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jueves, 31 de diciembre de 2009

En nombre de todos

La democracia está siempre en estado de riesgo, o crece o muere. La nuestra no está mejorando, hay pocas dudas de ello, pero tiene a la vista una gran oportunidad para fortalecerse. Pese a sus defectos, esta democracia sigue siendo un régimen mejor que todos los demás. La razón para que una democracia, incluso demediada, sea mejor que otro régimen, reside en el hecho de que nada en ella es definitivo, ni siquiera los mayores errores, siempre que persista la esencia del sistema: respeto a la Constitución, y elecciones libres.

Los partidos que aspiran a la mayoría suelen hablar de esa mayoría como si fuese de su exclusiva propiedad y así dicen “todos quieren esto” o “nadie está de acuerdo con aquello”. En un sistema bipartidista suele ocurrir que esos mensajes chocan con sus contradictorios, que los rivales también manejan el “todos” y el “nadie”. De este modo, se produce un enfrentamiento irresoluble y contradictorio en que se aboca a un estado permanente de guerra de trincheras, y en el que son los ciudadanos de a píe, los que no son ni nadie ni todos, quienes soportan los costos de la bronca interminable.

Esta suplantación por el nadie y el todos supone un auténtico secuestro de la democracia porque implica la sustitución de la voluntad popular por la voluntad del partido, lo que puede acabar significando, tantísimas veces, el mero capricho del líder. Es, por ejemplo, escandaloso, que los partidos no hayan sido capaces de renovar, como marca la ley, la composición del Tribunal Constitucional, un ejemplo claro de subordinación de la ley a la voluntad de los mandamases. Es triste que el respeto a la ley se suela preterir en España, especialísimamente por la izquierda, por obediencia al líder del partido. Esto es gravísimo y está en el fondo de muchos de nuestros problemas. Sin embargo, en una democracia verdadera, nadie debiera estar jamás por encima de la ley.

La Constitución se pensó como una Ley especialmente respetable y, precisamente por eso, estableció un Tribunal Constitucional que, al margen de los vaivenes de la política, pudiese corregir tranquilamente los excesos legislativos de las mayorías, y hacerlo en nombre de una legalidad superior, y libre de presiones electorales o pasajeras. Ha sido una verdadera desgracia que, a las primeras de cambio, y por un tema menor, como lo fue el de Rumasa, el Tribunal se hubiese de postrar ante el enorme poder del gobierno de González.

Ahora el Tribunal Constiucional tiene en sus manos una cuestión decisiva, la constitucionalidad del Estatuto Catalán. ¿Seguirá el poco glorioso antecedente de someterse a la voluntad del Gobierno o sabrá encontrar fuerzas para estar a la altura que la Constitución lo colocó de manera sabia y previsora? Es de esperar que conozcamos la respuesta a este interrogante con cierta rapidez, pues ya son incontables las demoras que lleva en su contra una sentencia tan fundamental.

Quienes esperan que el Tribunal, pese a su deficiente constitución, defienda la Constitución en puntos en que es de claridad meridiana, desean que sus miembros se comporten como ciudadanos valientes y honrados, capaces de resistir el halago y las presiones para custodiar con valor el legado decisivo que se les ha encomendado.

Quienes temen que haga precisamente eso, se han dedicado a atacarlo, de manera preventiva, refugiándose en la idea, absolutamente errónea, de que el Tribunal Constitucional no representa a nadie. La verdad, ahora sí, es estrictamente la contraria. Representa, por definición, la voluntad de la Nación que se dotó de una Constitución y que confió a un puñado de insignes juristas la defensa de su integridad y de los ataques de los enemigos de la libertad, de la ley y de la democracia. El Tribunal Constitucional sí puede decir que habla en nombre de todos, de ese todos que constituye la Nación y que se encarna en una voluntad histórica de ser sujeto por encima de diferencias y de partes.

La sentencia no va a afectar, pues, a un tema importante pero particular. No. La sentencia puede ser el acta de defunción de la Constitución o, por el contrario, un vibrante alegato en su defensa, un mandato que, por mal que dejase a un Gobierno metido en camisa de once varas, le restituiría el poder político que, como Gobierno de todos los españoles, le pretende sustraer un Estatuto Catalán que es, a toda luces, inconstitucional, por su texto, por sus intenciones y, como se está viendo ya, por su efectos.

En mi opinión no cabe una tercera vía, una sentencia interpretativa, un quiero y no puedo que dejaría al Tribunal Constitucional, y a todos con él, a los píes de los caballos del monumental lío que, inevitablemente, se generaría. No puedo creer que personas de talento y categoría moral quieran pasar a la historia como los liquidadores de un texto que ha sido capaz de fundar el período más próspero de la historia contemporánea de España, aunque se disguste el presidente del Gobierno.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Los habitantes de la casa deshabitada

Enrique Jardiel Poncela escribió en 1942 una comedia cuyo título me viene con frecuencia a la cabeza al pensar en la situación del PP. La comedía de Jardiel es pura fantasía, y se ha visto siempre como una anticipación del llamado teatro del absurdo. La situación del PP no es precisamente fantástica, sino paradójica, de modo que no me atrevería a distinguirla nítidamente del segundo marbete.

La paradoja principal del PP consiste en lo que podríamos llamar su miedo a estar presente, a ser protagonista, a hacer o decir algo original, a asumir algún compromiso sustantivo más allá del halago repetido a las diversas y abundantes especies de agraviados por la política zapateresca. Los líderes del PP parecen creer que yendo al tran-tran alcanzarán la victoria, y que no mojándose en exceso nadie podrá reclamarles después ningún incumplimiento. Esa especie de tontuna se alimenta con encuestas, de manera que donde debieran leer mero descontento con el gobierno, encuentran, vaya usted a saber por qué, aprecio a sus propuestas, aunque nadie sepa muy bien a cuáles.

Mariano Rajoy parece, en ocasiones, aplastado por una creencia deletérea: le de creer que ha heredado un partido perdedor, lo que, además de no ser exacto, constituye una disculpa neciamente ridícula. Al aceptar esa condena, cosa que irrita sobremanera a la mayoría de sus militantes y electores más aguerridos y capaces, se condena a la pura realización de tareas menores, a ser un adorno del sistema sin que pueda atreverse a jugar en serio para conseguir el mandato de gobernar esta vieja y desvencijada España.

Cuando el PP se dedica, únicamente, a ejecutar piezas de repertorio, a las cantinelas archisabidas, a la celebración de esos cargantes e inútiles actos que se ofrecen a los pasmados televidentes como concentraciones de agradables aplaudidores del líder de turno, muchos de ellos probablemente a la espera de un puestecillo, los españoles con la cabeza sobre los hombros y que desearían el relevo la destitución pacífica y civil de un gobierno desdichado, se ven condenados, irremediablemente, a una melancolía honda.

¿Es inevitable que el PP esté forzado a practicar una oposición rutinaria y ayuna de imaginación? En absoluto. ¿Hay alguna razón misteriosa por la que este PP sea incapaz de suscitar entusiasmo y ampliar sus adhesiones, por lo demás ya muy sólidas? De ninguna manera. ¿Qué ocurre pues?

