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jueves, 30 de abril de 2009

Panem et circenses

Con ojo certero, el presidente del gobierno ha querido hacerse cargo de la cartera de Deporte para estar lo más cerca posible de los que pueden darle alguna alegría en el futuro inmediato. No se trata de una estrategia de ocasión; el presidente nos conoce bien, es uno de los nuestros; no es un alto funcionario, ni un capitán de empresa, ni un científico, ni tampoco un erudito, especies raras en nuestros lares, sino que es un hombre corriente a más no poder, y sabe que esa vulgaridad bien llevada, juega un papel importante en nuestra democracia. No es, por ejemplo, un gran orador, pero gesticula como el que más, y ha sabido convertir en mercancía de estado esa frivolidad tertuliana que es tan característica de nuestras tierras; no sabe una palabra de economía, pero eso en España es un título muy preciado; no tiene una gran cultura, ni ha demostrado otra cosa que habilidad para vadear el río, algo que, en una España capaz de dedicar cátedras al toreo, tiene un mérito extraordinario, el de parecerse más que nadie a casi todo el mundo. 

Zapatero va a jugar a fondo con las ganas de vivir bien que tenemos y con nuestra manera, entre senequista y mema, de poner al mal tiempo buena cara, y de tener alguna ocurrencia a punto cuando las cosas se ponen feas. Como aquellos césares romanos que conectaban directamente con el pueblo y dejaban al Senado entregado a sus intrigas, ZP pretende tener hilo directo con la gente a base de populismo, emoción y promesas sin cuento. Para él, y para quienes le secundan, el panorama siempre está a punto de aliviarse porque está seguro de nuestra capacidad de encaje, de que los parados tienen familia, de que siempre habrá alguna chapuza que hacer para que la sangre no llegue al río, porque la gente no tiene ganas de llorar. Mientras tanto, se dedica a llamar cenizos, aguafiestas y antiguos a los que creen que abundan más las hormigas que las cigarras, siempre encantadas de conocerse. 

Esta contraposición entre bonhomía cazurra y sabiduría sombría puede dar todavía más de un disgusto a los estrategas del PP. Aquí son muchos los que admiran al que sabe vivir del cuento: una inmensa mayoría entre los que consideramos personajes populares, algunos de ellos auténticos virtuosos que se asoman día tras día a las televisiones procurando el pasmo continuo, y cierta envidia, del respetable. A los teóricos de la democracia les podrá extrañar que una dialéctica de vendedor de crecepelo pueda tener un éxito tan continuado, pero la política es así, y algunos ya deberían haber aprendido la lección.  Pero mientras a ese tipo de discurso, por llamarlo de alguna manera, se le oponga solamente un tono de reprensión, la gente puede preferir el salero a la filípica, entre otras cosas porque ya le ha dicho un amigo que esto no hay quien lo arregle y es preferible tomárselo con calma. 

[Publicado en Gaceta de los negocios]

miércoles, 29 de abril de 2009

¿Pacto de estado o elecciones anticipadas?

La gravedad de la crisis, económica e institucional, por la que atraviesa España hace que casi todo el mundo piense en alguna solución excepcional. Ello muestra la incapacidad del sistema para adaptarse a un entorno tan inhabitual como  crítico y que constituye una amenaza de consecuencias catastróficas. Parece como si la España democrática hubiese perdido el rumbo. No hay síntomas de que dispongamos de las energías políticas que permitieron una transición  excepcional, cuyos réditos han empezado a agotarse.  

En este contexto, se suscitan frecuentemente debates en torno a si, para remediar la cosa, sería preferible un pacto de estado o unas elecciones anticipadas. Se trata de una disyuntiva estéril, falsa  y viciada desde la raíz. No es evidente que unas elecciones anticipadas, que en ningún caso van a celebrarse, puesto que podrían perjudicar al único que puede convocarlas, fuesen a otorgarnos un panorama político sustancialmente distinto al que tenemos. Es obvio, por otra parte, que el Gobierno está cerrado en banda a cualquier cosa que no sea aguantar el chaparrón y confiar en la lealtad de los supuestamente suyos, abundantemente regada con dádivas insensatas. 

¿Qué está pasando entonces? Básicamente, que el sistema democrático precisa de algo más que unas instituciones jurídicas, y carecemos decisivamente de ese algo más. Si se me permite una metáfora orgánica, que siempre son peligrosas, el fallo de un subsistema se suele corregir potenciando un mecanismo sustitutorio, lo que siempre da lugar a una malformación que produce gran variedad de deficiencias funcionales. En nuestro caso, la malformación esta en el sistema de partidos cuya conformación  ha invertido completamente su función constitucional: en lugar de servir de cauces de representación, se han convertido en fortines feudales a cuyo alrededor se agrupan, alternativamente o a un tiempo y de forma transversal,  densos  conglomerados de intereses que los hacen todavía más inaccesibles y casi absolutamente insensibles a cualquier cosa que provenga del exterior. 

Ahora bien, lo decisivo es comprender que esa deformación no se debe, a mi entender,  a ninguna norma jurídica deficiente, sino a graves carencias en la cultura política de los españoles, al hecho de que en la mayoría de los casos, en la Universidad, en la empresa, en los clubes de fútbol, en la prensa, y, por supuesto, en el interior de los partidos, nuestro comportamiento es exactamente ese, una especie de caudillismo atemperado por la oligarquía. Creo, sinceramente, que es pedir peras al olmo esperar que los partidos se comporten de manera distinta a como nos comportamos la mayoría de los españoles; mientras no modifiquemos sustancialmente nuestra cultura política, nuestras instituciones, en las que ahora apenas tiene cabida una conducta competitiva, liberal y respetuosa de los derechos de los demás, que es lo que permite la fecundidad de la una democracia, no podrán gozar de los beneficios de la poliarquía, y la libre competencia será siempre una auténtica rareza. 

La consecuencia más importante de todo esto es que, en España,  el poder político  no está distribuido verticalmente (aunque horizontalmente sí, en esos monstruosos mini-estados en que han venido a dar las CCAA por las mismas razones), de manera que, ante cualquier situación realmente grave, como la presente,  la democracia no pasará de ser una piadosa ilusión enmascarada por un bipartidismo autocrático. Ante las crisis, los partidos no reaccionan como las personas normales suponen que reaccionarían ellas, sino defendiendo, en primer lugar el interés máximo de su subsistencia. Es, exactamente, lo que hace Zapatero: resistir, y que cada palo aguante su vela. Actuar en función de intereses generales puede convertirse en un atentado a ese patriotismo de partido que, hasta ahora, ha gozado de gran crédito entre los socialistas de todas las procedencias. 

Precisamente para poder actuar con más soltura a la defensa de los intereses creados, los partidos prefieren carecer, por completo, de oposición interna y, en consecuencia, no pueden ser democráticos que es lo que, ingenuamente, manda la Constitución.  No creo que haya que cansar a nadie enumerando las razones para un diagnóstico tan negativo; me conformaré con mencionar la pasión de las oligarquías partidarias por imponer a toda costa un candidato único  en cualquier clase de asamblea, o los poderosos reflejos corporativos para defender a gente realmente impresentable cuando ha alcanzado un estatus suficientemente alto en la organización, pese al clamor popular, ese último destello de decencia que le queda a mucha gente. 

¿Entonces, qué cabe hacer? Cada cual tendrá su responsabilidad, pero es evidente que una cultura democrática se forja ejercitándola. Hay que romper, a base de libertad, las ataduras que mutilan y esterilizan nuestra democracia. Luego, se podrán hacer reformas, pero lo decisivo es no quedarse quieto mientras nos golean.

