y que la lectura privada, eso que hoy consideramos como leer por antonomasia, era una rareza antes de la época moderna. De hecho, podemos ver cómo la locura del Quijote nace de una lectura que Cervantes considera excesiva, del abuso de un placer todavía raro, la lectura privada como munición de la fantasía.

Desde la puesta en marcha de la era digital, desde que es posible manejar textos, por complejos que sean, compuestos estructuralmente a base de unos y ceros, se han movilizado posibilidades de lectura de las obras más diversas que eran sencillamente impensables hace unas décadas. Esta facilidad para disponer de una gran variedad de textos (obras clásicas, artículos de prensa, conferencias, apuntes, etc.) ha ido creciendo sin que ello haya supuesto mayores dificultades de búsqueda gracias a la rapidez y el buen funcionamiento de los llamados buscadores. A muchos efectos puede decirse que todo está en la red, afirmación que, aunque dista mucho de ser cierta, marca una tendencia que es cada vez más evidente y que se colmará casi completamente en el curso de los próximos años. De cualquier manera, decir que todo está en la red es equivalente a haber dicho, hace veinte años, que todo está en una buena Biblioteca, algo que tampoco era cierto en absoluto pero señalaba la excelencia de determinadas instituciones capaces de albergar de una manera organizada y permanentemente al día cuanto era posible leer respecto a una serie de disciplinas o autores.

Las ventajas de los textos digitales son muy grandes para la lectura profesional o por necesidad, debido a que disponemos de una facilidad de búsqueda y acceso infinitamente superior a la que tenemos cuando manejamos textos impresos. Existe, además, otra ventaja decisiva de la red que consiste en que, al menos en principio, acceder a un texto significa la posibilidad inmediata de trabajar con él en el mismo computador que estamos utilizando. La desventaja principal de la red frente a una buena biblioteca reside, evidentemente, en el carácter casi caótico de la red frente al reino de orden, de precisión y de pertinencia que caracteriza a cualquier buena biblioteca. Es seguro que en un futuro inmediato asistiremos a la reinvención de las artes bibliotecarias en el nuevo entorno digital.

¿Qué pasará entonces con los libros de siempre? Es evidente que el objeto al que llamamos libro está dejando, o ha dejado ya, de ser el depositario exclusivo de la cultura y del saber como lo era, seguramente, hasta hace unas décadas.

Adivinar el futuro es casi tan imposible como resistirse a su lógica, a veces implacable, a veces misteriosa. Los editores tradicionales y los libreros van a perder, en parte ya lo han hecho, el singular privilegio que tenían en relación con la palabra. Pero eso no debería ser considerado como una desgracia, al menos no como una desgracia universal.

El libro es un invento demasiado bueno como para que podamos deshacernos de él. Parece razonable pensar que la lectura privada y por mero placer va a seguir siendo primordialmente lectura de libros. No creo que nadie, salvo el investigador especializado, prefiera releer Fortunata y Jacinta, por poner un ejemplo cualquiera, en la pantalla de su ordenador, en lugar de hacerlo con su viejo ejemplar o en una nueva y atractiva reedición de bolsillo, aunque resultará igualmente placentero y útil leerlo o reelerlo en la pantalla de tecnología de tinta de un lector de e-books, para lo que existen varias buenas ediciones perfectamente legítimas y libres accesibles en la red. 

Sin embargo, son muchas las cosas que van a cambiar en los libros que se editen de aquí en adelante. Deberíamos caer en la cuenta de que, por ejemplo, el título, algo que nos parece absolutamente esencial a cualquier obra, es sólo la exigencia impuesta por una forma particular de edición, algo que debería ir en la 'portada', pero ahora los libros digitales van a poder tener muchas más portadas, no tienen por qué conformarse con una sola. Del mismo modo que un teléfono ya no es solo un teléfono sino que puede ser un sinfín de cosas más (aunque a algunos nos aburra el espesor del manual correspondiente porque solo queremos hablar con los amigos), un nuevo libro podrá llamar la atención de sus lectores digitales de mil maneras distintas, no sólo de una.

Las posibilidades son muchas, pero solo algunas llegan a ser realidades efectivas y no podemos saber cuáles y cómo van a ser las cosas en este terreno a, digamos, cincuenta años vista. Seguramente la lectura por puro placer va a seguir siendo servida por mucho tiempo por el libro de (casi) siempre. Pero ese libro va a tener rivales poderosos y seguramente no va a seguir gozando del privilegio que le otorgaba el monopolio de la lectura. Quienes viven de la fabricación, la distribución y el comercio de los libros (o de los periódicos, que a veces coinciden) harán bien en pensar en lo que puede venir y en no limitarse a defender su posición a base de argucias legales y de pésimos argumentos.

Estamos ante una revolución, pacífica pero bastante radical, ante la que no vale mirar para otra parte. Los lectores no tienen nada que perder y tienen un mundo por ganar. Los autores deberán caer en la cuenta que su primer derecho es el derecho a ser leídos, a que se conozca lo que piensan y dicen y que eso no tiene que subordinarse necesariamente a las estrategias de negocio de los editores tradicionales. En fin, un lío, pero un lío lleno de interés y de promesas al que no hay que tener ningún miedo.

[Publicado en otro blog. Este texto es una leve variante de lo que apareció previamente en El Escorpión, el blog de Alejandro Gándara]

 

El país de charanga y pandereta

Tras unos años en que los españoles parecíamos poder contar con una imagen renovada de nosotros mismos, con haber alcanzado, por fin, el sueño de una normalidad pacífica y dinámica, se vuelven a multiplicar los síntomas de que en estas últimas décadas hemos cometido algún error de fondo. 

Con la democracia los españoles aprendimos idiomas, empezamos a estudiar fuera y a trabajar en multinacionales; empezamos a tener motivos de orgullo distintos a las victorias del Madrid, del Barça o de los sucesivos éxitos de Santana, Ballesteros u Alonso. Teníamos alguna multinacional importante, nuestra Banca parecía hacerlo muy bien y nuestras escuelas de negocios competían con las mejores. Habíamos entrado en la Unión Europea y Felipe González parecía haber hecho un gran trabajo modernizando la izquierda española. Aznar, con sus luces y sus sombras, trató de escenificar ese estado de ánimo colectivo tratando de tú a tú al presidente americano, pero su intento se saldó con un doloroso fracaso.  En pleno debate sobre si abrirse al mundo o recogerse en torno al campanario,  recibimos un golpe brutal: los atentados de Madrid, el suceso más trágico que nunca haya vivido la capital española, fue leído subliminalmente como el Stop definitivo a cualquier intento de asomarse al exterior.

