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viernes, 30 de abril de 2010

La España oficial

Nos decidimos bravamente hacia el despeñadero, y la España oficial persiste en repetir sin descanso sus mantras tranquilizadores, la mentira establecida.
Esta mañana he estado en una oficina pública. He debido franquear tres porterías, para nada. Ninguna de las personas que las ocupaba sabía de nada, ni protegían de nada; eran amables, sin embargo, tal vez levemente desdeñosas, como diciendo “¿Qué esperará éste sacar de aquí?” Acertaron, porque no pude sacar nada: el director de la oficina estaba reunido y no se le esperaba, el jefe, o la jefe, de la dependencia que hubiera podido auxiliarme había salido, y lo probable es que ya no volviese porque era ya casi la una. Un par de funcionarios rellenaron en el ordenador un absurdo papel que, al parecer, yo necesitaba, pero fallaba la impresora, y hubo que esperar a que una colega le diese unos golpes bajos para que, más o menos milagrosamente, se imprimiera el papel absurdo, lleno de falsedades e imprecisiones, pero cumplimentado, que es de lo que se trataba. Una vez con el papel, que como luego se vería, no sirvió para nada, el funcionario me dijo que sería mejor que me lo firmase el director, si yo le conocía. Traté de entender las razones para una firma innecesaria, pero conveniente; me temo que el funcionario pretendía que el director supiese que esa mañana él había rellenado ese papel.
Me fui a la calle, atravesé de nuevo las tres porterías, y me puse a pensar que es imposible que este país salga adelante con esa infinita serie de gentes que no hacen nada, ni sirven para nada. Mientras tanto, unos cuantos, que no sé cómo calificar, siguen creyendo que, a base de acumular funcionarios de cometido impreciso y absurdo, el Estado evitará la desgracia y que los ricos pagarán los platos rotos. Veremos lo que dicen cuando llegue el momento, pero será igual, porque la mayoría biempensante seguirá ejercitando su amor a la desmemoria, su culto a la retórica vaga, su desdén por la experiencia, su menosprecio de lo concreto.
Vivimos en la ciudad alegre y confiada, y ningún economista agorero nos sacará de nuestras pasiones, de nuestra lírica, de nuestra identidad imperecedera y cañí.

jueves, 29 de abril de 2010

Disparar con pólvora del Rey

Está visto que ZP no se arredra, al menos de momento, ante los negros nubarrones que nos amenazan a todos. De ser así, según quienes dicen conocerle, su error no sería tanto la temeridad como el egoísmo. ZP parece creer que los límites del sistema económico son indefinidamente flexibles, y que mientras él tenga el apoyo de la mayoría, de los descamisados, aunque sean descamisados de guardarropa, que viven espléndidamente bien a costa del erario público, no tiene nada que temer a los mercados, porque son tigres de papel.
España, mientras tanto, se vacía, se desvitaliza. No es posible crear nada, ni levantar nada porque el déficit público se lo lleva todo por delante. ZP parece firmemente persuadido de que, si aguanta, al final, los ricos pagarán la ronda. Es posible que no estuviese mal del todo que así fuese, que, por una vez, pierda la banca, pero no será el caso. Perderemos los de siempre, la abobada clase media, los emprendedores modestos, la gente decente que quiere trabajar y esforzarse. No obstante, si la cosa sigue como parece, también caerán los más altos palacios, y la ira del personal, aunque traten de dirigirla a donde suelen, puede acabar con la biografía de los equilibristas más consumados, con los aires de superioridad de los artistas, puede llevárselo todo por delante. Por eso es realmente negro el panorama, porque nuestro presidente es un optimista incorregible en lo que se refiere a las memeces que venera, y porque cree que sabe cuidar muy bien de lo que le importa.

miércoles, 28 de abril de 2010

La jibarización de la democracia

Me parece que era Romanones el que decía que se dejase al Parlamento legislar, que él se reservaba los reglamentos. Es evidente que el Conde conocía los entresijos del poder en España, un país en el que la mentira y el embuste compiten siempre con ventaja, de acostumbrados que estamos a que nada de lo que se proclama con solemnidad sea mínimamente cierto.
España, digan lo que digan los que dicen negar que exista, es, sobre todo, un país muy viejo, una sociedad en que las cosas funcionan de manera mucho más inmemorial que razonable. Sobre esa base tradicional, que podría describirse como la costumbre de que nada cambie, aunque nada parezca igual, la cultura española ha favorecido un barroquismo retórico muy alejado de la modernidad europea. Aquí se siguen valorando las palabras, los testimonios, y las apariencias, mucho más que los hechos, las evidencias o las razones. Si se domina esta regla se puede llegar muy lejos en la política española, y si no se lo creen, miren a la Moncloa.
Cuando llegó la democracia, vivimos una eclosión de iniciativas de todo tipo y nos llenamos la boca de principios, pero, poco a poco, hemos ido volviendo mansamente al redil del orden, al sometimiento a la voluntad de unos pocos. No hemos sabido organizar una verdadera poliarquía, y por todas partes se han ido asentando monarcas que pretenden gobernar sus ínsulas, y lo hacen la mayoría de las veces, enteramente al margen de cualquier control, de manera que, aunque no se use la fórmula, muchos siguen actuando como si el poder se consiguiese “por la gracia de Dios”, sin respetar nada, ni dar cuenta a nadie.
La democracia es, a la vez, un sistema de legitimación y de control del poder, pero entre nosotros tiende a convertirse en un cheque en blanco; de este modo, el que llega al poder, en cualquier ámbito, en la política, en los sindicatos, en las universidades, etc. empieza a comportarse como si el poder le fuese otorgado exclusivamente por ser vos quien sois, no por la voluntad de quienes le han elegido y, que, por ello, tienen derecho a relevarle.
Estos días hemos visto como, por poner un ejemplo cualquiera, el rector de la UCM ha abusado de manera notoria de sus funciones presidiendo un acto político de acoso al Tribunal Supremo sin sentir, imagino, ni una ligera duda acerca de la legitimidad de su conducta. Este sujeto cree que la Universidad es suya, y hace con ella lo que quiere, y lo malo es que acabará por tener razón, porque se apoya en todos los que quieren ser dictadorcillos de algún nivel inferior y hacer, como el rector, de su capa un sayo.
Con esta idolatría al poder del que lo tiene, con esta falta absoluta de control y de exigencia de responsabilidades, estamos jibarizando nuestra democracia. Es penoso que todo un partido dependa, en realidad, del capricho de un único hombre, pero es así. El PSOE depende completamente del presidente, y aunque muchos se lamenten en privado de la extraordinaria letanía de errores que está cometiendo, nadie puede hacer nada, porque el partido está completamente jibarizado, hasta el punto de que su única cabeza es la de ZP, que acaba de parecer bastante. Solo se atreven a insinuar alguna crítica los que ya están fuera de la carrera política, los que nada tienen que perder.
Los ministros de ZP, es vox populi, son meros ejecutores de sus políticas, y de ahí su nombramiento de alguna de las personas más simples y necias que hayan obtenido nunca un cargo público. ZP, como el rey Sol, lo es todo, es el alfa y la omega del socialismo español, de la clase obrera, de los intelectuales comprometidos, sobre todo de una buena corte de afanadores que se refugian en sus inmediaciones para llenarse los bolsillos con cualquier motivo.
Los partidos se han convertido en un mero decorado, y podrían ser sustituidos con ventaja por coros de vociferantes a sueldo, porque detrás de sus imágenes no hay nada que no hayan decidido sus líderes, normalmente en soledad, raras veces en compañía de otros.
¿Se puede dar la vuelta a esta situación? ¿Es posible hacerlo mediante cambios en las leyes? Sin negar la conveniencia de ciertos cambios, como es común en cualquier democracia, creo que la hora presente exige valor cívico y responsabilidad personal. La democracia española está en un estado lamentable, secuestrada por muy pocos, con la pasiva sumisión de muchos, reducida a oscuras maniobras de palacio. Esto se arreglaría si los parados, y los que todavía no lo están, dejasen de consentir a los sindicatos lo que hacen, si los electores exigiesen a los políticos que no se olviden de sus problemas, si los periodistas impidieran que su trabajo se convierta en mera propaganda, si los intelectuales dejasen de avalar tanta mercancía averiada, etc. La democracia es el pueblo atento, los ciudadanos exigiendo a los poderes públicos. Estamos muy lejos de eso, pero no podremos echarle a nadie la culpa si la libertad vuelve a abandonarnos por largo tiempo.

