Página del autor

Pincha aquí si quieres ir a la página del autor

miércoles, 30 de junio de 2010

Lo que el burka oculta

Estamos tan atentos a las peripecias de la economía, que se nos escapa la importancia de cuestiones de menor apariencia, pero de gran trasfondo. Una de ellas es la que gira en torno a la discusión sobre si hay que prohibir el burka, o no. El caso del burka resulta, como veremos, una metáfora de nuestra escasa vitalidad para afrontar cuestiones decisivas. No debiéramos extrañarnos porque la política en España consiste con gran frecuencia en una especie de jibarización de los problemas, en reducirlos al tamaño que resulta adecuado para que no se lesionen, ni levemente, los intereses de los partidos.
El burka es un instrumento de ocultación, una prenda que evita la mirada, la evidencia. Pues bien, del mismo modo que el burka esconde la figura femenina, muchas opiniones que se vierten sobre el caso sirven para ocultar asuntos que asustan, de los que huimos como de la peste. Muchas de las opiniones que se vierten sobre su uso nos apartan de contemplar la complejidad y el calado del problema que nos plantea, un problema que, siendo grave en cualquier parte, es especialmente espinoso en España debido a nuestra situación geográfica y a nuestra herencia histórica.
Hay, al menos, tres puntos de vista sobre la cuestión que sirven más para confundir que para aclarar, que crean una confusión que habría que soslayar. El primero de ellos es el de la libertad de vestimenta, un principio que nadie discutiría entre nosotros; el segundo es el de la libertad de ostentar símbolos; el tercero es el de la libertad religiosa. Desde ninguno de esos puntos de vista habría nada que objetar al burka, porque los tres principios son de aplicación en un espacio en el que rija el respeto a la libertad, a eso que tan brillantemente definía Hayek al afirmar que la libertad consiste en que siempre pueda haber personas que hagan lo que no nos guste.
No nos atrevemos a reconocer con claridad los problemas que el burka nos plantea, porque nos enfrentan con argumentos distintos a cualquiera de los otros tres. El problema más obvio es el de si podemos consentir que en nuestro ámbito civil se dé marcha atrás al estatus de igualdad entre hombres y mujeres, cosa que, indefectiblemente haríamos si estuviésemos dispuestos a tolerar la exhibición pública de desigualdad y sometimiento que implica el burka. Parece evidente que no debiéramos tolerar esa discriminación, del mismo modo que no deberíamos oficializar la poligamia, consentir la ablación del clítoris, o mirar para otro lado si se castigara físicamente a una adúltera, o a un homosexual.
El segundo problema es más insidioso, porque, de manera escasamente gallarda, miramos para otro lado y tendemos a no ver lo que nos asusta. Sencilla y llanamente, el burka es un instrumento de conquista de nuestro espacio cultural, un comando moral en tierra extraña, un emblema de lo que acabaríamos siendo si no supiésemos reaccionar adecuadamente ante un riesgo mortal para el porvenir de la democracia liberal. La tolerancia con el burka significa la admisión en el seno de nuestra sociedad de comportamientos colectivos que atentan a nuestros principios culturales y políticos, y que, si llegasen a ser mayoritarios, cosa que demográficamente es perfectamente factible, acabarían, sin duda alguna, con nuestras libertades, tal como hoy día las conocemos y gozamos. La candidez y cobardía con la que damos por buena la admisión del burka profetiza nuestro sometimiento a una invasión, primero demográfica y cultural, pero que, inmediatamente se convertiría en dominación legal y política, una amenaza frente a la que debiéramos reaccionar cuando aún podemos hacerlo. La incapacidad para reconocer los problemas es uno de los síntomas principales de cualquier decadencia.
Es literalmente ridículo pretender que el problema del burka pueda abordarse a base de recetas vagas, de consideraciones inspiradas en principios delirantes. Eso es, justamente, lo que ha hecho el Gobierno ante una propuesta del Senado. Fíjense lo que ha dicho la ministra Aido, y cito literalmente: “La pregunta que nos tenemos que hacer es si también queremos condenar a las mujeres que tienen que llevarlo puesto. Yo considero que las mujeres que tienen que llevar el burka son víctimas del burka y creo que una prohibición general podría añadir más penalización, precisamente, a las víctimas del mismo”.
Son palabras que expresan una mezcla deletérea de ignorancia, sospecho que consciente, y de impotencia. Suponen un descalabro de cualquier lógica decente, y expresan con claridad la renuncia del Estado a imponer el orden legal. Son un canto a la rendición, con la esperanza de que los nuevos dueños respeten en un futuro no tan lejano los servicios del nuevo Conde Don Julián. Soy consciente de que el lector pudiera pensar que estoy exagerando, pero no más que quienes tratan de reducir este asunto a la condición de pelea de patio de vecinas, a un asunto en el que la señora Aído pueda tener algo que decir.

martes, 29 de junio de 2010

La asimetría sindical

Hoy es uno de esos días en que se puede comprobar en Madrid cuál es la forma de comportamiento de los sindicatos. Una huelga de origen político, no pueden con Esperanza Aguirre, hace que sufran millones de trabajadores, muchos de ellos con una situación personal y laboral infinitamente peor que la de los huelguistas. A los capos de los sindicatos les importa un carajo el sufrimiento de los que llaman sus hermanos, sus compañeros, lo único que intentan es que el Gobierno de Madrid se rinda ante sus métodos. Espero sinceramente que no lo consigan. De cualquier manera, debería estar claro que no están ejerciendo un derecho, sin abusando de ellos, bordeando el delito, sino es que delinquiendo a pleno sol por saberse, o creerse, intocables.
Los motivos que esgrimen no pueden ser más atrabiliarios. Resulta que un convenio firmado por ellos no puede ser alterado por un Decreto de Cortes tomado como medida ante la gravedad de la crisis, una crisis de la que los dirigentes sindicales son más culpables que víctimas. Lo de la soberanía siempre les ha importado un pito a los poderes fácticos sindicales, a los que tienen su propio ejército piquetero. Creo que la cosa está clara, dolidos por el fracaso en la huelga de funcionarios, y temerosos del fiasco que será la huelga general, han decidido, con esa lógica marxista cañí en que son maestros, abofetear a Esperanza Aguirre que no es de los suyos, y demostrar a su costa que tienen mucho poder, que ellos mandan cuando quieran y lo que quieran. Así seguirá siendo, mientras se lo consintamos.

lunes, 28 de junio de 2010

El parto de los montes

La sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto catalán ha necesitado cuatro largos años de gestación y, pese a parto tan tardío, parece haber decepcionado a todo el mundo. Políticamente es el último de los legados de la pesada herencia de Zapatero, un muerto todavía cuasi-viviente, pero ya con un balance muy oneroso. Sin su sombra inconcreta y absurda hubiera sido imposible el Estatuto y, desde luego, nos habríamos ahorrado el espectáculo de una sentencia, que seguramente resultará tan inútil como equívoca.

No conozco el texto ni tengo autoridad constitucional para juzgar sobre los detalles técnicos de la sentencia. Sí me parece memorable el que haya que interpretar un término tan claramente inconstitucional como el de nación, pero eso se debe a que el TC está poblado de juristas y carece de lógicos y de lingüistas, gentes que, en alguna ocasión, al menos, tienen la elegancia de rendirse a la evidencia, lo que no es el caso de los abogados, con perdón si el término pareciere despectivo.

