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martes, 30 de junio de 2009

Poner nota a las universidades


Las universidades españolas están muy cerca de ser una excepción en el panorama general porque, hasta ahora, ni han competido entre sí, ni se distinguen por la búsqueda de calidad. Para los españoles lo más relevante sobre una universidad era su ubicación: cuanto más cercana, mejor. Esto debería cambiar porque nadie funciona ya con esa clase de criterios. En España, muchos han aprendido a palos que el título conseguido no les sirve para gran cosa, y se han decidido a estudiar en el extranjero, o a hacer un master prestigioso y, lógicamente, caro, para poder competir en el mercado del empleo.
Las universidades debieran ser abiertas, competitivas y especializadas, o no ser. El primer obstáculo para que todo pueda cambiar está los criterios para su financiación: las universidades no pueden poner un precio adecuado a las matrículas, fijadas por ley de acuerdo con uno de los numerosos y memos dogmas de lo políticamente correcto, ni competir seriamente por mejorar la calidad de sus profesores; así, si el estudiante obtiene poco, tampoco piensa haber perdido mucho.
La Comunidad de Madrid ha promovido, a través de su Consejo Económico y Social, la realización de un excelente estudio sobre las universidades españolas dirigido por Mikel Buesa. Se trata de un intento serio para establecer con claridad un ranking universitario conforme a una gran variedad de factores. El retrato está lleno de interés, y no va a resultar muy agradable para muchos rectores de universidades que gozan de un prestigio enteramente inmerecido. Es un primer paso para saber de lo que estamos hablando, pero falta mucho por hacer en el orden legal para que las universidades pudiesen empezar a competir, a hacer lo que hacen habitualmente y de manera natural la totalidad de las mejores y más reconocidas universidades del mundo. Para nuestra desgracia, son muchos los que preferirán seguir viviendo en una isla burocrática, sin integrarse en la muy competitiva sociedad del conocimiento, pero así no se debiera seguir.

[Publicado en Gaceta de los negocios]

lunes, 29 de junio de 2009

Tetro

La oferta de buen cine es realmente escasa y había que ver Tetro. Es difícil sentirse satisfecho con esta película de Coppola, uno de los cineastas vivos realmente interesantes y grandes. La película resulta decepcionante, sabiendo que es de Coppola, aunque seguramente pudiera considerarse prometedora si el director fuese un desconocido. Se dice que es una cinta más personal que comercial y habría que preguntarse si tiene sentido esa diferencia. Si la obra de arte no es una forma de comunicarse, ¿entonces qué es? Si el cine ha llegado a ser lo que es (aunque ahora escasee) gracias, entre otros, a tipos como Coppola, cabe poner en duda que personas de su talento se puedan permitir el lujo de hacer cosas meramente personales. Lo que se espera de ellos es que sus trabajos sean extraordinarios, de calidad. Se dirá que el factor industrial del cine puede impedir que muchos nos digan lo que querrían decir y de la manera que querrían hacerlo. Vale, pero eso no es disculpa en el caso de Coppola que se puede permitir el lujo de gastarse el dinero, según él mismo dice es rico gracias al vino, y hacer algo personal, pero con la calidad de sus mejores productos de factoría. No es el caso. Tetro interesa, pero decepciona. Junto a detalles de indiscutible calidad, hay fallos evidentes, excesos absurdos, propios de un principiante con pretensiones, y un dramatismo más fingido que convincente y doloroso. Coppola no ha podido esta vez ni con el barroquismo ni con el melodrama, de manera que en lugar de ironía y sublimidad se siente un cierto fastidio. Tal vez Coppola se haya equivocado con los actores y se haya dejado llevar por los excesos, sobre todo con Vincent Gallo, Klaus Maria Brandauer y Carmen Maura. Maribel Verdú es, seguramente, lo mejor de la película, por más que su personaje sea un tanto inverosímil. Es una pena que Coppola no hay brillado más alto. Lo peor es la sospecha de que se haya acabado.

sábado, 27 de junio de 2009

El libro como ideología

Es frecuente que los prejuicios se originen en una experiencia negativa, en cualquier incomprensión, o en algún trauma. A veces, si no siempre, tienen también una explícita función ideológica, esto es, de ocultación de la realidad para beneficio de ciertos intereses. Pienso esto cada vez que leo o escucho, lo que desgraciadamente tiene casi carácter de plaga, las jeremiadas de los que temen la desaparición de la lectura, y los pronósticos de catástrofe cultural en el caso de que desapareciesen los libros, ese artefacto que, según algunos, nos ha enseñado a pensar, es decir que ni Homero, ni Sócrates, ni San Pablo pudieron pensar nada.

Esta confusión de las ideas con su soporte es una de las tonterías más fértiles que hayan existido nunca. Creo que las razones de esa fecundidad derivan, precisamente, de que la primera vez que se escucha una cosa con tan escaso fundamento, algo que pensó Mc Luhan, según se dice, aunque tampoco sea así, acaso se tenga la sensación de que se asiste a la revelación (¡eureka!) de un secreto, a algo tan decisivo, por ejemplo, como la comprensión del principio de inercia, que, dicho sea de paso, ignoran profusamente muchos de estos eruditos violetiles, o la naturaleza profunda de la plusvalía.

No todo el mundo es capaz de sustraerse a la emoción que proporciona la comprensión de una idea tan revolucionaria, tan contraria al burdo sentido común de, por ejemplo, comerciantes, ingenieros y otras gentes inútiles e incapaces de comprender los principios de la fenomenología y, no digamos, de la post-metafísica.

Una vez en posesión del secreto ya todo consiste en adoptar un tono apocalíptico que le coloque a uno en un nivel adecuadamente exquisito. Y una vez allí, los más tontos, se lanzan a la apología del libro de papel como si nos fuera en ello la vida y, como de costumbre, porque para eso son ellos sabios, sin molestarse en analizar las alternativas, en revisar los tópicos.

Los más despabilados saben mejor lo que están haciendo y barren para sus casas, mientras buscan una oportunidad para alcanzar lo imposible: que los dueños de un imperio que se derrumba sean también los líderes de la nueva era; no ha pasado nunca, pero son muchos los que, copiosos pensadores de frases hechas, se dicen aquello de ¡qué me quiten lo bailado!

jueves, 25 de junio de 2009

Los españoles y los dogmas

Como he leído a Chesterton, ya sé que es peligroso generalizar sobre españoles, franceses o turdetanos, pero no puedo resistir la tentación de subrayar el extraño destino que ha tendido a tener la libertad entre los españoles. Sin remontarse a los tiempos de Maricastaña, en los que, a ciencia cierta, encontraríamos más de lo mismo, no hay más remedio que asombrarse ante el arrinconamiento de la libertad que se ha adueñado de buena parte de la opinión pública en la democracia española. Muchos creímos ingenuamente en que a un régimen como el franquista, en que la opinión estaba férreamente controlada, le sucedería una situación en que floreciese el pluralismo, el respeto, el diálogo y una discrepancia razonable. Pues no. Lo que tenemos es algo muy distinto, una sociedad que tiende sañudamente al dogmatismo, que convierte en verdad incuestionable sus más atrevidas conjeturas, que ha perdido, casi por completo, la capacidad de razonar, de relativizar, de poner en cuestión sus propios puntos de vista y que, desde luego, no está dispuesta a tolerar, mientras pueda impedirlo, la difusión de las opiniones ajenas. Una buena mayoría de españoles considera un agravio que alguien opine de manera distinta a la suya y se pasa, a las primeras de cambio, al improperio, a la manifestación de sus peores deseos para el criminal que piensa de manera distinta. Si uno lee con alguna frecuencia los comentarios a los blogs que tocan temas vidriosos se queda aterrorizado.

