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viernes, 31 de diciembre de 2010

La prensa, la justicia y el poder

El poder, decía Lord Acton, tiende a corromper, y el poder absoluto corrompe absolutamente. La prensa ejerce también un poder y lo ejercería de modo corrupto si confundiese su función, la de informar con veracidad, con, por ejemplo, la función del poder ejecutivo, o con la del legislativo o la del poder judicial. Nuestra función no es mandar, ni legislar ni juzgar, y, aunque algunos medios jueguen con descaro a suplantar esos poderes, nosotros sostenemos con claridad, y procuramos atenernos a ello, que nuestra función se limita a informar, a hacer que el público sepa lo que ocurre, sin emitir sentencias ni imponer castigos. Sabemos muy bien que nuestra función no es ni juzgar conforme a la ley ni, menos aún, sancionar como si el delito estuviese probado con todas las garantías que la presunción de inocencia exige.

Esta cautela ética y jurídica nos mueve a informar solo de lo que sabemos con certeza, refiriéndonos exclusivamente a hechos que hayamos comprobado de manera fehaciente a través de diversas fuentes independientes, de manera que lo que se nos puede exigir es que nuestras informaciones se correspondan con la verdad, con situaciones que, caso de no ser ciertas, se podrían desmentir con facilidad por los afectados negativamente por ellas. Pues bien, en nuestro caso, podemos decir con orgullo que nunca ha sido así. Tras las abundantes y precisas noticias que hemos ido dando sobre las conductas sorprendentes, escandalosas y presuntamente delictivas de algunos personajes públicos, como la ex vicepresidenta De la Vega, el presidente del Congreso señor Bono, o, más recientemente, los casos de algunos fiscales y jueces de las Baleares, nunca ha podido nadie demostrar que hayamos mentido, falseado o deformado ninguna de esas informaciones que han sido, evidentemente, de enorme interés público, porque a los ciudadanos les interesa muy mucho saber cómo actúan sus representantes, y cómo son las personas que tiene la responsabilidad y el poder de juzgarles. No ha sido nuestra misión condenar, sino informar, y hemos confiado siempre en que el estado de derecho tendrá los medios adecuados para sancionar, cuando sea el caso, las conductas que nos ocupamos en descubrir por su interés, su relevancia y, en su caso, por su falta de ejemplaridad, por su hipocresía.

Esa es nuestra misión y la cumplimos con orgullo, poniendo todo el interés y el esfuerzo profesional del que somos capaces. Al hacerlo, estamos seguros de contribuir a consolidar la libertad, la democracia y la ética pública. Precisamente por eso nos sentimos con derecho a reclamar que los demás cumplan también con sus obligaciones, sin pretender que seamos nosotros quienes agotemos el significado judicial y político de estas cuestiones. En este sentido, es especialmente llamativa la actitud remisa y sumisa del PP balear quien parece víctima de un síndrome de Estocolmo que le lleva a no apreciar en su gravedad el tipo de hechos que estamos denunciando y a no sacar las consecuencias políticas pertinentes. El PP balear ya ha pagado en términos de desprestigio y electorales las actuaciones de su exlíder, de manera que debería sentirse libre para denunciar las conductas de quienes dicen una cosa y hacen otra, de quienes practican la ley del embudo, de quienes consideran que el delito depende de quién lo cometa, y no de la ley que debería regir para todos. Al guardar un silencio cómplice, el PP aumenta su debilidad y se prepara para recibir golpes aún más arbitrarios que los que ha recibido: sus votantes no se merecen una conducta tan cobarde.

[Editorial de La Gaceta]

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Un paraíso fiscal

Como todo el mundo sabe, son razones fundamentalmente prácticas las que explican la propensión de los llamados paraísos fiscales a establecerse en territorios insulares. Las Baleares no gozaban, hasta la fecha, de esa sospechosa fama paradisíaca, pero vistas las informaciones que está arracimado La Gaceta, pronto habrá que cambiar de idea. Baleares está siendo un paraíso fiscal para su personal judicial, una modalidad nueva de paraíso, pero una de las más seguras y, en teoría, más al abrigo de la suspicacia de las leyes, pues quienes las aplican se encargan de que nadie investigue a los fiscales y/o jueces que agreden los intereses del común, del fisco que dicen y debieran defender. Nada menos que tres fiscales de Baleares, Pedro Horrach, Juan Carrau y Adrián Salazar, son titulares de patrimonios sospechosos en la medida en que recurrieron a una conducta absolutamente impropia cual es la de consignar en documento público un valor para su predios muy por debajo de su valor de mercado. Una conducta enteramente similar ha sido uno de los motivos por los que estos mismos señores empapelaron de manera inequívoca al señor Matas que, para su desgracia, no ostentaba la condición de fiscal.

Ante la pública evidencia de estas irregularidades, un presunto delito fiscal, faltas tipificadas como graves en el estatuto profesional, el fiscal jefe de Baleares, Bartolomeu Barceló, ha tenido la ocurrencia de argumentar que no piensa llevar a cabo ningún tipo de actuación porque, a su sospechosos entender, las astucias fiscales de sus colegas constituyen únicamente “una cuestión privada y personal”. Con doctrinas como esa es como se consolida la fama paradisíaca de las Islas: basta con ser fiscal para que nadie te moleste por birlar 3.966 euros a la hacienda pública cuando te compras un ático en Palma, como hizo el fiscal jefe anticorrupción, Juan Carrau, el hombre adecuado en el lugar preciso, o por aplicar un bajonazo de apenas un millón de euros el valor declarado por un chaletito en Calviá, como hizo Adrián Salazar, fiscal antidroga.

¿Qué hará Pumpido ante un asunto tan incómodo? ¿Se consolará comprobando la fidelidad y la astucia de sus fiscales o les aplicará la ley común? Ya sabemos, por las noticias del caso Malaya, que al fiscal general le preocupa la buena fama de los fiscales, empezando por la suya propia, de manera que es muy probable que decida no ampliar el escándalo dejando que se impute a individuos tan solícitos, pero que no se confunda pensando que este caso vaya a caer pronto en el olvido, porque hay materia suficiente como para que, en algún momento, un juez decente acabe por tomar cartas en un asunto tan desagradable y que ensucia la buena fama de la justicia balear, y, más aún, después de haberse sabido, como publicó recientemente La Gaceta, que también el juez que instruyó el caso contra Matas obtuvo en el Banco una tasación que multiplicaba por dos el valor declarado de la por su casa. En interés de la justicia habría que depurar con la máxima rapidez este estatuto de exención de las obligaciones con la hacienda pública que parece afectar a un sector muy específico del personal judicial de Baleares.

¿Qué hace mientras tanto el PP balear? Nada. Afectado, al parecer, por la conducta poco ejemplar de Matas, parece estarse olvidando de que combatir la corrupción, pues no se trata de otra cosa, es una obligación inexcusable de cualquier partido que pretenda ser decente, sin miedo alguno a lo que se pueda decir, y sin olvidar que el silencio es una forma muy precisa y cobarde de complicidad.

La idoneidad de Zapatero

Una de las cosas que llama más la atención de esta nuestra España es la monotonía de las noticias políticas. Somos record mundial en la importancia que concedemos a las mínimas sandeces de nuestros líderes, y eso les lleva a estar todo el día profiriéndolas. Han adquirido tal destreza que ya cultivan el minimalismo, casi se dedican al poema breve, tipo haiku japonés, aunque tampoco renuncien a las largas peroratas castristas, cuando se tercia. Las recientes declaraciones del faro de la alianza de las civilizaciones en torno a su destino político han sido de carácter lírico, pero han obtenido una enorme repercusión en la prensa: son las ventajas de ser dirigidos por un poeta, esos que mejor mueven a las naciones según afirmaba José Antonio Primo de Rivera, no sé si les suena. A cambio de esta inusitada atención a fechorías verbales tan inanes, nos tragamos de oficio auténticas barrabasadas, por ejemplo, que el nuevo Código penal permita incautar el coche de quienes cometan determinados delitos al volante: se trata de una idea brillante cuyo desarrollo no conoce límites, porque, por ejemplo, permitiría quedarse con el piso de quien disparase desde una ventana, y no me entretengo más.
Como saben de sobra mis lectores, McGuffin es el nombre que Hitchcock adjudicaba a ciertas tretas de sus magníficos guiones, una peripecia que acontece en la película pero que nada tiene que ver con la trama de fondo, que sirve para despistar a atención del espectador entregado. Los socialistas, tal vez sin saberlo, son maestros en tal técnica: el supuesto debate sobre la supuesta “sucesión” es un magnífico McGuffin, cuyo efecto despistante se acentúa por el tono entre lastimero y sacrificial de las últimas apariciones del aludido. ¿En qué consiste, en realidad, el engaño sucesorio? Contestar esta cuestión me obliga a hacer una cierta defensa del líder en cuestión, moderada, en cualquier caso.
En la revista que dirige Alfonso Guerra han afirmado que ya es hora de cambiar de líder, y presumo que su análisis no se derive directamente de la admiración a su Maquiavelo falso-leonés. Veamos: en primer lugar, si Zapatero fuese tan malo, peores serían los que le han sostenido, entre otros Guerra, de modo que aunque nos felicitásemos del arrepentimiento, no podríamos olvidar el disparate colectivo de sus secuaces y aduladores, de los miembros de la gran orquesta roja y oportunista, en una mixtura minuciosamente equilibrada. Como dijo Bertrand Russell, en una democracia los elegidos nunca pueden ser peores que los electores, pues cuanto mayor fuere la maldad de aquellos, peor sería la calaña de quienes los consagran. Zapatero es, por tanto, el mejor de los suyos, y por tal lo han tenido durante años, meses y días. Lo que ocurre es que ahora dicen haber descubierto que ya no vende, que vende peor incluso que ese pésimo adversario de derechas que nunca se sabe si va o si viene. Bien, pues que sean consecuentes: lo que ocurre no es que Zapatero sea malo, y, menos aún, que se haya vuelto malo de repente. Lo que ocurre es que las políticas de Zapatero han sido espantosas, que no han servido sino para empeorar las cosas. Lo grave es que esas políticas de Zapatero no son solo suyas sino que son, sobre todo, de quienes ahora le critican y lo echan de más. Cuando los partidos se confunden y no aciertan a ser lo que tienen que ser, gastan el tiempo discutiendo sobre el liderazgo. El PSOE olvidó hacer sus deberes, buscar una política razonable y coherente, atractiva a ser posible. Como no la encontró, Zapatero ha ejercido la vieja política que heredó de Felipe González, sin la astucia y la largueza del sevillano, y basta con leer el libro que escribieron, al alimón, entre Cebrián, el líder del periódico independiente de la mañana, ahora diario global, y González para certificarlo. Es la política del PSOE lo que es malo, no Zapatero. Es la demagogia social, el cainismo frente a la derecha, la falta de respeto a la ley y a la Constitución, la ausencia de una ética pública exigente, su rendición ante el nacionalismo, que no es otra cosa sino la manifestación de su afán de poder a cualquier precio, el dogmatismo autocomplaciente de la izquierda… eso es lo que hace aguas, y no Zapatero, aunque su elección seguramente haya sido una de las peores que jamás se hayan hecho en una democracia.
El culebrón de Zapatero es una especie de McGuffin porque tratan de hacer ver que él es quien ha cometido los errores, olvidando que es la política socialista, que todo el PSOE ha compartido como una piña, incluso hasta cuando la muerte debiera haberles separado, quien ha sido, en último término, responsable del estado comatoso de nuestra economía y del deterioro dramático de nuestras instituciones. ¿Qué se va Zapatero? ¿A quién le importa? Lo único interesante sería saber si el PSOE estaría dispuesto a cambiar alguna vez de política, cosa difícil, pero enteramente imposible hasta que no se peguen un batacazo memorable.
[Publicado en El Confidencial]