[Publicado en El confidencial]

Fútbol

De entre todos los deportes que, además, existen como espectáculo, el fútbol es, probablemente, el que resulta más parecido a la vida y, tal vez por eso, el más capaz de provocar entusiasmo y suscitar pasiones volcánicas. Hay mucha gente que pretende mantener hacia el fútbol un desdén moral e intelectual muy hondo. Sospecho que, en muchos casos, se trata de personalidades egocéntricas, de almas que han tenido el privilegio de encontrar dentro de sí esa pasión por vivir que la mayoría de nosotros buscamos fuera. Chesterton decía que una de las mayores diferencias entre el budismo y el cristianismo se manifestaba en que los santos cristianos siempre se representan con los ojos abiertos, de manera que no me extraña que los budistas   desdeñen las ligas.

Estos días, tanto en Barcelona como en Madrid no abundan los budistas. Los de aquí esperamos amargarle la temporada al Barça, y estamos insomnes pensando que pueda lograr una tripleta que, para colmo de males, pudiera considerarse merecida. Desde el fin de semana, los blancos no pensamos en otra cosa que en amargarle la vida al soci y a todo lo blaugrana, a base del coraje mercenario de una coalición, ocasional y heteróclita, entre londinenses sedientos de gloria, bilbaínos deseosos de reencontrarse con una tradición ya lejana, y de los chicos de Juande, que ya sólo pueden aspirar a un único premio, partiendo de una base gris, envejecida y desdeñada por seleccionadores y gourmets.   Pero, para eso, necesitamos machacar al Barça y, a parte de nuestro genio levantisco, confiar en las ganas del resto para mojarle la oreja a los que se creen mejores. Nuestro miedo no está sólo en la derrota, sino en el deshonor, en llegar a ver cómo el rival se viste con la triple corona o con alguna de sus tocas más deseadas. ¡Qué pesadilla!

Así es la vida: una mezcla de genio individual y disposición colectiva, de esfuerzo y azar, de tradición y coraje, de  sabiduría y astucia, de momentos de esperanza, tensión y gloria que se alzan, graciosamente, sobre las largas horas de la normalidad. 

[Publicado en Gaceta de los negocios]

sábado, 25 de abril de 2009

Nuestro libro


Acaba de aparecer la versión inglesa de nuestro libro. Me refiero a The New Temple of Knowledge: Towards A Universal Digital Library,  que ha sido publicado por Common Ground y ya está a la venta (en papel o para e-book, bajo petición) enAmazon.  Como es lógico, tanto Karim Gherab como yo mismo, que somos los autores, estamos muy satisfechos. El libro apareció hace ya un par de años en español, y obtuvo el premio de ensayo sobre temas de tecnología de la Fundación Everis.  Aunque el tema que trata es importante, y, según nos parece, la forma en que lo trata es original, la verdad es que el libro no ha tenido la difusión que pensamos se merece, pese a que a todas horas se está hablando de los temas que tocamos en el libro. Esperamos que esta segunda vida en lengua inglesa otorgue a las ideas que en él se discuten una mayor difusión e influencia.

No está bien que los autores nos quejemos de falta de audiencia, entre otras cosas, porque hay que saber que, al menos en España, sigue siendo cierto que la mejor manera de mantener un secreto es escribirlo en un libro, según dijo el malpensado de Azaña. Es una vieja tradición en la lengua de Cervantes de la que ya se dio cuenta nuestro hidalgo, de manera que pelillos a la mar. 

Cualquiera que se interese por cómo puede acabar siendo el  mundo del saber, de la ciencia, de la lectura, de la escritura, en la era de las tecnologías digitales puede adentrarse sin miedo en las páginas del libro (que sigue a la venta en la edición española, por ejemplo aquí) y podrá hacerse una composición de lugar bastante coherente y que resiste muy bien los largos meses trascurridos desde su escritura.  De manera que anímense, que leer es fácil e instructivo. 

viernes, 24 de abril de 2009

Sobre el poder de las tonterías

Las tonterías tienen siempre muy buena imagen. Se trata de un fenómeno muy interesante que debería tenerse siempre en cuenta cuando se examinan los índices de opinión. No creo que sea fácil explicar este extraño asunto sin herir la susceptibilidad de nadie, de manera que me abstendré de profundizar en él, y me limitaré a dos cosas. Primero, a constatar que es un prodigio antiguo y bien conocido, basado, simplemente, en la abundancia de los necios, y, segundo, a poner un ejemplo reciente de tontería rutilante. Ruego a mis selectos lectores que consideren que, dado el enorme tamaño del mercado, la elección de un buen ejemplo es asunto difícil y, si el caso fuera convincente, sería bastante meritorio.

Respecto a la antigüedad del  argumento, bastaría con citar al Eclesiastés I, 5 cuyo texto de la Vulgata dice “Quod est curvum, rectum fieri non potest; et, quod deficiens est, numerari non potest”, sentencia que la sabiduría popular, a saber si debida o indebidamente, ha decidido leer como “Stultorum multitudo infinita est”, dando estatuto de verdad revelada a la común, y paradójica, creencia de que la multitud de los tontos es innumerable. Gracián recoge con aprecio la opinión de un capitán portugués, según la cual, “son tontos todos los que lo parecen y la mitad de los que no lo parecen”. De manera más cercana a nosotros, el sarcástico Azaña recoge en sus Diarios, y se trata solo de unas muestras, las siguientes perlas: “Todo este país vive en una especie de estupor”, “En los pasillos del Congreso cunde la majadería” “Es demasiada ambición la de que todos sean inteligentes”. No sigo, porque la erudición acerca de la tontería ajena es amplia, pero entristece, aunque ilustre suficientemente las razones de la excelente imagen de lo estúpido.

Vayamos ahora al ejemplo. Me he hartado de leer en los últimos meses un diagnóstico realmente curioso a propósito del mercado del libro en España. Se han repetido las afirmaciones, de unos y otros, a propósito de que el libro no nota la crisis y goza de buena salud. Se ve que estamos tan escasos de buenas noticias que nos enganchamos como locos a la primera que pasa. Siempre me ha parecido paradójico que los libros se vendiesen como churros, si se tiene en cuenta lo extraño que resulta encontrar a alguien que haya leído al menos uno, pero, como se repetía tanto, y tiendo a ser optimista sobre las opiniones mayoritarias, me decidí a investigar. Pues bien, me ha bastado hablar con dos buenos editores, y sin embargo amigos, para escuchar las más amargas quejas acerca de la situación lamentable del negocio y del efecto letal de esa precisa tontada.

Se dirá que mi ejemplo se refiere a una memez de formato ligero, de andar por casa, qué duda cabe. Pero hay que reconocer que tomársela en serio requiere unas auténticas tragaderas. ¿Cómo es posible que vaya bien un mercado como el del libro cuando pasan, como mínimo, las siguientes cosas:

1.  Hay un descenso realmente espectacular del nivel general de consumo. Por lo que se ve, eso no debería afectar a los numerosos lectores que pueblan las Españas, y que prefieren cualquier cosa a dejar de leer libros.

2.  Los puntos de venta de libros casi han desaparecido y los que hay parecen encomendados a miembros selectos de la hermandad de enemigos de la lectura.

3.  Hay una auténtica revolución en marcha como consecuencia de la era digital que afecta de lleno a la obtención de  documentos y a su forma de lectura que afecta de lleno al mercado de la prensa y a todo tipo de publicaciones.