La novedad más llamativa en este panorama es que la intolerancia ya no es de derechas. La izquierda ha desarrollado una amplia panoplia de adjetivos invalidantes, es decir que excusan de pensar, y se dedica a tratar de expulsar del círculo de lo razonable a todo aquello que a ella no le place. Pondré dos ejemplos recientes. La vicepresidenta primera acometió recientemente contra los Obispos, argumentando que el gobierno tiene que defender las creencias de todos, pero en especial (sic) “las creencias de los que no las tienen”, lo que deja traducir, con meridiana claridad, que el gobierno se siente representante de todos los que no creen, precisamente porque supone que todos los que no creen, comulgan con lo mismo que el gobierno quiere creer. Ni se le pasa por la cabeza que, además de que sea contradictorio y absurdo hablar de las creencias de los que no creen, no hay base alguna para reducir esa enorme diversidad a una nítida oposición a los Obispos, que es de lo que se trataba. Un ejemplo más del quimérico y cruel cordón sanitario que tratan de aplicar a cuanto ni entienden ni les interesa. Usan métodos de reprobación fulminantes: ayer mismo, en una reunión de progres, escuché una descalificación radical de Elena Salgado: al parecer, “es del Opus”. Me quedé tan atónito que no supe qué pensar: tal vez el desastre del CNI explique estos fallos.

[Publicado en Gaceta de los negocios]

miércoles, 24 de junio de 2009

El liderazgo de Rajoy

Sin que se pueda saber a ciencia cierta por qué, abundan los que creen que, a la vista de los últimos resultados electorales, Rajoy ya puede dar por hecha la victoria en las elecciones generales. Como las desgracias nunca vienen solas, le han surgido a Rajoy una pléyade de aduladores que han montado algo así como una conmemoración del aniversario de su exaltación a la jefatura del partido en Valencia. Rajoy, que es persona inteligente, debería preocuparse con análisis tan toscos y efemérides tan pueriles.

En la política española, y muy especialmente en la derecha, están muy arraigados los hábitos administrativos, los ritos funcionariales. A lo más que algunos llegan es a sumar a ese cultivo del expediente el asesoramiento de un guru moderno capaz de inventar alguna chorrada ingeniosa, como, por ejemplo, lo de la niña de Rajoy, cuando perdió las últimas elecciones legislativas debido al desastre en Cataluña, sin que al asesor se le ocurriera que, ya puestos, a lo mejor era más rentable referirse al futuro de la nena.

Lo que hasta ahora está claro no es que Rajoy vaya a ganar, sino que a Zapatero se le acaba el crédito,… y más que se le va a acabar. Pero frente a ese declive, está por surgir la figura de un líder con capacidad de suscitar algo más que la conformidad con el destino mediante la melancólica renuncia de la izquierda. Eso puede pasar, pero también puede que no pase.

Rajoy tiene que intentar ganar las elecciones y para ello le queda algo más que esperar un feliz desenlace del caso Gürtel. Entre algunos de sus colaboradores y exégetas se adivina un indisimulado entusiasmo al constatar que no parece haber rivales en el horizonte. Magro consuelo. Un partido que debería representar a buena parte de los sectores más dinámicos de la vida española, debería tener no uno, sino decenas de posibles candidatos a la presidencia del gobierno, y no debería haber espectáculo más agradable para el líder que ver la leal compañía y competencia que le rodea. Aquí parece que se prefiere emparedar a los valiosos y ascender a una corte de mediocres. No es difícil comparar sin lamentos la orquesta del PP que llevó al triunfo a Aznar, en la cual el propio Rajoy era uno de los solistas, con el menguado conjunto que ahora le acompaña. Rajoy corre el riesgo de pensar que, puesto que Zapatero se maneja con lo que todos sabemos, él, que al menos es registrador, podrá arreglarse con poco. Se equivocaría si así lo hiciese.

Entre el 93 y el 96, Aznar desplegó un trabajo espectacular de estudio, de reuniones, de análisis y de reflexión, acercándose a muchísima gente que, hasta hacía muy poco, apenas le saludaba. No tenía un solo equipo de trabajo, sino, al menos, tres: el del Partido, con Cascos al frente y con todo el grupo parlamentario, el de Faes que era un hervidero de gente, y los que se nucleaban en torno a sus asesores externos. Era mucha la gente que trabajaba para él. Oía a todos, y tenía a todos a pleno rendimiento. A pesar de eso, la victoria fue muy escasa, como todo el mundo recuerda.

Rajoy necesita hacer exactamente lo mismo, tal vez con mayor intensidad, porque el rechazo hacia Zapatero tal vez pudiere llegar a ser menos uniforme e intenso que el que se alzó frente a Felipe González y un PSOE realmente muy tocado que, además, había ganado las elecciones generales nada menos que cuatro veces seguidas.

¿Para qué tanto trabajo? La sociedad española está ya muy harta de que la política se confunda con la rutina, de que la ausencia de novedades y de programa se refugie tras la consabida mención a los principios, al modelo de sociedad y a otras insignes vaguedades que no son ya de recibo. La gente quiere saber para qué va a votar, y Rajoy haría muy mal si se confiase únicamente al empuje de sus incondicionales.

Los españoles tenemos un montón de problemas, un legado que no va a dejar de crecer en los días que Zapatero continúe derramando sus gracias, y los electores querrán conocer qué piensa hacer ante esas cosas un partido del que todavía sospecha más gente de lo razonable. Además, la competencia va a estar más complicada, porque no cabe esperar que UPyD vaya a dedicarse a desbaratar un capital tan meritoriamente logrado poniéndose a decir y a hacer memeces.

Puede que la economía siga ocupando una gran parte del interés político de los españoles, pero siempre hay algo más y el PP debería evitar presentarse únicamente como una especie de partido de gestión. Su gran debilidad ha estado siempre en la peculiar cultura política de una buena parte de los españoles que sigue creyendo en los Reyes Magos y en las buenas intenciones del demagogo. No le queda poco trabajo al PP y a Rajoy si no quiere hacer el ridículo en las próximas generales. Y para eso hace falta que se convierta en el líder que todavía no es, pero que puede llegar a ser, si acierta con el camino y no desfallece en la larga travesía que le queda, y en la que no le convienen, ni la soledad, ni los halagos.