martes, 28 de diciembre de 2010

Cobrar porque salga el Sol

No es necesario realizar grandes esfuerzos para distinguir entre la propiedad de algo y el derecho a que ese algo produzca rentas. Cuando somos propietarios lo que se nos garantiza es la posesión de un bien, no un determinado nivel de lucro, cosa que siempre depende, de uno u otro modo, y a la vez, del mercado y de las leyes vigentes. Las discusiones sobre la propiedad intelectual, como por ejemplo las implícitas en la malhadada ley Sinde, se refieren, en realidad, no a una propiedad que nadie niega a los creadores, sino a su derecho a percibir, con carácter muy indefinido, determinadas rentas. Mientras esto no se aclare, las discusiones estarán siempre fuera de quicio.
El propietario de un bien material puede hacer lo que quiera con él, menos multiplicarlo: la copia de una finca o de un automóvil no es otra finca u otro automóvil, o, mejor dicho, si fuese otra finca u otro automóvil entonces no sería una copia, sino otro original, un bien físicamente distinto. En el mundo de los bienes inmateriales, por el contrario, las copias no son distintas del original, pero pueden usarse como si fueran realidades independientes porque son idénticas a él, salvo que la copia requiera el empleo de un soporte material, con lo que estaríamos en un caso enteramente similar al de los bienes comunes o materiales. Precisamente en esta necesidad de usar un soporte material se han basado las prácticas de cobro de rentas por parte de los autores. Todo esto cambió de manera dramática cuando se produjo la revolución digital que permite copias absolutamente idénticas, en su contenido, a las obras de creación de carácter textual, visual y/o musical, pero no a las obras pictóricas o arquitectónicas, por ejemplo.
La informática e Internet han proporcionado un procedimiento sencillo de obtener copias a costo prácticamente nulo, lo que hace que el sistema de cobro de rentas por el uso de copias materiales haya caído completamente en desuso, produciendo, evidentemente, una merma de los rendimientos de artistas y creadores. Es lógico que éstos traten de recuperar los ingresos que pierden por ese concepto, pero es muy necesario aquilatar bien la legitimidad jurídica de su pretensión y el respeto a los derechos de terceros.
La copia de una obra inmaterial sin intención de venta es enteramente equivalente, desde un punto de vista conceptual, al préstamo de un libro legítimamente comprado, o al hecho de que unos amigos puedan contemplar un cuadro de nuestra propiedad. Ni siquiera el más ambicioso de los gestores de los derechos de la propiedad intelectual ha pretendido cobrar una tarifa adicional cada vez que alguien lee un libro prestado, escucha una canción que no es propia, o contempla un cuadro ajeno.
Las sociedades de gestión de derechos han sido ejemplarmente eficaces a la hora de establecer cuotas de pago por los más diversos usos de las obras originales, pero se encuentran ahora ante un panorama que claramente les desborda. Han obtenido una victoria clara al lograr que se establezca un canon sobre todos y cada uno de los aparatos que puedan servir de soporte para las copias, cosa cuya legitimidad es más que discutible, pero de la que obtienen pingües ingresos.
En extraña alianza con las majors americanas han pretendido colar una regulación sospechosa en una coda de una ley enteramente ajena al caso, y el Congreso ha rechazado la maniobra, tan peligrosa y tan discutible. Ha sido muy fascinante ver una alianza de intereses tan estrafalaria entre la progresía de la ceja y sus otrora grandes enemigos del cine americano, pero, además del brillante espectáculo, es hora de que pidamos para este asunto un tratamiento serio y un debate a fondo, no la continuación de un sistema de privilegios y sinecuras que no se discute jamás abiertamente.
Nadie duda de que los creadores tengan derecho a retribución, pero es muy sospechoso que pretendan que este asunto se cuele por la puerta de atrás en nuestra legislación, que se haga pisoteando derechos que merecen protección y, sobre todo, que se resistan, como gato panza arriba, a pactar con las nuevas condiciones del mercado, con el desarrollo tecnológico. Su legítimo derecho al lucro puede jugarles una mala pasada si la ambición les ciega, si pretenden imponer sus intereses más allá de lo que resulte razonable, y se niegan a asociarse a nuevas formas de explotación mercantil en las que ideas como piratería, copia ilegítima, que no ocultan otra cosa que la pretensión de seguir cobrando como hace cincuenta años, no pueden jugar ya ningún papel relevante. Más allá del placer innegable que produce ver a unos izquierdistas tan notorios defender unas formas de propiedad intemporales, y pelear por privilegios de casta, todos debiéramos colaborar a que se encuentren, como ya está sucediendo en la música, formas de satisfacer el complejo sistema de intereses en juego, más allá de un derecho absurdamente equivalente a algo tan arbitrario como pretender cobrar un tanto porque el sol salga cada mañana.
[Publicado en La Gaceta]

lunes, 27 de diciembre de 2010

En el limbo, entre Vodafone y Movistar

Debido a la increíble habilidad de dos de las mayores empresas de telefonía que operan en esta nuestra patria, Movistar y Vodafone, he debido perder buena parte de la mañana colgado del teléfono y tratando de hablar con números inaccesibles cuyos propietarios se ocultan tras cordilleras de sistemas automáticos, y departamentos que no son el que buscas, para acabar en manos de personajes hábilmente especializados en hacerte preguntas que no sabes contestar, como, por ejemplo, "¿qué departamento le hizo la gestión?", y/o en respuestas absolutamente inadecuadas, como por ejemplo "para resolver ese problema tendrá que hablar con el departamento de atención al cliente", lo que insinúa claramente que tú eres un idiota que te has puesto al habla con el departamento de martirio al cliente, bobo que eres.
El caso es que, llevado por un mal momento, por la absurda creencia de que se puede mejorar, y de que existe competencia leal entre empresas rivales, decidí hacer una portabilidad, extraña palabra con la que te engañan, no sin el poderosos auxilio de la ley, haciéndote creer que puedes cambiar de compañía conservando tu numero de teléfono. Traté de abandonar Movistar, de quien estoy justificadamente harto por su manifiesta incapacidad para explicar nada de manera medianamente coherente, a Vodafone, del que ya estoy harto sin haber comenzado a recibir sus servicios/suplicios. Hecha la maniobra, que consiste en una tortuosa serie de grabaciones absurdas que se interrumpen de manera indefinida, de manera que haya que volver a comenzar desde el principio, Vodafone ha demostrado sobradamente su habilidad haciendo que la portabilidad sea efectiva antes de haber recibido las nuevas tarjetas de su compañía, es decir, haciendo que te quedes sin teléfono por un tiempo, seguramente para comprobar lo feliz que se puede ser sin la dependencia de las TIC, tema que, como soy filósofo, debería conocer de punta a cabo.
Quiero hacer notar a mis amables lectores el indudable mérito que tiene una hazaña semejante, un servicio tan esmerado. Vodafone se organiza maravillosamente para que se produzca el siguiente suceso: que Movistar te corte el servicio sin que Vodafone te haya dado los medios para que hagas y recibas llamadas a través de su red. Se trata de una precisión admirable, dado que son ellos mismos los que fijan el momento en el que se hace efectiva la tal portabilidad, de manera que hace falta ser muy cuidadoso para que las nuevas tarjetas SIM lleguen a tus manos después de producido el cambio.
¡Maravillas de la sociedad del conocimiento en versión española! Por supuesto que esta habilidad para hacer las cosas en su momento justo, y que el cliente pueda descansar del agobio del puñetero telefonino, como lo llaman con gracia en Italia, va acompañada de una información de gran calidad si es que tratas de enterarte en qué situación se encuentra tu ansiado teléfono. Yo he comprobado que, al menos por un tiempo, mi teléfono estará en el limbo, en una realidad meramente virtual que existe entre Vodafone, que dice haberlo enviado ya, y Seur que jura no haberlo recibido.
En fin, no quiero cansar a nadie con estas situaciones dignas de un Kafka con buen ánimo, pero acéptenme un consejo: "¡Virgencita, que me quede como estoy!"

domingo, 26 de diciembre de 2010

Bruc



Pocas cosas me producen mayor satisfacción que poder hablar bien de una película española, aunque solo sea por lo raro que resulta. Bruc es una cinta que reúne una serie rara de virtudes, y, aunque no esté exenta de defectos, estos no son siempre los aparentemente inevitables en una producción nacional. Para empezar, lo que cuenta Bruc es interesante y visualmente atractivo. El argumento es suficientemente original y está planteado en el lugar justo: entre la leyenda y la historia. Lo que se narra es la persecución de un guerrillero avant la lettre, al que los napoleónicos atribuyen una derrota humillante de su ejército y al que pretenden exhibir como trofeo y arma de propaganda. Los guionistas han jugado con habilidad, y han transformado al niño tamborilero de la leyenda en un joven carbonero, hábil cazador y magnífico conocedor de un entorno difícil que, además, está teñido por el temor legendario que siempre provoca lo sagrado como ocurre con las inmediaciones de Montserrat. Asistimos entonces a una batalla desigual pero equívoca, en la que la víctima se transforma en verdugo de manera inexorable, un tema que la película asume conscientemente al acabar con una frase de Napoleón según la cual el inicio de la guerra de España fue el comienzo de la desgracia de Francia.

