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viernes, 31 de julio de 2009

El merluzo multimedia

De vez en cuando, pudiera no estar mal dejarse llevar por las tentaciones tecnofóbicas, y recrearse en la indignación que nos produzca cierto género de hábitos de quienes se pudieran llamar merluzos multimedia. Son como una especie de nuevos ricos de la tecnología de consumo, y la exhiben con la misma actitud obscena con la que las nuevas ricas lucían sus pulseras y collare, o los nuevos ricos pasean por la cubierta de sus yates de veinte metros surtos en Marbella o en Ibiza.

Me pasó hace un par de días al asistir en Madrid al concierto al aire libre del viejísimo, pero todavía estupendo, Burt Bacharach. Entre el público predominaban, lógicamente, los carrozas, como se decía en la época en que el bueno de Burt estaba de moda. El merluzo multimedia de turno ocupaba la localidad a cuya espalda hube de sentarme, y se pasó casi las tres cuartas partes del concierto grabando el evento en su telefonino, como dicen con gracia los italianos, de última generación.

¿Y a usted que le importa? Pues no mucho, la verdad. Solo dos pequeñas observaciones. La primera, que al levantar sus brazos para grabar cómodamente ocupaba indebidamente parte de mi campo de visión, y me obligaba a ver la ridícula y molesta imagen que estaba grabando. La segunda, que me cuesta trabajo imaginar que nadie pueda estropear un momento de agradable música en directo con la especie de supuesto gozo futuro que pudiera suponerle la contemplación de su video.

Hay mucha gente que prefiere su visión de las cosas a las cosas mismas y que, por tanto, prefiere transformarlas con su yo mediante; de este modo, el concierto de Bacharach se convertirá en sus manos en el concierto que yo grabé en determinada ocasión. Tal vez no lo vea nunca y, salvo que fuese un improbable genio del oficio, ese recuerdo visual será una auténtica basura porque, al menos en esta ocasión, no se daba ninguna de las condiciones que hubiesen permitido grabar con un mínimo de calidad. Además, y ya que se trata de una persona multimedia, seguramente podrá encontrar en la red grabaciones de Bacharach con muchísima mayor calidad. Nada de esto parecía importar mucho a mi merluzo multimedia, un género de personas que siempre está deseoso de dejar su impronta tecnológica en los acontecimientos en que la historia pudo contar con su decisiva participación.

jueves, 30 de julio de 2009

El tiempo político

Creo que muchos tendrán como un invento de la democracia española la idea de que la sabiduría del gobernante consista en el arte de controlar los tiempos. Siento molestar a los que crean descubrir en ese argumento alguna suerte de novedad. Por muchos aspavientos de protesta que se hagan, la acción política está siempre marcada por una tradición, por esas costumbres que, como han subrayado los filósofos, son más difíciles de cambiar que las leyes escritas.

A mí, modestamente, me parece que la idea de controlar el ritmo político, aunque entre españoles pueda ser aún más antigua, tiene un antecedente inmediato en el modo de actuar de Franco, en esa su costumbre de amontonar los papeles de manera que el tiempo se encargase, a su manera, de resolverlos. Otra manera de actuar que, afortunadamente, se lleva menos, es la de Stalin, que tampoco era un gran demócrata, quien, al parecer, solía decir que si se muere el que plantea un problema, el problema tiende a desaparecer. Cabe discutir sobre la eficacia de ambos procedimientos, pero hay que reconocer que el primero no invita, directamente al menos, a la eliminación del sujeto problemático, procedimiento muy querido por el padrecito Stalin.

De cualquier manera, demorar las cosas suele ser una manera de tratar de evitarlas y, a su vez, una consecuencia de creer que los problemas son menos reales que artificiales. Sentarse a ver cómo pasa el cadáver del enemigo por delante de nuestra puerta puede ser un consejo útil para estoicos, yoguis y toda suerte de imperturbables, pero puede ser una receta letal para el político. Pondré dos ejemplos de esta misma semana para mostrar el estilo político menos afectado por la tendencia a evitar errores: Obama se metió en un jardín acusando a un policía de racista, e, inmediatamente, llevó al policía a la Casa Blanca para disculparse; Esperanza Aguirre se propasó, ligeramente, adjetivando a Zapatero, pero le llamó al día siguiente para excusarse. No es que el político tenga que vivir a golpe de agenda y sobresalto, pero creo que forma parte de la mitología ligada a la “lucecita de El Pardo” esa creencia en las supuestas virtudes de la desaparición.

Entramos en el verano agosteño que, en España, supone un gigantesco paréntesis, apenas ocupado por los incendios y por los chicos de ETA, que colocan algunas bombas, especialmente sonoras en época de playa. Pero en muy poco más de cuarenta días estaremos metidos de lleno en un otoño de espadas que se anuncian con vivos reflejos. Los políticos debieran acelerar, porque lo que pasa en España no se deja reducir a los aspavientos de nadie; urgen las reformas muy de fondo y en el Parlamento, y para eso se requiere imaginación, energía, cierto sentido del riesgo y algo de diligencia. Y, por supuesto, algún plan.


[Publicado en Gaceta de los negocios]

miércoles, 29 de julio de 2009

El ogro narcisista

Octavio Paz comenzaba su análisis del, papel del Estado en un famoso artículo de 1978 con una cita de Ovidio (Metamorfosis XII, 843: Aspice sim quantus!, es decir,¡Mira cuán grande soy!”); el título del artículo, “El ogro filantrópico”, se refería al problema del Estado en México, pero recordaba una serie de cualidades primordiales del Estado mismo que continúan escandalosamente vigentes. Me acordaba del texto del maestro mejicano al leer estos días diversas informaciones sobre el perverso circuito que se ha establecido entre la Banca y el Gobierno, que tan pronto parecen primos como enemigos, para lucrarse del crédito sin que el común de los mortales pueda intervenir en ese círculo, para ellos, tan virtuoso. El Gobierno avala a la Banca, y la Banca compra deuda pública, un do ut des que podría ser casi perfecto si algunos chivatos, bien de la misma Banca, bien de la benemérita guerrilla de los periodistas económicos, no hubiesen dado el oportuno queo.

No sé si esta filtración producirá alguna clase de efectos en la opinión pública, pero me parece que, al menos, debiera de servir para que reflexionemos sobre la dinámica política en la que este Gobierno se envuelve y nos envuelve.

Octavio Paz empezaba su texto recordando las promesas que siempre ha suscitado el Estado moderno, tanto para los liberales, como, aún más, para los marxistas, quienes llegaron a suponer que el Estado acabaría simple y llanamente por desaparecer. Lejos de cumplir mínimamente con esas expectativas, el Estado no ha dejado de crecer y se ha convertido en un ogro, en “una fuerza más poderosa que la de los antiguos imperios y como un amo más terrible que los viejos tiranos y déspotas”. Paz creía que el Estado se comportaba, más que como un demonio, como una máquina, como un amo sin rostro y desalmado. El análisis de Paz, treinta años después, tiene que parecernos optimista, sobre todo porque su imagen de la máquina está troquelada en un momento en que las máquinas eran todavía bastante tontas. Hoy, la máquina del Estado es infernal, es decir, es inteligente y despiadada, pero además está dirigida intencionalmente, de manera que carece de cualquier neutralidad, ha aprendido a obrar casi en exclusiva en beneficio de quienes la gobiernan.

Volvamos al episodio del contubernio crediticio entre los Bancos y el Estado. ¿A quién beneficia? No desde luego a la gente que necesita dinero para sobrevivir o para iniciar nuevas empresas, no a la gente corriente. Tan solo a quienes gobiernan e, indirectamente, a sus coyunturales socios financieros. Mediante sistemas como éste, el Gobierno puede estirar casi indefinidamente su capacidad de endeudamiento, aunque llegará un momento, no muy lejano, en que se asustará hasta Elena Salgado, aunque intentase seguir dando muestras altivas de impavidez. Merced al crédito casi indefinido el gobierno ya no gobierna, se limita a sobrevivir. Paz ya se dio cuenta de que el Estado moderno es una máquina que se reproduce sin cesar. No hay reproducción sin alimento, y solo los necios pueden ignorar que el gobierno ni quita el pan a sus funcionarios, ni lo fabrica.