[Publicado en El Confidencial]

martes, 23 de junio de 2009

La Iliada e internet

Permítaseme contar una anécdota personal para ilustrar un caso que me parece muy general. En esta mañana en la que escribo, he tenido la necesidad de comprobar un dato en la Iliada y, como es lógico, y puesto que no soy especialista en textos griegos, la red me ha brindado numerosas oportunidades de hacerlo. Luego, he sentido el deseo de leer de nuevo este texto realmente primordial y, aunque tengo una estupenda edición española de la Biblioteca clásica Gredos, con traducción de Eduardo Crespo Güemes, cuando he ido a echarle el ojo encima me he encontrado con que la tipografía es de un tamaño muy pequeña y, aunque, a Dios gracias, gozo todavía de una vista razonablemente buena, la lectura se me hacía penosa. Por otra parte, pensaba leer este texto homérico a ratos, por puro placer, y el volumen de Grados no es precisamente de un tamaño aconsejable para llevarlo encima. Me puse a buscar entonces ediciones digitales, para poder leerlas en mi e-reader de tinta de imprenta, lo que me permitiría, entre otras cosas, escoger el tamaño de letra, y aquí fue el acabose. No es que no las haya, las hay a docenas, pero no he encontrado ninguna, me refiero al español, que me ofrezca unas mínimas garantías. ¿Cómo es que nadie hace esto? ¿Cómo es que no hay ya en la red ediciones fiables, en buenas condiciones y a precios realmente atractivos?

Supongo que es consecuencia de la forma que adoptan los procesos de evolución hasta que llegan a un punto de equilibrio. Cuando yo era niño, en mi aldea asturiana no había coches, ni carreteras por las que pudieran ir. Luego, poco a poco, empezaron a llegar unos y otras. Ahora es posible, incluso, que haya exceso de ambos, pero ya se puede ir casi a cualquier parte.

En la red, las cosas con Homero, y con tantos más, llevan un cierto retraso, pero seguro que todo se andará.


[Publicado en adiosgutenberg.com]

lunes, 22 de junio de 2009

Acerca del heroísmo

El funeral de Eduardo Puelles, asesinado de manera especialmente cruel por ETA, nos ha dejado algunas imágenes de enorme fuerza. Las declaraciones de su viuda y de su hermano, la presencia serena de sus hijos adolescentes, la fortaleza y el orgullo de todos ellos, han conmovido extraordinariamente el corazón de muchos, nos han recordado sentimientos olvidados acerca del valor, del heroísmo y del sacrificio. Es fácil que estas manifestaciones hayan podido aflorar ahora con más naturalidad que en los momentos en que el Gobierno vasco tenía una actitud calculadamente fría respecto a las víctimas de ETA.

La cuestión de fondo, sin embargo, me parece que está en que es casi la primera vez en que se manifiesta con enorme claridad, con pasión y con rabia el derecho a ser, a un tiempo, buenos españoles y buenos ciudadanos vascos, la convicción de que no se está combatiendo ninguna supuesta singularidad del pueblo vasco sino la vileza política y profesional de quienes han hecho del crimen su única arma política. El nacionalismo se ha convertido en un modo de vida, en un sindicato de intereses, que costará mucho desmontar, y su versión radical, izquierdista y violenta, ha llegado a ser un buen negocio, una forma de vivir sin pegar golpe, lo que siempre han sido la mafias.

Nadie se había atrevido a decir esto con la contundencia con la que los han dicho los familiares de Eduardo Puelles y, por eso mismo, ellos, la mujer, el hermano, los hijos, se han convertido también en héroes.

A veces entran ganas de pensar si el resto de los españoles, los que nos llamamos a nosotros mismos demócratas, no sin cierta autocomplacencia, saben lo que deben a esta raza de personas anónimas y valientes que han dado su vida sin descanso en atentados aparentemente absurdos. Lo que ahora nos han dicho los familiares de Eduardo es una verdad tan sencilla como esta: no basta con repetir que los asesinos no van a conseguir sus últimos objetivos, es necesario también empeñarse en que no puedan conseguir ninguno, en que se acabe con ese chollo de la clandestinidad, con ese sindicato de facinerosos que les presta cobertura y coartada. Para eso también hace falta ser valientes, pero será la única forma de evitar que sigan muriendo héroes anónimos como Eduardo Puelles. Los políticos tienen la palabra, pero los demás debiéramos tomársela muy en serio.


[Publicado en Gaceta de los negocios]

viernes, 19 de junio de 2009

Wolfram Alpha

Recientemente, se ha hablado mucho de que un nuevo buscador llamado Wolfram Alpha pudiera ser una alternativa al omnipresente Google. El caso es que lo que nos pasa con Google es de psiquiatra, porque, por un lado, no tenemos más remedio que reconocer que hace maravillas, pero, por otro, nos asusta su poder, de manera que estamos a la que salta a ver si alguien consigue hacerle sombra a la empresa de Mountain View. Hay muchos buscadores que hacen cosas parecidas a Google, pero Wolfram Alpha es algo muy distinto que, además, todavía está en pañales por lo que respecta a las mejoras que se pudieren introducir mediante el uso. Yo hice una prueba con WA y le pregunte por España: la respuesta fue muy escueta y extrañamente incorrecta por lo que se refiere a los idiomas hablados en nuestro país donde, según WA, solo habla español un 72% de la gente (y si se le pregunta por spanish, insiste en el guarismo), y un porcentaje significativo de personas habla una lengua cuyo nombre inglés se podría traducir por extremeño. Aquí les adjunto lo que dice WA cuando se pregunta por Google, lo que supongo que será exacto, y suficiente a muchísimos efectos.

Me parece que la buena noticia consiste en que empiecen a aparecer buscadores distintos yespecializados, porque parece evidente que ya se ha alcanzado el límite de la utilidad de Google que, en cualquier caso, es inmensa. La red viene creciendo de una manera abigarrada y explosiva y Google es, muy probablemente, el mejor de los mapas generales, pero seguramente, y una vez superada la fiebre 2.0, habrá que esperar que aparezcan diversos buscadores muy especializados que incorporen criterios de selección más aquilatados que el número de visitas, aunque Google haya sofisticado enormemente el funcionamiento de su criterio básico. A buen seguro que los de Google serán los primeros en ofrecer esa clase de nuevos instrumentos, porque, de algún modo, lo están haciendo ya, por ejemplo con Google Scholar. Pero hay que esperar que otros grupos de investigadores y otros emprendedores sepan imaginar formas muy distintas de buscar, formas que puedan satisfacer demandas para las que están ciegos buscadores del tipo de Google. Es una imaginación, pero a nadie debería sorprenderle que acabase siendo exacta.

jueves, 18 de junio de 2009

Desconcierto

Un coaching me decía que los directivos están muy desconcertados; no le pregunté si lo estaban más o menos que el resto de los mortales, pero entiendo que el caso es muy general. Hay que ser muy fuerte, o muy memo, para no estar desconcertado en el mundo en que nos ha tocado vivir. Además, se trata de un desconcierto que no se cura fácilmente con un par de libros, digamos. Sin embargo, mi amigo me decía que para curarse la gente recurre a procedimientos asombrosos, por ejemplo participar en reuniones de ejecutivos que se dedican a dispararse con balas de pintura, apuntarse a cursos de alpinismo descendente y colgarse de una cuerda, o a cosas aún más disparatadas.

Vivimos en un mundo en el que han perdido vigencia real los valores culturales más sólidos: la religión, la familia y las tradiciones; a eso hay que añadir que se trata de un mundo expuesto a riesgos que pueden llevar fácilmente a la paranoia, como comprueba cualquiera que use un aeropuerto; los gobiernos hace tiempo que perdieron el mínimo decoro y autorizan el aborto a las mismas niñas a las que impiden comprar tabaco o alcohol; la educación, lógicamente, es un caos de apariencia irremediable; para acabar, hasta algunos jueces se convierten en delincuentes, ya que un cohecho de libro se castiga menos que aparcar en zona reservada.

