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viernes, 28 de mayo de 2010

Lo que Bono nos enseña

Entre quienes no comparten las ideas de la izquierda es muy normal pensar que su fundamento resida en la envidia, en la pasión por la igualdad. Me parece que, a día de hoy, en la base de la mentalidad izquierdista, la envidia ha sido sustituida por otra pasión, a saber, la autocomplacencia, el regodeo en la propia excelsitud. Todo buen izquierdista está encantado de conocerse.
Piénsese en el caso Bono, por ejemplo, un líder muy característico de la izquierda. Pedirle a Bono que fuese envidioso sería realmente notable. ¿Qué va a envidiar quien todo lo tiene? Bono es un político de éxito, un admirable y discreto gestor de su patrimonio que ha conseguido amasar una fortuna sin renunciar a sus inquietudes sociales. Provisto de un singular tino para las buenas relaciones y los negocios familiares, ha conseguido una posición económica envidiable, mientras brilla con luz propia en un partido que, al menos nominalmente, es obrerista, es decir, escasamente aficionado a las hípicas, los Cayennes, o las monterías. Por asombroso que parezca, los votantes y militantes del PSOE que, por lo general, seguirán sintiendo cierto recelo frente a los propietarios de dúplex y áticos en zonas de lujo playero, encuentran en Bono un modelo, lo que también abona la idea de que, en la izquierda, de haber envidia, es una planta trepadora. Pero ni Bono tiene nada que envidiar, ni si la envidia fuese el motor oculto del socialismo podría entenderse su ascendente izquierdista. Bono está, en cambio, encantado de ser quién es, de saber ser todo para todos, y esa satisfacción suya se refleja en el entusiasmo de sus votantes, unos tipos listos a los que él no deja de alabar por su sabiduría al haberle preferido.
Ahora bien, la autocomplacencia es siempre una forma de ceguera. Seducidos por su maravilloso recetario, algunos izquierdistas no suelen caer en la cuenta de detalles que puedan afear sus teorías. Volvamos a Bono, por ejemplo; apenas cabe duda de la excelencia de su pensamiento político, una síntesis creativa que acoge cuanto haya de bueno por la izquierda, la derecha o el centro. Nada le es ajeno al pensamiento de Bono. Otra cosa fuere que nos fijásemos en su conducta, al menos en lo que no aparece a primera vista; entonces el panorama tal vez no resultase tan halagüeño, porque, más allá de triquiñuelas y montajes, la pregunta esencial debiera ser si se puede tener por normal que un personaje dedicado por entero y desde siempre a la vida política haya podido amasar una fortuna como la del simpático manchego.
¿Cómo es posible que un político pueda enriquecerse de manera tan obvia sin que salten las alarmas sociales? La clave está en una de las características más singulares de nuestra cultura política. Nuestra vieja tradición nos ha enseñado a venerar las palabras, y a subestimar los cálculos, que siempre nos parecen algo mezquinos. Nuestra cultura barroca se extasía con el tipo de razones que se caricaturizan en el Quijote, con esa mezcla garbancera de refranes y locuciones pretenciosas en las que Bono es un auténtico maestro. En este clima intelectual, se tiende a creer que lo único importante son las ideas, y que de los hechos no merece la pena ocuparse. Si a eso se añade el que reservemos a los jueces el dictamen sobre la honestidad de los políticos, es normal que nos cueste sospechar de alguien que se haya enriquecido de manera tan obvia, sin trampa aparente, y al que nunca van a molestar los jueces y fiscales, tan entretenidos como están en otros menesteres. El caso es que, aunque tendamos a sospechar de cualquier riqueza, sospecharemos menos de quien esté revestido de una responsabilidad institucional tan alta. Seguro que muchos españoles han podido pensar “hay que ver que tío tan listo”, al enterarse de las proezas económicas de Bono, y algunos habrán podido ver envidia, precisamente, en quienes se han asombrado de la extraordinaria habilidad de Bono para ir tejiendo una fortunilla.
Creer a pie juntillas en la indiscutible excelencia de quienes profesan nuestras mismas ideas, incapacita para cualquier sospecha sobre la moralidad de la conducta de un líder de ideario tan explícito como Bono. Quienes no distingan entre el ideario y la ética, ni entre la ética y la legalidad, jamás comprenderán que su entusiasmo sirve de muro tras el que se pueden ocultar los mayores escarnios a la decencia y a la democracia. El dogmatismo ideológico y la mentalidad de partido impiden ver cómo puede haber acciones que sean, a la vez, jurídicamente pulcras, o al menos pasables, y asquerosamente corruptas. Sin embargo, sería muy fácil reparar en que los ladrones siempre se escudarían, si pudiesen, tras la capa de un Obispo, la espada de un general, o las ideas de un demagogo. Bien está el respeto a la presunción de inocencia, pero sería excesivo seguir creyendo que los niños vienen de París.
[Publicado en La Gaceta]

