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domingo, 28 de febrero de 2010

Su majestad el gol: a propósito de Higuaín

Llevo unos meses leyendo cosas sobre fútbol; me refiero a libros, a ensayos, a novelas, porque estoy tratando de cuadrar una cierta explicación de las razones de su éxito; de momento, sigo donde estaba, pero no renuncio a encontrar alguna cosa interesante, aunque solo sea para compensar el haberme tropezado con muchas de las abundantes tonterías que se han escrito sobre el fenómeno.

Vayamos al gol. Algunos lo han comparado con el orgasmo, lo que seguramente dice más sobre los comparadores que sobre lo comparado; hay quienes han llegado a especular sobre la analogía entre al portería y el himen, a otorgarle un papel femenino y matriarcal al portero. En fin, no cabe duda de que en nombre de Freud, y de Marx, se han escrito unas cuantas memeces, casi siempre pretenciosas, por otra parte.

Voy a bajar unos cuantos escalones especulativos y a preguntar simplemente si todos los goles tienen idéntico valor. La respuesta es, por supuesto, que no. Es evidente que los goles se distinguen mucho por su belleza, o por su perfección técnica, pero además se distinguen por su valor, por su oportunidad. No es lo mismo el gol que consigue la victoria, que el gol que se suma a una victoria ya cómoda, por ejemplo.

A lo que iba, en caso de victoria clara, los goles más meritorios son siempre los primeros, no los últimos. El jugador que inaugura el marcador hace lo más difícil, y por eso su acción debiera considerarse más valiosa; por ejemplo, los dos goles de Higuaín ayer al Tenerife, goles extraordinarios y de una simplicidad engañosa, son muy importantes porque encarrilaron una victoria del Real Madrid que, a la postre, pareció fácil. Ardo en deseos de escuchar cómo sus enemigos, que los tiene, por increíble que sea, se las arreglan para tratar de quitar mérito al asunto. Esta es otra de las cosas que enseña el fútbol, cómo la vileza y la mentira se hermanan para oscurecer la evidencia, para justificar el despropósito.

viernes, 26 de febrero de 2010

Palos de ciego

El gobierno de ZP produce una impresión penosa. Vive en un continuo desdecirse hoy de lo que dijo ayer, o de lo que ha dicho hoy mismo alguno de sus miembros. ¿Cómo explicar una conducta tan alejada del buen sentido? ¿Cómo entender que no traten de producir una impresión tan penosa? Tiene que haber gato encerrado. Me parece que una de las claves podría estar en que los gobiernos de izquierda están en su salsa, únicamente, en medio de la prosperidad general, cuando pueden repartir sin límite y sin miedo. En cambio, cuando llegan a entender que ya no quedan provisiones para sus políticas, entran en un estado de profunda contradicción. Su ideología está reñida con cualquier análisis lógico, y no se resignan a seguir cumpliendo lo que entienden como su gran misión histórica y moral.

Los balbuceos en que se traduce su política, por llamarla de algún modo, traducen un desconcierto profundo que les sirve para enviar a sus electores una señal inequívoca sobre la profunda crisis que están pasando, sobre cómo se resisten a dañar sus intereses, sus credos y esperanzas. Está claro que prefieren que todos perdamos más, con tal de no dar la sensación de que sólo los suyos vayan a salir perdiendo. Se ven atrapados en un conflicto entre sus convicciones e intereses, por un lado, y la ortodoxia racional por otro. Por eso demoran cualquier solución a la espera de un milagro, porque en el fondo prefieren el “cuanto peor mejor”: antes muertos que de “derechas”. Bueno, eso es lo que hacen cuando no pueden engañar, porque si les cabe la mentira no vacilan.

No me acusen de desestimar la mera impericia, la estupidez, porque yo también tengo mi fondo. Resulta que creo que ambas cosas se reducen a una, que no es posible ser de izquierdas, de aquella manera, sin ser un poco lelo, y que no es posible ser irresoluto e irresponsable sin tener una ideología de resguardo tan torpe como la que padecemos. Son dos caras de la misma moneda, y nos llevarán al sacrifico por su causa, porque somos mansos, y hemos aprendido a obedecer y a soportar a los que dicen representar a muchos.

jueves, 25 de febrero de 2010

Muerte en La Habana

[Orlando Zapata, foto tomada de Libertad digital]

Orlando Zapata, un trabajador y un hombre valiente, ha muerto en la cárcel de la cárcel que es la isla de Cuba en manos de Fidel y sus secuaces. Es terrible que quienes se levantaron en armas para defender cosas en las que se podía creer, aunque fuesen falsas, hayan acabando siendo carceleros, verdugos, traidores, asesinos.

Pero quizás es más terrible todavía que en esta España, que tanto debiera saber de lo indigno que es vivir sin libertad, haya quienes diciendo ser demócratas entren en la obscena ceremonia del disimulo, que miren para otro lado, que hablen, como hizo la vicepresidenta primera de este gobierno complaciente con los tiranos cubanos, de un “lamentable desenlace”.

Es posible que no se pueda pedir a todo el mundo la dignidad, el coraje y la determinación heroica de Orlando, pero sí se debería exigir a todos los que se dicen demócratas que alzasen el grito contra un régimen inicuo y miserable que trata a los cubanos como si fuesen esclavos, que los deshonra y los aflige con la miseria y la mezquindad de una vida sin horizontes, sin esperanza.

Me avergüenzo de padecer un gobierno tan hipócrita, incapaz de reaccionar con dignidad ante una acción deleznable, por miedo. Por miedo a un dictador de opereta, y por miedo a unos votantes ciegos y fanáticos que, aún siendo muy pocos, a Dios gracias, les pueden hacer falta para continuar en sus poltronas.

Yo sé que mi homenaje no vale nada, pero tengo que admirar la valentía de quienes resisten a un sistema minuciosamente perverso, y tengo que gritar contra la afectada indiferencia de los hipócritas que condenan en abstracto pero que hacen negocio con el dolor, la miseria y la dignidad de los cubanos.


miércoles, 24 de febrero de 2010

ZP y la política vudú

Que la política supone un alto número de factores irracionales es algo que nadie que haya pensado seriamente en estos asuntos ha puesto nunca en duda; casi por las mismas razones, hay unanimidad en la recomendación de que en las sociedades democráticas se ha de propiciar un debate racional sobre las distintas opciones, más allá de dogmatismos y de cualquier clase de exclusiones. Esta forma de debate público requiere un conjunto de instituciones entre las que no pueden faltar ni una prensa independiente y crítica, ni una praxis política que castigue de manera rigurosa la demagogia y el populismo. Se trata, desde luego, de un ideal, cuya realización determina fuertemente el grado de eficiencia de las distintas instituciones democráticas para enfrentarse a los problemas de la realidad política.

