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martes, 30 de marzo de 2010

Grados de maldad

Las películas sobre los errores occidentales en Irak, o, cómo algunos dirían, sobre los crímenes de Bush, son muy abundantes, porque más numerosos son aún los que desean manifestar, sin ninguna restricción, la limpieza de su alma, que ellos son mejores, y que jamás harían nada que atentase a su exigente código moral. Se trata de una viejísima costumbre de las personas decentes, que no son capaces de contener su indignación moral.
Bueno. Pues una de las muchas críticas al payaso de Bush que se pueden ver en la pantalla, es una excelente película de un personaje al que raramente se podría poner de ejemplo de casi nada, pero que suele hacer buen cine. Me refiero a Polanski y a su casi excelente El escritor. Digo que es casi excelente, porque siendo una cinta que mantiene el interés de la intriga, y que está estupendamente rodada, peca de un exceso de simplificación en la solución final, que no cuento para quien quiera verla. Uno puede admitir que la CIA tenga pocos escrúpulos y que, de vez en cuando, haga de las suyas, pero me parece que el caso excede un poco a lo que se podría considerar razonable en cuanto a la maldad.
Ya sé que la CIA no debe gozar de presunción de inocencia, pero tal vez pudiéramos repartir un poco más equitativamente las cautelas a la hora de juzgar a unos y otros. No creo que nadie pudiera escoger a Polanski en función de su ecuanimidad y de la autoridad moral que emana de su conducta y, pese a ello, le concedemos el beneficio de la duda en el caso que se trae con los jueces norteamericanos (que tampoco son exactamente el payaso de Bush).
Hay un momento central en la película en la que el protagonista se defiende vibrantemente haciendo notar que nuestras democracias propenden a perseguir a sus líderes y a santificar a sus enemigos. Algo hay de eso cuando abundan los que pretenden perseguir a Blair (que es modelo en el que se ha fijado el guión), o a Aznar, sin haber dicho una sola palabra contra las atrocidades de Sadam, de los talibanes, o de los Castro. Esta es la ventaja de nuestras democracias, que podemos oír sus argumentos y pedir cuenta a los que se han propasado en algún aspecto, porque es bueno buscar la perfección, y no perder nunca de vista las obligaciones de quienes nos gobiernan, pero sería dramático que nos olvidásemos del riesgo de que esa paja en nuestro ojo nos impida ver la viga en el ajeno.

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