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viernes, 22 de enero de 2010

La irresponsabilidad política

Las últimas encuestas del CIS revelan una gran insatisfacción de los ciudadanos con los políticos, con la clase política, una expresión reveladora que está empezando a ser predominante; es obvio que esas quejas tienen fundamento, y que lo único que cabría pedir a quienes las emiten, es que fuesen más consecuentes con los valores que dicen apreciar, porque lo que nadie puede negar es que los políticos españoles reflejan bastante bien nuestros defectos, aunque no tanto las virtudes de quienes las tengan.

Con frecuencia se alude a las distorsiones del sistema electoral, pero quienes hacen esto hablan para no decir nada, porque no padecemos un sistema perverso, todos tienen ventajas e inconvenientes, sino unos hábitos detestables; no estamos pues ante un problema que reclame reformas legales, sino ante una cuestión de carácter moral, ante la necesidad de que la sociedad civil y los electores se hagan más exigentes, lo que debiera empezar, por cierto, con el ejemplo.

Lo peor que se puede decir de los políticos españoles es que actúan con una enorme irresponsabilidad, sin que esa conducta política reciba, habitualmente, la sanción que merece. Este es justamente el problema, que los políticos dicen y hacen auténticas memeces sin que sus electores se lo tomen en cuenta. Los electores priman la identificación y eluden el juicio crítico, de manera que la política española ha entrado en una especie de mar de la tranquilidad bipartidista en que lo único que parece pasar es que, de vez en cuando, más lentamente para la derecha que para la izquierda, se produce una alternancia… y vale ya.

Pensemos en los problemas que padecemos y en la habilidad con que los políticos hurtan el bulto. Ante lo de Vic, por ejemplo, todos se aplican a entonar diversas palinodias para mostrar cuan justos, benéficos y humanitarios son, pero eluden responder sobre la forma en que se pudieran resolver las obvias incongruencias de la política migratoria, las contradicciones entre leyes, o sobre cómo van a poner fin a las prácticas hipócritas de las diversas administraciones para quitarse el problema de encima.

Hace poco, por poner un segundo ejemplo, el ministro de Fomento reveló los ingresos absolutamente inapropiados y escandalosos de los controladores aéreos, unos sueldos que él, y sus antecesores, han venido pagando puntualmente a una minoría bien organizada contra nuestros bolsillos. ¿Ha dimitido el presidente de Aena? ¿Se ha pedido cuentas a sus antecesores? No, lo que se discute es la intención de Blanco al revelar el caso, hasta que nos olvidemos del asunto y el propio Blanco, o su sucesor, les suba otra vez el sueldo, contra cualquier lógica.

Parece como si, tanto en uno como en otro caso, lo que importase a los españoles es la declamación, las declaraciones de limpieza de sangre, como si los problemas sirviesen, únicamente, para hacer retórica. Así están un buen número de cosas en esta España abobada que presta atención a los gorgoritos de un presidente absolutamente vacuo, y de un líder de la oposición que parece confiar, casi únicamente, en que se cumplan las previsiones sucesorias.

Los problemas a los que se ha aplicado ese tratamiento absolutamente hipócrita son pavorosos e inmunes al parloteo. Desde hace muchísimos años, concretamente desde el informe Abril, que es nada menos que de 1991, sabemos, por ejemplo, que el funcionamiento de nuestra sanidad es insostenible, y sabemos también, dos décadas después, que la cosa sigue yendo a peor, pero nadie se atreve a decir nada con un mínimo de realismo porque saltarían sobre él los ayatolas de lo que no se puede discutir en la democracia española, un consenso vicioso y absurdo en el que unos dicen lo que no hacen, y otros suelen hacer lo contrario de lo que dicen.

La enseñanza está por los suelos, nuestras universidades producen vergüenza ajena, la investigación se penaliza. Nada serio se hace por evitarlo, pero hay que ver cómo se gasta saliva hablando de la libertad en educación, de que la investigación es el futuro, o de que nuestro capital humano es lo más importante.

La razón por la que los políticos no nos gustan es porque les premiamos por repetir las tonterías de taberna que la mayoría de la gente excogita entre humos, cañas y tapitas, mientras el país se nos hunde, ajeno a las grandilocuencias barrocas, absurdas y necias con las que pretendemos que tendría arreglo.

El principal creador de este bodrio retórico, que sustenta este consenso necio, es la socialdemocracia española, por llamarla de algún modo, pero la responsabilidad mayor del clamoroso desdén por los problemas que de verdad padecemos, quizá resida en esa derecha permanentemente a la defensiva, que cultiva una actitud de heredero despojado, que no se atreve a decir lo que piensa, frecuentemente porque acaso no piense nada. Hace falta romper este hechizo si queremos evitar la vuelta a un rincón oscuro y triste de la historia.

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