Uno podría tender a refugiarse en las seguridades de la racionalidad económica, que es una cosa que muchísima gente estudia con gran seriedad, pero se encuentra con que, de repente, los valores de los futbolistas se multiplican por 600 en apenas cinco años, o con que la deuda de las instituciones financieras (¿con quién?) es de trillones de dólares, y que Obama pretende arreglarlo gastando más y más deprisa. No pretendo privar a nadie de ese posible consuelo, pero la verdad es que es mala época para confiar en las virtudes del capital.

La única cosa en la que parecen coincidir los políticos es en que este desconcierto es irremediable y que ya están ellos para gestionarlo. Aunque sigamos siendo una presumible mayoría los que tenemos creencias religiosas, respetamos las tradiciones razonables y queremos vivir de una manera civilizada y respetuosa, hemos tolerado que se impongan públicamente las verdades contrarias. Hace años me dijo un famoso pensador, y me quedé muy perplejo, que la verdad era que no había ninguna verdad y que, por tanto (¿?) él iba a hacer una cabronada como un castillo sin ninguna clase de escrúpulos. Son personajes como éste los que se han hecho con el escenario, mientras, tacita a tacita, se van haciendo un patrimonio, no siempre tan grande como el de Almodóvar, pero un patrimonio. Es hora de leer menos los periódicos y de decir paladinamente lo que pensamos. Es más barato que muchos de esos cursos raros.

[Publicado en Gaceta de los negocios]

miércoles, 17 de junio de 2009

A propósito de Gürtel

Desde que a Garzón se le escaparon, de manera inexplicable, algunos detalles, más o menos picantes, en relación con los trapicheos de ciertos personajes vinculados con el PP, y de eso hace ya unos cuantos meses, esta trama de corrupción política no cesa de reclamar un lugar al sol. Sin embargo, los efectos de este asunto no parecen haber estado, ni seguramente lo estarán, a la altura de las ilusiones de quienes han hecho todo lo posible por inflarlo, aunque lleguen a ser numerosos los daños colaterales. Sea de ello lo que fuere, me parece que el caso, en su conjunto, merece una reflexión porque señala una serie de lacras realmente graves que, más allá de la peripecia singular, deberían darnos que pensar.

Para empezar, parece evidente que el PP no posee los medios adecuados para garantizar un alto nivel de honorabilidad en el conjunto de sus cargos públicos. Es cierto que el número de los afectados es muy pequeño en relación con el número total de militantes e, incluso, en relación con el conjunto de los cargos electos, pero, aun así, es bastante llamativo que no se haya cortado antes con algunas personas que no parecen aportar otra cosa al partido que conductas alarmantemente sospechosas. Esto ilustra bastante acerca de la endeble naturaleza de los partidos, una organización que tiende a confundirse con la trama de intereses particulares de sus dirigentes, y de sus respectivas familias. Cuando los partidos defienden a los suyos, no es que estén comprometidos con la defensa del principio de presunción de inocencia, cosa de la que ni se acuerdan cuando señalan a los adversarios, sino que están defendiendo la trama corporativa que les hace fuertes frente a los demás, frente a quienes pudieran aspirar a relevarlos, en primer lugar.

Este corporativismo hace miopes y antipáticos a los partidos, porque el público deja de percibirlos como instrumentos de renovación social, y los considera como meras bandas de mutuo provecho. Cuando una organización pierde de vista su función social, y los principios de los que deriva su legitimidad, para convertirse en un sindicato, no solo se corrompe, sino que se está condenando al desastre. Es lógico que la dirección del PP quiera defender a quienes considere inocentes e injustamente atacados, pero sería muy deseable que pudiera estar en condiciones de asegurar que lo que defiende merece la pena.

Sobre la deseable independencia de la justicia sería ocioso decir nada; en este, y en otros muchos casos, la periodización de las noticias, obtenidas por periodistas aguerridos y con métodos de investigación que dejarían como chapuceros a los chicos del Watergate, ha sido escandalosamente sincrónica con los intereses electorales. El PSOE cree necesitar de esta clase de procesos, porque pretende lavar su mala conciencia con el poco imaginativo procedimiento de diseminar la corrupción. Ha sido tal la confianza depositada en este asunto por parte de los socialistas, que no cayeron en la cuenta de un descuido cinegético, sin el cual pudiera ser que el juicio público acerca del caso hubiese sido mucho más severo. Pero se pilló a los intrigantes con las manos en la masa, y se vino abajo el tenderete. Ahora todo está en manos del Supremo, y habrá que confiar en que empiecen a manifestarse algunos síntomas de objetividad, clamorosamente ausentes hasta hace bien poco.

Tal vez el asunto de mayor trascendencia sea el que resulta menos aparente. El caso es que los dos grandes partidos parecen prisioneros del síndrome de la personalización de la política, y corren el riesgo de reducir sus actuaciones al acoso del contrario. La cosa puede marchar más o menos del siguiente modo: si tú me sacas lo de Chaves, el fiscal puede darse cuenta de que había sido poco riguroso al enjuiciar la conducta de Luis Bárcenas, y así sucesivamente. Cada día traerá su afán, y, en medio de la reyerta, perdimos a don Beltrame. Enfurecidos con el ataque y la defensa, los partidos se encastillan cada día más, y olvidan de que nos gustaría que hablasen un poco más de nosotros y un poco menos de sus cuitas, gastadas, aburridas, increíbles. No toda la política puede reducirse a demostrar que el contrario sea corrupto, ni siquiera aunque cuando lo fuese. Los partidos pueden llegar a pensar que los españoles estamos encantados de que monopolicen la democracia y que, por consiguiente, les concedemos un amplio margen de confianza para que se enfrenten en contiendas de diverso pelaje, aunque la economía se hunda, la justicia apeste, o la educación sea de traca. Por lo visto, hay quienes piensan que es más interesante averiguar si el señor Bárcenas pagó correctamente sus impuestos, que discutir inteligentemente sobre cómo arreglar cualquiera de los casi infinitos asuntos en que las cosas han empezado a ir rematadamente mal. Está claro que algunos estrategas nos toman por tontos irremediables, y que, como dice el Martín Fierro de los teros, en una parte pegan los gritos y en otra ponen los huevos.


[Publicado en El Confidencial]

Suficiente y demasiado


El poeta William Blake dijo alguna vez que nunca se sabe lo que es suficiente sin que se sepa previamente qué es demasiado. El criterio viene a ser una versión moral y poética de una verdad empírica bien establecida, a saber, que sólo la experiencia y el paso del tiempo nos pueden iluminar acerca de muchas decisiones que no pueden reducirse a un cálculo exacto, como la mayoría de las medidas que se toman en economía.

Se discute mucho sobre los contratos de Florentino Pérez para el Real Madrid, y está claro que se trata de una de esas cuestiones en las que la línea de demarcación entre lo admisible y lo escandaloso es borrosa. La cosa se puede aclarar un poco si se hacen algunos números; tal vez lo escandaloso no sea que un jugador cueste noventa millones de euros, sino que muchísimos jugadores enteramente normales, por no decir abiertamente mediocres, cuesten también unos cuantos millones. Dicho de otro modo, lo que nos produce escándalo es nuestra propia imagen un tanto distorsionada por el dinero del fútbol, que estemos dispuestos a gastarnos con cualquiera que se ponga una camiseta bastante más de lo que invertimos para que una universidad cualquiera pueda investigar, por ejemplo. Los ejemplos podrían multiplicarse al infinito y siempre obtendríamos la misma imagen monstruosa de nuestros sacrificios en el altar de la diversión y del espectáculo.