martes, 27 de abril de 2010

Palizas antifascistas

Esto de ser antifascista está empezando a ser un chollo, porque puede emplearse, incluso, como justificación para pegar palizas. Yo creía que los fascistas eran aficionados a pegar palizas, pero veo que ahora se empieza a llevar que quienes se tienen por antifascistas imiten a sus dilectos enemigos. Magnífico argumento para mostrar cómo se construye al otro: tú vas por la calle, o en el metro, y ves a un tipo con cara de fascistilla, y la emprendes a golpes porque eres pacifista y antifascista. Ver para creer.

lunes, 26 de abril de 2010

Más dura será la caída

Algunas de las reacciones de los jugadores y el entrenador del Barça después de la derrota frente al Inter, han puesto de manifiesto algo evidente, el temor a que, casi en el último minuto, se les estropee una temporada magnífica. Aunque soy descaradamente madridista, confieso que este Barça es un equipo descomunal, seguramente el mejor, no sólo de ahora mismo, sino de muchos años. Pero el fútbol es como es, y se ha hecho muy difícil mantener la hegemonía. Los del Barça deberían hacernos el favor de no excederse en la pataleta ante el caso, que tengo por poco probable, de que caigan, finalmente, ante el Inter, y/o no ganen la Liga. El fútbol es tan maravilloso como imprevisible, y bien puede pasar que un equipo mediocre, como lo es el Inter comparado con el Barça, deje fuera de juego a los que pensaban ganarlo todo. ¿Acaso no se acuerdan de lo que le pasó a su rival de siempre con un equipo de la periferia madrileña? Puede pasarles, y mejor será que se acostumbren a la idea de que alguna vez les pasará, porque esto de ser los mejores, no sirve para ganar todas las competiciones, puede llegar a no servir, incluso, para ganar ninguna.

sábado, 24 de abril de 2010

Día del libro


Según la tradición, más fuerte en Barcelona que en Madrid, me parece, el 24 de abril es el día del libro. Esto de celebrar “días de” es un recurso que se emplea, sobre todo, para promover causas que, por alguna razón, se supone que debieran suscitar más entusiasmo del que de hecho suscitan. No hay por ejemplo un día del dinero, o del fútbol, me parece que no lo necesitarían. El día del libro, en concreto, es un buen momento para practicar el fariseísmo cultural, que es una de las especialidades de la hipocresía que tiene mejor prensa.  
Ahora se habla mucho de la crisis del libro y de la crisis de la lectura. Hay quienes, opositores a cualquier clase de cambios, ven en la tecnología, y, en especial, en los e-book o libros electrónicos, la causa universal de todos los males, una nueva barbarie. Tienen razón, desde el punto de vista de sus intereses, porque suelen defender un negocio que muy pronto va a desaparecer y que, en cualquier caso, no conocerá ya más días de gloria. Me refiero, como es obvio a la edición en papel, a la mercadotecnia de los best-seller, a la promoción de vistosos objetos con letra gruesa, destinados generalmente a los que apenas leen, si no es a impulsos de la propaganda.
Se equivocan gravemente en sus diagnósticos. El peligro para la lectura no está en la tecnología, sino en la ignorancia, en la mala educación, en el atontamiento general de esos públicos que se sienten obligados a leer libros como si fuesen noticias o signos de  una moda, culta, por supuesto.
La lectura se está convirtiendo en una posibilidad infinita, barata, riquísima, gracias a Internet y a pesar de la imprenta. No hay que tener ningún miedo a que se pierda nada valioso, aunque no creo que se vayan a poder evitar las plagas, suecas o de otro tipo, porque los mercaderes no suelen tener nada de tontos y aprenderán, más pronto que tarde, a conquistar estas nuevas posibilidades, pero cualquiera que quiera aprender y no perderse nada de lo que considere esencial, lo tendrá más fácil que nunca. 

viernes, 23 de abril de 2010

Los españoles y el tren



La lectora Nenuca Daganzo remite a La Vanguardia esta imagen en la que se puede ver un tramo de vía en Arenys de Mar que no dispone de ningún tipo de protección para impedir el acceso a las vías del tren. A la lectora le parece que esta situación es un despropósito y se pregunta si se habrá de esperar a que haya una desgracia para que se instalen las oportunas vallas protectoras.
El temor de la lectora es un caso paradigmático de un error de apreciación muy común entre nosotros; los españoles creen que lo público es gratuito, y le tienen miedo al tren, paradójicamente, el transporte público por excelencia. Vayamos primero a lo segundo. La verdad es que la necesidad de separar los trenes del resto de la trama urbana deriva, principalmente, del vandalismo, busca evitar la agresión a los vehículos ferroviarios. En EEUU, donde los vándalos no abundan y, cuando los hay, son severamente castigados, los trenes circulan sin protección alguna y sin que el número de accidentes por cruce de vía le llame la atención a nadie. Parece absurdo negar que es infinitamente más peligrosa cualquier calle que una doble vía ferroviaria, y solo a un orate se le ocurriría pedir protecciones frente a los automóviles en todas las calles. Los trenes son mucho más grandes y visibles que los automóviles, su cadencia de paso es menor y es bastante regular, y, además, circulan por vías exclusivas perfectamente reconocibles y a las que no hay que acceder por ninguna razón. Cualquier riesgo con el tren es miles de veces más alto con los automóviles, pero así están las cosas.
Vayamos al gasto público. Muchos españoles creen que el dinero público es inagotable y que, por mucho que se gaste no se perjudica a nadie. Los españoles no relacionan el gasto público con los impuestos, porque aquí nos las hemos arreglado para que los impuestos sean imperceptibles, forman parte del precio de las cosas y están incluidos en lo que ganamos, de manera que casi nadie paga nada. Una medida de salud pública realmente profunda sería separar los precios de los impuestos y retirar las retenciones de los salarios. Si así fuera es posible que la lectora de La Vanguardia fuese menos exigente demandando unas vallas innecesarias en Arenys de Mar, uno de los ferrocarriles más antiguos de España, cuyo número de accidentes seguramente sea miles de veces inferior a los de cualquiera de las carreteras de las inmediaciones, esas que la lectora de Arenys utiliza cada día sin ningún susto.

jueves, 22 de abril de 2010

¿Seguro que nos parecemos a Grecia, don Mariano?