Como el nivel de vida alcanzado parecía suficiente, España se retiró psicológicamente de cualquier escenario y nos dedicamos, con Zapatero a la cabeza, a dispensar buena conciencia, que es barato y no implica ningún riesgo porque nadie te toma en serio. Es decir, tratamos de asumir el papel de Quijote con la valentía y la oratoria de Sancho, una trayectoria que nos ha llevado a varios ridículos espantosos que se pueden simbolizar bien en el esperpento de la cúpula de Barceló, con sus grietas y todo. Y entonces apareció la crisis, esa debacle tan anunciada como postergada, pero que empezó sirviendo como telón de fondo para mostrar la insaciable maldad de la derecha que pretendía hablar de ella en la campaña electoral pretendiendo mancillar los cuatro años triunfales del talante.

¿Qué nos dice nuestro Gobierno? Que la crisis pasará, que no nos preocupemos y que sigamos gastando sin miedo, que pongamos las bombillas de Sebastián y que compremos productos nacionales, tan españoles como Pepiño, por ejemplo.

La receta política de esta izquierda es para llorar y debería avergonzar especialmente a los que se identificaron con Felipe González, que supo fajarse con circunstancias bien adversas. Como no saben si apuntarse del todo al fin del capitalismo, que al fin y al cabo no les trata demasiado mal, se refugian en el íntimo jardín de su moralidad y se dedican a tronar contra la avaricia y el despilfarro de los demás, mientras, como buenas hormigas, siguen trabajando por su futuro y consiguen que el número de los funcionarios supere los tres millones, y eso sin contar a los que viven del maná de diversas empresas públicas, tan abundantes como ineficientes o a los que van a lucrarse con los 8.000 millones que han espolvoreado por los municipios  a ver qué pasa.

Nadie parece darse cuenta de que no podemos seguir viviendo exclusivamente de la abundancia ajena, de que algo tendremos que ofrecer a los demás en el mercado del mundo porque nuestros productos tradicionales dan muestra de agotamiento. La solución tampoco puede ser hacernos a todos funcionarios, aunque en Extremadura ya han superado con largueza la cuota del treinta por ciento. 

El personal, mientras tanto, se refugia en los placeres domésticos  porque aún queda algo de gasolina, y prosigue incansable  su proceso de formación continua a través de los magníficos espacios educativos que todas las teles dedican a alimentar su espíritu crítico de la manera más adecuada y generosa, bien sea discutiendo moderadamente de fútbol o asistiendo en directo a sesiones de antropología sexo-cultural, versión jóvenes de buen ver. Los jueces se dedican a juzgar la maldad de Israel mientras las industrias de armamento les venden armas que no perjudican a los palestinos; los del Supremo anuncian chapuceramente sentencias que todavía no han escrito, aunque tienen la delicadeza de adelantárselo a la ministra del ramo para que no se inquiete, y algunos periódicos se dedican a pasar publicidad pagada sobre diversos escándalos como si fueran noticias.

El sistema nos invita a vivir en una orgía de moralidad y desapego de lo material, aunque siempre encontramos que la culpa de todo está en otra parte. La terapia nos recomienda el quietismo, el convencimiento de que nada de lo que se haga será útil porque la solución, como dicen que ha pasado con el problema, nos tendrá que venir de fuera.

Esta es la España de charanga y pandereta de 2009, con un bajísimo nivel de autocrítica, con un déficit cultural y educativo cada vez más alarmante, con una gran cantidad de gente  que actúa sin criterio, sin iniciativa y sin interés, con un número exageradamente alto de personas dispuestas a que se les resuelva su problema sin hacer nada por su parte, con un distanciamiento cada vez mayor entre la realidad,  la política y un elemental buen sentido. Tal vez sea necesario que volvamos a pasar hambre e inseguridad en grandes dosis para que nos demos cuenta de que se puede soportar alguna mentira, pero que es imposible vivir en un país en que casi todo está montado sobre la ficción, en que nada es lo que debiera ser. 

Todavía estamos a tiempo de tirar la pandereta por la ventana y de ponernos a trabajar: a muchos nos gusta.  Aún estamos a tiempo de jubilar a los políticos que nos engañan de manera miserable, y están por todas partes. No es imposible desmontar muchas de las mafias y mentiras que se han adueñado de instituciones que merecerían respeto. Decía el poeta que hoy es siempre todavía. Basta ya de querer parecerse a Obama, pongámonos simplemente a ser mejores, a ser más valientes, a decir con tranquilidad lo que pensamos. 

[publicado en El estado del derecho]

jueves, 29 de enero de 2009

La tormenta perfecta

En 1986, con motivo del desastre del Challenger, Richard P. Feynman, seguramente el físico más eminente de la segunda mitad del siglo XX, que era, además un prodigioso ingeniero, hizo un informe sobre las causas de la catástrofe. El dictamen fue inmisericorde con los errores cometidos y terminaba con una reflexión que ha sido citada con frecuencia: “si se quiere tener éxito hay que atender a la realidad por encima de las relaciones públicas, porque la naturaleza no puede ser burlada”. El asunto, un fallo que conmovió al mundo, no era meramente tecnológico, porque los errores derivaban, de una u otra manera, de los politiqueos y las operaciones de imagen. Sé de sobra que la política es una materia menos exacta que la tecnología, pero lo que nos recuerda el pensamiento de Feynman es los peligros del autoengaño. Me viene mucho a la cabeza el consejo de Feynman cuando considero la situación histórica en la que se encuentra la sociedad española y la clase de cataplasmas que se nos propone aplicar. Creo que nuestro riesgo es adentrarnos en la tormenta perfecta si seguimos insensatamente el consejo de los que dicen que lo pasaremos mal por un tiempo pero no hay ningún peligro de naufragio y que debemos comportarnos como si no pasase nada.Estamos ante la conjunción de una triple crisis, una coincidencia terriblemente desdichada pero que de nada sirve negar. En primer lugar una crisis constitucional que se pone de manifiesto por la implosión del Estado de las Autonomías, un monstruo inestable e insaciable que hace inviable cualquier política sensata y que ha puesto sobradamente de manifiesto el fracaso de los repetidos intentos, de la derecha y de la izquierda, para conseguir una mínima lealtad de los nacionalismos. Además de ese fracaso el sistema ha impulsado la propia desarticulación de los partidos nacionales que es bastante evidente, en especial en el PP. Estamos, en segundo lugar, ante una gravísima crisis de los partidos centrales del sistema, tanto del PP como del PSOE, seguramente más evidente en el PP, pero no menos grave en la izquierda. Una buena parte de los dirigentes de los partidos se comporta como si fueran los propietarios del poder y se dedican a disputárselo a dentelladas, olvidándose de cualquier consideración moral, de cualquier patriotismo y del respeto a los electores, de cuya voluntad se consideran dueños. Ellos lo saben todo, lo hablan todo y lo deciden todo, mientras el público se dedica a pagar impuestos y a salir adelante como puede. El Parlamento está casi muerto y el presidente pretende sustituirlo por un debate ante unos ciudadanos anónimos que, de cualquier modo, le han dejado muy en evidencia. Las administraciones públicas aumentan su personal (en Extremadura más del 30% trabaja para la Junta, por ejemplo) para mayor lucimiento de los gerifaltes y se dedican a mejorar el mobiliario, a inaugurar embajadas o a crearse sus propios servicios de seguridad, supongo que para protegerse de la ira popular cuando la cuerda se rompa de tanto tensarse.Por último una crisis económica y de empleo espectacular que el gobierno trata sin éxito de ocultar detrás de una realidad internacional también bastante acongojante. Los españoles podrían pensar que nuestro actual nivel de vida está garantizado por alguna especie de milagro, pero se equivocarían. El hecho es que hemos abandonado de manera aparentemente brusca el camino de la prosperidad y que todo se nos aparece negro y espantoso, sobre todo cuando consideramos en qué manos estamos. Nuestra economía está rota, nuestras instituciones no funcionan ni a medio gas, la Justicia no sirve para nada (sirve de tan poco que los políticos tienden a refugiarse en ella para disimular sus calaveradas y sus líos), nuestras grandes empresas se desinflan y los grandes periódicos se convierten en boletines de facción pretendiendo que se dedican al periodismo de investigación. Me parece evidente que buena parte de la clase política se dedica a disimular la gravedad de la situación, en buena medida fruto de su incompetencia y de su falta de interés en los problemas reales, y que cuando algunos políticos ponen el dedo en la llaga, como ha hecho, por ejemplo, Manuel Pizarro, desaparecen extrañamente del primer plano. El sistema necesita un retoque muy a fondo, una especie de refundación, que solo podrá hacerse previo acuerdo de los dos grandes partidos, pero, de momento, parecen más interesados en la trifulca que en nuestro porvenir. En mi opinión ese acuerdo es casi impensable con Zapatero en el poder y debería ser posible tras una victoria del PP que ahora no parece ni siquiera imaginable. El PP parece entretenido en debilitar sus bastiones, aunque la responsabilidad de unos sea mayor que la de otros,y está completamente ausente de las esperanzas de salvación de los atribulados españoles que el lunes mostraron no creer ni una palabra al inquilino de la Moncloa.En esta situación hay que preguntarse con cierta angustia: ¿hay alguien ahí?
[Publicado en El Confidencial]