Pues bien, pese a estas gruesas evidencias, que podrían aderezarse con multitud de detalles hirientes, una bandada de tontos especialistas se ha dedicado a proclamar a los cuatro vientos la buena nueva de que el libro sigue impertérrito. Ya sé que a muchos de ustedes, que son gentes proclives a pensar mal de nuestros magníficos gobernantes, pueden estar pensando por lo bajini que la culpa es de quien todos sabemos, que se dedica a contar mentiras sin que parezca que a nadie le importa. Pues siento llevarles la contraria, pero me parece que la cosa es al revés: el mal que consiste en que el público prefiera las palabras a las cosas está a punto de acabar con el sentido común del refranero. Por eso me asusta un poco el panorama, porque, como no creo en los afeites de la cosmética, ni en los milagros mediáticos, sigo pensando que aquí lo de los libros está de pena, y así nos va. Lo del libro tiene arreglo, y lo de la política, también. Pero habrá que ponerse cuanto antes a la tarea,  sin seguir comprando campañas de bobos, y tontísimas ellas mismas. 


[Publicado en El Estado del derecho]

jueves, 23 de abril de 2009

Un Zapatero reflexivo

Tres periodistas de Der Spiegel, que pudieron ser testigos de los debates, supuestamente  a puerta cerrada, de los líderes mundiales en la última reunión del G-20, acaban de revelar que ZP no abrió la boca ni siquiera para apoyar a Sarkzy en su denuesto de los paraísos fiscales. Es realmente sorprendente que se haya dado una batalla para estar presente en tan selecto debate y, luego, no decir nada.

Como ZP no puede ser tildado de incoherente, al menos en alguno de los sentidos de la expresión, habrá que pensar en las razones que expliquen su espectacular silencio en la ocasión más importante que vieron los siglos. Se me ocurren varios motivos que acaso puedan ayudarnos a entender una conducta, en apariencia, extraña.

Una primera razón podría ser que la silla se le hubiese concedido a cambio del silencio. No cabe olvidar que los líderes del G 20 son más bien conservadores y acaso  han querido evitar el mal rato que hubieran pasado sometiéndose a la hiriente dialéctica del clarividente líder español. Habría que investigarlo, aunque no creo, personalmente, que ZP hubiese aceptado unas condiciones tan humillantes para él, y para la izquierda que tan dignamente representó en esa ocasión tan solemne como crítica.

Otra posible razón, es que ZP no haya querido hacer partícipes al resto de líderes mundiales de las soluciones que iba a poner inmediatamente en marcha con el nombramiento de la señora Salgado como vicepresidenta segunda de economía. Zapatero sabe bien que operamos en un marco muy competitivo, y no va a ser cosa de que nuestros rivales conozcan antes de tiempo los secretos  de nuestra eficacísima alquimia económica.

En tercer lugar, cabe suponer que ZP haya preferido reservarse en esta ocasión para sentar plaza de prudente. No es de buena educación convertirse en protagonista la primera vez que se te invita a un círculo tan distinguido, y es evidente que cualquier intervención de ZP se habría hecho, inmediatamente, con la marcha del debate, lo que habría podido molestar a líderes un tanto susceptibles como Obama, Merkel o Sarkozy. En esta misma línea, ZP tal vez haya querido evitar que Berlusconi se sintiese obligado a robarle el balón, lo que habría dado a la reunión un aire bufonesco que ZP detesta, como todo el mundo sabe.

Yo me inclino, por tanto, a considerar que el prudente silencio de nuestro presidente no ha sido consecuencia ni de la timidez ni de la vacilación, sino de la más exigente contención como líder de un país que, bajo su mandato, piensa dejar boquiabierto al concierto de las naciones por la forma tan original y rápida con la que vamos a poner remedio a la crisis que nos han provocado estos charlatanes del G 20. Es lo que tiene la política, que, en ocasiones, tienes que renunciar a éxitos de imagen para trabajar silenciosamente por el bien de los tuyos. 

miércoles, 22 de abril de 2009

La huelga de Telemadrid

Los sindicatos de Telemadrid han condenado al silencio total a Telemadrid sin apenas molestarse en dar explicaciones. Siempre es triste ver una televisión condenada a negro, pero es más triste todavía considerar la irresponsabilidad de los trabajadores que, al amparo de una legislación caótica y desequilibrada, se permiten causar tal daño a una empresa pública y a sus millones de usuarios.  

Se ha señalado repetidamente que las consecuencias laborales de la situación económica podrían soliviantar a los Sindicatos. Sin embargo, los sindicatos han mantenido, en general, una actitud de calma y responsabilidad que, aunque algunos puedan tildarla como  hipocresía, constituye un ejercicio de responsabilidad y de buen sentido. En realidad, si la economía y el empleo pudiesen arreglarse con huelgas, los sindicatos deberían estar permanentemente en la calle, pero ellos ya saben que eso no es así, ni siquiera cuando gobierna la derecha. Es razonable, por tanto, que mantengan la calma y procuren su ayuda a una situación que es muy complicada para todos. 

En Telemadrid se ha roto esa conducta sensata, y es, por tanto, muy interesante que preguntarse por las causas de esa actitud sindical. Una primera respuesta sería la simple y pura politización. Ignoro hasta qué punto sea eso cierto, pero no habría que descartar que ZP y Tomás Gómez estuviesen jugando con fuego para tratar de dañar a un rival que, en Madrid y de momento, se les presenta como invencible. Me parece, sin embargo, que el caso requeriría algunos matices adicionales. Como la información dada por la Empresa no puede ser puesta en duda, puesto que serían miles los medios para desmentirla, hay que preguntarse por las razones que puedan tener un grupo de profesionales con una situación privilegiada y un nivel bastante alto de ingresos para adoptar una estrategia de tierra quemada. 

El mercado de la televisión está que arde por los cuatro costados, cosa que deberían saber hasta los sindicalistas, y en Telemadrid deciden alegremente herir de gravedad a la empresa que les da de comer, puesto que se trata de una empresa, aunque de propiedad pública. Nadie pone en duda su derecho a soñar: sueldos más altos, seguridad funcionarial, complementos estelares, y todo aquello que quiera imaginar el más  fantasioso de los arbitristas sindicales. Pueden soñar y exigir, pero deberían plantearse con claridad quién les va a pagar esas gabelas y cómo lo van a conseguir. Cuando la abundancia de canales de todo tipo está enteramente fuera de duda, no está claro que los contribuyentes tengan que esforzarse para que los sindicalistas de Telemadrid realicen sus sueños. Las televisiones públicas constituyen un agujero demasiado grueso en el bolsillo de los contribuyentes y es evidente que entre las prioridades de los electores, en especial de los más modestos, no está la mejora de unos trabajadores que tienen más motivos para ser envidiados que envidiosos.  

Telemadrid es una empresa que sus trabajadores deberían cuidar. Es la más barata de las televisiones autonómicas porque cuesta tres veces menos que la televisión catalana, por comparar con un caso similar. Sus espacios de interés público alcanzan una estima razonable, y no desdicen de los de empresas de presupuestos mucho más poderosos. Con sus altibajos, ha sabido encontrar un nicho en la audiencia y realizar un servicio estimable. Si yo estuviese a sueldo de Telemadrid, no pondría empeño en recordar a los electores que se trata de algo de lo que se puede prescindir sin que se conmuevan los sillares de la tierra. 