Tal vez haya habido un exceso de adaptación a las modas más recientes en películas de género más o menos similar, pero esto, aparte de difícil de evitar, es pecado menor. El caso es que cuesta creer que estés viendo sucesos de 1808 porque el aire general resulta demasiado contemporáneo, aunque tal vez me equivoque. La película no cansa, la acción está conducida con pericia, hay suficientes referencias realistas, las familias, y románticas, la novia, como para que la película no sea una fantasmada a lo Rambo. La música es también acertada, y, lo único que falla, si acaso, es la credibilidad de las armas y efectos especiales que, en cualquier caso, está mucho más cerca de o correcto que de lo esperpéntico.

Los productores se han atrevido, y no es mérito pequeño, a hacer una película catalana y española a la vez, lo que no debería ser extraño, pero hay que reseñarlo. Cataluña y España son tan inseparables como lo ha sido su historia y ese momento especial de guerra al francés es un sello sangriento y nobilísimo de esa hermandad, cosa que muy bien supieron ver nuestros grandes novelistas, Peréz Galdós y Baroja, tan desaprovechados por el cine, por cierto. La historia que nos cuenta Bruc no habría desmerecido la pluma de ninguno de ellos y es un soplo de aire fresco en entornos tan enrarecidos y envilecidos como lo son el cine y la política española.

sábado, 25 de diciembre de 2010

Zapatero no es tan malo

No quisiera dar la sensación de que el espíritu navideño me haya conducido al desvarío, de tal modo que, en una bienintencionada confusión, hubiera podido olvidar las más notorias hazañas de nuestro presidente. No es eso, no es eso. Lo que ocurre es que he leído en alguna parte que Alfonso Guerra ha decidido que ya es hora de cambiar de líder en el PSOE, y presumo que su análisis no se derive directamente de la admiración al Maquiavelo de León. Ha sido esta recomendación guerrista la que me lleva a defender, relativamente, a Zapatero.
Veamos: en primer lugar, si Zapatero fuese tan malo, peores serían los que le han sostenido, entre otros Guerra, de modo que aunque nos felicitemos del arrepentimiento, no podemos olvidar el disparate colectivo de sus secuaces y aduladores, de los miembros de la gran orquesta roja y oportunista, proporción que se autoregula muy adecuadamente. No hay más que recordar lo de Russell, en una democracia los elegidos nunca pueden ser peores que los electores, pues cuanto mayor fuere la maldad de aquellos, peor sería la calaña de quienes los consagran.
Zapatero es, por tanto, y, en cierto modo, el mejor de los suyos, y por tal lo han tenido durante años, meses y días. Lo que ocurre es que ahora han descubierto que ya no vende, que vende peor incluso que ese pésimo adversario de derechas que nunca se sabe si va o si viene. Bien, pues que sean consecuentes: lo que ocurre no es que Zapatero sea malo, y, menos aún, que se haya vuelto malo de repente. Lo que ocurre es que las políticas de Zapatero son espantosas, que no sirven más que para empeorar las cosas.
Lo grave es que esas políticas de Zapatero no son solo suyas sino que son, sobre todo, de quienes ahora le critican y lo echan de más. En realidad casi es posible que Zapatero no sea socialista ni pro-nacionalista: escogió ser eso como podía haber sido cualquier otra cosa, lo que ahora está intentando ser, por ejemplo, pero lo escogió, precisamente, porque eso era lo que le pedían los suyos.
Cuando los partidos se confunden y no aciertan a ser lo que tienen que ser, tienden a perder el tiempo discutiendo sobre el liderazgo. Eso ha pasado casi infinitamente en la derecha, Fraga, Suárez, Hernández Mancha… e tutti quanti, hasta que llegó Aznar, el que se fue antes de tiempo. Ahora le puede pasar al PSOE, ya le ha pasado en cierto modo con Almunia, Borrell, hasta que saltó la sorpresa de Zapatero. De tal modo el PSOE olvidó hacer sus deberes, buscar una política razonable y coherente, atractiva a ser posible. Como no la ha encontrado, Zapatero ha ejercido la vieja política que heredó de Felipe González, sin la astucia y la largueza del sevillano. Es la política del PSOE lo que es malo, no Zapatero. Es la demagogia social, el cainismo frente a la derecha, la falta de respeto a la ley y a la Constitución, la ausencia de una ética pública exigente, su rendición ante el nacionalismo, que no es otra cosa sino la manifestación de su afán de poder a cualquier precio, el dogmatismo autocomplaciente de la izquierda… esto es lo que hace aguas, y no Zapatero, aunque su elección seguramente haya sido una de las peores que jamás se hayan hecho en una democracia.

viernes, 24 de diciembre de 2010

Otro McGuffin

No consta que Zapatero sea experto en técnica cinematográfica, de modo que, cabe conjeturar, tal vez no sepa que McGuffin es el nombre que Hitchcock adjudicaba a ciertas tretas de sus magníficos guiones. Un McGuffin es una peripecia intrigante que acontece en la película pero que nada tiene que ver con la trama de fondo; su función es decisiva: despistar al espectador que pasa así por alto lo esencial para verse finalmente sorprendido. Bueno, pues queriéndolo o no, la llamada “sucesión” es un magnífico McGuffin y produce verdadero deleite contemplar el rendimiento que algunos le sacan al truco.

En ocasiones, pasa en las malas películas, el McGuffin deja de serlo y se apodera de la trama principal. La culpa será, entonces, del guionista, del autor de la trama, de Zapatero en este caso, aunque no sepamos si discurre solo o en compañía de otros u otras, como sería obligado decir dado el panorama. Nada hay peor que un McGuffin demasiado sobreexplotado, capaz de arruinar cualquier dramatismo en la narrativa. Puede pasar que algunos crean que la vida política no es otra cosa que una sucesión de McGuffins, pero si el público llegase a esa convicción, su venganza podría ser terrible.

jueves, 23 de diciembre de 2010

La Navidad

Las fiestas navideñas gozan de cierta mala fama entre gentes diversas, pero sobre todo entre los progres, siempre tan atentos a la problemática, así, en general. Este desdén, fingido o real, es, desde luego, un síntoma más de descristianización, aunque tal diagnóstico quizá convenga más a lo que ocurre que a su rechazo. De cualquier manera, cuando hace pocos días, un amigo me felicitó el solsticio de invierno, la verdad es que me quedé preocupado. Perder las tradiciones cristianas me parece, sin duda alguna, una gran desgracia.
Creo que entre las muchas formas de combatirla está ver ¡Qué bello es vivir!, escuchar el Mesias de Händel, o asistir a una representación de A Christmas Carol de Dickens, depende un poco de las preferencias de cada cual. Los cristianos deberíamos estar un poco más a la altura de lo que celebramos, porque la verdad es que nos pueden las mayorías con su envilecimiento de una ocasión tan hermosa. Yo creo que la Navidad es la parte más misteriosa del credo, pero también la que nos conmueve con mayor facilidad, y eso hay que saber aprovecharlo. La vida siempre nos gasta y nos achata, y necesitamos que el recuerdo de esa historia que nos da tanta esperanza nos renueve y nos anime: no es cosa de dejar que se convierta en un evento astronómico, porque el tiempo de la Navidad es muy distinto del de cualquiera de los relojes.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Prisioneros

Quienes hayan estudiado algo de lógica habrán oído hablar del dilema del prisionero, una situación que se produce cuando cualquiera que haya cometido una fechoría con ayuda de un cómplice se plantee de qué manera puede obtener el mejor trato de la justicia. Si cualquiera de ellos confiesa y su cómplice no, obtendrá la libertad y el cómplice será condenado; si ambos dicen la verdad, se les condenará a ambos, pero, si ambos lo negasen, obtendrían la libertad de manera casi inmediata. Cada uno de los dos sospechosos ha de escoger, por tanto, entre maximizar los beneficios conjuntos guardando silencio, o asumir el riesgo de obtener una larga condena por la traición del cómplice que solo busque su propia libertad.

Se trata de una situación que estudia la teoría de juegos y que da lugar a muy sutiles complicaciones, pero lo que de ella nos interesa es que, como sucede en la política, el destino conjunto de dos protagonistas con intereses contrapuestos está sometido a reglas que, en la medida que incorporan el cálculo sobre lo que hará el adversario, distan de ser enteramente simples. Si aplicamos el modelo a los dos grandes partidos españoles, está claro que ninguno de ellos se fía del otro, y eso les lleva a rechazar la fórmula de pacto de estado que la mayoría de sus votantes consideraría hoy día como la menos mala. Su enemistad radical, fuera ya del modelo formal del prisionero, tiene otros muchos inconvenientes que hacen que la política española se enfangue en una situación de confusión, desesperanza y recelo que no ayuda en nada a que los ciudadanos puedan vislumbrar salida a la crisis. Aunque casi todo el mundo tenga una idea precisa acerca de cómo se reparten las responsabilidades respectivas en este crimen conjunto, lo que es decisivo es que estamos prisioneros de una situación que admite muy pocas fórmulas de desbloqueo.

El PSOE está prisionero de su líder, de su proyecto personal: es la consecuencia de haber ensalzado hasta la nausea, como si se tratase de un genio de la política, a un personaje que ha sido fruto de la casualidad y que no ha resistido ni cinco minutos a la prueba de las dificultades. En esta situación, los socialistas no se atreven a rectificar porque temen que, a corto plazo, los resultados agudicen la devastación que ven en el horizonte, y están ensayando fórmulas más o menos mágicas y coyunturales: hacer como que Zapatero ya no está, amagar con Rubalcaba, como si un Fouché pudiese ganar alguna vez una competición con reglas, por mínimas que sean, o tratar de pasar el mal trago de las municipales y autonómicas y luego ya veremos.

El PP no es menos prisionero. Atado por sus contradicciones, no se atreve a formular con claridad políticas alternativas, y trata de presentarse como una solución más social que la de su adversario. Esta es una constante de la historia del PP, al menos de la de los últimos años, la ridícula pretensión de no ser menos que el PSOE que lleva a cometer verdaderos disparates en sus propuestas, en sus comentarios, en sus reacciones. Que los dirigentes del PP no sean capaces de caer en la cuenta de que esta conducta no hace sino abonar el caladero de votos de sus adversarios es realmente de aurora boreal.

El PP es prisionero también de una tradición escasamente democrática y, por supuesto, nulamente liberal. Dice que sus puertas están abiertas de par en par, pero es para no hacer nada, para que los ingenuos que se arriesguen a entrar puedan comprobar con gran asombro que han pasado a integrar el conjunto de habitantes de la casa deshabitada. El PP tendría que convocar en los próximos meses un Congreso ordinario para cumplir los Estatutos, pero no lo hará, porque lo de la democracia les suena a música celestial a buen número de sus dirigentes, especialmente si se les ocurre pensar que tal vez puedan estar a punto de alcanzar el paraíso de las poltronas.