Por lo demás asistiremos a un genuino espectáculo español: el de oír largamente cosas absolutamente contrarias sobre un texto supuestamente preciso: imagino que esa ha podido ser la intención de alguno de nuestros imaginativos y dóciles jueces.

domingo, 27 de junio de 2010

La última cima

El “boca a boca” de los amigos me ha llevado a ver una película inusual, tanto por el tema, la vida y el testimonio cristiano de un cura madrileño fallecido recientemente, como por el tratamiento documental. La sala estaba casi llena, y el público aplaudió al final, cosa cada vez más infrecuente, sobre todo en una peli española. La película es un acierto. Muestra una vida desde su intimidad, no desde fuera, y esa vida resulta ser un caso admirable de vocación religiosa. No es fácil retratar la religiosidad, tan habitualmente confundida con una serie de tópicos y de prejuicios, tan ajena a las vidas de la mayoría, incluso de las de los creyentes. La personalidad del cura retratado, Pablo Domínguez, ayuda mucho a huir de buena parte de esos tópicos porque era un hombre de una personalidad arrolladora, activo, simpático, encantador y excepcional en casi todo.
Que la gente hable, como lo hacen muchos de los testigos de su vida, con naturalidad de sus sentimientos, de sus problemas, de su esperanza, y que lo haga con palabras corrientes, sin “tologías”, como diría Sancho, ayuda mucho a entender lo que movía a Pablo. El sentimiento religioso es un elemento esencial de una vida humana cuando se vive de manera inteligente y reflexiva, cuando se supera el cuadro ideológico y cultural en el que la religión se confunde necesariamente con una superchería.
Lo que nos muestra La última cima es que ser cristiano debiera ser un modo de vivir en el que nada humano pueda resultar ajeno, una esperanza que nada pueda defraudar, y menos que nada el mal ejemplo que podamos dar los que nos tenemos por cristianos. Pablo Domínguez era un sacerdote con una excepcional formación intelectual cuyo ejemplo luminoso debió ser fácil de seguir porque no hablaba desde ninguna cátedra, desde ninguna tribuna, desde ningún poder, sino que daba testimonio de una verdad simple, sencilla y admirable, de cómo es posible amar a Dios y seguir el ejemplo y la doctrina de Jesús sin rarezas, sin dramatismos barrocos, sin confundir la vida con ninguna liturgia incomprensible.
Me temo que esta película la verán más, quienes no necesitarían verla, y menos los que más podrían aprender de ella, tan severa es la censura intelectual y moral con la que muchos se distancian de la religión, del cristianismo; el director se dirige, sobre todo a estos últimos, a quienes creen a píes juntillas las leyendas antirreligiosas y los mitos que presentan a los sacerdotes como gentes amargadas y cobardes, ávidos de prohibir y de mandar, a quienes han dejado de ser cristianos, o eso creen; muchos no la verán, y se perderán con ello una estupenda oportunidad para poner en cuestión sus propias vidas, pero tampoco es magro el beneficio que obtendrán los que estén cansados del camino y sepan ver en Pablo un ejemplo convincente y atractivo sobre qué es lo único importante.

sábado, 26 de junio de 2010

Una esperanza razonable

Me parece que gran parte de los comentarios ante los tres partidos disputados por la selección española en el Mundial de fútbol de Sudáfrica han estado mucho más inspirados por la histeria que por el buen sentido. El fútbol es pasto propicio para las pesadillas de los chiflados. Hay manías pasionales y las hay técnicas: supongo que todos tenemos la experiencia de lo que puede dar de sí un loco experto, perito en cualquier quimera compleja. En el fútbol se potencian ambas especies de manías, de modo que lo que resulta insólito es un comentario sereno de lo que se ha visto. Este parece ser, por cierto, uno de los puntos fuertes de Del Bosque, un tipo que muchas veces da la sensación de no haber inventado nada.
Las discusiones sobre el doble pivote, la ocupación, o no, de las bandas, el llamado tiqui-taca, y las posiciones de unos y de otros han sido tan agotadoras como irrelevantes. La convicción pesimista sobre nuestros destinos, que siempre es una forma astuta de ganar a la baja, mezclada con el avieso deseo de fracaso que apenas se oculta en tantos, ha añadido la suficiente dosis de oscuridad y ha exagerado hasta la paranoia la sensación de angustia que, en dosis terapéutica, nunca está de más ante un partido.
¿Qué tenemos ahora? La evidencia de un equipo con jugadores excepcionales (Villa, Iniesta, Piqué, Casillas, Xavi, Xabi Alonso, Cesc, y hasta casi veinte más), la certeza de que desean ganar, y confían en poder hacerlo, la constatación de que han hecho el fútbol más brillante y bello que se ha hecho en Sudáfrica, y a un entrenador que no se cree protagonista y no pierde con facilidad los nervios. Eso es, desde luego, mucho, pero en el fútbol nunca es nada cierto hasta que los jugadores se quitan la camiseta.
Podemos ganar, no cabe duda, pero si no lo hacemos tampoco debiera pasar nada. Tenemos la mejor selección que nunca haya tenido España, y que además es, con holgura, el mejor de los equipos presentes en Sudáfrica. Eso ya da para que muchos nos sintamos compensados, aunque esperemos lo mejor. De cualquier modo, dos de los goles de Villa (contra Honduras y contra Chile) y el que fabricó Iniesta han sido jugadas gloriosas, uno de esos momentos de belleza perfecta que un buen aficionado jamás olvida.

viernes, 25 de junio de 2010

Busco un abogado

Esta noche, en pleno suelo reparador, exactamente a las 4 horas y 40 minutos, me desperté sobresaltado. Mi teléfono móvil sonaba de manera insistente, lo que, lógicamente me alarmó sobremanera. Reconozco que soy un tipo raro que duerme a horas en las que tanta juventud todavía retoza, pero ya paso de los sesenta, así que mis disculpas.
Medio en sueños y con el corazón en vilo cogí el teléfono: era un mensaje, pero no era exactamente urgente, sino intemporal. Por la importancia del mismo lo repito ante ustedes: “Movistar info: recuerde que a partir del 24 de junio puede llamar gratis a todos los móviles y fijos Movistar (no incluye establecimiento de llamada) LE DAMOS LAS GRACIAS”. En cuanto leí el texto pude pasar con facilidad del cabreo monumental a la indignación más absoluta. No sé si habrán dado cuenta, pero dada la fecha en que estábamos ¡Movistar me avisaba con veintiocho horas, al menos, de retraso!
Bueno, en serio: ¿Con qué derecho se cree Movistar para molestarme con sus ridículas campañas? ¿Cómo se atreve a hacerlo a esas horas tan inadecuadas? Lo dicho, busco abogado, porque no hay derecho a interrumpir el escaso sueño del público, al menos eso creo. Si lográsemos reunir unos cuantos testimonios coincidentes (en que haya pruebas físicas, como me sucede a mí, de un desaguisado similar), tal vez pudiéramos enseñarle a ´los de Telefónica algo de civismo, y de respeto al cliente.