Me parece que hay dos géneros de causas para explicar la abulia política del PP. Una de ellas es el miedo a la complejidad interna del partido; la otra es el temor a no acertar con la tecla adecuada para formular políticas originales y ambiciosas, y, consiguientemente, la decisión de vivir de las supuestas rentas del pasado.

El primero de los miedos se escenificó con toda solemnidad en el lastimoso Congreso de Valencia en el que los supuestos representantes de más de medio millón de afiliados llegaron a la cita con el voto amarrado por la dirección para que nadie se desmandase. Esa manera de hacer partido es una manera segura de derribarlo, de anestesiarlo, de condenarlo a la inanición intelectual, política y social. El PP no tiene que tener miedo a mirarse en el espejo y darse cuenta de que su imagen es más parecida a la sociedad española que lo que dan a entender sus dirigentes; el PP tiene que acostumbrarse a debatir, a pensar, a afrontar las cuestiones en lugar de tratar de ponerse de perfil para que nadie les pille en un renuncio. Si el PP no corrige su estrategia esquiva y lastimosa, antes de las siguientes elecciones generales, tendrá muy pocas opciones de derrotar al candidato socialista, sea quien fuere. Hay un Congreso ordinario previsto y será una magnífica oportunidad para hacer bien lo que antes se ha hecho mal, pero muchos se dejarán llevar por la tentación mortal de convertir el Congreso en una supuesta exaltación del líder, en una ocasión más para repetir esa estúpida imagen de aplaudidores y banderolas que ni interesa a nadie, ni a nadie mueve.

El segundo temor tiene el mismo remedio. El PP debe organizarse desde ahora mismo para presentar un programa completo, atractivo y creíble, que muestre a los españoles lo que el PP quiere ser, algo más y algo distinto de lo que ya ha sido. La derecha no puede vivir de las rentas, de la convicción de que los españoles comparten la idea de que el PP es mejor gestor de la economía, y se entusiasman con unos principios tan aludidos como inanes. Un Congreso está para formular políticas que sean susceptibles de obtener un mandato electoral, de conmover a la opinión y de modificar el cuadro de expectativas de voto por razones distintas al mero cabreo por la crisis económica.

La derecha padece una resistencia tradicional a tomarse en serio la importancia de las ideas y tiene que corregirse si quiere ser algo más que un comparsa de nuestra historia política futura. Para ganar, tiene que esforzarse en merecerlo, y vencer los miedos que la atenazan e inhabilitan.

martes, 29 de diciembre de 2009

Vargas llosa y una tal Belén

En un debate epistolar con un grupo de amigos, partidarios de que nada es tan claro como parece, y siempre dispuestos a oscurecerlo un tanto para que no decaiga el ánimo, me he atrevido a comparar la autoridad de Vargas Llosa con la de una tal Belén, de la que he oído que es el segundo nombre más buscado en Google (¡Dios mío, qué pensarán de nosotros en Mountain View!). Todavía no he recibido el palmetazo merecido, que imagino plural, pero me reafirmo en lo dicho.

¡Qué se le va a hacer! Ya dijo Miguel Boyer hace muchísimos años que España es un país de porteras; lo que resulta sorprendente es que muchos de nuestros intelectuales, por decirlo de algún modo, tengan esa clase de hábitos, es decir que solo lean a los famosos o que coloquen las opiniones de los tales como si se tratase de fuentes inequívocas de autoridad cuando, en muchas ocasiones, carecen de cualquier conocimiento sobre el tema. Me parece que fue Ortega, seguramente escocido, quien dijo que fuera de la Física a Einstein no se le ocurrían más que tonterías. Eso es lo que creo, que casi cada cosa de la que merezca la pena discutir tiene sus dificultades y que, o se conocen si se han estudiado, o es mejor callarse, justamente lo que hacen los famosos, los tuttologos, los que si dejan de hablar dejarían de existir. Aquí somos muy aficionados a preguntarles a los escritores, por ejemplo, sobre el darwinismo o sobre el cambio climático, a tratar de averiguar lo que piensa un Almodóvar sobre la crisis o sobre Afganistán, o a titular a lo grande las ocurrencias de un cantante sobre el Papa.

Mi interlocutor, que es hombre prudente y leído, nos colocó un texto del Varguitas sobre la violencia que, a mi parecer, y al de algún otro, era una auténtica mierda de toro, como dicen los sajones. No tengo nada contra dosis razonables del producto sin las que sería muy duro llenar tantas páginas y tantas horas, pero cuando se trata de pensar un poco en serio hay que huir como de la peste de los bien pensantes y de los que fabrican mierda de toro sin pestañear.

¿Cuáles serán las razones de este curioso proceder? Trataré de no incurrir en el vicio que critico y evitaré pontificar sobre lo que no sé. Sugiero, sin embargo, que la vagancia y la alergia al estudio pueden tener algo que ver con el asunto. Somos un país de repetidores, de seguidores. De hecho, mucha gente pretende llegar a la cumbre repitiendo lo que dice alguien supuestamente eximio, siendo el representante o el equivalente de X en España, de manera que nos gusta el pensamiento bien empaquetado y si es guapo el que lo sostiene, mejor.

lunes, 28 de diciembre de 2009

La vuelta de Solana

Me parece que el fichaje de Solana por el ínclito ZP ha pasado más inadvertido de lo que merece. Resulta que Solana ha sido encargado por el Consejo de Ministros de elaborar la estrategia española de seguridad, algo que los periódicos han puesto, generalmente, con mayúsculas. Para los despistados: la noticia de Solana no es del 28 de diciembre.

Lo primero que se me ocurrió al pensar en esta novedad es lo siguiente: ¿Acaso no tenemos una estrategia para el caso? ¿Qué tenemos entonces? Como este país está volviendo a ser de charanga y pandereta pudiera ser que todo lo que hacemos en ese terreno sea fruto de la improvisación. Si así es, la verdad es que las cosas no nos han salido del todo mal.

Yo creo que ZP ha sacado conclusiones del asunto del Alakrana, por ejemplo, y pretende tener un plan en el que estas cosas no nos pillen por sorpresa. Hasta ahora hemos corrido riesgos tremendos por falta de previsión; bastará con recordar que el piloto del helicóptero que despegó de nuestra aguerrida fragata estuvo a punto de atinar a la Zodiac de los piratas, unos ciudadanos somalíes con los que habíamos llegado, por vías diplomáticas, a una entente talantosa y talentosa. Lo dicho, con esta improvisación, vivimos de milagro.

Es de imaginar que las fragatas en vez de helicópteros, que se pueden caer como en Afganistán, llevarán, por ejemplo, mezquitas portátiles para que los musulmanes puedan celebrar adecuadamente sus ritos cuando entablen algún tipo de contacto con nuestras fuerzas de paz. Bien mirado, podría ser una medida pionera.

domingo, 27 de diciembre de 2009

Los políticos

Ahora mismito acaba de descubrir el CIS que los españoles piensan que sus políticos son un problema. El tercero, en particular, después del paro y de la crisis, si mal no recuerdo.