Cuando las cosas son así, un alto número de electores está siempre dispuesto a modificar su voto en virtud de razones puramente pragmáticas, lo que supone un sistema de vigilancia rigurosa del comportamiento político de líderes y partidos. Como se sabe, y para nuestra desgracia, el electorado español no se comporta generalmente de esta manera, sino que, por el contrario, permanece fiel a sus opciones ideológicas más allá de lo razonable. Esta forma de actuación no favorece precisamente la flexibilidad política y consolida un bipartidismo ideológico que, aunque sea común en la mayoría de las democracias, alcanza entre nosotros unos perfiles excesivamente dramáticos.

En virtud de ese atavismo, los debates parlamentarios sobre política general son perfectamente previsibles. En el último de los celebrados sobre la naturaleza y los remedios de la crisis económica que nos afecta, y en sus secuelas de toda la semana, se han podido observar dos conductas diametralmente opuestas cuyo análisis puede apuntar alguna novedad de interés.

El presidente ha intentado, seguramente sin mucho éxito, cargar sobre las espaldas del PP los costos de una demora en superar una situación claramente insoportable. La música de fondo ha sido que no se le pide al PP una ayuda al gobierno sino una ayuda a España. Se trata de una música inhabitual en la izquierda clásica, aunque ZP ha recurrido a ella ya en otras ocasiones, una cantinela cuya intención sería legitimar la pretensión de que haya que ayudar al Gobierno por patriotismo, y que, en consecuencia, quienes no lo hicieren se convertirían en responsables de cualquier desastre.

La pretensión es tan absurda que solo puede compararse apropiadamente con el vudú. En lugar de analizar los problemas en sus propios términos se busca un monigote al que se le clavan los alfileres a la espera de que la magia opere sus milagros. Ahora bien, lo que efectivamente sucede no tiene nada que ver con esa superchería política. Es el Gobierno el que dirige la política del país y no puede descargar en nadie la responsabilidad de sus actos. Cualquier oposición sería responsable si impidiese que el Gobierno sacase adelante proyectos legislativos y políticas que beneficien al país, pero es evidente que el PP no puede hacer eso porque no tiene la mayoría en el Parlamento. Si el Gobierno ha podido aprobar leyes como la de la memoria histórica o la del aborto sin ningún apoyo del PP, también podría sacar adelante las medidas de política económica, fiscal y presupuestaria que considerase oportunas. El PP no podría hacer nada para impedirlo y, por su propio interés, no haría absolutamente nada cuando estimase que las medidas eran razonables y positivas para el conjunto de los españoles. ¿Qué pretende el vudú de ZP? Reforzar en el imaginario de sus fieles la imagen básica de su política, la idea de que el PP es el mal, el peligro, la irresponsabilidad y el egoísmo llevado hasta el punto de no querer apoyar a un Gobierno que pretende sacarnos de esta crisis que, conforme a las ideas de ZP, se debe precisamente a errores gravísimos de los gobiernos del PP.

¿Conseguirá esta magia repetida aumentar la clientela del PSOE? No parece razonable y es alarmante que al presidente no se le ocurran soluciones algo más creativas.

Pues bien, frente a este recurso al vudú, el señor Rajoy sorprendió al respetable con una afirmación tan inhabitual como plena de buen sentido, que, aunque seguramente esté destinada a la esterilidad de un modo inmediato, será recordada en el futuro porque apunta a uno de los defectos radicales de nuestro sistema político. ¿Qué dijo Rajoy? Algo que debiera ser obvio, aunque muchos han considerado una inconveniencia. Mirando a los bancos del PSOE, recordó a esos diputados que la responsabilidad de la política de Zapatero es suya, y que, visto lo visto, la única posibilidad de cambio de política y de protagonista, o de ambos, está únicamente en sus manos. Rajoy pretendió agitar unas aguas, estancadas pero íntimamente inquietas, la conciencia crítica de aquellos socialistas que no creen en el vudú, y que saben que estamos a escasos metros de un abismo peligroso.


[Publicado en El Confidencial]

martes, 23 de febrero de 2010

Soplar y sorber

A Rafael Calvo Ortega, secretario general de la UCD, le gustaba repetir un dicho, que él atribuía al célebre Pío Cabanillas, según el cual no se puede soplar y sorber, a la vez, se entiende. Me acuerdo muchas veces de ese sabio parecer, porque veo que son muchos los que pretenden quedar al margen de ese tipo de molestas limitaciones. Aquí la gente no anda escasa en ilusiones, y piensa que siempre hay un huequecito para colocar lo que uno pretende, aunque sea claramente absurdo. Los españoles nos tomamos las contradicciones como curiosidades, como dichos ingeniosos, pero siempre pensamos que se pueden burlar.

Viene esto a cuento de los Sindicatos españoles que se dedican precisamente a soplar y a sorber, con el resultado que se puede esperar. Defienden el empleo contribuyendo a crear desempleo, defienden las políticas sociales tratando de hacer imposibles las condiciones en que se puedan dar. Ahora andan a vueltas con lo que llaman el “pensionazo” (la verdad es que nunca han sido ni ingeniosos ni sutiles para las denominaciones) para defender los derechos sociales de los trabajadores, como suelen decir, pero cualquiera entiende que es imposible satisfacer las necesidades de cada vez más pensionistas con cada vez menos trabajadores activos y que hay que hacer algo porque eso se nos viene encima. Los sindicatos se limitan a decir que “hay que poner el tema sobre la mesa” y que “así no se arregla nada”, cantinelas de pésima calidad.

Ellos parecen creer en que sea posible un mundo en el que primero se establezcan los derechos, y luego la economía que se adapte, pero no es así, no puede ser así, y menos en un sistema de reparto, que no de capitalización, como el que el Estado providencia imperante ha impuesto sin remedio, y en el que casi todos pretenden obtener más de lo que han puesto, una especie de milagro social y sindical.

Los sindicatos no quieren limitaciones, porque para ponerlas ya están ellos, eppur si muove.

lunes, 22 de febrero de 2010

Dos imágenes de la guerra

Ayer pude ver de nuevo por la tele la espectacular Black Hawk derribado, una de las imágenes de la guerra más influyentes de los últimos años. Ridley Scott no pierde oportunidad de juntar planos espectaculares y de contraponer la sofisticación de la tecnología bélica con la fragilidad de la máquina humana. Por lo demás, el fondo es una ciudad absurdamente destruida, habitada por guerreros tribales, primitivos, un poco absurdos. No falta la intención reflexiva, pero la guerra se convierte en una especie de medio, de sustancia, en algo que nadie hace, aunque a todos pueda afectar.