Hay una viejísima imagen de la tarea de gobierno que la relaciona con la función de llevar el timón en alguna de aquellas naves primitivas que se atrevieron a surcar los mares. Las palabras gobernante y timonel tienen el mismo origen griego. El gobernante es el timonel que se echaba sus espaldas el destino de los suyos para llevarlos a buen puerto. De ahí surgió una moral heroica que perdura en la ética de los capitanes de barco, “¡las mujeres y los niños primero!”, pero que ha desaparecido por completo del código ético de los Gobiernos, muy en especial del de Rodríguez Zapatero. Me refiero a sus acciones, no a sus proclamas, porque los Gobiernos pueden ser malvados, pero raramente son del todo necios. Por eso creo que la metáfora de Paz se podría modificar un tanto: el Estado se ha convertido en un ogro narcisista, en una máquina ciega para todo lo que no quiere ver pero muy atenta a sus intereses. Nuestro ogro tiene una parentela muy numerosa: muchos familiares, multitud de beneficiados, una infinitud de biempensantes adeptos que no están dispuestos a que nadie les retire de la corte en la que tan bien les va, o eso creen; ya no es, pues, un ogro aislado y terrible, aunque bien intencionado, sino un ogro de partido, incapaz de respetar y ponerse límites y, por ello, enteramente incivil, siempre atento a beneficiar a quienes necesita para seguir en el machito, un solipsista inevitablemente malévolo para cualquiera que se le resista, con cualquiera que le ponga pegas o le recuerde las verdades del barquero.

Muchos pensaran que esta imagen es excesiva para un hombre tan sonriente como Zapatero; pero él mismo es consciente de que su imagen pudiera inducir a algunos equívocos excesivamente ingenuos, y le ha recordado, por ejemplo, al señor Díaz Ferrán, que él es el presidente del Gobierno: ¿qué habrá querido decir?

[Publicado en El Confidencial]

martes, 28 de julio de 2009

Todo es difícil

Los españoles gastamos fama de envidiosos. Sin poner en duda el diagnóstico, me inclino a pensar que, ahora, nos cuadran más otros epítetos no menos sonrojantes. Por ejemplo: somos irrespetuosos, chabacanos. La chabacanería es la degeneración de la campechanía, la llaneza, una virtud que se nos reconoce. Bien mirado, nuestra falta de respeto, podría tener una raíz común con la envidia. Denigrando, no llegamos a apreciar y eso nos libra del tormento de la envidia.

Creo que ese mal está haciéndonos mucho daño y que la mayoría de la gente que lo padece lo disimula poniéndose una albarda partidaria, algo que, a su entender, le legitima para negar el pan y la sal al enemigo. Para evitar el campo de minas de la política, me referiré a un terreno no menos polémico. Confieso que veo en ocasiones programas de debate, así se llaman, futbolístico, y que llego a leer, incluso, los comentarios de algunos lectores en las columnas de Internet que se dedican al fútbol. Se tiene la sensación, al hacerlo, de que somos un país de energúmenos, de gente sin otra cosa que rabia y miopía. Se oyen y se leen cosas realmente increíbles para un espectador mínimamente neutral. La ortografía de los que escriben es un pálido reflejo de su barbarie.

No querría ponerme ni estupendo ni trascendente, pero me parece que esta clase de vicios son consecuencia directa del más torpe y necio de los relativismos. Uno tiene cierto respeto por los relativistas con fondo, por aquella gente que, sabiendo mucho, llega a la conclusión de que las cuestiones más arduas están fuera de su competencia y de la de cualquiera. No comparto la solución, pero la entiendo. Lo que no alcanzo a entender es que alguien pueda creer que lo que siente, piensa o dice, sea verdad por el hecho de ser él quien lo sostenga, pero me parece que eso es lo que pasa. Yo recomendaría a esta clase de relativistas que pensaran algo más en el fútbol, y, ya puestos, que salten al campo e intenten dar un pase de cabeza mínimamente preciso: ya verán lo difícil que resulta.

[Publicado en Gaceta de los negocios]

lunes, 27 de julio de 2009

Orwell digital

Han tenido que ser precisamente dos obras de George Orwell las que hayan desaparecido, de manera muy orwelliana, de las memorias de los Kindle que las hubiesen bajado de Amazon porque, al parecer, el señor Bezos, el dueño de Amazon, no disponía de los derechos necesarios para haberlas vendido. ¿Qué pensaría Eric Arthur Blair de todo esto? Independientemente de la anécdota, el fondo del caso nos recuerda la sutil condición de los derechos de propiedad intelectual, especialmente cuando no están ligados con un objeto impreso, con un libro editado y comercializado como una publicación venal.

El suceso ha servido, entre otras cosas, para que empiecen a suscitarse dudas más generales sobre el sistema que pretende implantar Amazon. Es obvio que la existencia de conexión entre el dispositivo lector y la biblioteca de textos soluciona una serie de problemas, pero, sin duda alguna, plantea otros. Seguramente Amazon piensa que el cierre de su circuito tiene grandes ventajas comerciales, lo que parece muy claro, al menos a corto y medio plazo, pero ¿no está Amazon coartando en cierto modo las libertades de sus usuarios? Lo que ha hecho con los textos de Orwell es muy discutible, como lo es en general que Amazon pueda recuperar el control sobre los textos que ha vendido.

Todo esto está muy verde, no cabe duda, pero es bueno que se empiecen a suscitar cuestiones constitucionales, además de las numerosas dudas de tipo mercantil que traen en vilo a los viejos editores.

[Publicado en adiosgutemberg.com]

domingo, 26 de julio de 2009

El último Talgo







Talgo III dirigiéndose a Madrid Atocha remolcado por una 252


Una 252 con varias locomotoras para desguazar en Valencia

Los periódicos se han hecho eco, lo que es inusual, de una noticia ferroviaria, la última circulación de un Talgo III, aquel maravilloso tren rojo y plata que nos sacaba del universo gris del ferrocarril de los años cincuenta, sesenta y setenta. Se trataba de un tren magnífico, de una auténtica novedad en la tecnología ferroviaria, por entonces tan conservadora. Hay que alegrarse de esta mención a un tren, aunque sea una excepción a la regla de ignorancia ferroviaria en que vive la opinión pública española que, por esta vez, se ha infringido porque la noticia ha permitido a los plumillas soltarse un poco el pelo con la nostalgia y hacer algo de literatura, que es lo que les gusta.

La noticia debiera servir, sin embargo, para echar un vistazo sobre la situación del ferrocarril en España. Sería deseable que las extensiones del AVE, más lentas y escasas de lo que la propaganda indica, y la mejora de los servicios de cercanías, siempre insuficientes, no ocultaran otros aspectos menos brillantes de la gestión pública del ferrocarril.

Con la conversión de la práctica totalidad de los trenes de pasajeros en automotores de uno u otro tipo, las locomotoras están desapareciendo de nuestras vías. Apenas quedan ya trenes convencionales lo que, aparte de irritar a los nostálgicos, pone de manifiesto lo mala planificación de Renfe en la adquisición de locomotoras. Alrededor de 70 magníficas locomotoras de alta potencia diseñadas para el transporte de pasajeros a alta velocidad, las de la serie 252, se están quedando prácticamente sin trabajo porque los trenes que servían están desapareciendo o se están sustituyendo por automotores. Esto es precisamente lo que ha pasado con el último Talgo IV del que habla la noticia que comentamos.

Los automotores eléctricos de alta velocidad, aunque son, sin duda, más modernos y más rápidos, no se han incorporado al servicio siguiendo criterios de buen rendimiento de las inversiones previas. A pesar de la crisis brutal que padecemos, en esto, como en lo de Garoña, nos seguimos comportando como si fuésemos nuevos ricos, como insensatos.

Mención aparte merece el auténtico holocausto del transporte de mercancías, prácticamente en extinción cuando son muchas las razones que se podrían dar para empeñarnos en su crecimiento y en su modernización. De esto nunca habla ni la Renfe ni el Ministerio de Fomento, no parece que lo consideren un problema; decididamente, Renfe no sabeo no quiere hacerlo y, a lo que parece, tampoco está dispuesta a que lo hagan otros porque, en hábil connivencia con ADIF, ambos dependiendo del Gobierno, se las arreglan para que no exista competencia en un campo en el que el único panorama posible se asemeja cada vez más a la ruina.

Para mejorar el transporte de mercancías, Renfe ha comprado más de 100 locomotoras nuevas, la serie 253, lo que difícilmente puede considerarse un acierto inversor, pero apenas sabe cómo irlas poniendo en servicio porque el transporte de mercancías agoniza. Al tiempo que sale de compras como si fuese una empresa que reparte suculentos dividendos y cuyo valor crece en Bolsa, desguaza decenas de locomotoras 269 en cuya modernización y puesta a punto se habían invertido muchos millones, pero tampoco autoriza su venta a otros operadores, no vaya a ser que la competencia ponga su desidia demasiado al descubierto. A Renfe no le gustan las mercancías, lo que es algo así como si a un bibliotecario no le gustasen los libros.