No seré yo quien defienda a gentes tan aviesas y vulgares como suelen ser los políticos, pero me parece que empieza a ser hora de que los españoles nos demos cuenta de que, en una democracia, los políticos no pueden ser peores que nosotros. Al respecto, hay una demostración de Russell que he mencionado en muchas ocasiones y que funciona por reducción al absurdo: cuanto peores sean los políticos que representan a unos electores, peores serán éstos por haberlos elegido.

Pero hay algo más. Empieza a ser cargante que critiquen a los políticos como clase una serie de personajes del belén nacional, de los que solo mencionaré algunos a título de ejemplo: periodistas venales, jueces rutinarios, catedráticos fatuos, comerciantes tramposos, abogados fulleros, empresarios golfos, famosos por nada, deportistas vagos, traductores iletrados, actores ridículos, sacerdotes egoístas, estudiantes copiotas. La lista podría agrandarse sin mayor problema.

Los políticos no son perfectos y el sistema que hemos creado está lleno de agujeros y resulta, muchas veces, mal oliente. Hay que hacer algo, no cabe duda. Pero no vale criticar en ellos lo mismo que practicamos en nuestro patio sin mayor disimulo. Es la sociedad española en su conjunto la que necesita someterse a una autocrítica exigente, también los políticos, pero no solo ellos. A ellos le toca un papel importante, y a nosotros también. Hace falta que todos empecemos a ser más exigentes y ejemplares en lo que nos concierne para que podamos exigir lo propio. Los políticos avisados harían bien en promover esa tarea, pero mientras en la sociedad española la chapuza siga siendo moneda corriente, será ridículo pretender que los políticos se dediquen a ejemplarizar.

sábado, 26 de diciembre de 2009

El juez meticuloso

Esto de ser juez debe ser cosa difícil, sin duda. Si siempre es peliagudo no equivocarse, más rudo será no hacerlo cuando se ha de decidir sobre historias complejas, y que acaso no se entiendan bien. Se supone que la tarea debiera ser simple sabiendo derecho, pero me temo que no sea el caso. Lo que los jueces deciden no tiene que ver solo con el derecho, sino con la vida, que se complace en ser excepcional de manera casi continua.

Me parece que el juez que ha condenado a unos periodistas de la cadena SER pertenece a la rama de los meticulosos, que es una de las formas de ejercer la judicatura (la fama, como es bien notorio, es otra, muy vocacional, al parecer), es decir, una manera de actuar que se atiene a la letra de la ley para evitar cualquier extravío. Esa forma de actuar tiene sus ventajas, pero cualquier exceso puede convertirnos en necios.

Al parecer, el juez argumenta que el derecho que ampara a los medios de comunicación no es aplicable a Internet. La razón se me antoja clara: no debe haber ninguna ley que diga que Internet sea un medio de comunicación y, seguramente sucederá, además, que la ley que establece el tal y cual de los medios no menciona a Internet. En consecuencia.., al trullo.

Sospecho que este juez haya podido estudiar filosofía analítica, o cosas aún peores, porque me parece estar oyendo a Russell cuando decía aquello de que la lógica es la ciencia de no sacar conclusiones. Nuestro juez, muy puesto en lo suyo, ha acudido a los libros y la respuesta ha sido clara: si no se dice que Internet sea un medio de comunicación, y la ley los enumera para que quede claro de que se habla, no hay que sacar torpemente la consecuencia de que lo es, pese a todo.

Podemos imaginar al juez perdido entre millones de páginas para tratar de establecer qué es Internet, y poder juzgar en consecuencia, pero también podemos imaginarlo menos curioso, más positivista, constatando que la ley no menciona a Internet entre los medios. El juez ha podido pensar: ¿Qué debiera ser así? Pues que lo pongan, porque de momento hay que aplicar la legislación vigente.

Esto es lo malo de preferir la ley al buen sentido, pero que quede claro que, de preferir el buen sentido a la ley, acabaríamos en una revolución, y no parece que los magistrados estén deseando eso, entre otras cosas, porque podrían perder parte del no escaso poder que tienen.

Como nunca se sabe en lo que puede acabar una ley tomada al píe de la letra, habría que recomendar a los jueces la consideración de algunos principios de sabiduría, como, por ejemplo, la lectura del refranero. Prueben con este. “No se pueden poner puertas al campo”. Este juez ha sido sensato en su oficio y temerario en su sentencia porque, salvo que sea un tipo enteramente angelical, habrá podido imaginarse la que se iba a armar. Tal como está lo de los jueces, pudiera tratarse de un intento desesperado de salir en los papeles.

viernes, 25 de diciembre de 2009

Prejuicios perdurables

No hay nada menos efímero que los prejuicios; en realidad, si se cuidan un poquito, pueden llegar a ser eternos, además de conservar una enorme fertilidad. Digo esto a propósito de un comentario, reiterativo como corresponde, de Joaquín Rodríguez en su blog Los futuros del libro, que suele ser un ejemplo heroico de fidelidad a los intereses de esa tradición que confunde el papel con el texto y la impresión con la edición, todo un oficio. Fíjense lo que dice: “Casi ninguno de los libros electrónicos que se comercializan ahora mismo en el mercado […] mejora, a mi juicio, las propiedades y capacidades del libro en papel tradicional”. Lo más curioso de esta afirmación es que, por su forma, parece prometer el descubrimiento de esos libros que se ocultan tras el casi, porque, de no haberlos, hubiera debido atreverse a decir ninguno, que es, seguramente lo que piensa. Pero no, JR no quiere pasar por dogmático y se parapeta en un casique desprecia la capacidad lectora de sus adictos.

La cosa no acaba ahí: resulta que no solo hay mejoras, sino que los libros electrónicos tienen, además, un grave defecto que JR no tiene otro remedio que revelar, a fuer de sincero. Pero hay otro casi: el defecto es tan grave que se pone en boca del “hijo de un reputado colega” (que se vea que no es cosa de ser viejuno, como dirían los de Muchachada Nui), a saber (contengan el aliento): “el libro electrónico […] es un objeto” y sirve solo “para los que ya están habituados a leer en soportes tradicionales, porque no añade ni un ápice de valor adicional, a excepción, claro, de su capacidad de almacenamiento”. O sea, que los que no están habituados a leer deben seguir comprando los libros de siempre.

Hay que reconocer que el hijo del reputado colega de JR ha dado en el clavo. Ahí tenemos la gran diferencia con los libros normales; para empezar, eso de ser un objeto siempre ha estado mal visto por la mayoría moral progre; pero, además, como es obvio, los libros normales son los únicos que valen para los que no están habituados a leer, porque sirven, no es necesario insistir en ello, para decorar encimeras y para que los merluzos se hagan fotos delante de ellos, función en la que hay que reconocer que son imbatibles.

Una vez que se han desvelado los dos grandes defectos metafísicos de estos libros anormales, ya no hay razón para disimular; ya se puede enhebrar el conjunto tradicional de tópicos y defectos: no son táctiles, buscan mal, son lentos, no poseen conexiones, no sirven para anotar, no dan color, tan esencial para una lectura culta, etc. Esta enumeración es un catálogo de malas intenciones, algo así como si se describiera una biblioteca diciendo que no hay música, que no se pueden tomar cubatas, que está prohibido bailar y que además no se pueden realizar acampadas.