Ser líder de la oposición parece un oficio duro, y Mariano Rajoy está dando pruebas de aguante, aunque no tanto de acierto. Siempre he pensado que Rajoy podría ser un buen presidente de gobierno, de manera que me encalabrino cuando creo que lo que hace prorroga el mandato del presente.
No entiendo que Rajoy se empeñe, como hizo ayer, en insistir en lo mucho que nos parecemos a Grecia; no es que no sea verdad, que desgraciadamente lo es, sino que no creo que Rajoy, ni nadie de los que desean su triunfo, gane nada diciendo lo que ha dicho, por cierto que sea. El papel de un líder de la oposición no es tanto decir verdades, ni siquiera las del barquero, como ganar la voluntad de los ciudadanos e inspirar confianza. ¿Es que cree Rajoy que los españoles no saben ya que ZP es una pesadilla? Lo que a Rajoy tiene que preocuparle es que los ciudadanos le vean a él como una esperanza, no como un agorero, aunque sus vaticinios puedan ser más ciertos que la muerte y los impuestos, como decía Benjamin Franklin.
¿Es que no tiene gente que le haga esos papeles de chico malo? ¿No tiene nadie que le sugiera decir cosas que movilicen al público y no cabreen al personal? Yo me apuntaría, porque no me parece difícil mejorar el rendimiento de su gabinete, si es que lo tiene.
Digo lo de Grecia, para no hablar de cómo se ha llevado lo de Correa y compañía, caso en el que se ha seguido la estrategia de decir lo contrario de lo que se hace y hacer lo contrario de lo que se dice. ¿No hemos quedado en que el PP no tiene nada que ver? ¿A qué vienen entonces esas defensas de gentes que no lo merecen? Y claro, el público, que para estas cosas no es tonto, se fija en lo que hacen, más que en lo que dicen.
Me parece que Rajoy podría ser mejor que su entorno, del que juzgo por sus frutos, pero me temo que con estos auxiliares se pueda quedar para vestir santos. El colmo sería que alguno de ellos quisiera heredarle. No estaría mal, de cualquier modo, que echase un vistazo de lo que apunta por Inglaterra: los electores se están cansando de los unos y los otros, de manera que hay que aplicarse.

miércoles, 21 de abril de 2010

Poder absoluto

En 1996, Clint Eastwood dirigió una de sus indiscutibles obras maestras, Poder absoluto, una historia protagonizada por un ciudadano escasamente ejemplar, una especie de ladrón honrado, que no se rinde ante el poder, pero sí cree en la democracia, un tipo raro, vamos. Resulta evidente la parábola política de Eastwood, un republicano en cualquiera de los sentidos del término, poco dado a la lisonja con los excesos de poder. En su película, Allen Richmond, el presidente americano, magistralmente interpretado por Gene Hackman, trata de librarse de las consecuencias de un crimen pasional haciendo uso de la protección excepcional que le confiere su cargo. Pero la presión conjunta de un policía honesto, y el ladrón que ha sido testigo oculto del delito, acaban por provocar el suicidio del presidente y la detención de quienes fueron más fieles al poder que a las leyes de la democracia. El espectador comprende que un ladrón resulta más decente que el político que miente y abusa de su poder, poniéndose por encima de la democracia y de la ley.

Nuestra cultura política no ha sido proclive a las cautelas para combatir las patologías típicas del poder. Aquí las leyes prevén la excepción para el que está arriba, el aforamiento, la inimputabilidad incluso. La tradición anglosajona, en la que alguna vez se cortó la cabeza a un rey rebelde, es mucho más cuidadosa, y parte de que una de las cosas que hay que prevenir es la desviación y el abuso de poder, porque el poder corrompe siempre, y el poder absoluto corrompe absolutamente, como decía Lord Acton.
Nuestro risueño presidente no cree que sul poder deba reconocer límites. Quizá sea esa una de las pocas características que comparte con algunos de los socialistas más veteranos, la convicción de que la legitimidad de los electos, siempre que sean de izquierdas, no consiente límite alguno. Por eso recurre con facilidad a medidas que ponen en riesgo la estabilidad del sistema, con tal de que lo consoliden a él. Zapatero cree que, así como el Rey Sol pudo decir aquello de “L’Etat c’est moi”, él puede actuar como si lo que le conviene, fuese bueno para todos.
Una de las formas de corromper la democracia es la provocación del exceso. Eso es lo que Zapatero ha hecho casi sistemáticamente desde que llegó al gobierno; su menosprecio absoluto por la tradición liberal, por el respeto al buen sentido, le han permitido decisiones que nadie con buen discernimiento hubiera tomado, al menos de esa manera. Su sentada ante la bandera americana, y su retirada desleal de las tropas en Irak, no se han curado con oraciones hipócritas a la vera de Obama. Su apuesta insensata por un nuevo Estatuto catalán que solo servía, en realidad, para sentarse más cómodamente en la Moncloa, le ha dado incontables disgustos, menos en cualquier caso que al conjunto de los españoles. El 6 a 4 del Tribunal Constitucional, por provisional que sea, ha debido de sentarle, por cierto, como un rejón ardiente, y ha servido para mostrar que quedan en algunos sectores de la izquierda las dosis de racionalidad y patriotismo necesarias para que pueda resurgir tras las ruinas irrecuperables que dejará Zapatero.
Tal vez sea su conducta ante la crisis económica lo que mejor muestra su convicción de que el poder es absoluto, o no es nada. Por increíble que resulte, ha actuado siempre como si la crisis no tuviese nada que ver con la acción del gobierno, como si bastaran unas consignas suavemente bobas para que el país se recuperare; cuando ha visto que eso no ocurre, y que su cotización electoral está severamente en riesgo, ha hecho lo que hacen todos los iluminados: huir hacia adelante, tratar de poner al país en píe ante las amenazas de la derecha, ante la vuelta de Falange, ante la resurrección de Franco.
No se trata ya de un prurito izquierdista y radical; se trata de una voluntad decidida de reescribir la historia, de ganar la guerra que se perdió, de borrar las huellas morales de la transición, de romper los falsos consensos en que, a su juicio, se ha fundado nuestra democracia, un sistema falseado en que, ¡por dos veces!, ha podido ganar la derecha. De momento parece guardar alguna de las formas más elementales, pero veremos a dónde llega si las encuestas, y la tozuda realidad, le siguen siendo adversas. No me cabe duda de que de poder actuar como la Reina roja ya habría cortado algunas cabezas, y que de su fecunda imaginación surgirán algunas leyes de excepción, si el caso lo requiere, que se aprobarán mansamente por los diputados que apacienta, y por las minorías que han hecho de la carroña política una de las bellas artes.
Con las dificultades y matices del caso, una minoría valiente de jueces ha podido librarnos de un dictamen melifluo y favorable a la mayor serie de disparates que haya aprobado nunca un parlamento español. Con ser ejemplar esa conducta, no es suficiente. Muchos son los que tendrán que hacer algo más para acabar con esta quimera de poder absoluto.