Hay otro aspecto de este asunto que merece también una cierta atención. El fútbol, como cualquier otro deporte, está alcanzando unos niveles de profesionalización y de tecnificación que tal vez sean incompatibles con esa clase de dispendios; es posible que el dinero no baste para lograr la excelencia de juego que reclaman los aficionados, y que ahora admiran en un club como el Barça. Por eso hay en la estrategia de Florentino algo que recuerda a la despedida del Titanic, un barco que puede naufragar sin llegar al puerto de la final de la Champions 2010, nada menos que en el Bernabeu. Ahí se verá si tirar de crédito sin límite ha sido una conducta razonable o absurda.

sábado, 13 de junio de 2009

Brotes verdes

La importación de ese hallazgo de los green shoots a la terminología del debate, por llamarlo de algún modo, sobre la manera de salir de la crisis me ha traído a la memoria dos recuerdos distintos. Uno se refiere a la vieja polémica acerca del supuesto carácter científico de la economía, en la que siempre he tendido a inclinarme del lado de los suspicaces, seguramente por ignorancia. Mis escasas luces sobre la ciencia económica me inducen a aplicarle aquella frase de San Pablo (IIª Epístola a Timoteo, 6-11), aunque haya sido escrita muy a otro propósito: “Semper discentes et numquam ad scientiam veritatis pervenientes”. La verdad es que, aún fuera de contexto, la cita de San Pablo puede leerse de manera más positiva, como una manera de alabar la perfectibilidad y la humildad de los distintos saberes, pero su sentido crítico es bastante evidente. Los economistas están muy seguros de lo que dicen, pero no son más capaces que los demás de adivinar el futuro. Menos mal, aunque su saber no nos cure de mucho. Como le oí decir una vez a Pedro Schwartz, si los economistas supieran a ciencia cierta cómo fueren a ir las cosas, serían todos millonarios. Me parece que no es el caso.

A falta de ciencia económica, parece que todo queda reducido a una especie de magia, a diversas formas de tautología: “la crisis pasará cuando vuelva la confianza”, “hay que bajar costes para recuperar mercado”, y miles de cosas así. En un escenario como este, lo de los brotes verdes resulta hasta poético.

La segunda cosa que me trae a la memoria lo de los brotes es una observación de Stanislaw Ulam, según la cual, lo único que mejora con la edad provecta es cierta capacidad de perfidia. No sé si esto puede aplicarse también a las instituciones, pero me malicio que sí, y la política es casi tan vieja como la vida. Los políticos tienen una gran capacidad para engañarnos, para decir lo que nos gustaría oír, esa es un parte muy importante de su oficio.

Los brotes verdes funcionan muy bien en ese aspecto. Hay algo natural en los brotes, más allá de todos los desvelos del agricultor, y algo fatídico en la perdición de las cosechas. Los brotes verdes nos invitan, al tiempo, a la esperanza y a la pasividad, recomiendan una conformidad con el destino que está más allá de toda crítica. Buena es la calma y la paciencia, pero no estaría de más pensar que los gobiernos tal vez pudieran hacer algo distinto por nuestro bienestar, sin limitarse a esperar la llegada de la primavera.

jueves, 11 de junio de 2009

¿Y ahora qué?

Cuando se echa un vistazo a la historia política española, no es difícil asombrarse de que figuras, nominalmente señeras, cometiesen los errores que ahora nos parece que cometieron. Si aplicamos este descubrimiento al presente, caeremos con facilidad en la cuenta de que nuestra situación no es muy distinta, de que, tras una explosión de democracia, de participación y de innovación política en los inicios de la democracia, el sistema parece haber caído en una de esas trampas para osos que debieran ser fáciles de evitar. Es corriente suponer que tal trampa consiste en un insuperable bipartidismo y en la consiguiente partitocracia. Es verosímil, pero no es exacto. El problema no está en que los partidos tiendan a encasillarse, y a recurrir al tipo de enfrentamiento simbólico que les cree menores dificultades; el problema está en que los electores lo consientan, en que la prensa lo amplifique, en que las instituciones se adapten suavemente a esa diarquía maniquea. Los índices de abstención suelen considerarse como un detalle técnico, pero es evidente que ocultan una profunda desafección de un sector amplísimo de ciudadanos. Son personas a las que se puede recuperar si se les hace propuestas menos rituales y más atractivas.

El PP se enfrenta ahora, pasados los fervores del triunfo, a una travesía realmente larga. No es difícil afirmar que, antes de llegar a buen puerto, puede equivocarse, o acertar, en función del perfil de oposición que adopte. La verdad es que, conociendo a algunos de sus estrategas, se siente el temor de que pueda perder una nueva oportunidad por un exceso de parsimonia, por ceder a la tentación de esperar a que las uvas maduren por sí mismas. Para no incurrir en un error tan torpe, bastaría con que cayesen en la cuenta de que, al margen de la habilidad de su rival, auxiliado por su poderoso aparato mediático, para hacer que el PP sea el culpable de todos los males, la aparición de UPyD le va a poner, quiera o no, el listón notablemente más alto. Algunos líderes del PP siguen sin entender las razones por las que UPyD ha madurado en tan breve plazo, y así les va.

La política es mucho más que los argumentarios, por llamarlos de algún modo, de campaña. Hay un buen rimero de cuestiones que esperan pronunciamiento político (la justicia, la educación, la universidad, la política fiscal, el modelo económico, las relaciones exteriores, la política territorial, y un largo etc.) que demandan definición más precisa, y cuya discusión pública y de la mano de expertos puede hacer que el electorado se mude de sus cómodos istiales. El PP sabe que cuenta con una sólida base, pero no ganará las elecciones sin ampliar su capital político y no lo logrará sin moverse, sin arriesgarse, sin hacer política de verdad, más allá del chascarrillo del día a día del que los electores se muestran, con razón, bastante hartos.

miércoles, 10 de junio de 2009

Un panorama interesante

Tras los resultados de las elecciones europeas, el paisaje político se ha hecho más abierto, de manera que, ahora mismo, cualquier hipótesis tiene su valor. Si esto condujese a una mejora de la calidad de la política, sería una gran noticia, aunque también pudiera suceder que los grandes partidos persistan en su terca querella, vista, como se ha visto, una vez más, la fidelidad de sus respectivos electores, aunque con matices.

Estos días han menudeado los pronósticos basados en la hipótesis cíclica y en un entusiasmo, en parte fingido, de los partidarios del PP o, mejor aún, del PP de Valencia, como lo calificó Rajoy. No es sensato pedir a los protagonistas que sean suavemente escépticos, pero es ridículo tomarse estos pronósticos en serio. Al PP le queda, mucho trecho por delante, y al PSOE no le queda menos.