Me parece, por tanto, que lo que da a entender la huelga de la cadena madrileña es que sus sindicatos han decidido explotar a fondo su poder y olvidarse completamente de las variables del entorno. Se trata, en el fondo, de una actitud muy castiza: yo me ocupo de lo mío y a los demás que les zurzan. Supongo que a esto no le llamarán solidaridad, ni siquiera cuando no les oiga nadie.  Da igual que TVE haya tenido que hacer un ERE, por cierto bastante lujoso, que hemos pagado entre todos sin caer mucho en la cuenta; da igual que las televisiones privadas, con un gasto de personal mucho más ajustado, estén pensando en fusionarse; da igual que los ingresos  publicitarios del sector  hayan  disminuido de manera radical; da exactamente igual que se hayan cumplido las exigentes normas legales en los despidos debido a reajustes técnicos y por causas objetivas; da igual, por último, que cada día se pierdan en España 7.500 empleos y que la crisis nos tenga a todos con el corazón encogido. Todo da igual.

A los sindicalistas de Telemadrid les parece que peligran sus puestos de trabajo y han decidido pasar a la acción haciendo que Telemadrid desaparezca de las pantallas cuatro días de esta primavera, para ir abriendo boca.  Hay que reconocer que es todo un ejemplo y un método nuevo de afrontar las crisis del que debieran tomar nota los líderes que quieran ser cariñosos con Zapatero.

[Publicado en El Confidencial]

El mapa escandaloso

En un artículo muy reciente, Enric Juliana se quejaba, no sin cierta razón, del mapa de inversiones ferroviarias. El escándalo viene de que la línea Barcelona Valencia no aparece, de manera que Barcelona y Madrid están unidas por una línea de alta velocidad, Valencia y Madrid pueden estarlo en breve, y  Barcelona no tiene ese tipo de buena conexión con Valencia. En ese triángulo de grandes ciudades, hay un lado al descubierto. Luego afirma, también con cierta razón, que hace falta un gran corredor de mercancías para que el Mediterráneo quede bien unido a Europa.

El argumento supone que el escándalo se produce por la sumisión al supuesto victimismo de los valencianos y por la permanencia de un esquema radial en las comunicaciones ferroviarias. Puede ser. Habría que decir, sin embargo, que el asunto puede contarse de otra manera. Primero porque la conexión ferroviaria entre Barcelona y Valencia es, salvo un par de puntos que están en solución, de las mejores de toda la península en cuanto a viajeros, y son muchos los que han defendido que mantener y mejorar ese modelo es preferible al excesivo gasto de la alta velocidad y, segundo, que el tráfico de mercancías es un desastre en toda la red, sin que el eje mediterráneo suponga ninguna expansión.

Me parece, sin embargo que el problema de fondo es político y que no sirve de mucho tratar de racionalizar las cosas cuando se va a defender intereses que son más hondos. No se puede hablar en serio  de un mapa razonable de transporte cuando las fuerzas políticas, y las gentes que los apoyan, se obstinan en imponer diferencias. El  resultado de esa pluralidad mal entendida es que es imposible planificar de manera coherente. La primera línea de alta velocidad no se hizo entre Barcelona y Madrid, sino entre Madrid y Sevilla, tal vez porque Felipe González era de allí. Eso es malo, sin duda, pero es el resultado de entender las relaciones entre los territorios, como si solo existieran las partes y el todo fuese una mera pesadilla de la historia. Sin cambiar eso, no vale quejarse.

domingo, 19 de abril de 2009

Elogio del periodismo

Hay veces que películas que, aunque no sean perfectas, nos hacen reflexionar seriamente. Eso me ha sucedido con State of Play (La sombra del poder), dirigida por Kevin Mc Donald. A un español le tiene que llamar poderosamente la atención que haya empresas, y personas que las sirven, cuyo interés primordial sea la buena información, averiguar lo que tantos quieren que no se sepa, tan acostumbrados como estamos a este nuestro mundo, estrecho y maniqueo, en el que todo es a favor, o en contra,  y, además, se sabe desde el principio a favor y en contra de quién, por lo que, en realidad, no hay nada que investigar, sólo lo suficiente para montar un caso aparente. Claro que eso no solo lo hacen aquí una buena mayoría de medios, sino esos jueces, cuya obligación suprema debiera ser la imparcialidad que requiere la Justicia, pero que le han tomado la medida al sistema y se han dado cuenta de que tienen la llave de la cárcel para ayudar a quienes les aúpan. 

El protagonista de la historia es un periodista, Cal McAffrey (Russel Crowe), que se ve metido en un complejo conflicto de intereses cuando se encuentra ante un caso complicado en el que se mezcla la gran política (lo que seguramente quiere reflejar el curioso título español), la crónica de sucesos (que es su oficio) y unas relaciones personales suficientemente complicadas. 

Cal McAffrey, un periodista bien interpretado por ese camaleón que es Russel Crowe, se encuentra ante un frente múltiple. En primer lugar, tiene que hacer su trabajo y atender a los intereses de su periódico que, lógicamente, está en crisis, y desea vender ejemplares a costa de un caso que, a primera vista, implica sentimentalmente a un miembro del Capitolio. McAffrey se encuentra con que el caso afecta a un viejo amigo de la Universidad y, además, sospecha que hay en él más de lo que aparece a primera vista. Se enfrenta con la editora porque no entra a refocilarse en la explotación sensacionalista del adulterio, y es capaz de aguantar la presión para buscar una verdad que, aunque parezca convenirle, le complicará la vida, porque habrá de poner en juego sus ideas políticas, sus relaciones personales y su seguridad, pero, al final, la opinión pública podrá conocer una verdad más completa, y recompensará con su apoyo al medio que ha invertido en encontrarla, por debajo de las apariencias, los tópicos y los comunicados. 

Aún en crisis, la ética del periodismo parece estar viva para los guionistas de Hollywood (aunque la película tiene su origen en una serie inglesa). Robert Dahl subrayó la importancia de la poliarquía  para sostener la democracia: debería ser preocupante para los españoles la escasez de periodistas independientes (lo que no debería ser un oxímoron)  y que los grandes medios que han aparecido en estos años (La Sexta, Público) no han venido a hacer más plural la oferta sino a auxiliar raudamente al vencedor: en eso ha venido a dar nuestro quijotismo. 

sábado, 18 de abril de 2009

A medias

Los españoles tendemos a imaginarnos como gente desordenada pero creativa; yo no tengo esa visión tan optimista. No pongo en duda que podamos ser creativos, como casi cualquiera que se ponga a ello, pero me parece que, entre nosotros, abunda el tipo que hace las cosas a medias, que está encantado de conocerse y vive como si el mundo en rededor no existiese. Me pasma, por ejemplo, que se le pregunte a un empleado de cabina de una autopista cuál es la mejor salida para Valdemucientes o para Fresnedosa del Alcázar y nos mire como si fuésemos gente extrañamente curiosa y con ganas de molestar para decirnos, finamente, que no tiene ni idea. Seguramente piensa que no le pagan por informar. En cierta ocasión estuve en un pueblo mediano que alberga un descomunal monumento del Siglo XVI y no conseguí que nadie me pudiese decir dónde estaba exactamente, incluso estando a punto de romperme las narices con sus paredes. 

Creo que esa tendencia a la rutina y al no molestarse, que es, por supuesto, perniciosa para cualquier empresa, lastra con gran frecuencia el éxito de las escasas innovaciones que se hacen por aquí. Es patético ver el inmenso número de páginas web, por ejemplo, que dicen estar en construcción (y llevan años en ello), o que llevan años sin renovarse,  y eso para no hablar del extraordinario número de sitios en los que es imposible averiguar para qué empezaron a hacerse: pura rutina, mera imitación y vuelta a caer en la tentación de hacerlo todo a medias, en el “ya vale”. 