Hace unos días había visto la espléndida En tierra hostil (The Hurt Locker: nótese la creatividad del título español), una película de Kathryn Bigelow que acaba de recibir toda suerte de premios en los Bafta, por supuesto merecidamente. No pude evitar la contraposición de dos imágenes tan distintas. Scott es un escenógrafo moderno, mientas que Bigelow, una directora con un físico que nos hace suponer que se trate de una estrella, retrata con una frialdad extraordinaria la mentalidad de unos personajes perfectamente reales que hacen la guerra de manera profesional, pendientes del calendario, pero también de su adrenalina. Su análisis es excepcionalmente perspicaz, casi de entomóloga. Tendré que verla de nuevo, pero aseguraría que no hace ninguna clase de especulación sobre el ser de las guerras, mientras que se entretiene en contar cómo son, al menos en parte, quienes las hacen. Al recibir sus galardones en Londres, recordó que es importante estar siempre preocupados por la paz, pero eso es lo que tiene que decir una directora de cine, no lo que hacen los tipos que retrata. Muy interesante, sobria y reflexiva esta descripción de la guerra hecha por quien seguramente no ha empuñado nunca un arma.

domingo, 21 de febrero de 2010

Silencio, se paga

No hace falta que la España de Zapatero tenga un lugar en Facebook en el que informe a los señores terroristas, extranjeros, de momento, de que nuestro gobierno paga bien los rescates en caso de secuestro, porque seguramente se habrán enterado ya con las brillantes ejecutorias de los casos Playa de Baquio y Alakrana. Ahora parece que el gobierno ha soltado ya su primer plazo para liberar con éxito a los cooperantes retenidos en Mauritania.

Algunos desalmados pensarán que el Gobierno actúa en estos asuntos con descuido o con hipocresía, cuando, en realidad, lo que hace es guardar la debida discreción para proteger los altísimos intereses del Estado, que nadie confunde, faltaría más, con las conveniencias electorales de ZP.

¿Por lo demás, para qué está el dinero público si no es para salvar vidas humanas? Si se hace con discreción, como es el caso, se puede aparentar la firmeza conveniente mientras se ejerce la cintura zapateril, la esencia de la democracia. Si los secuestros se repiten no será por culpa del Gobierno, que hace todo lo posible para elevar el nivel de vida de los secuestradores, de modo que puedan abandonar unos hábitos tan insanos como inapropiados a la alianza de civilizaciones que avanza irrefrenable, sino porque la derecha se dedica a criticar al Gobierno, y los secuestradores aprovechan la deslealtad del PP para secuestrar a más españoles, incluso a catalanes, con lo que eso tiene de especialmente doloroso para nuestro líder intergaláctico, al decir de los pajinianos.

ZP es un calderoniano y sabe que todo en la vida es sueño, y que si se sueña con la paz se obtiene la paz, si se sueña con la prosperidad, se sale adelante, mientras que, como se ha visto recientemente, la derecha solo sabe hacer peinetas a los jóvenes manifestantes, idealistas, pacifistas y solidarios.

Lo que pasa es que ZP es muy respetuoso y no quiere que nadie se lo pueda tomar a mal, pero su pensamiento es muy claro: que todos se callen, que paguen los impuestos sin rechistar y que se olviden de las cosas que son propias del gobierno, democrático, por supuesto, Si le hiciésemos caso, ¡qué felices podríamos ser!... pero algunos insisten en pensar por cuenta propia, con lo complicado que es, y eso es lo que trae la bajada de popularidad de ZP, pero si se callan, como deberían hacer los buenos patriotas, verán como remonta de nuevo para dirigirnos hacia conquistas sociales inauditas y, por supuesto, hacia la paz.

sábado, 20 de febrero de 2010

La guerra de la tele

Hoy he visto un documental sobre la batalla del Ebro en Televisión española. No hay gran cosa que decir sobre su calidad narrativa: lo habitual, planos de recurso, testimonios humanos de supervivientes que no dicen nada sobre el asunto, es decir nada que no sea una vaguedad, y una voz en off que cuenta la verdad del caso. Lo que me ocurre con esta clase de análisis es que nunca consigo explicarme cómo Franco consiguió ganar la guerra siendo tan torpe y tan vil mientras que sus enemigos eran, sin excepción, brillantes estrategas, patriotas generosos y soldados valientes, que, además, luchaban por un ideal inmaculado. Es lo malo de la historia, ya lo dijo Gil de Biedma, que siempre termina mal. Aquí parece que hay un puñado de historiadores y de periodistas empeñados en que la realidad no les estropee un buen reportaje, en contar que Franco solo ganó la guerra por chiripa, y en apariencia. Además, ya sabemos que la guerra la va a ganar definitivamente Rodríguez Zapatero, aunque está teniendo un pequeño tropiezo por culpa de los jueces revisionistas que quieren empapelar a Garzón, que ese podía ganarla el solo en un periquete.

viernes, 19 de febrero de 2010

La Comisión

Los españoles tenemos un jefe de gobierno que pertenece a la estirpe de los Houdini, un tipo muy escurridizo. Él mismo ha hecho, a su manera, teoría de esta habilidad que nadie le niega, de su capacidad para defender con idéntica pasión y desparpajo posiciones contradictorias, a veces simultáneamente. ZP cree que la democracia consiste en la cintura, en una flexibilidad que pueda confundirse con la nada a la espera del milagro.

Es normal que un personaje tan espiritado como este, caiga bien a los españoles que detestan a los domines Cabra, a los que les fatiguen con razones y datos que les impidan palmear o dormir la siesta.

Es posible que ZP pueda quedarse sin repertorio, porque hasta los muy niños se acaban cansando de los números circenses cuando se repiten con exceso, pero, de momento, sigue a lo suyo exhibiendo una capacidad de improvisación digna de encomio.

Su último hallazgo ha sido la creación de una Comisión. Me temo que la oposición no ha estado a la altura del invento. Como desconfía del fondo, se olvida de los detalles, pese a que todos los magos explican su magia diciendo que el secreto de sus trucos reside en la incapacidad del público para fijarse en los detalles de la ejecución.

La Comisión de ZP ha consistido en prescindir de la mayoría de los ministros del Gobierno, dejando fuera nada menos que a los dos vicepresidentes impares, a la totalidad de la cuota de género y al propio Rubalcaba. ZP busca la intimidad, la complicidad, el buen entendimiento y está claro que le estorba el Gobierno y, por supuesto, el Parlamento entero.

