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lunes, 31 de mayo de 2010

Religión y libertad

Alexis de Tocqueville hizo notar que la religión, que en Europa, y no digamos en España, se ha asociado históricamente con el poder político, en los Estados Unidos se había convertido en el garante último de la libertad de conciencia. Aquí todavía tenemos mucho que aprender sobre la libertad, los que se dicen religiosos, y los que creen poder hablar en nombre de la ciencia y contra la religión. Algunos pensadores, escasamente originales, pretenden explicar la maldad de los hombres, la violencia, la guerra, a los supuestos estragos que la idea de Dios causa en sus mentes. Frente a esa absurda pretensión, que supone atribuir los efectos de una idea a lo que la contradice (y dar por supuesto, sin prueba alguna, el carácter seráfico de cualquier nihilismo o cualquier politeísmo), el Papa Benedicto XVI ha subrayado la necesidad de ensanchar la razón humana para comprender que tenemos que contar con Dios, porque un mundo sin Dios es difícil de comprender, y porque forzar la exclusión de Dios es un ataque a las convicciones más íntimas de muchas personas.
Una cierta presencia de Dios en el orden político no debiera servir para santificar el poder de quien manda, sino para relativizarlo, para recordar que no se puede confiar ciegamente en ningún poder temporal. Como recuerda Chesterton, la doctrina del derecho divino no era una muestra de idealismo, sino de realismo, un rasgo muy pragmático de la fe, una forma de protegerse de la tendencia al desbordamiento y el descontrol del poder, era un límite al totalitarismo de la fuerza bruta.
Aunque sea comprensible que algunos se cansen de ser libres, y tiendan a delegar su conciencia en el Estado, el nombre de Dios debe servir para recordarnos que solo nosotros mismos podemos decidir entre el bien y el mal, que nuestra conciencia personal siempre es insustituible e indelegable. Eso no supone incitar a la violencia, sino a la responsabilidad, una consideración que, ciertamente, puede resultar muy molesta.

domingo, 30 de mayo de 2010

La Física y los socialistas

En uno de esos momentos de desconcierto intelectual en que no se sabía muy bien en qué consistía la Física, uno de los grandes científicos de la época trató de poner término al desbarajuste sentenciando que “física es lo que hacen los físicos”. Dada esta premisa, estaba escrito que no se tardaría en escuchar de boca de algún político la sentencia paralela; “socialismo es lo que hacen los socialistas afirmación que perpetró uno de los más atrevidos, el italiano Bettino Craxi, y ya saben cómo acabó. En un marco teórico tan cómodo, los socialistas, y los físicos, se han movido con flexibilidad y amplitud de miras. Ahora bien, ¿qué ocurrirá cuando los físicos, o los socialistas, se pongan a hacer cosas del todo incoherentes?, por ejemplo, a escribir poemas, o a quitar el dinero a los pobres para dárselo a los ricos.
Pronto podremos ver lo que vaya a suceder con Zapatero, uno de los grandes innovadores del socialismo contemporáneo, que parece haber pasado del “bajar de impuestos es de izquierda” a alguna variante de “mantener las pensiones es demagógico, propio de fachas y cobardes”.Los socialistas parecen haber trasladado la teoría de los agujeros negros, que goza de gran predicamento en cosmología, al terreno de la política. De los agujeros negros se saben dos cosas: que son enormísimas concentraciones de energía y que no dejan escapar información. En el caso de Zapatero, un pura sangre del oficio izquierdoso, cuyo pensamiento estaba claro hasta hace muy poco, el agujero negro parece haberse convertido en un pozo sin fondo: ni le queda energía, ni emite información coherente.
Al fin y al cabo, la Física, y el socialismo, parecen tener sus límites, de manera que ZP se está acercando peligrosamente a convertirse en una evidencia contraria al interés de los socialistas, a ser la prueba de que el socialismo puede ser confundido con el poder, y engullido tranquilamente por él. Pero, en fin, lo que interesa es el futuro que, como siempre, será una mezcla de necesidad y sorpresa. A mi modo de ver, la predicción más probable tal vez pueda argumentarse del siguiente modo: los socialistas están frotándose los ojos, sin creer de verdad lo que les está pasando. Todo el que posee una autoestima excesiva, descree de su responsabilidad, y tienden a ver una conspiración de circunstancias adversas que, están deseando sacudirse de encima. Vamos a comprobar si el socialismo se deja reducir a una mera falange que, llegado el caso, se sacrifica con su líder, o si, por el contrario, quedarán gentes con energía y convencimiento suficiente para llevar a cabo la eliminación del líder, a forzar la dimisión del que les ha llevado directamente, y con tanto garbo, desde la plenitud al descalabro.

sábado, 29 de mayo de 2010

Cataluña y los catalanes

Soy lector habitual de prensa catalana, ahora que Internet permite ojera muchos periódicos sin gastar una fortuna. Está claro que desde Cataluña las cosas son un poco distintas, lo que me parece interesante y lógico. Estos días en que el protagonismo de un político catalán ha sido muy alto, es interesante comparar lo que se dice desde algunos medios catalanes y lo que se dice en Madrid: en ningún caso es para tanto. Enric Juliana que es un comentarista muy interesante, habla de que la Marca Hispánica ha salvado de nuevo a España y a Europa. Aunque no lo dice, supongo que pronto asomarán los reproches por falta de gratitud. Algunos madrileños han hablado, por el contrario, del carácter fenicio de los catalanes. Ni tanto ni tan calvo.
El qué votar estos días al plan de recortes de Zapatero ha sido asunto muy controvertido, y es insensato pretender que sólo había una respuesta lógica, porque todas lo eran, dado lo espantoso de la situación. Me gusta creer que lo que ha pasado pudiera responder a alguna especie de concertación, quizá inconsciente, pero no estoy seguro de cómo haya sido la cosa.
Hay que ser muy poco perspicaz para no ver, en todos los órdenes, diferencias entre Cataluña y el resto de España. Tampoco es ningún secreto que para muchos catalanes el cultivo de esas diferencias es esencial. Sin embargo, por paradójico que parezca, esa actitud, que supone vivir mirando de reojo al otro, demuestra mucha mayor subordinación que independencia. La exageración de las diferencias fingidas se ha convertido, sin embargo, en una industria de éxito en Cataluña, tal vez el único gran éxito empresarial del que puedan presumir en los años de democracia. El resultado ha sido una Cataluña política deforme. Deforme, en primer lugar, respecto a la sociedad catalana, a la que representa, y deforme, sobre todo, respecto al ideal de democracia liberal, que se ve prostituido por el culto al artefacto de la identidad forzosa de la que vive buena parte de la clase política y hay que lamentar que, en demasiadas ocasiones, haya servido para acallar cualquier atisbo de discrepancia, de pluralidad. Puede que en esta concreta ocasión, el complejo montaje de lealtades y correspondencias haya rendido, sin embargo, un servicio a todos.