martes, 20 de abril de 2010

El estúpido prestigio de la ambigüedad

Una de las costumbres más idiotas de una buena mayoría de políticos, y hay donde escoger, es la de hablar de una manera indeterminada cuando es obvio que se refieren a una situación particular. Yo no sé exactamente que pretenden, pero sí estoy cierto de que han conseguido que esa estúpida manera de hablar se imite y se contagie.
Por ejemplo: uno del PP está hablando de corrupción, y en lugar de decir que también hay casos en el PSOE, dice algo así como “no somos los únicos afectados, porque también hay casos en otros partidos que se han financiado ilegalmente, lo que no es nuestro caso”, aunque, en general, lo dirán de manera más embarullada y menos comprensible. Lo normal sería que dijesen simplemente: “el PSOE debiera estar callado porque en esto de la corrupción son imbatibles”, pero eso debe parecerles poco general, escasamente ilustre.
Amando de Miguel inventó el término politiqués para referirse al extraño lenguaje de la tribu partidaria. La cosa no ha cesado de empeorar dese entonces. Para que vean que no exagero, les cuento lo que he leído hoy en un blog de El Confidencial: un forero hablaba de que “se están quemando sedes de partidos” cuando se refería, obviamente, a que se había tirado un coctel Molotov contra una sede del PP, concretamente en Galicia. Me viene a la cabeza la broma del gran Miguel Gila : "Aquí alguien ha matado a alguien y a mi no me gusta señalar". En este país tan raro, la imprecisión, la ambigüedad, el barroquismo chapucero, la generalización sin ton ni son, y el hablar de oídas, siguen teniendo premio: así nos va. Lo único que hay detrás de todo esto, además de estupidez, es miedo.

lunes, 19 de abril de 2010

El descrédito

Una de las últimas cosas que se me ocurrirán, mientras me quede un adarme de entendimiento, es hablar de economía; no es una virtud innata, no se crean, sino un hábito saludable, pero adquirido a base de meteduras de pata gloriosas.
De la política sí me atrevo a hablar, más que nada porque me gusta, porque tampoco estoy seguro de saber nada medianamente bien, cosa que creo le pasa a mucha gente, también a los economistas serios, en lo que consideran su terreno. Bueno, a lo que iba. Hoy me han hablado de que España puede entrar en barrena en los dos próximos meses, si se comprueba que el gobierno sigue tirando de déficit de manera desbocada; si es verdad, mejor será que no lo comprueben, porque no le veo a ZP ahorrando, tampoco a ninguno de los 17 reyes de taifas, ni a ningún munícipe, para decirlo todo.
Si entrásemos en el descrédito exterior, lo que haríamos es proyectar hacia fuera el enorme descrédito que nos traemos entre nosotros. A mí me parece que no es un problema financiero, aunque también lo será, sino que estamos en una de esas situaciones en que hay que salir corriendo y nadie se arranca; todo el mundo parece pensar que a él no le va lo de la crisis, y pretende seguir viviendo como si nada. Nuestro único remedio sería un gobierno que nos metiese algo de miedo y diese algo de ejemplo,… bueno o el descrédito, el shock que venga de fuera y no deje títere con cabeza. Hay que estar atentos, porque luego se amontona la gente en los aeropuertos y no hay manera.

domingo, 18 de abril de 2010

El buscavidas

En una extraordinaria película de Robert Rossen, Paul Newman encarnaba a la perfección el arquetipo de un perdedor arriesgado al que, pese a su extraordinaria habilidad como jugador y a su escasez de escrúpulos, las cosas le acababan yendo muy mal.
Aunque puede que sorprenda a mis selectos y amables lectores, esa es la imagen que se me ha venido a la cabeza al pensar esta mañana en alguna de las últimas fechorías de nuestro presidente. Dos magníficos comentaristas, Jesús Cacho en El Confidencial, y Enric Juliana en La Vanguardia, me han sugerido la comparación con el antihéroe de Rossen/Newman para comprender a Zapatero.
La clave de una metáfora tan inhabitual estaría en la incapacidad de ZP para aprovechar sus momentos de suerte, en su fascinación por el desastre y el abismo, su empeño en negar lo evidente. Juliana ve un estado descompuesto y sin liderazgo, Cacho se pregunta hasta dónde podrá llegar nuestro buscavidas para seguir en el poder. En ambos casos hay un factor común, falta gobierno de las cosas, aquí no manda nadie, pero el buscavidas seguramente esté encantado de que todo gire en torno a sus bravatas, aunque las instituciones se estén devorando unas a otras a causa de sus ocurrencias.

sábado, 17 de abril de 2010

El bloqueo

Ayer mientras hablaba con un grupo de amigos, entre los que creo que no hay ningún tonto, afirmación arriesgada en cuanto se pasa de tres personas, uno de ellos me preguntó sobre las implicaciones éticas de firmar un manifiesto contra Cuba, es decir, contra el castrismo. No soy ninguna autoridad en ética, aunque, profesionalmente hablando, fuese el más cercano de los presentes a esa clase de cuestiones. Traté de averiguar qué quería decir exactamente mi amigo al interrogarse por las implicaciones éticas de una firma contra el castrismo, pues a primera vista no se me alcanzaba ningún problema, tonto que es uno.
Enseguida apreció la cuestión del bloqueo. Pregunté cuál era la relación entre el bloqueo y la existencia de presos de conciencia, sin obtener ninguna respuesta concluyente. Dije que tal vez el bloqueo pudiese explicar, por ejemplo, la escasez de maquinaria, pero que no era capaz de ver su relación con la práctica de detener a personas por su opiniones, o con la vieja costumbre, anterior a cualquier bloqueo, de no celebrar elecciones libres, y haber laminado cualquier forma de poliarquía. Se habló entonces de las repercusiones morales de apoyar a los de Miami, lo que al parecer se tiene por algunos como algo muy siniestro. Yo mostré mi asombro por imaginar que la disidencia cubana viviese en la abundancia, y les hablé de mis modestísimos esfuerzos por ayudar a que les lleguen algunos libros, ordenadores usados o alimentos. Algunos me miraban perplejos, como si el primer mandamiento consistiese en condenar siempre los Estados Unidos, cosa que no creo.
No pude dejar de observar que pudiera ser que, más que un manifiesto contra el castrismo, estuviésemos asistiendo a un cierre de filas de cierta izquierda para apuntarse el éxito de su derribo, ahora que es algo menos improbable. Algunos son especialistas en quedar siempre en buen lugar, pero, pese a eso, sean bienvenidos como trabajadores de la última hora a una causa evidente, aunque ya vieja.
Luego me quede pensando en el bloqueo, en el bloqueo que pueden producir en gentes habitualmente despiertas algunas consignas, ciertas ideas sobre la perversidad moral del capitalismo, el deseo de mantener en pie la ficción de que algo de lo que pueda quedar en Cuba tenga que ver con ideales evidentes, sublimes, más allá de cualquier análisis. Eso sí que es un bloqueo, el mejor invento de Castro desde Sierra Maestra.