Alguien debería preocuparse de esto en el parlamento español, para que la opinión pública pudiese dejar de ver en el tren sin la doble anteojera de la nostalgia del pasado y del brillo, que en ocasiones pudiera ser equívoco, de la alta velocidad. Entonces podríamos plantear en serio un proyecto inteligente y a largo plazo para nuestros ferrocarriles.


sábado, 25 de julio de 2009

La insostenible sostenibilidad


A poco se haya reflexionado sobre el lenguaje, se cae en la cuenta de que, cuando el uso de un término se hace extremadamente frecuente, resulta inevitable que comporte una dosis intolerable de equivocidad. Sin embargo, como las palabras no sirven solo para ayudarnos a pensar, sino que poseen otras muchas y maravillosas propiedades, se podría decir que lo que un término pierda en el nivel semántico (es decir, que ya no se sepa bien qué significa), lo acabará ganando en el nivel pragmático (es decir, que nos permita saber mejor quién es el que lo está usando y porqué lo hace).

Los que hayan resistido este pedante primer párrafo, se asombrarán ahora de que todo ello sirva para hablar de ZP, un personaje público al que no se le cae de la boca el término sostenibilidad. Ante la insoportable facundia zetapera, me parece que apenas solo caben dos actitudes básicas: el arrobo de los que profesan una imperecedera identificación con el verbo presidencial, y el estupor de los que se preguntan hasta dónde podrá llegar semejante fenómeno. Pero, en fin, pelillos a la mar: vamos a preguntarnos qué demonio podría querer decir ZP con lo de, por ejemplo, turismo sostenible o economía sostenible, aunque se advierta por adelantado que no quiere decir nada, que se limita a congregar a sus fieles como cuando el pastor silba, o el ama de casa rural convocaba a sus gallinas a la pitanza con cualquier especie de mantra.

No es que sostenibilidad sea un término que no diga nada, es que no puede decir nada. Yo ya sé que esto de que un término no pueda decir lo que se supone que dice, molesta a los infinitos seguidores de Humpty Dumpty, a los que anhelan vivir en algo como el Ingsoc orwelliano e, incluso, a muchísimas gentes cándidas y de buenísima voluntad que piensan que el reino de las palabras no puede tener ni reglas ni secretos, que no necesitamos ingenieros, porque nos sobra con los poetas.

Si sostenible pudiese decir algo referido al futuro eso querría decir que somos capaces de saber ahora lo que sucederá en cualquier luego posible, cosa que solo los muy tontos se atreverían a dar por cierto. Si, por tanto, no resulta posible saber con certeza lo que será y lo que no será, no podremos saber lo que resultará sostenible y lo que no. Como decía William Blake, el poeta inglés, solo podemos saber lo que resulta suficiente cuando aprendemos por propia experiencia lo que es demasiado. No hay duda de que hemos aprendido que hay que ser prudentes con el medio ambiente, pero eso no quiere decir que tengamos ninguna especie de método para averiguar lo que resultará sostenible y lo que no lo será, como no tenemos ningún sistema para predecir con absoluta certeza si un negocio será un éxito o un fracaso, lo que es una verdadera lástima porque, si lo tuviésemos, podríamos ser todos millonarios, lo que no estaría nada mal, si no fuese casi una contradicción en los términos.

El caso es que la palabra sostenibilidad, que es lógicamente insostenible, que realmente no quiere decir nada, ha tenido el éxito que siempre tienen todas las palabras que producen miedo, esas palabras que usan los políticos que temen a la libertad para amedrentar a las graciosas y juguetonas gacelas con la amenaza de una jauría de leones, de los que, aunque casi nadie los haya visto nunca, solo ellos podrán defendernos. No nos extrañemos, por lo tanto, cuando el mismo gobierno que quiere poner inspectores de igualdad, pretenda crear los inspectores de sostenibilidad: entonces sí nos enteraremos de lo que es la insostenibilidad, pero a lo mejor es algo tarde.


viernes, 24 de julio de 2009

Como lágrimas en la lluvia

La revolución digital está teniendo efectos paradójicos. Tal vez el primero de ellos sea el que se refiere al incómodo papel que están jugando muchos de los grandes mandarines de la cultura y de la información: estaban cómodamente instalados en sus poltronas largando a hora y a deshora contra los conservadores, abogando de modo insistente en pro de las virtudes del cambio, y, de repente… se les hunde el suelo bajo sus píes, les cambia el modo de producción y se descubren sus vergüenzas. Los más honestos de entre ellos, no es que abunden, caen en la cuenta de que defendían el cambio bien entendido, es decir, el que no pudiese afectarles a ellos, y, claro, eso resulta, como mínimo, poco elegante.

Algunos pretenden, todavía, que cualquier forma de producción cultural o informativa deberá subordinarse a sus instrucciones, a su forma de construir el mundo, esto es, a sus intereses y los de sus negocios. Magnates y expertos directores de conciencias ajenas descubren con sorpresa que empieza a configurarse un mundo en el que su papel no está claro, y sus beneficios están francamente oscuros. Llevan años tratando de que sus tradicionales aliados, los gobiernos y los legisladores, inventen algo que les mantenga en ese pasado que nunca imaginaron que fueran a defender, pero las infinitas y arteras maniobras que se emprenden en ese sentido no acaban de cuajar. Les falta imaginación y les sobra codicia.

¿Qué será de nosotros? Se preguntan como si se preocupasen de otra cosa que no fuese su negocio y su poder. No se sabe en qué parará todo esto, pero sí se sabe que los simples mortales, y, entre ellos, los autores, deberíamos propugnar soluciones que favorezcan los intereses en que seguimos creyendo: las libertades de pensamiento y expresión, la circulación de información y opiniones, la creación de lugares de encuentro, la existencia de lugares estables de publicación, la fundación de entidades que garanticen un cierto nivel de calidad y de honestidad, la invención de un futuro a la altura de las posibilidades de las tecnologías digitales. Todo esto nada tiene que ver, absolutamente nada, con los intereses de las viejas industrias del papel, las ondas o las imágenes. Ellas habrán de buscar su lugar al nuevo sol y tal vez lo encuentren, aunque, parafraseando a Philip K. Dick, muchas de ellas se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia, porque es hora de morir.


[Publicado en adiosgutenberg.com]

jueves, 23 de julio de 2009

¡Todos al suelo!

Yo no sé si el comentario de Esperanza Aguirre sobre la abstención del PP frente a la propuesta de financiación autonómica ha sido conveniente o no, es decir, no sé si, por ejemplo, ayuda o no ayuda a su partido. No lo sé, sobre todo, porque el partido de Esperanza Aguirre tiene unas formas muy raras de procurarse ayuda y, por tanto, siempre acaba siendo un misterio si decir que dos y dos son cuatro pudiera ser conveniente. Bien, no sé eso, pero sí sé que lo que ha dicho Esperanza Aguirre es lo que piensa muchísima gente, aunque el PP parece tener unos estrategas que se dedican a tratar de ganar las elecciones no diciendo lo que piensa muchísima gente, y haciendo una gran variedad de cosas igual de sorprendentes.

La vida política no debiera construirse al margen de la lógica, ni de los sentimientos comunes. No se me alcanzan las intrincadas razones por las que algún sesudo líder del PP haya decidido que había que abstenerse en este asunto, pero reconocerán conmigo que resulta molesto no conocer esas razones, si se prefiere que gane el PP. Pues bien, para no hacer cosas raras, es bueno que doña Esperanza Aguirre haya dicho lo que piensa de esa votación, aunque, por disciplina, haya votado lo contrario de lo que creía conveniente. Ya es hora de que los españoles desmintamos a Quevedo y podamos decir lo que se siente sin necesidad de sentir lo que se dice, pero, sobre todo, no puede ser bueno, de ninguna manera, que se apunte a alguien en una lista por decir lo que piensa, cuando se forma parte de un partido que dice creer en la libertad y hasta en la persona.

Por eso me asustan los que dicen que hay mucha gente en Génova que mira mal a la presidenta madrileña porque se ha atrevido a decir lo que piensa. No puede ser. Ni siquiera en Génova debiera haber gente tan retorcida y tan rara. Me dicen algunos que para ganar las elecciones hay que hacer siempre lo que dicen en Génova, y con esto sí que estoy en total desacuerdo. Mi argumento no puede ser más simple: si se ganasen las elecciones haciendo lo que se dice en Génova, se ganarían siempre, y es evidente que ese no ha sido el caso, porque se han perdido en ocasiones memorables.

