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sábado, 29 de mayo de 2010

Cataluña y los catalanes

Soy lector habitual de prensa catalana, ahora que Internet permite ojera muchos periódicos sin gastar una fortuna. Está claro que desde Cataluña las cosas son un poco distintas, lo que me parece interesante y lógico. Estos días en que el protagonismo de un político catalán ha sido muy alto, es interesante comparar lo que se dice desde algunos medios catalanes y lo que se dice en Madrid: en ningún caso es para tanto. Enric Juliana que es un comentarista muy interesante, habla de que la Marca Hispánica ha salvado de nuevo a España y a Europa. Aunque no lo dice, supongo que pronto asomarán los reproches por falta de gratitud. Algunos madrileños han hablado, por el contrario, del carácter fenicio de los catalanes. Ni tanto ni tan calvo.
El qué votar estos días al plan de recortes de Zapatero ha sido asunto muy controvertido, y es insensato pretender que sólo había una respuesta lógica, porque todas lo eran, dado lo espantoso de la situación. Me gusta creer que lo que ha pasado pudiera responder a alguna especie de concertación, quizá inconsciente, pero no estoy seguro de cómo haya sido la cosa.
Hay que ser muy poco perspicaz para no ver, en todos los órdenes, diferencias entre Cataluña y el resto de España. Tampoco es ningún secreto que para muchos catalanes el cultivo de esas diferencias es esencial. Sin embargo, por paradójico que parezca, esa actitud, que supone vivir mirando de reojo al otro, demuestra mucha mayor subordinación que independencia. La exageración de las diferencias fingidas se ha convertido, sin embargo, en una industria de éxito en Cataluña, tal vez el único gran éxito empresarial del que puedan presumir en los años de democracia. El resultado ha sido una Cataluña política deforme. Deforme, en primer lugar, respecto a la sociedad catalana, a la que representa, y deforme, sobre todo, respecto al ideal de democracia liberal, que se ve prostituido por el culto al artefacto de la identidad forzosa de la que vive buena parte de la clase política y hay que lamentar que, en demasiadas ocasiones, haya servido para acallar cualquier atisbo de discrepancia, de pluralidad. Puede que en esta concreta ocasión, el complejo montaje de lealtades y correspondencias haya rendido, sin embargo, un servicio a todos.

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