jueves, 24 de junio de 2010

Un trámite vergonzante

El Gobierno pasó ayer por el Congreso su reformita laboral. No contento con evitar encararse con los problemas del empleo, se nos sometió a una de esas sesiones parlamentarias que producen hastío y algo más que un poco de vergüenza. Los grupos parlamentarios fueron a lo suyo, y evitaron, como de costumbre, ir a lo nuestro, a discutir en serio los problemas de la economía, de la productividad y del empleo en España.
Los grupos parlamentarios han hecho suya una actitud un poco ridícula en función de la cual votan lo que les conviene a ellos, y no lo que puedan creer que nos convenga a nosotros, en el caso de que se preocupen de ello. Han confundido tanto sus intereses con los nuestros, que no caen en la cuenta de que a la mayoría de los españoles les resulta hiriente e incomprensible este permanente tacticismo, que nos aburre dejar siempre para luego los auténticos debates, la confrontación de ideas, el intento de convencer a los españoles de que hay soluciones mejores a nuestros problemas.
El Gobierno, lo decíamos ayer, ha presentado un parche a todas luces insuficiente, una prueba más de que este gabinete no da más de sí. Los grupos debieran haber dicho que no a ese remiendo, porque no resuelve nada, y nos va a traer, como advirtió claramente Rajoy, un nuevo impulso judicializador en las relaciones laborales, es decir más inseguridad, menos garantías de efectividad, ningún aliciente para invertir. ¿Por qué se atreve el Gobierno a presentar tamañas reformitas, consciente, de que no van a llevar a ninguna parte? La razón es muy simple: el gobierno juega sus bazas sabiendo que sus propuestas no van a ser tumbadas por miedo a las consecuencias, y eso le autoriza para presentar medidas de medio pelo, le evita tener que reconocer que está de más, que no le queda nada que aportar en esta legislatura largamente agonizante.
Es verdad que podría haberse producido alguna confusión si el voto negativo hubiese aunado al PP y a ERC, a Convergencia y a IU, pero también es muy negativo que la abstención facilite las dilaciones y jugarretas del gobierno. La manera menos negativa de presentar este asunto es suponer que los grupos que se han abstenido lo han hecho por una especie de responsabilidad hacia la inestable situación de la economía española, pero eso es solo media verdad. El PNV ha aprovechado, como suele, para mercadear su no rechazo y tratar de condicionar los presupuestos venideros; Convergencia y Unión sigue en su propio calendario y haciendo caso omiso, en el fondo, a las necesidades de sus electores, que desean, sin duda alguna, un cambio completo del marco laboral para conseguir abreviar el tiempo que nos queda para que la economía se recupere.
El PP ha vuelto a ponerse ligeramente de perfil y a explicar que tiene soluciones mejores y más consistentes, pero sin atreverse del todo a hacerlas nítidamente explícitas. El PP debería perder los temores a mantener en este punto una posición clara, comprensible, y comprometida, como la que mantiene en otros asuntos, por ejemplo, en su negativa a las negociaciones con ETA. El PP gusta de compararse con las virtudes de los años de Aznar, pues bien, habría de preguntarse lo siguiente: ¿Sacó algo en limpio el PP del paso atrás a consecuencia de la huelga? ¿Se benefició nuestra economía de plegarse a las amenazas sindicales? Nosotros creemos que la respuesta es que no, en ambos casos, y nos tememos que el PP no acabe de sacar las lecciones oportunas de ese error del pasado.
[Editorial de La Gaceta]

miércoles, 23 de junio de 2010

La política de las palabras

José Luis Rodríguez Zapatero ha decidido afrontar la tribulación con la misma impavidez de siempre, como si fuera representante de alguna verdad indestructible que ni el tiempo ni el desastre pudieran devastar. Quien mejor ha expresado esa férrea determinación ha sido uno de sus más lúcidos alfiles, dicho sea sin ironía, el Ministro que habrá de encargarse del inmediato desmantelamiento de las inversiones públicas, el otrora Pepiño, quien ha declarado paladinamente: “¿qué nos han obligado a rectificar? Bueno, ¿y qué?”. No sé si José Blanco habrá leído a Lewis Carroll, pero sus palabras parecen una brillante anotación a la inmortal sentencia del huevo parlanchín: “lo importante es saber quién manda”.
ZP, al parecer, piensa, con el poeta, que le queda la palabra, y eso puede bastar a un pueblo que, en su imaginario, parece considerar incondicionalmente fiel, y vocacionalmente austero. Es sorprendente tal confianza en la palabra para salir indemne de los malos pasos, para convertir los fracasos más sonoros en ocasiones de rectificar con orgullo y al ataque. Es lo que tiene la palabra del verdadero líder, que siempre dice lo que el pueblo quiere y necesita oír; si el líder ha sido capaz de convocar al jolgorio, será igualmente vitoreado cuando su palabra nos llame al sacrificio, al ascetismo y al retiro para resistir una época de vacas flacas, sin duda breve.
Esta actitud del presidente puede considerarse como un signo de fidelidad a una tradición cuya legitimidad ha querido apropiarse de manera explícita, a la memoria republicana, al menos a una cierta interpretación de cómo fue nuestra segunda República. El siempre sarcástico Josep Plá la caracterizo como un régimen hablado, como una época de delirio en la que las palabras valían tanto o más que las cosas, y eso es lo que nuestro presidente considera inteligente y justo. Zapatero se siente a su gusto entre quienes estiman que la política es una realidad predominantemente verbal, un reino en el que todo se puede arreglar con palabras, y en el que, por consiguiente, las palabras nunca puedan representar un obstáculo considerable frente a la voluntad. Azaña había sido muy de la misma opinión, pues, como dijo en un discurso vallisoletano de 1932, “Felizmente, en política, palabra y acción son una misma cosa”.
Zapatero es, por tanto, decidido partidario de emplear a fondo el único recurso que no le ha de faltar, la insólita ligereza y libertad de su verbo, un instrumento con el que se siente capaz de las más insólitas hazañas. Es el remedio que aplicó a la crisis, hasta fingir su inexistencia, y será también el remedio que invoque para superar la decepción de quienes pudieran sentirse traicionados por sus promesas de ayer, esos que algunas encuestas consideran, de manera un tanto precipitada, irremediablemente perdidos para su causa.
Si los españoles cultivásemos con más cuidado la memoria, Zapatero merecería recuerdo eterno aunque solo fuera por una de sus grandes proezas verbales, por su “solución” a la incompatibilidad constitucional entre la nación española y la pretendida nación catalana. ZP lidió el asunto con envidiable vaporosidad de tuttologo al recordar que nación es un concepto discutido y discutible. Claro es que se le olvidó a nuestro presidente, esperemos que no le pase al Tribunal Constitucional, que la hermenéutica nos ha dotado de un arsenal de técnicas muy precisas para reducir el equívoco, de modo que se pueda seguir hablando con sentido. Basta, en realidad, con recordar que en la totalidad de los casos, las voces con alguna ambigüedad dejan de tenerla a medida que se precisa su contexto de uso, y que, por ello, el significado del término nación en un texto constitucional no puede considerarse de ninguna manera como un concepto equívoco. La creatividad verbal de Zapatero arrastró en este punto a su partido, al Parlamento nacional y al Parlamento catalán, para que luego algunos hayan hablado de que este país resulta ingobernable. Hay que confiar en que, en un órgano en el que la independencia es obligada, se sepa recordar que, como diría Orwell, aunque el partido se empeñe en ser inventor del helicóptero, no es así.
Josep Plá anotó muy oportunamente que “España es el país de Europa en el que las apariencias tienen más fuerza”, y el gobierno se apresta a fortalecer las apariencias con su indómita palabra: la apariencia de que todo se debe a agentes externos (movidos por quien todos sabemos), la apariencia de que se van a tomar medidas eficaces, la apariencia de que lo peor ya ha pasado, la apariencia de que con otros sería peor, y un sinfín de embelecos de este porte.
Lo tremendo no es que se emprendan estrategias vacuamente retóricas, sino que puedan resultar eficaces, que no encuentren el antídoto adecuado en quienes debieran enunciar políticas distintas, claras, valientes, persuasivas, deseosas de lograr nuevos adeptos, sin miedo a los costes que aparentemente pudieran conllevar.
[Publicado en El Confidencial]