viernes, 28 de mayo de 2010

Lo que Bono nos enseña

Entre quienes no comparten las ideas de la izquierda es muy normal pensar que su fundamento resida en la envidia, en la pasión por la igualdad. Me parece que, a día de hoy, en la base de la mentalidad izquierdista, la envidia ha sido sustituida por otra pasión, a saber, la autocomplacencia, el regodeo en la propia excelsitud. Todo buen izquierdista está encantado de conocerse.
Piénsese en el caso Bono, por ejemplo, un líder muy característico de la izquierda. Pedirle a Bono que fuese envidioso sería realmente notable. ¿Qué va a envidiar quien todo lo tiene? Bono es un político de éxito, un admirable y discreto gestor de su patrimonio que ha conseguido amasar una fortuna sin renunciar a sus inquietudes sociales. Provisto de un singular tino para las buenas relaciones y los negocios familiares, ha conseguido una posición económica envidiable, mientras brilla con luz propia en un partido que, al menos nominalmente, es obrerista, es decir, escasamente aficionado a las hípicas, los Cayennes, o las monterías. Por asombroso que parezca, los votantes y militantes del PSOE que, por lo general, seguirán sintiendo cierto recelo frente a los propietarios de dúplex y áticos en zonas de lujo playero, encuentran en Bono un modelo, lo que también abona la idea de que, en la izquierda, de haber envidia, es una planta trepadora. Pero ni Bono tiene nada que envidiar, ni si la envidia fuese el motor oculto del socialismo podría entenderse su ascendente izquierdista. Bono está, en cambio, encantado de ser quién es, de saber ser todo para todos, y esa satisfacción suya se refleja en el entusiasmo de sus votantes, unos tipos listos a los que él no deja de alabar por su sabiduría al haberle preferido.
Ahora bien, la autocomplacencia es siempre una forma de ceguera. Seducidos por su maravilloso recetario, algunos izquierdistas no suelen caer en la cuenta de detalles que puedan afear sus teorías. Volvamos a Bono, por ejemplo; apenas cabe duda de la excelencia de su pensamiento político, una síntesis creativa que acoge cuanto haya de bueno por la izquierda, la derecha o el centro. Nada le es ajeno al pensamiento de Bono. Otra cosa fuere que nos fijásemos en su conducta, al menos en lo que no aparece a primera vista; entonces el panorama tal vez no resultase tan halagüeño, porque, más allá de triquiñuelas y montajes, la pregunta esencial debiera ser si se puede tener por normal que un personaje dedicado por entero y desde siempre a la vida política haya podido amasar una fortuna como la del simpático manchego.
¿Cómo es posible que un político pueda enriquecerse de manera tan obvia sin que salten las alarmas sociales? La clave está en una de las características más singulares de nuestra cultura política. Nuestra vieja tradición nos ha enseñado a venerar las palabras, y a subestimar los cálculos, que siempre nos parecen algo mezquinos. Nuestra cultura barroca se extasía con el tipo de razones que se caricaturizan en el Quijote, con esa mezcla garbancera de refranes y locuciones pretenciosas en las que Bono es un auténtico maestro. En este clima intelectual, se tiende a creer que lo único importante son las ideas, y que de los hechos no merece la pena ocuparse. Si a eso se añade el que reservemos a los jueces el dictamen sobre la honestidad de los políticos, es normal que nos cueste sospechar de alguien que se haya enriquecido de manera tan obvia, sin trampa aparente, y al que nunca van a molestar los jueces y fiscales, tan entretenidos como están en otros menesteres. El caso es que, aunque tendamos a sospechar de cualquier riqueza, sospecharemos menos de quien esté revestido de una responsabilidad institucional tan alta. Seguro que muchos españoles han podido pensar “hay que ver que tío tan listo”, al enterarse de las proezas económicas de Bono, y algunos habrán podido ver envidia, precisamente, en quienes se han asombrado de la extraordinaria habilidad de Bono para ir tejiendo una fortunilla.
Creer a pie juntillas en la indiscutible excelencia de quienes profesan nuestras mismas ideas, incapacita para cualquier sospecha sobre la moralidad de la conducta de un líder de ideario tan explícito como Bono. Quienes no distingan entre el ideario y la ética, ni entre la ética y la legalidad, jamás comprenderán que su entusiasmo sirve de muro tras el que se pueden ocultar los mayores escarnios a la decencia y a la democracia. El dogmatismo ideológico y la mentalidad de partido impiden ver cómo puede haber acciones que sean, a la vez, jurídicamente pulcras, o al menos pasables, y asquerosamente corruptas. Sin embargo, sería muy fácil reparar en que los ladrones siempre se escudarían, si pudiesen, tras la capa de un Obispo, la espada de un general, o las ideas de un demagogo. Bien está el respeto a la presunción de inocencia, pero sería excesivo seguir creyendo que los niños vienen de París.
[Publicado en La Gaceta]

jueves, 27 de mayo de 2010

Acaba de aparecer

Ya está a la venta en Luarna el último libro que hemos publicado al alimón José Luis González Quirós y Karim Gherab Martín. Se titula Tecnología y cultura. La larga sombra de Gutenberg. Se ha editado como libro electrónico, y se vende al precio de 6,50 euros, bastante asequible; aunque creamos que este tipo de libros debiera ser todavía más barato, hay que reconocer que el editor se ha esforzado en facilitar el acceso a la obra con un precio realmente muy atractivo. El libro interesará mucho a cualquiera que esté interesado por el desarrollo de la cultura digital, por el porvenir de la lectura, y por los supuestos problemas existentes entre la tecnología y la cultura.
Se edita en formato e-pub, que permite su lectura en cualquiera de los e-readers de tecnología de tinta electrónica que hay disponibles en el mercado. Para quienes quieran abrirlo en un ordenador normal hay que bajar, de manera gratuita, una aplicación llamada Adobe Digital Editions de la página de Adobe, de manera que el texto se puede leer en la pantalla normal de un PC con toda facilidad.
Nos gustaría que lo leyeseis y que hubiese algo de polémica. ¡Ánimo!

miércoles, 26 de mayo de 2010

Martin Gardner

[Martin Gardner, Copyright: MFO]