miércoles, 28 de enero de 2009

El país hipócrita

Una de las claves de la situación española es el excelente nivel de aceptación que tiene la hipocresía. Aquí ya no se considera como el homenaje que el vicio le rinde a la virtud, sino como la virtud misma. Preferimos olvidarnos de la realidad para venerar sus máscaras.

Los ejemplos son infinitos. El presidente declara ante millones de españoles que él puede equivocarse pero no puede mentir (¡nada menos que no poder mentir!) y se supone que millones de españoles se deleitan con la sublimidad presidencial. Afirma que las armas vendidas a Israel no son para matar palestinos, y muchos dejan escapar una lágrima furtiva de la emoción que les embarga por tan previsora limitación al vil comercio de las armas.

Estos días algunos periódicos andan a la greña con supuestas revelaciones sobre las actividades de algunos políticos y la información da a entender que algunos pudieran haberse interesado en ayudar al éxito de los negocios de sus amigos. ¡Crimen horrible!, ¡eso aquí no lo hace nadie! Tan no lo hace nadie, que el lobby está expresamente prohibido y ya se sabe que aquí todos cumplimos las leyes a rajatabla.

Los españoles se han acostumbrado a seguir a la letra los mínimos mandatos de toda una industria de la buena conciencia (una afortunada expresión de Paul Theroux para definir el papel de las ONG en África, con sus Toyotas de un blanco inmaculado y su ropa de moda) destinada no a que las cosas vayan bien, sino a que lo parezca, no a promover buenas conductas sino a blanquear y consolidar las famas. Por eso nuestros soldados no están en guerra sino en misiones de paz y si un helicóptero es derribado es cosa del viento.

Los mayores escándalos nacionales se reservan apara los grandes delitos: vehículos a 200 por hora o prebostes que se fuman un puro en el despacho haciéndole una higa a la legislación vigente. Uno de los casos recientemente atribuidos al ex presidente del Real Madrid es que una empresa sacaba a la venta (con facturas que se mostraban a los telespectadores como prueba de la ilicitud del caso) entradas que “no se podían vender” y se quedaba con el 10% de comisión. ¡Qué escándalo, por Dios! ¡Aquí que nadie paga por nada, ni se cobra nunca una  success fee!

A cambio de esa especie de rijosidad hipócrita, miramos para otro lado cuando los asuntos son de verdad gordos o cuando los protagonizan ese raro plantel de personajes que tienen bula, esos seres excepcionales, Zapatero es el modelo, que nadie jamás podría ni siquiera imaginar que pudieran hacer algo que no sea perfecto.

Necesitamos un empape de realidad y dejarnos de escándalos farisaicos,  de estrecheces mojigatas, aunque la mojigatería tenga ahora que ver no con las faldas y las blusas sino con los nuevos mandamientos de la hipocresía imperante. 
[Publicado en Gaceta de los negocios]

martes, 27 de enero de 2009

¿Pasan más cosas en Cataluña?

Puede que sea cosa del madrileñismo agudo que padecemos todos los que nos tenemos por madrileños habiendo nacido en otra parte, como debe ser, pero el caso es que tengo la sensación de que, desde hace algún tiempo, las malas noticias abundan en la Ciudad Condal y en sus alrededores, que, para un tío de Madrid, son esencialmente indiscernibles de la ciudad en la que ahora se juega el mejor fútbol.

Madrid anda algo rezagada en sucesos y solo la providencial intervención de Magdalena Álvarez en los asuntos de Barajas nos coloca en la crónica de sucesos con condiciones mínimamente comparables a las de los catalanes.

Creo que es un asunto al que hay que dedicar una pensada. En cambio el planeta político catalán está como una balsa si se piensa en la expectación sobre el final de la película de espías que nos tiene a los madrileños pendientes de revelaciones tan minúsculas como trascendentales que lleva a cabo sin desmayo el periodismo madrileño de investigación.  También habría que echarle una pensada a esta cuestión.

A mí se me ocurre que pudiera haber algún factor común en ambas desviaciones de la normalidad más razonable. Tal vez ocurra que los políticos están empezando a pensar que la democracia es cosa que solo depende de las elecciones y que las elecciones se ganan con buena propaganda y con medios de prensa adictos, es decir, que no hay que preocuparse ni del estado de los pabellones municipales, ni de las cuentas públicas, porque si pasa algo con eso siempre se puede cargar en la cuenta del acaso o a la crisis financiera, que siempre es culpa de otros.

Nuestros políticos se sienten muy seguros de nosotros, nos saben leales, nos tienen trincados, y por eso se olvidan de las cosas de la calle y se dedican intensamente a sus asuntos que, en el fondo, nos importan un bledo. Es decir que en vez de la democracia, los políticos creen haber descubierto el Paraíso y se dedican intensamente a solazarse. 