Si en Génova existiera un grupito de líderes que se dedicasen a marcar tan de cerca a sus rivales como marcan a sus correligionarios, es posible que los chicos de ZP no se mostrasen tan sueltos a la hora de zurrarnos la badana y vaciarnos el bolsillo. Y ya puestos, tal vez fuera bueno probar con procurar aquello que se dice defender, por ejemplo, que todos los españoles debiéramos ser iguales ante la ley, incluso los catalanes. Puede molestar a los catalanes que viven de serlo, pero les parecerá lógico a los demás, y de perlas a tantos españoles hartos de los complejos de quienes dicen representarlos.

miércoles, 22 de julio de 2009

Cuarenta años de España

Para los que vivimos el acontecimiento, el cuadragésimo aniversario de las primeras pisadas humanas sobre la Luna ha sido una buena ocasión para recordar cómo éramos en aquellos años; al hacerlo, surgen de manera casi inevitable las comparaciones.

Nadie podría negar que las cosas hayan cambiado, pero habría mucho que decir acerca de la calidad de esos cambios. En mi opinión, aunque el balance político sea innegablemente positivo, hemos perdido en varios e importantes aspectos. Para empezar, la sociedad española de 1969 estaba mucho más abierta y esperanzada que la de hoy. Se esperaba el inevitable cambio de régimen: Franco ya había designado como sucesor a título de Rey al Príncipe de España, Don Juan Carlos de Borbón y Borbón, y se estaba a las puertas de un sinfín de novedades atractivas, excitantes; la gente tenía ilusión y el país en su conjunto estaba seguro de ir hacia algo mejor. Por más que nos empeñemos, esa no es ahora la tónica dominante. Pese a vivir nominalmente en una democracia, seguimos siendo extraordinariamente pasivos y no hemos aprendido a respetar los derechos de los demás.

En estos cuarenta años, la sociedad española ha prosperado muchísimo: nos hemos internacionalizado, algunas empresas se han convertido en líderes mundiales, se ha elevado enormemente el nivel de instrucción y se ha creado una sociedad que, por primera vez, se ha sentido genéricamente rica, ha salido de la pobreza y ha podido viajar al extranjero sin necesidad de abrir continuamente la boca por el asombro. Todo eso está ahora, sin embargo, un tanto detenido, como en riesgo.

La clave seguramente esté en que mientras la sociedad civil ha avanzado, la política ha encallado. Tras la transición y los gobiernos de González y de Aznar, el país se ha detenido y está empezando a descender a gran velocidad. La crisis económica puede verse, sin duda, también como un reflejo de esta crisis más de fondo. El factor decisivo en este retroceso evidente no está siendo específicamente político, es decir más o menos de derechas o más o menos de izquierdas, sino que tiene una connotación decididamente cultural, aunque, en su raíz, tenga un origen político. Me refiero, sobre todo, a la tendencia al ensimismamiento que están experimentando muchas de nuestras comunidades, al franco aldeanismo que se erige por doquier en seña de identidad, en un ersatz perverso de modernidad y de progreso. Es difícil ir a cualquier lugar de España sin verse asaltado por las más peregrinas propuestas, como se dice ahora, de cultura de la identidad, de mentalidad de campanario. Nuestro nosotros se hace cada vez más estrecho y puede llegar un momento en que nadie se sienta español, ni siquiera los militares a los que se sanciona por desplegar una bandera en la cima de un monte de algún lugar del norte.

Este mal tan estúpido, esta tendencia a la falsa diferenciación, no ha nacido solo, no ha sido el fruto de un error espontáneo; muy por el contrario, debiera considerarse como la consecuencia principal de un diseño perverso. Con la sana intención de acercar el gobierno a los ciudadanos, se entró en un proceso de distribución horizontal del poder que, sin lograr nunca sus propósitos originales, ha conducido a problemas realmente graves que amenazan con arruinarnos el futuro. Las administraciones han crecido de una manera desconsiderada y el control sobre la conducta de las personas se ha hecho cada vez más insoportable para cualquiera con un mínimo de amor a la libertad y a la independencia de criterio. Las instituciones se han convertido en auténticas inquisiciones que te dicen cómo has de hablar, qué has de pensar y qué puedes creer.

En estos cuarenta años no hemos aprendido a vivir en libertad. Las instituciones del Estado tienden a ser tan escasamente liberales como lo eran bajo Franco; pretenden que nada escape a su control; son descaradamente partidistas porque no han aprendido a distinguir la democracia del despotismo; tratan a los ciudadanos como a súbditos y, lo más grave, es que muchos aplauden porque nunca han conocido nada parecido a la independencia de los jueces, a la neutralidad del Estado, o al respeto a la conciencia ajena.

En España solo se hace caso a las multitudes organizadas, a los movimientos de masas que excluyen de manera agresiva a los otros, justo lo que se hacía en el franquismo. Nuestro civismo no ha mejorado y cualquiera puede ver cómo dejan las calles y los jardines las manifestaciones de, por ejemplo, los ecologistas. Aquí, por asombroso que resulte, las prohibiciones gozan de mejor prestigio que las libertades, salvo muy raras excepciones. Seguimos defendiendo nuestras ideas a gritos y, por si pudiésemos sentir la tendencia a moderarnos y pensar, la TV nos muestra continuamente debates en los que se imponen los más hoscos, los de modos más brutales. Y, por supuesto, como comprobamos cada día, en el interior de los partidos florecen la libertad y la democracia, como en la Falange.


[Publicado en El Confidencial]

jueves, 16 de julio de 2009

Si a ERC le va bien, a los españoles nos irá muy mal

Deben ser muy pocos, si es que hubiera alguno, los países que puedan presumir de tener un enemigo interior de la categoría de ERC instalado en el quicio del sistema político. Nosotros somos tan peculiares que no solo tenemos uno, sino varios, es decir, que en caso de desmayo de ERC, tendríamos dónde escoger.

Resulta que el mayor enemigo del reino, el que abomina de nuestra Constitución, el que se mofa de sus símbolos e instituciones, el que niega las evidencias de una historia común, el que más se empeña, creo que vanamente, en combatir nuestra poderosa lengua, el que más obscenamente nos desprecia, el que no pierde ocasión de zaherirnos y manifiesta de manera continuada su deseo y su determinación de apartarse definitivamente de nosotros en cuanto se vea con fuerza para hacerlo, es quien determina en última instancia las decisiones del Gobierno y, para mayor recochineo, se lleva la parte del león cuando se trata de repartir fondos comunes. Los 300.000 votos de ERC han valido más que todos los demás juntos, y ERC no solo no se ha avergonzado de sus chapucerías, sino que ha presumido a voz en cuello de su mando en plaza.

¿Tiene esto remedio? Difícil mientras ZP siga siendo líder del PSOE, consiguiendo algo que pareciera imposible: gobernar contra los más con el auxilio de sus enemigos.

¿Hasta cuándo consentirán los españoles semejante burla? Como nunca he sido “progre”, me puedo permitir un comentario que pudiera parecerlo: no hay que olvidar que, con ligeros cambios demográficos, estos españoles que consienten tal cosa aguantaron impertérritos cuarenta años de Franco y, en su inmensa mayoría, no movieron un dedo contra las instituciones que le heredaron. Entre nosotros, se teme al que manda, aunque se cisque en nuestros intereses.

La izquierda ha sabido utilizar mejor que la derecha este carácter mansueto de los españoles, y se está permitiendo el lujo de someter a contraste la parábola del rey desnudo, sin que uno solo de los suyos alce la voz para reconocer que el personaje está en pelota picada. Disciplina, ignorancia o interés, o una hábil mezcla de las tres cosas. La situación es digna de Valle Inclán porque todo un pueblo puede ir a la ruina, estamos yendo a marchas forzadas, para que los señoritos de ERC puedan catalanear por el mundo y gastar suntuosidades sin cuento, a costa, sobre todo, del esfuerzo agónico de su burguesía, que está haciendo en esta historia un papel especialmente indigno del que no tardarán en arrepentirse. Pero a costa, también, de quienes se sientan plenamente españoles, catalanes o no, pero no se atreven a despedir por incompetente y desleal a ZP. Los síntomas evidentes de que vamos a un desastre de difícil arreglo empiezan a estar ya absolutamente claros. Los sindicalistas temen perder sus gabelas, pero, a este paso, perderán mucho más.

miércoles, 15 de julio de 2009

Confusio

Uno de los personajes que da continuidad a la cuarta serie de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós, es Juan Santiuste, al que su protector, el Marqués de Beramendi, envía a una misión secreta y le adjudica Confusio como nom de guerre. Confusio es hombre al que el apodo le cuadra magníficamente, por su tendencia al caos, de manera que, tras cumplir malamente la misión encomendada, se enreda en una serie de episodios que le hacen pasar de la nada a la absoluta miseria, como pudiera haber dicho Marx (Groucho, por supuesto). Su protector acude en su ayuda y decide mantenerle a cambio de que Confusio se dedique al magno propósito que ha concebido que no es otro que escribir una Historia lógico-natural de España, es decir, una narración de cómo hubiese debido ser nuestro pasado que, a su entender, debiera haber sido profundamente distinto a cómo fue. Confusio no se anda con chiquitas, y para evitarse toda la carlistada, serie inacabable de episodios escasamente gloriosos que aún hoy nos amargan la vida a los españoles, decide, sabiamente, que las Cortes condenen a muerte al rey felón nada más asomar sus pretensiones absolutistas.

