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lunes, 30 de noviembre de 2009

Away We Go

Además de escribir casi a destajo, este fin de semana he dedicado tiempo a ver la película del título, sorprendentemente traducida como “Un lugar donde quedarse” y a estar pendiente de un partido de fútbol. La película me ha parecido buena y me ha hecho reír; por causa del fútbol, y de lo que le rodea, me he puesto de los nervios, de manera que mi consejo sería ir más al cine e invertir menos tiempo en lo del fútbol, pero no siempre puede ser así.

En realidad sería difícil decidir que es más aburrido si una mala película o un mal partido; yo creo que los malos partidos son más fáciles de evitar que las malas películas, pero los buenos partidos son más atractivos que las buenas películas, porque son acontecimientos y tienen desenlace, en tiempo real como se suele decir, mientras que las películas son argumentales, en cierto modo ajenas al tiempo, casi tangenciales, porque siempre puedes verlas en otro momento. Hagamos algo de justicia poética y hablemos de la película porque lo del partido está ya todo dicho. Tal vez mañana llame la atención sobre algunas de las cosas que no se han dicho, supongo que porque suelen interesar poco a los futboleros, ya que el fútbol es, sobre todo, un modo de conversación pasional.

Ir a ver una película de Sam Mendes es, ahora mismo, una decisión escasamente arriesgada, porque Mendes es un tipo muy inteligente y sensible y no hace películas porque sí; me había llamado la atención el menosprecio de los críticos porque, aunque no suela hacerles casi ningún caso, Mendes es uno de los que habitualmente recibe parabienes, pese a hacer buen cine.

En cuanto empecé a ver la película comprendí las razones. Resulta que la historia de esta peculiar road movie está protagonizada por una pareja que se quiere y que espera, con toda ilusión un hijo. Resulta, además, que hay unos cuantos personajes que responden, digamos, a prototipos que suelen gozar de buena fama entre los críticos y que en esta cinta son ridiculizados de manera particularmente eficaz y cómica. Demasiado para el equipo crítico habitual.

Muchos de los que dijeron haber quedado extasiados ante American Beauty han quedado sorprendidos por esta crítica no menos sarcástica de la sociedad americana, del egoísmo y de la estupidez de muchas personas que gozan de buena reputación. Mendes ha afilado su crítica y, sobre todo, muestra que se puede llevar una vida digna si no se tiene el miedo a decir lo que se piensa, a hacer lo que se quiere, a dedicar amor y tiempo a las personas que amamos, sin desdeñar a nadie.

Vean la película, porque merecerán la pena sus carcajadas y la sonrisa con que saldrán al verla. Además podrán ver una auténtica maravilla a Allison Janney, la jefe de prensa de The West Wing, y, también por eso, les compensará verla.

domingo, 29 de noviembre de 2009

Editorial y partidos

Es posible que al leer estas líneas, los ecos del Barça/Real Madrid hayan eclipsado la gresca política por el editorial de la prensa catalana. Sobre este último se ha dicho ya todo lo que se pueda imaginar. Es seguro que los dimes y diretes del fútbol van a llegar más lejos, y que su variedad será mayor, entre otras cosas porque habrá quien trate de juzgar con ecuanimidad. ¿No sería posible encontrar unas reglas políticas de juego limpio para que la disputa histórica, por llamarla de algún modo, se encauce de manera razonable? El Madrid y el Barça siempre quieren ganar, pero, al menos, admiten que juegan a lo mismo, y tratan de hacerlo lo mejor que pueden, de manera que, aunque a veces se demonice a Guruceta o al que toque, la sangre no llega al río, porque saben que el juego es cosa de dos,.. y del árbitro.

Podemos ver el editorial catalán como el intento de forzar una solución, arbitraria e imposible para los no nacionalistas, o como un problema, lo que no puede negarse, ni por unos ni por otros, por nadie.

El fútbol nos ilumina a la hora de lidiar con problemas de este tipo. ¿No ocurrirá que lo que hace que una liga se pueda mantener, pese a las pasiones desatadas, es que los intereses comunes (y los sentimientos, las ambiciones, las tradiciones, y mil cosas más), son mayores que las diferencias, aunque éstas sean las que le dan sabor a la refriega?

La política es también un juego desde el punto de vista lógico, y uno de esos juegos que no siempre tienen solución precisa, por lo que hay que recurrir al árbitro y a su autoridad para decidir en las trifulcas que, de otro modo, acabarían con él. Al juez se le puede intimidar, hasta cierto punto, pero tiene la sartén por el mango, y el buen sentido de los contendientes suele saber cómo no pasarse de la raya.

¿Podríamos dejar de denostar al árbitro constitucional? Tras su sentencia, habrá pitos y aplausos, pero la pugna seguirá, porque nada acaba, que es de lo que se trata.

sábado, 28 de noviembre de 2009

Original y copia

Una vieja tradición atribuye a Descartes, uno de los padres del pensamiento moderno, un lema, larvatus prodeo, que se podría traducir como progreso sin llamar la atención, una frase que bien podría usarse como divisa de los avances contemporáneos en la informática y las telecomunicaciones, en lo que llamamos la era digital, ya que este tipo de avances se han hecho con nuestra forma de vivir y trabajar sin apenas sobresalto. Estamos tan acostumbrados a este tipo de progreso que nos llama poderosamente la atención ver, por ejemplo, en una película de los ochenta, cómo la gente, cuando estaba en la calle, tenía que acudir a una cabina para llamar por teléfono a casa o a la oficina, porque, por curioso que nos pueda parecer hoy, no se podía llamar a las personas, sino a los edificios. Lo mismo podría decirse de la aparición de los ordenadores en la vida cotidiana, tan imprevista que, por ejemplo, en la novela que inspiró la maravillosa Blade Runner, el agente Deckard, que ha de matar a los mutantes perversos, recibe sus órdenes en papel, con original y copia. Philip K. Dick escribió una historia de anticipación, por lo demás magnífica, en que las naves estelares casi atraviesan las constelaciones, pero en la que se seguía usando el papel carbón y las viejas máquinas de escribir hoy totalmente olvidadas. Esos artilugios, lentos, ruidosos e imprecisos, sí que llegaron a congraciarse con los escritores, que incluso soportaron su versión eléctrica, aunque las primeras de ese género siempre les pareciesen más propias de mecanógrafas que de intelectuales de tomo y lomo. Ahora solo se recuerdan cuando alguien quiere sentar cátedra de profundidad filosófica para presumir, intentando engañarnos diciendo que todavía escribe en su vieja Olivetti.