Martin Gardner ha muerto, el pasado 22 de mayo, en su tierra natal de Oklahoma, a los 95 años. Aunque hace ya tiempo que echábamos de menos su presencia, sobre todo desde que dejó de escribir su maravillosa columna de entretenimientos matemáticos en Scientific American, saber que estaba vivo era una especie de consuelo, como siempre lo es la certeza de que hay personas inteligentes, decentes y divertidas.
Como lector de Gardner, le guardaré una gratitud imborrable porque me ha hecho pensar con intensidad, de la única manera que realmente merece la pena. Ya había leído unas docenas de sus libros y de sus columnas de juegos matemáticos cuando me enteré, con gran asombro por mi parte, de que no tenía una formación matemática, sino filosófica. Como soy de este último gremio, me vi obligado a sospechar que Gardner era un auténtico genio por la soltura con la que se manejaba con temas matemáticos complejos, lo que acentúo mi admiración y supuso una ayuda impagable para calibrar de manera más exacta mis, supuestos, méritos intelectuales. No es difícil ser algo más humilde viendo lo que ha hecho Gardner.
Al saber que era colega, me lancé sobre su obra filosófica y no quedé defraudado. Su lectura me hizo volver sobre Unamuno, el pensador que más encarecidamente cita en sus divagaciones (así las llamaba él) filosóficas, tan malentendido y desvalorizado. La filosofía de Gardner no es, no podía serlo de ningún modo, escolástica y académica, sino hondamente humana. Sabe muy bien señalar cuando nos encontramos ante un problema, y no tiene ningún pudor para manifestar su ignorancia acerca de la solución razonable del caso. Aunque su formación era americana (con gran peso de la tradición empirista, pragmatista, incluso analítica), sus intereses eran enteramente universales, humanistas.
Gardner que era un gran admirador de los juegos de magia, detestaba, sin embargo, la magia intelectual, los juegos de palabras, el fraude conceptual. Dedicó parte de su esfuerzo a ridiculizar algunas de las supercherías más famosas, como la telepatía o los platillos volantes, pero eso no le impedía interesarse por las cuestiones que están más allá de la ciencia, por Dios, por ejemplo, un asunto que, pese a ser creyente, se planteó con su característica honestidad y rigor.
Sería difícil señalar qué lecturas de Gardner me han interesado o me han divertido más: recuerdo todas ellas asociadas a instantes de intenso regocijo, a una luz de esperanza. Descanse en paz: le imagino eternamente dedicado a enigmas aún más hermosos que los que le ocuparon en esta vida.

martes, 25 de mayo de 2010

Bono, o de la hipocresía

¿Es normal que un personaje dedicado por entero y desde siempre a la vida política haya amasado la fortuna que se le adivina al presidente del Congreso? Por lo que se ve, sí. Resulta normal, porque en España las mentiras circulan en carroza, y con gran aplauso de amplios sectores del respetable público. Hay una especie de mentira honrada, de la que vive mucha gente, y algunos muy bien, como Bono. Nuestra vieja sabiduría de pueblo corrido, pero fingidamente ingenuo, nos enseña que lo importante son las ideas, y que de tejas abajo cada cual se las arregle como pueda. En este aspecto, Bono es ejemplar, casi único. Es lo más que se puede ser, una síntesis de todo: hijo de falangista y antifranquista, socialista y católico, populista y exquisito, cristiano de base y millonario, patriota y hombre de partido, persona risueña e indulgente, pero amigo de Garzón y de la justicia universal. Ha sabido conducir inteligentemente su vida; ha maridado con mujer bella y emprendedora, capaz de embolsarse, según se ha dicho, 800.000 euros al año con unas tiendas de abalorios, lo que la coloca, desde el punto de vista empresarial, muy cerca del milagro de los panes y los peces, cosa que gustará, sin duda a su marido. Bono ha desarrollado una política matrimonial para su estirpe digna de la de los Reyes Católicos, emparentando a los suyos con lo más de lo más, con carne de couché. A ratos libres, se ha hecho con una hípica en Toledo, es decir ha logrado el sueño que todos los buenos padres de familia tienen con sus vástagos: que si quisieren caballear puedan hacerlo en la hípica de papá, sin riesgos ni temores.

Malnacidos, calumniadores y otras especies de envidiosos, recelan de tanta fortuna y se malician que haya gato encerrado. ¡Qué enorme error! Sólo los muy tontos se mercan trajes de favor en sastrerías mediocres. Todo lo que ha hecho Bono es seguramente legal, más que legal, admirable. ¿Es que se puede reprochar a un líder político que tome decisiones que generen gratitudes eternas? ¿Es que acaso se va a establecer la prohibición de tomar medidas que beneficien al Bien Común, con mayúsculas, como lo pondría Bono, por el hecho, meramente casual, de que puedan lucrarse algunos de los amigos de quien las tome? No señor, lo primero es lo primero, gobernar para el pueblo, sin preocuparse del qué dirán, que tampoco es para tanto.

Estas razones están muy claras en la cabeza y el corazón de quienes veneran al manchego. Sus votantes saben bien que en Bono han tenido a un gobernante que ha mantenido a raya a los especuladores; que bajo su mandato solo se han recalificado terrenos que fuese imperioso poner en el mercado, por su calidad, o por su urgencia, siempre con motivo. Pueden seguir estando tranquilos porque jamás podrá sospecharse, y menos aún probarse, que la mano de Bono haya movido torcidamente raya alguna que trasmutase en oro terrenos que fuesen un erial, que haya convertido de modo interesado y parcial pedrizales estériles en fuentes inagotables de riqueza urbanística. Poco importa que en estas operaciones se hayan dejado unos euros de más por diversos recovecos, o que los españoles de a píe paguen el metro del pisito suburbano a precio de Manhattan. Contentos están ellos con que el urbanismo esté en manos progresistas, y con que los especuladores no hayan podido hacer su agosto a costa del sudor de su frente.

Lo que ocurre en este país de envidiosos es que la gente tiene ganas de manchar con calumnias la límpida ejecutoria de un político ejemplar, de alguien que persiguió de manera implacable a los traficantes del lino, a su antecesor en Defensa, a cuantos han desafiado su rigurosa ética civil.

Bono es un ejemplo moral, es la mejor parábola sobre las virtudes de la democracia, sobre su limpieza, sobre su trasparencia, sobre su incorruptibilidad. Toca ahora a los electores valorar cuanto se ha dicho, y tal vez se siga diciendo, sobre las indudables habilidades patrimoniales y gerenciales de un político que, como todo el mundo sabe, se ha dedicado exclusivamente a los demás, al servicio público.

Algunos pensarán que la justicia debiera intervenir en el asunto, tan extendida está entre nosotros la confusión entre la política y la ley, la judicialización del debate social. No habrá tal, apenas una pena de papel, porque la justicia emana del pueblo, dice la Constitución, y el pueblo ya ha hablado elocuentemente al ungir a Bono con sus votos.

Pese a tan espesas razones, el enriquecimiento de Bono es repulsivo, impensable en una democracia exigente y rigurosa. El canciller Kohl vive modestamente en un pisito, mientras Bono no sabe en cuál de sus mansiones pasará el próximo fin de semana. Hay que aprender a distinguir la ética de la legalidad, a juzgar independientemente de lo que tuvieren que decir los jueces, porque muchos de los atentados más graves al interés general se llevan a cabo con extrema pulcritud jurídica, aunque con no menor hipocresía.