Soy cliente habitual de un servicio de compra de entradas para espectáculos. El sistema de compra funciona razonablemente (aunque, por ejemplo, carece de memoria para reconocer al cliente habitual), pero la obtención de las entradas es un auténtico disparate; hay que pasar por un terminal de algunos Bancos y Cajas o abandonar nuestra suerte a unas máquinas endemoniadas estratégicamente escondidas en los propios locales del espectáculo, máquinas en las que suele haber cola y que, con frecuencia, leen mal o estropean las bandas magnéticas de las tarjetas. Se paga por no hacer cola, pero se acaba haciendo cola por haber pagado algo más. 

Creo que deberían intentar que se pudiesen imprimir las entradas al tiempo que se compran. Pude hacerlo la semana pasada con entradas adquiridas a través de ese servicio en los Teatros del Canal, de manera que te llevas las entradas desde tu casa lo que es muchísimo más cómodo. No entiendo muy bien que se pueda hacer eso con billetes de avión y que no se generalice la opción en este tipo de servicios. Me parece que se trata de otra buena idea ejecutada a medias, lastrada por la pereza, la rutina, el miedo a la novedad… y el olvido de lo que puede ser más interesante para los clientes. 

[Publicado en Gaceta de los negocios]

jueves, 16 de abril de 2009

Política de Dios, gobierno de Cristo y tiranía de Satánas

Encabeza esta columna el título de la segunda edición de una obra de Quevedo que pretendía ilustrar al Rey Felipe IV sobre la mejor forma de llevar el Gobierno, inspirándose, naturalmente, en las Sagradas Escrituras.  Aunque no es seguro que nuestro presidente conozca este texto, y pese a que sea probable que pueda pensar que sus consejas no le hubieren de interesar gran cosa, contiene algunas reflexiones que le vendrían al dedillo. Está claro que entre la todavía poderosa España de Felipe IV y la España internacionalmente esquiva y huidiza de Rodríguez Zapatero hay algunas diferencias, pero los consejos para el buen Gobierno siempre encuentran aplicación en las cavilaciones de los responsables. Escribe, por ejemplo, Quevedo: “Nada ha de recelar tanto un rey como ocasionar desprecio en los suyos; y éste sólo por un camino le ocasionan los reyes, que es dejándose gobernar”.  

¿Se deja gobernar Rodríguez Zapatero? Todos los presidentes, incluido el magnífico y admiradísimo Obama, que hubo de inclinar la cerviz ante el rey de los petrodólares, están sometidos a condicionamientos que merman de manera sustantiva su espontaneidad, que restan energías a sus propósitos y que les pueden amargar la fiesta. Me temo, sin embargo, que el caso del presidente español empieza a ser realmente excepcional. El problema de Rodríguez Zapatero no consiste en las limitaciones que efectivamente le afectan, como a todo el mundo, sino en su absoluta falta de propósito, en su abandono del Gobierno entendido como la continua corrección del rumbo de la nave –la palabra gobierno deriva del nombre griego de timón- para hacerla llegar a buen puerto. El problema es que nuestro presidente no quiere ir a ninguna parte, que aspira, únicamente, a quedarse donde está. 

No resulta particularmente absurdo que un político aspire a permanecer. Se ha observado que quienes se sienten cesantes, se dijo mucho a propósito de Aznar, suelen asumir riesgos y compromisos inconvenientes. El problema no es, por tanto, aspirar a permanecer, sino aspirar, únicamente a permanecer.  Podría pensarse que una acusación como esta se reduce a ser mera retórica de oposición: trataré de mostrar que no es el caso. 

Cuando no se gobierna, se está al pairo. Esta es, precisamente,  la única estrategia de nuestro presidente. Esperar a que se calme la bravía, y no cometer errores innecesarios que le espanten a su clientela. Al actuar de este modo, el presidente se ve obligado a actuar conforme a dos estrategias a las que se atiene de manera indefectible. En primer lugar, a echar la culpa de cualquier desgracia a alguien distinto a su Gobierno; hasta hace poco Bush estaba de guardia para recibir las lanzadas, pero no hay que preocuparse, porque lo que nuestro líder llama neoliberalismo seguirá cargando con los destrozos. Así lo advirtió recientemente Leire Pajín, otra de las luminarias socialistas: “¿cómo nos va a sacar de la crisis quién nos ha metido en ella?”. 

El segundo objetivo estratégico es mantener, a todo trance, el bienestar de los que considera más suyos, aun a riesgo de hundir el barco de todos. Rodríguez Zapatero actúa como si todavía fuese Felipe IV y pudiera seguir tirando de un fondo de riqueza inagotable porque piensa que el margen es infinito y que hay otros que, de momento, están peor. Hinchemos la deuda, pues. Recurrir al endeudamiento es una estrategia absolutamente injusta con las nuevas generaciones, es, literalmente, pan para hoy a precio de hambruna para mañana. Es prodigioso que una política que dice inspirarse en la solidaridad sea tan espantosamente egoísta con el futuro, claro que, para entonces, el Gobierno ya estará en otras manos, y de sobra es sabido  que la izquierda siempre ha sido hábil para echar la culpa a sus rivales y para prometer lo contrario de lo que hace. 

Si a todo esto se añade una superficial sensación de estar dejándose la piel en el empeño, a base de fotos y reuniones, se obtiene la ecuación del desgobierno.  Pues bien, si Quevedo estuviese en lo cierto, que, en pura lógica, sin duda lo está, la pregunta que hay que hacer es hasta qué punto puede aguantar un Gobierno que se dedica, al tiempo, al disimulo y al disparate. 

Los españoles hemos sido educados en décadas de aguante y punto en boca, admirablemente apoyados en nuestra mansurrona sumisión por unos medios de comunicación muy conscientes de que siempre se puede esperar más del Gobierno que del público. Sin sentir entusiasmo por el Gobierno, mucha gente se siente satisfecha con un tipo simpático, porque, ni entiende la factura de la luz, ni cae en la cuenta los impuestos que paga, de manera que la munificencia del líder carga plácidamente sobre sus riñones. En algunos lugares se podría decir aquello que se atribuye a Abraham Lincoln: es posible engañar a todos algún tiempo y a algunos siempre, pero no se puede engañar a todos siempre. En España, y con un Gobierno trufado de gallegos, nunca se sabe. 

[Publicado en El Confidencial]

martes, 14 de abril de 2009

Catalanes en Madrid


           [Logo de La Cena]

Gaceta de los negocios informaba ayer de las actividades de promoción cultural que están organizando en Madrid, en torno a la fiesta de Sant Jordi, tanto entidades oficiales, como la asociación de empresarios catalanes. Es importante que las dos mayores ciudades de España atemperen su rivalidad con buen conocimiento mutuo.

Quiero aportar mi granito de arena a este propósito dando cuenta del éxito de otra actividad catalano-madrileña. Albert Boadella y Els Joglars representan en una de sus salas una obra titulada La cena que es una pieza tremendamente valiente y satírica, pero, además, muy divertida. La obra nos cuenta las absurdas peripecias que llevan al montaje de una cena fastuosamente ecológica  con motivo de la visita de un conjunto de personalidades mundiales a la cabeza de la lucha contra el mal, contra el calentamiento global. El montaje, de una simplicidad espartana, muestra algunos hallazgos delirantes, como un grifo que insulta al que lo abre si no lo cierra en escasos segundos. Lo malo es que la actuación solo ha durado dos meses y se cerró el 12 de abril. No se trata, contra lo que debiera ser razonable, de una promoción oficial de la Generalidad de Cataluña, pero creo que nadie en su sano juicio negaría la catalanidad de unos extraordinarios dramaturgos que se llaman  Ramón Fontseré (un genial Maestro Rada), Jordi Costa (un cocinero catalán, de los de verdad, atribulado y mártir), Dolors Tuneu, Xavier Dais o Jesús Angelet, y no sigo.