En el caso de los ordenadores no deja de ser sorprendente que ni siquiera genios como Von Neumann fueran capaces de prever que las máquinas que estaban inventando podrían tener alguna función, digamos, literaria. El hecho es que la tienen y eso es, curiosamente, una de las causas de la desazón que todavía provocan. Muchos no parecen capaces de asimilar que una tecnología tan vieja como la escritura pueda cambiar de manera tan imprevista. Ellos tenían la convicción de que las ideas gobernaban el mundo, y se rebelan contra lo que piensan que es meramente instrumental, según gustan decir, contra una revolución que se hace sin su concurso y, según se temen, contra sus intereses, por supuesto sagrados.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Política y ficción

Un grupo de amigos me han invitado a un debate que mantienen a través de la red sobre las relaciones entre ficción, realidad, novela e historia y cosas así. He leído lo que han escrito con interés, aunque no haya encontrado grandes novedades, puesto que, por suerte o por desgracia, en este tipo de cuestiones casi todo está ya pensado. Me parece que el debate se suscitó, sin embargo, a partir del intenso desagrado de todos ellos con el tipo de prensa de que disponemos en España, una sensación de hastío que es muy difícil no compartir. Justo en el momento que terminaba de leer su sabrosa correspondencia, me tropecé con un titular de El Confidencial que decía: “ El negocio de los periódicos impresos sigue en barrena. Los diarios de papel no levantan cabeza: caen un 13% en octubre”, y no tuve otro remedio que pensar que, en este asunto, se estaban aliando, de modo admirable, el hambre con las ganas de comer.

Las dificultades para hacer que una nueva generación de lectores en red sigan siendo adictos a la lectura de los periódicos de papel son enormes en el mundo entero, pero aquí se unen a la inequívoca sensación de parcialidad y de arbitrariedad que dan nuestros rotativos. No es que, por decirlo a la manera clásica, se confundan las opiniones con los hechos, no; hemos llegado a un punto en que es evidente que muchos medios de información españoles han perdido cualquier ética informativa, y que lo único que buscan es ayudar, al precio que sea, a quien les convenga. Los únicos hechos que cuentan son los intereses del medio, y la doña que se ocupa de estas cosas desde la Moncloa ha confeccionado medidas realmente venenosas para la escasa libertad de información de que disfrutábamos.

En estas condiciones, leer un periódico, o conectarse a un determinado canal, es un acto de afirmación en los prejuicios de cada cual, que apenas tiene nada que ver con el deseo de informarse. La situación es realmente alarmante porque es enteramente imposible que una democracia sin periódicos pueda subsistir. A cambio de democracia, lo que tenemos es una parodia en la que los que tienen el poder en las manos no pasan jamás por ningún aprieto. Aquí no solo hay una monarquía exenta de responsabilidades, ante Dios y ante la historia, sino que ese lugar privilegiado se ha ampliado para que puedan caber en él los que manejan el cotarro con envidiable soltura.

Se ha repetido hasta la saciedad el tópico de que los españoles hemos heredado una tradición cainita, pero me parece que, sin negar el cainismo, en parte atenuado por un cierto bienestar material escasamente usual entre nosotros, lo que nos caracteriza, mejor que el odio al enemigo. es la subordinación sistemática de la verdad a los intereses y la conveniencia. Los españoles tenemos un alto nivel de aclimatación a la mentira, a la doble moral, a la hipocresía; nuestra tradición católica y nuestra cultura barroca nos hacen muy tolerantes con formas que sabemos vacías de cualquier contenido, con la mendacidad, el disimulo, el fingimiento y la figuración. Aquí ni se desprecia ni se detesta al mentiroso, sino que, en el fondo, se le admira la habilidad para vivir del cuento.

Tampoco es que nuestra especialidad sea la lógica; las incoherencias, especialmente si tienen algún brillo, nos parecen más atractivas que un discurso honesto pero aburrido; nos gusta más el halago que la crítica y llegamos a confundir la adulación con el respeto. Esa moral de fondo no ha tardado en llegar a las esferas de la política y, ahora mismo, lo inunda todo. La democracia comenzó con un cierto nivel de exigencia ética que terminó de manera abrupta cuando se comprobó la facilidad con la que la izquierda se acomodaba al tren de vida y a la cultura del poder que era habitual entre nosotros. Es ya cosa vieja, pero habría que recordar a Felipe en el Azor, y a Guerra cogiendo un Mystère desde Portugal para llegar a tiempo a una corrida de toros en Sevilla. Hasta entonces todavía se daban mítines a campo abierto para tratar de convencer al respetable de que era mejor votar a la izquierda, o a la derecha, por estas o aquellas razones.

Ahora todo eso ha quedado reducido a pavesas. Rajoy soltó en las elecciones un discurso incomprensible y cursi sobre una niña, al parecer siguiendo estrictamente las recomendaciones de algún menda supuestamente experto en mercaderías electorales, y, ya puestos, si las cosas parecen irle mal monta una convención en la que no pasa nada más que lo que le conviene. En medio de una crisis sin precedentes en la historia de España, el presidente y su partido tuvieron a bien organizar el pasado fin de semana una patochada memorable que incluía una especie de desfile de políticos por la pasarela. Lo que realmente asusta es que los periódicos se sumen a esta clase de liturgias como si en ellas se ventilase algo realmente, que se acostumbren a que las noticias se creen a gusto de los que mandan. Así estamos,… ¡y luego dicen que el pescado es caro…!

miércoles, 25 de noviembre de 2009

El Barça

Una de las cosas más molestas que tiene la afición futbolística, tal como se vive entre nosotros, es que no le deja a uno admirar debidamente el juego de los rivales, aunque sean extraordinarios. Hablando en plata, que los que somos madridistas tenemos un permanente conflicto de conciencia a cuenta de lo bien que está jugando el Barça.

Nuestro madridismo nos lleva a desear la derrota de los azulgranas, pero como nos gusta el fútbol, no tenemos más remedio que admitir que, a día de hoy, el fútbol del Barça es infinitamente superior al del equipo de nuestros amores. Lo que ocurre es que los culés nos acosan inmediatamente con el recuerdo del reciente y doloroso 2-6 y el de otras humillantes derrotas (aquel 5-0 del dream team y otras vejaciones de las que prefiero no acordarme), y eso nos impide ejercer la grandeza de espíritu necesaria para reconocer que lo de Iniesta y Xavi es un auténtico portento.