[Publicado en El Confidencial]

lunes, 24 de mayo de 2010

Los excesos de las Cajas

Poco a poco, vamos comprobando cómo las Cajas de Ahorros han podido ser un auténtico puerto de arrebatacapas. Entiéndase, no trato de decir que los bancos sean instituciones ejemplares, y las Cajas inventos del demonio, no se trata precisamente de eso. La cuestión es que en las Cajas encontramos una especie de versión moderna del bandido popular, de esos que robaban a los ricos para repartirlo entre los pobres, solo que un poco al revés. Las Cajas han administrado, sobre todo, los dineros de gentes modestas, y no siempre han beneficiado a esas mismas gentes, aunque haya de todo. Han sido muchos los constructores, los amigos de los políticos, los personajes y personajillos de la vida pública, los que se han hecho con la parte del león. Es evidente que algunas Cajas no han caído en esas conductas, y que se han guiado por criterios más profesionales, pero otras muchas sí. Lo importante es que comprendamos que no pueden seguir existiendo unas entidades que manejan tanto ahorro popular, y que, en realidad, nadie controla, nadie salvo los que las administran. Como no tienen propietarios, ni se atienen a las leyes de las sociedades anónimas, las Cajas han podido ser el corralito de muchos políticos, el banco regional al servicio de los caprichos de la Autonomía que las tutelaba. Hay que acabar con todo esto, y no hay más remedio que hacer que las Cajas tengan dueño, respondan ante alguien, y dejen de ser juguetes políticos, coartadas para todo tipo de irresponsabilidades y paternalismos. A muchos les parecerá que esto es crudo capitalismo, pues que se le va a hacer. Lo que no me parece es que sea razonable que los españoles sigamos creyendo en el cuento de la buena pipa, en la función social de las Cajas, y en que los políticos no hagan otra cosa, como Bono, por ejemplo, que preocuparse de los problemas de los más débiles y humildes.

domingo, 23 de mayo de 2010

Una lección

El señor Mourinho ha dado ayer una lección, de fútbol, por supuesto, pero una lección que vale para algo más que para ganar partidos. Tal vez me equivoque, pero me parece que lo que hace Mourinho es lo siguiente:

1. 1. Adaptarse a lo que tiene

2. 2. Simplificar los objetivos: ir a ganar

3. 3. Mejorar el rendimiento de su equipo con ideas originales, pero sujetas a los principios 1 y 2

4. 4. Convencer a sus jugadores de que eso es lo que hay que hacer, y tratarlos con rigor y afecto

Como es fácil de ver, se trata de un vademécum que también podría aplicarse a la política, por ejemplo.

El resultado es que ha ganado cuatro títulos en dos años con una plantilla que no envidiarían ninguno de los grandes equipos españoles, que ha conseguido el triplete con el Inter, eso que hizo el Barça el año pasado y que parecía imposible, y que ha ganado dos copas de Europa con equipos que no eran claros favoritos.

Ahora parece que podría venir al Real Madrid. La pregunta es si le van a dejar hacer lo que sabe hacer, o si le tenderán trampas escasamente sutiles. Es posible que el Real Madrid quiera seguir viviendo de la retórica valdanesca, de la inflación florentiniana, del poder de la marca: en ese caso Mourinho no podrá hacer nada y acabará, más o menos, como el segundo Camacho, pero dudo que se deje.

El fútbol profesional es pasto de memeces, pero también la ciencia sufre de esa plaga, por ejemplo; quiero decir que, más allá de las bobadas que se oyen a hora y a deshora, el fútbol profesional es una realidad muy compleja y que hay quien sabe entenderla y manejarla, y quienes no. Mourinho, como Capello, por ejemplo, sabe de esto, y si le dejan trabajar con una plantilla, mejorable pero excelente, como la del Real Madrid, llegará lejos. Al tiempo.

sábado, 22 de mayo de 2010

Un viaje en tren


Hoy he pasado buena parte de la jornada a bordo de un tren, de Córdoba a Atocha, y de allí a Pamplona. He viajado cómoda y descansadamente, he podido leer y, sobre todo, he podido ver esa España que solo se ve desde el tren, esos paisajes húmedos y hermosísimos de Córdoba, de Ciudad Real, esos pueblos inverosímiles, de Guadalajara y de Zaragoza, varados en un pasado que nunca volverá, pero dignos y admirables.
Pese a lo mucho que me gusta el tren, no he podido evitar una sensación de congoja al comprobar cómo, en todo el día, un día laborable, no he visto un solo tren de mercancías en marcha, Es verdad que las líneas de alta velocidad son de ancho internacional y exclusivas para viajeros, y ese es uno de sus errores, pero pasan junto a estaciones de ancho español, en las que no se ve nada que se mueva, y, además, el viaje a Pamplona se hace usando parte de la red convencional.
El descenso de nuestro tráfico de mercancías es espantoso, no tiene igual en todo el mundo. Los españoles, es decir nuestros políticos, nos hemos convencido de que la alta velocidad es lo que se necesitaba, y hemos abandonado por completo lo que mejor nos hubiera venido, el potenciar el transporte de mercancías por ferrocarril. Se podría aprovechar el parón que se avecina en la inversión para abrir un debata sobre este punto. Tenemos trenes de lujo, no cabe duda, pero le estamos dando la puntilla al ferrocarril razonable, al interés de un transporte de mercancías que se podría mejorar mucho sin tan grandes inversiones. No sé si estamos a tiempo de rectificar, pero deberíamos hacerlo incluso a destiempo.

viernes, 21 de mayo de 2010

El chirimbolo



El alcalde de Madrid, solo o en compañía de otros, ha perpetrado una insigne fealdad en forma de chirimbolo en mitad de la ya desdichada Plaza de Castilla. Se trata de un artilugio feo y que, al parecer, se niega a hacer lo que se supone le daría cierta gracia, o sea, que no se mueve. Si el alcalde hubiese preguntado a los madrileños sobre el proyecto, como lo ha hecho el de Barcelona sobre la Diagonal, se habría llevado un buen susto, mayor quizá que el del catalán, pero como les pregunte sobre el resultado puede haber más que palabras.
En las ciudades como Madrid y Barcelona existe una curiosa dialéctica entre las ideas del consistorio y los intereses y los gustos del vecindario. A veces, ese disenso se limita a divergencias de orden estético, pero en ocasiones la cosa va a más. En una época de forzadas austeridades presupuestarias, las alegrías estéticas de los alcaldes son especialmente cabreantes, sobre todo si son feas de narices.
La cuestión de fondo es que los ayuntamientos van a tener que hacer una de estas dos cosas o, muy probablemente, las dos al tiempo: reducir sus bienes, servicios y jolgorios, y subir los impuestos al vecindario. Toda esa inmensa variedad de servicios sociales y culturales que muchos ciudadanos ni siquiera sospechan, está en el aire, y tal vez no sea para mal. Los ayuntamientos no deberían empeñarse en una imagen de la ciudad que les lleve a la megalomanía. Si de paso dejasen de hacer mamarrachadas como la del horrible chirimbolo de la Plaza de Castilla, pudiera ser que la crisis acabe teniendo algunas ventajas.

