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jueves, 8 de octubre de 2009

Barra libre

Esta mañana, un comentario sobre la segunda república, destacaba que, entre las causas de su fracaso, ocupó un lugar importante la escasa convicción democrática de la mayoría de sus líderes, tanto a la izquierda como a la derecha, de manera que no es difícil comprender que sus posibilidades de éxito no fueran muy grandes.

¿Nos pasa algo parecido a nosotros? Me parece que la respuesta tiene que ser, desgraciadamente, un sí, y que, salvando las innegables diferencias, el sistema de la Constitución del 78, está seriamente en riesgo por esa misma razón, porque muchos de nuestros líderes siguen viendo en la democracia únicamente un modo de legitimación, no un sistema que implique determinadas exigencias morales.

Las dos fallas más evidentes del sistema son la corrupción y la inestabilidad territorial, y ambas tienen su origen en la forma de funcionar los partidos políticos, enteramente ajena al interés general, y entregada únicamente a favorecer los intereses inmediatos de los dirigentes.

Veamos un par de casos. Estos días tenemos a Gürtel ante nuestras asqueadas narices. Pues bien, el Presidente del PP nos sorprende manteniendo una ridícula reunión secreta, en territorio supuestamente neutral, con uno de los afectados y dándole barra libre para que trate de resolver el asunto a su antojo. Para mayor escarnio, el señor Camps se despacha con unas declaraciones, tan escandalosas como cursis, en las que afirma que los dirigentes del PP valenciano se ayudan mutuamente, se quieren mucho y que todo esto es muy bonito. Me parece que en una democracia mínimamente seria, el señor Camps, junto con todos sus amiguitos, habría tenido que dimitir hace ya tiempo, y que el señor Rajoy deberá hacer lo propio si no se decide, definitivamente, a atajar un asunto que, aunque tenga su origen en la artera agresión del adversario, pone ante los desencantados ojos de los electores una desdichada realidad que afecta seriamente a los entresijos de su organización.

Puede haber quien piense que la obligación del PP es mantenerse en el poder a todo trance y combatir los intentos de desestabilización; sin duda es eso así, pero no creo que nadie creae que el PP pueda perder las elecciones si da muestras serias de que no piensa consentir ningún modo la corrupción. Lo contrario es lo que es peligroso, doblemente si se asume, como se hace, que no existe un único PP, sino que el PP es ya una especie de caótica federación de taifas, gobernada por una casta de intocables que poseen los votos de sus comunidades, es decir, que el PP sea ya, en la práctica, un partido nacionalista de donde haga falta para dejar de ser el mismo partido español en todas partes.

Esto nos lleva directamente a la segunda cuestión, al disparate territorial. Me parece que ha sido Rosa Díez quien ha dicho una de las cosas más certeras que he oído nunca sobre este asunto: “el problema no son los nacionalistas, sino que los grandes partidos acaben haciendo lo que los nacionalistas quieren”. Y, ¿por qué pasa eso? Pues porque sistemáticamente, los líderes de los partidos mayoritarios buscan su propio beneficio, aún a costa del desastre general. Para no retroceder, que podría hacerse, fijémonos en la conducta del PSOE actual a este respecto. Se somete tanto al dictado de los nacionalistas catalanes que corre el riesgo de acabar desapareciendo en Cataluña, donde está en el poder al precio de ejecutar las políticas nacionalistas más extremas, olvidando completamente el sentir de sus votantes y el interés general de los españoles.

La clave de este despropósito es que los actuales dirigentes del PSOE son incapaces de concebir algo distinto a la conquista del poder como objetivo de su acción política. Es la misma clave con la que han diseñado su estrategia de paz frente a los pistoleros de ETA, la explicación de su no respuesta a la crisis económica, el motivo de su absoluta falta de respeto al mínimo indispensable en la separación de poderes, la causa de sus descaradas intervenciones en el sector eléctrico o el fundamento de su desfachatez a la hora de favorecer a sus amigos de ocasión en el reparto de prebendas. Se trata, en suma, de que el actual partido socialista, con el dontancredismo de su líder a la cabeza, está absolutamente dispuesto a hacer lo que sea necesario (no se olvide que esa es, precisamente, la fórmula operativa de las mafias) para mantenerse en el poder, más allá de cualquier coherencia política, más allá de cualquier consideración del riesgo en que se pueda incurrir, sin que les importe un ardite la amenaza de que todo pueda saltar por los aires.

Es probable que la desvergüenza de que hacen gala los políticos sea un reflejo de nuestra tradicional picaresca, de la moderna creencia de los españoles de que todo da igual, y a vivir que son dos días. Es lastimoso que la opinión pública sea tan comprensiva con estas aberraciones o, peor aún, que las juzgue únicamente, con el criterio hipócrita del partisano: por ahí habría que empezar a cambiar.

[publicado en El Confidencial]

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