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viernes, 5 de febrero de 2010

Lost in translation

Tomo el título de la estupenda película de Sofía Coppola que pintaba a dos neoyorquinos perdidos en Tokyo, en medio de toda clase de neones y reclamos, profundamente desconcertados, y a pocos pasos de hacer una locura. Así está nuestro gobierno, casi completamente incapaz de hacerse una idea medianamente correcta de lo que está pasando, de lo que puede pasar, de lo que ocurrirá seguramente si no se acierta a evitarlo.

Los políticos son esclavos del día a día, un lapso en el que apenas parece que ocurra nada, mientras la sociedad española está desorientada, temerosa, al borde del pánico. Cada vez es más compartido el diagnóstico de que nos encontramos ante una de las crisis más profundas de la historia reciente, al tiempo que nuestros líderes actúan como si nos hallásemos ante una rutina ya conocida. Nuestra crisis es, a la vez, institucional, territorial, política, económica y social, y es grave en cualquiera de sus aspectos, pero los políticos parecen empeñados en que la realidad no les amargue su dolce far niente.

Sin haber llegado al ecuador de la legislatura, las preocupaciones de los ciudadanos parecen extrañamente ajenas a la fórmula política elegida en 2008. Lo que pasó entonces, lo estamos empezando a pagar ahora, y se extiende una honda preocupación por lo abultado de la factura. Con una crisis ya claramente iniciada, el objetivo de Zapatero en 2008 consistió en convencer a los lectores de que, en lugar de dirigirnos al desastre, avanzábamos de manera decidida hacia 'El Dorado'. Según aquel delirante relato, Italia ya había sido superada por nuestra creatividad, y Francia nos miraba por el retrovisor, asustada e incrédula. Zapatero, como los padrinos rumbosos, regalaba cheques. Su estrategia triunfó y consiguió convencer a muchos de que, ¡por fin! podríamos empezar a ser ricos y de izquierdas.

Quienes le creyeron, siguieron impávidos celebrando sus guateques y gastando lo que no tenían, pero la música se fue haciendo cada vez más tenue y equívoca. Entonces Zapatero recurrió a medicinas más radicales, y llamó antipatriotas a los que sugerían que la fiesta se estaba terminando, pero el patriotismo de los españoles, cansino a la postre, no fue suficiente, y Zapatero empezó a ingeniar nuevas maniobras de distracción, a la espera de la conjunción planetaria con Obama, o a la de cualquier otro milagro, mientras seguía tirando de las reservas. Ahora, la cartera se ha agotado y comienza a pedir préstamos hasta al servicio de cocina de La Moncloa, que es amplio y tiene capacidad de ahorro.

Lo peor que le puede pasar a una democracia es que las elecciones no sirvan para resolver los problemas planteados. Eso es exactamente lo que nos ha pasado a los españoles, y la discreta dimisión de Manuel Pizarro ha venido a recordarlo de forma dolorosa. En lugar de enfrentarnos prudentemente con una crisis que ya se adivinaba virulenta y con múltiples brazos, pusimos a prueba el método del disimulo a ver si la crisis pasaba de largo, pero no lo hizo. Zapatero nos conoce bien, sabe que abundan los que, ante la situación actual, afirmarán que es ridículo que la derecha les acuse de dilapidar sus ahorros cuando la crisis es culpa de sus socios capitalistas y americanos y que, además, y bien visto, la herencia no era para tanto, de manera que, quod erat demonstrandum, Zapatero y su izquierda no serán responsables de nada de lo que nos pase.

Pese a ese cómodo colchón protector en la opinión de la peculiar izquierda hispana, de esos genios que creen que la prosperidad es algo natural y la crisis fruto de una conspiración de los ricos, Zapatero comienza a estar inquieto. ¿Qué le pasa a Zapatero? ¿No cree ya en sus recetas tradicionales, en el optimismo, en la confianza?, ¿Ya no piensa que los augures y los expertos se equivocan y los poetas leoneses aciertan? Alguien con mucho poder, algún amigo de Bruselas, si le queda alguno, ha debido de llamarle al orden, algún asesor de extrema confianza ha debido de decirle que las críticas y las alarmas de la prensa internacional no son del todo absurdas, y al pobre casi le da un aire.