martes, 22 de junio de 2010

Las preguntas del siglo

Hoy he recibido un correo de The Philosophers’ Magazine en el que se plantea el inicio de una serie de cincuenta artículos sobre las principales ideas del siglo XXI, tal vez mejor para el siglo XXI. La primera es sobre las máquinas conscientes, un tema sobre el que mucho se habla, pero que no me parece muy nuevo, la verdad. Al ver el correo me vino a las mientes el conocido libro de Dennett sobre la “peligrosa” idea de Darwin, que tampoco me parece tan peligrosa, dicho sea de paso, además de ser concienzuda y rigurosamente vieja. Como acabo de leer otro libro de prospectiva, sobre el que ya he hablado en este blog, y, aunque me ha parecido de enorme interés, no he dejado de sorprenderme con algunas de sus profecías bélicas, que, en mi humilde opinión de español pueblerino, parecen calcos de guerras del pasado, no tengo otro remedio que preguntar: ¿Dónde está la invención? ¿Se limita únicamente a sustituir escuadras navales por naves galácticas?
¿Es únicamente técnico nuestro progreso? ¿Hablamos de máquinas que piensan pero, en realidad, lo que hacemos es, tan solo, tener procesadores más rápidos?
Tal vez esté pesimista, pero me da la impresión de que las grandes preguntas son las mismas de siempre, y que los literatos, los filósofos, y los inventores nos dedicamos a revestir los nuevos artilugios con bellas y viejas epopeyas, con lo poco que nos queda de sentido del misterio, que es lo único interesante.

lunes, 21 de junio de 2010

El fútbol deporte y espectáculo

Cuando escribo estas observaciones ya conozco el magro resultado obtenido por España frente a la selección hondureña, pero no quiero hablar de fútbol como aficionado, sino de la forma tan peculiar en que este deporte, en particular, se va adueñando de las pasiones de buena parte del público.

Creo que es extraordinariamente razonable que quienes no hayan sufrido la pasión y la frustración de jugar a la pelota, sientan una enorme indiferencia ante el fútbol espectáculo, ante un juego que puede parecer brutal, ordinario y monótono, lo que de ninguna manera quiere decir que no existan forofos que jamás han jugado a la pelota; existen y son abundantes porque el fútbol tiene una gran capacidad de exportar los atractivos y el peculiar agonismo de este deporte grupal. Hay una manera clara de distinguir ambos tipos de aficionado: el que ve fútbol porque ya no puede jugarlo, es capaz de ver cualquier partido con interés, y experimentar una pasión pura y no maniquea ante cualquier buena jugada que anuncie su culminación en un gol, o que proporcione un lance de belleza perfecta, a su entender; los espectadores del segundo tipo necesitan del catalizador externo para gozar del fútbol: van al fútbol en sustitución, o en continuación, de otras guerras, lo que no es necesariamente malo.

No es fácil la distinción entre el deporte y el espectáculo, pero éste no habría podido darse sin las extraordinarias propiedades del primero. El primero es, digamos, un drama grupal, el segundo es un espectáculo público, pero ambos coinciden en su naturaleza visual, y en que dan mucho que hablar. porque el fútbol reside, sobre todo, en la imaginación, tanto en la de quienes lo juegan, así sea bien o mal, como en la de quienes lo contemplan con interés y entendimiento. Lo más notable del fútbol, y creo que es clave en su éxito como espectáculo, es que cada jugada es una de las centenares de jugadas posibles en cada momento, de modo que, si se me permite la pedantería, cada acción representa el colapso de una posibilidad en mero pasado indeformable. En eso es como la vida, y por eso la gente le echa tanta pasión, porque, además, la vida no se repite y nos agota, mientras que en fútbol siempre hay una nueva oportunidad, nunca se repite nada.

domingo, 20 de junio de 2010

El poder sindical

La izquierda es muy aficionada a revisar el pasado, pero mira para otra parte cuando ese pasado nos dice cosas que no le convienen. Los sindicatos españoles, bien nutridos y pagados, ocupan en España un papel político que no hay manera de entender sin tener en cuenta que, en realidad, son beneficiarios de un estatus ministerial heredado del franquismo. Con la legislación laboral pasa algo parecido, porque, aunque haya sido revisada en la época de UCD con el Estatuto de los trabajadores, incorpora de manera indiscutida una serie de principios que el régimen anterior impuso de forma autoritaria por su necesidad de neutralizar las tensiones laborales y sociales. Que el empleo, la colocación, como entonces se decía, fuese para toda la vida, fue uno de los principios inspiradores del régimen laboral del franquismo y ya entonces se decía que resultaba mucho más costoso un despido que un divorcio, cosa infinitamente más cierta ahora que en esas épocas cuyos principios son teóricamente vilipendiados por el personal de izquierda, pero sañudamente defendidos cuando les benefician, como es el caso.
La realidad tecnológica, industrial, comercial, empresarial y social ha variado de manera inmisericorde durante las últimas décadas, y no se puede ignorar esta clase de cambios cuando convenga a los intereses del ministerio de los sindicatos. Maestros en la propaganda, los sindicatos han logrado convencer a buena parte de la opinión pública de que hay que luchar contra lo que han dado en llamar “trabajos precarios”. La defensa de una serie de trabas legales para evitar el despido, vanamente, como se ve por el desempleo brutal que padecemos, y la presentación de esa “precariedad” como fruto de la codicia incesante y anónima de los patronos es uno de sus eslóganes predilectos. Pero lo realmente precario no es el empleo, sino el negocio y el mercado. Es suicida mantener los privilegios del conjunto de los trabajadores, tanto si son creativos, leales y eficientes, como si son consumados absentistas, ignorando las características y dificultades del entorno económico; también es completamente absurda la pretensión de que el trabajador tenga unas garantías de las que carece quien le emplea, y roza la paranoia pretender que esos derechos, y los costes que implican, aumenten con el tiempo para el trabajador, mientras disminuyen en la misma proporción para los emprendedores que los emplean. Parece obvio que, con semejantes reglas, nadie va a arriesgarse a crear puestos de trabajo que, a medio y largo plazo, puedan actuar como garantía de quiebra personal.
No es fácil entender esta situación sin caer en la cuenta del desmesurado poder de los grandes sindicatos españoles. Habrá que preguntarse de una buena vez cuál es el fundamento de ese poder, y porqué gozan de unas prerrogativas tan injustificadas. Si fuésemos realmente un régimen parlamentario y democrático, como somos nominal y constitucionalmente, no tendría ningún sentido que cuestiones de importante carácter legal y económico, como es la definición del régimen legal del trabajo, estén supeditadas a los intereses de lo que se llama patronal y de los que se llaman sindicatos. Su presencia y su poder político constituyen una muestra evidente de lo que queda en nuestro sistema político de un régimen más corporativo que democrático. Es algo con lo que habría que acabar ya.
No tiene ningún sentido que los sindicatos anuncien una movilización contra medidas legales que aprueba el órgano de la soberanía nacional. Basta con pensar en lo que diríamos si hiciesen algo parecido los militares, los jueces, o los profesores. A los sindicatos se les consiente lo que a nadie se tolera. Como fruto de esa inconsecuencia, los sindicatos se permiten recurrir de manera impune al uso de la fuerza siempre que se lo aconseje su interés. Todos sabemos que cuando se plantea una huelga general, nadie es libre de no seguirla, porque se arriesga a ser víctima de la violencia de los piquetes, de las únicas bandas de la porra que todavía pueden dar una paliza a cualquiera sin que tengan que responder ante nadie.
La forma de funcionar de los sindicatos es realmente peligrosa para la democracia. Con la disculpa de defender los derechos sociales de los trabajadores cultivan su huerto privado con mimo y primor. Va siendo hora de que analicemos en serio su papel, y de que repensemos a fondo cuál haya de ser su forma de actuar en una democracia parlamentaria, lejos de los hábitos corporativistas que les otorgan un poder tan ilegítimo como evidente. No representan un poder indiscutible, ni administran ninguna herencia sagrada. La Constitución les reconoce su papel, pero no les otorga ningún derecho a vivir de subvenciones, a saltarse a la torera el interés común, o a establecer según su conveniencia las leyes laborales y la legislación social, aunque les encante hacerlo.
[Publicado en La Gaceta 19 de junio de 2010]