ZP es hombre de cercanías, gana en el terreno corto y quiere sincerarse con los muy suyos. La Vice que vale para que haga las cuentas, el ministro Sebastián para que ponga la nota creativa y moderna sin complejos (además de que a su modo cubre parte de las cuotas) y a José Blanco para que lo explique con los concetos que se precisen.

Un oponente observador habría sacado trilita de esta jibarización del Gobierno, pero como en el PP están mirando al horizonte y a los cielos, les han vuelto a hacer una manoletina, y el público está a punto de volver a aplaudir.

jueves, 18 de febrero de 2010

La "devotio iberica"

La especial fidelidad a sus jefes de algunos soldados iberos llamó la atención de los cronistas romanos; se trataba de un sistema similar a la clientela romana, un pacto de mutua protección entre un poderoso y quienes le defendían, y se lucraban de sus favores.

Eso que producía admiración se ha convertido en un vicio muy hispano en la política, y es una de las trabas más serias que se puedan poner al desarrollo de una democracia, de los valores morales que debiera promover. El devoto de su líder está íntimamente corrompido porque no atiende a razones, ni tiene otro interés que el mantenimiento de su status y el de su jefe. Estrictamente hablando, no representa a nadie, aunque haya sido elegido por los ciudadanos. Solo se defiende a sí mismo y a sus intereses, a través de la prostitución de su lealtad al partido, y a sus ideas, en una lealtad ciega a lo que su jefe decida en cada caso. Para estos tales no existe otro bien que el propio y eso sirve para justificar cualquier mentira, cualquier inmoralidad, cualquier traición y, desde luego, el completo olvido de los intereses de la patria.

No hay expresión más significativa de ese fenómeno que el llamado patriotismo de partido, el hábito de anteponer los intereses, electorales y de cualquier otro tipo, a toda consideración del género que fuere. Quienes así se comportan corrompen desde la raíz los fundamentos de la democracia, secuestran la soberanía popular y traicionan a la libertad, a la democracia, a sus electores y al conjunto de la sociedad.

Mariano Rajoy ha recordado a los diputados del PSOE que sus obligaciones con los españoles están por encima de la lealtad al presidente que han elegido. Me temo que se tratará de un recordatorio inútil, además de que desconozco la autoridad moral de Rajoy para pedir algo como eso, cuando él ha fomentado entre los suyos exactamente lo contrario, por ejemplo cuando controló desde arriba y en su exclusivo beneficio el bochornoso Congreso de Valencia.

Los españoles tenemos un problema con la devotio iberica, con la forma en que la entienden los partidos políticos y nuestra democracia será estéril mientras no se pueda romper ese pacto contra natura y contra la democracia misma. Con el cuento de la disciplina de voto la política española se ha instalado en un inmovilismo estéril y muy peligroso cuando, como ahora, es imperativo que las cosas cambien.

miércoles, 17 de febrero de 2010

La anomalía española

Una de las cargas más pesadas que ha debido soportar durante tiempo la autoconciencia de los españoles ha sido, precisamente, la de considerarnos un caso especial, y desgraciado, en la historia de las modernas naciones europeas. Un acierto de la transición, y del notable trabajo de los historiadores en ese período, fue que aprendiésemos a considerarnos como parte de un espacio de normalidad, a reconocer que las vacilaciones y errores de nuestra historia social y política también habían sido comunes en nuestro entorno. Vinieron después unos años de prosperidad en los que España pareció empezar una andadura ejemplar, pero fueron años breves tras los que se volvió al despeñadero de la memoria histórica e, inmediatamente, al fracaso económico.

Tal vez no sean rigurosamente indisolubles los empeños por desollar la conciencia del pasado y los errores de política económica, pero ahora forman un bloque berroqueño que supone que nuestro destino consista en soportar una conciencia inmaculada, y una pobreza secular. El caso es que, sea o no cierto el análisis precedente, hemos venido a dar en una situación en que, junto al ahondamiento de una división civil, política y territorial que bien podríamos haber abandonado para siempre, padecemos una crisis económica que se resiste inmisericorde a los exorcismos de un gobierno biempensante, sometido a un ataque agudo de verborrea e improvisación, y que trata los fenómenos económicos como si fueran maldiciones de un enemigo cruel y malévolo, envidioso de nuestra inocencia y rectitud moral.

De nuevo, pues, volvemos a añorar una cierta normalidad política que parece estarnos vedada. Querríamos ser como Alemania o Francia, países en que el gobierno (y la oposición) tienen claro que hay algo que está por encima de sus respectivas ensoñaciones ideológicas, a saber, el interés de la nación. Estas gentes de allende el Pirineo son capaces de olvidarse de sus diferencias cuando se insinúa un enemigo común, mientras que nosotros permanecemos fieles a nuestras esencias mientras el paro, la destrucción, la descomposición social y el hambre avanzan.

Ante una situación como ésta, caben básicamente dos actitudes. La primera de ellas, típicamente española, es la de hacer una objeción a la totalidad: condenar el sistema, lamentar nuestro sino, y echarse a llorar. No seré yo quien niegue que el sistema tenga defectos, los tiene, y no son pequeños; pero, para tratar de arreglarlos, hay que partir de la realidad, no de las ensoñaciones, de donde estamos, no de donde nos gustaría estar.

Hay otra actitud que me parece más inteligente. Hay que preguntarse, en primer lugar, quién es el primer responsable de lo que pasa, averiguar, como escribió Vargas Llosa, “cuándo comenzó a joderse el Perú”. No hay que saberlo por espíritu de venganza, sino por sentido común, porque allí dónde se tomó el mal camino hay que empezar a desandarlo, y si el que cogió el estandarte e indicó el rumbo no rectifica, ya sabemos lo que hay que hacer con él. Traduciendo todo esto a la peripecia política, lo que quiere decir es que hay que exigir de Zapatero una rectificación en toda regla, lo que debería traducirse, necesariamente, en una de estas opciones: la dimisión del jefe de gobierno, la convocatoria de elecciones, o la formación de un gobierno nuevo mediante el pacto político de los partidos o la moción de censura constructiva.