Lo peor, sin embargo, está por llegar y aquí JR se desmelena. Dice nuestro peculiar profeta libresco que los textos no son redimensionables y que por ello suelen (¿dependiendo del azar?) ser ilegibles e inmanejables. Como no podía ser de otra manera, JR se indigna: “un menosprecio ultrajante a cinco siglos de artes gráficas que ningún editor debería aceptar y que ningún lector debería consentir”. Esto de vejar a la tradición le parece muy mal a cualquier progre.

Como es Navidad, y cada uno escoge las tradiciones que le peten, no voy a seguir, aunque JR recomiende no comprar y esperar a que la tecnología vaya superando las pegas que a él se le ocurran. Me temo que eso no pasará nunca, de manera que sus infinitos seguidores se lo pueden tomar con calma.

[publicado en Culturas digitales]

jueves, 24 de diciembre de 2009

Pensar en Dios

Las navidades se han vuelto problemáticas, no cabe duda. Han sido objeto de toda clase de ataques, aunque los más terroríficos me parecen los del egoísmo de esas gentes, tan abundantes, para los que la vida significa hacer sus planes, y que nadie les moleste. Todos tenemos algo de eso, sin duda, yo desde luego. Pese a eso, a mí, las navidades siempre me han encantado porque me recuerdan lo mejor de la vida, de una realidad misteriosa pero no absurda y que solo se puede vivir bien con esperanza, algo que siempre es compatible con pasarlo mal. Los chicos listos, y las chicas, nos solemos olvidar de eso porque pensamos que la vida es una especie de espectáculo para que los demás aplaudan, y en navidad no hay manera.

También me molesta el excesivo empeño de algunos en purificar el sentido religioso de las fiestas, cuando esa intención se convierte en un motivo para reñir a los frívolos y a los tibios. Eso ya lo ha hecho San Juan, y bastante bien, por cierto, de manera que no hay que ponerse demasiado escatológico con la pequeña alegría del personal que es capaz de sentirla. Yo, por si se me olvida, procuro ver siempre ¡Qué bello es vivir! para acordarme de que el amor de Dios a los hombres se traduce siempre en deseo de paz y de alegría y en el impulso de su bondad, su generosidad y su esperanza.

Me he puesto a escribir esto porque he visto que Factual, el periódico de Espada, al que me he apuntado equivocadamente, pero sigo con cierto interés, promociona, entre otros, una lista de diez libros para dejar de creer en Dios. Me hace gracia que sean necesarios tantos, cuando mucha de la gente que no cree en Dios, que ni se le pasa por la imaginación, no ha leído ni un prospecto. Esto me recuerda a una de las cosas de Wittgenstein cuando parodiaba la verificación recomendando leer un periódico y salir a la calle para comprar otro de la misma edición y asegurarse de que dice lo mismo. No sé si lo cogen, pero para mí que creer en Dios tiene relativamente poco que ver con los libros, y por eso me resulta curioso que haya gente que espere más de los libros que del amor de Dios.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

¡Que inventen ellos!

Ayer uno de esos periodistas que pueden pasar por personas cultas, ya sé que no hay muchos, dijo que había que olvidar la frase de Unamuno (el "¡que inventen ellos!") porque nos había hecho mucho daño.

Unamuno escandalizó con esa frase, pero lo peor ha sido el equívoco que se ha creado en torno a ella. Unamuno pretendía responder a los positivistas sin ambición, haciéndoles ver que antes que imitar la ciencia foránea, lo que había que hacer era tener vivo el espíritu, y no se cansaba de reprochar a los españoles esa vaguedad espiritual que es la raíz de nuestros males, de la falta de ciencia también.

Por una serie de curiosas vericuetos Unamuno ha sido interpretado como una especie de energúmeno opuesto a la ciencia, a la técnica y a la razón. Lo que Unamuno zahería no era la ciencia sino el conformismo, también en ciencia. Unamuno estaba muy cerca del espíritu cajaliano en su actitud frente a la investigación, claro que también Ramón y Cajal decía de sí que no era un sabio sino un patriota. Lo que molestaba a Unamuno era nuestra tendencia a imitar, a no arriesgar en nada. Lo curioso es que ese es el auténtico espíritu científico, una capacidad para no convertir la ciencia en una fe muerta, en un sistema.

Unamuno no es culpable de otra cosa que de haber tratado de despertar al Quijote que hay detrás de cada Sancho demasiado conformista, un Sancho que, por mucho que se disfrace de científico y de moderno, sigue siendo el creyente acomodaticio y dogmático que tanto abunda entre nosotros.

martes, 22 de diciembre de 2009

La lotería y los toros

Hoy ha sido día de jolgorio en algunos sitios y de decepción en los más. La lotería es una de las pocas cosas que siguen llamándose nacional, junto con los toros. En el fondo, ambas tienen mucho que ver, son formas de tentar a la suerte, formas de crear una ilusión sobre algo que apenas la admite, porque o es un cálculo o es un ritual bastante pautado. Pero, en ambos casos, ha sido la gente quien le ha dado a esas diversiones un aire de fiesta popular, algo que ahora pretenden suprimir con argumentos de lo más variopinto, los nuevos ilustrados.

La lotería ya se ha liberalizado y compite con mil formas de apuesta, aunque esta de la Navidad conserve algo de esa ilusión sobrenatural que desborda de la celebración cristiana de estas fechas. Pese a todo, resiste porque es una tradición amasada por el pueblo llano que la aguanta a píe firme, aunque se entere de que el gordo le ha tocado, una vez más, a quien ya es millonario.

Lo que pasa con los toros es otra cosa. Aunque han dejado de ser exclusivamente españoles, hay quien los persigue precisamente porque todavía son eso. No he ido en mi vida a una plaza ni he visto una corrida por la tele. Oigo los nombres y las polémicas, aprendo del lenguaje taurino y me asombran las cosas hermosas que dicen algunos escritores, pero, en el fondo, soy partidario de las vacas, seres pacíficos que, cuando era un niño de aldea asturiana, eran como de mi familia. Simpatizo, incluso, con los defensores de los derechos animales, de modo que nada haría para continuar con esa fiesta.

Que quieran prohibirla, sin embargo, me produce una irritación honda. Cuando pudiera parecer que habíamos avanzado algo al librarnos de algunos viejos y absurdos inquisidores, resulta que reaparecen con otras vestes queriendo organizarnos, de nuevo, la vida, desde la cuna hasta la tumba; pretenden, encima, hacerlo en nombre del interés general, como preocupándose de nosotros. Una religión sin Dios, bastante estúpida e insoportable.