Que le hayan dicho que los euros hay que cuidarlos, y, que si no se hace, tendrá que atenerse a las consecuencias, que no serán ni pocas ni agradables, le ha impresionado fuertemente. Se ha visto obligado a aguzar su capacidad de improvisación. Lo primero que se le ha ocurrido, que los candidatos a la jubilación se esperen un par de años, es una buena muestra de por dónde piensa moverse, de lo que nos espera. Zapatero, el arbitrista con dinero, parece pensar que su arbitrismo funcionará también con la bolsa vacía, y ahí pueden empezar a crecerle los enanos, a aparecer estadistas en el PSOE, a descubrirse que la unanimidad sin prórroga a la vista se puede venir abajo. Los nuestros pueden empezar a ser muy suyos, porque si de algo están ciertos sus conmilitones es que, por encima de todo, habrá que salvar los muebles.

[Publicado en El Confidencial]

4 comentarios:

Teresa dijo...

Creo que cuando habla de las crisis que sufrimos en España, se olvida de una muy importante, y para mi la primera. La crisis de moral que sufrimos. No me refiero a la crisis de moral desde el punto de vista religioso, sino a la crisis de ética que desde hace ya muchas décadas padecemos.
Esa ética, la falta de ella, que permite el enriquecimiento personal a base del robo del erario público sin inmutarse, ni despeinarse ni un solo pelo. Esa falta de ética que permite que los profesores se beneficien de años sabáticos y cursos de idiomas en el extranjero y después alegan que no tienen competencias comunicativas para la enseñanza del inglés. Entonces los cursos pagados con el dinero público que son ¿para hacer turismo?. Pues de ser así que se lo pagen ellos. La falta de ética que permite que las bajas en este pais por lumbalgias, como la de la mujer del ex-ministro Bermejo y por depresiones supere todo lo racional.
No me extenderé porque no merece la pena. Nos hemos acostumbrado, o nos han permitido acostumbranos a que aquí el pardillo es el que trabaja, el que ahorra para pagar los estudios de sus hijos, el que no coje bajas porque se vea feo en el espejo por las mañanas, el que no puede viajar 15 días a china porque no se lo puede pagar.
En varias ocasiones Don José Luis me ha dicho que hay que resistir, pero como vamos a resistir si gente como Pizarro abandona el barco. Cosa, por otra parte, que no me extraña. Y el problema es porque lo abanadona. El problema es que estamos quebrados y probablemente se monte la gorda. Por mucho que cambie el gobierno, que cambie el color político, quien es el guapo que hace entender ahora a todos estos miles de borregos que hay que volver a pan y agua. Quien desmonta ahora esta inmoralidad del capitalismo sindical y del estado de las autonomías-nacionalismos?
Si de verdad queremos salir de la crisis, que podemos, empezemos a pensar que durante muchos, muchos años, individualmente vamos a pagar con sangre, sudor y lágrimas los errores en los que han-hemos cometido.
La pedagogía y charlatanería barata ha de volver a dejar paso a la letra con sangre entra, porque no hay otra. Y aunque no es ni conveniente ni necesario que sangren los codos, si que se pongan rojos del roce con el pupitre, porque la época de Belén Esteban, se ha terminado.

José Luis González Quirós dijo...

Para Teresa. Tiene usted toda la razón, y estoy completamente de acuerdo con lo que dice. Lo peor no son los criticados políticos sino quienes los encumbran porque los votan y, a cambio, estos les hacen el caldo gordo (por ejemplo, los sindicatos). ¡Ojala sea verdad que se acaba la España de esa innombrable! Me temo que queda todavía para rato. En cuanto a lo de Pizarro, no se ha ido, se ha colocado en otro lugar para que se vea cóm está el patio del PP, pero no es de los que se rindan, se lo digo yo, que le conozco bien.

Karim Gherab Martín dijo...

Excelente artículo.

José Luis González Quirós dijo...

Gracias, Karim