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miércoles, 31 de marzo de 2010

Un hombre que se lleva los millones

Hay un poema de Cesar Vallejo, “Un hombre pasa con un pan al hombro”, que retrata cruel e irónicamente el absurdo de fingir la normalidad ante cierta especie de sucesos. Lo recordaré entero, porque es bellísimo:

Un hombre pasa con un pan al hombro
¿Voy a escribir, después, sobre mi doble?
Otro se sienta, ráscase, extrae un piojo de su
[axila, mátalo
¿Con qué valor voy a hablar del psicoanálisis?
Otro ha entrado a mi pecho con un palo en la
[mano
¿Hablar luego de Sócrates al médico?
Un cojo pasa dando el brazo a un niño
¿Voy, después, a leer a André Bretón?
Otro tiembla de frío, tose, escupe sangre
¿Cabrá aludir jamás al Yo profundo?
Otro busca en el fango huesos, cáscaras
¿Cómo escribir, después, del infinito?
Un albañil cae del techo, muere y ya no almuerza
¿Innovar, luego, el tropo, la metáfora?
Un comerciante roba un gramo en el peso de
[un cliente
¿Hablar, después, de cuarta dimensión?
Un banquero falsea su balance
¿Con qué cara llorar en el teatro?
Un paria duerme con el pie a la espalda
¿Hablar, después, a nadie de Picasso?
Alguien va a un entierro sollozando
¿Cómo luego ingresar en la Academia?
Alguien limpia un fusil en su cocina
¿Con qué valor hablar del más allá?
Alguien pasa contando con sus dedos
¿Cómo hablar del no‑yo sin dar un grito?

Hay algo que, leyéndolo ahora, llama poderosamente la atención, a saber, que no se refiera a la corrupción política, que no haya un verso que aluda al que abusa de la confianza que depositamos en él para enriquecerse de manera vergonzosa. Yo he recordado del poema al pensar en las noticias relativas a Jaime Matas porque me duele la aparente indiferencia con que los partidos, y en este caso el PP, tratan la corrupción cuando les afecta. Los casos son tan abundantes y tan escandalosos que no se debiera consentir que los partidos no tomasen medidas efectivas para combatir una plaga que es indigna, bochornosa, y letal para la democracia.
Los partidos abusan de la presunción de inocencia, pero sobre todo, no hacen nada para evitar que pase lo que pasa; su condescendencia con la corrupción es, en realidad, la consecuencia de una subversión de fondo del sistema, de la absoluta ausencia de democracia interna, del cesarismo y el autoritarismo de los partidos que se hayan enteramente sometidos al puro capricho de sus cúpulas. En el interior de los partidos no hay competencia política, solo rivalidades personales entre los que están arriba y sus secuaces; así no es posible evitar que muchos metan la mano donde no debieran, y mientras no se cambien los hábitos de funcionamiento de los partidos es ridículo pensar en que la honradez se vaya a imponer por su propios méritos, tan ridículo como sería dejar la casa abierta o con las llaves puestas mientras nos vamos de veraneo.

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