sábado, 19 de junio de 2010

La música de la crisis

Yo creo que con la crisis pasa algo parecido a lo que ocurre con las canciones, que nos quedamos más con la música que con la letra, entre otras cosas, porque la crisis da lugar a unas narrativas muy confusas. La música de la crisis, por el contrario, puede ser muy clara, porque depende, básicamente, de la interpretación que hagan los políticos, y eso es lo que, cuando llegue el momento, valorarán los electores.
Hay una crisis, pero hay diferentes músicas para recordarla, cuando pase, que pasará. Hay, al menos, dos músicas muy distintas. La primera es la de ZP, que está entonando los remedios de la crisis al son del sacrificio por la patria, con el estribillo de su inmolación: he de hacer lo que no quiero por el bien de todos, porque es necesario, y si hay que recibir bofetadas las recibiré con gusto por mi país. Muchos me dirán que hago una interpretación muy benigna de la melodía de Zapatero, y seguramente tendrán razón, pero ZP está concentrando todos sus esfuerzos políticos en ese breve estribillo que puede ser muy pegadizo.
La melodía del PP es más difícil de detectar; cuando suena mal, cuando chirría, parece decir algo así como ZP vete ya, que nosotros lo haremos mejor. Yo, sintiéndolo mucho, no alcanzo a percibir otra melodía por parte del PP, aunque sepa que las hay, pero no consiguen imponerse, supongo que porque el PP no tiene una orquesta especialmente bien afinada, y ni siquiera resulta obvio que estén ejecutando la misma partitura. Esto puede dar resultados muy negativos para el PP, y tal vez podamos comprobarlo relativamente pronto.
¿Porque pasan estas cosas? Mi interpretación es la siguiente: la dirección del PP cree que se han perdido las elecciones de 2004 y 2008 por tener un discurso insoportable para la mayoría del país, o por decirlo de algún modo, habitual pero equívoco, poco centrado. En consecuencia, concibe su intento de alcanzar el poder con una mezcla de astucia y disimulo, pero sin explicar con claridad por qué y para qué querría alcanzarlo. Ese análisis lleva a adoptar discursos que, más que confusos, pueden calificarse como confundidores, lo que, en consecuencia, permite al PSOE hacer lo posible para que crezca la sensación de que el PP tiene una agenda oculta que no se atreve a desvelar. Un ejemplo: si en lugar de reconocer que hay demasiados funcionarios, un alto cargo del PP dice que, de ser él funcionario hubiera hecho la huelga, lo que está haciendo es ocultar la política que el PP debiera tener sobre el asunto, y preparar al público para el convencimiento de que el PP solo tiene ambición y oportunismo, cosa que se acentúa cuando el PP parece querer reducir sus diferencias con el PSOE a una presunta mejor administración de la economía. Con esta música el PP no está preparando su marcha triunfal, por mucho que pueda creerlo.

viernes, 18 de junio de 2010

Un libro importante

Gracias a mi amigo Joaquín Abril he conocido la existencia de un libro de George Friedman, presidente de una compañía de análisis estratégico, titulado Los próximos cien años. Ahora ya lo he leído, y me gustaría hacer a mis lectores el mismo favor que Joaquín me hizo a mí. Es uno de esos libros que te cambian la manera en la que ves algunas cosas, y que te hacen pensar en realidades en las que nunca habías caído. Su primera parte es excepcionalmente interesante. Luego, la parte más profética, es algo más floja y, desde luego, harto discutible. Finalmente, su análisis de los cambios previsibles en la forma de hacer la guerra vuelve a tener gran interés.
Es curioso que incluso quienes podamos presumir de estar atentos a lo que pasa, nos dejemos fuera de consideración tantos asuntos importantes. Este libro es un sumario de algunos de los más decisivos, sobre todo para gentes que, como la mayoría de los españoles, tendamos a tener una visión ridículamente pequeña y provinciana del mundo y de nuestra historia.

jueves, 17 de junio de 2010

Una decepción apresurada

El disgusto por la derrota de la selección española de fútbol ante Suiza es lógico, pero no debería hacernos perder el mínimo de objetividad que es necesario en todo asunto técnico, y el fútbol lo es.
Lo primero que hay que anotar es que se ha tratado de una derrota imprevisible y merecida, aunque, una vez dicho esto, hay que averiguar de manera más precisa lo que ha fallado sin cargar la mano en la mala suerte, es poco serio.
Casi todos los protagonistas cometieron algunos pequeños errores, pero el fútbol es una máquina de magnificar descuidos. Los que me preocupan más son los que tienen que ver con el entrenador porque fueron los más graves, a mi modo de ver, tanto en el planteamiento como en la reacción ante la tardanza del resultado y, luego, ante la adversidad. Claro es que esto se puede decir acabado el partido y que, como bien pudiera haber acabado de otro modo, hay que decirlo con cuidado y respeto.
Me temo, sin embargo, que Del Bosque sea un personaje afable y dotado de diversas virtudes, muy útiles para el cargo, pero que no posea en gran abundancia el verdadero capital de un buen entrenador, a saber, la capacidad de añadir algo, en estrategia, en táctica, en picardía, al fútbol que practican sus pupilos. Es muy pronto para decirlo y nada desearía más que estar equivocado. Nuestros jugadores son buenos, aunque unos más que otros, pero no sé si sabremos acertar con el equipo adecuado y con la actitud conveniente, aunque queda vida por delante para comprobarlo.

miércoles, 16 de junio de 2010

La mentira sindical

Que una mentira machaconamente repetida obtiene mayor credibilidad que una buena mayoría de verdades indefensas es cosa bien sabida desde Goebbels, incluso, seguramente, desde Maquiavelo. Los sindicatos españoles, bien nutridos y pagados, herederos de un estatus ministerial desde el franquismo, son maestros en la repetición de sus escasas ideas. Han sabido presentar la realidad de lo que llaman “trabajos precarios” como una imposición del gran capital, de la codicia incesante y anónima de los patronos. La realidad, sin embargo, es que, en los tiempos que corren, lo que es precario no es el empleo sino el negocio de la mayoría de las pequeñas empresas, de muchas medianas y de algunas de las grandes, además de que a largo plazo todos muertos, que es una cosa que enseñaba Keynes.
Los que se arriesgan a poner un pequeño negocio no saben lo que va a ser de ellos: su destino sí que es precario, porque depende de cambios, económicos, de crédito, tecnológicos y culturales, que no pueden de ninguna manera controlar. Es un misterio que goce de crédito la pretensión de que el trabajador tenga unas garantías que quien le emplea no puede tener de ninguna manera, y más absurdo todavía que esa seguridad, y los costes que implica, aumente con el tiempo para el trabajador, mientras disminuye en la misma proporción para la empresa. Yo conozco a muchas personas que han perdido todo lo que supuestamente habían ganado al cerrar sus negocios e indemnizar a sus trabajadores, algunos de los cuales no hicieron nada por evitar la quiebra. Me parece evidente que, con estas reglas del juego, con esa mentira sindical, nadie va a arriesgarse a crear puestos de trabajo que, a medio y largo plazo, puedan actuar como garantía de quiebra personal.
Hay que cambiar completamente el régimen laboral y dejarse de monsergas. Este gobierno no parece dispuesto a hacerlo, y es posible que solo nos quede la ruina global como posibilidad. Una especie de “Fiat justitia et pereat mundus” que no sirve de nada, porque está basada en un ideal absurdo de justicia, en una patente desigualdad que ya no es sostenible.

