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viernes, 30 de abril de 2010

La España oficial

Nos decidimos bravamente hacia el despeñadero, y la España oficial persiste en repetir sin descanso sus mantras tranquilizadores, la mentira establecida.
Esta mañana he estado en una oficina pública. He debido franquear tres porterías, para nada. Ninguna de las personas que las ocupaba sabía de nada, ni protegían de nada; eran amables, sin embargo, tal vez levemente desdeñosas, como diciendo “¿Qué esperará éste sacar de aquí?” Acertaron, porque no pude sacar nada: el director de la oficina estaba reunido y no se le esperaba, el jefe, o la jefe, de la dependencia que hubiera podido auxiliarme había salido, y lo probable es que ya no volviese porque era ya casi la una. Un par de funcionarios rellenaron en el ordenador un absurdo papel que, al parecer, yo necesitaba, pero fallaba la impresora, y hubo que esperar a que una colega le diese unos golpes bajos para que, más o menos milagrosamente, se imprimiera el papel absurdo, lleno de falsedades e imprecisiones, pero cumplimentado, que es de lo que se trataba. Una vez con el papel, que como luego se vería, no sirvió para nada, el funcionario me dijo que sería mejor que me lo firmase el director, si yo le conocía. Traté de entender las razones para una firma innecesaria, pero conveniente; me temo que el funcionario pretendía que el director supiese que esa mañana él había rellenado ese papel.
Me fui a la calle, atravesé de nuevo las tres porterías, y me puse a pensar que es imposible que este país salga adelante con esa infinita serie de gentes que no hacen nada, ni sirven para nada. Mientras tanto, unos cuantos, que no sé cómo calificar, siguen creyendo que, a base de acumular funcionarios de cometido impreciso y absurdo, el Estado evitará la desgracia y que los ricos pagarán los platos rotos. Veremos lo que dicen cuando llegue el momento, pero será igual, porque la mayoría biempensante seguirá ejercitando su amor a la desmemoria, su culto a la retórica vaga, su desdén por la experiencia, su menosprecio de lo concreto.
Vivimos en la ciudad alegre y confiada, y ningún economista agorero nos sacará de nuestras pasiones, de nuestra lírica, de nuestra identidad imperecedera y cañí.

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