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jueves, 16 de abril de 2009

Política de Dios, gobierno de Cristo y tiranía de Satánas

Encabeza esta columna el título de la segunda edición de una obra de Quevedo que pretendía ilustrar al Rey Felipe IV sobre la mejor forma de llevar el Gobierno, inspirándose, naturalmente, en las Sagradas Escrituras.  Aunque no es seguro que nuestro presidente conozca este texto, y pese a que sea probable que pueda pensar que sus consejas no le hubieren de interesar gran cosa, contiene algunas reflexiones que le vendrían al dedillo. Está claro que entre la todavía poderosa España de Felipe IV y la España internacionalmente esquiva y huidiza de Rodríguez Zapatero hay algunas diferencias, pero los consejos para el buen Gobierno siempre encuentran aplicación en las cavilaciones de los responsables. Escribe, por ejemplo, Quevedo: “Nada ha de recelar tanto un rey como ocasionar desprecio en los suyos; y éste sólo por un camino le ocasionan los reyes, que es dejándose gobernar”.  

¿Se deja gobernar Rodríguez Zapatero? Todos los presidentes, incluido el magnífico y admiradísimo Obama, que hubo de inclinar la cerviz ante el rey de los petrodólares, están sometidos a condicionamientos que merman de manera sustantiva su espontaneidad, que restan energías a sus propósitos y que les pueden amargar la fiesta. Me temo, sin embargo, que el caso del presidente español empieza a ser realmente excepcional. El problema de Rodríguez Zapatero no consiste en las limitaciones que efectivamente le afectan, como a todo el mundo, sino en su absoluta falta de propósito, en su abandono del Gobierno entendido como la continua corrección del rumbo de la nave –la palabra gobierno deriva del nombre griego de timón- para hacerla llegar a buen puerto. El problema es que nuestro presidente no quiere ir a ninguna parte, que aspira, únicamente, a quedarse donde está. 

No resulta particularmente absurdo que un político aspire a permanecer. Se ha observado que quienes se sienten cesantes, se dijo mucho a propósito de Aznar, suelen asumir riesgos y compromisos inconvenientes. El problema no es, por tanto, aspirar a permanecer, sino aspirar, únicamente a permanecer.  Podría pensarse que una acusación como esta se reduce a ser mera retórica de oposición: trataré de mostrar que no es el caso. 

Cuando no se gobierna, se está al pairo. Esta es, precisamente,  la única estrategia de nuestro presidente. Esperar a que se calme la bravía, y no cometer errores innecesarios que le espanten a su clientela. Al actuar de este modo, el presidente se ve obligado a actuar conforme a dos estrategias a las que se atiene de manera indefectible. En primer lugar, a echar la culpa de cualquier desgracia a alguien distinto a su Gobierno; hasta hace poco Bush estaba de guardia para recibir las lanzadas, pero no hay que preocuparse, porque lo que nuestro líder llama neoliberalismo seguirá cargando con los destrozos. Así lo advirtió recientemente Leire Pajín, otra de las luminarias socialistas: “¿cómo nos va a sacar de la crisis quién nos ha metido en ella?”. 

El segundo objetivo estratégico es mantener, a todo trance, el bienestar de los que considera más suyos, aun a riesgo de hundir el barco de todos. Rodríguez Zapatero actúa como si todavía fuese Felipe IV y pudiera seguir tirando de un fondo de riqueza inagotable porque piensa que el margen es infinito y que hay otros que, de momento, están peor. Hinchemos la deuda, pues. Recurrir al endeudamiento es una estrategia absolutamente injusta con las nuevas generaciones, es, literalmente, pan para hoy a precio de hambruna para mañana. Es prodigioso que una política que dice inspirarse en la solidaridad sea tan espantosamente egoísta con el futuro, claro que, para entonces, el Gobierno ya estará en otras manos, y de sobra es sabido  que la izquierda siempre ha sido hábil para echar la culpa a sus rivales y para prometer lo contrario de lo que hace. 

Si a todo esto se añade una superficial sensación de estar dejándose la piel en el empeño, a base de fotos y reuniones, se obtiene la ecuación del desgobierno.  Pues bien, si Quevedo estuviese en lo cierto, que, en pura lógica, sin duda lo está, la pregunta que hay que hacer es hasta qué punto puede aguantar un Gobierno que se dedica, al tiempo, al disimulo y al disparate. 

Los españoles hemos sido educados en décadas de aguante y punto en boca, admirablemente apoyados en nuestra mansurrona sumisión por unos medios de comunicación muy conscientes de que siempre se puede esperar más del Gobierno que del público. Sin sentir entusiasmo por el Gobierno, mucha gente se siente satisfecha con un tipo simpático, porque, ni entiende la factura de la luz, ni cae en la cuenta los impuestos que paga, de manera que la munificencia del líder carga plácidamente sobre sus riñones. En algunos lugares se podría decir aquello que se atribuye a Abraham Lincoln: es posible engañar a todos algún tiempo y a algunos siempre, pero no se puede engañar a todos siempre. En España, y con un Gobierno trufado de gallegos, nunca se sabe. 

