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martes, 2 de junio de 2009

Un avión que se cae

Acostumbrados a la perfección de la tecnología de que nos servimos para volar, cuando se produce algún fallo, la primera sensación que nos embarga es una mezcla de incredulidad, miedo y sorpresa. Sin embargo, deberíamos estar acostumbrados a que esas cosas pasen, porque, aunque poco, pasan.

La siguiente emoción que sentimos es una viva curiosidad por el destino de los afectados, por la forma en la que se han interrumpido sus vidas, fuera de toda lógica. Los periódicos pronto empiezan a contarnos esas historias rotas, y hay que ser muy duro como para que no se nos encoja el corazón. El análisis frío nos dice que es el azar el que gobierna de manera insensata nuestras vidas. Pero el corazón nos sugiere que hay algo más, que la piedad que sentimos por los que han desaparecido de manera tan brusca y misteriosa, en la noche y sobre el océano, puede tener alguna clase de explicación, alguna suerte de lógica oculta. Es el respeto que sentimos por la vida y por su misterio el que nos hace temer a la muerte súbita y anónima, al extravío en un espacio literalmente inhumano en el que hemos penetrado con audacia y paciencia pero en el que, de vez en cuando, nos perdemos.

Sólo la religión puede consolarnos de esa clase de pérdidas sin ningún sentido aparente, de esa cosecha de muertes azarosas y crueles. Mientras estamos con el duelo no escuchamos fácilmente las voces que todo lo explican porque sabemos que algo se les escapa.

La muerte juega un papel en la vida que aceptamos con resignación, y hasta con alivio, cuando culmina una vida vivida con plenitud y con empeño; pero la muerte azarosa que rompe con todos los planes es mucho más difícil de soportar, es una prueba más dura para nuestras entendederas. Volar es algo que violenta de manera radical nuestra naturaleza de bípedos implumes; morir de forma tan abrupta desafía nuestra capacidad para comprender el sentido de la vida. Sin embargo, el dolor y el recuerdo de los que mueren de forma tan súbita, es un atisbo de lo que ofrece la difícil virtud de la esperanza. 

[Publicado en Gaceta de los negocios]

3 comentarios:

Teresa dijo...

Desde mi punto de vista, lo único ilógico es creer que la muerte es una imperfección. La muerte forma parte del ciclo de la vida, y lo sabemos desde el mismo momento de nacer. Ni siquiera el ciclo de la vida se acaba con la muerte, puesto que nuestros restos son abono para la tierra y alimento de nuevos seres. También sabemos que no hay un día, ni una hora, ni un motivo, ni un lugar. Solo sabemos que hay un porqué, por que vivimos. Estamos expuestos a la vida, y es la propia vida la que nos trae la muerte.
Creo un error refugiarse en la religión, porque a veces nos sirve como arma arrojadiza, para intentar mitigar el dolor de algo que deberíamos de tener presente todas las mañanas. Hoy puede ser mi día. Pero más bien al contrario, nos creemos inmortales, nos negamos a envejecer y a morir. Despilfarramos la vida como si fuese eterna, y por ello los buenos recuerdos, que deberían de ser el bálsamo de la memoria humana, muchas veces se convierten en pesadillas de lo que se ha dejado de vivir, independientemente de los años que se tengan, si exceptuamos a neonatos o infantes.
Saber que vivió, mientras vivió, plenamente, felizmente es lo único que puede mitigar el dolor de la pérdida

José Luis González Quirós dijo...

en tanto consuelo. De todas maneras, gustándome tu argumentación, discrepo de tu juicio sobre la religión que me parece un tanto parcial, algo así como juzgar el fútbol por las patadas. Las patadas no son inevitables, aunque sean frecuentes, los abusos de la religión tampoco.

Teresa dijo...

Si bueno, puede que tenga razón. Soy creyente, no practicante, pero temo serlo por la fuerza de la costumbre, más que por convicción. De todas formas en este tema en concreto, creo más en el ciclo de la vida y sus imponderables que en el designio divino. Si así lo hiciera me costaría mucho, por ejemplo, aceptar que haya un Dios que consienta que la gente se muera de hambre.