jueves, 20 de mayo de 2010

Garzón, español ejemplar

El término ejemplar tiene, en nuestra hermosa lengua española, dos acepciones muy distintas: un ejemplar es un caso típico de algo, y ejemplar se dice de alguien que debiera ser imitado. Se ve fácilmente que el genio de la lengua es muy optimista, porque sostiene ambos significados de la misma palabra. Bien está que la lengua, al menos, sea optimista, porque el panorama no está para muchas alegrías. La democracia española no ha podido beneficiarse del apoyo que presta, en otros lugares, una ética pública exigente, y ampliamente compartida. Entre nosotros, por el contrario, es muy frecuente tener, y no sentir empacho alguno, una concepción puramente patrimonial de los cargos, sin apenas sentido institucional. Garzón ha sido un personaje característicamente español en este sentido preciso: un juez al que parece haber importado bastante poco la situación de su juzgado, y la justicia ordinaria, lo que le ha permitido utilizar su cargo como un trampolín espléndido, cosa que, naturalmente, ha sabido aprovechar muy bien para cultivar su fama. Fruto de esa conducta ha sido la pretensión de que un juez de la nombradía internacional de Garzón, no pudiera ser juzgado por unos desconocidos. Sin embargo, hay muy pocas dudas sobre la respuesta que pudiera dar cualquiera si se le preguntase: ¿Prefiere caer en manos de un juez justo, concienzudo y anónimo, o de un juez famoso y descuidado?
Como tantos españoles, Garzón ha trabajado para sí antes que para cualquier justicia. En efecto, lo primero que piensan muchos españoles cuando acceden a un cargo es: ¿Qué voy a sacar yo de todo esto? Lo que debiera pensar, por el contrario, es: ¿Qué espera la sociedad española? ¿Cuáles son mis obligaciones? ¿Qué objetivos son los esenciales? La mayoría de los políticos no considera su cargo público como un servicio, sino como una cucaña que le permitirá a él llegar más arriba; este tipo de personajes no se ocupa de su función, sino de apoyar a su provincia, a sus electores, a sus militantes, y, cómo no, a sus amigos. Como es natural, esta clase de conductas suele revestirse de ideología, para evitar que se advierta su indecencia, y puede hacerlo porque la cultura política de los españoles está todavía muy subdesarrollada. Una buena mayoría de electores decide sus preferencias basándose, únicamente, en analizar lo que se les dice, no lo que pasa, o lo que les hacen. Somos herederos de una cultura barroca, declamatoria, adoradores de las grandes palabras, y estamos poco acostumbrados a lidiar con cifras, con experiencias, a ejercer el espíritu crítico. Las televisiones están haciendo estragos en esta tendencia al embobamiento, no en vano Zapatero ha sido muy generoso con sus problemas, y con nuestro dinero.
Una manifestación muy típica de esta conducta escasamente crítica es la tendencia leguleya a convertirlo todo en una discusión en la que no haya reglas claras, en que todo se pierda en mil vericuetos, para explotar la presunción de que se está defendiendo algo que está más allá de las disputas ordinarias. Las triquiñuelas, el tipo de argucias que ha intentado Garzón para evitar que el Supremo le someta a juicio, son un buen ejemplo de esa estrategia hipócrita, pero efectiva con los bobos. Este perderse en considerandos infinitos y en otrosís, favorece la ignorancia de la distinción esencial entre lo ético y lo jurídico; aquí se tiende a actuar como si todo lo que no es delictivo, fuese perfectamente lícito, aunque sea moralmente repulsivo. A eso ayudan las artes de la hipocresía, la mentira convertida en buena educación, el eufemismo elevado a sabiduría. Se sabe que algo está mal, pero lo esencial es que no lo parezca, que no trascienda. La mentira, decía ya Gracián, hace siglos, se ha asentado en la instalado en la corte; lo asombroso es que los que resultan perjudicados, y son legión, no se sientan llamados a desenmascarar a quien les toma miserablemente el pelo. Hace unos días, por ejemplo, al salir el Rey del Hospital Clinic, expresó su admiración por lo bien que estaba la Seguridad Social; pues bien, es asombroso que nadie haya reparado que el Rey no ha estado nunca en una lista de espera, y que, además, ha sido atendido en una zona privada del Hospital, pero claro no se va a llamar mentiroso a don Juan Carlos que trata siempre de ser tan simpático.
Cualquiera que haya sentido alguna vez la admiración que suscita la lucha por la justicia y la libertad, un movimiento que cierta izquierda pretende monopolizar sin demasiadas razones, no dejará de sentirse abochornado por algunas de las cosas que se han dicho estos días a favor de Garzón, como tampoco dejará de sentir pasmo ante la impavidez de Zapatero para afirmar una cosa y su contraria; tales son las artes que, al parecer, permiten pasar de oscuro secretario provincial, a presidente del gobierno. Estamos sobrados de esa clase de artistas, pero escasos de electores capaces de pensar por cuenta propia, más allá de los oropeles de Garzón, o las mañas de Zapatero.

miércoles, 19 de mayo de 2010

Vengan días, caigan duros

Hay días en que la actualidad es pródiga en ejemplos de generosidad y de altruismo, lo que desmiente esa visión pesimista de la vida que siempre lleva a sospechar de los poderosos, la mayoría de las veces sin motivo. Pondré dos ejemplos que, de manera harto casual, afectan a dos amigos, a dos personajes progresistas que se profesan un afecto tierno y duradero, a Bono y a Garzón.
Un amigo, que vive en los EEUU desde hace cuarenta años, me contó una vez que un tío suyo, médico, tenía una filosofía de la vida que se resumía en “Vengan días, caigan duros”, un optimismo pegado al terreno propio de quien ocupa una posición social en que, como le ocurría a él, cabe esperar que el tiempo pase y toda vaya bien.
Esa será, supongo, la actitud de José Bono, que lleva años viendo como se engrosa discretamente su patrimonio, sin hacer nada por evitarlo. Le caen los duros, porque la gente le regala caballos, le construye cosas gratuitamente, le ofrecen permutas ventajosas, le decoran las habitaciones, o porque la administración, siempre amigable, le recalifica unos terrenillos, aunque, eso sí, sin que nada de eso tenga que ver con su condición de mandamás político en Castilla la Mancha y en el PSOE. Véase, el último ejemplo que ha salido a la luz, la recalificación de una finquilla de Bono que le permitiría ganar cerca de un millón de euros, si decidiese venderla, aunque me parece a mí que le gustan mucho las fincas, y no la venderá. Bono debe ser un hombre feliz, porque apenas se le puede pedir más a la vida, ser decente, progresista, creyente en lo que conviene, poderoso, amado de los suyos y cada día más rico, sin haber cogido nada que no le perteneciese. Es maravilloso vivir en una sociedad que se las arregla para premiar de manera tan discreta y eficaz a sus buenos políticos.
El caso de Garzón también mueve a gozo. Resulta que el Consejo ha decidido concederle la posibilidad de trasladarse a La Haya, que es un lugar apacible y discreto donde Garzón estará muy a sus anchas haciendo justicia universal, y sin que nadie lo note, pese a que ese mismo Consejo le suspendiese como juez tan solo 24 horas antes. ¡Qué admirable resulta la sutileza cuando se aplica en beneficio del perseguido! ¡Qué enorme alegría para todos los funcionarios, aun los más oscuros, que ven cómo, en adelante, se les aplicará a todos ellos esta clase de beneficios! Digo esto, porque nadie debiera suponer que el Consejo haya actuado en esta ocasión sin los ojos vendados, dejándose influir por el hecho, anecdótico e irrelevante, a todas luces, de que Garzón sea, si es que lo es, juez, como quienes le han concedido semejante oportunidad. “Justicia para todos” debiera ser, y es, el lema de esta clase de órganos, y a ver si vamos aprendiendo a distinguir la justicia de la mera igualdad, y si no nos sale, pues a leer a Orwell, que es muy instructivo.