Si no convoca el Congreso que debiera convocar es porque muchos dirigentes del PP temen que su puesto pueda peligrar si realmente el partido se tomase el trabajo de pensar seriamente en su papel y en dar ejemplo de democracia, de renovación, de rigor, de audacia. Como frente a esas virtudes, la infinita cohorte de los oportunistas y cucañeros se echan a temblar, lo más que puede suceder es que los gerifaltes improvisen alguna especie de Convención para que los beneficiados se harten de aplaudir.

Alguien podría pensar que los defectos de los partidos dependen de su ideología respectiva y no es así, del todo. Su falta de democracia interna es reflejo de la del vecino; su cesarismo es competitivo; su rigidez es respectiva. Lo que choca más es que el PP, que es el partido que debía velar por las libertades y ser más consciente de su pluralismo interno, se deje llevar por un caudillismo inexplicable y absurdo. En resumen, los españoles somos prisioneros de unas cúpulas políticas escasamente admirables, y que se resisten a cambiar con la excusa de proteger nuestros intereses.

[Publicado en El Confidencial]

martes, 21 de diciembre de 2010

Rubalcaba al aparato

Una leyenda sobre los periodistas indica que no leen los periódicos, pues bien, en el caso de El Mundo podemos desmentirlo, ya que ayer domingo se apresuró a dar como propia la noticia que La Gaceta había dado el sábado sobre la grabación de todas las llamadas telefónicas de los controladores, también las de sus números privados, establecida por el gobierno.

Rubalcaba no se anda con chiquitas: lo malo es que creen que el ordenamiento legal es papel mojado cuando se interpone a sus designios, a sus planes totalitarios. Ya es desmesura declarar un estado de alarma por su incapacidad para meter en cintura a los controladores, pero tienen tan buena imagen de sí mismos que las cautelas les parecen melindres. No se dejan impresionar por el hecho de que ningún gobierno democrático haya recurrido jamás a ese estado de excepción que exige la existencia de un grave peligro para el conjunto de la nación que no se pueda combatir por otros medios. Rubalcaba, como un nuevo Luis XIV, cree que el estado es él, y que si él se ve amenazado, el estado se encuentra en peligro. Ésta interesada confusión ha propiciado que el estado de alarma se prolongue una primera vez, y ya veremos lo que da de sí esta prórroga. Mientras tanto, y llevados de su peculiar sentido de la responsabilidad, que consiste en que el gobierno no tenga que dar explicaciones a nadie, haga lo que haga, los hábiles telefonistas del Ministerio del Interior han sido dedicados a escudriñar las conversaciones privadas de los controladores, a ver si por fin descubren que toda la trama se origina en algún primo del PP, lo que daría al asunto la conveniente dimensión política que muchos de sus seguidores echan lastimosamente en falta.

La patrimonialización del poder es un riesgo moral que afecta a todos los gobiernos, pero el PSOE ha dado muestras más que suficientes de que se trata de una perversión que no se condena en sus códigos éticos. La ley deja de serlo siempre que les convenga, y por el tiempo que les resulte útil. Ningún precepto ético o legal es suficientemente sólido como para impedirles hacer lo que les place. Ellos establecen, por ejemplo, fuertes normas de incompatibilidad para los demás, pero se las saltan cuando el caso les afecta. Ellos consideran que recibir unas baratijas como regalo es grave quebranto de la ley, pero se asombran de que se pretenda empapelar a Bono por los millonarios dones y permutas con que le han beneficiado sus innumerables y generosos amigos inmobiliarios.

Hay que recordar a este gobierno que el estado de alarma y la militarización de los controladores también tiene sus límites. Es muy grave que se viole el derecho a la intimidad de cualquiera, incluso si fuese un delincuente, si eso no se hace con las debidas cautelas y bajo la tutela judicial correspondiente. No se trata ya de la discutible legalidad de una medida como la que hemos dado a conocer al público, sino de que nos asusta la avilantez con la que el gobierno se toma a beneficio de inventario todas las disposiciones que previenen la arbitrariedad y el abuso de poder. Ni siquiera los controladores, que se han ganado a pulso por su insolencia la repulsa de la mayoría de los españoles, merecen un trato vejatorio por parte del gobierno y de sus aparatos policiales. Tienen derecho a la intimidad, tienen derecho a la tutela de las leyes y de los jueces, tienen derecho a defenderse, y el gobierno no puede pretender que le apoyemos cuando pisotea los derechos esenciales, aunque sea con el propósito de vencer a los controladores.

[Editorial de La Gaceta 201210]

lunes, 20 de diciembre de 2010

Del maniqueísmo al no es para tanto (España en crisis 6)

Este mediodía discutía con algunos amigos sobre la razón de ser de nuestra tendencia al maniqueísmo político; mis amigos, que son listos y de derechas, aunque algunos crean que esto es imposible, afirmaban que se trataba de una consecuencia de la guerra y los cuarenta años del franquismo. Yo no estuve de acuerdo, aun reconociendo la importancia de esa clase de factores. Me parece más operativo el hecho de que, al no ser una República, todas nuestras elecciones se transforman en enfrentamientos de bloques. Si fuésemos una República, como Francia, o, mejor, como los Estados Unidos, la elección del presidente introduciría un factor balsámico en el enfrentamiento de bloques, cosa que de hecho sucede en estos países. Junto a este factor institucional, el fondo cultural y religioso del que se nutre la sociedad española, que es más viejo y decisivo que la guerra y el franquismo, meros episodios de esa lucha agónica de unos españoles contra otros, favorece el enfrentamiento porque da a entender que unos tienen la razón y el bien, mientras los adversarios persiguen el desvarío y la maldad.
Ya va siendo hora de que abandonemos estas necedades y aprendamos a ser algo más relativistas, aunque la palabra tenga tan merecida y mala fama, que aprendamos a ser menos barrocos y teológicos y más empiristas. Yo creo que serán cada vez más los españoles que juzguen de la política por cómo les va a ellos, por cómo nos va a todos, lo que es muy razonable, y que se sientan felices por comprender y compartir las buenas razones y causas de sus adversarios que, además, son siempre un acicate para la mejora de las nuestras. Hay que aprender a ser menos dogmáticos y más competitivos, con reglas iguales para todos. No es casualidad que el fútbol nos guste tanto, pero nuestro dogmatismo habitual nos priva de admirar el buen juego de los contrarios que, en ocasiones, es extraordinario, como pasa ahora con el Barça a los que somos madridistas.
A mí me parece que Zapatero ha fracasado con sus operaciones de memoria histórica, en sus intentos de ahondar las diferencias entre españoles, pero no basta ese fracaso: deberíamos ser cada vez más los dispuestos a no empeñarnos en luchas fratricidas, en extremismos ideológicos. Es un hecho que el bipartidismo no ayuda, pero tenemos que esforzarnos en que ese bipartidismo sea cada vez más en beneficio de todos, y no en honor a un nuevo guerra-civilismo que sería una causa especialmente estúpida.

domingo, 19 de diciembre de 2010

La cara del ministro de Fomento

El debate sobre el inaudito estado de alarma nos ha deparado algunos momentos regocijantes. Cuando Rajoy usó de su habilidad para repetir, sin que el auditorio lo supiera, unas palabras de Rubalcaba a propósito de lo inepto y caradura que era el ministro de Fomento, pero referidas al primer gobierno de Aznar, la cámara del Congreso, siempre servicial, nos dejaba ver la faz del titular del cargo en la actualidad, su gesto de incredulidad absoluta. ¿Cómo era posible que de él, de don José Blanco, Pepiño ocasional en las tenidas con los compañeros más elementales, se dijesen semejantes barbaridades? ¿Cómo se atrevía el líder del PP a faltarle al respeto de forma tan procaz y notoria? Los espectadores estaban, con seguridad, ciertamente sorprendidos, no tanto por considerar que el ministro mereciese mejor trato, como por el asombro al ver un Rajoy faltón. Desgraciadamente, el pasmo duró poco, porque Rajoy desveló la argucia de que se había servido para provocar un efecto tan inusual en la Cámara. Entonces se pudo ver la cara de Rubalcaba, contraído, a la defensiva. Ambas caras, mientras Zapatero lucía la habitual, sin apenas darse cuenta de que no se celebraba ningún jolgorio, muestran con gran expresividad una de las características más notables de la política española.

A veces se describe el sistema español como un bipartidismo imperfecto, para dar cuenta del peso que acaban adquiriendo en las Cámaras las distintas minorías, con apenas un porcentaje de voto sobre censo del diez por ciento. Pero hay otra peculiaridad que no es menos decisiva. Vivimos en un bipartidismo que, además de imperfecto, es perfectamente inicuo, desigual: nada tiene que ver lo que se exige y espera de unos con lo que se exige y espera de los otros. El PSOE ha acertado a hacerse con la casi exclusiva de la democracia, la decencia y la legalidad, y consigue presentar permanentemente a los del PP como una colla de peligrosos delincuentes a los que es conveniente mantener al margen de los resortes estratégicos del sistema. Para mostrarlo con claridad meridiana bastará con que hagamos un experimento mental y tratemos de imaginar lo que habría sucedido si el decreto de militarización del espacio aéreo hubiese sido dictado por un gobierno del PP. Si sólo por unos ligeros retrasos en Barajas, a cuenta, por supuesto, de pilotos y/o controladores, Rubalcaba trató a Rafael Arias Salgado como si éste fuese una especie de golfillo que se hubiera colado en el gobierno, ¿que no habría dicho si el gobierno hubiese dejado a cientos de miles de pasajeros en tierra al comienzo mismo del mejor puente del año?

No se trata de un hecho aislado, el gobierno de Zapatero ha batido todos los records de incompetencia, incumplimiento, deslealtad política e irresponsabilidad que quepa imaginar. No ha pasado otra cosa que el que la oposición haya tratado, no con un éxito inenarrable, de ponerlo de manifiesto. El gobierno de Zapatero ha bajado el sueldo a los funcionarios; ha congelado las pensiones; ha roto el Pacto de Toledo, que se hubo de firmar para evitar el efecto político corrosivo de las afirmaciones de que el PP rebajaría las pensiones en cuanto gobernase; ha otorgado televisiones a sus amigotes, saltándose cualquier apariencia de legalidad; ha hundido financieramente a la televisión pública privándola de publicidad para que el mercado vaya a parar enteramente a los magnates privados que saben muy bien cómo hay que pagar el favor; ha suspendido leyes aprobadas en el Parlamento por mayorías suficientes con un mero decreto; ha dilapidado los recursos públicos con arbitrariedad y notable ineficiencia; ha envenenado hasta la nausea las relaciones territoriales; ha envilecido con subvenciones barrocas y constantes a los Sindicatos, siempre dispuestos al sacrifico en el altar subvencional; ha usado la guardia civil y los fiscales para detener con diurnidad y alevosía a cualquier individuo mínimamente cercano al PP, en muchas ocasiones sin el menor motivo judicial sólido, como se pudo comprobar tiempo después; ha hecho con los terroristas de ETA toda clase de maniobras equívocas o simplemente estúpidas, llevado por la convicción de que la izquierda abertzale apenas necesita unas sesiones de terapia del sillón para ser tan manejable como un sindicalista. No sigo, que me falta espacio.