Se puede pensar que la gente que compra lotería hace algo absurdo, no diré que no (el impuesto de los tontos la llamaba Bernard Shaw, según he leído), pero lo hace porque quiere, con ilusión y con ánimo de compartir, por su real gana. Exactamente lo mismo que los aficionados a las corridas. Esa real gana es lo que parece que está mal visto por los que gustan de dictarnos lo que debemos hacer, lo que tenemos que evitar, y lo que hay que sentir, gente encantadora, como se ve.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Salvo y sino

La extraordinaria pieza retórica de Zapatero en Copenhague me ha estado rondando por la cabeza sin que supiese decir por qué. Me reconcomía como un enigma. La repasé sin encontrar motivo alguno para que ese breve texto me golpease las meninges. Tenía la impresión de que algunos de sus conceptos eran chirriantes como, por ejemplo, la idea de que pueda haber una “democratización de la producción de energía”, o la corajuda suposición de que la cumbre de Copenhague responda a una convocatoria conjunta de la ONU y la ciencia (sic), pero todo eso me parecía relativamente normal dentro del ideario zapatético.

Rebeca me sacó del apuro al hacerme ver que, en el archifamoso final de texto (“Pero la Tierra no pertenece a nadie, salvo al viento”), había un error gramatical que me había pasado inadvertido, y era chirriante.

El error consiste en que la palabra salvo está mal empleada porque, en su lugar, debería haber otra palabra, la conjunción adversativa sino. Zapatero debería haber dicho: “Pero la Tierra no pertenece a nadie, sino al viento”. Para verlo con claridad, haré una ligera corrección en la profunda sentencia zapateril. Veamos: “Pero la tierra no pertenece a ninguno de nosotros, salvo al viento”; en esta forma queda más claro el absurdo de considerar que el viento sea uno de nosotros (no creo que ni Zapatero ni ninguno de sus asesores hayan llegado a este extremo, eso puede esperar a otra legislatura), que es lo que daría sentido al uso de salvo, como, por ejemplo, cuando decimos alguna frase del tipo de “ninguno de nosotros ha estado en Finlandia, salvo Federico” (que sí es uno de nosotros).

Al decir “Pero la Tierra no pertenece a nadie, salvo al viento”, el Presidente ha dado pie gramatical al absurdo de que el viento sea uno de los nuestros, lo que no es el caso, ni lo sería incluso si fuésemos pieles rojas, como el jefe Seattle, del que según varios exégetas ha extraído la vena poética el gabinete monclovita.

En resumen: pasable en literatura, insuficiente en gramática. No es extraño, porque el presidente es de los que cree que la gramática está al servicio del pueblo, es decir que no cree en ninguna gramática que pueda estar por encima de sus caprichos.

domingo, 20 de diciembre de 2009

La democracia y sus equívocos

Los españoles tenemos muchísimos motivos para ser churchillianos, más que nada por aquello de que la democracia es el peor de los sistemas, excluidos todos los demás. Tras unas décadas de democracia, hemos empezado a darnos cuenta de que la democracia en que vivimos es bastante imperfecta, que se aleja mucho del ideal. Lo normal sería tomarse esa constatación como un síntoma de madurez, pero para muchos de nosotros tiene algo de desesperante.

Resulta que la democracia no nos puede hacer mejores si nosotros no hacemos mejor las cosas. No debiera ser necesario hacer grandes esfuerzos para comprender esa verdad, pero nosotros la estamos descubriendo un poco tarde.

Como fruto de la lucha contra un enemigo absoluto, la democracia se nos ofreció en su imagen más pura. La gente se peleaba por ser democrática, y no serlo ha sido, durante años, el insulto predilecto de los españolitos que leían periódicos. Ahora nos encontramos con que la democracia se nos aparece como una fórmula casi vacía para que se repitan los viejos errores, las viejas mentiras y con que, además, se añaden al festival nuevos errores y mentiras originales. Y la desesperación llega porque la fórmula no funciona.

Se trata de un error, evidentemente. La fórmula no funciona porque no la hacemos funcionar, porque consentimos que no sirva para casi nada. Somos nosotros, no la democracia, los que somos un poco decepcionantes. Deberemos aprender que la democracia no es fast-food, sino un plato que se cocina con enorme lentitud porque es enorme la muchedumbre de los cocineros que la sazonan y a guisan con artes del más variado pelaje. Le pedimos a la democracia que funcione y somos incapaces de hacer cosas razonables en muchos ámbitos, desde las comunidades de vecinos hasta las empresas y las instituciones. Nosotros seguimos teniendo una concepción patrimonial del poder y pensando que el que manda, sobre todo si pensamos que nos representa, puede hacer lo que quiera.

Criticamos a los partidos, pero somos incapaces de participar, de pelear desde abajo porque las cosas sean como debieran. Criticamos la educación, pero apenas dedicamos un minuto a la lectura. Criticamos la ignorancia, pero seguimos pendientes de una tal Belén. Criticamos la demagogia, pero aplaudimos argumentos miserables siempre que nos conviene.

Tenemos un gobierno que se dedica a la propaganda, y lo tendremos hasta que una alternativa seria deje de dedicarse al oportunismo o al desconcierto, a esperar con paciencia que le llegue su turno. Es poco, desde luego, lo que podemos hacer, pero siempre es más que nada, más de lo que solemos hacer, frecuentemente poniendo el grito en el cielo.

Los que mandan nos conocen y se burlan de nosotros. No solo el gobierno, por supuesto; en realidad la lista es interminable: los jueces que se prostituyen, los periodistas que desinforman, los profesores que engañan, los funcionarios que se escaquean, los sindicalistas que viven del cuento…

“Menos quejarse y más trabajar” debiera ser la consigna de quienes creemos que ser cada uno de nosotros un poco mejores cada día es la única fórmula para conseguir que las cosas sean lo que deben ser, incluida la democracia

sábado, 19 de diciembre de 2009

Coming Up for Air

[El gran jefe Seattle, según aparece en

Nuestro simpático presidente ha dado la nota en la cumbre copenhaguesca. Se ha sentido aventado, le ha dado un aire, aunque no se ha airado, porque el viento no ha podido con su talante. Como resulta imposible no repetir cualquiera de las cosas que se han dicho sobre su chusca intervención, gastaré unas líneas en trazar una interpretación más benigna. Me parece que ZP creía estar comentando al indio Seattle; da igual, porque, aunque yo encuentre más concomitancias con una historia de Orwell, es muy probable que no conociese directamente ninguna de las dos posibles fuentes.

Nuestro líder es una especie de letraferit, aunque me temo que en versión de usuario de servicios de un Speechwriter, una especie de poeta de guardia convencido de que, como decía José Antonio Primo de Rivera, aunque seguramente ni ZP ni su Speechwriter lo sepan, a los pueblos los mueven los poetas. En estas estábamos cuando nuestro presidente se sentía agobiado con el egoísmo universal y necesitado de decir algo; estaba como sin aire, y resolvió subir a por aire, como en el título de la novela de George Orwell que, aunque denunció el totalitarismo, todavía puede ser citado sin desdoro por un progre.

En Coming up for Air, Orwell nos cuenta la historia de un hombre que se ahoga con un futuro incierto y recurre a refugiarse en su infancia, en los recuerdos. Esta es también, me parece, la clave de la memoria histórica, otro invento zapateril de gran consumo. El viento que enloquece a los más le sirve a ZP para encaramarse a la lírica. En esa tesitura nos suelta sus sermones y hay que ser muy malvado o muy cínico para no resultar conmovido.