Como ha sido habitual en el trabajo de Joglars la representación no deja títere con cabeza. Estos Tartufos de ahora mismo son diseccionados sin ninguna piedad con el agudísimo bisturí de Boadella y se nos muestran con todas sus aparatosas contradicciones mientras atemorizan al respetable con el miedoambiente, como dice uno de los personajes de La cena.

Que espectáculos como este no se consideren cultura catalana es realmente penoso. Estoy seguro de que se trata de una idiocia pasajera porque, como es bien sabido, no es posible engañar a todos y para siempre. 

lunes, 13 de abril de 2009

La foto


[La fotografía está tomada de la portada de El Confidencial]

Muchos medios han llevado a su portada de este lunes de Pascua una foto del presidente del Gobierno reuniéndose con sus tres vicepresidentes. Zapatero domina la situación pero no parece tener nada que decir. Los Vicepresidentes 1º y 3º atienden también a lo que dice la Vicepresidente 2ª que, al parecer, es quien se encarga de la economía. 

No sé si la foto le produce a alguien tranquilidad. A mí, me produce un cierto asombro. No se sabe cuál es la noticia que ilustra. Que los cuatro se reúnan, no parece gran cosa; que se reúnan en vacaciones puede tener cierto mérito, visto lo visto, pero tampoco creo que sea un acontecimiento ejemplarizante. Podría ser que quisieran dar la impresión de que van a coordinarse, y eso tampoco sé muy bien cómo habría que valorarlo porque, tanto si se supone que normalmente se han coordinado,  como si se  presume que lo van a hacer a partir de ahora, la impresión es de absoluta liviandad. 

Se ve claramente que es una reunión de ideas, que los papeles están de más. Si el nuevo ministro de Fomento tiene España en la cabeza, no van a ser menos estos cuatro magníficos. Se trata, pues, de imaginar, de ser creativos. El Presidente muestra un gesto vigilante, como si quisiese que la ausencia del dulce y plomizo Solbes no se convirtiese en un happening excesivo. Ha tomado sus medidas: no están en la cumbre ni Sebastián, ni Moratinos, ni Chacón, aunque es posible que cualquier de los tres le haya pasado al presidente un papel con alguna sugerencia brillante, aunque ZP no haya tenido a bien usarlo todavía para mejor sorprender a tanta materia gris como ha puesto a su mesa. 

Es seguro de que una de las conclusiones de la cumbre es que hay que administrar mejor el potencial benéfico de las iniciativas del Gobierno. La nueva Vicepresidenta está allí para eso; es un ejemplo vivo de prudencia, sin que eso signifique poquedad; suya fue la iniciativa contra el vino que dejó en su sitio el carácter bronquista y la afición al morapio del anterior presidente del Gobierno, como se le llama en estas reuniones formales. Lo de menos es que haya que haber dado marcha atrás, y que se lesionasen los intereses de una industria importante: los símbolos cuentan más que las cuentas y aquello fue, sin duda, un éxito. 

No ha habido comunicado final, lo que da a entender que la máquina de imaginar está plenamente en marcha. No hay que ponerse nerviosos. El Gobierno vela por nosotros y lo hace en petit comité. A su tiempo, se nos entregarán los frutos maduros de la tenida. Zapatero nos muestra su faceta de hombre de despacho, trabajador sin vacaciones, organizador magistral, de verbo discreto, de imaginación fértil, pero embridada por la disciplina mental más exigente.

Se sabe que la reunión empezó con un análisis de la situación internacional a cargo del líder. Las cosas han ido bien hasta ahora, les dijo, pese a que Bush no dejaba de intrigar, algo que ha cambiado por completo con Obama. El panorama está despejado y vamos a entrar en la segunda década del siglo XXI. No hay nada que temer. Decidme chicos, ¿cómo lo veis? 

[Publicado en El estado del derecho]

viernes, 10 de abril de 2009

Un nombre, como mínimo, inapropiado

La UNESCO, una de esas organizaciones que dormitan en torno a la piadosa idea de que las naciones del mundo se unen para hacer el bien, ha anunciado que va a lanzar una Biblioteca Mundial, o algo así. Es una noticia sensacional, pero no es nada más que eso. Ni la UNESCO ni nadie puede pretender una cosa tan tonta. Ese es también el fallo de Europeana. En estos tiempos nadie tiene que garantizarnos la universalidad, ni nadie tiene legitimidad para empeñarse en representarnos (¿Europeana?, digamos que apenas Gallica), de manera que lo que hay que hacer es casi lo contrario: muchas y muy buenas bibliotecas digitales particulares, especializadas, locales, sectoriales, que se conecten, que se puedan hablar y escuchar entre ellas. Lo que hace falta es que las instituciones más cercanas al público, desde organizaciones civiles hasta los Estados, empeñen sus esfuerzos para que el patrimonio documental que atesoran pueda estar disponible en la red.

Por esta vía, sí estaremos pronto en condiciones de disponer de casi todo, de mucho más de lo que podamos imaginar o abarcar. La idea de universalidad es excelente cuando lo que designa es que no hay ni selección, ni negativa, pero representa un grave peligro si lo que se hace, so propósito de redimir a culturas injustamente preteridas, es  establecer nuevos cánones y cosas parecidas. Por lo demás, este tipo de grandes instituciones pueden seguir  haciendo tranquilamente  todo lo que han hecho por la nueva cultura digital, es decir, nada.

 [publicado en adiosgutenberg.com]

Un Gobierno de partido

El nuevo gobierno de ZP es fruto de varias circunstancias. En primer lugar, es consecuencia del absoluto fracaso del Gobierno saliente, un grupo desconcertado de ministros en el que, los que tenían un mínimo de sensatez y de independencia, estaban deseando dejar de serlo. En segundo lugar, es digna muestra de la improvisación sistemática que caracteriza el estilo político de su presidente, amigo de hacer y deshacer gobiernos en los que nunca quedan claras ni las competencias, ni los programas. Hoy, por ejemplo, se le quita a Ciencia e Investigación lo que inteligentemente se le había dado ayer, o se le resta el deporte a Educación para hacer que dependa directamente de Presidencia, como en Cuba: Zapatero no se resigna a no apuntarse las medallas y los campeonatos que se adivinan porque teme que, a la postre, serán sus únicos trofeos. El nuevo Gobierno tiene tantos parches que apenas queda nada nuevo en él. 

Lo peor del Gobierno es, sin embargo, su partidismo. No me refiero, como es lógico, al PSOE, que también tendrá sus quejas, puesto que al fin y a la postre, el partido gana las elecciones, sino al hecho de que ministros como la de Cultura representen de una manera tan sesgada el conjunto de problemas que se supone tienen que afrontar. Cultura es el caso más espectacular, pero no es el único. Enrocarse en una tanqueta de la SGAE para disparar contra todo del mundo partidario de la libertad de intercambio en Internet es una jugada escasamente inteligente, aunque típica de alguien  poco amigo de la libertad ajena. Apostar por el cine, como si toda la cultura se redujese a él, es apostar por la soledad y el desprestigio. Si hay algo que en el mundo está cambiando de forma radical es este sector, pero ZP prefiere el aliento cariñoso de los amigos, aunque sea un aliento del pleistoceno.