martes, 18 de mayo de 2010

Explicaciones ozorescas

La muerte de Antonio Ozores ha dejado al Gobierno sin modelo de comunicación. Siento emplear al bueno de Ozores, a un personaje excepcional, a un genio popular y simpático, en disputas políticas, y espero que él me lo sepa perdonar, pero no encuentro mejor analogía para caracterizar las explicaciones del Gobierno sobre lo que ha dicho Zapatero que van a hacer.
La diferencia principal está en que esa mezcla ozoresca de párrafos ininteligibles con fragmentos normales producía hilaridad, mientras que las explicaciones del gobierno suscitan una mezcla de indignación, pena y asombro, pero sin gracia alguna.
Sus defensores dicen que no saben comunicar, lo que resulta pasmoso dicho de unos sujetos que lo único que saben es algo de eso, como lo muestran los millones de adeptos que aún conservan. Yo confieso no haber podido contener la risa oyendo al cuarteto gubernamental (ZP, las vices y Corbacho) explicando lo de las pensiones; Corbacho, en concreto, ha dicho que el Gobierno sabe “preveer” muy bien lo que va a pasar en el 2012 y que, mientras tanto, hay que estar tranquilos. De pena.

lunes, 17 de mayo de 2010

Zapatero III

Algunas películas de éxito recurren al expediente de fabricar secuelas para explotar su tirón. Se trata de una estrategia basada en la insaciabilidad de cierto público, pero que respeta siempre una regla, a saber, no alterar el carácter del personaje principal. El caso de ZP es digno de estudio porque supone una violación de esa regla. Veamos:

Zapatero a secas, fue un éxito inesperado, pero a posteriori se le vieron hechuras al producto: la sonrisa, el talante, el buen rollo. Una especie de Peter Pan que venía después de un personaje algo más hosco y ese parecía su mayor atractivo, poca cosa, como se ve.

Zapatero II se aprovechó del tirón del personaje para presentarnos un tipo profético, el economista capaz de superar a Italia y a Francia, el amigo de Obama, el líder capaz de suprimir el paro, de firmar la paz con ETA, en fin, casi un milagro.

De repente, a mitad de temporada, se desencadena el caos, la gente ya no compra el producto, las cañas se vuelven lanzas, y la factoría de La Moncloa saca a la calle, en horas veinticuatro a Zapatero III, un hombre de estado, un tipo capaz de imponer sacrificios al más pintado, bueno, "a ese no, que es de los nuestros", pero a todo el mundo.

Me temo que el público vaya a salir corriendo de la sala y puede que hasta la apedree, pero, ¿tendrá un programa alternativo? ¿podrá cambiar de hábitos y ver alguna película galaica, por decir algo?

domingo, 16 de mayo de 2010

Carta de un funcionario

Un amigo verdadero, funcionario en un puesto modesto, trabajador, entregado, competente y decente, me escribe una carta quejándose de que la opinión pública les eche la culpa del despilfarro, del desastre. Me manda un escrito con el que dice solidarizarse. El escrito comienza diciendo, de manera un tanto sospechosa, “en los últimos días, la cloaca política y mediática neoliberal ha babeado de placer ante los ecos de una posible congelación salarial a los funcionarios. Sin embargo, nada sería más injusto que pasar la factura de la crisis a este colectivo. Así, en los momentos de hervor económico y ladrillazo, un encofrador podía duplicar el sueldo de un Técnico Superior de la Administración, y para conseguir que un albañil viniera a casa había, poco menos, que apuntarse en una lista de espera y cruzar los dedos”. Da la impresión de que al funcionario escribiente le cabrea más el jolgorio de los neoliberales que la reducción salarial que les ha colocado ZP. Transcribo lo que le contesté a mi amigo: Hay mucha verdad es el texto que me mandas, pero también mucha demagogia, y mucho maniqueísmo. Empecemos por lo último: resulta que las contraposiciones entre buenos y malos (los funcionarios y los neo-liberales, los que se inflaron con la construcción y los estudiosos opositores) sirven habitualmente para no analizar los problemas con algo más de finura. Lo principal que nos pasa no es que padezcamos un pésimo gobierno, que no es culpable de la crisis, pero sí es culpable de no haberla afrontado y de haberla empeorado con su gestión; no, más grave es todavía que haya tantos electores que no comprenden el mundo en el que viven, que, desde luego, no es mundo justo, pero nunca lo ha sido, aunque sea mejor que el de los años 30 o 60, por ejemplo.
No vivimos en una sociedad del mérito intelectual, de sobra es evidente. Pero los funcionarios no somos lo mejor de este país, ni siquiera los que se puedan considerar, con motivo, los mejores de su especie. Hay demasiadas pocas cosas buenas en España, y solo abunda el que quiere echarle siempre la culpa a los demás, especie en la que ZP es absolutamente ejemplar.
El aumento desmedido del gasto público es una de las razones por las que el gobierno está a punto de hacer naufragar el euro, porque en una situación de crisis el Estado debería haber dado ejemplo de contención, y es archiclaro que no lo ha hecho. Al dilapidar el dinero, se lastran las posibilidades de recuperación de la crisis porque no hay liquidez para continuar los negocios, ni hay nadie dispuesto a arriesgarse a emprenderlos nuevos. El paro no es la causa de la crisis, sino su consecuencia, y, luego, su agravante. Pretender que eso pueda arreglarse con mayor gasto público es una locura (planes E o Z o como se llamasen y cosas así).
Yo creo que es injusto cargar a los funcionarios con los costos, pero es el gobierno quien no se atreve a asumir otros recortes, porque van contra su política, y cree que los funcionarios no se volverán contra él, sino contra los neo-liberales y trampantojos similares. Es evidente que hay parar el gasto y que lo fácil, e injusto, es castigar a los pensionistas y los funcionarios, aunque no todos se merezcan lo que se ganan, como tú sabes muy bien. Sería deseable, pero es imposible, distinguir entre buenos funcionarios y una auténtica plebe de parásitos que ha crecido como plaga en estos años de democracia (imperfecta, por supuesto). A la muerte de Franco había 700.000 funcionarios; es evidente que eso habría de crecer, pero también es obvio que es absurdo suponer que se necesiten más de 3.500.000, si no me confundo de dato, sin contar con liberados sindicales y cargos políticos. Por hablar de lo que yo conozco, las universidades, los funcionarios públicos españoles, que son la mayoría de sus miembros, como yo mismo, no son capaces de hacer que ninguna de las españolas aparezca entre las 200 mejores del mundo, por ejemplo.
Son las subvenciones (que suman miles de millones) lo primero que habría que cortar, pero eso sí es incompatible con ser ZP. No sé si la gente sabrá aprender, pero discursos del corte del que me mandas hacen poco por la causa. Seguimos hablando. Un abrazo,