[publicado en Gaceta de los negocios]

lunes, 26 de enero de 2009

Sistemas que no se hablan y libros que sí lo hacen

Si se escuchan las quejas de los jueces respecto a la situación de las oficinas judiciales, se oye muy comúnmente la queja de que sus ordenadores, por llamarles algo,  no se hablan entre sí. Es corriente en España el cultivo de esta rara especie de sistemas cerrados, de manera que, al parecer, tampoco se hablan los sistemas públicos de las distintas Comunidades Autónomas, seguramente por aquello de la identidad y tal y cual. No cabe negar que sea una rara habilidad la que han mostrado las distintas autoridades que han consentido, o promovido, este aislacionismo tan distante del ideal.

Por contraste, las tecnologías disponibles nos ofrecen cada vez mayores posibilidades para que  nuestros libros se hablen,  para poder buscar de manera sistemática y casi en paralelo cosas en que coincidan u opiniones enfrentadas. Hace un par de días me contó un amigo, con toda sencillez, cómo había podido hacer un trabajo de historia relacionando cuestiones literarias con avances industriales por el simple procedimiento de buscar en las ediciones digitales de los autores que le interesaban un cierto número de palabras clave. La facilidad para encontrar  textos, y las ideas que van con ellos, le servirá de poco al que no sepa todo lo que sabe mi amigo, pero, cuando se sabe, evita el tedioso trabajo de buscar en decenas de libros y en miles de páginas lo que ese rimero de papeles oculta. La búsqueda digital reduce las horas de trabajo rutinario y tedioso y nos deja más tiempo libre para  lo que realmente importa, investigar y aprender.

Las pegas que supuestos expertos ponen a  la lectura de textos digitales son, en la mayoría de los casos, un mero trasunto de intereses o una prueba de la incapacidad para adaptarse a nuevas formas de trabajar. La lectura es más fácil y más eficaz en los dispositivos digitales que en el viejo papel. Si se trata de investigar, no hay color, aunque eso suponga el esfuerzo de leer en una pantalla que es un tanto molesta para la vista,  pero tampoco lo hay si se trata del ocio, de leer por puro placer, y se ha tomado la precaución de adquirir un lector de e-books, un aparato cuya pantalla usa la tecnología llamada de tinta de imprenta. Yo he leído así mis cincuenta últimas novelas, deliciosamente tumbado y con un aparato más ligero que la mayoría de los libros de papel, tan legible como cualquiera de ellos y que, además, siempre se encuentra en la página en la que he dejado la última lectura. ¿Problemas de compatibilidad, de formato, de escasez de oferta? ¡Venga ya! Nada de nada, pero del mismo modo que algunos se empeñan en que los jueces no puedan hablarse hay quienes creen que se les tendrá por más cultos si desdeñan las mejores y más fáciles formas de lectura.  

[Publicado en otro blog]

domingo, 25 de enero de 2009

Revolutionary Road

Lo de ir al cine se ha convertido en un deporte de alto riesgo, porque predomina una mediocridad capaz de matar la afición al más pintado. Creo que es una obligación dejar constancia de que hay algunas películas que escapan a esa ley de hierro. Una de ellas es, desde luego, la excelente El intercambio, de Clint Eastwood, pero la costumbre del viejo Clint de hacer muy buenas películas me ha impedido llamar la atención sobre ella, porque tampoco suelo perder tiempo avisando de que anochece pronto, si estamos en invierno. La última película de Sam Mendes sí merece una breve reflexión porque es de esas que te hacen rumiar el argumento, lo que, según decía Nietzsche, es una buena imagen del trabajo del pensador.

Cuando yo era joven, se hablaba, y mucho, del cine de tesis, supongo que para poner en valor las cosas de los franceses y así frente al cine con Marylin y cosas aún peores. Ahora nadie dice cosas de ese tipo, entre otras cosas porque el cine es muchísimo mejor para incitar que para convencer y porque, en la pantalla resultan penosos los discursos argumentativos.  El buen cine, es abierto, dramático y triunfa cuando nos consigue interesar por cuestiones como ¿qué habría pasado si…?   etc.

Sam Mendes es, desde luego, un magnífico director de cine. Obtuvo entre nosotros un gran éxito con American Beauty (que llevaba el sospechoso y mercantil cartel de película antiamericana) y  que a mí, aparte del buen trabajo de Kevin Spacey, no me pareció para tanto. Esta Revolutionary Road es mucho mejor, una película realmente buena. Sam Mendes ha tenido la buena idea de juntar de nuevo a una pareja de actores con buena química, a su mujer, la excelente Kate Winslet, y a Leonardo di Caprio, que hicieron las delicias del gran público, sospecho que, sobre todo, femenino, en Titanic. Aquí vuelve a ponerlos cara a cara en otra historia de amor que también comienza con una mirada a través de la multitud y con Di Caprio seduciendo a una mujer deseosa de fantasías. Lo que sigue, no es, desde luego, una historia fácil, sino una durísima narración sobre la pérdida de las ilusiones, el vacío, el egoísmo, la crueldad, la locura y la soledad.

Sam Mendes retrata la historia con una frialdad dramática, con un montaje básicamente teatral, que pone a cada uno de los protagonistas al borde de su capacidad de resistencia. Winslet me parece mejor que Di Caprio, tal vez porque su papel es el central, el que retrata a un mayor número de personas  y el que suscita más empatía, pero ambos dan vida a una página que se nos grabará en la memoria por mucho tiempo. La música de Thomas Newman (Cinderella Man, Erin Brocovich, La milla verde) sirve excepcionalmente bien para potenciar el desasosegante desarrollo de una historia que tiene que acabar mal. Que ustedes la disfruten.

 

sábado, 24 de enero de 2009

¡Qué bien funciona Muface!

Viernes. Hacia el final de la mañana, me dirijo a Muface, una mutualidad de funcionarios de la que soy partícipe voluntario y que me cuesta un buen dinero al mes, para que me den el visado para cierta medicina que me acaba de recetar un médico especialista.  Una vez en la delegación de Madrid, y tras una cola considerable, un funcionario muy atento me informa de que, aunque la indicación del médico es para un año entero (lo que exige el tratamiento), sólo me pueden dar el visado correspondiente para dos meses. Le hago notar que me parece una restricción poco razonable, porque carece de sentido obligar al paciente (y nunca mejor dicho) a hacer seis visitas perfectamente inútiles a esa dependencia. Me dice que no se puede hacer nada y lo argumenta en función del período de validez de las recetas, una entidad teórica seguramente introducida en el sistema para agilizar casos como el presente. Le pregunto si acaso hay temor de que los pacientes especulen con las recetas en el mercado negro o algo así y me dice, con lo que le queda de sonrisa, que él no puede hacer nada,  justamente lo que suele decir un funcionario consciente de su lugar en el mundo y de los derechos imprescriptibles que le son inherentes, el primero de los cuales parece ser el derecho a  la inocencia.