Yo soñaba secretamente con que el Inter de Etoo eliminase al Barça de la Champions, pero ahora que no me oye nadie, tengo que decir que me alegro infinitamente de que ese fútbol maravilloso haya puesto en su sitio al fútbol rácano y marrullero que se hace en el país trasalpino. Naturalmente espero que el Madrid le gane al Barça el próximo domingo, pero porque me gusta creer en los milagros. Lo que me aterra, sin embargo, es la sospecha de que podamos estar entrando en una etapa en que la estadística ya no nos sirva de consuelo.

martes, 24 de noviembre de 2009

A hombros de gigantes

Uno de los más recientes post del blog de Google, Finding the laws that govern us, incluye un homenaje a los creadores de la common law en las Estados Unidos, a los innumerables jueces que, sentencia a sentencia, han ido afinando el sentido de lo que es justo. Esa referencia se hace a propósito de una nueva función que se quiere mejorar en Google Scholar para buscar con facilidad los antecedentes relevantes en un determinado caso, y conocer mejor el sistema legal americano. Lo que resulta interesante, y muchos quizá no sepan, es que hay una relación muy estrecha entre el sistema legal americano y los inicios de Google, una historia que Karim Gherab contó estupendamente en uno de los capítulos de nuestro libro sobre bibliotecas digitales, recientemente traducido al inglés. Les hago un brevísimo resumen de esta notable historia. El sistema de búsqueda de antecedentes en el derecho americano fue el origen de un negocio editorial que se ocupaba de sistematizar las citas o sentencias relevantes para cada tipo de caso. Eugene Garfield pensó que ese sistema bien podía servir de inspiración para poner en marcha un sistema que permitiese controlar el impacto de las publicaciones científicas a partir del número de citas que estas obtuviesen en publicaciones posteriores y fue precisamente esta idea la que sirvió de inspiración a Sergey Brin y Lawrence Page para crear el algoritmo de búsqueda en cuya eficacia ha fundado Google su enorme éxito. Con el homenaje de este post se riza un rizo que bien merece acabar con la vieja cita atribuida a Newton y cuyo rastro siguió con maestría el gran Robert K. Merton

[publicado en adiosgutenberg]

El circo político

Un profesor universitario frustrado por no haber llegado (todavía) a catedrático, le reprochaba a su viejo maestro escasez de aprecio y falta de apoyo; el adjunto quejumbroso se comparaba con otros y no encontraba motivos para su supuesta discriminación; cuando inquiría por las causas, el viejo profesor le hacía ver sus carencias en unos u otros aspectos, pero él siempre encontraba que algún colega que había llegado a la cumbre universitaria con esa precisa laguna, hasta que, finalmente, el viejo maestro, harto de los importunos quejidos del mediocre, le dio la explicación definitiva: “mire, querido amigo, la supuesta injusticia no consiste en que éste o el otro tengan alguna tacha, sino en que usted pretenda llegar a catedrático con la colección de defectos de todos los demás”.

Me he acordado de la historieta al ver el tumulto que ha montado el PSOE para animarse. Aquí, efectivamente, hemos hecho una democracia con los defectos de (casi) todas las demás. Este tipo de actos a la americana son una horterada en la democracia española. En EEUU cumplen dignamente una función, porque allí la democracia es bastante capilar, y va de abajo a arriba, lo que explica que Obama, que es un político con dotes excepcionales, haya podido llegar arriba del todo en una carrera muy rápida. Además, este tipo de espectáculos solo se emplea durante las campañas electorales.

Aquí la democracia ni es capilar ni va de abajo a arriba, sino al revés, de manera que esta clase de actos carece de cualquier sentido preciso, salvo el circense, engaño y diversión incluidos. El PSOE, en particular, ha abandonado hace muchísimo tiempo cualquier intento de articular un mensaje político coherente, más allá de hacer halagos a todo votante que quiera dejarse adular. Es tremendo que, con la que está cayendo, el PSOE pueda pensar que lo que ha hecho este fin de semana sirva realmente para algo, que tenga que ver con la política en algún aspecto digno y noble.

Desgraciadamente, hay que admitir, que sí sirve para mucho, y la prueba es que también el PP se dedica a ese espectáculo grotesco de reunir a aplaudidores para que puedan escuchar simplezas y baladronadas. Esta política espectacular está ahogando de raíz la posibilidad misma de una democracia respetable, y a nadie parece importarle gran cosa. El parlamento ha muerto y la democracia se traslada no a los periódicos, sino a lo que se puede llamar con toda propiedad telebasura, el espectáculo en el que los políticos muestran con todo cinismo la escasísima estima que sienten por sus ciudadanos, y también por esos individuos a sueldo a los que consideran sus sirvientes o esclavos.

lunes, 23 de noviembre de 2009

Un utilitarismo romo y cobarde

Muchas de las reacciones frente al rescate pagado de los marineros del Alakrana se basan en un razonamiento perverso inspirado en la utilidad y en el cálculo, en una especie de justicia sometida a cotización y contabilidad analítica. Se trata de modernas versiones del principio capaz de justificar toda iniquidad, a saber, que la consecución del fin justifica cualquier procedimiento.

Todo parece poder quedar reducido a que la cosa nos salga barata, a que sea rentable. Es sorprendente ver cuántos que fustigaron al gobierno con imperativos kantianos cuando, por ejemplo, hubo un accidente aéreo en Trebisonda, se convierten en utilitaristas de mercado cuando se trata de sus asuntos. Es comprensible y disculpable que las familias y los amigos de las víctimas, se dejen llevar por el egoísmo y tiendan a olvidar los principios de la moralidad y de la justicia, pero es absolutamente intolerable que, bajo ese manto de piedad, se cuele el utilitarismo romo de quienes no temen otra cosa que el perjuicio electoral, o el mero desprestigio por no saber cazar ratones, con independencia del color del gato.

Las posiciones del gobierno han estado enderezadas al disimulo, a una imposible alianza del cinismo y la piedad para ocultar su cortedad de miras y/o su cobardía, o ambas, que no suelen ser incompatibles. En lugar de hacer lo que debieran haber hecho, a saber, emplear los medios legítimos para combatir un acto de piratería, tratan de convencernos de que han llevado a cabo una actuación diplomática contundente, como si sacar pecho hablando de nuestros cónsules, nos sirviera para atenuar el ridículo que este gobierno ha obligado a hacer, una vez más, a nuestros paradójicos soldados.

El gobierno ha tratado de que la alegría por el regreso de los secuestrados sirva para legitimar las chapucerías aplicadas al caso. No es ya que el gobierno mienta por interés, sino que nos desprecia tanto que no se molesta ni siquiera en que sus ideales parezcan coherentes.

[Publicado en Gaceta]

domingo, 22 de noviembre de 2009

Una política sin aliento

Decía Ortega respecto de la universidad española de su tiempo que era un lugar de crimen permanente e impune. Me ha venido el recuerdo a la cabeza al pensar en cómo está el debate político entre nosotros; a mi modo de ver, peor, mucho peor que la universidad orteguiana, e incluso que la nuestra.

Es tremendo que una parte muy importante de los que emiten juicios en público, de los que se suponen que tienen alguna autoridad, hablen sin saber muy bien lo que dicen, a derecha y a izquierda. Nuestra clase política está enferma de rutina.