martes, 15 de junio de 2010

Europa

Ayer asistí a una reflexión a tres voces sobre Europa; se trataba de personas ilustres: Shlomo Ben Ami, Emilio Lamo de Espinosa y Florentino Portero. Tras las intervenciones quedó claro que la cosa estaba entre mal y peor, pero seguramente mejor que su contraria, en cualquier caso. ¿Tiene arreglo esta Europa disminuida, despistada, triste, y perdida? Casi todos creemos que sí, pero no sabemos muy bien cómo hacerlo. Hay una falta de proyecto preciso, que es, para muchos, una carencia enorme, una especie de pecado original que nunca permitirá que los cálidos sentimientos que se reservan a la patria (y la capacidad de sacrificio que pueden atesorar) sean dirigidos hacia esa unidad tan variopinta y artificiosa que es Europa. Otros piensan que esa tara puede ser una ventaja competitiva, que se trata de experimentar, de abrir nuevas metas de convivencia y de paz a escalas nunca conocidas en el viejo continente. Convendrá que estos últimos acaben por tener razón porque, lo que resulta innegable es que gracias a ese invento heteróclito de la Unión (aunque no sólo gracias a él) estamos conociendo el mayor período de paz del que se guarda memoria en gran parte de lo que otrora fue un solar guerrero. El oficial Jünger ejerciendo de memorialista en su segundo intento de conquista de Francia recuerda cómo por allí pasaron también su padre y su abuelo en trances similares, casi trescientos años de guerra civil que se han interrumpido. Los datos estadísticos son, sin embargo, desalentadores: somos cada vez menos, y significamos cada vez menos. El mundo se ha hecho muchísimo más grande sin pedirnos permiso, y a veces parece que no queremos darnos cuenta de eso, como si todo pasara en esta pequeña esquina del mundo, y ya no es así.
Hay que reconocer a esta Europa el mérito de haber creado una tradición de paz y no únicamente una tradición de negociaciones confusas. Es posible que a la Europa que tenemos le falten ideales y ganas de vivir, que se esté suicidando, aunque más lentamente que Rusia: pese a ello no debiéramos olvidar lo muy útiles que nos están siendo sus jeribeques; precisamente porque los ideales que dicen servir son muy valiosos pueden abusar los burócratas. No les culpemos de carencias que también son nuestras. Europa requiere, desde luego, más debate, más imaginación, más audacia, cosas todas ellas que no pueden darse si no pensamos seriamente en qué Europa queremos que nos herede: está pendiente un poco de sueño, un deseo que avive la marcha y la percepción más clara del camino. Creo que la crisis nos está permitiendo dar un paso adelante, pero habrá que darlo y para eso hace falta líderes con grandeza, algo que siempre escasea.

lunes, 14 de junio de 2010

Envidia del Barça

Mis lectores ya saben que soy aficionado al fútbol y seguidor del Real Madrid, aunque admiro el juego del Barça; pero admiro más la manera en que sus socios han cambiado el destino de su club. Me parece envidiable que haya habido cuatro candidaturas y que a participación haya sido tan alta. También creo que el candidato elegido es el mejor, el que más se acerca a la buena imagen que los que no somos de allí tenemos de los catalanes: listo, emprendedor, simpático, concreto, nada demagogo.
Por comparación, la aclamación de Florentino sin elecciones me parece algo lamentable. Es más, me temo que la diferencia se deba a la distinta madurez de las sociedades catalana y madrileña. Estoy muy lejos de admirar a los nacionalistas catalanes, pero es evidente que han influido en su sociedad introduciendo una cultura de defensa de sus intereses, de participación, de responsabilidad cívica que no existe de manera tan clara en el resto de España, ni, desde luego, en Madrid. En eso, les envidio.

domingo, 13 de junio de 2010

Dinero de nadie

Este Gobierno puede ser tildado de muchas cosas, por ejemplo de incoherencia, pero no de ignorar sus intereses, tema en el que ha sido, y amenaza con seguir siendo, enormemente coherente. El Gobierno de ZP no se confunde en este punto, y jamás cambiará, porque en ello le va la vida: lo primero es lo primero, ni un duro de menos para el gasto, que es sagrado porque de él depende su bienestar, sus aviones, sus mansiones, sus asesores, sus fincas, electorales y de otros tipos. En segundo lugar, el Gobierno tampoco olvida de qué fuentes obtiene su maná político, y las cuida con su entusiasmo habitual, no vaya a ser cosa de que pueda haber confusiones en medio de un ataque de ortodoxia económica.

Nadie se extrañe, pues, de que cuando los poderes responsables del euro han obligado a nuestro Gobierno a afrontar un ajuste en los gastos, la política del Gobierno consista en aumentar los impuestos, antes que en poner en riesgo su nivel de bienestar, o las subvenciones y gabelas con que mantiene la adhesión de unos votantes cautivos por el miedo y el interés.

El mismo personaje que proclamó que bajar impuestos es de izquierdas, acude ahora presuroso a palpar impúdicamente la faltriquera del respetable con el fin de aligerarle la carga ante la etapa de penurias que nos ha procurado. Ya sabemos que la lógica no es su fuerte, salvo cuando se trata de arrebatar a otros el fruto de su esfuerzo, un objetivo ante el que no pierde el tiempo con citas ni poemas.

ZP creyó que podría socializar la riqueza disparatando con la espléndida herencia de una economía saneada, pero visto que se le acabó el carbón, ha decidido socializar la pobreza, un objetivo que también le parece ahora muy de izquierdas, y esta vez acierta.

Subir impuestos está al alcance de cualquiera, hasta un Gobierno inepto e irresponsable puede hacerlo; para nuestra desgracia, lo que no está a su alcance es lograr que esa medida, además de ser arbitraria e injusta, no se convierta en un nuevo obstáculo para la recuperación económica, para que vuelva a haber empleo. Bajo el paraguas demagógico de “subir impuestos a los ricos”, el Gobierno, y sus secuaces autonómicos, se apresuran a ser generosos con el dinero ajeno, a seguir malgastando un dinero que se retira del mercado para alimentar las prebendas de gobernantes y subvencionados, del personal zángano en general. Una vez que han metido a fondo la mano en el bolsillo de pensionistas y funcionarios, como para dar la sensación de que se toman el ajuste en serio, nuestros socialistas se sienten libres para salir de caza disfrazados de bandidos justicieros. La partida se ha puesto en marcha en Cataluña, en Andalucía y en Extremadura y se anuncia en Baleares, pero eso será solo el aperitivo de la subida general del IRPF que este Gobierno se está planteando. Con la disculpa de recaudar más entre las rentas altas podrían llegar a porcentajes cercanos al 50% para los tramos superiores, esos en los que declaran los españoles más trabajadores y competentes, porque los verdaderamente ricos tienen unos asesores fiscales de eficacia legendaria. Dentro de unas semanas vamos a poder gozar de un nuevo IVA, y seguro que se ponen en marcha sucesivas contrarreformas en sucesiones y en lo que haga falta, porque, cuando se trata de lo suyo, este Gobierno es muy imaginativo. Como diría Pajín, ese dinero no es de nadie, y lo van a emplear en beneficio de todos, así que el que no se consuele es que es muy insolidario, muy torpe y muy de derechas.