Algunos desalmados han dicho sentir vergüenza por esta salida lírica del dirigente de izquierdas, como si la izquierda hubiere de renunciar al dulce consuelo de la sensibilidad herida para ser, simplemente, una especie de ciencia. ZP ha superado hace mucho esa falsa disyuntiva, y practica una especie de marxismo-ecologismo-literario y cañí que no le está dando malos resultados.

Hay una tercera referencia literaria implícita en el discurso zapateresco, un eco que nos remite, nada menos, que a Shakespeare y a Marx, a esa frase sapientísima, que se insinúa en La tempestad de Shakespeare, y que califica al capitalismo en el Manifiesto comunista de Marx, según la cual, “todo lo sólido se desvanece en el aire”. Este Zapatero, erudito por cuenta ajena y gesticulante por virtud propia, que es capaz de mezclar en apenas cinco palabras parejo caudal de sabiduría, es también capaz de transformar el viento de la locura en una suave brisa poética, ese es su carisma más envidiado, y, por ello, es una voz única que hay que saber escuchar con silencio reverencial porque, de lo contrario, vuelve a recordarnos a Fray Gerundio.

Hay que saber leer a Zapatero. Es una especie de Quijote resabiado que no se enfrenta con los leones (lo prohíbe su religión de la tierra y el viento), pero no porque le asusten, sino porque cree más educativo salir corriendo. Es una lección que el mundo entero debiera aprender, y, además, deprisa. Tal vez no salgamos de la recesión, pero no se podrá negar que vamos mejor que nadie en retórica barroca.

Ésta, pese a que les duela a algunos, es mercancía que les gusta mucho a todos los que piensan que, si son ignorantes, lo son a su pesar. Es una retórica que tiene su público, así que no se olvide que el presi es un cuco que no da puntada sin hilo.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Opiniones trinitarias

Una de las acusaciones que más se han hecho a Zapatero es que sus ministros son meros secretarios, que no hay otra política que la suya. No abono la pertinencia de la crítica porque creo que el impetuoso caudal de la política socialista se nutre de varios afluentes ministeriales sin los que, en justicia, es imposible explicar algunas de sus grandes hazañas.

No tengo dudas de que la enorme personalidad política del presidente eclipsa a algunas de las figuras que le acompañan en el Gobierno, pero tampoco me parecería justo ignorar el potencial que aportan las ministras y los ministros, como ellos dirían. Una de las estrellas rutilantes de la constelación gubernamental es, sin duda alguna, la Ministra de Sanidad quien ya ha dejado diversas muestras de su empuje en las distintas responsabilidades que ha desempeñado. Su imagen juvenil y fotogénica se presta a facilitar que observadores prejuiciosos pasen por alto el talento y el poderío intelectual de Trinidad Jiménez.

Tras meses de oscura y silenciosa lucha contra un maléfico virus al que ha dejado reducido a la nada, la Ministra ha podido, finalmente, asomarse al campo abierto para formular nuevas metas sanitarias. La sanidad puede parecer, al pronto, un asunto casi técnico, pero se trata, en realidad, de una de las grandes políticas y solo los muy sagaces saben verlo con la debida precisión y nitidez. Trinidad Jiménez ha oteado el horizonte y ha emitido un diagnóstico certero que rompe con los tópicos complacientes al uso. Nuestra Ministra se ha dado cuenta de que, bien por ignorancia, bien por cobardía, la política sanitaria estaba tolerando un auténtico y silencioso holocausto. Cientos de miles de personas, millones de seres humanos han de soportar todavía esa plaga maligna del humo tabaquil, ese silencioso sembrador de cánceres y de innumerables síndromes maléficos que se nos cuela día a día en los pulmones como consecuencia del inmoderado consumo de tabaco de los españoles.

Trinidad Jiménez ha emitido un veredicto sabio y ponderado sobre el fondo de una cuestión tan palpitante y se ha propuesto erradicar el humo de todos los lugares públicos, sin excepción alguna. ¡Sabe Dios cuántas vidas se salvarán gracias a este valiente propósito de la Ministra! El gran hallazgo de Trinidad Jiménez no se ha quedado en pergeñar una nueva ley para resolver un viejo problema; eso sería lo que hiciese un Ministro corriente, pero Trinidad da para más, de manera que no se ha limitado a eso. Ha entrado decididamente en el recóndito lugar en que se discuten las grandes opciones de la democracia, el porvenir del gobierno representativo y otras cuestiones nada menores para hacer un par de aportaciones de antología. Sus análisis muy bien pudieran iluminar el resto de legislatura, de modo que, con toda probabilidad, un par de docenas de asesores del Presidente, estarán analizando a fondo las opiniones trinitarias para sacar de ellas cuanto las preña.

La Ministra, cual Ulises posmoderno, se ha atado firmemente al palo mayor de las convicciones y ha dicho: “se trata de protección de la salud”. No ha tenido que decir más porque todos comprendemos inmediatamente que, ante tamaño desafío, todas las energías son pocas. Ya va siendo hora de que nos demos cuenta de que ante la protección de la salud no valen las medias tintas. Hay mucha demagogia en eso de defender las libertades individuales: ¡orden es lo que hace falta! Orden, educación de la ciudadanía y ausencia de tabaco en los espacios públicos y estaremos ya casi en el Paraíso.

Bien, pero lo importante, insisto, está en el análisis político del asunto, un tratamiento del tema que permite resolver, de una vez por todas, la madre de todas las objeciones al poder ordenador de la ley sobre las conductas privadas, sobre esos cotos de excepción que siempre reivindican los ricos, los neoliberales y gentes aún peores, si los hubiera. Jiménez lo ha visto con inusitada acuidad. Sus declaraciones han sido pasmosamente clarividentes. Ha dicho, nada menos, lo siguiente: “En la medida en que consigamos consenso político, conseguiremos consenso social". No hay más remedio que rendirse ante la potencia de este análisis, de este portento de ciencia política. Ya era hora de que se dijesen estas cosas con claridad. Es el consenso político el que fuerza el consenso social, y no al revés. Son los políticos los que iluminan la vida oscura y soez de los ciudadanos, su invencible idiocia.

Señores: ha nacido una nueva estrella en el paupérrimo y escasamente brillante páramo de las ideologías, doña Trinidad Jiménez. Su pensamiento nos ha permitido imaginar un futuro realmente espléndido, muy lejos ya de los vicios y las tendencias perniciosas del pasado. Dejémonos de pensar, que ya lo harán los políticos por nosotros; dejemos de discutir, que para eso están ellos. Votemos a los buenos, y ya no habrá más de qué hablar: ¿se imaginan qué dicha abandonarse al gobierno sigiloso de los sabios?


Publicado en El Confidencial

lunes, 14 de diciembre de 2009

De pronto, la nieve

Una de las evidencias que más pesa en la memoria de muchos a favor de la verosimilitud de ese conjunto de cosas a las que se llama cambio climático, es que la nieve escasea en las Españas. Se trata de un asunto intrigante, que rompe las tradiciones de la infancia de los mayores y que invita a pensar en el tempus fugit, y en cosas aún más sombrías.

Esta mañana, sin embargo, nevaba en Madrid desde la madrugada y, según me dicen, parece que, por así decir, no nevaba desde la sierra, sino desde el noreste. En fin, cosas que pasan.