Tómese, como ejemplo, el análisis de las supuestas medidas para combatir la corrupción en las que anda enzarzado el PP. Es cómico, si no fuera realmente de llanto. Lo primero que tendría que hacer un partido que de verdad quisiera acabar con la corrupción es empezar consigo mismo, y dejarse de mirar a los demás. Son los propios partidos los que están corrompidos cuando, por ejemplo, sostienen alcaldes cuya política, y no me refiero a ningún municipio pequeño, nada tiene que ver con con lo que el PP debiera defender y representar; también se corrompen cuando se toman a broma el mandato de la democracia interna, o cuando se nutren de fondos que saben que no son legales ni decentes. ¿Para qué seguir? En política, la moral del éxito a cualquier precio es enteramente incompatible con la decencia, así que la corrupción es, de momento, un fruto sazonado del sistema.

La democracia española está en el peor momento de su corta y no muy gloriosa historia. España sufre una epidemia de mentira, de falsedad, de disimulo, de hipocresía y de fantasías estúpidas que no tiene parangón. Si esto no se arregla desde dentro, a no mucho tardar tendremos que lamentarlo. No basta con querer que ganen los nuestros para que las cosas mejoren; es mucho más necesario que los nuestros lo merezcan, y, de eso, muy pocos se acuerdan. Estamos en la hora de todos, y cada vez valen de menos las disculpas. Si ahora no sabemos responder con generosidad y arrojo, nuestros hijos y nietos escupirán con toda razón sobre nuestras tumbas.

sábado, 21 de noviembre de 2009

Por su interés, transcribo integro el Editorial de La Gaceta del día de hoy:

Este Gobierno que tan esquivo se muestra a la hora de explicar el rescate del Alakrana, que, incomprensiblemente, intenta que interpretemos como un éxito, tiene, al parecer, bastante que ocultar porque en su momento se embarcó en operaciones encubiertas que, muy lejos de salirle bien, acabaron de manera completamente esperpéntica.

Según revela hoy LA GACETA, en abril de 2008 y tras el pago del rescate por el Playa de Bakio, el CNI, entonces bajo la experta batuta de Alberto Saiz, trató de imitar la acción de castigo ejecutada por fuerzas francesas, apenas unas semanas antes, a consecuencia de la captura de un yate de recreo. No se puede leer la noticia sin experimentar una intensa sensación de sonrojo.

Nuestro Gobierno parece haber caído en la costumbre de ocultar cuanto realmente hace tras una espesa capa de literatura idealista. El caso que nos ocupa no se puede considerar como una anécdota más en la larga relación de chapuzas de este Gobierno. Resulta que mientras la vicepresidenta se empleaba a fondo para explicarnos las habilidades de la diplomacia española, unos agentes bastante especiales se dedicaban a formar una banda de la porra para recuperar el dinero entregado.

Es absolutamente intolerable que un Gobierno que pone toda clase de pegas a la actuación de la fuerza legítima, y que es capaz de ridiculizar a nuestros soldados obligándoles a confesar que son incapaces de acertar a una lancha desde un helicóptero se atreva, al tiempo, a organizar una especie de GAL somalí para vengarse por lo bajinis de las afrentas de los piratas. Por lo visto, a este Gobierno únicamente le preocupan las víctimas de las que puedan hablar los periódicos, y le traen al pairo las muertes, si se puede librar de que nadie se las atribuya. Se trata, como es obvio, de un ejemplo más de la política de plena trasparencia a la que nos ha acostumbrado el Gobierno que nunca iba a mentir. ¿Cómo es posible que se renuncie a las acciones militares, perfectamente legítimas, y en cuya preparación invertimos cuantiosas partidas presupuestarias, para poner en marcha chapuceras maniobras ilegales que, además, suelen tener un final tan ridículo como el que han tenido?

Este Gobierno está tan completamente condicionado por la propaganda contra la guerra que agitó de manera absolutamente hipócrita e irresponsable contra el PP, que es completamente incapaz de dirigir con mano firme la acción de nuestras Fuerzas Armadas cuando están en juego los intereses nacionales o las vidas de nuestros compatriotas. Todavía habrá algunos ingenuos, o bobos, que piensen que la razón de fondo está en ese supuesto pacifismo que pretenden promover, como muestra de su superior condición moral. Sucesos como el que hoy relata este periódico dejan al descubierto la doble moral del Ejecutivo y su absoluta falta de respeto a cualquier forma de legalidad. No ha habido ningún inconveniente, por ejemplo, en eliminar somalíes, con el riesgo cierto de matar incluso a inocentes, dado el método de castigo elegido, cuando se ha podido esconder la mano suficientemente a tiempo.

Es inevitable recordar el GAL, por el empleo de mercenarios, por la absoluta falta de escrúpulos y por la forma chapucera de ejecutar la operación que, finalmente, se ha puesto al descubierto. Ahora aparecerán también los garzones dispuestos a lavar las manchas del Ejecutivo para que este GAL con chilaba se convierta también en una maledicencia, para que no se pueda mancillar la figura intocable de nuestro príncipe de la paz.

viernes, 20 de noviembre de 2009

¿Navega libremente el Alakrana?

Nuestro presidente puso su gesto más solemne para decir la frase que llevaba varios días deseando pronunciar, “El Alakrana ya navega libremente y todos los miembros de la tripulación están sanos y salvos”, es decir que casi se puso épico. Los hermeneutas radicales, a los que supuestamente se asemeja el pensamiento de Zapatero, profesan la convicción de que la épica es peligrosa porque, habitualmente, oculta alguna fechoría. El hecho de que Zapatero haya transgredido accidentalmente su forma de pensar preferida, el discurso civilizatorio al que es tan aficionado, y haya recurrido, sin ninguna improvisación, al recurso épico revela que debe encontrarse en un aprieto. ¿Se habrá convertido acaso Zapatero en un utilitarista al estilo de González, al que solo le importaba que el gato cazase, independientemente de su pelaje? No lo creo. El recurso a una retórica inhabitual en Zapatero podría también indicar que se ha vuelto sensible a las emociones patrióticas, al fin y al cabo dirige el gobierno de España, según dicen los anuncios.

El secuestro del Alakrana ha sido un calvario para el gobierno por alguna razón adicional a la más obvia, que no pienso negarle. El gobierno se estaba quedando en cueros ante la opinión nacional porque es muy sencillo hacer una pregunta realmente simple: ¿Para qué nos estamos gastando lo que nos cuesta esta administración si ni siquiera es capaz de liberar a unos pescadores que han caído en manos de unos piratas de aspecto tan desarrapado? ¿Por qué hemos de mantener unas costosísimas fragatas que no nos sirven siquiera para recuperar por la fuerza un enorme barco que ha caído en manos de una chalupa? ¿Para qué demonios queremos el CNI, las embajadas y los miles de asesores si no sirven ni para un apuro relativamente ligero y que, además, era perfectamente previsible que volviera a suceder?