[Editorial de La Gaceta]

sábado, 12 de junio de 2010

El coco privatizador

Una de las monsergas con las que la izquierda trata de sostener su supuesta, y maltrecha, superioridad moral es la de la preferibilidad de lo público sobre lo privado. Pese a tenerme por liberal, no tendría nada que oponer al argumento, si estuviésemos en un régimen en el que existiera un nivel alto de moralidad civil, si fuera corriente que quienes ocupan un puesto público cumpliesen, por encima de todo, con sus obligaciones hacia la sociedad. No gastaré ni dos líneas para recordar que, en la abrumadora mayoría de las situaciones, no es ese el caso.
De hecho, apenas conozco cosa más privada que una oficina pública. Nuestros funcionarios se acostumbran muy pronto a que la plaza es suya, a que tienen derecho vitalicio, y frecuentemente hereditario, sobre todo si el momio es de fuste, a ejercerla, en suma, a que la plaza es de su propiedad, como se solía decir antes, cuando, al menos, las plazas funcionariales se ganaban en reñida competencia pública, a veces absurda e injusta, pero competencia al fin y al cabo. No digamos nada de nuestros políticos, de cómo manejan sus partidos, de lo bien que distribuyen los cargos y las prebendas entre familiares y allegados.
Privatizar puede resultar bien o mal, dependerá de los casos, pero en general es algo que debiera permitir la introducción de cierto grado de racionalidad y de trasparencia, aunque la tendencia a delinquir y a engañar sea tan atractiva en el terreno de lo privado como en el de lo público. De hecho, es fácil que haya tantas mandangas y corruptelas en algunas, al menos, de las grandes corporaciones privadas, como en las empresas e instituciones públicas, pero eso no obsta para que la privatización pueda facilitar, en muchas ocasiones, el remedio a un tipo de abusos que, de puro inmemoriales, forman parte de la cultura y el paisaje de muchas instituciones públicas, y cuya obscenidad se nos escapa porque han aprendido a ocultarse a la mirada inocente y a la buena fe del público.
Tal vez haya habido un momento en que proferir lo público fuese consecuencia de una probidad moral, de un deseo de mejorar una sociedad patentemente injusta. Ese momento hace mucho que pasó, al menos entre nosotros; se diga lo que se diga, la mayoría de los defensores de lo público defienden alguna forma de sopa boba, algún jardín oculto a la mirada indiscreta del personal. Si no lo creen así, pásense por los despachos de cualquiera de las variopintas e incomprensibles oficinas públicas, o indaguen en las formas en que se protegen los intereses del público en general en las universidades, los hospitales, o los juzgados. Si no quieren investigar, ni dedicar horas al estudio, traten simplemente de imaginar a qué podrán estarse dedicando los cientos de miles de empleados públicos que ha creado nuestro avispado gobierno.

viernes, 11 de junio de 2010

La estrechez de los directivos del Barça

Ayer tuve oportunidad de oír a los cuatro aspirantes a la presidencia del Barça la misma respuesta, exactamente la misma, a una pregunta sobre cuál era la selección a la que deseaban el triunfo en los mundiales. Respondieron, como si del catecismo se tratara, que aquella en la que jugasen más futbolistas del Barça.
Esta respuesta unánime refleja un estado de cosas literalmente lastimoso. La disculpa oficial es que el Barça es un club catalán, lo que es obvio, y catalanista, lo que es más discutible, y que, por tanto, no se puede dar por hecho que sus partidarios hayan de desear la victoria de España, de manera que se ha de imponer el eufemismo al contestar a preguntas tan aviesas. Curiosamente ninguno de los cuatro aspirantes se ha planteado el deterioro que en su clientela pudiere suponer el voto de los españoles no catalanistas, y socios del Barça, que también los hay, o, mejor dicho, si lo han calculado, pero han deducido que son menos que los catalanistas, cosa que habría que ver, pero, sobre todo, que están obligados a tragar porque ese es el mandato políticamente correcto en Cataluña.
La verdad es que por simpáticos que te caigan los catalanes, como es mi caso, y por admirable que sea el juego del Barça, que lo es y mucho, cuesta trabajo entender tanta estrechez de miras, tanto pueblerinismo, en gentes que deberían estar acostumbradas a decir la verdad, a ser valientes, a asumir que el Barça es una sociedad plural, seguramente más que la misma Cataluña, y que a una mayoría bastante grande de sus socios les encantaría que la selección española de fútbol ganase el Mundial. Hoy por hoy, el Barça es un equipo español, digan lo que digan los aspirantes a presidirlo, juega en la Liga española, entra en la Champions como representante de España, y es querido y admirado por muchísimos españoles no catalanes, como habrá podido comprobar cualquiera mínimamente interesado en estos asuntos.
Si los independentistas se lo quieren quedar, en el improbable caso de que triunfaren, se acabarían haciendo daño, porque tendrán que inventarse una Liga catalana, ligeramente menos apasionante que la española, que también perdería mucho, todo hay que decirlo.
De todos modos, me resulta menos insoportable, esa hiper-exaltación del catalanismo político que la falta de generosidad de los directivos del Barça, esos que pusieron las mangueras al final del partido en el que quedaron eliminados tras su enfrentamiento con el Inter. Compárese esa escena miserable con lo que ocurrió en situación semejante, hace unos años, cuando el Liverpool eliminó al Chelsea: por cierto, Mouriño también estaba por allí.

jueves, 10 de junio de 2010

Sobre Libranda

Un importante grupo de editores españoles ha creado Libranda una editora de libros digitales que nace para publicar versiones digitales de libros ya editados en papel, y para abastecer el mercado, que va siendo ya importante, de dispositivos lectores de distintos tipos. Este planteamiento es típico de quienes piensan que la edición digital debiera limitarse a ser un segundo aprovechamiento de sus fondos, digamos, de verdad, en lugar de ser un negocio nuevo lleno de posibilidades. Lo que ocurre es que muchos grandes editores sienten a la vez pereza y miedo a lanzarse a descubrir lo nuevo, creyendo que cuando otros lo descubran ellos le sacarán al verdadero provecho, pero las cosas tal vez no vayan a ser así.
Su fondo será de inicial de alrededor de 2.000 títulos. El proyecto, para ser de editores grandes es de tamaño ridículo (en España se editan anualmente más de 100.000 títulos). La plataforma no venderá directamente al público, ya que su intención es respetar "la cadena de valor del libro promoviendo la labor cultural de los autores y agentes, de las editoriales y de las tiendas en internet". Los libros se comprarán a través de las páginas web de las grandes cadenas de librerías (El Corte Inglés, Casa del Libro y FNAC, entre ellas), de tiendas especializadas en venta de libros electrónicos y de una decena de librerías de toda España. Esta cifra irá aumentando en las próximas semanas porque ya hay más de 70 establecimientos interesados. Libranda pretende ignorar que la tratar de forzar el mantenimiento de la librería tradicional es un empeño bastante absurdo (especialmente para vender e-books), pero esta táctica del avestruz no suele dar buenos resultados.
Los libros de Libranda serán entre un 20 y un 30 por ciento más baratos que en papel, es decir muy caros, renunciando así a la expectativa más sugeridora de la edición digital, a saber, que el precio barato disuada de la copia (como ningún particular ha fotocopiado nunca un periódico, ni una novela). Las ediciones digitales deberían ser mucho más baratas, porque eso es lo que reclama una tremenda disminución de costes, la idea del long tail, y el beneficio basado en obras de venta muy continuada y en un mercado enorme y, en cierto modo, único.
En Libranda creen que el papel y el e book convivirán pacíficamente durante mucho tiempo. Yo más bien creo que desean que así sea, pero no me parece que vaya a ser el caso (aunque siempre se puede discutir qué es mucho).La única ventaja que le veo a Libranda es que presionará para que el IVA de libros digitales sea también del 4%, como el de los libros de papel. Libranda dice que contará con unas medidas de seguridad "importantes" y las descargas de cada título sólo se podrán hacer en doce dispositivos, seis de ellos fijos y otros seis móviles. Yo creo que esto es un error de libro (de papel o digital, me da igual).
En definitiva, Libranda es un empeño de los grandes editores españoles para mantener el negocio en su estructura actual, lo que es un error de miopía. Se trata de un objetivo que no podrán alcanzar, aunque les interese estirarlo cuanto puedan.