viernes, 16 de abril de 2010

De nuevo sobre el ISBN

Cuando se publica una edición digital de una obra cualquiera, las burocracias, siempre tan imaginativas, han resuelto que debe llevar un ISBN, si es que quiere ser un libro. Lo curioso es que ese ISBN debe ser distinto para la edición digital que para la edición impresa, es decir que para los burócratas, un libro digital, y esa misma obra en papel, son libros distintos.
Está claro que el concepto de libro de los rectores del ISBN es bastante absurdo. ¿Qué diferencias hay entre una versión digital de Marinero en tierra, por ejemplo, y cualquier edición en papel de ese poema de Alberti? Ninguna, si nos atenemos a lo que el poema es, un ciento, si consideramos que un libro es un fajo de papeles con manchas de tinta; ahora bien, si así fuese, si un libro se redujese a ser un objeto físico, deberíamos caer en la cuenta de que ningún ISBN nos garantiza la identidad de su contenido, pues son infinitas las circunstancias y las erratas que pueden alterarlo.
Lo que resulta decisivo en un libro es aquello que dice, no el formato con el que pueda leerse. Eso favorecería que, en las actuales circunstancias, en plena era digital, fuésemos cayendo en la cuenta de que el ISBN, o cualquier otro marbete alfanumérico que lo pueda sustituir, lo que realmente hace es señalar una obra original, una identidad lógica, y que esa obra distinta a cualquier otra, pueda ser leída de formas distintas, en papel y en pantalla, por ejemplo, para nada afecta, como tal, a su mismidad; que el ISBN de un libro digital sea distinto del correspondiente a esa misma obra es, simplemente, un disparate fruto de una confusión. En realidad las ediciones digitales no necesitarían para nada un ISBN, pero puestos a dárselo, lo lógico es que lo hubiesen compartido con sus análogos de papel.

jueves, 15 de abril de 2010

¡Qué alivio!

Al conocer la declaración de Garzón ante el Supremo según la cual, el señor juez no ha recibido ningún dinero del Banco que gobierna el señor Botín (¡qué nombre para un banquero!), se ha adueñado de mí un gozo indescriptible.
¡Qué contraste de sutileza frente a los argumentos romos de los soviets de obreros e intelectuales reunidos en la UCM con Berzosa a la cabeza! ¡Así da gusto!
Para que lo entiendan todos: que el señor Garzón cobre una modesta cantidad de dinero de la Universidad de Nueva York, que coincide casualmente con la cantidad que el señor Garzón le había pedido al banquero Botín, no significa de ninguna manera que el señor Botín haya pagado favores del señor Garzón, ni que el señor Garzón haya cobrado dinero del señor Botín.
El día que se aplicasen estas doctrinas tan sutiles e ingeniosas acabaríamos con la corrupción. Por ejemplo nunca se podrá probar que un preboste cualquiera, haya cobrado dinero de un constructor por hacer algo que no debiera, porque seguro que, de haber habido cobro, que esa es otra, hubiera sido por algo perfectamente razonable, un acto mercantil perfectamente legal y completamente amparado por la presunción de inocencia, faltaría más.
Es por falta de sutileza por la que se han iniciado grandes desastres en la historia, por ejemplo, la cosa de los protestantes, que no entendían que el Papa no vendía indulgencias, sino que, por un lado, recibía limosnas, y por otro, propiciaba los favores eternos.
El pensamiento moderno se suele recrear en la sospecha, pero no me parece que eso sea aplicable a un caso que se ha desarrollado tan a las claras. ¿Cómo iba Garzón a pedir dinero a Botín de manera tan ostensible si sospechara que alguna mente fascista y corrompida fuere a interpretar una acción tan filantrópica de manera torcida? Lo que ocurre con la gente inocente es que, de vez en cuando, se ve atrapada por los malos pensamientos de gentes corruptas, incapaces de ver la nobleza de las intenciones y la limpieza de las ejecutorias. Garzón fue a predicar a tierra de infieles, un acto valiente y gratuito, fruto de su inextinguible generosidad para con los perseguidos, y ha sido una mera coincidencia que el Banco, siempre interesado en la cultura, le haya dado a la universidad un dinerillo, menos de medio millón de dólares, que no es nada comparado con la justicia universal, y que luego esa institución, también del modo más inocente, aunque un poco torpe, le haya pagado esa misma cantidad, un estipendio modesto, al fin y al cabo, al señor Garzón. Bastará con probar que los cheques fueron distintos para que se disuelva cualquier equívoco. ¡Qué alivio! Ya solo quedan un par de malentendidos.

miércoles, 14 de abril de 2010

La disonancia moral de cierta izquierda

Cualquiera que haya reflexionado mínimamente sobre lo difícil que resulta cambiar los hábitos de conducta, reconocerá el acierto de aquella afirmación del Príncipe de Lampedusa, según la cual es preciso que todo cambie para que todo siga igual. En particular son muchos los españoles que, acostumbrados por nuestra larga tradición católica a plantear las cosas en términos teológicos, como una lucha entre el Bien y el Mal, emplean de manera bastante inconsciente esa contraposición para juzgar los acontecimientos políticos, y caen como pardillos en la trampa de promover en la práctica aquello que creen detestar en la teoría. Este fenómeno que se conoce como disonancia cognitiva, puede resultar sorprendente a los poco avisados, pero es muy fácilmente identificable para cualquiera que se dedique a los estudios sociales. Pondré un par de ejemplos muy fáciles de comprobar; un cierto porcentaje de votantes de izquierda se identifican como liberales en las encuestas del CIS, aunque, en la práctica, voten políticas explícitamente antiliberales.

Hay un ejemplo muy reciente y, dicho sea de paso, más doloroso, de esa disonancia. Apenas puede haber alguna duda de que si se preguntase a los españoles, en especial a los de izquierdas, si son partidarios de alguna clase de privilegios, contestarán con una rotunda negativa, y es incluso probable que se sintiesen agredidos por la mera pregunta. Y, sin embargo, buena parte de esos decididos enemigos, supuesta y radicalmente opuestos a cualquier privilegio, no dudan en defender determinados privilegios cuando el caso, por las razones que fuere, les pueda convenir. Piénsese, por poner un ejemplo muy obvio, en la oposición de ciertos sectores de izquierda a alguno, o a todos, los procesamientos que amenazan al juez Garzón. Nadie lo dice de manera abierta, pero tras muchos de los argumentos que se han empleado en su defensa, se esconde una doctrina absurda y contradictoria que todos ellos rechazarían si se les preguntase abiertamente por ella. La doctrina que dicen defender se podría formular del siguiente modo: “todos los españoles son iguales ante la ley”, pero lo que de hecho defienden con su oposición al procesamiento del conocido juez, es un argumento que se expresaría mejor del siguiente modo “todos los españoles son iguales ante la ley, salvo que se trate de juzgar a quienes tenemos por un héroe, por un santo o por un símbolo”. También dirían que están de acuerdo con que “todos los españoles tienen el derecho de acceder en condiciones de igualdad a la justicia”, pero en la práctica defienden con rotundidad una versión totalmente diferente del principio, a saber, “todos los españoles tienen el derecho de acceder en condiciones de igualdad a la justicia, salvo que sean de extrema derecha, o pretendan juzgar a un intocable”.

Estos supuestos izquierdistas que se dejan dirigir por argumentos de calidad intelectual enteramente impresentable, están haciendo realidad en la práctica el principio totalitario que tan brillantemente satirizó Orwell en su Rebelión en la granja: “todos los animales son iguales, aunque unos son más iguales que otros”.