sábado, 15 de mayo de 2010

La religión del papel


En los años, casi juveniles, en que me dio por ser editor, trabajaba con un imprentero, lamentablemente ya fallecido, del que llegué a ser amigo. Era un tipo irrepetible porque era un loco, digamos, cervantino, es decir, perfectamente sensato y caballeroso, salvo cuando se le hablaba del papel; entonces entraba en trance y se veía perfectamente que, para él, el papel era lo importante y que, en comparación con el papel, lo que pudieran decir los libros era una fruslería. Pese a esa locura, le profesaba un enorme afecto porque era una bellísima persona.
Me acuerdo muchísimas veces de mi amigo Enrique cuando escucho las jeremiadas de los defensores de la imprenta y del papel como algo equivalente a la ciencia, la cultura y la libertad. Todas las técnicas poderosas han suscitado rechazos, y han procurado revestirse de respetabilidad. Una de las objeciones de fondo a la lectura digital, y a los aparatos que la facilitan, ha sido la supuesta existencia de determinadas dificultades para la lectura sobre pantalla, ignorando deliberadamente que la tecnología de tinta electrónica no produce cansancio alguno a los ojos; ese argumento, si pudiéramos llamarlo así, se suele adornar con diversas pamemas fisiológicas y semióticas sin mayor fundamento, como si el entendimiento, la sensibilidad, la reflexión y el espíritu crítico, que son las cualidades que ennoblecen la lectura, hubiesen aparecido en el mundo gracias a Gutenberg.
No hay más remedio que sospechar que el verdadero quid de la cuestión está en el interés por forzar la supervivencia de unas industrias acabadas. Además, se confunde un libro con un objeto, ignorando que los libros no son un mero mazo entintado de páginas, sino un conjunto de argumentos, de metáforas, de discursos.
La edición encontrará su papel con enorme claridad en el mundo digital, porque no se limitará a producir copias de una determinada composición en páginas y en tipos, sino a enriquece el libro con todo lo que enriquecerá su lectura, su comprensión, con lo que sea capaz de iluminar su significado y su influencia en cada momento. Los clásicos revivirán porque siempre habrá estudiosos dispuestos a editarlos, sin que se necesite el aval de un agente mercantil que calcule el coste de la impresión, el marketing y la distribución de lo que ya será para siempre su obra, no la del autor.
Ignorar las posibilidades que se abren a la edición, en el sentido propio y no mercantil del término, es un error imperdonable. Las perspectivas que se abren asustan, porque vemos cómo se desmorona un edificio de varios siglos, pero hay que perder el miedo a que las autorías se disipen, a que los escritores no puedan vivir de su oficio. El derecho principal de los autores es el derecho a ser leídos, y su remuneración no hará sino crecer en el nuevo entorno digital, que puede y debe aspirar a ser mucho menos mediatizado que el de la imprenta. Los dispositivos dedicados a la lectura han llegado para quedarse, aunque se desgañiten los agoreros, incluso en esta España tan propicia a las leyendas y que, a veces, parece tan desatenta a los argumentos esenciales.

viernes, 14 de mayo de 2010

Todo, menos prestar atención a lo que pasa

La suspensión del juez Garzón acordada por el Consejo General del Poder Judicial no debiera ser noticia, y, sin embargo, ocupa la portada de todos los medios. La salida del Sol no es noticia, y la suspensión de Garzón es de una normalidad casi astronómica. Lo que nos ocurre es que estamos tan acostumbrados a que acontezca lo anormal, y lo impensable, que cuando pasa algo razonable, el país se pone tenso, por si las moscas.
Estos días hay división de opiniones por las medidas del Gobierno para acallar a Merkel & Obama, y, tal vez, a los chinos. Lo que casi nadie dice es que es tremendo y humillante que esas medidas hayan tenido que llegar así. Sean, en cualquier caso, bienvenidas, y ojalá sirvan para prepararnos a lo que va llegar, tal vez antes de que acabe mayo.
Los funcionarios se quejan de la rebaja de sueldo, o eso dicen algunos que hablan en su nombre, y además es lógico, porque a nadie le gusta perder poder adquisitivo; pero nadie dice que es lógico que los funcionarios dejen de vivir en el reino de Jauja que les garantizaba Zapatero, un crecimiento salarial interesante, mientras el resto del país agoniza.
De todas maneras, estoy por creer que la crisis económica es el menor de nuestros problemas, y no me refiero ahora a ZP, aunque forma parte del paquete por méritos propios. Lo que realmente asusta es mirar de cerca nuestra ineficiencia, nuestras rutinas, nuestro desinterés, nuestra ignorancia. ¿Qué aportamos al mundo en 2010? ¿Cuáles son las razones por las que una economía global muy competitiva no debiera prescindir de España? Si cada uno de los funcionarios pensase seriamente si, en el caso de que de él y de sus bienes dependiese, contrataría a alguien para hacer lo que de hecho hace, es posible, que una ola de pánico y/o de decencia se adueñase de España. La pregunta se podría hacer también en muchas empresas, grandes y pequeñas, portentosamente ineficientes, que viven de milagro. Ese es el tipo de cosa que debiéramos pensar, si quisiésemos salir adelante por nuestras fuerzas, no por la piedad o el gobierno de otros. Porque, vamos a ver, ¿lo de Garzón a quién le importa de verdad?

jueves, 13 de mayo de 2010

El revés de la trama

Este era el título de una de las novelas de Graham Greene (The Heart of the Matter) que más me impactaron en mi juventud. Apenas recuerdo sus detalles, pero sí la honda impresión que me causó, a mis dieciséis años. Luego, fui educado en una cierta trivialización del tipo de equívocos morales que novelaba el quijotesco inglés. Aprendí a meditar sobre la realidad y la apariencia, estudie a los filósofos de la sospecha, aunque yo siempre sospeche de Nietzsche, sobre todo.
Por si faltara poco, he seguido siempre con interés la política, y creo haber aprendido a distinguir sus distintas retóricas. El caso es que ando preocupado estos días con el riesgo que corremos por el desvelamiento de un Zapatero capaz de cambiar de política, por el engaño perezoso de no ver más allá del humillante humo de la circunstancia. Cuando se baja el telón, es cuando mejor se perpetra el engaño, cuando el público se muestra más propicio a creer en la magia, y por eso es imposible hacer negocio revelando la carpintería del espectáculo. Vale, de momento.

miércoles, 12 de mayo de 2010

Equilibrios en el alambre

El día de hoy no es como para andar con bromas, ni con matices, pero me parece que precisamente en días en que la actualidad parece cegadora, puede ser interesante dedicarse a hablar de cosas ligeramente más sutiles.
Les voy a pintar un panorama de equilibrios entre la política, la justicia y la fama. Visto que el TS va a empapelar a Garzón, si no es que los justicieros internacionales se lo llevan en volandas y a tiempo, estaba cantado que el señor de los trajes, volvería al estrado. Los jueces tienen que ser justos, pero no están obligados a ser heroicos, y visto lo que les había caído a cuenta de don Baltasar, era muy improbable que se pasasen de generosos con el señor Camps.
Si hay un político en cuya defensa no gastaría una línea, es el presidente de la Comunidad de Valencia; creo que es casi imposible ser más torpe de lo que él ha sido, y creo que ha hecho, y parece que seguirá haciendo, un grave daño a su partido, y a España. Si no es un corrupto, que no lo sé, no cabe duda de que se ha conducido de la manera más idiota, ridícula y risible que se pueda imaginar, y solo por eso, en un país medianamente serio, no debería permanecer un minuto más en su puesto. Resulta sorprendente, sin embargo, que se pueda empapelar a alguien por meros trajes, mientras que al señor de los caballos, los dúplex y los variadísimos regalos de sus amistades inmobiliarias, no hay fiscal que le tosa.
Cuando se piensa en la democracia española es inevitable caer en la cuenta de que aquí, el poder, el verdadero poder, sigue siendo intocable.Nuestra tradición de oscurantismo, disimulo, retórica, mentira e irresponsabilidad, sigue intacta. Queda mucho para que podamos gozar de una democracia decente, pero no echemos la culpa a nadie, solo a nosotros mismos que lo consentimos con una mezcla absurda de pasividad, picardía y cinismo.