Muchos pensarán que nada de esto va a hacerse y que en eso consiste precisamente el defecto del sistema, en que no deja salidas frente a situaciones de excepción. Pero se equivocan: sí que hay salidas, lo que ocurre es que el interés miope del gobierno y de su presidente, trata de resistir como pueda a ver si, de manera milagrosa, las cosas se arreglan o se lleva las culpas cualquiera que pase por allí. La principal responsabilidad está en las filas del PSOE que son las que pueden impulsar a Zapatero a hacer aquello que no quiere hacer. Es posible que no lo consigan, pero deberán tener muy claro que el precio que pagarán será muy alto, un país que no les perdonará por mucho tiempo, ni su ceguera, ni su egoísmo.

Quienes traten de negar que la situación sea de excepción deberían tener por suficientes una serie objetiva de datos: el crecimiento imparable del desempleo, la parálisis económica, el déficit y el crecimiento de la deuda, la inquietud de nuestros socios europeos por nuestro caso, la actitud del Rey, tal vez inequívoca, pero chapuceramente ejecutada, la desesperanza de los ciudadanos y su rechazo de las razones y querellas de los políticos, etc.

Nuestra anomalía consiste, únicamente, en haber elegido políticos mediocres, en habernos dejado seducir por malas razones, en haber creído en que podríamos seguir atando los perros con longaniza. Ya sabemos que no es así. No incurramos en arbitrismos, en milagrerías. Hay que exigir a los políticos que cumplan con su deber hacia España, hacia nosotros. Sabemos cómo hacerlo, porque no podrán engañar a todos para siempre.

[Publicado en El Confidencial]

martes, 16 de febrero de 2010

En el corazón de Europa

Valiéndose de sus innegables cualidades como simplificador, ZP prometió a los electores llevarnos al corazón de Europa. Esa promesa tenía un aspecto bifronte, porque en ella se podían leer dos posibles intenciones. Lo más obvio era interpretar que España volvería a jugar en el redil europeo en lugar de tratar de clasificarse en las ligas transatlánticas, esto es, olvidarse del amigo americano y volver a las cortes de París y Bonn, más a la primera, por supuesto, porque queda más cerca, y es como más de izquierdas que los alemanes. El segundo significado era el envés de esta promesa un poco absurda, a saber que dejaríamos de intentar nada que pudiera ser distinto a los designios de nuestros mayores, de franceses y alemanes.

La creencia en que los intereses de España se ven mejor protegidos cuando nos plegamos a los deseos de nuestros vecinos más poderosos es realmente curiosa, porque no puede fundarse en nada. ZP intentó explotar las últimas gotitas de europeísmo seráfico que quedaban por España y que les parecieron a algunos un auténtico manjar frente a los insensatos que pretendían asomarse al exterior. De todas maneras, aquello ya es agua pasada. Me parece que sería injusto negarle a ZP su éxito al colocarnos en el corazón de Europa, cuando es evidente que los jefes ya no se molestan ni en llamarnos cuando tienen algo resolver, tan seguros están de nuestra lealtad que no los hacemos falta para nada. Me temo que puedan proponer que ZP sea presidente vitalicio de Europa, dada su perfecta claridad de criterios y su escasa propensión a molestar a los que mandan, que ya tienen a Van Rompuy para que les haga los recados. La presidencia de Zapatero está siendo absolutamente ejemplar, discreta, virtual, funcional, serena y silenciosa. Nadie espera más de él. C’est magnifique!

Además, y como de propina, nunca la prensa europea se ha ocupado tanto de nuestros asuntos: no hay día en que el The Economist o el Le Monde o el Financial Times no nos pongan de ejemplo, e ¡ncluso el Wall Street Journal se hace eco de nuestras políticas! Estamos efectivamente, en el corazón de Europa, en el ojo del huracán, somos la salsa imprescindible de cualquier banquete: deberíamos sentirnos orgullosos y agradecidos a este líder que ha conseguido tanto con tan poco.

lunes, 15 de febrero de 2010

Confundir la velocidad con el tocino

En diversos foros se ha hecho referencia a un informe sobre los riesgos de la perdurabilidad de los archivos digitales. Se trata de un problema serio, sin duda, pero varias de las cosas que he leído se remiten a confusiones interesadas, incurren una vez más en la necia glorificación del papel y de la imprenta.

Me parece que es muy importante diferenciar claramente tres cuestiones. En primer lugar, se afirma que los documentos digitales son mucho más vulnerables al paso del tiempo que los documentos impresos, porque los medios de comunicación en la que se encuentran almacenadas son fácilmente afectados por fenómenos físicos, como campos magnéticos, la oxidación, el deterioro material, y por diversos factores ambientales que pueden borrar la información. Si los soportes en papel fuesen eternos e imborrables, entendería la crítica, pero, puesto que no lo son, lo único que parece claro es que hay que ser cuidadosos con los archivos digitales, pero nada más. Sabemos lo que dura el papel, pero todavía no sabemos lo que duran los soportes magnéticos, aunque, a cambio, tienen la increíble ventaja de que nos permiten copias continuas y extraordinariamente baratas que renuevan la duración de los soportes. Realmente hay que ser un poco raro para ver desventajas del archivo digital por este lado.

En segundo lugar, se comete una falacia realmente curiosa cuando se argumenta que la información digital puede no ser entendida por las generaciones futuras. Naturalmente, pero la información en papel también tiene el mismo problema. Bastará con recordar que, como escribió McIntyre a propósito de la objetividad en la lectura de los textos antiguos, “la noción de una traducción intemporal perfecta carece de sentido”. Lo que hará difícil la lectura de nuestros textos digitales a unos supuestos humanos de dentro de 3000 años es lo mismo que nos hace difícil hoy la lectura de textos griegos: nada que ver con el soporte, sí con la historia de la lengua.

Por último, es evidente que puede resultar conveniente no abandonar el archivo de soportes analógicos para garantizar mejor que la información seleccionada sobreviva, pero es una idiotez decir que eso supone hacerlo independientemente de la tecnología, como si la imprenta no fuera una de ellas. Está claro que algunos creen que la imprenta y el papel son dones de los dioses y la era digital un invento de los demonios americanos.

El problema del archivo futuro es muy complejo, entre otras cosas porque cada vez hay más cosas que guardar y cada vez será más difícil hacerlo, pero con solo papel sería ya imposible.

domingo, 14 de febrero de 2010

La política de los cielos

[Imagen de portada de la página web de la NASA]



Aunque el asunto sea sobradamente complejo como para que yo hable de él, me parece que Obama le ha metido un buen recorte al programa espacial americano. Como es lógico, siempre que se hace algo así, los políticos dicen que se aumenta el presupuesto, pero ya veremos. La noticia me ha recordado un comentario que dediqué ya hace años a Story Musgrave una especie de astronauta filósofo que hizo unas declaraciones sobre los de su oficio que me parecieron muy clarividentes.