La izquierda debería alarmarse de que cualquiera de los suyos emplease argumentos tan obscenamente opuestos a una igualdad esencial para cualquier demócrata, la igualdad ante la ley. El problema está en que muchos supuestos izquierdistas siguen pensando en términos teológicos, que aprendieron en la época franquista, y creen todavía que sólo la verdad tiene auténticos derechos; naturalmente no se les pasa por la cabeza ni el absurdo de esa idea, ni la estupidez de pretender que solamente ellos están en esa supuesta verdad. Para esta gente, la alternancia democrática es un invento de Satanás y, consecuentemente, dedican gran parte de sus energías a atacar a cualquiera que parezca una amenaza a sus derechos imprescriptibles a imponerse.

Pensar por cuenta propia suele ser psicológicamente muy costoso, puesto que nos señala como elementos peligrosos en el seno del clan. Muchos son incapaces de vivir a la intemperie, sin esos lazos de lealtad y sumisión, especialmente fuertes cuando se transforman en un mecanismo de retribución, en un interés material o simbólico. Por eso me parece que uno de los signos más alentadores de este momento es que haya jueces que se atrevan a ser independientes, que se rebelen frente a la sumisión a los caprichos y arbitrariedades de los políticos, que rechacen el comportamiento servil de los jueces complacientes. Desde que el PSOE destruyó el modelo judicial que establecía la Constitución, con la amable aquiescencia de ese PP que siempre confía en la herencia, los jueces han estado sometidos a una tutela casi vergonzosa. Que algunos de ellos se atrevan a desafiar los privilegios de los políticos, y a desenmascarar a quienes han confundido su función con la de instrumentos de la mayoría dominante, es una noticia extraordinaria.

martes, 13 de abril de 2010

Un adiós a Cappa

Me acabo de enterar de que Ángel Cappa se hará cargo del River Plate, un equipo muy importante pero que se encuentra en un estado lamentable, tras una racha realmente mala. Siento que Cappa deje de andar por Madrid, porque verle algunas noches hablando de fútbol era todo un placer, pero me alegro de que pueda cumplir un trabajo que seguro le entusiasma. Cappa sabe de fútbol, pero sobre todo, es un hombre caballeroso y razonable al que da gusto oír, especialmente cuando dice cosas que no te gusten. Con tipos como él es más fácil ser objetivo, aprender que lo que menos importa es nuestra opinión, llena de prejuicios y de ideas equivocadas, y abrirse a comprender algo tan grande y tan apasionante como lo es el fútbol, con cabeza y corazón. ¡Ojalá que triunfe! Pero, tanto si triunfa, como si no acierta, me encantará verle de nuevo por aquí haciendo del fútbol algo de verdad interesante.

lunes, 12 de abril de 2010

La pobreza del debate español

En España, el debate público, es extremadamente simple y débil, demasiado coyuntural, muy maniqueo y rutinario, enormemente pueblerino, ajeno por completo a lo que ocurre en el exterior, como si eso no nos afectase.

Entre nosotros, la retórica amenaza con verse reducida al famoso “¡Y tú más!”, que es un argumento perfectamente inútil. Muchos periodistas y tertulianos parecen conformarse con el papel de repetidores de consignas, de implacables defensores de la verdad del partido al que se sirve, generalmente mediante retribución.

Es verdad que, en el mundo entero, el pensamiento de cierto nivel parece estar en desbandada, pero aquí la cosa es inusitadamente grave. El debate cultural y político amenaza con verse reducido a una parodia del debate futbolístico, por llamarlo de algún modo, con la desventaja de que, al menos en la política, andamos escasos de tipos como Messi, y lo dice un madridista.

Seguramente la causa resida en que el nivel educativo de una mayoría de españoles es cada vez menor, aunque nominalmente sea el más alto de la historia, pero algo habrá que hacer, porque que la cosa se reduzca a glosar los argumentos de Pajín o de Cospedal, los balbuceos de Rajoy o las baladronadas de ZP es insoportable. Y que el debate cultural se confunda con comentar las ocurrencias de Willy o de Ramoncín debiera producir un llanto inconsolable.

domingo, 11 de abril de 2010

El jueves declarará Garzón

Menudean los actos de apoyo al juez Garzón, entre sus incondicionales, que los tiene. Seguramente sentirán un grave quebranto al contemplar cómo un juez, que juzga conforme a prejuicios y sentimientos nobilísimos que debiera compartir cualquier ser humano decente, es decir de izquierdas a su modo, pueda ser sometido a la humillación de comprobar si sus criterios de actuación son compatibles con la lógica normal y/o con la letra de la ley.
En el caso de Garzón todo son presunciones a su favor. ¿Cómo iba a estar seguro Garzón de que Franco estuviese muerto? ¿Cómo iba a saber Garzón que mentes sucias irían a relacionar su tratamiento del caso de un banquero, del régimen por más señas, con el hecho de que le hubiese solicitado unos modestos estipendios para impartir lecciones de justicia universal en tierra de infieles? Yo me atrevo a sugerir que la carta de Garzón a Botín no fue redactada por él, sino, si acaso, por alguno de los funcionarios que merodean en su entorno, totalmente incapaces de suponer que nadie pudiera leer ese texto con malicia, dada su inocencia indeleble. Garzón la firmó como firma tantas providencias a lo largo del día. Visto de otro modo ¿quién puede pretender que un juez como Garzón viva en Nueva York con solo el sueldo de Madrid? ¿Acaso no resulta razonable y normalísimo que la Universidad le ayudase? ¿Acaso resulta inusual que las universidades de Nueva York busquen ayuda en financieros españoles? ¿Qué son 320.000 dólares, que se sepa, para un profesor tan extraordinario? ¿Quién puede sospechar de un mecenas tan desinteresado como Botín que destina gran parte de su presupuesto a ayudar a toda clase de conferenciantes?
Esperamos que cosas tan evidentes resplandezcan con el debido fulgor el jueves, y en los siguientes días, pero, por si acaso, que los compañeros no flojeen en la campaña de concienciación de la justicia, garzoniana, por supuesto.

sábado, 10 de abril de 2010

Garzón recurre

Es difícil hacerse una idea mejor de lo que piensa Garzón sobre la justicia que la que nos proporciona el contenido del auto que ha interpuesto contra su procesamiento primero, que hay otros en espera, y no son todos los que cabrían. El juez Baltasar Garzón cree que organizaciones y "grupúsculos marginales", es decir, incontrolados, como se llamaban en otros tiempos, han ido contra él, y esperaba que el Supremo valorase sus “espurias motivaciones a la hora de no prestar crédito a tal persecución ideológica".
Envalentonado con el apoyo del New York Times, el juez se atreve a explicar cómo debe ser la Justicia universal, más allá de códigos y formalidades. Los que piensan de manera correcta están exentos de cualquier control, y los que piensan de manera extravagante, no merecen acceder a ninguna justicia ni tener acceso a ningún Tribunal. Lo de la Ley debiera ser, por lo que se ve, anecdótico, cuando se tenga prestigio internacional, aunque se haya logrado a base de chapuzas y arbitrariedades… y mínimos cohechos.
Si el Supremo le diera la razón, salir corriendo de este país sería un recurso inaplazable. Veremos.

viernes, 9 de abril de 2010

¿Quedan jueces en España?