El PP jamás ha hecho ninguna de estas cosas, entre otras razones porque, a Dios gracias, seguramente no se atreverían, pero el PP debe soportar que ellos las hagan con estoicismo y paciencia, porque, en caso contrario, sería acusado de golpista, franquista y asesino, cosa de que se le va a acusar en cualquier caso, a pesar de que apenas rechiste. ¿Terminará alguna vez esta patente asimetría en la atribución de vicios y virtudes? No parece que, de momento, vaya a menos, pero tal vez empiece a suceder cuando el balance de las dos legislaturas resulte completamente intolerable a la mayoría de los españoles.

sábado, 18 de diciembre de 2010

El AVE a Valencia



Hoy se inaugura oficialmente el nuevo trazado de alta velocidad que une Madrid con Valencia, sin duda alguna, el que debió hacerse primero de todos, en buena lógica. Hace dieciocho años se inauguró la línea del Madrid- Sevilla, la ciudad de Felipe González, que muy bien podía haber esperado hasta ahora, y en medio el Madrid- Zaragoza-Barcelona y esa medianía que es el Madrid Valladolid. La propaganda política, de derechas y de izquierdas, ha sido hoy unánime: una gran obra, fruto de la unidad, la mayor red europea y patatín-patatán. Sin embargo, se debería imponer una reflexión sobre el enorme gasto público que ha supuesto esta clase de infraestructuras y sobre si sus beneficios, de todo tipo, justifican el disparate inversor.
Como convendría que nos acostumbrásemos a poner en dudas las grandes afirmaciones de los políticos, apuntaré tres objeciones de fondo a la manera en que se ha desarrollado la alta velocidad en España:
En primer lugar la elección caprichosa de las líneas; el buen sentido establece que las líneas a las que hay que dar prioridad son las que obtengan mejor índice sumando los habitantes de las cabeceras y la inversa de la distancia. El orden debería haber sido Madrid-Valencia, Valencia-Barcelona, Madrid-Barcelona y, muy al final, Madrid-Sevilla. De cualquier modo, la nueva línea a Valencia no tendría que haber pasado por Cuenca, y es completamente disparatado el nuevo trazado, de Cuenca a Albacete, para unir ambas metrópolis, cuando Albacete tenía ya una excelente comunicación con Madrid por ferrocarril y carretera (la nueva vía es, además, más larga que la existente, que es el mejor trazado convencional de España). Así se ha conseguido, otra de las genialidades que hay que atribuir a Bono, que todas las capitales de Castilla la Mancha tengan servicio de alta velocidad, gran proeza perfectamente estúpida, propia de nuevo rico, insigne necedad política. Mientras, Valencia y Barcelona carecen, todavía, de una vía doble en condiciones en numerosos puntos del trayecto.
La segunda objeción tiene que ver con que se engaña al público sobre los costes reales del conjunto de la inversión, lo que hace que, en ningún caso, sea rentable una línea de alta velocidad exclusivamente para viajeros, porque, casi nunca lo son a corto plazo, ni siquiera olvidándonos de la necesidad de retribuir el capital empleado en la construcción.
En tercer lugar, la extensión de la alta velocidad ha sido contemporánea de un hundimiento casi definitivo del transporte ferroviario de mercancías, que debiera haber sido la mayor preocupación de la política ferroviaria, y de un gran deterioro del nivel de mantenimiento del ferrocarril convencional; no es un objetivo fácil, desde luego, pero el monocultivo de la alta velocidad que se presenta como el bálsamo de Fierabrás del ferrocarril español ha sido, más bien, un veneno letal y de acción bastante rápida.
Es necesario rectificar, no sea que algún día descubramos que nuestra política de alta velocidad ha sido una barbaridad tan grande como la de los sueldos de los controladores.

viernes, 17 de diciembre de 2010

La fiscalía y el embudo

La Fiscalía de Baleares, que ha propiciado tantas oportunidades para poner de manifiesto los supuestos escándalos y corrupciones de políticos del PP, que ha perseguido con tanto espectáculo y eficacia aparente sus cacareadas fechorías, está en manos de un personaje que no está más allá de toda sospecha, sino que todo indica que, al amparo de su posición, ha podido traspasar, hasta la fecha con total impunidad, las fronteras de la licitud y la legalidad con diversas actuaciones extremadamente discutibles, en unos casos curiosamente similares a las que han dado píe a la persecución de otros, en otros distintas pero no menos inadecuadas, y presumiblemente delictivas.
Según ha desvelado La Gaceta, no solo falseó los datos referidos a sus propiedades inmobiliarias, con la intención de pagar menos impuestos, una conducta que, si nunca es defendible, resulta gravemente escandalosa en el encargado de vigilar el cumplimiento de la ley, sino que ha hecho uso de los recursos de comunicación de que dispone como autoridad pública, para llevar a cabo actividades mercantiles que el estatuto fiscal, con perfecto sentido, considera ilícitas para sus miembros, tanto si las llevan a cabo por sí mismos o por interposición de terceras personas. No queremos negarle al señor Horrach su derecho a hacer pingües negocios en sitios de tan acrisolada legalidad y seguridad jurídica como Panamá; efectivamente, el señor Horrach tiene derecho a ser un águila comprando y vendiendo propiedades en condiciones ventajosas para su patrimonio, pero no tiene derecho alguno a hacerlo al tiempo que ejerce como fiscal anti-corrupción en Baleares, y mientras persigue con hipocresía digna de mejor causa a quienes no hacen cosas muy distintas a las que él ha hecho.
Se trata de un caso de burla de la ley absolutamente impropio en una persona especialmente obligada a la ejemplaridad y al cumplimiento escrupuloso de las leyes y de cuantas disposiciones se hayan establecido para garantizar el correcto cumplimiento de sus funciones y su absoluta imparcialidad hacia todos los ciudadanos.
Es interesante preguntarse qué piensan hacer sus superiores ante la gravedad de los hechos sacados a la luz. El Fiscal general del Estado debería tomar inmediatas cartas en el asunto para tratar de restablecer la confianza de los ciudadanos en las acciones de la fiscalía, aunque nos tememos que se pueda refugiar, como ha hecho en los numerosos casos que han afectado al señor Bono, en la curiosa disculpa de que la prosperidad personal y las riquezas no son indicio suficiente para suponer una investigación de los fiscales, curiosa no porque sea incorrecta, que no lo es, sino porque, tanto en el caso de Bono, como el del fiscal Horrach constituye una salida en falso, ya que no se sospecha de ellos por su patrimonio, sino por la inverosimilitud de lograrlo por medios lícitos, en el caso del todavía presidente del Congreso, y por las irregularidades cometidas por el fiscal balear para ahorrarse unos miles de euros, o para gestionar desde la comodidad de su cargo público diversos negocios ultramarinos en Panamá o Argentina. Las andanzas del fiscal anticorrupción constituyen actividades cuya incompatibilidad está pre­vista en la Ley 50/1981 que regula el estatuto del ministerio fiscal, y suponen una falta muy grave que puede llevar a la definitiva separación del servicio.
Por muchísimo menos que esto hay jueces y fiscales que han sido perseguidos, castigados y expulsados; si fuésemos optimistas esperaríamos que se haga justicia con este personaje, pero nos tememos que sus servicios a la causa acaben por cubrir con un manto de hipocresía sus escandalosas flaquezas.
[Editorial de La Gaceta]

jueves, 16 de diciembre de 2010

La grande y la pequeña maniobra (España en crisis 5)

El excesivo culto a la palabra, a la retórica vacía, tiene una consecuencia demoledora en el debate público, a saber, que tienden a imponerse las grandes palabras, que se deprecia el espíritu crítico, siempre tan escaso porque requiere valor, y se concede un valor enteramente exagerado a lo sentimental, a lo fácil. Visto desde otro ángulo, esa actitud favorece el prestigio de las grandes promesas, de la idea según la cual cualquier mejora requiere la adopción de medidas mucho más radicales y generales que las que suponen necesarias los reformistas, dígase con tono despectivo. Como es natural, esa actitud trae consigo el que, en realidad, nunca se cambie nada, que, en el fondo, se promueva el ideal hipócrita y cínico que establece que sea preciso que todo cambie para que todo siga igual.

En algunas ocasiones he comparado esas dos actitudes frente a los defectos españoles con las posturas contrapuestas de Ramón y Cajal y de Ortega y Gasset en torno al problema de la ciencia en España, de la universidad y de la cultura española, en general. Ortega, además de inspirarse en un modelo que ya casi agonizaba, pretendía que cualquier cambio positivo requeriría reformas muy de fondo, mientras Ramón y Cajal se limitaba a escucharle con gusto, y con cierto escepticismo, y a trabajar de manera incansable, investigando con rigor y audacia, dejándose los ojos en el microscopio y poniendo a los laboratorios españoles bajo su influencia a la vanguardia de la ciencia de su época, pese a las innegables dificultades que trataban de impedirlo.