Me conformo con aceptar la inevitabilidad de ese sextuplo de desplazamientos, siempre tan agradables en una ciudad abierta como es Madrid, y le ruego que proceda a facilitarme el visado. Me entero entonces de que el tal visado está reservado a un inspector médico que, casualmente,  “no se encuentra”, según confirma una jefa que aparece por allí, entiendo que alarmada por la amabilidad del personal de ventanilla que debe parecerle poco funcional. Pregunto entonces cuándo se va a “encontrar” el inspector médico (no hago notar que ese término es un oxímoron porque no quiero líos) y me responde que vuelva la semana que viene. Le digo que iré el lunes y la funcionaria jefe, que ya se ha hecho con el control de la situación, porque comprende que se encuentra ante un peligroso anarquista, me dice que el lunes no estará, que venga otro día. Intento enterarme de qué está haciendo exactamente el ausente, pero veo que eso puede acabar con un parte por lesiones y renuncio a esa curiosidad malsana. Con la mayor de las modestias, la del perro apaleado, pregunto si podría tener alguna manera de saber en qué momento podrá la ausente eminencia personarse en la oficina y realizar esa parte de su inmenso y delicado trabajo que me afecta personalmente. La funcionaria jefe aprecia reticencia en mi afán de concretar, de manera que se pone en jarras y comienza, con voz potente y ademanes de indignación dignos de un Catón, a recordarme que yo también soy funcionario y que, como debería saber muy bien, todos los funcionarios cumplen escrupulosamente sus rudas obligaciones y que el inspector ausente (lo que también es otro oxímoron, pero tampoco lo digo) es una persona muy ocupada. Le aclaro que yo no soy funcionario, sino mutualista voluntario, le digo que el inspector concernido puede ser todo lo competente que quiera, pero que no parece nada puntilloso, me temo, en eso de la obligación de presencia, como se dice ahora. La funcionaria me espeta que quién soy yo para poner en duda el recto proceder de, nada menos, que todo un inspector, y yo le digo que no pongo nada en duda, que me limito a constatar la desaparición del experto y, también, que no se le espera en las próximas jornadas, lo que, además de no ser  ni  razonable ni ejemplar, constituye un mal caso para que la funcionaria ejerza su derecho inalienable al magisterio moral mientras defiende la ineficiencia de sus servicios.

La cosa podría haber seguido indefinidamente pero, dado que, en el fondo, considero que el asunto es irremediable, me limito a protestar del mal servicio y a indicar  que probaré suerte en otra vida. El amable funcionario inicial acude en mi auxilio (este tipo no hará carrera) y me pide un teléfono para avisarme cuando el inspector comparezca y haya podido completar el complicado estudio de mi caso. Puede que me haya salvado la tecnología, pero ya veremos, porque cabe pensar que la jefa le impida utilizar el teléfono para llamar a un móvil por aquello de la contención del gasto (modelo Sebastián). 

jueves, 22 de enero de 2009

¿Un nuevo Aznar?

En plena cumbre de la Obamanía, ha podido pasar inadvertido el discurso de Aznar como doctor honoris causa en la Universidad Cardenal Herrera. Es un texto lleno de interés por la circunstancia y por el personaje.  Aznar nos invita a asumir el pasado y a afrontar la gravedad del presente huyendo de la resignación y apostando por la esperanza. Aznar recuerda que vivimos en una triple crisis, económica, política y moral, y nos exhorta a volver al camino del éxito seguido durante cerca de treinta años, incluyendo el largo período de González a quien Aznar cita en un contexto muy positivo. 

Bien, todo esto podría pasar, sin más, por retórica de ocasión, pero parece algo más. Aznar constata que la situación actual va más allá de una simple crisis de alternancia y que es necesario reemprender una ambiciosa agenda reformista que abandone la dinámica en la que España acabaría siendo únicamente una rara especie de Estado residual. 

¿Quiere esto presagiar una cierta vuelta a la política? Yo no lo veo así, pero creo que Aznar está advirtiendo a todos, pero en especial a los suyos, que deben abandonar la miopía y tomar medidas extraordinarias para  hacer que España pueda reemprender el camino del éxito. Como dice Aznar, la historia de las naciones libres la hacen los ciudadanos, con sus decisiones y asumiendo sus responsabilidades: es el único camino para hacer de  España una de las mejores democracias del mundo. 

Creo que Aznar es muy consciente de que los años transcurridos desde que dejó el poder no han sido lo que él pensó  que podrían haber sido. Las responsabilidades de cada cual son ya objeto de la historia, pero la política nunca se detiene y Aznar hace muy bien en recordar en clave mayor cuáles son los fundamentos morales de la tarea política. El éxito de Obama se ha basado, precisamente, en esa clase de recursos, en la convicción de que hay ocasiones en que es necesaria una ruptura con la inercia del pasado, en las que es gravemente necia la pretensión de seguir, sin más,  en el día a día, cuando el escenario ha cambiado de manera tan dramática.

 ¿Qué significa todo esto? En mi opinión, una clara advertencia al PP, no solo a sus dirigentes, a todos los militantes, de que se precisa una catarsis, de que es necesario tomarse la democracia en serio y que no se puede seguir tratando de administrar una supuesta herencia que ha sido desbaratada por muy diversos desastres.

No creo que el mensaje de Aznar sea únicamente para el PP porque su fondo es, inequívocamente, el patriotismo, una invocación que de ninguna manera debería dejar indiferente a la izquierda española, pero los primariamente concernidos son los militantes del PP a los que se recuerda que su deber es estar a la altura de unas circunstancias, que ahora no son cualquier cosa. 


[publicado en Gaceta de los negocios]

miércoles, 21 de enero de 2009

El Real Madrid y la política española

Aunque la actualidad del mundo del fútbol está sometida a una fortísima obsolescencia, es posible que los lectores aún recuerden los penosos sucesos de la semana pasada en torno a la presidencia del Real Madrid. Creo que, si se examinan con un cierto detenimiento, encontraremos en ellos una minuciosa reconstrucción de los defectos estructurales de nuestro sistema  político cuyo análisis puede tener algún interés. Al fin y al cabo, se trata de la forma en que los españoles organizamos y soportamos el poder, la forma en que entendemos la democracia.

Lo más doloroso es comprobar la ausencia absoluta de criterios éticos, de comportamientos ejemplares que se traduce, entre otras cosas, en una pornográfica falta de respeto a las reglas y en una entronización de la tropelía  y el insulto como artes supremas de la lucha política. Hace días, viendo uno de los episodios de El ala oeste de la Casa Blanca, escuche al Presidente Joshia Bartlet (demócrata) defender la contratación de una militante republicana diciendo: “soy capaz de percibir el ansia por cumplir con el deber a kilómetros de distancia”; esa capacidad para reconocer los valores que están por encima del interés partidista y egoísta brilla por su ausencia entre nosotros, de manera que se han impuesto como reglas de conducta tanto el desprecio a los argumentos y a las razones ajenas, como el pisoteo de cualquier mínimo atisbo de objetividad. De esta manera se explica con facilidad el éxito de los mentirosos.