La narrativa de Galdós es lo suficientemente inteligente y cervantina como para permitirse esta ironía sobre su tarea como historiador popular, pero lo que hoy me lleva a recordar al bueno de Confusio no es la calidad del texto galdosiano, sino la actualidad de esa figura revisionista.

Con la victoria de Zapatero, ha llegado a la presidencia una especie de Confusio. Sé que las diferencias son abundantes porque el Confusio galdosiano era humilde, extremadamente bondadoso, profundamente liberal y, sobre todo, escribía su Historia con un total desinterés, pero las semejanzas son también innegables. El gobierno de la nación, que así se llama, se ha puesto entero al servicio de nuestro actual Confusio, quien ha decidido que puesto que el pasado se interpreta desde el futuro, la mejor reescritura es un cambio de rumbo, aunque sin olvidarse de pequeños detalles como la ley de memoria histórica para que su voluntad se imponga a cualquier recuerdo libre y plural de las cosas.

Zapatero-Confusio ha hecho mangas y capirotes con la Constitución y, por supuesto, le ha pegado un par de patadas en el trasero a cualquiera que le reclamase nada en nombre de la lógica, asunto sobre el que se ha permitido no solo una práctica muy suelta sino una cierta pretensión teórica. Para no agotar antes de tiempo el papel disponible vayamos a lo más reciente. Zapatero ha cerrado un pacto bilateral entre sus intereses personales (que se supone que son los de su partido, aunque habrá que verlo) y Cataluña, y luego se ha dispuesto a revestir esa coyunda con toda clase de estratagemas para hacer ver que a todos se nos trata mejor. Todavía no se ha atrevido a decir que a todos se nos trata igual, pero todo se andará.

Que ese arreglo suponga hipotecar más el futuro de todos, parece importarle un pito. Se trata de salir adelante, con dinero o cómo sea. Se da a todo el mundo un dinero que no se tiene en la confianza de que llegará la recuperación económica a modo de maná, aunque Zapatero, que es muy laico, no se deja arrebatar por esa clase de metáforas de aire bíblico.

Su confianza está no en la Biblia, sino en su descubrimiento de que la lógica y la economía pueden ser tan flexibles como se quiera. Se trata de una estrategia que le ha dado buenos resultados porque tiene mucho que ver con el pensamiento mágico, con ese resto de sentimiento hippy que todavía es dominante en la mente de muchos votantes. Además Zapatero es, en el fondo, muy liberal y ya se ha dado cuenta de que los españoles no esperan la salvación de su gobierno, que es de chiste, sino que se empeñarán por sí mismos en salir de esta y, cuando lo consigan, puede que decidan que a Zapatero-Confusio no le faltaba algo de razón.

Su presentación del nuevo marco de financiación ha sido gloriosamente confusionaria. Para empezar, ha tratado de ocultar los números, esas magnitudes que todo el mundo sabe que son irrelevantes, detrás de una amplísima cortina de pensamientos felices, un surtido del que nunca está escaso. Se ha sabido la cifra de los miles de millones de Cataluña solo gracias a la bravuconería de los independistas catalanes, que saben muy bien que a los españoles de a pie les gusta que les meen en la pechera. Montilla, en cambio, más avisado, ha recurrido a discursos melifluos, mientras los de ERC no podían disimular el ataque de risa que les da la debilidad de su vasallo, el débil gobierno de la opresora España.

Zapatero-Confusio se tiene que dedicar a lo que sabe, a reescribir lo que hace, al disimulo, a no perder píe frente a los suyos, cada día más cabreados, pero generosamente pagados con el dinero que distrae a los que no son de su cuerda.

¿Habrá alguien que sepa estar a la altura del desafío que representa esta broma macabra? ¿Se conformará el PP con la propina esperando a que escampe por Valencia?

[Publicado en El Confidencial]

En defensa del subjuntivo 2

El pasado mes de mayor coloqué aquí un comentario con el mismo título que éste; en él, hacía un llamamiento para tratar de impedir que el subjuntivo acabe por desaparecer del todo. Ahora he decidido hacer algo más y dejar públicamente expuestos, aunque estemos en un ámbito muy selecto y de escasa concurrencia, algunas de las barbaridades que vea u oiga en el uso de la lengua española, especialmente cuando se deban a personas supuestamente cultas. Repetiré el título y colocaré tras él un número natural para distinguir entre sucesivos comentarios.

Empezaré esta serie corrigiendo el titular principal de EL MUNDO en el día de hoy que reza del siguiente modo: “El hospital iba a instalar una alerta que habría salvado al bebé”; supongo que lo que se pretende decir es: “El hospital (Gregorio Marañón) había previsto la instalación de un sistema de alertas que hubiese podido evitar el error que causo la muerte del bebé (Rayan)”. El tamaño de la letra y la escasez de espacio no se consideran excusa suficiente.

Puede parecer lo mismo, pero no lo es. En primer lugar, porque no se trata de salvar a ningún bebé, sino de tratar que no se cometan errores, que no es lo mismo; en segundo lugar, porque hay que ser modestos, sin suponer que la alerta no instalada vaya a funcionar de manera infalible, que es lo que da a entender el empleo del condicional.

El subjuntivo es, como ven, muy útil, y muy preciso, y sirve para que nuestro lenguaje se pueda enriquecer y, con ello, mejore la calidad de nuestro pensamiento, en el caso de que se tuviere.

martes, 14 de julio de 2009

El arte de tener siempre razón

Con este irónico título, Schopenhauer describió 38 técnicas para derrotar al oponente, no para convencerle. Una de las reglas más innovadoras del catálogo del filósofo, es la que indica la necesidad de convencer a la audiencia antes que al oponente. El libro, que todavía se lee con provecho, nos puede parecer hoy bastante ingenuo porque las estratagemas dialécticas se han sofisticado mucho. Otro alemán las perfeccionó para aplicarlas a las masas: se llamaba Goebbels y, no sin cierto disimulo, es considerado un profeta en muchas escuelas de negocios.

Muchos políticos se dejan llevar por la perversidad haciendo de la mentira verdad, y de la verdad mentira. Algunos alcanzan grados sublimes de perfección: el caso que se me viene a la memoria es el de la Vicepresidenta primera presentando la ley del aborto como un texto que garantiza los derechos de los no nacidos.

Schopenhauer, y desde luego Goebbels, sabían que la trampa es posible por la enorme credulidad del público, que, para mayor escarnio, se apoya muchas veces en una bondad genérica, porque son mayoría los que no pueden ni imaginar siquiera que se les esté utilizando constantemente, que se les esté engañando. Otros viven del engaño, porque todos los que engañan se saben en precario y tienen que comprar adhesiones a precios normalmente muy altos. El caso es que entre crédulos e interesados se va formando un clima social favorable a que el mentiroso sea convertido en héroe, a que sus engaños se presenten como profecías, a que sus traiciones a cuantos debiera servir se publiciten como pasos inequívocos hacia un futuro mejor para todos, o hacia cualquier simpleza semejante. En castellano hay un dicho que reza que no hay disputa si dos no quieren; por idénticas razones se podría decir que no hay engaño sin voluntad de ser engañado. Quien quiera romper con esta situación insana deberá alejarse mucho del lenguaje común, ese brebaje en el que se han diluido las mentiras básicas y que impide reconocer con facilidad que dos y dos siguen siendo cuatro.


[Publicado en Gaceta de los negocios]

lunes, 13 de julio de 2009

Okuribito, una meditatio mortis

Yôjirô Takita es un director japonés (del que en España se pudo ver La espada del samurái) que nos regala en Okuribito (“Despedidas”) una auténtica meditatio mortis, esto es, inevitablemente, una imagen rigurosa y delicada de nuestra vida.

Takita, ayudado por un excelente guión, una magnífica música, y unos espléndidos actores, nos conduce a través del viaje del protagonista, desde una vida en apariencia fracasada a la aceptación de que la muerte y cuanto ella conlleva es un buen camino para entender plenamente la dignidad y el misterio de la vida.

La muerte es un fenómeno natural, pero es algo más que eso. Es también un acontecimiento, algo que nos pasa cuando mueren los demás, y algo que nos pasará a todos, sin duda. La liturgia japonesa de la muerte es, como ocurre en todas partes, un conjunto de ritos que trata de librarnos del horror que la muerte nos causa, y de ayudarnos a entender la misteriosa naturaleza de ese tránsito.

