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martes, 7 de julio de 2009

La mala fama

Aunque sea casi imposible encontrar una regla universal en asuntos humanos, creo que hay algo que se acerca grandemente a esa rareza, y es la convicción de que el mal nos es ajeno, enteramente ajeno, lo que recuerda la malévola insinuación de Montaigne & Descartes sobre el tamaño de nuestra inteligencia. De aquí, la popularidad del chivo expiatorio, el animal al que más conviene la condición de verdadero amigo del hombre según Carlos Rodríguez Braun. El mundo es tan amplio y ajeno, tan complejo, que son innumerables las almas bellas (las shöne Seele de la Fenomenología del Espíritu de Hegel) que sufren la omnipotencia del mal y lo abominan, aunque no en silencio. De su reconcomo surge un murmullo ensordecedor. Esa barahúnda se acaba fijando en algunos objetos de preferencia; en la época en que nos ha tocado vivir, aunque no haya sido así siempre, esas fijaciones se han asentado en un viejo conocido de los procesos de limpieza de sangre, en auténticos aristócratas de la culpa, en los judíos que, además, han cometido la osadía de resolver su cuestión, dando vida a un estado presuntamente criminal, un estado en el que se reúnen todos los estigmas de que abominan las exquisitas almas de la izquierda: porque es una democracia, porque es capitalista, porque se rige por un derecho en el que cuentan, y mucho, las libertades formales, y porque ha aprendido a defenderse y no parece tener miedo a las amenazas de los que se dicen ofendidos, a las bravatas de los ayatolas del Irán, esa gente exquisita y posmoderna cuya amistad cultivan Zapateros y Obamas.

El estado de Israel no es, desde luego, una excepción a la regla de que cualquier unidad política se asienta en una serie de victorias, o de derrotas, militares. Salvo para los comunitaristas muy ingenuos, las unidades políticas no resultan ser consecuencia de acuerdos entre caballeros (y, menos aún, entre caballeros y damas) para compartir honesta y plácidamente un rimero de bienes escasos. Demasiado hemos hecho con poner fin en algún punto a la violencia y con tratar de arrinconarla. El estado de Israel nos recuerda desagradablemente esa verdad, oculta e insoportable para quienes siguen creyendo que los niños vienen de París, para los amantes de sociedades cálidas y sin especie de conflicto, aunque muchas veces sean los mismos que aplauden a rabiar el amor libre o lanzan piedras o botellas a los agentes del imperialismo, pobres guardias o soldados mileuristas y maniatados por un buen sentido del que carecen quienes les increpan.

Es posible que el mundo vaya mejor mientras Israel y el capitalismo puedan seguir ejerciendo ese benéfico papel de malos de película. Nunca podremos estar ciertos de hasta dónde pueden llegar los puritanos para exorcizar las malicias que cuidadosamente se ocultan. Los que vemos el mundo como una trama densa de conflictos contradictorios sin solución fácil, inalcanzable, sobre todo, para esas simplezas sobre la codicia, el fascismo, el racismo, el monoteísmo o el Opus, no tenemos otro remedio que agradecer la existencia de Israel y la pervivencia del espíritu el capitalismo, muy a pesar de los Madoff, de los colonos y de una buena mayoría de los ministros de Economía.

[Publicado en Kiliedro, revista española de cultura contemporánea]

1 comentario:

Anónimo dijo...

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