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miércoles, 22 de abril de 2009

El mapa escandaloso

En un artículo muy reciente, Enric Juliana se quejaba, no sin cierta razón, del mapa de inversiones ferroviarias. El escándalo viene de que la línea Barcelona Valencia no aparece, de manera que Barcelona y Madrid están unidas por una línea de alta velocidad, Valencia y Madrid pueden estarlo en breve, y  Barcelona no tiene ese tipo de buena conexión con Valencia. En ese triángulo de grandes ciudades, hay un lado al descubierto. Luego afirma, también con cierta razón, que hace falta un gran corredor de mercancías para que el Mediterráneo quede bien unido a Europa.

El argumento supone que el escándalo se produce por la sumisión al supuesto victimismo de los valencianos y por la permanencia de un esquema radial en las comunicaciones ferroviarias. Puede ser. Habría que decir, sin embargo, que el asunto puede contarse de otra manera. Primero porque la conexión ferroviaria entre Barcelona y Valencia es, salvo un par de puntos que están en solución, de las mejores de toda la península en cuanto a viajeros, y son muchos los que han defendido que mantener y mejorar ese modelo es preferible al excesivo gasto de la alta velocidad y, segundo, que el tráfico de mercancías es un desastre en toda la red, sin que el eje mediterráneo suponga ninguna expansión.

Me parece, sin embargo que el problema de fondo es político y que no sirve de mucho tratar de racionalizar las cosas cuando se va a defender intereses que son más hondos. No se puede hablar en serio  de un mapa razonable de transporte cuando las fuerzas políticas, y las gentes que los apoyan, se obstinan en imponer diferencias. El  resultado de esa pluralidad mal entendida es que es imposible planificar de manera coherente. La primera línea de alta velocidad no se hizo entre Barcelona y Madrid, sino entre Madrid y Sevilla, tal vez porque Felipe González era de allí. Eso es malo, sin duda, pero es el resultado de entender las relaciones entre los territorios, como si solo existieran las partes y el todo fuese una mera pesadilla de la historia. Sin cambiar eso, no vale quejarse.

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