En el mismo terreno universitario se podría poner un ejemplo mucho más reciente, estrictamente contemporáneo. Es verdad que la universidad española es muy mediocre, que no tenemos, en el año corriente, ninguna entre las 200 mejores del mundo, pero ello no ha impedido, por ejemplo, que el Departamento de Matemáticas de la Universidad Autónoma de Madrid ocupe un lugar mucho más brillante en la jerarquía internacional (está entre el lugar quincuagésimo y el septuagésimo quinto) que el que corresponde al conjunto de las universidades. Los males de la universidad española no impiden a esos matemáticos madrileños hacer un trabajo excelente, aunque sean, o seamos, legión los que se refugien, o los que nos refugiemos, en la mediocridad general para justificar la propia. Todo mejoraría el día que aprendiésemos a trabajar en las reformas posibles, por humildes que parezcan, sin que eso haya de significar ninguna renuncia al ideal, entre otras cosas porque al ideal se llega, únicamente, paso a paso.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

El problema de Rajoy

Son tantos y tan graves los riesgos que nos acechan que puede parecer frívolo fijarse en el supuesto problema de una única persona, aunque sea tan singular como es el líder del PP. Pero la dificultad de que merece la pena hablar no le afecta solo a su persona, porque, para bien o para mal, Rajoy encarna las esperanzas de muchos millones de españoles, que quieren pensar que su llegada al poder significará el final de una larga y absurda pesadilla. En este sentido, el problema de Rajoy consiste en que, al tiempo que suscita esas esperanzas, su perfil político específico no acaba de ser visto con nitidez por una gran mayoría de españoles, o eso dicen las encuestas. Que Rajoy aparezca sistemáticamente por debajo de las expectativas que suscita su partido no es tampoco un fenómeno nuevo: le pasó también a José María Aznar, aunque luego termino convertido, al menos para algunos, en una especie de superlíder. Esto se dice no a cuento de que el inconveniente no sea relevante, porque lo es, un escollo que hay que sortear al menos con tanta habilidad como supo hacerlo Aznar tras el largo e inacabable felipato.
Nadie duda de que Rajoy esté al frente del PP; las dudas se refieren a sí Rajoy va a ser capaz de dirigir a buen puerto ese inmenso capital político que tiene a sus espaldas, porque el paso de una situación de expectativa, por grande que sea, a una victoria política incontestable está lejos de ser automático, sea cuando fuere la fecha, y esté, o no, por medio Rubalcaba.
Lo que Rajoy necesita es que se perciba con claridad que el PP comienza desde ahora mismo a ejecutar una nueva melodía que sea el programa de Rajoy. Y en política, como en la música, las partituras son importantes, pero el ejecutante no lo es menos. Frente a un partido numeroso y con cierta tendencia al caos, aunque no sea más que por su tamaño, Rajoy tiene que conseguir, cuanto antes, que el partido empiece a sonar de manera cada vez más afinada y que la melodía que interpreta sea pegadiza.
Naturalmente, nadie espera que Rajoy descubra nuevas músicas, pero sí que le imprima a la acción política de su partido, que a veces parece diseñada por un estratega beodo, una unidad y armonía, que se concentre en mensajes simples y sencillos, que no dejen al adversario la posibilidad de argüir con eficacia lo que, en cualquier caso, van a gritar por las cuatro esquinas.
Me parece que el primer movimiento de su sinfonía tiene que estar dedicado, por fuerza, a Europa. En estos momentos, Europa significa para los españoles, seriedad, austeridad y salida de la crisis. Si en el pasado hemos podido ser alumnos brillantes de la escuela, debemos desembarazarnos a toda prisa de la condición que hemos adquirido con Zapatero como alumnos que no se toman en serio el curso, que hacen pellas, tratan de copiar en los exámenes, y falsifican notas. Esto quiere decir, contra los infinitos arbitristas que predican reformas radicales, que no se trata sino de volver a hacer las cosas bien, de dejar de disparatar.
El segundo movimiento de la sinfonía rajoyana tendrá que estar impregnado de una llamada a la responsabilidad de todos y cada uno de los españoles. No se trata de prometer, sino de persuadir a todo el mundo de que hace falta que cada uno de nosotros empiece a ser más exigente consigo mismo, y empiece a esperar menos de los demás, para conseguir que esta economía que ahora está embarrancada pueda empezar a ponerse de nuevo en marcha. Naturalmente que todo ello exigirá algunas reformas, pero de nada sirven las reformas cuando el público no comparte el plan general, un programa en el que ni siquiera los controladores puedan trabajar menos y cobrar más.
El tercer movimiento tiene que girar en torno a una propuesta de reducción del gasto, porque cuando el sector público ahoga a las economías privadas no se puede llegar a ninguna parte. Es escandaloso que mientras ha aumentado el paro y no hay financiación para los emprendedores, se hayan incorporado a las, hasta ahora, seguras nóminas públicas a cientos de miles de personas para realizar trabajos inconcretos o inexistentes. Aquí hará falta que Rajoy sepa persuadir a sus adversarios de que se necesita moderación del sector público, que en la Europa liderada por la economía alemana, no caben los derroches. Habrá que pensar en ciertas leyes de armonización y contención del gasto, para que quienes gastan sin ingresar, dejen de hacerlo, y estoy mirando más al oeste y al sur que hacia el nordeste, aunque también allí se hayan cocido habas.
Como se ha puesto de manifiesto con el follón de los controladores, los españoles no soportan el privilegio, de modo que esta clase de propuestas podrá tener un apoyo popular suficiente. Hay que suponer que lo que quede del PSOE estará mejor dispuesto a recuperar el buen sentido, pero hasta que eso sea lo normal, Rajoy dispondrá de casi dos años para hacer lo que hay que hacer sin que nadie pueda tratar de pararle en las calles.
[Publicado en El Confidencial]

martes, 14 de diciembre de 2010

Arbitrismo y barroquismo (España en crisis 4)

Siempre he creído que la raíz de esa clase de actitudes, maniqueas y arbitristas, está en una comprensión deficiente de las dificultades y que esta, descansa, a su vez, en la mala costumbre de olvidar que las palabras pueden parecer muy poderosas, pero son, en el fondo, estériles cuando no se acompañan de algo más que ellas, de atención, de cuidado, de respeto, de ganas de aprender. Cuando se actúa sin esta clase de precauciones, cuando se piensa poco, pensar es pesar, sopesar, se comienza a interpretar mal las relaciones entre las palabras y las cosas, y eso conduce fatalmente a un aturdimiento. Es el barroquismo, el modo de usar la lengua que permite que las construcciones lingüísticas se desembaracen de cualquier relación responsable con lo inmediato, con la realidad, con las mediciones, las comprobaciones y los hechos. Un buen barroco construye su discurso de tal modo que nadie pueda desmentirlo: no es difícil ver que esa es la mejor manera de poner la retórica al servicio del dogmatismo.
No se me escapa que no hay fórmulas sencillas de resolver las ecuaciones que unen a las palabras y las cosas, porque las cosas también se hacen con palabras, a su modo, pero cuando la verborrea nos impide la duda, la reflexión, la humildad, se comienza a avanzar por un camino muy peligroso.
La tendencia al barroquismo es una resbaladiza desviación de la cultura española. Nótese, por ejemplo, que por cada pensador o novelista que tengamos podríamos ofrecer capazos de estilistas, de orfebres de la palabra. Por cada Galdós o cada Baroja, que no abundan, tenemos decenas de Umbrales, por ejemplo. En nuestro siglo de oro, cuando la Europa del norte, pero también Italia, se adentraba por el camino de la ciencia, nosotros produjimos infinitos Góngoras, y se perdió el buen sentido cervantino, el aire cotidiano de los magníficos poetas del XVI. Pero ¿tiene algo que ver esto con lo que ahora nos pasa? Me parece que más de lo que se ve a primera vista.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Lo que nos pasa (España en crisis 3)

Vamos a tratar de fijarnos en la cultura de los españoles, y, más precisamente, en nuestra cultura política. En mi opinión tenemos un problema de base que es que nos falta un acuerdo de fondo en una serie de cosas que son esenciales para juzgar cómo va la vida, cómo van las cosas. Se puede decir que esa clase de acuerdos faltan en todas partes, pero lo característico entre españoles es que no parece preocuparnos el hecho de que nos falten, preferimos adaptarnos a la dinámica maniquea.

A mi entender, esa manera antitética de hacer las cosas ha favorecido el arbitrismo, que es uno de los grandes inventos de quienes en este país se tienen por sabios. Un ejemplo para que se me entienda es el tipo de comentarios que los lectores suelen hacer al píe de los blogs, en que vapulean al que se ha esforzado, aunque sea poco, en el análisis para espetarle algo como esto: “lo que hay que hacer es fusilarlos a todos”, o “ya se sabe cómo son los catalanes”, o “¿qué vamos a esperar de la derechona?”, y argumentos por el estilo. Esta clase de “soluciones” se basa en la incapacidad para comprender y aceptar el problema, en la creencia de que nosotros poseemos alguna especie de solución obvia y que solo la maldad del adversario le impide reconocerla de manera inmediata, incondicional y rendida. Pues bien, las cosas no son así, son algo más complejas y aquí se lleva poco el esfuerzo para entender las razones del otro.

Como veremos, esta conducta tiene unas raíces muy viejas y como este país, es, sobre todo, viejo, hemos confundido lo, digamos, natural con lo que hemos ido construyendo paso a paso, y, muchas veces, error, tras error.

domingo, 12 de diciembre de 2010

Trampantojos y escarmientos

Este gobierno que maneja a su antojo una serie de instrumentos de control, y en especial un potentísimo sistema de escuchas, parece haber encontrado en la persecución del dopaje deportivo otro trampantojo ocasional para tratar de disimular sus carencias y desaciertos. Hace falta ser muy crédulo para sostener que la persecución a Marta Domínguez haya coincidido de manera enteramente casual con un resonante éxito parlamentario de Rajoy y con el hecho de haber puesto a Rubalcaba frente al espejo de las palabras que empleo en 1999 para enjuiciar a un ministro de Fomento que, comparado con el actual, parece el Nobel de la especialidad.
La noticia sobre la posible implicación de uno de los ídolos deportivos más populares ha dejado a los españoles con la boca abierta, y el gobierno se ha encargado de aderezarla y servirla a la hora conveniente para sus exclusivos fines. No hay que olvidar que el responsable último de la política deportiva es el futuro rival del PP para la alcaldía de Madrid, y amigo íntimo de Rubalcaba, hoy por ti, mañana por mí, de manera que, bajo esa premisa, que la Guardia Civil invada el domicilio de cualquiera que convenga a la hora precisa para borrar las portadas de la prensa es un juego de niños en manos de semejantes expertos. Otra de sus especialidades es el manejo de la truculencia, de modo que tampoco hay que extrañarse de que se haya pretendió presentar el domicilio de la atleta palentina como una especie de laboratorio clandestino de toda clase de productos hematológicos y estimulantes. El respeto a la buena fama y a la presunción de inocencia le parece a Rubalcaba música celestial cuando entiende, y siempre es así, que alguien le está echando un pulso al Estado, que es la manera como Rubalcaba se refiere a sí mismo en la intimidad.
El gobierno no tiene, como debería tener, una política de protección de la imagen de nuestros mejores deportistas, sobre todo cuando estos se le muestran más esquivos y escasamente propicios a la adulación y al servilismo. No le importa manchar con la sombra de la sospecha unas ejecutorias ejemplares, con tal de que eso sirva para dar que hablar, y para poner en cuestión el esfuerzo, la idoneidad y la ejemplaridad de figuras que los españoles sienten como suyas, que son el paradigma de una moral de sacrificio y de esfuerzo que, a lo que se ve, no le dice nada a este gobierno que prefiere el gregarismo, la sumisión y que nadie destaque en nada para no dar mal ejemplo. No se trata de que pretendamos poner a nadie por encima de las reglas de juego comunes, o, menos aún, por encima de la ley, pero rechazamos frontalmente la alegría con que este gobierno celebra las supuestas faltas y los errores de nuestros deportistas cuando se ven implicados en un asunto tan enrevesado y discutible como todo lo que tiene que ver con el empleo de estimulantes no permitidos por las normas deportivas.
En lugar de apresurarse a enviar los guardias civiles que parece no tener para encontrar a etarras y hombres de paz, podría procurar que cuando una de nuestras figuras se viese implicada dispusiera de todos los recursos de una buena defensa y, sobre todo, evitar el escarnio de la exposición a la vergüenza pública. No lo hace así, y aprovecha, como si se tratase de concejales del PP, para ejemplificar lo peligroso que resulta en España no hacerle suficientes carantoñas al inquilino de la Moncloa.
Por lo demás, la regulación deportiva en estas materias es lo suficientemente arbitraria y compleja como para que cualquier persona decente pueda defender la inocencia de nuestros deportistas, justo lo que jamás hace este gobierno.