[Publicado en El Confidencial]

5 comentarios:

JFT dijo...

Interesante reflexión. Algo que tengo que objetar es el poso de descontento y la apelación a la capacidad de soportar la frustración que tenemos los españoles. Ciertamente que me parece un buen punto de partida. Un análisis, cierto, pero ¿qué alternativa propone?

José Luis González Quirós dijo...

Pues yo creo que tratar de mejorar las alternativas que tenemos y convencer a cuantos podamos de que se pueden hacer las cosas mejor, aunque simplemente sea cambiando de Gobierno. Sé que no es mucho, pero sin duda es mejor que su contrario.

Anónimo dijo...

(SOY jftamames. El sistema no puede, ahora, identificarme)
Entiendame el ejemplo. Si escuchamos las críticas al sistema de falangistas, aberchales, anarquistas, etc, tienen un fondo común sobre corrupción y poderes ocultos dirigiendo marionetas. La cuestión no es una buena crítica sino el armar una buena alternativa. Los deseos de hacer las cosas mejor no parece que sea algo que no quieran los grupos más miserables.
Una de las cosas más curiosas de este país es la necesidad de "bipolarizar". Los grupos más conspiranoicos de la derecha y algunas sectas de la Iglesia Católica, intentan por todos los medios liderar esa "bipolaridad". La izquierda de ZP no ha hecho otra estrategía que lanzar un mensaje a toda la izquierda sobre el voto útil.
Eso es lamentable, seguro. Es aún peor que las alternativas a los dos colores son siempre sospechosas de ser aún peor que el enemigo natural.
¿No cree usted que los esfuerzos de la Transición por dinamitar los complejos del franquismo sobre la izquierda se han estado respondiendo por movimientos de extrema derecha constantemente? ¿No cree que la izquierda se ha visto superada por la Historia y no le queda nada que aportar?
¿No cree que los grupos de los últimos gobiernos de Franco no están haciendo pagar sus fracasos? No entiendo como es posible que en la peor étapa de los movimientos de izquierda aún la derechona este marcando, con sus fracasos y conspiraciones de moqueta, la agenda de una derecha que tiene que ser, por lo menos, partido. ¿Hacer las cosas mejor? Hay diversas opiniones, formas de ver las cosas pero, en este país de "new age laciales" de la Iglesia y de socialistas doctrinarios, todas esas opciones y discusiones no se entienden, son ruido que no permite la concentración en la derrota del enemigo. Perdone el rollo pero está claro que detrás de mucha criticas al sistema no se encuentra nada más que soluciones aún peores.

José Luis González Quirós dijo...

Estoy de acuerdo en que la muchas críticas al sistema "ocultan" o pueden ocultar soluciones peores. De lo que me quejo es de que el sistema ha hecho muy difícil la crítica desde dentro y, con ello, la capacidad de mejorar. Los partidos, por ejemplo, tendrían que tener una cierta oposición interna para evitar en los posible que el líder desbarre, para evitar un ZP, por ejemplo, con poder absoluto en su partido. Eso depende del empeño que todos pongamos en cumplir bien nuestro papel, aunque es realmente muy difícil hacer algo cuando los periódicos no son independientes sino de partido, los jueces otro tanto, etc. Pero una democracia liberal tiene que aspirar a la mejora continua o a sucumbir. Las dificultades de los españoles con el sistema liberal no son de ahora y eso ha facilitado el éxito de las dictaduras y también, de alguna manera, el intento de corromper la democracia desde dentro, como en la II República o con los partidos nacionalistas ahora.

Anónimo dijo...

jftamames
Perfecto. Ahora le entiendo. La posibilidad de que haya poderes realmente independientes y una administración que deje de jugar en el mercado libre, sería todo un hallazgo. Entonces la cuestión es abrir las posibilidades de discusión, la presencia de verdadero control político entre poderes pero porque están al servicio de las personas. No sólo es una técnica política sino una cuestión de supervivencia de los mejores en cuanto que sea la sociedad la que decida que tiene valor, independientemente del merito que terceras personas crean que los “suyos” tengan.
Muchas gracias por la aclaración. Creo que es difícil mantener el “hilo dorado” de la lucha de la libertad en nuestra Civilización, roto demasiadas veces, pero vale la pena y es algo que, cuando se ha dejado un mínimo de tiempo, ha provocado los saltos más prodigiosos en el progreso de la Humanidad.