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sábado, 31 de julio de 2010

Una canción que da que pensar

Gracias a esa cadena de amigos que manda cosas, unas interesantes, otras jocosas, he podido escuchar a un grupo canadiense que pone música a unas ideas que no se quieren oír, una letra que debiera hacer pensar a los más jóvenes, y a nosotros, a los que les hemos traído hasta aquí.
Afrontar directamente la evidencia de que podemos estar en una degeneración irreversible, tanto desde el punto de vista demográfico, que es el más obvio, como desde el punto de vista moral, que es seguramente el básico, no es agradable, pero pudiera llegar, y no muy tarde, el momento en el que no hablar de estos problemas fuere una deslealtad, una traición para quienes nos van a heredar.
Hay una letra brillante de John Lennon que dice algo así como que la vida es lo que pasa mientras estás haciendo otra cosa (Life is what happens to you when you’re busy making other plans, Beautiful Boy), y creo que puede decirse que la historia también pasa de ese modo. Nuestra generación se ha preocupado tanto del futuro, de su futuro, que se ha olvidado de advertir los fenómenos decisivos que seguían un ritmo aparentemente lento, pero inexorable. Ahora el mañana es oscuro, pasaron los tiempos de las vacas gordas y no está mal que, en medio del jolgorio de una noche, unos chicos canadienses digan algunas verdades tan dolorosas como inquietantes.

viernes, 30 de julio de 2010

Militancia pura y dura

Felipe González ha dado un ejemplo de lo que es capaz, de que su sectarismo está intacto. Hace unos días ha publicado un lamentable artículo junto con otra pensadora de fuste, la ministra de Defensa y catalana vocacional, señora Chacón. El maridaje anunciaba novedades sustanciales, una síntesis generacional, qué sé yo, pero se ha quedado en mala escritura al servicio de las peores intenciones.
Aunque el texto era breve, admite resumen: la culpa de todo es del PP, aunque también son malos los nacionalistas que no siguen a Montilla y a la señora firmante. Un ejercicio de autocrítica, como se ve, un estadista este Felipe, capaz de sacar unos minutos de su ajetreada vida de nuevo rico para poner un poco de cordura en las querellas de los españoles.

jueves, 29 de julio de 2010

El Príncipe de la Paz ataca de nuevo

La legendaria capacidad de Zapatero para no dejar que la realidad le arruine una de sus ocurrencias es, como se sabe, perfectamente compatible con su impavidez para decir digo donde había dicho Diego. Hay asuntos en que, sin embargo, Zapatero nunca dará marcha atrás, porque forman parte de su más íntima vocación, de sus deseos más hondos. Uno de ellos es el anhelo de pacificar, a su manera, las relaciones con ETA. No se trata de una rareza, porque se encuentra en perfecta sintonía con la idea de que la España constitucional está mal hecha, y que esa mala hechura debe ser modificada y rota para que españoles, catalanes y vascos, como él lo diría, puedan vivir en paz. La fórmula política que ha de garantizarlo será la nueva izquierda que él está creando: una coalición que impida definitivamente el triunfo de la derecha, de quienes son los responsables de las tensiones que rompen este país, según la sectaria e interesada historia con que se nutre.
En su virtud, Zapatero tendrá que pasar por encima de la sentencia del Constitucional y, sobre todo, tendrá que lograr la paz con ETA. En una entrevista reciente se ha apresurado a declarar que el fracaso del proceso de paz sembró la “solución definitiva”, o sea, que él sigue en ello. A un tiempo, y de manera harto sospechosa, el órgano oficial de la banda se las promete muy felices: algo sabrán. Este Gobierno es un desbarajuste, salvo en la coordinación de sus feos negocios con ETA, como lo demuestra la férrea armonía con que se coordinan sus acciones y sus despistes: ¿Cuánto tiempo se va a tomar el señor Fiscal, por ejemplo, para actuar contra los tres encapuchados que leyeron el mensaje de ETA durante el homenaje a Jon Anza? Es imposible atribuir a la casualidad las delicadezas del señor Rubalcaba con los inquilinos de Nanclares, los acercamientos de presos, la desaparición de De Juana Chaos, o la liberación de Usandizaga, para que se ocupe de su mami.
Los gestos del Gobierno hacia los asesinos, que se nos presentan como dóciles corderos deseosos de ser concejales de la unión de izquierdas, se multiplican y se aceleran, es decir, que el Gobierno tiene un plan porque Zapatero tiene una obsesión, y necesita exhibir algún triunfo, por más que sea aparente y vaya manchado de sangre, ante el período electoral en el que estamos entrando.
Todo indica que estamos ante una repetición del escenario de 2005. Lo que entonces podía ser visto como síntoma de la fortaleza política del Gobierno que se atrevía, insensatamente, con todo, es hoy consecuencia de su debilidad, de la necesidad de ofrecer algo que justifique de algún modo una política cobarde, miope, indistinguible de la alta traición.
España no es tan débil como Zapatero y no tiene que pagar con gestos y con prebendas el uso de las bombas y el asesinato indiscriminado de inocentes. La banda está débil, pero nuestro Gobierno lo está todavía más, y pretende sacar pecho a costa de un nuevo paso en falso que dará nueva vida a ETA para que nos amargue un poco más la nuestra. Hasta el más lerdo de los analistas reconocerá que cuando una banda de asesinos obtenga premio por sus crímenes, lo que se garantiza es que cometa tropelías mayores, porque cualquiera de sus asesinos entenderá que las mercedes han sido logradas a golpe de pistola, y que sería una necedad dejar las armas, aunque, como es obvio, haya que disimular que así se ha hecho. Hoy mismo publica este periódico que la banda ha robado materiales necesarios para montar coches-bomba. Como se ve, todos a lo suyo, la banda a matar, y Zapatero a engañarnos de nuevo, a ver si su sueño le convierte en Príncipe de la Paz, a ser posible, a título vitalicio.

