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martes, 4 de mayo de 2010

La hipocresía

Escribo bajo la impresión que me produce el contacto con algún que otro hipócrita, uno de esos tipos de los que puede decirse aquello de “ni una mala palabra, ni una buena acción”, una expresión que, por cierto, oí por primera vez referida a Zapatero, y de boca de un correligionario suyo. Se trata de personas indudablemente hábiles, lisonjeras, prontas a exhibir sus mejores prendas. Supongo que el auténtico hipócrita tendrá que serlo, sobre todo, consigo mismo, alguien que huirá como de la peste del examen de conciencia, de la más ligera oportunidad de que cuestionarse su estrategia. Entre españoles, que pese a lo peligrosas que sean este tipo de generalizaciones, solemos ser escasamente proclives al debate, a la racionalización, a organizar las cosas con buen sentido, el hipócrita se maneja muy bien, porque no necesita dar explicaciones de ningún tipo. Como, entre nosotros, las teorías están de más, porque suele bastar con repetir lo que nos parece, el hipócrita puede lucir con solemnidad y empaque la bondad de sus motivos, su altruismo, su inmensa bondad. En un mercado en el que las razones cotizan muy a la baja, el hipócrita puede lucir con esplendor inusitado. Su figura produce, sin embargo, hastío, porque carece completamente de interés. Puede que haya un cielo para los hipócritas, pero me temo que será ese cielo aburrido de los chistes.
Yo sé de sobra que la vida social exige un cierto grado de ficción, de hipocresía, pero eso debiera quedarse en las buenas maneras, en poco más. El auténtico hipócrita no se conforma, y llega a creerse que los demás no le conocen cuál es, que el disimulo educado equivale a la admiración por la excelencia de sus motivos e ideales, por la ejemplaridad de su conducta. Puede que eso suceda con los muy memos, pero para el común de los mortales, el hipócrita, además de aburrido es realmente repulsivo.

2 comentarios:

Teresa dijo...

Pues como la mayor parte de las veces, estoy de acuerdo con usted, y como la mayor parte de las veces tengo que seguir luciendo mi pesimismo habitual en estos tiempos.
El otro día tuve una conversación con un cargo de la administración que me comentaba que no se fía de nadie, ni por arriba, ni por abajo, ni por la izquierda ni por la derecha (no me refiero con esta expresión al plano político, sino al horizontal). No es nada nuevo, ni sorprendente. Lo sorprendente es como se miran todos, como se sonrien, como se dicen lo bien que lo hacen, lo bien que hablan. Como se apuñalan con cada palabra no pronunciada, y como se guardan de estas, y de expresar aquellas que puedan reflejar la inutilidad de sus cerebros. Mienten más que hablan, o no mienten pero ocultan. Te trasladan sus errores y fallos con una elegancia y un desparpajo tan apabullante que te hacen sentir el más imbécil de los mortales, aunque la mayoría acaban de salir del cascarón. El caso es que es tan contagioso que se ha extendido como la espuma a cualquier estrato social. Nadie se fía de nadie, todo el mundo está a la defensiva no vaya a ser que por decir lo que piensas te busques un cese o un problema . Y yo de eso se bastante. Aunque como ya le dije en alguna ocasión, casi que me paso al lado oscuro, porque lo demás, en estos momentos de gobierno de la Vio-Masa, es un suicidio en toda regla.

José Luis González Quirós dijo...

Querida Teres:

Es cierto que nuestra sociedad es muy paralítica en las formas de expresión, seguramente porque lo que más nos interesa es el poder y no las razones. Supongo que la hipocresía tiene también que ver con eso, con el intento de sostener una imagen de lo que no somos pero de la que podemos disfrutar, aunque sea ilegítimamente. La gente prefiere disfrutar, aunque sea con violencia y engaño, que atenerse a la sobria verdad, sobre todo cuando les deja en cueros. Saludos,