El procesamiento de Garzón podría indicar que, como ha notado hasta el sutilísimo Chaves, algo está cambiando en la Justicia española.
¿Pudiera ser que un determinado grupo de jueces haya decidido que ya no va a dejarse ningunear más por los políticos? Si así fuera, estaríamos ante una de las mejores noticias en la historia de la democracia española. No solo por lo que significaría en sí misma, sino también por el efecto de emulación que habría de tener en el conjunto de la sociedad española.
La corrupción y la partitocracia son abusos a los que hay que plantar cara, y sería una maravilla que los jueces empezasen a ser valientes y a mostrar que les importa más la justicia que el temor a los que mandan. Veremos.

jueves, 8 de abril de 2010

Para comprender lo del coche eléctrico o la historia de una ambición

Contra quienes sostienen que nuestro gobierno es un improvisador carente de principios y estrategia, defenderé una vez más las profundas ideas en que se sustentan sus políticas. Para empezar este gobierno está convencido de que su pensamiento recoge las fórmulas más avanzadas que ha producido el pensamiento político; persuadido como está de defender evidencias, aunque difíciles para los que están cegados por su egoísmo y por prejuicios, de clase, o de otro tipo, no ha tenido el más mínimo temor a poner en práctica sus visiones. El último ejemplo es el plan estratégico para la promoción del coche eléctrico.
Esta brillantísima iniciativa debiera analizarse en dos planos complementarios. En primer lugar, desde un punto de vista histórico. Sus antecedentes son, sin duda, gloriosos y ejemplares. Este gobierno sabe imitar lo mejor, no les quepa duda, sin preocuparse de la condición del que lo propone. Un primer antecedente pudiéramos verlo en la importancia de la utilización política de la tecnología que fue advertida por Orwell. Como recordarán mis lectores, Orwell dejó constancia, en 1984, de que el partido se atribuía la invención del helicóptero, sin duda para impresionar favorablemente a sus, digamos, adeptos. Aquí no se trata de una mera atribución, sino de un acto de valentía: ponerse al frente de la invención.
Un segundo antecedente, muy valioso también por el coraje que muestran, al no importarles lo que pudieran decir comentarista maliciosos, es el empeño de Franco, ya saben, en promover el motor de agua, una iniciativa tecnológica un tanto más primitiva pero igualmente atrevida y ecológica, aunque en la época no supieran ver este aspecto del asunto, y que desde luego, trataba de atacar directamente a la tremenda dependencia del petróleo en la España del 600.
Como se ve, pues, los antecedentes son tremendamente atractivos. Pero hay más. Hay en la medida del gobierno un grado de audacia realmente inusual en las medidas de los políticos, siempre pendientes del qué dirán. Hay que ser muy valiente para meterse de hoz y coz en los vericuetos de una innovación tecnológica tan altamente competitiva. Resulta que lo que no acaban de ver claro ni los coreanos, ni los japoneses, ni los alemanes, ni los americanos, que algo saben del negocio de los coches, lo ven con entera nitidez esa pareja feliz de Zapatero & Sebastian. Realmente admirable. ¡Por fin abandonamos el ¡qué inventen ellos! para atrevernos a innovar y a ser pioneros.
El gobierno no ha perdido el tiempo discutiendo en el Parlamento un plan tan ambicioso, para cortar así de raíz las presumibles y antipatrióticas críticas de una oposición carente de imaginación y aferrada a los viejos principios del machismo tecnológico, por llamarlo de algún modo y para entendernos. Es verdad que hay el riesgo de que las subvenciones vayan a parar a los que están más acostumbrados a recibirlas, a ese coro de emprendedores ejemplares que ayer rodearon a la pareja feliz. El Gobierno no ha tenido miedo, una vez más, tal como ha puesto de manifiesto Carlos Sánchez, de realizar un nuevo ejercicio de solidaridad a su manera, de distribuir el dinero de todos entre quienes saben ganárselo. Lo dicho, imaginación, ambición, modernidad, y reparto solidario e inteligente de los bienes públicos. ¡Y luego dicen que el pescado es caro!
Como este gobierno no tiene miedo a meterse donde no le llaman, el país está cada vez más entregado, digan lo que digan las encuestas.

miércoles, 7 de abril de 2010

Los problemas de los españoles

EL CIS viene preguntando desde hace tiempo a los españoles sobre cuáles son, a su juicio, los tres problemas que más nos afectan. Se ha subrayado el disgusto con los políticos, puesto que un 21,6 por ciento de españoles los identifican como uno de los problemas que padecen. Los otros dos problemas son el paro, identificado por un 82,9 por ciento, y la crisis económica que es señalada por un 45,3 por ciento.
¿Qué quiere decir todo esto? Desde que la democracia se estableció en España, no ya como un ideal, sino como un sistema político, se han hecho muy frecuentes los halagos al ya casi proverbial buen sentido de los electores, a la responsabilidad de los ciudadanos, a su sentido de la oportunidad política y un largo etcétera de supuestas virtudes cívicas. Sin embargo, si se mira más de cerca el asunto, esos elogios pueden ser, además de interesados, bastante improcedentes.
Nadie puede negar que el paro y/o la crisis constituyan una amenaza seria, ni que los políticos actúen de manera escasamente admirable. La cuestión importante es, sin embargo, muy otra. ¿Hasta qué punto es la sociedad española consciente de que esos problemas no constituyen un mal sobrevenido, sino que son la consecuencia obvia de nuestros comportamientos personales, de nuestras acciones y omisiones?
En lugar de elogiar al pueblo soberano, sería interesante hacerle ver que eso que nos pasa es, sobre todo, consecuencia de lo que hacemos, de las decisiones que tomamos, de nuestras costumbres y de nuestros valores.
Que los españoles prefieran la seguridad al riesgo, por ejemplo, no es algo irrelevante, de modo que cuando eligen ser funcionarios, en lugar de atreverse a iniciar nuevos negocios, no están ayudando mucho a fortalecer la economía productiva. Que los españoles abusen de las normas laborales (creando formas de absentismo que debieran ser delictivas), o usen los recursos de la sanidad pública de manera irresponsable, tampoco es algo que contribuya a hacernos más solventes y eficientes. Es preocupante que los españoles puedan ver la crisis económica o el paro como acontecimientos geológicos enteramente ajenos a sus hábitos y a sus conductas, y es sangrante que continúen sosteniendo a gobiernos que les repiten esa explicación insensata, o que les prometen el cielo, omitiendo cuidadosamente que habrán de pagarlo ellos, pese a que no lleguen disfrutarlo nunca.
Los españoles deberían acostumbrarse a ser menos indulgentes consigo mismos para poder ser mucho más exigentes con los demás. Que, por ejemplo, un profesor no atienda a sus alumnos, no esté al día en su materia, o no procure la mejora de la institución en que trabaja, y se queje de los males del país es de una hipocresía refinada. Nuestra costumbre de buscar chivos expiatorios lejos de nosotros mismos podrá ser psicológicamente interesante, pero es de una ineficacia prodigiosa además de intelectualmente indecente.
Esta manía de atribuir a otros nuestros males es doblemente absurda e impotente en lo que se refiere a la crítica de la clase política. Cuando los miembros de un partido se quejan, por ejemplo, de que la corrupción de algunos les afecta, habría que preguntarles qué han hecho ellos para garantizar que se respete la democracia interna, o para procurar que las cuentas del partido sean limpias, pero si han consentido en el secreto y en la cooptación, no tienen ningún derecho a quejarse de que la corrupción les manche, porque es el fruto maduro, como mínimo, de su indolencia y de su tolerancia con algo frontalmente opuesto a cualquier idea de la democracia.
Cuando se les acusa de corrupción, los partidos corren presurosos a refugiarse en la presunción de inocencia, para que, con la ayuda de la lentitud de la justicia, su politización y su manifiesta incompetencia, todo pueda acabar en rumores irresponsables que extiende el enemigo; con comportamientos de este tipo se permiten no hacer nada para evitar la corrupción, porque su condescendencia con ella es la otra cara de una subversión de fondo del sistema, de la absoluta ausencia de democracia interna, del cesarismo general de sus cargos internos, más intenso cuanto más cerca nos hallemos de la cúpula.
¿Es que los ciudadanos son responsables también de esto? Pues claro que sí, ¿quién si no? Es ridículo pretender que los males se vayan a arreglar por sí mismos, y que quienes viven espléndidamente abusando de los demás vayan a dejar de hacerlo por un ataque súbito de decencia. Esta regla es válida en todos los entornos, los negocios, la actividad profesional, la función pública, las relaciones del consumidor con las empresas, etc. pero es especialmente aplicable a la política. Solo si los ciudadanos promueven una cultura de transparencia, competencia y rendición de cuentas, seremos capaces de acabar con los problemas que se originan en nuestra pasividad y en nuestra boba complacencia con las monsergas que nos endilgan, mientras nos aligeran la cartera.