[Editorial de La Gaceta ]

miércoles, 28 de julio de 2010

Los silencios de Rajoy

Es un secreto a voces que una parte significativa de los militantes y votantes del PP están descontentos del perfil deliberadamente bajo que adopta Mariano Rajoy, lo que, naturalmente, no quiere decir que vayan a dejar de preferirlo a cualquier posible candidato del PSOE. Dando este dato por cierto, hay que preguntarse por las razones de tal actitud. La teoría dominante es que esa elipsis del líder del PP es deliberada, y se funda en análisis de sus asesores y, en último término, en dos convicciones de carácter estratégico. En primer lugar la suposición de que las elecciones “no se ganan, sino que se pierden”, ayudada por el convencimiento de que ZP las está perdiendo, tal como hoy indican las encuestas. Una segunda suposición, también muy importante, es la de que al PP no le conviene una gran movilización electoral de la izquierda, lo que resulta inevitable con un PP más beligerante, porque, simplificando mucho, a mayor participación electoral mayor probabilidad de victoria de la izquierda.
Creo que ambas suposiciones son, al menos, parcialmente correctas. No me parece, sin embargo, que sean enteramente ciertas, sino que, a la vista del comportamiento electoral de los españoles, se debieran matizar de modo muy significativo, pero, en cualquier caso, creo que para que puedan integrar cualquier programa político necesitan algunas hipótesis adicionales, que normalmente no se discuten, y que, si se dan por ciertas, pudieran conducir a eso que Thomas R. Merton llamó una profecía que se autocumple, una self-fulfilling prophecy, en particular, a una nueva derrota de Rajoy y del PP, ante Zapatero, o ante otro.
La hipótesis adicional que puede conducir al fracaso, se expresa, a mi entender, en otra doble la creencia: en primer lugar, la suposición de que la cultura política de los españoles es casi completamente inmutable y mayoritariamente de izquierdas, y, en segundo lugar, la convicción de que los partidos políticos, y en este caso el PP, no deben trabajar en ese terreno, puesto que son meras máquinas cosechadoras que deben dejar a otros la tarea de la siembra y el resto de faenas del campo. Ambas convicciones son, a la vez, excesivamente acomodaticias y, la segunda, al menos, rotundamente falsa, y lo sería tanto más cuanto la primera fuese más correcta. En la medida en que la dirección del PP tuviese ambas creencias, por el contrario, como ciertas, debiera actuar de la manera más disimulada posible, para hacerse con el poder en un descuido y tratar de mantenerlo mientras sea posible; creo que muchos suponen que eso es precisamente lo que se está haciendo, pero, si así fuere, se trata de un error de libro. Incidentalmente, una de las razones que puede abonar el equívoco de algunos estrategas del PP es un análisis deficiente de las razones de la sorprendente derrota del PP tras una legislatura en que había obtenido la mayoría absoluta, pero esta es otra cuestión.
Que la cultura política de los españoles sea de izquierdas es solo una media verdad, tan cierta como su contraria; lo que, sin embargo, es un hecho, es que la izquierda se toma más en serio la defensa de sus valores y promueve con eficacia una sociedad muy conformista y acrítica, subvencionada y dependiente; así tenemos, por ejemplo, que apenas el 4% de los españoles aspira a ser empresario y un 72% desearía ser funcionario, mientras que la derecha da muchas veces la impresión de que lo único que puede alegar en su defensa es que gestiona mejor los recursos públicos, un alegato muy débil e ineficiente en términos electorales. ¿Qué ha hecho el PP desde 2004 para combatir este estado de cosas? Me temo que apenas nada, y eso cuando no lo fortalece pretendiendo, de manera absolutamente absurda, resultar más protector de los llamados derechos sociales que la izquierda.
EL PP presume muchas veces de sus 700.000 militantes, pero, salvo en algunos lugares, no tiene una maquinaria política medianamente en forma, como se demuestra cuando se queja, a mi modo de ver absurdamente, de que las sonoras pifias de ZP no obtengan en las calles el rechazo que cosecharon sucesos mucho menos imputables a errores del PP, como se pudo ver en el ejemplar caso del Prestige.
Si el PP temiese la respuesta negativa de una izquierda siempre dispuesta al “no pasarán”, se equivocaría con un imposible disimulo, mientras que trabajará en contra de sus intereses, y de los de la democracia, si renuncia a desarrollar políticas nítidamente distintas de las del PSOE, y a justificarlas sin ninguna clase de temores. Ese trabajo ha de suponer un día a día sin desmayo y sin miedo, un análisis continuo de los problemas de los españoles y un contacto constante con la sociedad civil. El problema es que eso suele ser incompatible con una organización cerrada, sin ninguna democracia interna, y cuya acción política tienda a limitarse al aplauso del líder cuando desplaza sus escenarios de opereta por los espacios afines.
[Publicado en El Confidencial]