En el caso del Real Madrid hay muchos testimonios de ese envilecimiento colectivo. Empezaré por lo más obvio: una parte muy importante de nuestra prensa, en lugar de informar,  ataca; en lugar de aislarse de la pelea para proporcionar elementos de juicio a sus lectores, se convierte en mamporrera y no renuncia a dedicarse al puro y simple matonismo. Que ese ejercicio de cinismo y de parcialidad sea propuesto como modelo de ética produce vómitos a cualquiera que conserve un mínimo de conciencia cívica. Una noticia puede definirse como la revelación de algo que algunos no quieren que se sepa, aunque muchos entienden que informar es conseguir que se haga real aquello que les interesa que lo sea: en lugar de periodismo de investigación, tenemos una gran industria de  suplantación que otros muchos se limitan, sin más, a repetir. 

Lo más grave, sin embargo, está, tal vez, en el fondo del asunto, en cómo las ambiciones más desorejadas de poder se disfrazan de desinterés, de madridismo, de afán de servicio en medio de la pasividad de los teóricos dueños del club, del pueblo soberano. Los electores, en este caso las decenas de miles de socios del club, suelen limitarse a ver cómo se despedazan los distintos candidatos mientras, a lo que parece, dan por válidas las proclamas de decencia y desinterés, de madridismo, que emiten en su nombre cualquier de los muchos portavoces que contratan con sueldos astronómicos para conseguir el apoyo de los medios de información

Todo hace patente que nuestra democracia solo se rinde ante el dinero. El dinero es casi el único poder, y el dinero se compra con más dinero, creando una burbuja de corrupción incontrolada e incontrolable que caerá, a no dudarlo,  sobre las cabezas de quienes  han consentido  tanto desafuero. Hace ya mucho tiempo que la izquierda dejó de hablar de los poderes fácticos, seguramente porque ha ingresado en el club aunque sea de temporera, pero lo que esa expresión mencionaba tiene ahora mucho más poder que nunca y es un cáncer en la democracia… y una enorme hipoteca en el Real Madrid.   

Se supone que el Real Madrid es de los socios, pero todo el mundo sabe que en el Madrid no se mueve un dedo sin que lo sepa quien de verdad tiene el poder, aunque haga protestas de ausencia, mientras terminales bien engrasados se dedican a cantar sus glorias y a pedir su regreso, tras el breve e iluso reinado de tres temporeros. En la democracia española, pasa un poco lo mismo y dejo que cada cual saque las analogías pertinentes porque no conviene pecar de excesivamente obvio.

 El Real Madrid se enfrenta a nuevas elecciones, pero, salvo que los socios decidan inquietarse por lo que en teoría les pertenece, el porvenir está atado y bien atado. El caso del Real Madrid es un aviso a navegantes. Lo curioso es que el desastre social y la mentira moral que supone seguir diciendo que el club es de los socios mientras sus destinos se deciden en muy otras partes, podría terminar si los socios cayeran en la cuenta del poder que efectivamente tienen. Bastaría que un candidato, hasta ahora inexistente,  se atreviese a jugar en serio la baza de la propiedad del Club proponiendo su conversión en una sociedad anónima, que dejaría un buen dinero a los socios que no quisiesen ser accionistas por mucho amor que profesen al club, para que se acabase esa farsa. Pero seguro que son muchos los que prefieren seguir creyendo que son los dueños del club aunque los empleados les traten como ganado. También hay analogía política para esto, pero tiene más miga y no es tan sencilla. 

[publicado en elconfidencial.com]

martes, 20 de enero de 2009

Madrid 10 Barcelona 1

Los madridistas, que son mayoría entre los madrileños, aunque Teruel también existe, desearían que un titular como este pudiera referirse al fútbol, pero eso resulta pero que muy improbable, al menos hoy por hoy. No se trata de fútbol, sino de deuda, y ahí las cosas son así de claras. Gallardón ha llevado la deuda madrileña a las cotas más altas que imaginarse pueda, hasta el punto de que ha dejado cortos a sus rivales socialistas, siempre tan competentes en esta clase de desaguisados.  Ha superado con creces, incluso, la barrera que le había propuesto el muy flexible Solbes, de manera que, con un caso tan nítido,  el PSOE estará en condiciones de echar la culpa a Rajoy, que suele llevarse esta clase de bofetadas propiciadas por el entusiasmo de sus más fieles, del crecimiento del déficit público.  Según informa Carlos Sánchez en elconfidencial.com, de acuerdo con las cifras del Banco de España, el ayuntamiento de Madrid debía al finalizar el tercer trimestre del año pasado, 6.496 millones de euros, lo que supone un 400% de la cifra existente al comienzo del mandato de Gallardón y que está a punto de alcanzar la supercifre de 8.000 millones, casi tres mil euros por madrileño.  Quizá no sea mucho si se tiene en cuenta que Gallardón aún no ha estropeado del todo la calle Serrano, aunque está en ello, ni ha puesto patas arriba el Paseo del Prado, que es uno de sus próximos proyectos.

Creo que una de las ventajas que Barcelona ha tenido siempre sobre Madrid ha sido la mayor categoría de sus alcaldes, seguramente porque para un barcelonés llegar a la plaza de Sant Jaume era una de sus mayores aspiraciones, mientras que los políticos madrileños han actuado siempre como si ser alcalde de la capital fuese un destino de segunda. Lo malo es que Gallardón quiere ser el líder del PP y está decidido a romper esa tradición poco brillante a base de gastar pasta y que lo pague el que venga. Visto que oponerse a ZP no funciona, piensa dejar en ridículo las cifras de déficit del PSOE. 

[publicado en Gaceta de los negocios]

sábado, 17 de enero de 2009

Jugar con Internet o tomarse la democracia en serio

Ahora resulta que El PSOE golea al PP también en Internet. Leo en la Gaceta de los negocios un estudio sobre el uso de las páginas web, los buscadores,  las redes sociales y un cierto etcétera, en relación con los dos partidos que concluye con ese dictamen. También leo, en varios lugares, que Rajoy piensa convertirse en el Obama español y que para eso se ha agenciado la colaboración de un grupo de expertos (alguno de los cuales da mucha risa) con el fin de ponerse a la tarea.

No quiero engañar a nadie: ¡ojalá lo consiga!, pero me temo que, en esto, como en tantas cosas, suele ser inútil por completo querer arreglar la fachada del edificio sin ocuparse de los desequilibrios y problemas estructurales que la llenan de grietas. 

