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jueves, 24 de junio de 2010

Un trámite vergonzante

El Gobierno pasó ayer por el Congreso su reformita laboral. No contento con evitar encararse con los problemas del empleo, se nos sometió a una de esas sesiones parlamentarias que producen hastío y algo más que un poco de vergüenza. Los grupos parlamentarios fueron a lo suyo, y evitaron, como de costumbre, ir a lo nuestro, a discutir en serio los problemas de la economía, de la productividad y del empleo en España.
Los grupos parlamentarios han hecho suya una actitud un poco ridícula en función de la cual votan lo que les conviene a ellos, y no lo que puedan creer que nos convenga a nosotros, en el caso de que se preocupen de ello. Han confundido tanto sus intereses con los nuestros, que no caen en la cuenta de que a la mayoría de los españoles les resulta hiriente e incomprensible este permanente tacticismo, que nos aburre dejar siempre para luego los auténticos debates, la confrontación de ideas, el intento de convencer a los españoles de que hay soluciones mejores a nuestros problemas.
El Gobierno, lo decíamos ayer, ha presentado un parche a todas luces insuficiente, una prueba más de que este gabinete no da más de sí. Los grupos debieran haber dicho que no a ese remiendo, porque no resuelve nada, y nos va a traer, como advirtió claramente Rajoy, un nuevo impulso judicializador en las relaciones laborales, es decir más inseguridad, menos garantías de efectividad, ningún aliciente para invertir. ¿Por qué se atreve el Gobierno a presentar tamañas reformitas, consciente, de que no van a llevar a ninguna parte? La razón es muy simple: el gobierno juega sus bazas sabiendo que sus propuestas no van a ser tumbadas por miedo a las consecuencias, y eso le autoriza para presentar medidas de medio pelo, le evita tener que reconocer que está de más, que no le queda nada que aportar en esta legislatura largamente agonizante.
Es verdad que podría haberse producido alguna confusión si el voto negativo hubiese aunado al PP y a ERC, a Convergencia y a IU, pero también es muy negativo que la abstención facilite las dilaciones y jugarretas del gobierno. La manera menos negativa de presentar este asunto es suponer que los grupos que se han abstenido lo han hecho por una especie de responsabilidad hacia la inestable situación de la economía española, pero eso es solo media verdad. El PNV ha aprovechado, como suele, para mercadear su no rechazo y tratar de condicionar los presupuestos venideros; Convergencia y Unión sigue en su propio calendario y haciendo caso omiso, en el fondo, a las necesidades de sus electores, que desean, sin duda alguna, un cambio completo del marco laboral para conseguir abreviar el tiempo que nos queda para que la economía se recupere.
El PP ha vuelto a ponerse ligeramente de perfil y a explicar que tiene soluciones mejores y más consistentes, pero sin atreverse del todo a hacerlas nítidamente explícitas. El PP debería perder los temores a mantener en este punto una posición clara, comprensible, y comprometida, como la que mantiene en otros asuntos, por ejemplo, en su negativa a las negociaciones con ETA. El PP gusta de compararse con las virtudes de los años de Aznar, pues bien, habría de preguntarse lo siguiente: ¿Sacó algo en limpio el PP del paso atrás a consecuencia de la huelga? ¿Se benefició nuestra economía de plegarse a las amenazas sindicales? Nosotros creemos que la respuesta es que no, en ambos casos, y nos tememos que el PP no acabe de sacar las lecciones oportunas de ese error del pasado.
[Editorial de La Gaceta]

2 comentarios:

Anónimo dijo...

No sé quién dijo que convenía que se enfrentasen las ideas para evitar que se enfrentasen las personas. La realidad política española se ha convertido en el enfrentamiento de unas personas cuyas ideas son, en lo esencial, muy similares, sólo les separa lo accesorio. Y la mayor responsabilidad de esta situación le corresponde a quien en cada momento tiene la misión de actuar, no a quien tiene la obligación de criticar. Ya sabemos que no ofende quien quiere, aunque cuando un político en el ejercicio del poder se siente cuestionado por quien no puede o no sabe eludir el enfrentamiento estéril, ofrece una idea muy precisa de su escasa valía. (recuerdo el trato respetuoso de Felipe González a Hernández Mancha cuando, tras comprobar que no podía hacerle sombra política, se limitaba a responderle con principios y conceptos generales sin entrar al campo de los asuntos concretos. Y con este reconocimiento se cumple una especie de maldición que soportamos los españoles: otros vendrán que buenos nos harán).

Este enfrentamiento personal es el resultado de la práctica política impuesta en España donde los partidos (esos inconmensurables grupos de presión) preponderan sobre la personas e imponen ideas, programas, comportamientos, discursos, consignas, tics y disciplina de grupo, la militancia pura y dura de quien hoy incluso vemos bueno. Un partido político no es un todo resultado de muchos unos, es un todo existente que se impone a cada uno, cuyo ingreso se condiciona a la adhesión inquebrantable a una conciencia colectiva predeterminada. A estos grupos se acercan gentes de todo tipo, gentes que van a servir y gentes que van a servirse. La realidad es que sólo ascienden quienes saben medrar, quienes saben conspirar, trepar y vender lo que son aunque sea muy poco, quienes únicamente tienen el mérito (o la suerte) de estar en el lugar adecuado en el momento adecuado y sacan provecho del trabajo ajeno. Y no suelen coincidir con quienes más valen, trabajan y resuelven, Son personas que en general tienen dos facultades muy acusadas: el don de la palabra y el convencimiento neurótico (otros lo denominan seguridad) de todo cuanto dicen, sea lo que sea y aunque sea contrario a lo dicho en otro momento. Automáticamente, siguiendo sus inescrutables reglas internas, el partido los convierte en cargos y después en candidatos que unas elecciones transformarán en representantes y administradores de los muchos y variados recursos públicos.

Sí, estos son nuestros representantes políticos, personas de valía y prestigio reconocidos que han aprendido perfectamente (tienen el don de la palabra y un elevado instinto de la supervivencia y el mínimo esfuerzo) que hablar es gratis, que la palabra lo aguanta todo y no hay por qué rendir cuentas de ella (no así la acción, aunque ésta también se puede camuflar con la palabra). Y así la palabra se convierte en un fin por sí mismo y en la mejor herramienta para el objetivo perseguido, que no es otro que trepar por el cargo.

De nada sirve que nos quejemos. Si queremos cambiar este sistema de partidos, los ciudadanos hemos de actuar como individuos y hacer uso de nuestra capacidad de reflexión, hemos de exigir votar listas abiertas para elegir con autenticidad los representantes que queremos. Si no es así nos merecemos lo que tenemos.

Dicho esto como reflexión a sus dos últimos artículos.

José Luis González Quirós dijo...

Para Anónimo: estoy completamente de acuerdo con lo que dice; el problema de los partidos es muy grave, y solo se resolverá si aumenta la participación y el nivel de exigencia ciudadana en todos los ámbitos. Criticamos a los partidos, pero son un reflejo de nuestra cultura moral, si se me permite la expresión. Estoy de acuerdo en que el sistema de listas abiertas pudiera hacer que las cosas mejorasen, pero antes hay que llegar a que los partidos estén en condiciones de aceptarlo, y queda mucho para eso.