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sábado, 26 de septiembre de 2009

La hipocresía política

Buena parte de la política española se puede considerar dirigida por una regla inicua formulada del siguiente modo: si sale cara gana el PSOE (o los nacionalistas) y si sale cruz pierde el PP. Hay que reconocer el mérito de quienes han conseguido que la tal regla no sea percibida como un disparate mayúsculo, que lo es, aunque la tal regla funciona de manera impecable. Pondré unos ejemplos recientes: pedir que la sanidad sea restrictiva con los que no la pagan es racismo y discriminación si lo propone el PP, pero pasa a ser una interesante reflexión si lo dice, como ha pasado, un jerarca socialista; no respetar el pacto anti transfuguismo es una muestra de la ambición desorejada, de hacerlo el PP, pero es un ejercicio de responsabilidad para con el pueblo cuando lo hace el PSOE, en especial si hay parientes de por medio; hacer favores a los amigos es corrupción si lo hace el PP, pero se queda en beneficio del ciudadano cuando es el PSOE quien lo practica.

Esta hipocresía selectiva es una consecuencia directa de que el PP haya aceptado, sin apenas protestas, ejercer su función en el marco cultural y lingüístico que la izquierda ha sabido imponer, bajo amenaza de identificación con un pasado fascista a quien se resistiese. Semejante poder no es ajeno al predominio mediático de la izquierda, pero tampoco es independiente de la inanidad intelectual y moral de algunos de los líderes políticos que se supone debieran defender posiciones distintas y emplear lenguajes propios. Muchas batallas se han perdido debido a que la izquierda ha sabido emplear términos que favorecían sus posiciones; la aceptación de que se pueda hablar del aborto, por ejemplo, en los engañosos términos de interrupción voluntaria del embarazo, ha favorecido primero una despenalización bastante hipócrita, puesto que ha dado píe a las prácticas abortivas ajenas a cualquier régimen jurídico, y favorece también la conversión del aborto en un supuesto derecho de nueva, y paradójica, generación. Cuando se realiza un aborto no se interrumpe nada, porque no hay nada que pueda reanudarse, que es lo que da píe a que se pueda hablar propiamente de interrupción; también es muy discutible la aplicación de voluntario al hecho de abortar, pero la conjunción de ambos equívocos resulta letal.

La hipocresía política en el tema del aborto se ha manifestado en todo su esplendor porque nadie puede defender sensatamente ni la situación actualmente vigente, ni, por supuesto, la nueva regulación; algunos dirigentes del PP han tenido la poca inteligencia de tratar de ocultarse tras un statu quo indefendible, precisamente para evitar el mal trago de establecer una posición clara en torno a este tema. Es esta la cobardía hipócrita que se adueña del lenguaje político, y su consecuencia es que se acabe beneficiando a quienes sí saben muy bien lo que quieren.

[Publicado en Gaceta de los negocios]

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Este tema lo explica muy bien Revel en "La Gran Mascarada". La izquierda europea ante la desaparición del socialismo y el comunismo como ideologías, tiene como única táctica hacer que "la derecha" sea concebida como antidemocrática. En lugar de estudiar a Marx y a Engels y profundizar en sus ideas, darse de cuenta de los errores de esos autores pero también de sus aciertos (por ejemplo el Manifiesto Comunista contiene ideas aprovechables), la izquierda el único objetivo que tiene es deslegitimar a la derecha.

En ese intento de deslegitimación, la izquierda se apodera de ideas, vocablos, expresiones e intenta (y consigue) que la gente identifique esas palabras con el PSOE.

Un ejemplo. En los próximos meses vamos a tener el "cambio climático" hasta en la sopa (ya es hasta el culpable de la crisis), y el único objetivo es que la gente termine asociando al PSOE con el medio ambiente y al PP con la contaminación.

El PP debe ser el partido de los valores, de la firmeza y la seriedad en los principios. Aunque el caso Gürtel, los espionajes y demás corrupciones del PP no parecen el mejor camino.

José Luis González Quirós dijo...

Revel acertaba plenamente, y eso que no tenía muy presente el caso español que es extremo en este punto.