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lunes, 1 de febrero de 2010

La película que Zapatero debiera ver

Como decíamos ayer, se ha reprochado a Invictus el dar una imagen excesivamente hagiográfica de Mandela. Ya dije que la objeción no tiene sentido, porque Clint Eastwood se centra en una historia muy particular y se atiene a ese hilo conductor, lo que siempre es una opción perfectamente legítima. Ocurre, no obstante, que hace falta ser un tipo muy retorcido para no admitir que la historia escogida es realmente ejemplar.

La cosa consiste, nada menos, en lo siguiente: Mandela que se ha pasado 27 años de cárcel bajo el dominio del apartheid, se opone a que sus compañeros de partido ajusten cuentas con ciertas formas de maltrato simbólico que pudieran ser vividas por los blancos como una humillación. Cualquiera pensaría que hubiera sido lógico que los blancos, que habían perdido la batalla política, tuviesen que tragar alguna deshonra simbólica, pero Mandela se opone con una razón ejemplar: la construcción de la nueva Sudáfrica necesita de todos. Mandela pone en juego su liderazgo y su prestigio para mostrar lo que hay que hacer: que los símbolos de exclusión se conviertan en emblemas de la nueva nación, sin perder su atractivo para quienes los veneraban, como, por ejemplo, el equipo de rugby.

Mandela fue tan generoso como inteligente, pero, sobre todo, supo ser generoso y por eso merece la admiración y la gratitud universal; supo poner bálsamo en las heridas y predicar una reconciliación sin la que sería imposible evitar situaciones terriblemente complicadas e inciertas. Pensó, correctamente, que el pasado se reinventa y, de algún modo, se salva, construyendo un futuro mejor para todos, perdonando y mirando a lo que hay que hacer, no a lo que sufrieron.

Los españoles tuvimos un Mandela colectivo en la transición, pero ahora hay quienes se empeñan en enfrentarnos de nuevo con las guerras de nuestros abuelos. Son escasamente inteligentes, son perniciosos, y aunque luego proclamen su admiración por Mandela, es evidente que no han sabido apreciar el potencial de la reconciliación y de la unidad, que sólo saben vivir de la desunión, de la perpetuación de los agravios, tantas veces inventados. Fueron otros quienes padecieron la injusticia, la violencia y la guerra; además, muchos de estos valientes a deshora descienden más directamente de viejos verdugos, que de las víctimas con las que, hipócritamente, pretenden identificarse para escarnio de sus adversarios políticos.

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