Zapatero ha comenzado a instalarse en el bunker. Se rodea de los más fieles, de los menos propicios al libre juicio de las cosas. Se prepara para una defensa a ultranza de lo que le queda a la espera de que el enemigo se agote contra gente tan correosa y pueda haber ocasión de nuevas descubiertas. Sus victorias electorales han sido tan peculiares que no me atrevería a asegurar que vaya a equivocarse, pero hay que constatar que está pensando más en los errores del adversario que en los aciertos propios. No hay en el gesto fundador del nuevo Gobierno ninguna apuesta por una política renovada; es, tan solo, un pacto de intereses mínimos pero bien cohesionados que trata de fortalecerse mostrando solidez y exhibiendo su fuerza sin rebozos, a la espera de que el respetable se achique y decida refugiarse en el santo temor de lo nuevo, ponerse al abrigo de esa incierta libertad de la que Zapatero y los suyos no nos consideran capaces.

[Publicado en Gaceta de los negocios]

miércoles, 8 de abril de 2009

No hay democracia sin respeto a la ley

La democracia liberal se funda en dos principios que, en cierto modo, tienen un sentido contrario. Como explicó brillantemente Ortega, la democracia establece quién debe mandar, mientras que el liberalismo impone unos límites precisos al poder legítimo. La ley es, precisamente, el conjunto de esos límites, porque establece con nitidez qué puede hacer el Gobierno y qué no puede hacer de ninguna manera. 

Entre nosotros, el respeto a la ley no es una costumbre sólida. La ley está ahí, pero eso no suele ser equivalente a que la ley se cumpla. España está inundada de leyes que no se aplican, tal vez porque, en parte, se hayan hecho precisamente para eso. Me parece que esa idea de que puedan existir y existan leyes que no se aplican resultará intraducible, por lo menos, al alemán y al inglés. Si eso se complementa con el abundante conjunto de leyes cuya aplicación resulta imposible o, incluso, absurda, tendremos una primera aproximación a lo que los españoles entienden por ley y al respeto que le profesan. 

Hay que aclarar urgentemente, sin embargo, un equívoco muy común. No es que no cumplamos la ley debido a nuestro supuesto carácter anarquista, a la peculiar manera en que entendemos lo de la soberanía popular. No. La razón de la general falta de respeto que los españoles suelen sentir por la ley se funda en una de las más recias y sólidas tradiciones políticas de nuestra historia, a saber, en que el primero que la incumple es el Gobierno.   Siendo el Gobierno el principal insumiso, no tiene nada de particular que los españoles apliquen habitualmente esa sabiduría popular que establece dar la vida por el amigo, negársela al enemigo, y aplicar la legislación vigente al indiferente, lo que suele tenerse por castigo nada pequeño. 

Estos días que hemos estado con especulaciones sobre el cambio de Gobierno, se ha podido comprobar la ligereza con la que el Presidente se toma la propia estructura del Consejo de Ministros. No es que esa estructura sea inviolable, pero todos sabemos que su cambio no ha producido nunca otra cosa que gasto inútil y confusión añadida. Aquí se añaden Ministerios de Igualdad o de Diferencia por razones tan fútiles que resultan ridículas y lo sorprendente es que el respetable pierde el tiempo indagando el sentido profundo de unas alteraciones que no significan nada. ¿Alguien recuerda algún cambio en la estructura de gobierno de los Estados Unidos? Tal vez se deba a que los americanos no saben hacer política como es debido. Este asunto sirve para mostrar que lo que los gobiernos españoles suelen querer es poder hacer su real gana, sin limitación alguna. En esto siguen siendo franquistas y considerando que el poder y la legitimidad residen en una misma persona, antes en El Pardo, ahora en la Moncloa. 

Ya he dicho que la falta de respeto a la ley por parte del Gobierno se remonta en España, al menos, hasta Fernando VII, pero, por razones de eficacia, me concentraré en ejemplos del presente. ZP ha dado muestras de que la legalidad le importa casi tan poco como la economía, y que ambas realidades le parecen un campo apropiado al ejercicio de la más desenfrenada y creativa imaginación. Al llegar al Gobierno,  dio la orden de retirada de Irak sin reunir al Consejo de Ministros, esto es, actúo como si fuese el Presidente de los Estados Unidos y no el de un órgano colegiado en una monarquía parlamentaria. Minucias, pensaría él, si es que alguien se atrevió a insinuarle que no era claro que pudiera hacerlo de ese modo. Ya puestos, anuló una ley orgánica, la de educación, con un simple decreto y anunció que la ley del Plan Hidrológico nacional era papel mojado, aunque la metáfora no haga justicia a la sequía. 

Así las cosas, no tiene nada de extraño que la Vicepresidenta haya podido votar sin derecho a hacerlo en Valencia, o que el simpático Bermejo se dedicase al furtiveo de modo profuso y aparatoso. Naturalmente, si el Gobierno no cumple las leyes, ¿para qué han de hacerlo los jueces? Aquí, los jueces no entienden que su papel pueda limitarse a aplicar unas leyes que nadie respeta, de manera que los más aguerridos se dedican a la interpretación de la ley, seguros de que nadie les va a meter mano, porque eso no se hace entre compañeros,  y porque el respetable gusta de esta clase de espectáculos de justicia inmediata, y sabe que lo de las garantías y los procedimientos no se aplica nunca al que roba una pera, de manera que al trullo con todos. 

No es extraño que, en esta atmósfera alegal, muchos españoles se sientan muy libres. Ahí es nada poder hacer lo que a uno le da la gana. Es lo que hacen muchos profesores al poner nota, muchos guardias al poner multas, muchos funcionarios al tramitar expedientes. Actúan como soberanos porque nadie les va a discutir a ellos sus atribuciones. España está llena de Ínsulas Baratarias en las que, desgraciadamente, suele faltar el buen sentido y la humildad de Sancho, que algo había aprendido junto a su integro y enloquecido maestro. 


[publicado en El Confidencial]

martes, 7 de abril de 2009

Madrid, de cine

Es poco frecuente ver ciudades españolas como escenario en tramas del cine internacional. Barcelona y Madrid apenas se han asomado a la pantalla, sin comparación con Londres, París o Roma y, no digamos, con las grandes ciudades americanas. Barcelona, que, en general, es más conocida y mencionada que Madrid, ha tenido, últimamente, la suerte de Woody Allen, aunque Allen esté ahora en su ocaso.
Por eso me ha sorprendido la aparición de Madrid en buena parte de la trama de
La lista, una película algo menos que buena y escasamente recomendable, pero rodada con calidad y montada comercialmente sobre el star system, lo que siempre supone una cierta garantía de difusión.
Madrid aparece como escenario bancario, seguramente como muestra del prestigio y la notoriedad de la banca española. Lo notable es que las apariciones de la ciudad son de excelente calidad, porque la película está muy bien rodada y porque los planos que se ofrecen al espectador, la Gran Vía, Cibeles, el Retiro, la plaza Mayor, el Madrid de los Austrias, funcionan muy bien bajo el lujoso cielo matritense, y prestan a la imagen una coloración sentimental muy atractiva que hace perfectamente creíble una peripecia algo desquiciada. Los taxis están limpios, no se ven atascos, los paseantes, más morenos que en la realidad, parecen contentos de vivir.
España no ocupa un lugar central en la imagen actual del mundo y sus ciudades no se han adscrito de manera sólida a ninguna de las categorías predominantes en la cinematografía: no son ni capitales financieras, ni lugares románticos ni espacios exóticos. Por lo demás, el cine español, frecuentemente centrado en escenas intimistas, tampoco ha hecho gran cosa por resaltar sus atractivos visuales. Hará falta, pues, una política más intensa de nuestras ciudades para convertirlas en teatro de tramas que interesen al mundo entero, ya que suponen un impulso importante al turismo. No tengo duda de que los espectadores de
La lista que no conozcan Madrid, tendrán más ganas que antes de darse un garbeo por nuestras calles.