Bernardino León, que lleva fama de empollón, ya advirtió días atrás que convenía ver una peli americana para darse cuenta de lo peligrosos que son los somalíes, es decir que si ni siquiera los americanos pueden con esta gente ¿cómo vamos a poder nosotros? Estuvo hábil el Bernardino, pero su estratagema no sirve para contestar la pregunta principal. Entre españoles, el gobierno tiene que tener un halo de misterio, de poder indestructible y por eso hay tanto monárquico y somos tan prontos a la sumisión y al acato. El gobierno inspira respeto, son los que mandan y hay que obedecerles. Bien pues era precisamente esta premisa la que se estaba tambaleando peligrosamente. Por esa razón llamó Zapatero a La Moncloa a las mujeres de los marineros y, sin necesidad de intimidarlas, consiguió que cierta espera tranquila se adueñase de su ánimo, porque la verdad es que esas vascas estaban a punto de tirar por tierra todo el tinglado de la farsa. Zapatero no les mostró ningún arma secreta, pero, como suele hacer este gobierno, supo hacer promesas contantes y sonantes.

Yo sé muy bien que no es de buen tono preguntar ahora por el precio que todos hemos pagado con este asunto. No lo voy a hacer, pero me digo a mi mismo, y digo a quienes me puedan leer, que hemos dado un ejemplo de impotencia, de debilidad y de cobardía que solo podrá borrarse con mucha determinación y con mucha inteligencia. No sé si este gobierno será capaz de hacerlo, más bien creo que no tenga ninguna intención de ponerse a ello. Sus intereses más altos han quedado a salvo, el único daño que les importa seguramente se ha evitado a tiempo.

Pero la vida es larga, y nuestros barcos seguirán navegando por mares de piratas que se sentirán completamente seguros de que ningún buque español les vaya a poner seria resistencia. Nos han tomado la medida, han confirmado lo que aprendieron con el Playa de Baquio, que somos un país fácil, razonable, dispuesto al negocio. Hemos dado un ejemplo completo de la firmeza de nuestras instituciones, con la posible excepción de la dignidad de la justicia. El político que quería dialogar con ETA estará lamentando la oportunidad perdida por la cabezonería de algunos y por lo imprecisos y marrulleros que son los jefes de esa banda. Él, que se ha entendido a la perfección con los somalíes, podría haber logrado una paz en Euskadi que unos cuantos intransigentes le han echado a perder.

Se ha demostrado, una vez más, que esto de la alianza de las civilizaciones funciona estupendamente a nada que se suelta algo de dinerillo. Zapatero ha recurrido a la épica porque piensa que, en adelante, es hora de sacar pecho. Los necios de siempre le atacarán tratando de buscar los cinco píes al gato del rescate, pero, ya lo ha dicho la vicepresidenta con su piquito de oro, el gobierno no ha hecho otra cosa que cumplir la ley y moverse discretamente por el buen fin de un asunto tan desagradable. Lo que hace falta es que se deje trabajar al gobierno en paz: han bastado unos días de contención de la crítica y se ha producido el milagro de la liberación, el Alakrana navega de nuevo hacia casa.

[Publicado en El Confidencial]

jueves, 19 de noviembre de 2009

Un libro

Hace unos días recibí una llamada de un viejo amigo al que no veía desde hace más de treinta años. Pasamos juntos por algunos aprietos, pero la vida nos separó, y gracias a la red, volvimos a encontrarnos. Mi amigo ha tenido una vida larga y llena de iniciativas, y pasé un buen rato escuchando sus reflexiones. Al final, me dejó un libro que había escrito y que me había dedicado cariñosamente. No he dicho que mi amigo se llama Pedro Cañada y que es filósofo, aunque la mayoría de los que le conozcan le tendrán, sobre todo, por un idealista que ha peleado bravamente por las cosas de su tierra extremeña.

Al llegar a casa, le eché un vistazo al libro, con el escepticismo que uno le echa a este tipo de cosas. Luego empecé a leerlo con creciente interés y llevo más de un mes leyendo cada día un poco, como a sorbos. Es un libro de filosofía de verdad, sin academicismos ni cosas pretenciosas, sin un átomo de esa pedantería que para una buena mayoría de colegas es, por el contrario, la esencia del asunto. Aquí, no; aquí, lo que hay es pensamiento de verdad, retazos de una meditación que ha durado décadas, y que se ha destilado en unas páginas cuya única pega es la abundancia de erratas, y el aire descuidado de la edición.

Poco antes de leer el libro de Pedro había estado releyendo una breve selección de textos de Schopenhauer hecha por Andrés Sánchez Pascual, y me di cuenta de que el libro de Pedro no desmerecía en la comparación. Es más benigno que el alemán, y menos sarcástico, pero, como aquél, toca con aparente simplicidad cuestiones que ningún filósofo puede considerar sin emoción.

Por supuesto es un libro escrito para el gran público, aunque el gran público no suele ni enterarse de la existencia de este tipo de libros; los sabios, por supuesto, tampoco. Se lo recomiendo con toda sinceridad, si quieren leer un libro de filosofía veraz, profundo, claro, sin pretenciosidades, y que les ayude a poner sus ideas en cierto orden.

Autor: Pedro Cañada

Título: Entre Dios y la nada

Editorial: Milenio Ensayo, Madrid 2008

Para localizarlo se puede llamar a la editorial 913145125, o escribir un emilio al autor, pedroccastillo@yahoo.es

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Fernández de la Vega razona

Mucha gente pensará que no hace otra cosa que cambiar de ropa, una apreciación que seguramente se deberá a prejuicios inconfesables, pero la verdad es que la vicepresidenta está superando ampliamente el antecedente de Fray Gerundio a la hora de argumentar con brío, contundencia y acuidad.

Ahora resulta que el PP se pone estrecho y pretende criticar las gestiones del gobierno con el Alakrana, cuando resulta que se ha liberado a los marineros en menos de cincuenta días, y sin desatender ni uno solo de los restantes asuntos del gobierno, desde la alianza de las civilizaciones hasta la ampliación de derechos en materia de aborto. Además, el caso ha salido barato, como dijo el otro día uno de esos genios del periodismo que siempre descubren que Zapatero está en lo cierto.

¿Qué se puede decir de gente tan atrabiliaria que pone en duda el buen hacer del gobierno y los brillantísimos resultados de su gestión? Sin perder el aplomo, la Vicepresidenta primera ha dado, una vez más, en el clavo; con una frase de apenas siete palabras ha puesto a la derecha de este país donde le corresponde. Que se entere todo el mundo, que nadie se llame a engaño: “la derecha está de parte de los piratas”.