sábado, 11 de diciembre de 2010

Una situación extraña (España en crisis 2)

Como les decía ayer, ya no nos pasa que no sepamos lo que nos pasa. Ahora lo sabemos muy bien: hay un amplio consenso sobre cuáles son las medidas económicas que habría que adoptar, pese a las diferencias de matiz, y hay un acuerdo completo sobre que la democracia es el sistema y el método: esto, desde luego, no lo discute nadie. Ahora bien, es obvio que pese a esos acuerdos no conseguimos hacer lo que habría que hacer, lo que alguien que no tuviese nuestros problemas y coincidiese con los diagnósticos básicos se pondría a hacer inmediatamente. ¿Qué nos pasa pues? Nos pasan dos cosas básicas que, a falta de mejor nombre, hay que considerar como problemas culturales. Uno, el más obvio, es el que se refiere a ciertas deficiencias de maduración de la unidad política española. Algo de lo que habló días atrás Henry Kamen para decir que los españoles no hemos acabado de construir una unidad nacional plena y satisfactoria. Bien, eso, aparte de Kamen, lo sabe casi todo el mundo, aunque se pueda discutir mucho sobre los detalles, pero no me parece que sea el problema básico, con ser importante. Más grave es otro desacuerdo, y más que desacuerdo, creo que habría que llamarlo algo así como disonancia, que nos hace preferir el enfrentamiento a la colaboración, aunque más en la teoría, y en la lucha política, que en la práctica, aunque también en ella. El cainismo, la bipolarización, se pueden considerar fenómenos muy generales, pero el nivel de gravedad y de absurdo que alcanzan entre nosotros a nada que la cosa se complicque es casi insoportable. Kamen decía que no tenemos héroes nacionales, pero, ¿cómo habríamos de tenerlos si quiien para un español es un genio es siempre un canalla y/o un criminal para otro? Esto es lo que hay que tratar de entender, si se puede.

viernes, 10 de diciembre de 2010

España en crisis

El Colegio libre de eméritos ha tenido el acierto de editar un libro España en crisis que recoge unos excelentes análisis de Álvaro Delgado Gal, que ha actuado además como editor de los textos, sobre la sociedad española, Víctor Pérez Díaz, sobre la educación, Luis María Linde, sobre nuestra economía, y Alfredo Pérez de Armiñán sobre las instituciones. El libro se lee con facilidad porque, entre otros muchos, tiene el mérito de la brevedad, es decir no se excede en detalles superfluos o en retórica innecesaria.
Ayer tuve la oportunidad de participar en un seminario sobre estos textos que dio lugar a un intercambio de opiniones muy interesante. Varios de los presentes pusieron de manifiesto que la lectura del libro había acrecentado su pesimismo; a mí, por el contrario, me ha movido al optimismo, porque aunque la situación que se retrata, es muy mala, el hecho de que se pueda diagnosticar con tanta claridad mueve a ver con cierta calma el futuro. Es decir que ya no estamos en aquello de Ortega de que “lo que nos pasa es que no sabemos lo que nos pasa”.
Aunque hubo una mayoría de intervenciones sobre el aspecto económico de nuestra situación, que no es grave sino muy grave, a mí me interesa más el aspecto, digamos, cultural del asunto. Me explicaré: resulta que hay que entender las razones por las que habiendo, como creo que hay, una unanimidad en el diagnóstico económico, y un acuerdo sobre las fórmulas del proceder político, estamos, sin embargo, en un estado próximo a la parálisis. Sobre esto me parece que hay bastante más que discutir, y a ello emplazo a mis amables lectores en los próximos días.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Manu militari

El gobierno parece haberle tomado el gusto a su proclamación del estado de alarma y acaricia la idea de prolongarlo, si las circunstancias lo hiciesen oportuno, es decir, si, como hasta ahora, no se le ocurre algo mejor. Que unos centenares de controladores persuadidos de su fuerza y literalmente enloquecidos, hayan sido capaces de forzar al gobierno a proclamar el estado de alarma, algo que nunca había sucedido en los anales de la democracia española, indica muy claramente las graves limitaciones en cuanto a capacidad e iniciativa que aquejan a este gobierno falsamente renovado, porque su presidente sigue al frente de la mesa del consejo de ministros. Nadie razonable puede exculpar a los controladores, y hay que esperar que recaigan sobre ellos las sanciones ejemplares que prevea la legislación. Los controladores, sin embargo, no están sometidos al escrutinio político, y es el conjunto de las acciones del gobierno en relación con la situación de base y en relación con el conflicto presente el que merece ser sometido a disección sin que debamos dejarnos impresionar por las solemnes proclamas que el gobierno ha ido realizando para envolver en una nube de buenas intenciones una actuación, cuando menos, notoriamente imprudente, burda e improvisada. Son muy numerosas las voces autorizadas que advierten que el decreto de estado de alarma puede ser radicalmente inconstitucional, pero, aún sin pronunciarnos sobre ese extremo, parece evidente que el gobierno ha querido tapar con gruesos brochazos su incapacidad para evitar que se produjese una situación de caos como la del último fin de semana. No se elige un gobierno para que se dedique a ganarle pulsos a colectivos mesiánicos, o para que haga exhibición de la panoplia de recursos legales que tiene a su alcance ante cualquier conflicto. Lo que cabe esperar de un gobierno es que sepa afrontar las dificultades antes de que se haga inevitable el conflicto, antes que la cerrazón de algunos pueda causa daños irreparables al conjunto de los ciudadanos, y eso, este gobierno no ha sabido hacerlo. Conforme a su oportunismo habitual, el gobierno se ha dejado deslizar por el camino fácil; en lugar de enfrentarse al desafío de los controladores con firmeza y paciencia, parece haber preferido un escenario en el que pueda producirse un escarmiento, si es que finalmente no acaba escaldado en los tribunales.
No se trata solo de que las medidas de gobierno bordeen la constitucionalidad, sino de que este gobierno no sabe actuar más que a trompicones, es incapaz de trazar una estrategia minuciosa y seguirla paso a paso sin trastabillarse. Nos parece muy peligroso y altamente significativo que este gobierno haya decidido dar un golpe sobre la mesa y refugiarse en la legislación militar. Mucho antes de llegar ahí, tendría que haber acometido una serie de reformas legales, la ley de huelga, por ejemplo, en la que estuviesen perfectamente previstos escenarios como el que hemos vivido, pero seguramente sus prejuicios ideológicos y sus alianzas sindicales le impedirán hacer tal cosa, con grave quebranto del interés y los derechos de todos los españoles.
El gobierno ha procedido con notoria imprudencia, con la precipitación propia de quien no conoce bien sus recursos, y ha puesto en peligro la integridad del ordenamiento legal con la excusa fácil de la eficacia; se trata de un precedente muy peligroso que crea, efectivamente, alarma, conscientes como somos de los abundantes tics totalitarios del gobierno.

martes, 7 de diciembre de 2010

Lo que el escándalo esconde

Tal vez por estar leyendo El peso del pesimismo de Rafael Núñez Florencio , caigo con más facilidad en la cuenta de que, en realidad, desconozco con precisión los perfiles del conflicto que enfrenta a los controladores con José Blanco, y, por ende, con el gobierno. He leído para tratar de informarme alguno de los blogs de controladores que existen y las opiniones de expertos sobre la legalidad de las medidas del gobierno. He de reconocer, de entrada, que mi prejuicio frente a los controladores es muy grande y que esas lecturas apenas han hecho que disminuya. Pero me parece que deberíamos empezar a considerar con cierta calma los perfiles más precisos del problema y, entre otros, el margen de pura maniobra política que el gobierno ha introducido en este conflicto tan resonante, con gran falta de sentido de la responsabilidad, por cierto.
Aunque no me atreva a decir cosas más contundentes, si me atrevo a insistir en que una parte importante de la responsabilidad de todo este desdichado asunto está en el conjunto de la clase política, y, muy especialmente, en la izquierda, que se ha negado hasta ahora a hacer una ley de huelga como es debido. La consecuencia es que los sindicalistas son señores de la horca, sin regla alguna que contravenga sus designios cuando consiguen poner a personal en guerra. Y eso no puede ser, no debería pasar ni un minuto antes de que se iniciase una ley que serviría para medirle las costillas a esta democracia demediada e hipócrita en que vivimos.