jueves, 2 de abril de 2009

Un balance de nuestra democracia

Ya quedan lejos los tiempos en que muchos españoles eran invitados a cualquier parte para hablar de nuestra transición a la democracia; ahora, con más de treinta años a las espaldas, somos ya uno más en un club que tampoco crece tan deprisa como pudo parecer entonces. En pura lógica, sería tiempo de reflexión y, por qué negarlo, de reformas, pero aquí parece existir un miedo a plantear esta clase de asuntos. La clave puede estar en que los que se sienten legitimados, el Rey y los partidos, no parecen necesitar más, al menos de momento, y piensan que puede ser peor el “meneallo”.  

Es evidente, sin embargo, que la mayoría está descontenta con nuestras instituciones y con los hábitos que imperan en la vida pública.  La gente no considera a los políticos como individuos admirables que se ocupan de asuntos de los que nadie quiere ocuparse, sino que los ve, más bien, como personas que se aferran al cargo y se olvidan con facilidad de servir a quienes representan. Suponiendo que esto sea así, al menos en alguna medida, la pregunta que se ha de hacer es muy sencilla: ¿por qué consienten los electores que sus representantes los ignoren? ¿Por qué apenas se abren paso en política personas de las que nos podamos sentir justamente orgullosos? 

Me parece que el quid de esta situación es relativamente sencillo. Los partidos han conseguido consolidar su poder a través de unas redes clientelares (que, dicho sea de paso, favorecen enormemente la corrupción), y mediante un proceso de apropiación del electorado que se fomenta promoviendo una cultura dogmática y maniquea, que sirve para bloquear cualquier atisbo de divergencia y de renovación en ambos lados del espectro. Los partidos consideran, por tanto, que los electores son suyos, y una buena parte de esos electores se siente premiada por semejante distinción. El éxito de esa cultura política, una oposición visceral entre izquierdas y derechas,  ha traído consigo una práctica desertización de la opinión independiente, una contracción del debate público a términos vergonzosos y un empobrecimiento de la atmósfera de libertad y de pluralismo realmente asombrosa. 

Necesitamos gente capaz de cambiar el sentido de su voto, personas que sepan ser exigentes y no consientan a los partidos que pretendan atraparlos en la infame dialéctica de o conmigo, o contra mí, una degeneración absurda de la democracia. No puede ser que todo se reduzca a decir si algo es de derechas o de izquierdas sin pensar si es útil, razonable o necesario. Es lamentable que el plan hidrológico nacional, la reforma de la educación o la disminución de la burocracia, sean malas para muchos, simplemente, porque las ha propuesto la derecha, o que, por el contrario, las desaladoras o las relaciones con Marruecos o la lucha contra el cambio climático sean perversas para otros muchos, simplemente porque han sido promovidas por la izquierda. 

Necesitamos gente que se empeñe en ser independiente, en no dejarse reducir a la síntesis que conviene a las cúpulas de los partidos. En realidad, sin personas capaces de pensar por cuenta propia, ni la libertad ni la democracia tendrían el menor sentido. Solamente cuando los partidos se den cuenta de que necesitan ganar los votos a base de buenas razones, y no a base de repetir eslóganes, ataques rituales e insultos, se preocuparán de poder contar con los mejores y se abrirán a la sociedad. Sin independencia, los partidos creerán que somos sus rehenes, gente con la que cuentan para embestir o para aplaudir, pero para nada más. 

Produce verdadero asombro ver la clase de gentes que, en muchas ocasiones, promocionan los partidos. A veces, se tiene la sensación de que muchos de ellos apenas podrían ganarse la vida honradamente en otras partes, que nada tendrían que hacer en situaciones en que no bastase con repetir como papagayos las frases supuestamente ingeniosas que ha ideado la central de propaganda de su organización.  

Sin la presión de las personas de criterio  independiente, los partidos se pueden dedicar, exclusivamente, a llenar espacios con figurantes, con aplaudidores, a mostrar supuestos actos políticos en las televisiones, reuniones en los que los ciudadanos reales están ausentes porque han sido sustituidos por disciplinados y telegénicos militantes que, al  parecer, no tienen otra cosa que hacer que sonreír al líder de turno. 

La independencia es muy necesaria en las personas, pero su ausencia es letal en las instituciones. Apenas hay parlamentarios capaces de hacer un trabajo propio, entre otras cosas, porque se les impide votar lo que mejor les parece: su voto está siempre cautivo. De este modo, la democracia languidece, se reduce a una mera apariencia, a una retórica que sirve para justificar las acciones de los poderosos. El poder del pueblo se convierte en una caricatura cuando la gente abdica de su obligación de tener un criterio propio y de atenerse a él por encima de todo. Muchos pensarán, con razón, que una democracia así, es un fraude.

miércoles, 1 de abril de 2009

Viviendas

Una extraña peculiaridad de nuestra economía ha hecho que las viviendas se hayan convertido en bienes especulativos. Uno pensaría que las viviendas son para vivir, pero resulta que no ha sido así. Los alrededores de Madrid están repletos de urbanizaciones vacías, de chalets sin dueño probable en kilómetros a la redonda. Cuando se contemplan estos fenómenos, uno tiende a pensar que el negocio debía estar en otra parte, porque este cáncer no resulta explicable atendiendo a consideraciones de censo, ni al análisis preciso de la demanda. Parece haber sido una especie de Madoff al revés, un negocio en el que algunos promotores pensaban ganar dinero vendiendo bienes que otros comprarían para ganar más, pero es obvio que ese proceso no puede ser infinito. El caso es que, por fas o por nefas, sobran millones de viviendas, y, como es lógico, el precio empieza a bajar de manera decidida, tirando por los suelos el cuento de la buena pipa. A resultas de este ataque de realismo, ya ha habido una Caja intervenida y no es del todo antipatriótico pensar que acaso pueda haber más, y eso, aunque se consiga que los precios no se despeñen.

Los alrededores de Barcelona siempre han sido más densos que los de Madrid, de manera que seguramente no estarán tan llenos de urbanizaciones al pairo. De cualquier manera, la vivienda baja también en Barcelona. Es curioso que una de las grandes diferencias entre estas ciudades haya sido, precisamente, la buena calidad y el empaque de las viviendas y edificios del centro de la Ciudad Condal, en comparación con el predominio de un tipo de vivienda poco ilustre en zonas similares de Madrid. Barcelona ha sido mejor ciudad burguesa que Madrid, aunque tal vez no ha sabido ser tan cuidadosa con sus barrios bajos. Eran, sin duda, otros tiempos en los que la vivienda era para vivir y las alegrías financieras recaían en otra clase de bienes, probablemente más apropiados. Ahora hay que volver a pensar de otra manera, a averiguar en qué podemos invertir nuestros ahorros de manera más productiva. 

[Publicado en Gaceta de los negocios]