El PP, por lo pronto, debería pensar en que lo que le queda no es precisamente más fácil que lo que ha hecho hasta ahora. Es el PSOE quien ha logrado su desgaste, y el PP se ha limitado a no hacer todos los disparates que se le hubieran podido ocurrir. Ahora no va a bastar con eso, porque no es sensato suponer que un político tan imaginativo y poco escrupuloso como ZP vaya a asistir impávido a la demolición de su fortín. Es evidente que la ingeniería defensiva y los ataques selectivos sobre su enemigo, que han menudeado, no le han dado ni un pequeño porcentaje de los frutos que esperaba. Que una operación largamente meditada como la de Gürtel haya resultado un fiasco se debe, me parece, a la espectacular cacería de Jaén (esa que el ministro creía que había sido en Ciudad Real), de manera que ZP tendrá que vigilar más de cerca las veleidades de los suyos para que no se le escape el botín por boquetes tan enormes. Es posible que esta precaución se le convierta al presidente en una tarea realmente agotadora, porque suele suceder que, cuando se perciben amenazas a medio plazo, se incrementen las tentaciones sobrecogedoras. No es que este vaya a ser el único problema del PSOE, pero el descuido ha impedido la eficacia de sus ataques, y podría hacerlo en el futuro.

Suele decirse que las elecciones no se ganan, sino que se pierden, lo aunque también puede perderlas la oposición. El PP de Valencia deberá empeñarse en no perder, si es que no se atreve a intentar directamente el asalto a la fortaleza. En cualquier caso, el PP solo puede intentarlo si actúa entero, no dividido. Quienes crean que Rajoy no posee las cualidades que necesita un ganador, y no son ni pocos ni insignificantes, deberán poner a buen recaudo sus reticencias, porque nada será peor que perder por falta de unidad interna. Pero el responsable máximo de garantizar esa unidad, y el que más se juega con ella, es el presidente del partido. Rajoy deberá acentuar sus perfiles más abiertos y no practicar ninguna afinidad selectiva que pueda resultar dolorosa a sectores significativos e importantes de su partido. No es malo que el PP gane en pluralidad y en diversidad, y sería realmente absurdo no saber manejar esa riqueza. El valor más fuerte del PP es su electorado, que no distingue ni Valencias, ni Sevillas. El siguiente valor es la buena impresión de austeridad y buen sentido que suelen dejar sus gobiernos, y en eso también hay de todo. Solo los muy necios confunden la política con la trifulca interna.

El PP no debería confundirse de enemigo, tampoco hacia fuera, y el nuevo partido de Rosa Díez, cuyo éxito es absurdo minimizar, no debería ser visto como un obstáculo por el PP, en ningún caso. Será un obstáculo, sin embargo, si el PP se pierde indebidamente en particularismos o en vaguedades e incoherencias. UPyD ha realizado una etapa fundacional realmente brillante que ahora deberá confirmar con una serie de aciertos sucesivos. Solo se le recuerda un borrón en su actuación en el País Vasco, afortunadamente rectificada a tiempo, y, si se evita la sensación de apuntarse a un bombardeo que puede dar una líder tan activa como Rosa Díez, puede granar un partido muy importante para el bien de todos. Las últimas elecciones muestran claramente que UPyD es un factor muy positivo porque obliga al PP y al PSOE a pensar que hay vida más allá de sus cansinas invectivas.

El PP debería dejar de vivir a costa del Falcon o de las memeces de Bibiana y ponerse en serio a articular una propuesta de fondo para la sociedad española, algo que vaya más allá de un programa de ocasión encomendado al redactor de turno. Si el PP acierta a desplegar la energía y el pluralismo que supo desarrollar entre 1993 y 1996, la Moncloa estará en sus manos, pero no deberá olvidar que, incluso entonces, estuvo a punto de quedarse con la miel en los labios. Pese a lo que pasa en Europa, la izquierda española es todavía muy poderosa, se cree posesora de una moral superior y son legión los que siguen esa estela con devoción religiosa. Este es el panorama al que tendría que atenerse un líder con ganas, y es también el mapa en el que no debieran perderse quienes tengan ganas pero no lleven el timón.


[Publicado en El Confidencial]

martes, 9 de junio de 2009

Aviso de navegantes

Los blogs o bitácoras, bello nombre que se ha perdido para esta ocasión en aras de lo global y de lo breve, son, en su mayoría, mensajes de náufragos en una botella que, con suerte, acaban en las manos de algún desconocido que no sabe muy bien qué hacer con ellos, y, en muchas ocasiones, apenas los comprende. Sin embargo, como el mar está lleno de estas botellas, al final resulta que es posible sacar sustanciosas informaciones de este confuso y abigarrado cigarral.

La Blogosfera hispana se encuentra en plena ebullición, de manera que se está cambiando, en parte, el sesgo pasivo que mostraba hace unos meses el panorama español de internet: mucho lector, pocos escritores. Abundan los que creen que tienen algo que decir, que pueden salir del anonimato para romper el cerco implacable que ejercen los grandes medios, y eso siempre es bueno.

Uno de los aspectos que más se han discutido en relación con el significado de los blogs es el del papel que jugarán en el futuro, en el panorama de la prensa digital que se cierne como un tsunami inevitable sobre los medios clásicos. Sea de ello lo que fuere, el hecho es que muchos de los blogs de mayor impacto son la mera transformación de las clásicas columnas de opinión de los medios. Un periódico sería algo así como un barco repleto de autores y haciendo un crucero por los distintos mares temáticos.

Hay, sin embargo, otras dos clases de blogs que aportan mayor novedad: en primer lugar, los blogs de autor, y, los más importantes, los blogs dedicados a una temática. Los primeros tienen grandes dificultades para triunfar fuera del amparo de los grandes paquebotes, pero están ahí para quedarse y anuncian un panorama muy distinto al actual de los medios. Los segundos son los más poderosos, pero, por su propia intención, formarían parte de lo que pudiéramos llamar prensa especializada.

Internet es, hoy por hoy, el reino del no se sabe. No puede ser de otra manera porque es un edificio que se construye sin planos, sin licencias y sin limitaciones de espacios.

jueves, 4 de junio de 2009

¿Es inteligente una defensa tan cerrada del señor Camps?

Una de las escasas sorpresas de estos últimos días de campaña ha sido la cerrada defensa que los máximos dirigentes del PP han hecho de la honorabilidad del presidente valenciano, supuestamente en entredicho a causa de una acusación de haber recibido  regalos inusuales a cambio de favores políticos en Valencia. Doy por supuesto que las acusaciones no tendrán fundamento y que, consecuentemente, el señor Camps verá reconocida su inocencia en el proceso en el que se ha visto inmerso.  Creo que la presunción de inocencia, y la artificiosidad y mala intención de todo el proceso educador, dan muestras suficientes de que la cosa no pasará a mayores desde el punto de vista penal. Ahora bien, ¿justifica esto que el señor Rajoy haya manifestado su solidaridad incondicional y eterna al afectado, o que el señor Mayor haya afirmado que se trata del español más honorable? Me parece que es evidente que no, y que las razones para ello son muy poderosas.

En primer lugar, los dirigentes del PP pueden estar dando la impresión de que presionan a la justicia, siempre tan atenta a las delicadas especies de la política, lo que dice muy poco a favor de los ideales que dicen defender al respecto.

En segundo lugar, sus defensas prolongan en la opinión pública, aún sin quererlo, un juicio inicuo y en el que la sentencia depende muy poco de los esfuerzos verbales  de los líderes del PP.