Justicia infinita

El juez Garzón ha decidido poner en la calle a uno de los líderes más significativos del entorno de ETA empleando unos procedimientos que recuerdan extraordinariamente a los afectados por las tres causas que contra él se están viendo en el Tribunal Supremo. Hay dos cosas que son obvias: la primera es que el juez Garzón será lo que sea pero no es incoherente; la segunda es que el señor juez tiene una idea bastante laxa de la relación que haya de guardar la justicia que imparte con la ley común.
El señor Diez Usabiaga ha sido liberado para que pueda asistir a su madre de acuerdo con la ley de dependencia. Sin embargo, según se ha sabido, no se han cumplido los trámites oportunos para que sea aplicable esa exención de cárcel, y se da la circunstancia, además, de que el afecto maternal del líder no ha sido lo suficientemente intenso como para pasar a saludar a su madre, más de una semana después de ser liberado, además de que el amoroso dirigente tiene dos hermanas que muy bien hubieran podido ocuparse de su señora madre. Aunque según el aforismo clásico, dura lex, la ley sea dura, ya se ve que también puede ser muy oportuna, siempre que Garzón esté por medio.
Una vez más, el juez Garzón se ha salido del camino común para aplicar una justicia sui generis, algo que en manos de cualquier otro sería considerado, probablemente, como delictivo. Garzón aplica una justicia sin tasa, sin límites, infinita. Muchos recordarán que Justicia infinita fue el nombre que, de manera notoriamente impía, adjudicó el señor Bush a una de sus operaciones bélicas en desiertos lejanos. No pretendo molestar a los numerosos admiradores de nuestro benemérito juez empleando para sus decisiones un titular tan malsonante, pero son cosas que pasan.
Garzón no reconoce límites ni quiere tenerlos a la hora de aplicar su fino instinto judicial a los complejísimos casos que le caen en suerte. Volvamos al líder del entorno etarra; cualquiera entenderá que no se trata de un preso común, sino de un recluso excepcional. ¿Es lógico que se apliquen a seres excepcionales normas tan comunes y romas? ¿Para qué pudiéramos querer un juez de la notoriedad de Garzón si no le fuere lícito interpretar la ley de acuerdo con su acendrado espíritu de Justicia? Garzón es un juez que no conoce límites ni fronteras; por ello tiembla Ben Laden, al que ha empapelado en un rasgo de valor indudable, y otros delincuentes de su porte apenas se atreven a salir a la calle.
El magistrado de las X no reconoce otros límites que los que él se imponga, y que cree que para hacer justicia no se puede andar uno con zarandajas. Recordarán ustedes cómo Garzón ha estado, en pleno ejercicio de sus derechos y sin olvidarse nunca de sus altísimas responsabilidades (otra cosa es que se le hayan pasado por alto un par de detalles burocráticos, que, en realidad, nadie debería exigir a figuras excepcionales como él), en una conocida universidad de Nueva York, y, de paso que ha ampliado su fabulosa formación jurídica, se ha empapado de la idea anglosajona de que los magistrados han de interpretar la ley, sin dejarse llevar por lecturas restrictivas del efecto benéfico de la justicia, universal, por supuesto.
Lógicamente, convencido como está de la necesidad de modernizar la justicia para salir en el telediario, ha debido pensar que ya está él ahí para decidir lo que haya que limitar, en cada caso, y lo que pueda y deba ser ilimitado para el beneficio de la justicia, universal, por supuesto. ¿Qué el expediente de Usabiaga no está completo? Ya se completará, si hiciese falta. ¿Qué el líder no tiene tiempo de atender a su mamita? Lógico, porque tendrá muchas obligaciones que atender, pero nadie debiera dudar de que la madre estará muy aliviada con su hijo por las calles, lo que satisface, sin duda alguna, la intención de fondo de la ley de dependencia, aplicada con amplitud de miras.
Los españoles podríamos ser muy injustos con Garzón si nos olvidásemos de su condición excepcional, de su costumbre de sobrevolar la legislación en beneficio de la justicia infinita. No hemos sabido ver lo que continuamente hace por todos nosotros y por nuestras instituciones, por los Gobiernos de izquierda, por los Bancos que saben ayudar a las universidades prestigiosas, por los magnates de la prensa, por los príncipes de la paz que tratan de superar el conflicto vasco, en fin por la justicia, infinita, por supuesto.
¿Cómo se puede pretender que la justicia, además de ciega, tenga las manos atadas, cuando el crimen sea tan inquietante, por ejemplo, como el de los engominados? ¿Acaso el público no comprende que, a base de garantías, se pueden acabar escapando y que se crearía un agravio con el PSOE de Filesa? ¿Es que queremos estigmatizar al más diligente de nuestros jueces que, de tanto trabajo que tiene, no acierta a quitarse el caso Faisán de encima? Pues bien, así no hay manera de hacer la justicia infinita que le gusta a Garzón, conviene que se sepa.

lunes, 10 de mayo de 2010

El PP baja en las encuestas

Con la que está cayendo, como decimos los castizos, resulta que el CIS ha desvelado que el PSOE sube en las encuestas, y el PP baja. Muchos se han apresurado a hablar de la cocina del CIS, y hay que reconocer que algunos datos de la encuesta resultan sumamente sospechosos. Yo creo, sin embargo, que el PP haría mal desatendiendo esta clase de signos, pero últimamente me equivoco bastante cuando opino sobre lo que le conviene al PP, para no hablar de lo que al respecto creen sus dirigentes.
Lo que yo veo es que el descontento de los electores del PP con Zapatero es mayúsculo, y también el de otros muchos que tuvieron la debilidad de votarle. También veo que esos mismos electores no acaban de estar encantados de las cosas que dicen, y hacen, Rajoy y el resto de portavoces del PP. En esta situación, bien pudiera pasar que la crisis dejase de agravarse, que ZP pasase por el aro de lo que le impongan Merkel y Sarkozy, y que el PP se quede casi sin discurso. Sé que ZP tiene casi tanto carácter como el escorpión que viajaba con la rana, pero también recuerdo sus contorsiones. En fin, que no las tengo todas conmigo, y temo que el declive de las encuestas pueda ser algo más que un efecto escénico, pero a lo mejor lo pienso porque me dejo convencer por los que creen que no servirá de nada votar al PP de Rajoy. Espero, por el bien de todos, que las cosas cambien.