Como sucede en cualquier parte, la muerte se ha profesionalizado, las familias entregan sus muertos a empresas y ya no los cuidan como lo establecían las tradiciones. De este modo, la muerte se convierte en un trámite, y se tiende a olvidar su sentido, una manera como otra cualquiera de librarnos de pensar en ella, de huir de su amenaza, del peso insoportable del absurdo al que parece condenarnos nuestro destino.

Lo que la película nos cuenta es el aprendizaje de Daigo, empleado en una empresa dedicada al cuidado de los muertos, a amortajarlos conforme a los ritos tradicionales del Japón. Daigo necesita el dinero porque su carrera como violoncelista ha fracasado, pero el oficio que se le ofrece le produce asco y vergüenza. El milagro al que asistiremos viendo la película es cómo ese rechazo se transforma en respeto, amor, y perdón, como su oficio le permite alcanzar la comprensión de que hay algo sagrado en la muerte, porque hay algo de inaudito valor en cada vida, incluso en las más desdichadas y tristes.

Despedidas es, de alguna manera sin pretenderlo, una película religiosa, porque restaña la escisión que habitualmente hacemos entre la vida y la muerte, porque nos enseña a mirar más allá del negocio funerario, del trámite, del asco y del miedo. Tal vez haya que saber escuchar las hermosas notas del violoncelo de Daigo, que lo vuelve a tocar por auténtica afición y no para ganarse la vida en una orquesta de más o menos, para entender plenamente esta hermosa lección sobre la vida, sobre esas aguas, omnipresentes en la película, que siempre van a la mar, que es el morir. La muerte, que nos iguala a todos, no anula nuestra esperanza, la coloca en otro terreno, azuza nuestro deseo de volver a ver a los que hemos perdido, un anhelo que nadie debiera despreciar, si de verdad ama la vida.

sábado, 11 de julio de 2009

Una anotación contable

Es muy típico del debate público y político español el hablar y el hablar sin demostrar nada porque, entre nosotros, las razones tienen menos prestigio que los vozarrones. Estos días se está hablando con frecuencia de que Camps no parece tener las facturas de los trajes que supuestamente le han regalado. Como en materia de trajes es difícil batir a cualquiera de nuestras vicepresidentas, la primera, Doña María Teresa Fernández de la Vega, se ha apresurado a aclarar que ella se paga todos sus trajes (hasta aquí lo mismo que dijo Camps) y que, a diferencia de Camps, ella tiene todas las facturas (es decir, que lo dice), documentos que, por cierto, nadie le ha pedido hasta la fecha.

Pues bien, poseer una factura de compra no acredita el pago de dicha factura. Supongamos que un modisto español quiere agasajar a cualquiera de nuestras vicepresidentas, por ejemplo, para beneficiarse de que luzcan esplendorosos modelos capaces de incitar a la clase trabajadora, a esas mujeres que tanto las admiran, a hacer un esfuercillo, tan necesario en esta época de malas noticias económicas, para mejorar su apariencia y su fondo de armario. Bastaría para ello con que el sastre le hiciese llegar a la VP la factura junto al regalo, con una indicación de que se había pagado en metálico. Un pequeño problema de contabilidad para el sastrecillo ambicioso, pero apenas nada, y la regalada quedaría aparentemente cubierta. Otra posibilidad sería que el sastre pagase a las VP por lucir su modelos, aunque no sé si eso estaría contra la ley de incompatibilidades, pero me malicio que no.

El único procedimiento válido para comprobar que alguien ha pagado algo no es, por tanto, estar en posesión de una factura, sino mostrar un cargo en cuenta bancaria o tarjeta de crédito. En el resto de casos, dejemos que funcione la presunción de inocencia, pero sin ser tan inocentes como para pensar que la policía es tonta.

viernes, 10 de julio de 2009

Responsabilidad política y exigencia ética

Algunos comentaristas se han referido al proceso de Camps preguntándose con asombro si es que, tras su muy probable condena, se va a elevar el nivel de exigencia ética en el ejercicio de la política. Se trata de una observación cínica y conformista a cuya lógica es seguro que no conviene ceder. El cinismo suele apoyarse, casi siempre, en lecturas de la realidad bastante sagaces, pero, al menos en este caso, lo que me parece que habría que preguntar es si acaso se pretende aprovechar la oportunidad para deteriorar todavía un poco más el nivel de desprestigio, y el hedor a chapuza interesada, que rodea a tantas actuaciones de la Justicia. Porque no parece probable que se pretenda directamente que los políticos no deben ser juzgados por nadie, es decir que los jueces deberían mirar siempre para otra parte, como han hecho muchos de los más encumbrados, cuando un poderoso se vea inesperadamente llevado a su presencia. A mí, por el contrario, me gustaría poder decir lo que aquel molinero bávaro del siglo XVIII: “¡todavía quedan jueces en Alemania!”

Es bastante evidente que una buena parte de los políticos, en especial los que han conseguido una mayor permanencia en sus respectivas poltronas, han cometido tropelías de peor jaez que la supuestamente cometida por el actual presidente de la Comunidad Valenciana. Pero la cuestión no es esa, aunque también debería de serlo. La cuestión es, más bien, que no parece haber argumento alguno para pedirle a un juez que aparte la vista de lo que le han puesto delante, en espacial cuando lo que está en juego afecta a principios fundamentales de la ley, tales como que la ley no admite excepciones o que la mentira no es tolerable, independientemente de quién sea el que trate de refugiarse tras ella cuando media prueba en contrario.

Que el señor Camps sea bastante más honrado que una buena mayoría de personajes que se le ocurren a cualquiera y que haya sido objeto de una persecución deliberadamente mal intencionada y de designio político evidente en la que no se han escatimado los trucos y los atajos para ponerle a los píes de los caballos, no le otorga la posibilidad de pasar por encima de la ley, aunque sea en cuestión mínima. Tampoco sirve para librarse de la ley ordinaria el que los valencianos pudieran desearle una magistratura eterna. ¡Qué se le va a hacer! Si el juez le condena, es hombre muerto para la política.

El PP haría mal en empecinarse en una defensa sin posible argumento y haría bien en aprender del caso cualquiera de las múltiples lecciones que se puedan extraer de él. Los españoles debiéramos alegrarnos de que, aunque sea por una vez, la justicia igual para todos resplandezca por el Levante. Y no habría que descartar que, una vez puestos, cundiese el ejemplo. La mejor manera de evitar la mentira es no hacer nada que nos induzca a decirla.

[Publicado en Gaceta de los negocios]

jueves, 9 de julio de 2009

España es una fiesta

La reciente celebración del día del orgullo gay me recuerda que los españoles somos los mejores organizadores de eventos del mundo, especialmente de eventos que consistan en su mera existencia. Da mucho que pensar que en menos de 50 años las calles de Madrid hayan dejado de ser el escenario de grandes concentraciones para, por ejemplo, rezar el Rosario con el padre Peyton, y se hayan convertido, sobre todo, en soporte de manifestaciones muy de otro tipo. Ha cambiado mucho el panorama, pero hay una cosa que no ha cambiado y debería cambiar: definir con cierta precisión las diferencias entre el escenario público y el ámbito de lo privado. No creo que nadie se pueda oponer a que las conductas sexuales sean como fueren en el ámbito de lo privado, pero tengo muchas dudas de que tenga sentido alguno la promoción pública del orgullo gay, como tampoco lo tendría su contraria. Lo que subyace detrás de una fiesta como la de los gays es la evidente intención de imponer de manera pública una determinada cultura moral que está muy lejos de la de una amplia mayoría de los ciudadanos, como lo pone de manifiesto el lema de “abrir los armarios en la escuela” que fue utilizado, y sostenido por la ministra del ramo, en la última fiesta. Los españoles nos hemos hecho democráticos, pero todavía no hemos aprendido a respetar la libertad ajena, a distinguir adecuadamente lo privado de lo público. El gobierno de ZP tiene una insaciable necesidad de confundir las cosas porque se sabe ayuno, y contradictorio, en su propio campo. España se ha convertido plenamente en una sociedad del espectáculo y son muchos los poderes que se empeñan en que la cosa sea así. Desde las inauditas presentaciones de madridistas, hasta la fiesta del español, promovida por el Instituto Cervantes, todo es concentración, algarabía, tumulto, con lo que implica de intimidación, irreflexión y falta de seso. Para esto no hay crisis, pero cabe dudar que de tal modo se arregle nada, al margen del gustito que le de la cosa a los organizadores.