En tercer lugar, esa clase de defensa no hace sino jugar al ritmo que ha querido hacerlo el rival, lo que no es muy recomendable, ni siquiera en política.

Además, al defender de manera tan apasionada y exagerada a uno de sus miembros, el PP puede corroborar la impresión de que lo único que importa realmente a los partidos son los intereses inmediatos de sus dirigentes, impresión que se confirma fuertemente cuando se comprueba la intensidad de los lazos familiares que guardan entre sí muchos cargos, lo que está contra cualquier probabilidad e imparcialidad.

Por último, ese tipo de defensa solo sirve para excitar el celo y el entusiasmo de los muy ebrios, y deja completamente indiferente, en el mejor de los casos,  al público al que se debería conquistar. Cualquiera puede comprender que el incidente procesal que afecta al señor Camps, es un tema minúsculo en relación con los miles de asuntos que se deberían ventilar en una campaña respetable. Al darle una importancia desmedida, se acentúa la impresión de que los partidos se han convertido en unos auténticos reinos de taifas en los que los señores locales imponen su agenda de manera terminante a los líderes nacionales: otro motivo más para haber olvidado ese tema en un momento tan característico. Pese a numerosos aciertos de este tipo, el PP, seguramente, ganará. Quede para la imaginación qué podría ser de otra manera. 


[Publicado en Gaceta de los negocios]

Evidencias y confusiones

El mundo de la cultura impresa está atemorizado y confuso, y no le faltan razones para estarlo. Es muy frecuente que sus protagonistas se acojan al piadoso mantra de que algo va a cambiar, pero será lento. Creo que lo contrario es más cierto: aunque no esté claro qué y cómo va a cambiar, los cambios serán imparables y están ya en marcha.

Vayamos por partes. Se confunde frecuentemente la cuestión del acceso y la de la legibilidad. Lo probable es que, a medio plazo, el acceso sea universal y de costo muy bajo. Los que pretenden un monopolio, un acceso propio como Kindle, obtendrán alguna ventaja, pero, a la larga, el monopolio es impensable, salvo catástrofe política y tecnológica. Los textos que ya no generan derechos de autor, que son casi infinitos, se seguirán editando en el mundo digital y serán ofrecidos por nuevas editoras que, en parte, serán herencia directa de las editoras de papel impreso, en parte no. Los precios serán muy bajos y la competencia muy dura, lo que traerá la mejora y la renovación en las ediciones de autores clásicos, cosa que hoy casi no existe, o es muy lenta. Con una oferta de calidad y bajo precio, desaparecerá el problema de la copia porque, además, copiar será más engorroso que no hacerlo. Ante este panorama, lo que será difícil es distinguir una biblioteca digital de una editora, porque las últimas no podrán hacer negocio, ni, por tanto, trabajar, si sus obras (por ejemplo, una buena edición de Unamuno) pudiesen ser ofrecidas de manera gratuita por diversas bibliotecas que las comprasen al mismo precio que un lector común. Este probablemente vaya  a ser uno de los más importantes problemas que tengamos que resolver.

El acceso digital de las nuevas obras y de los libros con derechos de autor en vigor deberá resolverse también con una bajada de precios decisiva para que se pueda evitar la tentación del copiado. Se trata, en todo caso, de un problema importante respecto al que también hay que pensar cómo va a ser la relación entre editoras, bibliotecas y usuarios.

Un par de ideas sobre la legibilidad. Para la lectura por placer, los dispositivos de tinta electrónica son imbatibles, ya hoy, pero lo serán más a medida que se resuelva una dificultad de tipo menor que es el de la adaptación de los distintos formatos al tamaño de cada pantalla y la fácil elección de un tipo de letra que sea ideal para el lector. No parece un problema grave y, una vez resuelto, los apologistas del papel van a  tener que estrujarse mucho las meninges para encontrar argumentos atendibles. Supongo que algunos sugerirán la simple prohibición de los e-readers.

La experiencia de leer las Historias de Herodoto, Guerra y paz o Los hermanos Karamazov en un e-reader es fantástica, y hablo por experiencia, contra lo que dicen muchos bibliófilos ignaros. Nadie, o casi nadie, porque hay gente para todo,  que haya pasado por eso volverá a desear jamás manejar un volumen de 700 páginas, ¡qué se le va a hacer!

[Publicado en otro blog]

miércoles, 3 de junio de 2009

¿Hay alguien ahí?

La democracia produce siempre la impresión de que todo está ya decidido. Son muchos los que actúan en elecciones dándolo por hecho: la inmensidad de los que se abstienen que, si pudiesen ser homologados positivamente,  constituirían casi siempre el partido más votado.

El ciudadano se siente impotente ante el espectáculo. ¿Qué puedo hacer yo, piensa, frente a los miles de funcionarios y de políticos profesionales y contra los fortísimos intereses que mueven ese tinglado lejano y difícil de comprender que ahora llamamos Europa, por ejemplo?

Se trata, sin duda, de una sensación apropiada al caso. De hecho, cuando alguien se aleja de la vida política experimenta una sensación muy similar, y cae en la cuenta de que las cosas que le movían, le aburren, y que quienes le parecían amigos y dignos de admiración, han pasado a ser personajes completamente ajenos a su existencia.  

Y, sin embargo, por detrás de toda esa turbamulta de las campañas, se mueve algo que, en ningún caso, debiera dejar de interesarnos. Es el curso de un río voluminoso que no sabemos a dónde va, es el futuro que pasa ante nosotros y nos pregunta: ¿y tú, qué harías? Y nuestra respuesta, la que sea, la de votar o la de abstenerse, la de votar a favor o votar en contra, la de elegir, sí que tiene consecuencias. A veces no sabemos medirlas, pero las tiene.

Lo que podemos reprochar a nuestra clase política es que confunda tanto sus asuntos con los nuestros, su acceso al poder con nuestro bienestar, sus pequeñas batallas con eso que los pensadores clásicos llamaron el bien común, un ideal que tantos se empeñan en negar, para que tomemos por tal, únicamente, lo que a ellos interesa.

La confusión deliberada entre los actores y el libreto es exasperante. La sociedad del espectáculo ha llevado esa identificación al paroxismo, y a la mera necedad. Que un grupo de creadores culturales (los de la ceja) se haya prestado a hacer mimos para apoyar a ZP, da muestra de un grado de disolución verdaderamente patético. Que algún rival haya hecho el chiste de “menos ceja y más Oreja”, no es menos lamentable: recuerda esa historia, mil veces repetida, de nuestros peliculeros que, a la hora de vender un bodrio, se dirigen a los atónitos espectadores y les cuentan aquello de “¡qué bien lo hemos pasado en el rodaje!”, como si esa diversión suya nos diera algún motivo para reír, o nos hiciera más capaces de soportar el tostón que pretenden endosarnos.

Muchos sienten impotencia y rabia al comprobar cómo los grandes partidos parecen ajenos a sus preocupaciones, o se dedican a simular que no lo son. Algunos se lanzan a la aventura de crear un nuevo partido, o acarician la idea de hacerlo con la esperanza ingenua de evitar esa clase de lacras en sus formaciones. Me encantaría que lo consiguieran, pero temo que equivocan el diagnóstico. La batalla pendiente para quienes sienten que la política democrática debería ser de otra manera, habrá que darla en la sociedad civil y en el interior de los partidos. Allí es difícil, pero es posible. Fuera parecerá fácil, pero seguramente será una ilusión.