Resulta que mientras, como cada día, nos movemos velozmente de acá para allá, un grupo de astronautas pasean sobre nuestras cabezas. Al parecer, investigan y hasta filosofan a su modo en los ratos libres que les deja el minucioso trato que requiere su casa volandera. Uno de estos superhombres, Story Musgrave, que ya no volará más, planteó a sus 63 años una serie de interrogantes sobre los designios celestiales. En su opinión el programa espacial necesita unos minutos de sosiego para dejar de conducirse por la inercia ciega de un gasto monumental y de unas fantasías seguramente agotadas. No sé si Obama ha tenido en cuanta el parecer de Musgrave, pero lo que ahora se está haciendo con la Nasa, sea acertado o no, responde a ese replanteamiento.

Cree Musgrave que la política y la aventura han dejado paso a la burocracia y el show-bussines, una combinación más frecuente de lo que se sospecha. Los cohetes siguen siendo los de Goddard y Von Braun y el transbordador una nave frágil que no es ni carne ni pescado. La meditación de Musgrave es tan interesante como insólita, porque hay proyectos a los que nunca se les toma la medida ni en gasto ni en sentido.

Se podría considerar casi como una ley general que cuando en una empresa del saber –y la tecnología siempre lo es- hay que recurrir a la propaganda, es que lo que se hace ha perdido en buena medida el interés que nos llevó a meternos en harina. La decepción que, en el plano personal, se puede transformar en sabiduría de la vida es letal, sin embargo, para las empresas colectivas. Sea para mejorar los remedios del cáncer, sea para acercarnos a las estrellas necesitamos una mística, una razón de fondo. Y necesitamos también una esperanza, que se alimente en la creencia de que, poco a poco, vamos avanzando. Cuando faltan ambas, cuando la burocracia se instala en el corazón del proyecto, llega la hora de la mentira, el momento de las añagazas, de hacer creer que se cree en lo que se está haciendo. Y es difícil creer en lo que se hace cuando, como dice Musgrave, se olvida uno de las cuestiones de fondo, aquello en que son especialistas las burocracias.

Ahora parece que se quiere reorientar el trabajo de la NASA, pero se hace difícil ahuyentar la sospecha de que las medidas tengan más que ver con la crisis económica que con la reflexión. De cualquier manera, no está mal que, al menos de vez en cuando, se pongan en cuarentena los planes que pudieran estar viviendo únicamente del dinero que gastan en convencernos de que nos hacen falta. Cuando Kennedy lanzó la carrera espacial, propuso una meta para la nación, porque había que superar a los rusos; ahora no se sabe bien qué es lo que se puede pretender y los políticos se fijan en que hay que adelgazar los programas porque pintan bastos, pero hará falta algo más que eficiencia para proponerse la conquista de los cielos.

sábado, 13 de febrero de 2010

Héroes anónimos, símbolos universales

Voy a hacer una comparación maniquea, pero el maniqueísmo puede ser ilustrativo. Repaso mis notas del libro de Javier Ordoñez, Ideas e inventos de un milenio, 900-1900, al tiempo que leo lo que dicen en los medios los defensores de Garzón. Por una parte me encuentro con tipos como John Harrison, Hans Lippershey, o Claude Chappe, a los que casi nadie conoce, y por otra con celebridades universales. Sin los primeros, prácticamente anónimos, y miles como ellos, los hombres seguiríamos en el neolítico o algo similar, pero los segundos pretenden ser embajadores del Paraíso, gentes que no se pueden acomodar al esquema común, a esa pretensión, seguramente fascista, de que nadie esté por encima de la ley.

Los primeros comprendieron que el trabajo gustoso y la invención merecían la pena, más allá de su fama y su fortuna. Los segundos pretenden que lo que ellos digan y/o hagan no sea objeto de controversia, porque pertenecen a una casta superior, a una nueva especie de intocables. Su fama no solo les precede, sino que, a su entender, debiera protegerlos de todo mal, de la investigación de los jueces, del cuestionamiento público de sus intereses, de cualquier presunción de control.

Las soflamas en defensa de Garzón son flamígeras, apocalípticas. Es evidente que esa izquierda divina jamás ha podido entender los fundamentos de la democracia liberal, siempre ven sus instituciones como máscaras que pretenden impedirles el dominio del mundo, la burla de su buena intención, la superioridad moral y estética de sus almas. ¿Puede haber algo más inicuo?

Me gusta verlo de otro modo, como una ironía de la historia. Los del partido de Dios, pues así se llamaban, defendían la suprema verdad de sus convicciones más allá de toda la hojarasca dialéctica de los liberales, de aquella peligrosa doctrina según la cual acabaría sucediendo que nadie fuese más que nadie. Ese horror, que parecía patrimonio de una derecha desaparecida, amenaza ahora a esta izquierda post-comunista e impecable, y comprendo que sea insufrible que el juez que veía amanecer pueda ser un delincuente, lo mismo que parecía insoportable a los carlistas que el Rey Nuestro Señor fuese un pretendiente cualquiera y pudiere acabar por ser, a la postre, un ciudadano extravagante.

Cierta manera de entender la izquierda es el último recurso para sustraerse a la marea de vulgaridad que todo lo inunda, para estar en el pináculo, pero el de Garzón se derriba con ruido, y sus coristas se temen lo peor: que están a punto de perder su condición de símbolos, su sala VIP, su patente de corso universal y tendrán que ponerse a la cola del supermercado, como todo el mundo.

viernes, 12 de febrero de 2010

Gramática y política

Una buena muestra de nuestra tradición autoritaria, de que los trabucaires del XIX se han convertido en la policía del pensamiento de nuestra época, es el hecho, realmente inaudito, de que a los que mandan les haya dado por emprenderla con la gramática, eso sí, sin entender ninguna de sus razones. Como consideran que los españoles somos como un hato de ganado, creen que nos pueden dar cuatro órdenes y nos ponemos en fila, aunque lo sorprendente es que el sistema funciona, no con todos, pero sí con muchos.

Un buen amigo, Andrés de la Poza, me manda un texto en el que se ponen al descubierto algunas de las memeces de la neo-lengua de las Pajines. Lo transcribo sin más, pues creo que es lo que desearía la, para mí, desconocida autora, una profesora de música en un instituto público.