El mundo es inconstante, salvo para los grandes números, y eso resulta desconcertante para quienes siguen pensando en un universo máquina, un mundo que ahora parece averiado por impericia de los usuarios. Hay que tomarse todas estas cosas con cierto sentido del humor, aunque no sé si lo digo porque ayer vi In the Loop y me estuve riendo no solo de la política sino, sobre todo, de los amigos que la padecen, o han padecido, en directo. No se pierdan la película porque es sagaz, aunque tal vez no sea exacta.

Así es la vida, una mezcla de chapuzas, equívocos y coincidencias tras de las cuales, muy de vez en cuando, aparece una mano inteligente, un rostro agradable o se adivina una sonrisa misteriosa; parece que eso pasa también con la naturaleza y con su manifestación más caprichosa, con el clima, esa serie de datos que algunos creen tener ya plenamente sujeta; pero es mejor no ponerse solemne, porque cuando menos lo piensas, se pone a nevar o te topas con un político inteligente: en ambos casos, se te pone una cara muy rara.

domingo, 13 de diciembre de 2009

Palimpsesto digital

Me rondaba por la cabeza la palabra palimpsesto, y no sabía bien a qué pudiera deberse. Imaginé que, como andaba escribiendo sobre cosas de libros y culturas, la repetida aparición del palabro en mi cabeza, se podría explicar por su relación con la historia de los soportes de la escritura, pero, como de repente, tuve una revelación. Me acordaba del palimpsesto porque con ese nombre se conoce a los manuscritos antiguos, en rollo o en códice, que han sido parcialmente borrados para escribir encima un nuevo texto, y tenía ante mí un auténtico palimpsesto informático. Mejor dicho, tenía dos. Una notificación de un juzgado y una respuesta de un órgano administrativo municipal. Dos papeles ininteligibles y absurdos en los que lo único que quedaba claro es que yo no tenía razón, dos palimpsestos como dos casas, como luego se verá.

Recuerdo muy bien cuando oí por primera vez hablar de que los ordenadores iban a simplificar la administración: iba andando por una calle de Londres con un viejo amigo que vivía allí y del que apenas he vuelto a saber nada. Era, más o menos hacia 1978, es decir que ya ha llovido. Pues bien, la cosa no ha sido así: la informática no ha agilizada la administración sino que ha vuelto más soberbios y ensimismados a los funcionarios que la encarnan. Todos tiene a mano un texto viejo que pueden repetir a golpe de tecla, un palimpsesto que se modifica y se personaliza sin apenas esfuerzo, algo así como el paraíso de la rutina. No hay que preocuparse por la escritura porque el PC te lo da hecho… y si el ciudadano no entiende que se vaya enterando.

La administración no nos contesta, nos envía palimpsestos, y con ello nos muestra su amor al pasado, su sabiduría y su escasa propensión a darnos a entender otras razones que las muy viejas del ordeno y mando. Modernización en los medios, perseverancia en los fines, y el que no tenga padrinos administrativos que no pretenda bautismarse, faltaría más.

sábado, 12 de diciembre de 2009

¿Le gusta Zapatero?

Una encuesta reciente de Intereconomía Televisión, que, sin pretender ser científica, sí ha sido honesta con los entrevistados, nos ha ofrecido un testimonio más de que el presidente está empezando a perder credibilidad entre los suyos. Los porcentajes de adhesión a su tarea, con ser altos, están muy por debajo del nivel habitual de aceptación de la izquierda. Parece que cada vez son más los españoles que piensan que Zapatero es una desgracia inmerecida.

España está en medio de una gravísima crisis económica, que siempre ha sido negada por un gobierno que, coherente a su manera, tampoco está haciendo nada por salir de ella. Por si fuera poco, cada día se nos aflige con un nuevo disparate y ya no sabemos qué cara poner de la vergüenza que nos da estar en tales manos. Es muy significativo lo que tanta gente repite: el peor gobierno... y la peor oposición. Naturalmente, quienes saben que en la política se juega con algo más que con palabras, están ya muy poco dispuestos a soportar la facilidad de Zapatero para decir vaguedades con tono de solemnidad, mientras es incapaz de hacer nada positivo.

Son muchos los españoles que valoran muy escasamente la situación internacional, seguramente prisioneros de un esquema muy simple que contrapone buenos y malos. Es normal, hasta cierto punto, que los buenos de Zapatero sean quienes son, Castro, Chavez y Evo, pero no hay manera de comprender la mansedumbre con la que se aceptan las chulescas marrullerías de Marruecos o las amenazas de los... ¡gibraltereños! En este clima de auténtico desprestigio de España no es raro que aumenten a toda prisa los valerosos independentistas regados con el dinero de Madrid (léase Madrit). Cualquier español mínimamente viajado, puede comprobar la irrelevancia internacional de España, y que estamos empezando a ser la comidilla de Europa, donde según sus promesas íbamos a ser centrales, y donde no se nos hace el menor caso, reducidos, como estamos, a la condición de enfermo holgazán que no se toma la medicación adecuada porque resulta desagradable.

Volviendo a la encuesta, también nos advierte que quienes creamos que Zapatero está siendo un pésimo gobernante, tenemos motivos para reflexionar, porque el nivel de quienes todavía le apoyan está muy alto; que, con todo lo que está pasando, un treinta y ocho por ciento se manifieste partidario de darle otra oportunidad no deja de ser asombroso, y seguramente no es casual. Todos los que pensamos que la destitución pacífica de Zapatero, mediante voto de censura o mediante las urnas, es una necesidad y una urgencia, deberíamos preguntarnos si se está haciendo lo que hace falta para lograrlo, o si estamos dispuestos a esperar estoicamente la caída de la hoja... que lo mismo no llega con esto de la lluvia fina y el cambio climático.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Entre la opereta y el escarnio

El gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero se distingue del de Felipe González, entre otras cosas, en que no acierta ni cuando rectifica. La portentosa serie de despropósitos que han conducido a la humillante situación en que se encuentra la activista saharaui varada en Lanzarote solo se podrá superar, con esfuerzo, por lo que suceda en los próximos días.

Cuesta trabajo encontrar un ejemplo, incluyendo los casos literarios, en que haya mayor contraste entre la solemnidad de las proclamaciones y la ridiculez de los actos. Me corrijo; para los que recuerden las historias de Tintín, puede que Hernández y Fernández exhiban una colección más amplia de dislates, pero no conviene olvidar que ellos solían ejecutar el desatino en pareja, mientras que Zapatero lo hace todo él solito, porque sus ministros no pasan de meritorios o, en el caso de la Vice, de figurantes con frase.

No es necesario remontarse a otras calendas, para enumerar una lista de disparates realmente insuperable: el apoyo a la investigación suprimiendo las ayudas que la hacen posible, el rescate del Alakrana, que se paga y no se paga, la economía sostenible que se queda en puras palabras, una regulación de la red que incluye y rechaza, a la vez, el cierre de páginas web, los crucifijos que no se retiran pero ya se verá, los brotes verdes que se adelantan y se retrasan, el diálogo social que consiste en no decir nada, el programa de la presidencia española de la UE que produce risa floja, la crisis en la que nunca entramos y de la que ya estamos saliendo, y un largo etcétera que cualquiera puede ampliar sin esfuerzo.