Cataluña y los toros

No sé con certeza cuál de las dos razones sea la dominante en la voluntad de los diputados catalanes y catalanistas que han votado la prohibición de la tauromaquia en Cataluña. No sé el porcentaje de animalismo y el de antiespañolismo qué corresponde a la medida, pero cualquiera de las dos razones me produce repulsión.
Jamás he ido a una corrida, bueno, una vez, y medio obligado, he visto un par de toros, me parece; no me gustan los toros, pero me gustan mucho menos las prohibiciones, me molestan los que nos desprecian, y no me gusta nada, pero nada, la religión animalista que se está imponiendo por ahí. Es decir, aunque no considero que lo que a veces se llama la Fiesta Nacional sea el colmo de los colmos, me molesta que tiren piedras contra ella a ver si me dan a mí, aunque no sea de esa guerra.
El animalismo me parece una auténtica regresión, además de que sea, con gran frecuencia, una hipocresía. Sólo me puedo tomar en serio a los vegans, a los vegetarianos radicales, y, los que yo he conocido, son personajes un poco peculiares, por decirlo de manera breve, aunque no todos, pero, al menos, sus razones, aunque un tanto inasibles, no son contradictorias.
Creo que el movimiento de derechos de los animales es positivo en la medida en que promueva un respeto a nuestros hermanos, como los llamaba San Francisco, y una cierta veneración de la naturaleza, pero pasarse de ahí es puro antihumanismo, y, como digo, una peligrosa creencia sin demasiado fundamento.
No escribiré ni una línea de elogio de los toros, que no lo necesitan, y han tenido estupendos defensores; por nacimiento prefiero a las vacas, tan dulces y mansas, y que eran, cuando niño, como de la familia. Ni siquiera entonaré una elegía cultural que me parece fuera de lugar, aunque otros usen y abusen del género.
Creo que los catalanes deberían dedicarse a no tocar las narices al resto de los españoles, pero se ve que les va, y hay que reconocer que lo hacen bien; al fin y al cabo, no me molesta que prefieran al burro como símbolo y desdeñen el toro de Osborne, pero lo que no acabo de entender es que se quejen de que caen mal y, al tiempo, se dediquen a perseguir a los taxistas que sacan la bandera de España el día de la victoria sobre Holanda, o a mostrar su supuesta superioridad moral prohibiendo las corridas. Me parece que están haciendo grandes esfuerzos para que no haya otro remedio que tenerles por antipáticos, y bien que lo siento.