CONTRA LA TONTUNA LINGÜÍSTICA, UN POCO DE GRAMÁTICA BIEN EXPLICADA

Yo no soy víctima de la LOGSE. Tengo 48 años y he tenido la suerte de estudiar bajo unos planes educativos buenos, que primaban el esfuerzo y la formación de los alumnos por encima de las estadísticas de aprobados y de la propaganda política. En párvulos (así se llamaba entonces lo que hoy es "educación infantil", mire usted) empecé a estudiar con una cartilla que todavía recuerdo perfectamente: la A de "araña", la E de "elefante", la I de "iglesia" la O de "ojo" y la U de "uña". Luego, cuando eras un poco más mayor, llegaba "El Parvulito", un librito con poco más de 100 páginas y un montón de lecturas, no como ahora, que pagas por tres tomos llenos de dibujos que apenas traen texto. Eso sí, en el Parvulito, no había que colorear ninguna página, que para eso teníamos cuadernos.

En EGB estudiábamos Lengua Española, Matemáticas (las llamábamos "tracas" o "matracas") Ciencias Naturales, Ciencias Sociales, Plástica (dibujo y trabajos manuales), Religión y Educación Física. En 8º de EGB, si en un examen tenías una falta de ortografía del tipo de "b en vez de v" o cinco faltas de acentos, te suspendían.

En BUP, aunque yo era de Ciencias, estudié Historia de España (en 1º), Latín y Literatura (en 2º) y Filosofía (en 3º y en COU). Todavía me acuerdo de las declinaciones (la 1ª.: rosa, rosa, rosa, rosae, rosae, rosa en el singular; -ae, -ae, -as, -arum, -is, -is, en el plural; la segunda;-us, -e, -um, -i, -o, -o, en el singular; -i, -i -os, -orum, -is, -is, en el plural; no sigo que os aburro), de los verbos (poto, potas, potare, potabi, potatum, el verbo beber), de algunas traducciones ("lupus et agni in fluvi ripa aqua potaban; superior erat lupus longeque agni": el lobo y elcordero bebían agua en el río; el lobo estaba arriba, lejos del cordero; "mihi amiticia cum domino erat": yo era amigo del señor).

Leí El Quijote y el Lazarillo de Tormes; leí las "Coplas a la Muerte de su Padre" de Jorge Manrique, a Garcilaso, a Góngora, a Lope de Vega o a Espronceda... pero, sobre todo, aprendí a hablar y a escribir con corrección. Aprendí a amar nuestra lengua, nuestra historia y nuestra cultura. Aprendí que se dice "Presidente" y no Presidenta, aunque sea una mujer la que desempeñe el cargo.

Y... vamos con la Gramática. En castellano existen los participios activos como derivado de los tiempos verbales. El participio activo del verbo atacar es "atacante"; el de salir es "saliente"; el de cantar es "cantante" y el de existir, "existente". ¿Cuál es el del verbo ser? Es "el ente", que significa "el que tiene entidad", en definitiva "el que es". Por ello, cuando queremos nombrar a la persona que denota capacidad de ejercer la acción que expresa el verbo, se añade a este la terminación "-nte". Así, al que preside, se le llama "presidente" y nunca "presidenta", independientemente del género (masculino o femenino) del que realiza la acción. De manera análoga, se dice "capilla ardiente", no "ardienta"; se dice "estudiante", no "estudianta"; se dice "independiente" y no "independienta"; "paciente", no “pacienta"; "dirigente", no dirigenta"; "residente", o "residenta”.

Y ahora, la pregunta del millón: nuestros políticos y muchos periodistas (hombres y mujeres, que los hombres que ejercen el periodismo no son "periodistos"), ¿hacen mal uso de la lengua por motivos ideológicos o por ignorancia de la Gramática de la Lengua Española? Creo que por las dos razones. Es más, creo que la ignorancia les lleva a aplicar patrones ideológicos y la misma aplicación automática de esos patrones ideológicos los hace más ignorantes (a ellos y a sus seguidores).

No me gustan las cadenas de correos electrónicos (suelo eliminarlas) pero, por una vez, os propongo que paséis el mensaje a vuestros amigos y conocidos, en la esperanza de que llegue finalmente a esos ignorantes semovientes (no "ignorantas semovientas", aunque ocupen carteras ministeriales).

Lamento haber aguado la fiesta a un grupo de hombres que se habían asociado en defensa del género y que habían firmado un manifiesto. Algunos de los firmantes eran: el dentisto, el poeto, el sindicalisto, el pediatro, el pianisto, el golfisto, el arreglisto, el funambulisto, el proyectisto, el turisto, el contratisto, el paisajisto, el taxisto, el artisto, el periodisto, el violinisto, el taxidermisto, el telefonisto, el masajisto, el gasisto, el trompetisto, el violinisto, el maquinisto, el electricisto, el oculisto, el policío del esquino y, sobre todo, ¡el machisto!

jueves, 11 de febrero de 2010

Finis coronat opus

No sé cómo lo hacen otros, pero yo vivo entre libros a medio acabar. Supongo que es cosa de la edad, pero también de la curiosidad; el hecho es que siempre empiezo unos cuantos libros antes de acabar los que se supone que estoy leyendo. Me parece que esto puede tener algo que ver con la manera de viajar; hay quienes se empeñan en llegar al fin previsto, y quienes se pierden por caminos adyacentes para encontrar lo nuevo. El día tiene veinticuatro horas, y se ve lo que se ve. De todas maneras, yo viajo más deprisa que leo y, al final, más o menos, libros desflorados y sin provecho no quedan tantos.

Acabo de leer Valquiria, un librito de Peter Steinbach en el que se inspiró la película de Bryan Singer protagonizada por Tom Cruise. Había visto previamente la película, que me pareció bastante buena, y me ha resultado curioso leer sobre Claus von Stauffenberg viéndole con la cara de Tom Cruise (por las fotos creo que Cruise, que hizo un papel muy bueno, se le parece bastante). La verdad es que cuesta bastante entender a un personaje tan distinto y complejo como el del militar alemán, pero, aunque no se compartan las brumas ideológicas en que vivía, no hay más remedio que admirar la nobleza de su carácter y, por supuesto, su valor, su desprecio a la muerte.

Lo que me mueve a escribir hoy sobre esto es una observación de Steinbach que explica muy bien el hundimiento, una característica del poder político, que siempre tiene algo de terror, que sigue plenamente vigorosa y explica muchos desastres: el miedo a admitir la verdad, incluso entre camaradas leales.