Los votantes del PP se preguntan muchas veces, sin duda, por las razones que hacen que su partido, salvo las escasas excepciones que están en la mente de todos, tienda a perder las elecciones más allá de la frecuencia que sería razonable vista la composición de la sociedad española. El diagnóstico está hecho y es rara la unanimidad de los analistas al respecto, de manera que lo que empieza a resultar intrigante es la inusual habilidad de los cabecillas del PP (de muchos, aunque no de todos ni siempre) para comportarse de manera inadecuada. En mi opinión personal, el error de análisis que precedió a la derrota de las últimas generales fue de los que hacen época, porque el sesgo que hizo ganar a ZP es más simple que el mecanismo de un chupete. Nunca he logrado adivinar a qué se dedican exactamente los que asesoraron a Rajoy en esa ocasión en que, al parecer y por una vez, sí se estaba jugando algo. Pero bueno, eso es ya historia, es decir aquello que desprecian los que se obstinan en ser más listos que la realidad.

Volvamos a Internet y a preguntarnos por las razones de esa diferencia. En primer lugar, habrá que considerar que la edad es un factor importante: los más jóvenes son más navegantes y, grosso modo, es un hecho que están prefiriendo a Zapatero. No entraré en este asunto que merece, por lo sorprendente, análisis aparte. Tiendo a pensar, sin embargo, que la sola variable de la edad no sea suficiente.

Otra variable creo que podría ser el grado de pericia tecnológica de los dirigentes y los asesores, pero me parece que ese es un factor que debiéramos desconsiderar porque por malo que sea el nivel de Rajoy  y los suyos no parece fácil superar el nivel de impericia del que ha dado muestras ZP en una entrevista reciente. Por lo demás, González Pons, que me parece que algo tiene que ver con esto, sí es persona competente y capaz de orientarse en estos asuntos, o, al menos, lo era.

A mi entender, la verdadera causa del desaguisado es que los militantes y simpatizantes del PSOE se sienten más motivados que sus pares  del PP porque su partido es relativamente más permeable, primera razón, y, en segundo término,  porque cada uno de ellos se juega más en el triunfo de su partido. Lo primero me parece evidente. El PP presume de tener cientos de miles de afiliados pero o bien no sabe aprovecharlos, para lo que bastaría con no querer que la competencia interna sea fuerte, lo que es un deseo muy razonable en los bien colocados, o bien los militantes y los simpatizantes saben que no cuentan realmente para nada y tratan de no sufrir más de la cuenta intentándolo en vano.

Internet representa un tipo de apertura que el PP está muy lejos de poder representar, de manera que los intentos de la maquinaria por simular mayores cuotas de participación conducirán inevitablemente a lo contrario.  Internet no es ya una imagen, sino una realidad bien granada en la que se mueve a su gusto la parte más dinámica y responsable de la sociedad española. De nada sirve tratar de engañar a este tipo de gente a la que su experiencia navegando le ha hecho capaz de buscar eficazmente lo que merece la pena y le ha enseñado a pasar ampliamente de las meras fachadas, de los simulacros. 

Un partido que evita el debate interno, que simula los congresos, que privilegia insensatamente los mecanismos hereditarios y que hace todo lo posible para designar desde arriba a los que habrían  de elegir desde abajo, está condenándose a ser un partido con muy escasa movilidad, con menos reflejos que la Cibeles, como diría un castizo.  El PP necesita tomarse en serio la democracia no solo hacia fuera sino, muy sobre todo, hacia dentro y, mientras no sea capaz de hacerlo en serio, seguirá fortaleciendo la impresión de que es un partido que ni se fía de los ciudadanos ni se gobierna democráticamente, de modo que seguirá sin ser capaz de merecer directamente el voto de la mayoría. 

Las últimas orientaciones estratégicas del PP, seguramente tomadas con la mejor intención, dan la impresión de que los dirigentes ya no se fían tampoco de las ideas que les dieron el poder hace casi quince años y que andan a la espera de que se produzca el abandono de los votantes socialistas, por otra parte extremadamente lógico. Pero se equivocan de medio a medio si piensan que esos desencantados van a votar una versión oportunista y acomplejada de la derecha porque siempre verán en ella no a un manso cordero, sino a un lobo cobarde, pero peligroso. La batalla hay que darla muy de otra manera, no disimulando sino convenciendo y para eso hay que ser, para empezar, ejemplar. 

El PP tiene que empezar a creer en serio en la democracia y eso significa apostar de manera efectiva por el debate de ideas y por la nitidez ideológica, de cara al exterior, y, hacia dentro, por un partido abierto en el que la gente de valía pueda  progresar sin necesidad de inclinar a todas horas el espinazo ante el que se encuentra momentáneamente arriba. El Obama que dicen andar buscando no saldrá de simular el empleo de Internet, sino de tomarse en serio la libertad, el debate de ideas y  la democracia.   

[Publicado en El estado del derecho]

viernes, 16 de enero de 2009

El papel del papel

Una encuesta realizada en los Estados Unidos muestra que, por primera vez, Internet se convirtió en 2008 en la segunda fuente de información, superando la lectura de fuentes impresas, aunque aún por debajo de la televisión. Un 40% de los encuestados usa la red para enterarse de lo que pasa mientras que un 35% prefiere todavía el papel.  Aunque la TV sigue en cabeza de las preferencias, la encuesta registra un descenso significativo en el caso de los menores de de 30 años.

Hasta aquí la noticia, aunque las fuentes no precisan el grado de fiabilidad de la misma, pero el comentario que esto sugiere es el de un previsible e insoslayable declive del papel como soporte primario de la información. En este proceso se combinan, seguramente, dos factores: por un lado el fuerte hábito de apego a la lectura de papel impreso en las personas de más edad que solo desaparecerá de manera biológica y, por otro lado, que la lectura a través de pantalla va siendo cada vez más satisfactoria para los usuarios puesto que estos abandonan el sistema del papel impreso, si bien, como es lógico no de manera radical, para irse acostumbrando a las nuevas fórmulas, cada vez más eficaces.

Podíamos preguntarnos, bíblicamente, si esto se hace con el árbol nuevo, ¿qué no se hará con el viejo? Sin embargo, los datos sobre el uso de la pantalla para el estudio, la lectura culta y la investigación escasean o están, casi seguramente, muy sesgados por intereses nada inciertos. 

[Publicado en otro blog]

jueves, 15 de enero de 2009

Montserrat Nebrera

El Partido Popular empieza a tener de nuevo la iniciativa. Ya era hora. Montserrat Nebrera, una militante catalana, que tuvo la osadía de presentarse a unas elecciones internas sin el visto bueno del aparato, va a ser emplumada por haber hecho unos comentarios desafortunados en una tertulia. La secretaria general se ha adelantado a Pepiño al denunciar el crimen nebreril y ha comunicado que se le abrirá expediente disciplinario.