lunes, 6 de diciembre de 2010

El descontrol del Gobierno

La situación de cierre súbito y total del espacio aéreo sería realmente insólita si no estuviésemos desdichadamente acostumbrados a los continuos disparates, consecuencia de la imprevisión y el desbarajuste de un gobierno a la deriva, superado en todos los frentes por su impericia, su dejadez y su estúpida insolencia.
En esta ocasión, sin embargo, el gobierno no es el responsable único ni del mal de fondo, a saber, la escandalosa situación de privilegio de los controladores y su chulería sindical, ni del desencadenamiento de una situación intolerable. No se nos escapará ni un solo gesto de complacencia con la actitud hipócrita, bravucona, insolidaria y enteramente execrable de los controladores, dispuestos a explotar de manera inmisericorde los privilegios de que gozan. La actitud de los controladores puede considerarse como un fiel reflejo del exacerbado particularismo insolidario que cunde por doquier en esta España a punto de la bancarrota, y que obstaculiza gravemente la salida de la crisis. Su actitud irrita más que la de otros colectivos en huelga, pero no porque los fundamentos de sus quejas sean distintos, se trata de defender lo que entienden como sus derechos, por absurdos e insolidarios que sean, sino porque su nivel salarial está decenas de veces por encima de los del resto de trabajadores.
El gobierno reacciona ahora con furia e indignación, pero apenas hace unos meses tuvo palabras comprensivas y de aliento para los sindicalistas del Metro madrileño, al entender que se trataba de un conflicto que le podía beneficiar, y, en general, trata con algo más que delicadeza las pretensiones, cuyo fondo suele ser tan insolidario y ridículo como las de los controladores, de los dirigentes sindicales de su cuerda.
Solo una ley de huelga podría poner algo de orden en esta pelea sin reglas en que los distintos sindicatos vienen convirtiendo las huelgas que convocan. No deberíamos pasar por alto que el cáncer que permite los despropósitos de los controladores es de naturaleza específicamente sindical: un grupo cohesionado de trabajadores que abusan de su poder de intimidación y su capacidad de hacer daño para obtener un status laboral y profesional que, aunque en el caso de los controladores resulte sangrante, no es de distinta naturaleza que el perseguido por la dialéctica sindical. Si hubiera un mínimo de mercado para poder satisfacer la necesidad de controlar los vuelos, los controladores no pasarían de tener un salario de tipo medio, pero han sabido organizarse para mantener bajo control el numerus clausus que les ha permitido chantajear de manera persistente, al menos hasta ahora. Algún representante de los controladores ha asimilado la responsabilidad de su función con la de un cirujano, nada menos. Además de que la comparación no se tiene en píe, no estaría de más que cotejásemos las respectivas éticas profesionales, y que se nos dijera dónde es posible encontrar a un grupo de cirujanos que dejen a los pacientes en la mesa de operación con la excusa de que haber rebasado el horario legal.
Es necesario acabar de una buena vez con el chantajismo de los controladores y, ya de paso, con las actitudes paralelas de otros colectivos con capacidades similares. Mucho nos tememos que el gobierno, debido a su costumbre de meterse en charcos en que nadie medianamente sensato se dedicaría a chapotear, no acierte a hacerlo, y que en este asunto, en el que convenía un máximo de cabeza fría y de previsión, haya podido sembrar las bases para que futuras sentencias judiciales otorguen a los controladores opíparas recompensas e indemnizaciones a costa de nuestras sufridas espaldas.
El gobierno ha optado por enseñar los dientes calculando que el gesto sería bienvenido por una opinión pública absolutamente harta de los controladores, y convencida de que sus privilegios carecen de cualquier justificación razonable. Pero este gobierno está tan acostumbrado a recular que no es razonable suponer que vaya a acertar cuando decide ponerse valentón. Al margen de que el asunto sea disparatadamente inadecuado para hacer una demostración de fuerza, la verdadera cuestión está en si este gobierno sabe defender nuestros intereses frente a la agresión de un grupo insolidario pero razonablemente bien asesorado sobre cuáles son los derechos que, por insólitos que nos parezcan, les conceden las leyes vigentes.
En realidad, que el gobierno haya declarado el estado de alarma no hace sino confirmar el estado de ánimo en el que vivimos la mayoría de españoles. El hecho de que el responsable último de tantas trapisondas y despropósitos se esconda tras las bambalinas para gloria de Rubalcaba no deja de caracterizar todo este esperpento como una de las grandes hazañas del zapaterismo.
El Gobierno debía haber resuelto hace tiempo este conflicto y no le hubiese faltado apoyo social para hacerlo, por dura que hubiese sido la solución, pero esperar a que se consumen las amenazas y responder con gran aparato orquestal no es lo que se espera de un gobierno prudente. Este asunto se le ha ido lastimosamente de las manos a Rubalcaba, y todavía no sabemos hasta dónde llegarán los lodos.

domingo, 5 de diciembre de 2010

Yoko Ono y el perdón

Parece que Yoko Ono, que, en su juventud, cuando aún no había conocido a John Lennon, se empeñó en varias campañas contra la forma de administrar las penas en EEUU, porque consideraba erróneo el principio de que las víctimas tuviesen alguna clase de control en la administración de los castigos, al estimar, con buenas razones, que eso era algo demasiado cercano a la venganza, se niega ahora a conceder permiso para que el asesino de Lennon pueda salir a la calle, tras superar diversos controles que avalan su rehabilitación y que harían posible su salida, de no mediar el ceño de la viuda.
¡Qué se le va a hacer! Nadie espera que las celebrities sean más consecuentes que la media, pero no deja de ser ejemplar esta noticia, caso de ser enteramente cierta, que no me consta, porque pone de manifiesto lo endebles que resultan algunos argumentos de los progresistas, de los que arreglarían el mundo en un instante, si les dejasen, claro es que siempre que esa solución no les afectase lo más mínimo en sus intereses.

viernes, 3 de diciembre de 2010

Hoy creo en Zapatero

Me doy el gustazo de estar conforme con una de las medidas que ha anunciado Zapatero, y veremos si cumple. No digo que esté de acuerdo con las medidas, porque creo que eso sería absurdo, ya que deberían haber sido más, más hondas y mucho antes, pero tampoco estoy en absoluto desacuerdo con ninguna de ellas. Mi preferida es la que elimina la obligatoriedad de las cuotas empresariales a las Cámaras de Comercio. ¡Ya era hora! ¿Significará esto que se abre la veda para poder acabar con impuestos inútiles, con abusos seculares y con mamandurrias varias? No estoy demasiado convencido de la utilidad de las Cámaras, pero estoy seguro de que si son útiles pervivirán y se harán más eficaces, tirarán menos el dinero y despedirán a muchos enchufados e inútiles de buenas familias.
¡Zapatero ha acertado! No se puede perder la esperanza, ni siquiera si se es español y liberal.

jueves, 2 de diciembre de 2010

El final del zapaterismo

Las elecciones catalanas marcan de manera inequívoca el final definitivo de una estrategia que ha condicionado desde 2004 el conjunto de la política española. Los resultados del domingo muestran con toda claridad que los catalanes han dado la espalda a una política basada en dos ideas complementarias, un catalanismo impostado y absurdo, y una política netamente izquierdista, unas ideas que han llevado a Cataluña a su peor situación en los últimos ocho años. Con ser eso importante, hay todavía más: el triunfo del PSOE en las generales de 2004 hubiese sido imposible sin los votos catalanes, de esos electores que aún no se habían dado cumplida cuenta del chantaje político al qe estaban sometidos. Es extremadamente improbable, al menos en el medio plazo, que pueda volver a darse un triunfo nacional del PSOE apoyado en el nacionalismo catalán de izquierdas.
El socialismo ha hundido a Cataluña, y lo peor es que lo ha hecho a lomos de una mentira burda, pero políticamente eficaz, como se ha visto. El PSC gobernaba en Cataluña administrando el descontento y los agravios catalanes frente a las regiones en que se dilapidan los fondos públicos que esos mismos catalanes creían pagar en exclusiva. Lo chusco de la situación es que el PSOE ha sido el responsable de ambas políticas, de irritar a los nacionalistas con España, esa fue la idea directriz del fallido Estatuto, y de extorsionar a Cataluña, pero también a Madrid, con lo que ellos venden como solidaridad en Andalucía y Extremadura, por ejemplo, y que en realidad es un manejo irresponsable de los caudales públicos para mantener a los electores en situación de dependencia. Esta mentira parece haber agotado su poder, y bien haría el PP en no recrearla cuando le llegue el momento.
No se trata de que a Zapatero se le haya descuajaringado su estrategia de fondo en unas elecciones regionales. Se trata de que este descalabro colma un vaso ya bien repleto de sinsabores y decepciones para cualquier buen socialista. Zapatero lleva una racha que derribaría de su sitial a cualquier político con un mínimo sentido de la realidad. En política hay una ley inexorable: los plazos se cumplen y las hipotecas se pagan. Zapatero ha pretendido torear la crisis negando su existencia e insultando soezmente a quienes se atreviesen a contravenir sus delirios. Ahora está empezando a sentir en sus carnes el precio de una actuación sin otro sentido posible que un cortoplacismo extremo y el empeño en sobrevivir a toda costa. Sus aliados pueden pretender que mantener la calma y la estrategia del disimulo sirva para algo, pero es suicida hacerlo. El periódico de cabecera del viejo PSOE incurrió ayer en ese feo vicio relegando la noticia de los resultados catalanes a una leve esquina de su portada, como si se tratase de un suceso curioso acontecido en las antípodas.
El todavía líder socialista acaba de comprobar el caso que le hacen en Madrid, cuna y cabeza del socialismo español, ha pactado su continuidad por unos meses con quien está cercando al más digno de sus gobiernos, el de Patxi López, y continúa mareando la perdiz con las medidas necesarias para atajar el desastre, como si su figura política fuese susceptible de un arreglo. Se parapeta detrás de Rubalcaba o de Salgado como si él estuviese dedicado a fabricar la piedra filosofal, fuera del día a día de un gobierno que no acierta ni cuando rectifica y contempla, aparentemente impávido, como hasta en su propio partido le pierden el mínimo respeto.
¿Qué dirá ahora de etas elecciones, él que se atrevió a echar en cara del PP y de CiU el conjunto de los males que afligen a los catalanes? ¿A dónde irá que pueda esconderse? ¿Qué viajes emprenderá para que nos olvidemos de su mala sombra? Si tuviera algún amigo sincero le podría aconsejar que se fuese, ahora que todavía puede hacerlo, y que buscase una fórmula alternativa de gobierno o que, mejor aún, convocase elecciones de manera inmediata. Serían medidas que habría que agradecerle y que despejarían de manera inmediata el panorama, porque cada vez es más claro que la economía española va irremediablemente al despeñadero con este capitán al mando.
Nuestro presidente es un tipo tan aventado que es posible que no haya caído en la cuenta de que no le queda ningún as en la manga para seguir jugando esta absurda partida contra el interés de todos. Los catalanes han despachado con claridad a un tipo que se travestido de catalanista, que ha derrochado el dinero para ganar adeptos, que se ha sometido al vasallaje indigno de los independentistas de ERC, que también se ha llevado lo suyo. No es de extrañar en un personaje que ha pisoteado la dignidad nacional, que ha pagado a piratas, que se ha escondido siempre que ha habido un problema con el moro, que está destrozando por dentro al partido que, insensatamente, le sigue apoyando. Es la hora del PSOE, de que su instinto de supervivencia le indique que en política es siempre mejor prescindir de quien yerra con tanta gravedad que perecer todos en su infausto nombre.
[Publicado en La Gaceta]