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sábado, 14 de noviembre de 2009

La convención del PP

El Partido Popular ha escogido el Palau de Congressos en Barcelona para celebrar su Convención Nacional. La elección se muy significativa porque el PP busca hacerse presente en donde no ha cosechado sus mayores éxitos en el pasado inmediato. Aunque ahora no se vaya a debatir sobre esta cuestión, parece necesario no olvidar que sin una política coherente, firme y bien explicada, el PP seguirá teniendo en Cataluña una de sus mayores carencias.

La Convención tratará de convencer a los electores de que en el PP se ha encontrado la línea política que pudiere llevar a Rajoy a la Moncloa. No es tarea fácil, porque el formato escogido se presta mucho a la espectacularidad, pero no facilita que los ciudadanos perciban con nitidez que el partido este debatiendo con seriedad sus posiciones políticas.

El PP presenta esta reunión como un intento de romper con el modelo tradicional de acto político de "discurso y aplauso", para tratar de que sea "la sociedad la que hable al partido y no al revés", según las palabras de Ana Mato, uno de esos líderes que parece servir para todo, porque, inexplicablemente, y peses a sus obvias relaciones con la trama Gürtel, se va a encargar también de redactar un nuevo código ético para el partido.

Como propósito no está nada mal, pero resulta difícil evitar la sensación de que todo el esfuerzo organizativo se encamina más a la adhesión incondicional, más propia de otros tiempos, que al debate, tan necesario ahora. Los del PP pueden confundirse una vez más, porque la participación de una serie de expertos independientes, que casi nunca son ni lo uno ni lo otro, no se consigue suplir la falta de cualquier reflexión organizada en el partido y la permanente sensación de improvisación y de arbitrariedad que, últimamente, afecta a sus programas y a sus iniciativas.

Se suele considerar que esta clase de actos son a la americana, pero no convendría olvidar que en los EEUU el espectáculo no se usa para eludir los problemas, sino para hacer más nítida la confrontación y más claras las propuestas de cada cual. La democracia no se fortalece con el disimulo y con el ocultamiento, y lo que los electores le reclaman al PP es, justamente, que invierta menos energía en sus querellas internas, o en defender la inocencia de personajes poco claros, y se dedique a convencer a los españoles de que nuestros problemas tienen remedio, y que el PP tiene la solución. Al PP no le faltan liturgias, más bien le sobran y, precisamente por eso, esta clase de actos contribuye más a subrayar sus debilidades que a cualquier otra causa.

Cuando un partido está convencido de lo que propone, no puede tener ningún temor a hablar de su programa, ni a buscar cada día nuevas adhesiones frente a una situación que amenaza con llevarnos a la ruina nacional a muy corto plazo. El PP no debiera experimentar ninguna dificultad especial para comprender lo que le demandan sus electores, porque el descontento con la conducta de los socialistas es verdaderamente clamoroso.

Lo que sus electores, y con ellos muchísimos españoles más, esperan del PP es que sepa dar satisfacción a esa inmensa decepción que los españoles sienten con la política de Zapatero, una desesperanza que, si el PP no acertase a estar a la altura de las circunstancias, pudiera muy bien extenderse al PP y a la política en general para condenarnos a una situación en la que el escepticismo y el desencanto de los electores garantizasen una permanencia casi indefinida de quienes nos gobiernan.

El PP se equivocaría si pensase que el desgaste del gobierno fuere a convertirse automáticamente en la garantía de su victoria. De hecho no está sucediendo así; las encuestas muestran aspectos del estado de la opinión que no deberían echarse en saco roto. El PP debería ser consciente de que su labor de oposición no satisface por completo a sus electores, y de que el comentario más frecuente entre sus partidarios es, precisamente, que el crecimiento de las expectativas del PP no está conforme al nivel de decepción que merece y obtiene la política de Zapatero y los suyos. Si en Barcelona se comienza a poner remedio a estas quejas, se podría experimentar una cierta mejora. Si pese a la buena intención, el acto se acabase reduciendo a un ejercicio más de autocomplacencia, no servirá para nada y acentuará el escepticismo de los muchos.

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