Hay que preguntarse si esta mentalidad disciplinaria va a ser la tónica general a partir de ahora en el PP o si se cree que es la que siempre ha existido. A mí me parece, modestamente, que se trata de una novedad porque, en caso contrario, no entiendo la laxitud mostrada con algunas declaraciones de Fraga o del propio Rajoy, por no citar sino a los más significados y a  pifias que están en la mente de todos, que dejan en pañales las meteduras de pata de la asilvestrada Nebrera. Yo también creo que las declaraciones de Nebrera han sido inoportunas y que pueden haber perjudicado al PP en Andalucía, aunque esto sea difícil de comprobar. Pero estoy seguro de que perjudica bastante más al PP esa actitud autoritaria que nace, muy probablemente, de que la dirección se muestra incapaz de encauzar el cabreo de los suyos ante la falta de éxito de las iniciativas del PP, un dato que no será necesario argumentar, me imagino.

No hay manera alguna de crear y consolidar una democracia mínimamente respetable con la mentalidad inquisitorial que delata la iniciativa disciplinaria del PP. Un partido político no puede ser un clan de marselleses ni la Compañía de Jesús ni un regimiento de infantería ni la dirección general de la función pública. Las tareas políticas que tendría que cumplir con eficacia la dirección del PP son tantas y tan arduas que asombra que tengan tiempo para reparar en menudencias como el desliz de Nebrera. Por lo demás, si un partido no está a la altura de lo que piensan y sienten los militantes, aunque a veces se articule y se exprese de manera incorrecta, está bastante fuera de lugar.

El PP debería tomarse en serio su inspiración liberal en asuntos como este y echar por la borda su pasado ordenancista, que viene de donde viene, para tratar de abrirse a la sociedad y cumplir fielmente con su función constitucional que no es otra que dar cauce  al  pluralismo político, a la voluntad popular y a la participación política.  El PP debe estar más atento a preparar efectivamente una alternativa política que a corregir los exabruptos de los suyos, mucho más cuando no ostentan cargo público alguno. Lo contrario muestra una mentalidad de dueño de finca que debe ser muy placentera para quien la posee pero que no le sirve para nada a los millones de electores que esperan que el PP cumpla con eficacia su misión y deje de marear la perdiz a la espera del santo advenimiento.

[publicado en Gaceta de los negocios]

miércoles, 14 de enero de 2009

Un lugar en el mundo o el sueño del Faraón

La dureza de la situación económica ha dejado inservible la habitual contraposición entre optimistas y pesimistas: los primeros han pasado a ser pesimistas y los últimos son ya claramente catastrofistas. Se trata de un estado de ánimo con poco aspecto de pasajero y del que no saldremos hasta que no se cobre clara y pública conciencia de cuál es problema de fondo. No basta con adivinar que vienen años de vacas flacas, por usar la metáfora del Génesis (41, 17-33). Lo importante es acertar, como hizo José ante el Faraón, con el diagnóstico correcto del problema, porque sólo cuando se entiende lo que pasa se hace posible la solución correcta.

La primera decisión que habría que tomar es desterrar para siempre las interpretaciones oportunistas, interesadas y superficiales, es decir, todo lo que viene diciendo un gobierno incapaz y demagógico. Ni la crisis va a pasar en pocos meses, ni tiene solo causas externas, ni pasará hasta que no tomemos  la correspondiente medicina amarga.

La segunda decisión es comprender que estamos ante una crisis que afecta al conjunto del sistema y no solo a la economía: a la política, a las instituciones, a nuestra forma de vida. 

Durante un largo período de tiempo, casi cincuenta años, los españoles hemos aprovechado una apertura al exterior que nos era muy favorable. Los efectos más benéficos se han notado desde la entrada en la zona euro, pero la economía española, con crisis más o menos pasajeras, ha venido creciendo y fortaleciéndose mientras ha disfrutado de esa ventaja comparativa.

El problema es que todo eso se ha acabado de manera definitiva y, aunque no bruscamente, si en un momento y de un modo que nos ha cogido a casi todos mirando a las musarañas (“avanzando” absurdamente en el estado autonómico, diseñando planes asistenciales megalómanos, bajando los índices de productividad, etc.). Nos encontramos en una situación que podría representarse del siguiente modo: de repente en nuestra tienda no entran los clientes y tenemos que preguntarnos qué se puede hacer. Los gobernantes pueden, irresponsablemente, tratar de consolarnos haciéndonos notar que en las de los demás tampoco entran muchos, pero esa mentira va a tener un recorrido muy corto. Basta con ver el increíble ritmo de destrucción de empleo para subrayar que el problema que nos afecta de manera más grave tiene poco de general. 

Hay que preguntarse cuál es el lugar de nuestra economía en un mercado global, el único que realmente existe. Eso choca de manera brutal con la tendencia indescriptiblemente paleta de una gran mayoría de españoles que creen que el extranjero es Cataluña o Castilla y se da de bruces con la inmensa irresponsabilidad de los dirigentes políticos que usan la política exterior únicamente para consumo interno, algo así como el timo de Rumasa que decía vender telares en el exterior para cobra las subvenciones españolas. Esto es insostenible, además de ser penoso desde el punto de vista intelectual, pero va a costar sacudirnos esa roña y esa carroña que se sirve, por ejemplo, de atacar a Israel para poner en supuestos apuros al PP, como si éste no tuviese suficiente con lo suyo.

Hay que dejar de pensar que la economía española lo aguanta todo, que el sistema de pensiones no puede colapsar, que el Estado, o lo que de él va quedando, no puede entrar en quiebra. Si no se toman pronto medidas que lo eviten, veremos que las tres cosas son falsas.

No estamos, por tanto, ante una mera crisis económica, sino ante una crisis social y de sistema. Tenemos una clase política que adora el estúpido becerro de oro de la imagen y se olvida de nosotros, una casta cada vez más nutrida pero que se muestra notoriamente incapaz de coger el toro por los cuernos, que sigue pensando que manda el día a día sin caer en la cuenta de que el Titanic ha chocado  con un iceberg en la fría noche del atlántico y que se impone un plan riguroso de salvamento, aunque los heroicos músicos (que en nuestro caso son ridículos titiriteros) se empeñen en seguir tocando.

El amable lector pensará, sin duda, que soy de los catastrofistas, pues no: creo firmemente en que es posible salir de ésta, es más, creo que saldremos, pero estoy convencido que no podemos salir si nos empeñamos en no darnos cuenta de que lo que tenemos delante es un desafío mucho mayor, más grave y más profundo, que el que afrontamos  a comienzos de la democracia.

Mientras nuestro gobierno persista, y lo hará mientras se lo toleremos, en imitar  medidas que tal vez, aunque no se sabe, sean oportunas en otros lugares, sin pensar en lo muy específico de nuestra situación, estaremos perdidos. La situación es extrema y no empezaremos a ver la salida hasta que no nos convenzamos de que lo es. Entonces será el momento de la gran política y el éxito o el desastre dependerán de que podamos y sepamos escuchar la voz capaz de salvarnos del ridículo, pero también de la bancarrota.

[Publicado en El Confidencial]