[Publicado en Gaceta de los negocios]

miércoles, 8 de julio de 2009

El mal paso de Camps

Historiadores, filósofos y biógrafos nos advierten de que algunas decisiones, aparentemente irrelevantes, llegan a tener consecuencias imprevisibles. Pienso en esto a propósito del lío en que está envuelto Francisco Camps. No tengo ni idea de cuál pueda ser la verdad del caso, pero sí creo que, independientemente de lo que resulte, se puede extraer alguna moraleja sobre el particular.

Supongamos que Camps fuese inocente por completo. Aunque su actuación, a primera vista, pueda considerarse enteramente lógica, ha obtenido unos resultados pésimos para su imagen, además de exponerse a una condena judicial. Puede verse fuera de la política por su forma imprudente de actuar, dando por sentado que su inocencia podría ser verificada sin duda alguna por el universo mundo. Esa conducta hubiera sido la lógica en caso de poseer los correspondientes justificantes de pago, pero, puesto que Camps no los tenía, como parece ser el caso, su conducta dejó de ser razonable para pasar a ser extremadamente arriesgada.

Camps dio un mal paso al no saber valorar adecuadamente el problema al que se enfrentaba, y escogió una estrategia de máximo beneficio considerando que su posición era inatacable, lo que, como claramente se ha visto, ha constituido un grueso error de consecuencias incontrolables, para él y para quienes le han avalado. Dado que no podría probar el pago de las prendas supuestamente adquiridas, y ya que se había hecho pública, en forma risible, por otra parte, su amistad personal con uno de los implicados, seguramente hubiese sido más inteligente admitir que se trataba de un regalo, y centrarse en mostrar que el obsequio no había tenido especial transcendencia, puesto que, efectivamente no parecería razonable que la tuviera, ni por su importe ni por sus efectos.

En ese caso, Camps habría mostrado una debilidad, habría admitido la comisión de una falta o de un delito leve, pero no se hubiera expuesto a una imputación muchísimo más grave como la que ahora le amenaza: la de haberse dejado corromper por una ridiculez de trajes, pero, sobre todo, la de mentir, la de tratar de imponer su prestigio, su poder y la fortaleza de sus apoyos populares a la marcha implacable de una maquinaria, que por más que pueda considerarse arbitraria en su origen e inspiración, ha de tratar de actuar con un criterio de igualdad implacable, aún cuando resulte evidente que en muchas y notorias ocasiones no la haya hecho.

El verdadero mal paso de Camps ha consistido, por tanto, no en la ligereza de aceptar un regalo comprometedor de parte de personas que debiera haber considerado poco recomendables, sino en suponer que su poder pudiera protegerle de la aplicación de las normas ordinarias de la Justicia, en actuar como pudiera hacerlo, por poner un ejemplo cualquiera, un González, un Polanco, un Alberto o un Botín.

Camps ha cometido un error político muy grave al sobreestimar su poder, y al subestimar a sus enemigos. Sea cual fuere su íntima convicción, debiera haber considerado que el terreno de juego está marcado por unas reglas que son enteramente ciegas a lo que pueda haber en el santuario de su conciencia. Ha cometido otro error al no saber valorar el juicio popular. El público perdona con facilidad al que comete un desliz, quizá sin llegar a los límites de los italianos con su presidente, porque sabe que la impecabilidad es siempre fantástica, puesto que todo el mundo comete en alguna ocasión una falta o un descuido de ese tipo. Una estrategia equivocada le ha colocado a los píes de los caballos y, con él, corre un alto riesgo la honorabilidad del partido que le defiende de manera tan berroqueña como equívoca.

Es evidente que Camps ha podido dar un mal paso, pero más grave es que no haya sabido cómo evitar las consecuencias una vez que se ha visto acusado. La acusación de corrupción se ha convertido en un virus, en algo que ataca de manera impensada y, en cualquier caso, sin ninguna atención a principios de proporcionalidad, equidad, gravedad o evidencia. Los que ejercen un cargo político deben de pisar con pies de plomo y, si se manchan impensadamente, deberían aprender a ser humildes y a pedir disculpas, a no tratar de convencer a todo el mundo de que son impecables, incluso aunque lo fuesen. Son las reglas del oficio que han escogido y no pueden decir que no les gustan. Respecto a la corrupción deberían de pensar lo que Gracián decía de los tontos, “que lo son todos los que lo parecen y la mitad de los que no lo parecen”.

Más allá de una peripecia llena de enseñanzas, es seguro que no escapará a los electores que alguien maneja los hilos de la Justicia de manera escasamente equitativa y virtuosa. Precisamente por eso, creo que los daños para el PP serán menores, en especial si sus dirigentes aprenden de una vez dos enseñanzas básicas: la nula tolerancia con gentes equívocas, y una buena estrategia para minimizar los costes cuando se pita un penalti injusto, como pudiera ser el caso.

[Publicado en El Confidencial]

martes, 7 de julio de 2009

La mala fama

Aunque sea casi imposible encontrar una regla universal en asuntos humanos, creo que hay algo que se acerca grandemente a esa rareza, y es la convicción de que el mal nos es ajeno, enteramente ajeno, lo que recuerda la malévola insinuación de Montaigne & Descartes sobre el tamaño de nuestra inteligencia. De aquí, la popularidad del chivo expiatorio, el animal al que más conviene la condición de verdadero amigo del hombre según Carlos Rodríguez Braun. El mundo es tan amplio y ajeno, tan complejo, que son innumerables las almas bellas (las shöne Seele de la Fenomenología del Espíritu de Hegel) que sufren la omnipotencia del mal y lo abominan, aunque no en silencio. De su reconcomo surge un murmullo ensordecedor. Esa barahúnda se acaba fijando en algunos objetos de preferencia; en la época en que nos ha tocado vivir, aunque no haya sido así siempre, esas fijaciones se han asentado en un viejo conocido de los procesos de limpieza de sangre, en auténticos aristócratas de la culpa, en los judíos que, además, han cometido la osadía de resolver su cuestión, dando vida a un estado presuntamente criminal, un estado en el que se reúnen todos los estigmas de que abominan las exquisitas almas de la izquierda: porque es una democracia, porque es capitalista, porque se rige por un derecho en el que cuentan, y mucho, las libertades formales, y porque ha aprendido a defenderse y no parece tener miedo a las amenazas de los que se dicen ofendidos, a las bravatas de los ayatolas del Irán, esa gente exquisita y posmoderna cuya amistad cultivan Zapateros y Obamas.

El estado de Israel no es, desde luego, una excepción a la regla de que cualquier unidad política se asienta en una serie de victorias, o de derrotas, militares. Salvo para los comunitaristas muy ingenuos, las unidades políticas no resultan ser consecuencia de acuerdos entre caballeros (y, menos aún, entre caballeros y damas) para compartir honesta y plácidamente un rimero de bienes escasos. Demasiado hemos hecho con poner fin en algún punto a la violencia y con tratar de arrinconarla. El estado de Israel nos recuerda desagradablemente esa verdad, oculta e insoportable para quienes siguen creyendo que los niños vienen de París, para los amantes de sociedades cálidas y sin especie de conflicto, aunque muchas veces sean los mismos que aplauden a rabiar el amor libre o lanzan piedras o botellas a los agentes del imperialismo, pobres guardias o soldados mileuristas y maniatados por un buen sentido del que carecen quienes les increpan.

Es posible que el mundo vaya mejor mientras Israel y el capitalismo puedan seguir ejerciendo ese benéfico papel de malos de película. Nunca podremos estar ciertos de hasta dónde pueden llegar los puritanos para exorcizar las malicias que cuidadosamente se ocultan. Los que vemos el mundo como una trama densa de conflictos contradictorios sin solución fácil, inalcanzable, sobre todo, para esas simplezas sobre la codicia, el fascismo, el racismo, el monoteísmo o el Opus, no tenemos otro remedio que agradecer la existencia de Israel y la pervivencia del espíritu el capitalismo, muy a pesar de los Madoff, de los colonos y de una buena mayoría de los ministros de Economía.

[Publicado en Kiliedro, revista española de cultura contemporánea]

domingo, 5 de julio de 2009

Kurzweil

Me parece que ninguno de los libros de Ray Kurzweil se han traducido al español, y que lo que pueda saber el gran público acerca de sus teorías se reducirá, probablemente, a alguna entrevista en relación con su propensión a ingerir una abundantísima clase de pastillas, y a relacionar ese hábito con el logro de la longevidad, o a la entrevista que le hizo Eduardo Punset en 2008. Kurzweil no es ningún chalado, desde luego. Sus empresas han tenido que ver con la invención de los OCR o programas de reconocimiento de textos, los scaneres y los sintetizadores, y es uno de los pensadores más prestigiosose influyentes en el mundo de las tecnologías de la información.