Ya era hora de que se dijesen las cosas claras: la derecha liberal y desregulatoria nos ha traído esta crisis y está de parte de los piratas. ¿No ven la cara de bucanero de Rajoy? ¡Están listos estos del PP con una vicepresidenta tan aguda! Son unos desagradecidos y unos insensibles que no son capaces de acompañar la emoción del presidente en uno de los momentos más altos de su eficacia gestora, cuando pudo decir, no sin emoción, “El Alakrana ya navega libremente y todos los miembros de la tripulación están sanos y salvos” Es tristísimo vivir en un país cuya oposición no celebra los éxitos del gobierno como se merece; menos mal que tenemos a la vice para aclarar el panorama y poner freno a la demagogia de estos piratas de pacotilla que le quieren robar a Zapatero el apoyo popular. ¡No pasarán!

martes, 17 de noviembre de 2009

Esperanza Aguirre

Que la política es el intento de hacer gastronomía con sapos, se sabe desde hace tiempo, pero siempre es desagradable comprobarlo. Tras la convención del PP en Barcelona muchos insinúan, y algunos, como, por ejemplo, Anson, lo dicen abiertamente, que Rajoy podría descabalgar a Esperanza Aguirre de la cabecera de las listas madrileñas. Otros comentaristas no tan proclives al marianismo, como el gran Cesar Alonso de los Ríos, han hecho notar que el liderazgo de Rajoy parece consistir en una eliminación progresiva de cuantos pudieran inquietarle, con la excepción de Gallardón que, sin que se sepan muy bien las razones, goza de una aparente predilección entre los marianistas, tal vez porque crean que es progre y leal. Como se ve, no se trata de pronósticos contrarios, sino convergentes.

Yo no puedo creer que los errores de Rajoy puedan llegar hasta ese punto, aunque estoy casi seguro de que muchos de sus asesores no soportan a la presidenta madrileña. El caso es que a Esperanza le ha tocado comerse un sapo para poner buena cara en Barcelona, pero pudiera pasar que sobre ella se cernieran amenazas más graves. No se me alcanzan las ventajas que pudiera tener una nueva victoria del PSOE en las generales, pero en los aparatos hay gente capaz de cosas muy ingeniosas

Doña Esperanza Aguirre es una persona de firmes convicciones, alguien que no tiene miedo a pensar como lo hace ni, menos aún, a que se sepa lo que piensa. Esto les da un poco de cosa a muchos genoveses, que creen que si se logra un buen montaje, las ideas están muy de más. Por curioso que pueda parecer, esto de tener ideas y de hablar de ellas, resulta ser un rasgo raro entre políticos, especialmente entre los que, siempre dispuestos a triunfar al precio que sea, confunden el afán de victoria con la aceptación de las premisas de sus contrarios. Gallardón es un caso claro de esto último, y de ahí el que les parezca un líder muy conveniente a quienes nunca votaron ni votarían al PP, más que nada, supongo, por razones estéticas, pues se trata de gentes muy miradas.

La valentía en la defensa de las propias convicciones es una condición inexcusable del liderazgo auténtico, algo que tiene Esperanza, y de lo que otros, estén donde estén, carecen profusamente. Quevedo satirizó el falso liderazgo al decir que "para que se anden tras ti todas las mujeres hermosas... ándate tú delante de ellas". La lideresa madrileña no es de las que tratan de ponerse al frente de la manifestación, sino de que la gente se le una porque llegue a convencerse de lo que ella piensa, cosa que se dedica a explicar de la mañana a la noche, con notable eficacia, porque cree que el liderazgo político no está reñido con la pedagogía, sino con el oportunismo y la mangancia.

No sé sino serán demasiadas tachas como para soportarlas en una misma persona, como tampoco sé si Rajoy llegará hasta las elecciones generales (tal vez decida no convocar el congreso que habría que celebrar), ni, menos aún, si será capaz de ganarlas; lo que sí sé, es que si intenta desestabilizar a Esperanza Aguirre, cometerá el error de su vida, causará un daño irreparable al PP que conocemos, y, desde luego, no ganará las elecciones. Así que el tándem Gallardón/Botella que promueve el escritor monárquico pudiera llegar a ser la última ocurrencia de Rajoy en el reino de la política.

lunes, 16 de noviembre de 2009

La innovación puede esperar

Nos habíamos hecho a la idea de que la ciencia y la innovación habían encontrado su lugar entre nosotros. Los presupuestos públicos habían empezado a dedicar al fomento de esa cultura una modesta partida presupuestaria, pero las cosas pintaban bien. En estas, llegó la crisis, esa crisis en la que no creía ZP, y el Gobierno le ha pegado un bajonazo a la partida que la ha dejado con las vergüenzas al aire.

Es uno de esos gestos que explican más que mil teorías: al gobierno le parece que eso de la innovación puede esperar, que de momento ya vamos bien con la imaginación que tenemos. Por eso los presupuestos no han sido cicateros con el cine, por ejemplo, porque ahí si hay imaginación de la buena, y al servicio de una causa verdaderamente sólida y tangible, a saber, la progresía universal, la doma del intolerante y el diálogo de las civilizaciones. Fijémonos, por ejemplo, en Almodóvar, en su capacidad para hacer cada vez una película distinta sin que sus acérrimos admiradores den síntomas de cansancio. En cambio los científicos llevan décadas con el cáncer, con la malaria o con los nuevos materiales, y repiten una y otra vez los mismos experimentos, sin que el gobierno pueda apuntarse ningún tanto.

¿Innovación? De entrada, no. Sigamos a lo nuestro, con lo que sabemos hacer bien: los planes E, la cultura de la masturbación, abriendo nuevas vías en materia de rescates, perfeccionando los métodos de registro del paro; adelante, en fin, con nuestras más solidarias tradiciones, con esa posmodernidad planetaria que tanto nos envidian.

En España, para nuestra desgracia, impera todavía una cultura de la simulación y la mentira, hija ilegítima del barroco. Aquí siempre ha importado más lo aparente que lo sustantivo, las liturgias que los hechos, la hojarasca verbal que la experiencia. Esta mentalidad es lo que explica que el socialismo sea casi imbatible. ¿Innovar? ¿Para qué? Nos basta y nos sobra con los cuentos de siempre.

sábado, 14 de noviembre de 2009

La convención del PP

El Partido Popular ha escogido el Palau de Congressos en Barcelona para celebrar su Convención Nacional. La elección se muy significativa porque el PP busca hacerse presente en donde no ha cosechado sus mayores éxitos en el pasado inmediato. Aunque ahora no se vaya a debatir sobre esta cuestión, parece necesario no olvidar que sin una política coherente, firme y bien explicada, el PP seguirá teniendo en Cataluña una de sus mayores carencias.

La Convención tratará de convencer a los electores de que en el PP se ha encontrado la línea política que pudiere llevar a Rajoy a la Moncloa. No es tarea fácil, porque el formato escogido se presta mucho a la espectacularidad, pero no facilita que los ciudadanos perciban con nitidez que el partido este debatiendo con seriedad sus posiciones políticas.

El PP presenta esta reunión como un intento de romper con el modelo tradicional de acto político de "discurso y aplauso", para tratar de que sea "la sociedad la que hable al partido y no al revés", según las palabras de Ana Mato, uno de esos líderes que parece servir para todo, porque, inexplicablemente, y peses a sus obvias relaciones con la trama Gürtel, se va a encargar también de redactar un nuevo código ético para el partido.