martes, 6 de abril de 2010

Los miedos del PP

Finalmente se han dado a conocer los sumarios del caso Gürtel, lo que permitirá que el PP esté acorralado por unos días más intensamente que de ordinario. El hecho de que el Gobierno ataque a la Oposición es una peculiaridad bastante notable de la política española, pero quizá sea más notable todavía el hecho de que el PP renuncie a defenderse cómo se supone que podría hacerlo.

En esta democracia en que hemos venido a parar, al PP no le queda otro papel que el de tomarse la libertad en serio, y tratar de convencer a los españoles de que es mejor morir de píe que vivir de rodillas; ya sé que puede sonar a sarcasmo, pero los tiempos han cambiado tanto que la frase de Emiliano Zapata, y luego de Dolores Ibarruri, puede tener pleno sentido (afortunadamente, figurado) aplicada a nuestra situación.

En la democracia española el PP es, definitivamente, el partido perdedor si acepta una serie de claves del sistema. Si, por el contrario, no lo aceptase, tendría oportunidades de cambiar las reglas de juego y la cultura política de los españoles, y con ello, tendría oportunidades de ganar. Esa fue precisamente la clave de la victoria de 1996 y de su confirmación en el año 2000, pero el PP se cansó pronto de ser alternativa a la política establecida, y pensó que bastaría con llevar a cabo una buena administración; es evidente que se equivocó, y las consecuencias de ese error se pagan ahora muy caras. La era de Zapatero le ha puesto las cosas todavía más difíciles, y no se ve claro que el PP actual quiera hacer una objeción de fondo al sistema, porque amaga, pero no da, porque prefiere consolarse con el supuesto papel de heredero que tantos le adjudican.

A mí, me parece que eso es un fraude, que es renunciar a la función más importante de un partido, a tratar de liderar un cambio profundo para construir una democracia de verdad sólida y poderosa. El problema para hacer algo como eso es muy sencillo: la mayoría de los dirigentes del PP creen en la libertad tan poco como Zapatero, y en la democracia, todavía menos.

Por eso, frente a la corrupción hacen que hacen, pero miran para otro lado, exactamente lo mismo que ha hecho el PSOE, me gustaría pensar que con algo menos de cinismo y desvergüenza. El caso es que el PP podría desterrar casi para siempre la lacra de la corrupción si se atreviera a tomarse la política en serio, si practicase la trasparencia y la democracia interna que le reclama su alma liberal, pero eso pondría en riesgo la nomenklatura, y tiraría por los aires esas redes de poder en las que se apoyan los que siempre mandan, esos rigodones de monarquía hereditaria que tan bien bailan en el partido los que creen que la libertad puede limitarse a ser un adorno retórico de la derecha. Que un Fraga que jamás pudo ganar las elecciones generales, y que acabó perdiendo Galicia por no retirarse a tiempo, vuelva a aparecer al frente de las reuniones de la cúpula del PP, es algo más que una coincidencia, puede ser un presagio.

lunes, 5 de abril de 2010

El fútbol como sorpresa

Suponer que hay algo sorprendente en el fútbol debe sonar a chunga a cuantos están más que hartos de no oír hablar de otra cosa. Esto es así entre nosotros y no dejan de subrayarlo los que nos ven desde fuera: recuerdo una especie de road-movie, creo que de Tanner, en que su protagonista, al pasar por España camino de Lisboa, trataba de oír la radio desde el coche y no conseguía oír otra cosa que “¡goool!... ¡goool!” Hace unos días vi un excelente documental sobre España en un YouTube de un periódico y, en efecto, la primera imagen era también un balón rodando (¿por cierto lo recuerda algún amable lector?, me gustaría volver a verlo y no he sabido localizarlo). No me refiero, pues, a ninguna sorpresa de un fútbol raramente ausente, sino a la sorpresa que deparará, para cuantos gustemos del fútbol, y no necesariamente de sus abusos mediáticos, el resultado del próximo Real Madrid-Barça el sábado que viene.
Habrá sorpresa porque se dirán tantas cosas, que apenas podrá uno imaginar algo indecible. Pero habrá sorpresa también porque, una vez más, hay que esperar que el resultado de un lance derribe la mayoría de las teorías previas, que esta es una de las grandezas de este juego tan insoportable para quienes no lo aman.
Se pueden derribar, como mínimo, un par de mitos antagónicos, la perfección del Barça, el adefesio del Madrid; pero también pueden fortalecerse. Se puede terminar con ditirambos y con alegatos críticos, pero también pueden reforzarse. Nadie puede saber qué va a pasar, aunque todos lo sospechen y muchos lo teman. Resplandecerá así, aunque por poco, alguna de las enseñanzas más hondas de este deporte, que nada es previsible, que hay cosas que no pueden ser, que el tiempo se agota, que, al final, la verdad se nos impone, y que mañana ya no será nunca como ayer. Para quienes crean que el pasado es inmodificable recomiendo como ejercicio meditar sobre el fútbol y, para quienes no acierten a hacerlo, les puede ayudar la lectura de Jorge Manrique:
¿Qué se hizo el Rey don Joan?
Los Infantes d'Aragón
¿qué se hicieron?
¿Qué fue de tanto galán,
¿qué de tanta invención
que truxeron?
¿Fueron sino devaneos,
qué fueron sino verduras de las eras,
las justas e los torneos,
paramentos, bordaduras
e çimeras?
Por si el ejercicio les resultase extremadamente doloroso, prueben con esta descripción, y consejo, de Louis Aragon: La vie est un voyageur qui laisse traîner son manteau derrière lui, pour effacer ses traces. No olviden que, mientras vivamos, mañana será siempre otro día.