Lo traigo aquí a colación porque, leyendo sus obras, me he encontrado con que, en el fondo de su pensamiento, hay una inspiración muy cercana a una idea orteguiana referente a la relación entre la naturaleza humana y la tecnología. Dice Kurzweil que nuestra especie está inherentemente empeñada en extender sus capacidades físicas y mentales más allá de sus limitaciones corrientes, una afirmación que está en la base de la meditación orteguiana de la técnica.

Naturalmente, Kurzweil no se limita a constatar esto, sino que, y aquí está lo más característico de su obra, apuesta de manera decidida por la idea de que la tecnología y la naturaleza humana se fusionaran para trascender lo que hasta ahora hemos sido. Los más jóvenes podrán ver hasta qué punto acierta el bueno de Ray, porque se fija como horizonte la primera mitad de este siglo, que ya va para la decena de años. Otros podremos permitirnos el lujo de discutirle porque seguramente no llegaremos a la cita, que, como de costumbre, traerá algún retraso. Ray arriesga mucho, y el que arriesga adquiere una propensión a equivocarse. Yo casi me conformo con comprobar si resulta cierto el pronóstico que atribuye a Watson de que, antes de diez años, la FDA autorizará una sustancia que permita comer sin límites y sin miedo a la obesidad: no sería un mal comienzo para una serie de profecías muy llamativas.

sábado, 4 de julio de 2009

Barcenas, Buesa, Urkullu

Además de su común relación con la política, estas tres personas simbolizan problemas muy distintos de los partidos españoles.

El tesorero del PP lleva ya meses de aparición continuada en los medios, muy a su pesar, sin duda. Para muchos se está convirtiendo en el retrato de un villano. No lo creo así, y no sólo porque haya que creer en la inocencia de cualquiera mientras no se demuestre lo contrario, sino porque me es difícil imaginar que alguien que no sea inocente sea capaz de aguantar el calvario que Luis Bárcenas está sufriendo. El problema de la corrupción en España se ha convertido en un arma arrojadiza, y, una vez que eso es así, ya no caben sino conjeturas en cualquier supuesto caso. Mi impresión personal es, sin embargo, que Bárcenas está siendo objeto de una venganza por parte de aquellos a los que impidió seguir medrando por medios poco claros. Si el Supremo no pide su suplicatorio o si, aunque lo pida, sale finalmente absuelto, habría que procesar a muchos que le han herido de una manera mucho más grave, dura e indeleble que con cualquier arma física.

Mikel Buesa ha decidido abandonar UPyD. Se trata de una malísima noticia sobre cuya gravedad iremos sabiendo cosas. Mikel Buesa no parece persona sumisa, y eso tiende a ser considerado como algo intolerable en los partidos. Es grave que un partido nuevo y que ha suscitado tantas esperanzas cometa tan prontamente errores que debiera empeñarse en evitar. No prejuzgo el caso, pero creo que hay que lamentar que nuestra cultura política no permita la integración fácil de gente tan valiosa y peleona como Mikel Buesa. Un partido que no ha celebrado todavía su congreso constituyente debería haber puesto especial énfasis en evitar las defecciones motivadas por un exceso de liderazgo, aunque sea tan atractivo como el de Rosa Díez.

Urkullu preside el PNV, y eso tiene sus consecuencias. Acaba de tirarse al monte para colocar en el Gorbea banderas de su partido, que son también las de Euskadi, un caso único en el mundo, como respuesta a la supuesta agresión que perpetraron un grupo de militares que se retrataron con la bandera española en ese mismo lugar. Urkullu ha dicho, además, una serie de sandeces políticamente correctas que ni él mismo se cree, pero se le notaba el resquemor porque unos españolazos hubiesen mancillado el monte vasco con la bandera común. No acabo de entender que el nacionalismo pretenda evitar el ridículo a base de normalizarlo, pero la verdad es que se trata de una táctica que suele tener éxito entre personas con tendencia a la flojera. De paso, nos hemos enterado de que el Monte Gorbea no es el islote de Perejil, aunque no ha explicado si es porque allí no hay cabras, porque los vascos no son marroquíes, o porque el Gorbea es más alto.

Este tipo de conquistas simbólicas suele acogerse con frialdad e indiferencia por los partidos españoles, pero empiezo a preguntarme si seguir callando o ponerse de perfil es lo más adecuado. Ya sé que puede ser inteligente no hacer ni caso, pero hay un riesgo cierto de que la ausencia sistemática de respuesta consiga que los españoles acabemos por creer las tontadas del angelote nacionalista de turno.

viernes, 3 de julio de 2009

CNI

El cambio de director en el CNI debiera ser una buena noticia, pero el Gobierno se encarga de matizarla para que no nos alegremos demasiado. La buena noticia consistiría en reconocer que cuando un político abusa en beneficio personal de su posición, o hace rematadamente mal lo que tiene que hacer, lo que resulta lógico es ponerle de patitas en la calle. En el caso del dimitido director del CNI, parece que han concurrido las dos causas: se dedicó a pasarlo bien haciendo de nuevo rico a costa de recursos públicos, y no ha sabido, tampoco, mantener la necesaria discreción en todo lo que rodea a esa Casa. Pues bien, el Gobierno en lugar de cesarlo por ambas o por alguna de las dos causas, le ha permitido dimitir, con discurso y todo, y manifiesta que ha decidido aceptar su decisión para evitar controversias. ¡Qué malas deben ser las controversias! Por lo visto, hacer cualquier clase de barrabasadas no tiene ninguna importancia… si no da lugar a controversias.

El Gobierno cree que puede disimular y hacer como que cede a las presiones de la opinión, todo, menos admitir que uno de los suyos ha tenido un proceder indigno. Me parece que eso se llama mentir, y que esa mentira también merecería un cese, pero los españoles resultan ser muy lentos para las controversias, y son amigos de que los mentirosos les halaguen los oídos. Es una pena, pero es así.

jueves, 2 de julio de 2009

Verano y humo

Para relajo de gobernantes llegó el verano, y los españoles reducen todavía más su tensión intelectual, en especial a la hora de la siesta. Tiempo de esperanza para los gobiernos que se exponen, a lo sumo, a alguna crítica de circunstancias. El fútbol, gracias a Florentino, ha recuperado las pantallas, y entre los galácticos y el sol, aquí no va a haber nada que hacer hasta octubre. El PP se ha retirado a meditar y no parece que vaya a volver de La Granja dando una nota inadecuada a la estación feliz y soporífera.

Así va nuestro país, a ritmo lento, porque nunca pasa nada. Es tan corriente el espectáculo del dolce far niente y de la eterna repetición de lo mismo, que hemos perdido la capacidad para asombrarnos de que otros hagan las cosas con cierta celeridad. No es por molestar, pero resulta que la Justicia americana ha resuelto el caso Madoff en menos de 200 días, bastante más rápido de lo que seríamos capaces de imaginar.

Me asombra que, en muchas ocasiones, se elogie la manera de hacer política de ZP, cuando es evidente que su fuerte es no hacer nada, mientras repite, a hora y a deshora, sus supuestos éxitos: la retirada de Irak, la retirada de Irak y la retirada de Irak, que sí se hizo deprisa. Lo demás es propaganda, arquitectura efímera, poner a la Iglesia en su sitio, hacer ministra de Defensa a una embarazada, y repartir en el Congreso pullitas de monja progresista ante la mirada arrebolada de la cuota.

Comparar la labor de los gobiernos de UCD, o de Aznar, con los años de Zapatero, produce sonrojo. Mucho gasto, pero poca inversión, mucha palabrería, pero ninguna medida concreta. Es apoteósica la facilidad que tantos españoles le conceden a ZP para contar trolas y para vivir del cuento: la devolución de los 400 euros, la creación de millones de empleos, los brotes verdes, el proceso de paz, la alianza de civilizaciones, el ingreso en el G 20, la financiación para todas y todos pero dando más a todos que a los demás, el plan E, y así sucesivamente.

El verano puede ser muy grato al Presidente. Pero luego tendrá que empezar de nuevo a vender fantasías, y buena parte del personal acaso se le encalabrie. No será eso lo más grave, aunque sea lo que seguramente más tema. Lo terrible será comprobar que nos hemos quedado sin margen, que no hay dinero en la caja, que se han superado todos los techos y todos los límites, y que no se puede continuar así. La prensa amiga tratará de disimular, pero llegará un momento en que todas las estrategias de relaciones públicas se toparan con que aquí se ha acabado la fiesta y que lo mejor que se podrá hacer es poner a este buen señor camino de su casa. La pregunta es: ¿estará la clase política preparada para tomar una decisión grave y necesaria como la moción de censura?


[Publicado en Gaceta de los negocios]