martes, 27 de julio de 2010

Más sobre Guti y Raúl

Algunas personas cercanas me han reprochado cierta frialdad, e incluso injusticia, en mi comentario de ayer sobre el mismo tema; puede que tengan razón, pero creo que, sobre todo, por contraste con la excesiva tendencia al ditirambo y la exageración que es corriente entre quienes más hablan de estos temas.
Seguramente me equivoque al afirmar que Guti apenas había hecho nada tras la salida de Del Bosque, porque la verdad es que hizo algunos partidos magníficos, y algunas jugadas realmente memorables, en varios de los dramáticos partidos con los que se ganó la liga de Capello, la primera temporada de Ramón Calderón como presidente. No cabe duda que es un jugador dotado de una técnica portentosa, pero, para su desgracia, y la del madridismo, su peculiar manera de entender la vida y el fútbol no le han permitido cuajar en lo que hubiera podido ser.
El caso de Raúl es muy distinto, como dije, y nadie puede dudar de que sus primeros años en el Real Madrid fueron portentosos. Para que no queden dudas, suscribiré lo que dijo de él alguien que sabe de esto, nada menos que Alex Ferguson: “Real buys these big players like Figo, Zidane and Ronaldo, […] But the best player in the world has been there all along. He is Raúl.” Uno de los grandes, sin duda, pero el hecho es que llevaba ya unas cuantas temporadas rindiendo muy por debajo del nivel que le hizo ser el mejor. No ha tenido suerte con algunos premios, pero, pese a eso, su palmarés es envidiable. Para mí, su último gran gol fue un cabezazo contra en el Barcelona en el Bernabeu, otra vez el año de Capello, que fue especialmente emotivo, pero ya entonces era una sombra de sí mismo, y aunque comprenda sus motivos, prefiero no verle jugar de manera disminuida. Hay oficios que no aguantan 16 años a un gran nivel, y el fútbol es, sin duda, uno de ellos.
Como el fútbol está hecho de la materia con la que se tejen los sueños y las leyendas, ambos vivirán mucho más que nosotros, y su recuerdo será más glorioso a medida que pasen los años.

lunes, 26 de julio de 2010

Raúl se va y se ha ido Guti

Creo que la marcha de estos dos jugadores es el último favor que le prestan a su antiguo equipo, porque ellos, supongo que a su pesar, han personificado las dificultades de renovación del Madrid de los últimos años. Son dos jugadores distintos, muy distintos, pero su función en el Madrid de los últimos cinco años ha sido muy similar.
Raúl es un gran jugador, pero hace tiempo que perdió la calidad necesaria para jugar en el Real Madrid y, aunque tarde, hay que celebrar que se vaya de buenas maneras. Guti dejó de ser útil de verdad, al menos, desde que se fue, es un decir, Del Bosque. Su calidad es indudable y si hubiese tenido la moral de Raúl pudiera haber sido el mejor jugador de todos los tiempos; por supuesto que lo mismo podría decirse de Raúl, si hubiese tenido la calidad de Guti, pero estas cosas no suelen pasar.
El mundo del fútbol es un mundo muy especial en el que conviven, eso sí, malamente, los valores más sentimentales, y el mercantilismo más atroz. No sé lo que se habrá llevado cada uno por marcharse de buena manera, aunque sospecho que no se hayan ido gratis, como se dijo que se fue Zidane. No estoy para juzgar a nadie, ni siquiera de madridismo, una asignatura en la que me siento tan doctor como el que más, pero no me gustará oír en el futuro protestas de amor al Club si la liquidación se ha hecho como imagino, aunque se arguya que el Club ha ahorrado dinero, faltaría más. Que ambos tuvieran contratos como los que tienen es un síntoma inequívoco de la demagogia con que se gobiernan los clubes que se supone son de los socios, una de las mentiras más graciosas de las muchas que circulan en este deporte.

domingo, 25 de julio de 2010

¿Libros electrónicos o lectores?