Según Steinbach había muchos generales en situación penosa desde el punto de vista militar que ni siquiera estaban dispuestos a informar al alto mando del Ejército de la verdadera situación en el frente. Extrapólese a la conducta ante el Führer, y se entenderá su locura extrema de los últimos días. La tenue línea que existe entre mantener la esperanza y sucumbir, es siempre traidora, pero cuando se vive del miedo y la adulación al líder, esa línea se sobrepasa mucho antes de lo que nadie imagina.

miércoles, 10 de febrero de 2010

Los partidos y la democracia

Si en lugar de ser un partido político, Unión Mallorquina fuese cualquier otro tipo de entidad, nadie dudaría, hoy por hoy, de la conveniencia de disolverla, dado el volumen de los delitos y escándalos de corrupción en que se ha visto envuelta. Pero es un partido, y eso tiene, entre nosotros, la etiqueta de intocable. Apreciamos la democracia por sus ideales, pero padecemos sus defectos. El abismo entre unos y otros se debe a los partidos, unas organizaciones opacas, y ajenas a cualquier clase de control.

Las carencias de los partidos no tienen arreglo legal, se trata de algo más grave y más profundo, de una serie de lacras de la cultura política dominante, que se nutre de una tradición autoritaria.

Más allá de las definiciones constitucionales, los partidos españoles son organizaciones dedicadas al reparto de poder e influencias que parecen funcionar, únicamente, cuando todos los miembros de un cierto nivel consolidan sus posiciones e intereses procurando que nada se mueva sin su control. En su vida interna no hay nada específico de las democracias. Son formaciones que priman la mansedumbre, la disciplina, el dogmatismo, la fidelidad, la rutina… podríamos seguir hasta cansarnos, de modo que llegan a subvertir, casi por completo, su función legítima. Los partidos están anulando las instituciones.

La democracia española, como si se sintiese maldecida por la voluntad de Franco, quiso evitar a todo trance lo que se llamó la “sopa de letras”, la infinidad incontrolable de organizaciones, y la ingobernabilidad… y apostó por el orden y la estabilidad. Al hacerlo no tuvo presente que existen otra clase de defectos, no menos graves, frente a los que nuestro sistema parece impotente.

Los partidos se sienten por encima del bien y del mal y, en consecuencia, han acrecentado su poder más allá de cualquier lógica. Las instituciones son un mero escenario en el que se representa el argumento que han decidido las respectivas cúpulas partidarias, de manera que, salvo para dar cargos, están de sobra. No habrá en ellas, por tanto, control del Gobierno sino, si acaso, confrontación entre dos líderes, cuando existan.

El poder judicial, las universidades, las cajas de ahorro, los medios de comunicación, y un sinfín de cosas más, están controladas por los partidos, sin que su presencia tenga el menor fundamento legal. Lo que ocurre es que los partidos se han convertido en complejísimas empresas de fingimiento, en organizaciones dedicadas a la simulación y a la mentira.

En lugar de servir a una sociedad democrática, los partidos se han apropiado de ella y, en consecuencia, la democracia no funciona ni siquiera medianamente bien. ¿Es normal, por ejemplo, que con la situación económica que padecemos, el Parlamento sea una balsa de aceite en la que los diputados proceden a adjudicarse privilegios sin el menor pudor? ¿Es normal que tengamos un gobierno tan insustancial y pusilánime? ¿Es admisible que la oposición no tenga otra preocupación que su ritual de aspavientos a la espera de las previsiones sucesorias?

Como subrayó Robert Dahl, la democracia consiste en poliarquía, y nuestros partidos son monárquicos, algunos, incluso, monarquías hereditarias en las que el líder saliente invista al entrante con su gracia para que nadie se inmute, y todo siga como es debido.

No hay nada en el ordenamiento jurídico que impida que los partidos sean lo que debieran ser, pero ni la participación ni las opiniones ajenas les suelen interesar nada a los que en ellos mandan; les basta con sus sondeadores, y con el ritual y la carnaza con electores cuya fidelidad perruna se fomenta con un maniqueísmo vomitivo.

No hablamos de teorías, es la realidad inmediata y dolorosa. Que ZP no tenga alternativa creciente en el seno de su partido puede llegar a ser un auténtico drama nacional, visto lo que está haciendo en el gobierno, y nuestra aceleración hacia el despeñadero. Que el PP siga siendo un partido sin sustancia ni atributos, oportunista y ausente ante la profundidad y el alcance de la crisis es, además de intolerable, realmente insólito. En Génova se afanan en urdir disculpas para posponer el Congreso del partido, porque temen que, dado el atronador descontento, ahora no se podría celebrar con papeletas en la boca, una decisión tan aberrante como justificar que un gobierno aplazase las elecciones previstas por temor a perderlas. Mal, pues, en el Gobierno sometido a una especie de autócrata, y en la oposición controlada por un quietista.

¿Tiene arreglo todo esto? Sí, pero sin arbitrismos, imponiendo en los partidos la cultura competitiva y libre sin la que las democracias se convierten en una caricatura, en partitocracias autoritarias. Necesitamos más patriotismo, fomentar una ética política que sancione el abuso de poder y enseñe a preferir el interés común por encima de lo propio, algo que no abunda en los partidos y, menos aún, en los nacionalistas.

[Publicado en El Confidencial]

martes, 9 de febrero de 2010

El enigma Zapatero



Un sabio y viejo amigo, que no creo que haya votado nunca lo mismo que yo, me manda testimonio de un antiguo Diccionario marítimo español en que se puede leer una definición de “zapatero” ("dícese del que maniobra, o ha maniobrado mal o no entiende la maniobra") que le cuadra admirablemente al falso leonés que nos gobierna.

No quiero exagerar, porque mi amigo es uno de esos raros liberales de izquierdas, o eso creo, pero me parece que no me hubiera mandado esta definición hace un par de años, aunque a mi me habría parecido igualmente casual y precisa.

Sobre ZP circulan varias versiones extrañamente incompatibles. Para aclararnos, las reduciré a tres. Está la versión siniestra que lo considera como una especie de demonio decidido a causar el mal de los españoles; existe también una versión, digamos, benigno-cínica que lo imagina como un tipo iluso y con gran capacidad de camuflaje. El mejor retrato de esta segunda versión es el que le ha hecho en El líder patológico, un escritor de blogs enormemente mordaz, Benjamíngrullo, que he tenido el placer de conocer gracias a otro genio, a Santiago González.

La tercera versión sobre ZP, lo considera, simple y llanamente, como un incompetente, es decir, tal y como dice el Diccionario, como un tipo que no entiende lo que se supone que está haciendo.

Yo abogaría por una visión sintética, sin olvidar las contradicciones en que forzosamente se habría de incurrir. Cualquiera de esas versiones tiene un factor común realmente notable: hay que hace lo que sea para librarnos del personaje. Los que debieran tener más interés son los que todavía le sostienen. Por eso el envío de mi amigo me parece esperanzador.