Como propósito no está nada mal, pero resulta difícil evitar la sensación de que todo el esfuerzo organizativo se encamina más a la adhesión incondicional, más propia de otros tiempos, que al debate, tan necesario ahora. Los del PP pueden confundirse una vez más, porque la participación de una serie de expertos independientes, que casi nunca son ni lo uno ni lo otro, no se consigue suplir la falta de cualquier reflexión organizada en el partido y la permanente sensación de improvisación y de arbitrariedad que, últimamente, afecta a sus programas y a sus iniciativas.

Se suele considerar que esta clase de actos son a la americana, pero no convendría olvidar que en los EEUU el espectáculo no se usa para eludir los problemas, sino para hacer más nítida la confrontación y más claras las propuestas de cada cual. La democracia no se fortalece con el disimulo y con el ocultamiento, y lo que los electores le reclaman al PP es, justamente, que invierta menos energía en sus querellas internas, o en defender la inocencia de personajes poco claros, y se dedique a convencer a los españoles de que nuestros problemas tienen remedio, y que el PP tiene la solución. Al PP no le faltan liturgias, más bien le sobran y, precisamente por eso, esta clase de actos contribuye más a subrayar sus debilidades que a cualquier otra causa.

Cuando un partido está convencido de lo que propone, no puede tener ningún temor a hablar de su programa, ni a buscar cada día nuevas adhesiones frente a una situación que amenaza con llevarnos a la ruina nacional a muy corto plazo. El PP no debiera experimentar ninguna dificultad especial para comprender lo que le demandan sus electores, porque el descontento con la conducta de los socialistas es verdaderamente clamoroso.

Lo que sus electores, y con ellos muchísimos españoles más, esperan del PP es que sepa dar satisfacción a esa inmensa decepción que los españoles sienten con la política de Zapatero, una desesperanza que, si el PP no acertase a estar a la altura de las circunstancias, pudiera muy bien extenderse al PP y a la política en general para condenarnos a una situación en la que el escepticismo y el desencanto de los electores garantizasen una permanencia casi indefinida de quienes nos gobiernan.

El PP se equivocaría si pensase que el desgaste del gobierno fuere a convertirse automáticamente en la garantía de su victoria. De hecho no está sucediendo así; las encuestas muestran aspectos del estado de la opinión que no deberían echarse en saco roto. El PP debería ser consciente de que su labor de oposición no satisface por completo a sus electores, y de que el comentario más frecuente entre sus partidarios es, precisamente, que el crecimiento de las expectativas del PP no está conforme al nivel de decepción que merece y obtiene la política de Zapatero y los suyos. Si en Barcelona se comienza a poner remedio a estas quejas, se podría experimentar una cierta mejora. Si pese a la buena intención, el acto se acabase reduciendo a un ejercicio más de autocomplacencia, no servirá para nada y acentuará el escepticismo de los muchos.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Una democracia demediada

Que nuestra democracia es mejorable, es algo que casi todo el mundo reconoce sin dificultad. Nadie en su sano juicio podría presumir de la corrupción, de la politización de la justicia, de la metástasis de las administraciones, de la debilidad del Parlamento, o de los excesos de la partitocracia, por citar algunos de los ejemplos más obvios.

Lo que resulta preocupante es que nuestros líderes no se limiten ya a no considerar esos defectos como objetivos de una agenda política digna, sino que empiecen a convertirse descaradamente en apologetas de esas limitaciones. Así sucede cuando se nos propone disimular los males de la democracia disminuyendo nuestras exigencias, es decir, con menos democracia todavía, en lugar de combatir, como debiera ser, los males de la democracia con una democracia cada vez más exigente. Lo que está pasando, ni más ni menos, es que los líderes de los partidos están empezando a dejar de ser demócratas, a comportarse de manera despótica o dictatorial, sin apenas darse cuenta, lo que no serviría de disculpa, o de manera perfectamente consciente, que es lo que me temo.

Los dirigentes de los partidos comienzan a emitir abundantes señales de que lo único que les importa es ganar, a cualquier precio, pero ganar. Sea para mantenerse en el poder o para llegar a él, la victoria es lo único que parece contar. Esta clase de doctrinas es comprensiblemente atractiva para los funcionarios políticos, para aquellos que no han hecho otra cosa en la vida que medrar a la sombra de los aparatos, pero resulta vomitiva, por emplear un término de moda, para quienes crean que la democracia debiera servir para algo más que para encumbrar a eminencias como las presentes.

La democracia se puede justificar de dos maneras. En primer lugar porque es la mejor forma de respetar la dignidad y la libertad de los ciudadanos, garantizando la imposibilidad del despotismo y de la arbitrariedad; en segundo lugar, por su eficacia para resolver problemas, para conseguir que triunfen las ideas de la mayoría, y para que se respete los derechos de quienes piensan de otro modo. No es concebible ninguna justificación de la democracia que pueda consistir en el mantenimiento del que está en el poder o en la mera llegada de otro. Para no quedarnos en generalidades, subrayemos dos actitudes típicas de la jibarización de la democracia con la que se nos quiere mantener a raya, una del PSOE, otra del PP.

Con motivo de la desdichada gestión gubernamental tras el apresamiento del Alakrana, ZP ha dejado escapar su pensamiento sin demasiadas precauciones. Escogiendo su tono más admonitorio, nos ha advertido que importunar al Gobierno, o a cualquiera de sus ministros, con preguntas impropias sobre la situación del barco y sobre nuestras gallardas maniobras para recuperarlo, es hacer el juego a los piratas. ¡Pobre gobierno, acosado a la vez por los piratas y por ciudadanos insensatos que quieren enterarse de lo que no les concierne! ¡Desdichado país en el que abundan los personajes que dudan de las intenciones y de las habilidades de sus gobernantes!

Una declaración como la de Zapatero muestra, a la vez, su ignorancia y su mala intención; el presidente no debe saber que los ciudadanos estamos en el derecho y en la obligación de ponerle en los aprietos que nos pluguiere, debe confundir la democracia con el gobierno de su partido en el que, como todos dependen de él, nadie osa llevarle la contraria. Zapatero preferirá, sin duda, el partido único, el instrumento que jamás molestará a ningún dirigente cuando se disponga a hacer algo por el bien de todos, faltaría más. A Zapatero le sobra la oposición, la prensa, y la libertad para poder ejecutar en la oscuridad y con la mayor eficacia las maniobras que le convengan que él suele confundir con nuestro bienestar. ¡Cuánto sufren los ZP de este mundo soportando a los malpensados y maledicentes! ¡Qué desagradecidos somos!