miércoles, 9 de junio de 2010

La roja

Conforme a nuestro aprecio barroco por la palabrería, muchos españoles padecen una creencia especialmente boba, la de que las palabras cambian las cosas, como si no existiera el refrán sobre la mona y la seda. Otros, tal vez no tan ingenuos, ni tan descaminados, profesan la convicción de que si se consigue imponer un sistema de denominaciones, se impondrán las realidades que se consideren implicadas por ese lenguaje. No negaré la importancia de este tema, pero me gustaría llamar la atención sobre la cantidad de estupideces que se pueden cometer al amparo de una creencia semejante.
Ahora, algunos han puesto de moda llamar la roja a la selección española de fútbol, a la selección nacional de fútbol, al equipo de España, las tres maneras razonables y apropiadas de denominar al equipo que representa a España en el Campeonato Mundial de Fútbol, un torneo en el que compiten equipos nacionales. Como ahora tenemos un equipo que promete se trata, me parece a mí, de desvincular al máximo el equipo de lo que de hecho representa en ese torneo, de España, que es quien juega. Es más que probable que tras esa denominación estúpida se oculten los que no quieren ni oír hablar de España o de la nación. Lo que ya no encuentro tan razonable es que el resto de españoles que no sufrimos dolencias raras ni espasmos al oír esos nombres les tomemos la palabra y hablemos también de la roja. Me temo que, al tratarse de un eufemismo imbécil, pueda acabar teniendo éxito, pero no será con mi beneplácito.
Seguramente esos mismos que ahora enrojecen sus palabras dirán luego, si al equipo no le fuere bien, que España ha fracasado, eso con lo que sueñan todos los días, una tarea con la que colaboran entusiásticamente muchos que no debieran hacerlo, pero la estupidez tiene estas cosas.

martes, 8 de junio de 2010

La agenda de la huelga

La situación excepcionalmente mala que afecta a la sociedad española, y no solo a su economía, puede hacer que nos perdamos en una infinitud de detalles, pues los hay de todos los colores, y apartemos la vista de la cuestión de fondo. Estos días, por ejemplo, algunos comentaristas se han escandalizado de la prima que supuestamente habrán de cobrar los seleccionados españoles de fútbol en el caso de conseguir la victoria en el Campeonato del Mundo, como si ese fuera un problema importante. No solo abundan los motivos de preocupación, sino que algunos se empeñan en colocar nuestro interés fuera del foco esencial, como si aquí el problema consistiera en que todos nos hubiésemos convertido en unos manirrotos. Ese tipo de consideraciones, digamos, morales, son la mejor muestra del éxito que ha alcanzado la estrategia de ocultación y minimización de la responsabilidad del Gobierno. Una estrategia que se resume en dos palabras: la crisis viene de fuera, y la culpa es de todos; en consecuencia, Zapatero es un bendito, como queríamos demostrar.

Otra maniobra de exculpación similar es la que están llevando a cabo los sindicatos, con la penosa colaboración de algún bobo o boba del PP, pues hay de ambos géneros. Cuando se dice que se está haciendo pagar a los trabajadores, a los funcionarios y a los pensionistas los costes de la crisis, solo se dice media verdad, una media verdad que se convierte en mentira completa cuando los sindicatos consiguen identificarse con la defensa de esos colectivos y preparan, ahora sí, la huelga general. Bajo este punto de vista, la huelga sería la respuesta de los injustamente agraviados a las medidas antisociales del Gobierno. Como los tontos abundan, no faltarán quienes se unan alegremente, ya ocurrió en otras épocas, a esa huelga con la increíble disculpa de que así se deteriora a Zapatero, como si el presidente necesitase algunos afeites para certificar su condición cadavérica.

Pero fuere lo que fuere, la supuesta huelga general no significará el rechazo de la política de Zapatero que nos ha traído hasta aquí, y aún no hemos llegado al final del recorrido, sino el empeño en que esa política se refuerce y se reanude. Los sindicatos no son la víctimas de nada, sino los principales corresponsables de todo cuanto ha sucedido, los causantes primeros de una política económica insensata y suicida, los responsables de la permanencia de una retórica clasista y estúpida, y los principales beneficiarios de ella, a través de muchos vericuetos, unos obvios, otros más sinuosos pero no menos repulsivos.

Es lamentable que no se sepa ver que los sindicatos y sus huelgas no representan otra cosa que el intento de mantener unos privilegios oscuros, que la mayoría del público ignora cándidamente, y el empeño en perpetuar un marco laboral en el que hay que tener instintos autodestructivos para lanzarse a contratar a nadie. La reforma de los sindicatos, y de sus instrumentos de coacción, es de las primeras que habría que llevar a cabo para poder gozar de una democracia que permitiese realmente el progreso económico y, con ello, la mejora del bienestar de todos. No cabe negar que los sindicatos hayan de jugar un papel muy importante en la economía, pero es absolutamente cierto que el que están jugando, aquí y ahora, estrangula nuestro crecimiento económico, crea inseguridad y solo redunda en el beneficio de sus cúpulas y de la izquierda irresponsable y lela con la que se han hermanado. Y en cualquier caso, lo que no pueden ser los sindicatos es una especie de última cámara capaz de anular, con sus chantajes y sus plantones, lo que puedan establecer los órganos de soberanía.

Es asombroso hasta dónde ha llegado la ola de confusión que han sabido crear, al alimón, esta izquierda a la violeta y los sindicatos, con su vocabulario pretendidamente social, su jerigonza progresista y su moral hipócrita. Que un líder del PP salga a decir, por ejemplo, que el PP está para defender los derechos de los trabajadores, no solo produce risa sino espanto. ¿Es que el PP da por buena la contraposición absoluta de intereses entre trabajadores y empresarios? ¿Es que el PP ignora que para ganar las elecciones le convendría no usar el argumentario de sus adversarios? El PP debería de saber a estas alturas que convertirse en una especie de erstaz del PSOE no le sirve de nada, no le ha servido nunca, y que tratar de pasar al PSOE por la izquierda solo sirve para certificar una alarmante escasez de ideas, y la poca fe que se profesa en lo que debieran ser las convicciones más hondas. Es arriesgado dar la sensación de que lo único que importa es la derrota del adversario, sobre todo si no se sabe trasmitir la convicción de que lo que realmente preocupa es el destino de los españoles, de los trabajadores y de los empresarios, de los parados y de los pluriempleados, porque para hacer divisiones demagógicas, y más viejas que el hilo negro, ya están los ideólogos sindicales y los izquierdistas bonitos de ZP.

[Publicado en El Confidencial]