Me parece imposible que no aumente de manera vertiginosa el número de ciudadanos estupefactos y que estarían dispuestos a salir corriendo, si tuvieren algún sitio al que poder ir. No hay más remedio que recordar la pesimista reflexión de Cánovas que recoge Pérez Galdós: “son españoles los que no pueden ser otra cosa”.

El mérito de esta incomparable situación no puede quedar solo en las manos de su principal protagonista. Sería notoriamente injusto privar de este éxito clamoroso a dos colaboradores necesarios para que se sostenga la insólita duración del esperpento.

En primer lugar a los ciudadanos que lo aplauden, entre los que hay que destacar a aquellos que tienen responsabilidades muy específicas y que, por las razones que fuere, no ejercen. Siempre que se habla de las instituciones, se olvida que las encarnan personas, aunque ellas no suelen olvidarlo. Se me permitirá una anécdota: el otro día cené con un amigo más de derechas que el palo de la bandera (vamos, de los que cree que Franco pecó de liberal, como se está viendo) que, por una de esas rarezas de la vida española, es amigote de un juez archifamoso; contó como el magistrado dice que en España puede hacer lo que le dé la gana, naturalmente sin riesgo alguno. Estos individuos, que saben beneficiarse de la tontuna reinante, son mucho menos responsables que el resto, que los que, simplemente, admiran lo que ZP tiene de Fray Gerundio de Campazas, alias Zote, una conducta que me voy a resistir a calificar por un mínimo respeto a sus personas. Decía Russell que los elegidos no pueden ser nunca peores que quienes los eligen, y tenía mucha razón.

Pero, como en los crímenes, hay otros cooperantes necesarios de este sainete que nos desangra. Me refiero, obviamente, a la oposición, al núcleo dirigente del PP con su líder a la cabeza. Se nos contestará que van por delante en las encuestas, faltaría más. Pero, por si no lo saben, cada vez son más lo que creen que una victoria del PP tampoco servirá para nada, y lo creen a la vista de la inanidad de su posición, que oscila entre el desgañitarse sin venir mucho a cuento, y el mirar para otro lado. El PP está encerrado en sus cuarteles, desde los que dispara sin mucho tino y cuando apenas hay riesgo, esperando que el pueblo acuda para llevarle en volandas a la Moncloa. Vana esperanza. Para su desgracia, cada vez son más los que piensan que es preferible vivir con rabia contra el enemigo, que tener que defender al amigo necio.

Confiados en que las elecciones se pierden en lugar de ganarse, y hay que reconocer que saben del caso, olvidan que esa misma esperanza lela, me temo que aconsejada por el mismo experto, sirvió para que los socialistas ganasen en 1993, casi en 1996, en 2004 y en 2008. No cuento las fechas anteriores al 93 porque entonces el barco del PP estaba en manos de Fraga y de Gallardón que siempre han sabido ser una autentica garantía para el contrario.

En política no se hace nada grande sin ilusión, sin esperanzas, sin entusiasmo, sin ambición, sin programa, sin convicciones, sin dar la cara y la batalla. Las tácticas de descuido que sirven para robar la cartera no debieran emplearse para ganar la confianza de una nación digna. Y, menos aún, cuando el enemigo es experto en las artes del escamoteo.

[Publicado en El Confidencial]

miércoles, 9 de diciembre de 2009

La patada a Tertsch

Tengo un grupo de amigos que, más o menos pudorosamente, ha estado discutiendo sobre la posibilidad de relacionar la broma insultante de Wyoming con la patada cobarde y por la espalda a Tertsch. Como hay mucha gente fina, se ha impuesto, con buen criterio, la idea de que es prematuro afirmar una cadena causal; me pregunto si serían igualmente finos en el caso de invertirse los signos políticos de la imitación y del pateo, pero es sólo una pregunta sin respuesta, y deseo fervientemente que no tengamos oportunidad de conocerla.

Lo que me parece delirante es la curiosa identificación que algunos hacen entre violencia y palabra. Al parecer, la violencia verbal es condenable por ser consciente, la patada, en cambio, pudo ser fruto de una enajenación pasajera. No puedo evitar acordarme de la simpática ley del embudo. Hay que recordar que, de cualquier manera, la violencia no la puso Tertsch sino la ingeniosísima performance de Wyoming: existe una abismal diferencia entre defender que las fuerzas armadas nos protejan frente a terroristas y afirmar, como hizo Wyoming-Tersch, que se tienen ganas de liquidar a pacifistas y/o a ministros de Zapatero, y eso lo mismo si lo dice Agamenón que su porquero.

Quizá fuere bueno que Wyoming ampliase su hermenéutica y así acaso pudiéremos comprobar si se incrementan las patadas; estoy casi seguro de que Wyoming cesaría en sus hábiles comparanzas, porque lo tengo por pacifista de ley, pese a estos ligeros deslices. Como pensará mucha gente de bien, a ver si Tertsch se cura pronto y deja de darnos la lata. La verdad es que parece mentira que haya gente de derechas, ¡con lo bien que se vive con una bella conciencia de progresista recauchutado!

martes, 8 de diciembre de 2009

Chesterton y el fútbol

Si hay algo que me pudiera haber gustado más que ser un astro del fútbol, sería escribir como Chesterton. Ahora que lo pienso, no recuerdo ninguna referencia del autor al fútbol, lo que me confirma en mi sospecha de que el fútbol ha llegado a ser lo que es a partir de la década del cincuenta. Chesterton escribe, sin embargo, como pudiera hacerlo un futbolista que dominase todas las suertes del juego, el regate corto, el desmarque, el pase largo, el arranque imparable, el tiro a la media vuelta, la vaselina, el pase al hueco, o cualquiera de los recursos sorprendentes de todos los buenos jugadores.

Por esa razón leer a Chesterton es instalarse en la sorpresa y, de vez en cuando, sentir ganas vehementes de gritar o de aplaudir frenéticamente; lo malo es que la lectura es un vicio solitario y todo lo que uno puede hacer es interrumpirse para reír a carcajadas, pero se corre el riesgo de que te tomen por loco. Hay una cosa todavía más llamativa en los textos de Chesterton que su carácter dinámico, revelador; es muy difícil no estar de acuerdo con lo que dice, lo que realmente es una rareza, sobre todo si, como me parece que es mi caso, se lee a la contra, tratando de quitarle el balón al autor para meterle un gol por la escuadra.

Los escritores que se dejan ganar no son siempre los peores, pero con Chesterton se te quitan las ganas de jugar y te pones, simplemente, a ver el partido que, en consecuencia, acaba siempre con goleada. Todo esto viene a cuenta de una cosa que ayer subrayé leyéndolo, y que dice algo así como que es un grave error suponer que la ausencia de convicciones definidas proporcione libertad y agilidad. No pude evitar el sentimiento de que, como diría Billy Wilder, nadie es perfecto: es obvio que Chesterton no es un posmoderno, y, por supuesto, que no ha tenido el placer de convivir con ZP, aunque no creo que esto pueda considerarse una carencia.