No es más estimulante el panorama si se mira hacia Génova. Muchos dirigentes del PP se aprestan a extender la idea, increíblemente miope, de que los problemas políticos son meras imaginaciones de personajillos ambiciosos e insolidarios que se empeñan en dificultar la carrera triunfal de don Mariano hacia la Moncloa. Para ellos, la única fuente de legitimidad parece consistir en la posibilidad de conseguir la victoria. Ahora bien, esta clase de razonamiento, si se le puede llamar así, confunde los resultados imaginarios con las razones políticas para desear, precisamente, la victoria. En democracia, los procedimientos siempre son esenciales, y no pueden reservarse únicamente para afear el proceder del adversario. Es verdad que la vida interna de los partidos tiene sus riesgos, y ha de desenvolverse con prudencia, pero quién, amparándose en esa cautela, pretenda cercenar la libertad, la discrepancia o la crítica, perderá cualquier legitimidad para reclamar la victoria en las urnas. El miedo a la libertad es algo más que el germen de la derrota.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Una universidad pre-digital

Hoy me ha llamado la atención un par de cosas que, al parecer, ha dicho uno de los creadores deTuenti, Zaryn Dentzel, en una conferencia en Zaragoza. Las repito para ustedes, con todo mi dolor: “En España se enseñan lenguajes de programación de hace 20 años…”, "Aquí la formación técnica es muy mala porque los profesores enseñan lo que ellos saben, no lo que hay que saber ahora". No puedo estar rigurosamente seguro de lo que afirma Dentzel, pero me temo que esté en lo cierto.

Nuestras universidades no son mejores, sencillamente, porque ni siquiera lo intentan. No existen para competir y nadie va a ellas con esa intención. En ellas priman valores muy tiernos y cálidoscomo la solidaridad o el compañerismo (es un decir), pero casi absolutamente nadie se propone mejorar las cosas y, si alguien se lo propusiera, lo normal sería que acabare desesperado. No quiero gastar más líneas comentando una desgracia tan obvia para cualquiera que conozca el caso, pero sí quería llamar la atención sobre un aspecto que tiene que ver directamente con la observación de Dentzel, a saber, el grado de digitalización de nuestras universidades. Todo el que compare la página web de una universidad española con una americana de un nivel aparentemente similar, comprobará que aquí nos estamos quedando absolutamente rezagados. En algunas universidades, por ejemplo, aunque las actas puedan ser digitales hay que firmar ejemplares en papel, dicen que “por si acaso”. La mayoría de los profesores españoles no tienen una página web personal y muchos siguen ignorando la necesidad de estar presentes en ese espacio y las enormes posibilidades que con él se abren para el estudio y la investigación. El otro día vi en la tele a un par de famosos catedráticos hablando de la universidad, en tono quejumbroso, por supuesto, pero seguían hablando de saberse la lección, de explicar el tema y cosas así.

Las universidades debieran estar en vanguardia de la era post-Gutenberg, como sucede de hecho en la mayor parte de las mejores universidades del mundo, pero aquí, como muy bien dice Zaryn Dentzel, seguimos como hace veinte o treinta años; me temo que cuando se quiera poner remedio al desfase sea ya demasiado tarde.


[publicado en Cultura digital]

martes, 10 de noviembre de 2009

Políticos trasladadores

La lengua es un sistema que nos permite reconocer ciertas señales, por ejemplo, que una palabra que no abundaba empiece a comparecer más de la cuenta, o a usarse de manera inhabitual. Cuando esto sucede, podemos estar seguros de que hay gato encerrado, de que convendría consultar a Freud. Lo digo por la extrañeza que me produce la muy frecuente presencia del verbo trasladar en los discursos, por llamarlos de algún modo, políticos. Nuestro diccionario ofrece cuatro acepciones diferentes del término, las dos primeras con un inequívoco significado de cambio, en el espacio y/o en el tiempo, y las dos segundas relativas a los cambios de signos, entre lenguas (como traducir), o entre soportes (como copiar).

No recoge el Diccionario el uso político de trasladar para referirse a una idea o a un mensaje. Esa innovación lingüística me parece que oculta algún resorte. No quisiera pasarme de malicioso, pero cuando los políticos nos dicen que nos quieren trasladar algo, lo que nos están diciendo es que ese algo que nos trasladan no admite discusión, es tan inmutable como su voluntad de permanecer en el cargo que ocupen, salvo para acceder a uno mejor.

Trasladar no significa, pues, decir y, menos aún, argumentar. Se trata de algo que el político nos quiere colocar, transferir, su mensaje, su voluntad, sus órdenes, si fuere el caso. Nada hay en ese uso que implique diálogo, conversación o escucha: que el político nos traslade algo quiere decir que ya sabemos a lo que hay que atenerse, que no nos llamamos a engaño. No hay, ni siquiera información; es, más bien, un aviso, una advertencia, un recuerdo de quién es el que manda. Y, casi siempre, nos trasladan algo porque no acaban de poder trasladarnos a nosotros, lo que no deja de ser un consuelo.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Bajo palio








[Estación de Valencia-Fuente San Luis]

Los que peinamos canas recordamos las escenas de Franco entrando bajo palio en las catedrales, un singularísima muestra de respeto y de autoridad, un gesto solemne. Se trataba de una muestra más de una de las más viejas características de la cultura política de los españoles: la veneración de la pompa y el boato, la sumisión al poder.

Dígase lo que se diga, entre nosotros, el poder siempre ha gozado de buena imagen porque en nuestra cultura barroca cuentan más las palabras que los hechos, los títulos que el saber, los diplomas que la realidad. De una u otra forma, en España el poder político siempre se muestra bajo el palio, nunca a la intemperie.

Muchos pensábamos que eso habría de cambiar con la democracia, pero no ha sido así. Lejos de que los órganos de la opinión pública aprendiesen a ejercer de vigilantes del gobierno se han convertido, casi siempre, en turiferarios, han competido por el favor del que manda y se han comprometido a explicar lo mejor que puedan hasta sus más íntimas querencias. Cuando a ZP se le ocurrió la memez aquella del talante, un coro amplísimo de comentaristas hizo suyo ese hallazgo, sin ninguna ironía.

Pensaba en estas cosas días atrás en un tren camino de Murcia, una de las provincias traidoras al régimen, mientras comprobaba, no sin pasmo, la estupenda acogida que tenían las palabras del ministro de Fomento en Zaragoza asegurando la futura realización de una línea de alta velocidad entre Valencia y la costa norte. Hasta el presidente de Cantabria se felicitaba de la ocurrencia del gallego diciendo que para su región era “un día histórico”. El proyecto de una línea férrea entre Valencia y el mar cantábrico es uno de los grandes fracasos de nuestra historia ferroviaria, una utopía con 130 años a sus espaldas. Ahora lo resucita un ministro ingenioso y concita el encomio de plumillas y reyezuelos de taifas. Cuando se aplaude un mero tren de papel como si fuera, de verdad, una línea de alta velocidad, ¿quién necesita palios?