En el seno de los partidos está el terreno de conquista, el espacio en el que se podrán modificar algunas de las cosas que no nos gustan. Es cierto que se trata de un terreno parecido al del salvaje oeste, con sus jueces de la horca y todo, pero es allí donde hay que pelear por una política más cercana a los ciudadanos, menos gratuitamente maniquea, más seria en el análisis de las cosas, menos abandonada a los trucos del comunicador de turno, o del gurú sempiterno, que de todo hay en la viña del señor.

La gente que se irrita con la burocratización de los partidos, con su patrimonialización de la democracia,  con su solipsismo y su arrogancia, suele pedir que se cambien las instituciones, que haya listas abiertas, distritos personales, toda clase de buenas ideas. A parte de que se trata de ideas discutibles y que, en cualquier caso, no obtendrían resultados mágicos, nunca podrán salir adelante si en la sociedad y en los partidos no hay vitalidad, participación, análisis, democracia. Y eso no depende sino de los ciudadanos, de los que quieran conseguirlo. Otra cosa es que sea gratis, que no lo es, pero es la batalla que merece la pena dar cuando, como sucede entre nosotros, las reglas del juego están suficientemente claras y son mínimamente razonables.

La democracia es mucho más aburrida y costosa de lo que sería en el país de las maravillas, pero cuando admiramos los frutos que otros obtienen, que haya podido surgir un líder como Obama, por ejemplo, no pensemos en sus instituciones, sino en el temple de su gente, en la disposición a poner tiempo, energía y dinero para que sus ideas salgan adelante, y en su lucha desde abajo, que es constante, y no solo en campaña. Aquí la mayoría de los partidos solo son interesantes si se está arriba, por eso hay que renovarlos y eso solo es posible sin empeñarse en empezar la casa por el tejado.   

[Publicado en El Confidencial]

martes, 2 de junio de 2009

Un avión que se cae

Acostumbrados a la perfección de la tecnología de que nos servimos para volar, cuando se produce algún fallo, la primera sensación que nos embarga es una mezcla de incredulidad, miedo y sorpresa. Sin embargo, deberíamos estar acostumbrados a que esas cosas pasen, porque, aunque poco, pasan.

La siguiente emoción que sentimos es una viva curiosidad por el destino de los afectados, por la forma en la que se han interrumpido sus vidas, fuera de toda lógica. Los periódicos pronto empiezan a contarnos esas historias rotas, y hay que ser muy duro como para que no se nos encoja el corazón. El análisis frío nos dice que es el azar el que gobierna de manera insensata nuestras vidas. Pero el corazón nos sugiere que hay algo más, que la piedad que sentimos por los que han desaparecido de manera tan brusca y misteriosa, en la noche y sobre el océano, puede tener alguna clase de explicación, alguna suerte de lógica oculta. Es el respeto que sentimos por la vida y por su misterio el que nos hace temer a la muerte súbita y anónima, al extravío en un espacio literalmente inhumano en el que hemos penetrado con audacia y paciencia pero en el que, de vez en cuando, nos perdemos.

Sólo la religión puede consolarnos de esa clase de pérdidas sin ningún sentido aparente, de esa cosecha de muertes azarosas y crueles. Mientras estamos con el duelo no escuchamos fácilmente las voces que todo lo explican porque sabemos que algo se les escapa.

La muerte juega un papel en la vida que aceptamos con resignación, y hasta con alivio, cuando culmina una vida vivida con plenitud y con empeño; pero la muerte azarosa que rompe con todos los planes es mucho más difícil de soportar, es una prueba más dura para nuestras entendederas. Volar es algo que violenta de manera radical nuestra naturaleza de bípedos implumes; morir de forma tan abrupta desafía nuestra capacidad para comprender el sentido de la vida. Sin embargo, el dolor y el recuerdo de los que mueren de forma tan súbita, es un atisbo de lo que ofrece la difícil virtud de la esperanza. 

[Publicado en Gaceta de los negocios]

lunes, 1 de junio de 2009

A propósito de Florentino

Aunque no esté claro si el Real Madrid es mes que un club, como sin duda pasa con el Barça, la segunda venida de Florentino Pérez a su presidencia es noticia que merece algún comentario, más allá del ámbito del fútbol. Es evidente que todo lo que tiene que ver con el Real Madrid ocupa un lugar importante en la vida de muchas personas, y que la sensación de derrota y de impotencia frente a la pujanza de su gran rival, ha servido para facilitar enormemente la segunda época del ex-presidente. Sus partidarios se fijan en el desorden institucional, que ha sido evidente, pero lo que espera la gran mayoría de los aficionados es que el Madrid  recupere altura en Europa, donde lleva cuatro años sin pasar de octavos de final.

La crisis institucional del Real Madrid no es ajena, de ninguna manera, al propio Florentino, que, pese a un comienzo fulgurante, abandonó el club tras tres años sin conseguir ni una sola victoria. Los que han venido luego estaban, sin excepción, en su directiva, y se han quejado, repetidamente, de que la sombra de Florentino les ha impedido  dirigir el club con la debida calma. Tal vez lo más atinado que se pueda decir sobre esto es que sólo Dios lo sabe, pero no está mal recordar, al comienzo de la segunda andadura de Florentino, que su responsabilidad, al menos indirecta, en el desastre institucional es algo más que una sospecha mal intencionada.

Todos los madridistas deseamos que el éxito acompañe a Florentino, porque amamos al Real Madrid, pero hay que recordar que, también en fútbol, conviene ser más amigos de la verdad que de Platón.   

Hay dos cosas en la vuelta de Florentino que son muy preocupantes. La primera es el asombro, y la pena, que causa el ver que en la sociedad madrileña no parece haber la energía necesaria como para que surjan candidaturas alternativas a la florentiniana. Lo que ha habido ha bordeado el ridículo, cuando no el bochorno. Si se compara nuestra situación con la del Barça en este punto, la cosa es para echarse a llorar. Los socios del Real Madrid parecen abandonados a esa especie de providencialismo provinciano que no ve otra salida que la milagrera: más dinero y más poder, a costa de lo que sea. Es lamentable esta situación que, en parte, se debe a la abusiva exigencia de inalcanzables avales financieros, para la mayoría de los mortales. En esta época, un Bernabeu no podría presentarse y eso no es bueno. El Madrid pasa a ser cosa de super-ricos, y eso tampoco es bueno, aunque peor es que se siga diciendo eso tan demagógico de que el Madrid es de sus socios.

La segunda preocupación es la siguiente: ¿qué pasará si Florentino vuelve a fracasar como lo hizo la primera vez? ¿qué pasará   si el Barça gana su segunda copa de Europa en el Bernabeu y el Madrid no llega, como estos últimos años, ni a cuartos?

Florentino es una solución de alto riesgo, aunque sea evidente que, hoy por hoy, ha sido la única. Los que amamos al fútbol, la democracia y al Real Madrid deberíamos ir pensando en lo que vendrá luego. Nuestro club ha llegado a ser lo que es gracias a una afortunadísima cadena de aciertos. Hay que desear que Florentino no incremente la cadena de desaciertos en la que llevamos años. Pero pudiera pasar, y entonces estaríamos todavía  peor que ahora.