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Olvida usted algo Don Jose Luis, existen gentes que se consideran muy de izquierdas, que viven con escasos recursos, que no aspiran al cayene,etc, y que por supuesto no roban. Pero son profundamente sectarios, unos iluminados muy peligrosos, con una mentalidad nihilsta aterradora, que solo aspiran a posiciones de poder, por el cual estarían dispuestos a cualquire cosa, no por lo que puedan construir sino por lo opuesto, por lo que el poder da para encizañar, destruir, etc.

Estoy hablando como puede usted imaginar de nuestro presidente. Yo estoy seguro de que el dinero y la posición le dan absolutamente igual, si en algún momento los tiene son puramente instrumentales.

Los imanes de los islamistas radicales funcionan igual. Pueden estar muriéndose de hambre mientras se sientan sobre un montó de dinero que no tocaran porque lo usarán para comprar armas o información sobre donde hacer mas daño.

El bajo clero medieval que obligó a los reyes Católicos a echar a los judíos fué igual.

En todos ellos reside un profundo resentimiento.

En el caso de los de la iquierda que ahora nos toca padecer creo que lo que mas envidian es el poder ¿moral? de la iglesia.

Les encantaría tener un Papa, les encantaría poder crear mandamientos morales y enviar al infierno, previa tortura y quema de los que ellos considarasen incumplidores o mas bien herejes.

Les encantaría tenernos enfila para que les confesáramos nuestros pecadillos y mas aún ponernos penitencias (esto para ellos sería sublime), ademas de oficiar actos sociales bautizos, comuniones, bodas y entierros.

Y por supuesto anunciar cada dos por tres el fin de mundo (como los ecologetas) por culpa de nuestros pecados.


No, no es simplemente el dinero lo que mantiene a Chavez o Evo Morales.

Ha todos ellos les habría gustado ser Papas o al menos obispos en la edad media.

Y me reitero, no solamnte por el poder temporal.

Anónimo dijo...

Los políticos españoles han aprendido la sutil diferencia entre moralidad y legalidad.

Moralidades hay muchas, tantas como personas. Aunque el individuo tienda a agruparse en marcos colectivos más o menos comunes según sus creencias o para de realizar sus ideas. Y hay moralidades legales (casi todas) e ilegales (muy pocas).

Legalidad sólo hay una, la ley escrita y establecida, siempre sujeta a modificaciones según convenga o interese al grupo mayoritario. Y puede ser moral o inmoral, depende del grupo. Sin embargo toda ley ¡admite tantas interpretaciones¡, incluso algunas completamente inmorales como hemos podido comprobar en los últimos meses. Lo cual nos lleva a concluir que todo depende de la moral, hasta la aplicación de la ley.

Por esto los políticos saben que administrar los recursos públicos (impuestos, patrimonio, etc.) les puede reportar beneficios legales, aunque otros los vean inmorales. El límite lo marcan ellos según su propia moral, igual que el que aplica la ley. O como máximo, según la moral colectiva del grupo al que sirven (o del que se sirven).

No conviene confundir legalidad y moralidad y los políticos lo saben. Pero para eso votamos los individuos cada cuatro años a quienes queremos que administren los recursos públicos, nuestros valores compartidos en definitiva. Y a la hora de votar conviene tener memoria de largo alcance, no sólo de los últimos cuatro meses. Pero últimamente esto es complicado, sobre todo si un individuo se ha agrupado en un colectivo y tiende a confundir moralidad y legalidad.

Aunque todo se puede conseguir. Dependerá de la madurez que adquiera la sociedad, y una crisis como la que padecemos despierta muchas dudas en el individuo.

José Luis González Quirós dijo...

Para Anónimo 1. Estoy completamente de acuerdo con su descripción espiritual de muchos de los izquierdistas de manual que hay por aquí.

José Luis González Quirós dijo...

Para anónimo 2. le deseo que acierte y el público aprenda a distinguir los discursos de las conductas. Muchos están tan ciegos que son incapaces de verlo.