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viernes, 29 de enero de 2010

¡Vivan las caenas!

El grito antiliberal de 1812 resume mejor que ningún otro el estado espiritual de esta España perdida en los albores del siglo XXI. El cerverino “Lejos de nosotros la funesta manía de pensar” podría ser otro de los marbetes que mejor nos describiera. España padece ahora mismo una epidemia de dogmatismo, de ortodoxia, de lealtades irracionales, y fidelidad a razones ignotas. Viendo cómo se sustancian entre nosotros una buena parte de las cuestiones que debieran someterse a debate público no hay otro remedio que llegar a la conclusión de que la democracia, entendida como un régimen en que se argumenta, se discute, y después se vota, no ha prendido entre nosotros.

Si bien se mira, no es raro que estemos como estamos, porque la democracia no ha llegado a cuajar una tradición liberal mínimamente sólida. Aquí seguimos considerando modélico el régimen de la Inquisición. Nuestros partidos siguen imitando el modelo de la Falange franquista con ligerísimas variantes de decorado; los órganos de los partidos sirven para recibir discursos de los jerarcas y, naturalmente, para aplaudir. Eso es lo que se reserva a los individuos con mando en plaza, aquellos que pueden repetir el modelo en sus respectivas parcelas territoriales, porque para los demás queda, únicamente, el hacer de bulto en los distintos actos que se organizan parta que los recojan los medios adictos.

No hay nada que discutir y nada se cuestiona, se ejecutan las órdenes del líder y se atiende amorosamente a sus más mínimas obsesiones, esas manías que los pelotas de turno convierten en grandes principios.

Zapatero, por ejemplo, es antinuclear por las mismas razones que Franco era antimasónico, por una mezcla interesada de prejuicios juveniles y cálculo. Y como Zapatero es antinuclear, más de media España se hinca de rodillas ante el pendón ecologista, sin haberse molestado en examinar con alguna atención los perfiles reales del asunto. Aquí no nos andamos con chiquitas, y vamos por derecho a la esencia íntima de las cosas, a la batalla permanente entre el Bien y el Mal. El alma aldeana de una buena mayoría de españoles se conmueve recordando los rincones de ensueño de su pobre infancia rural, y condena sin pestañear los excesos de la tecnología, del capitalismo y de todo libertinaje.

El régimen de terror ideológico es tan espeso, que hasta la pobre secretaria general del PP se rinde ante su abrumadora presión, y corre presurosa a abroncar a un alcalde rural que aún no se ha enterado que estamos en cuaresma, y que no se puede vestir de colorines.

Hace falta ser muy necio para no comprender que, se piense lo que se piense sobre el fondo del asunto, la decisión sobre dónde y cómo ubicar cualquier instalación nuclear debiera someterse a toda clase de escrutinios menos al del miedo ignorante, pero los miedosos se han convertido en sectas poderosas y van amedrentando al personal con sus obsesiones y consignas, con su aire profético y su fingida inocencia. Esta Santa Compaña ecologista es la más rentable y productiva de Europa porque se dirige a una parroquia que cree haber dejado de creer en Dios, presume orgullosa de sus descreencias y, como vio perfectamente Chesterton, se presta con toda facilidad a creer en cualquier timo. Cree que sabe y no cree, pero sigue creyendo que todo es cosa de creencias, que la razón no vale nada, que la técnica es un engaño de mercaderes, que solo en sus deseos y sentimientos hay pureza, decencia y desinterés. Es gente de este talante la que idolatra a Zapatero, a ese gigante nobilísimo que no se arredra ante los poderosos, que no pierde la calma ante la crisis y que siempre tiene una palabra oportuna para no decir nada.

Los que gritaban “¡Vivan las caenas!” hicieron escuela. Ces Noteboom, un escritor que nos conoce bien, se refiere a nosotros como gente capaz de ahorcarse por un disparate. España está llena de antinucleares que admiran a la progresista Francia porque ignoran que está llena de centrales (tiene veinte plantas en funcionamiento frente a nuestras cinco y produce el 70% de su energía frente al 25% español), además de que nos cobra un modesto estipendio por almacenar los residuos que nuestros puritanos rechazan.

Los argumentos antinucleares de los activistas hispanos son de opereta; no se molestan en perfeccionarlos, podrían hacerlo, porque, o bien los ignoran, o bien desprecian la capacidad de descernimiento del español medio; han conseguido que hablemos de la energía nuclear como si nos sobrase el petróleo, como si no estuviésemos pagando nuestra dependencia a precio de oro y perpetuando un riesgo estratégico gravísimo, como si nada de eso tuviese que ver con el paro que soportamos o con el atraso tecnológico que nos es característico. Pero estos argumentos no les dicen nada a nuestros místicos, a nuestros profetas a esos quijotes iletrados que van pegando voces por las calles. Lo terrible es que los políticos hayan aceptado esa minusvalía intelectual y la utilicen como cebo.

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