Página del autor

Pincha aquí si quieres ir a la página del autor

miércoles, 4 de marzo de 2009

Un balance complejo

Las elecciones en Galicia y en el País Vasco muestran que la política española, que tiende frecuentemente a perderse en bizantinismos, se vuelve de vez en cuando interesante... gracias al concurso de los electores. Las cosas son ahora mismo muy distintas de lo que eran la semana pasada a consecuencia de las urnas. 

Zapatero, como los toreros que demoran indebidamente la suerte suprema, ha recibido su primer aviso. Galicia ha inaugurado una costumbre que hay que suponer prometedora: que los nacionalismos pierdan el poder  por voluntad expresa de los electores. El País Vasco podría ser una reedición de la fórmula, pero ya veremos. En cualquier caso, a Zapatero se le complica enormemente el panorama político en un momento en el que la situación económica es escasamente proclive a rendirse a sus encantos. A partir de ahora, su mano izquierda ha de estar muy atenta a lo que haga la derecha y, no le será fácil mantener determinados equilibrios. Si logra convencer a Patxi López de que se refugie con el PNV debajo de una boina, tendrá serios problemas en el resto de España y, si no lo hace, comprobará hasta qué punto está escaso de escaños en el Parlamento nacional. Podríamos estar a las puertas, incluso, de unas elecciones anticipadas. ZP tendrá que meditar y es evidente que eso no se le da tan bien como repartir sonrisas, de manera que lo pasará mal. A los cinco años de gobierno pudiera estar iniciando un declive irreversible. 

El PP ha podido respirar con tranquilidad y mostrarse satisfecho, pero no debería confundirse, porque las buenas noticias de Galicia se deben matizar con la pérdida de 60.000 votos vascos, lo que, sin constituir un desastre absoluto, da para pocas alegrías. En Galicia ha ganado un candidato nuevo que ha hecho una gran campaña con ayudas inestimables de quienes han apostado por él, y está obligado a hacer las cosas muy bien en el futuro, sin las ambigüedades galleguistas del PP más caciquil y sin ninguna clase de complejos. 

El PP ha podido comprobar también que la campaña en su contra no solo ha fracasado por la intemperancia de un ministro mal encarado y la impavidez de un juez de apariencia escasamente independiente, sino porque el público sabe distinguir, y en esto de la corrupción rige el principio de que más obran quintaesencias que fárragos, más vale un Audi de Touriño y un paseo en yate del come-homes radical, que una maraña de conversaciones casuales de la época del pleistoceno, desveladas con cuentagotas por el diario amigo en un alarde de periodismo investigador de la mejor calidad. Los estrategas del acoso al PP han conseguido lo contrario de lo que seguramente se proponían: ni han hundido al PP, ni han conseguido que la pelea interior alcance proporciones homéricas, más bien al contrario. 

Mariano Rajoy ha recuperado espacio de maniobra y un margen de credibilidad, pero no debería regresar al dolce far niente con el argumento de que la travesía es larga. Sus adláteres podían aprovechar la oportunidad para precisar el punto de mira y evitar los disparos sobre las tropas amigas que solo sirven, cuando no causan bajas y cabreo, para que las huestes se dispersen. El PP es un partido plural y creer que la ocupación de Génova sirve para tener una autoridad indiscutible es un error grueso. La autoridad se gana venciendo, no es algo que pueda heredarse y Rajoy ha dado ahora un primer paso que debería confirmar ejerciendo su liderazgo con más diligencia, con mayor diálogo y trabajando más y mejor para poder contar con los mejores y con todos los demás, sin olvidar a ninguno. Necesita reforzar su equipo y desprenderse de quienes le han sugerido los malos pasos del pasado, ese intento un poco cutre de reinventar un PP supuestamente amable e inevitablemente destinado al protectorado de ese proyecto de PRI mansamente dirigido por gentes tan exquisitas y educadas como Rubalcaba, Blanco o ZP. 

La aparición de UP y D en el Parlamento de Vitoria es una buena noticia política y debería servir para que el PP no olvidase cosas que absurdamente parece quieren olvidar algunos de los listillos que  se han sentido llamados a reinventar un PP a gusto de sus adversarios. La mayor debilidad de Rajoy ha residido en esa especie de inconfesada dependencia de las baronías regionales, en el apoyo de esos que no le dejaron irse a su casa cuando, al parecer, quería hacerlo. El PP no puede ser un partido hecho de retales, no puede confederarse de hecho porque al noventa por ciento de  sus votantes, que aman como cualquiera  las peculiaridades, reales o inventadas, de su patria chica, lo que les importa es seguir siendo españoles y, presumir de serlo, preferiblemente cuando haya motivos para ello. Los votantes del PP han dado ya muestras variadas de que son lo más sólido e importante que tiene ese partido, los únicos que pueden exigir a sus líderes que trabajen con ambición, con unidad  y con esperanza por una España próspera, por una sociedad libre y equilibrada con la que todos sueñan. 


[publicado en El Confidencial]

1 comentario:

BUBIERCA dijo...

Buen analísis. Soy seguidor atento de sus colaboraciones en el confidencial digital.