Según parece, las Academias de la Lengua Española han acordado incluir en su próxima versión del Diccionario el término libro electrónico con dos acepciones, la primera se referirá a los dispositivos que permiten almacenar, reproducir y leer libros, y la segunda a los libros digitalizados que puedan leerse en esos dispositivos.
Me parece un desacierto, que quieren que les diga. Es posible que pueda considerarse admirable el esfuerzo de las Academias para mantener unida la lengua, pero no es tan seguro que sus trabajos rindan los frutos que se supone, ni que sus ideas sean siempre las más afortunadas. Creo que en este caso han tratado de ir más deprisa que el uso común, para eso se tienen por más sabios, imagino, y tengo la impresión de que su soluciónno ha sido demasiado brillante. No es que yo me oponga a que se llame libro a dos cosas que son muy distintas, a un contenido y a un soporte; si tal cosa fuese un error, que lo dudo, es ya demasiado viejo y común, es lo que hacemos al llamar libro al tiempo al Quijote y al volumen en que está impreso.
Lo que creo es que los académicos han tratado de que permanezca una analogía entre el mundo impreso y el digital, y esa analogía estalla por todas partes. El libro-aparato es, en realidad, un lector, mientras que los libros, en el sentido no material del término, son ideas objetivas que se pueden representar de infinitas maneras, en libros-volúmenes impresos, o en sistemas digitales que permitan su lectura. La diferencia entre el libro-volumen y el dispositivo digital que sirve para soportar miles de textos, no es demasiado relevante si se mira desde el punto de vista cuantitativo, un libro por volumen en el caso impreso, miles por lector digital en el caso del dispositivo, pero puede ser interesante desde otros puntos de vista. El dispositivo digital le devuelve al libro, a la obra que alguien ha pensado o imaginado y luego escrito, su singularidad más interesante, aquello que le hace ser él y no otra cosa. No me parece, por tanto, feliz la solución de llamar libro, como en el mundo de la imprenta, tanto al texto como al dispositivo que usamos para leerlo. Creo que portalibros o lector son mejores denominaciones que libro, pero eso ya se verá, será cosa de que pase el tiempo, el que se tome el progreso en dejar a las ediciones en papel tan fuera de juego como hoy lo están las carrozas.
Mi segunda discrepancia es con el calificativo electrónico, que huele, como mínimo, a naftalina, y que unido a libro compone una denominación, acaso correcta desde el punto de vista, digamos, científico, pero imposible de mantener en el uso popular. Lo lógico, por economía del lenguaje, es que le acabemos llamando al texto como siempre, libro, y al aparato con alguna única palabra que aún no tenemos, pero que surgirá. A mí, lector,a secas, me gusta mucho más, entre otras cosas, porque no hay ningún otro objeto al que nos refiramos con ese nombre. Contra portalibros, una buena sugerencia de Darío Villanueva, tengo que, aunque pueda parecer término más correcto, sea palabra que se aplique también a otros objetos, y que no ayude a sugerir la función de aquello que designa, lo que en un nombre nuevo puede ser de interés. Este objetivo utilitario se logra holgadamente con lector, tal es la razón de mi preferencia. De cualquier manera, todavía hay demasiado pocos lectores como para que ese uso, o cualquier otro, se imponga.

sábado, 24 de julio de 2010

Una década ominosa

Hace ya diez años que ZP decide la política de los socialistas españoles y a él le ha parecido que es algo que se habría de celebrar. Es un caso claro de que, como decía Espinosa y me gusta repetir, la política es la simpatía que el poder siente por sí mismo. Visto desde fuera, el fasto no lo es tanto, o no lo es en absoluto.
En la historiografía del siglo XIX es corriente contraponer el trienio liberal a la década ominosa, los buenos y escasos años en que rigió la Constitución de Cádiz, a los años oscuros y penosos en que quien había sido “El deseado” ejecutó a su antojo una política extremadamente funesta. Al cumplirse esta aniversario zapateril es inevitable comparar estos diez años de su liderazgo, con ese período tan nefasto de nuestra historia.
ZP ha llevado a España a una situación tan negativa que es difícil encontrar precedentes para el caso, lo que es especialmente grave si se piensa que heredó una economía en crecimiento y un país en plena confianza en sus posibilidades. Desde 1996, bajo los gobiernos del PP, España había alcanzado tales cotas de bienestar y crecimiento que a muchos parecía que hubiésemos entrado para siempre en una nueva etapa de nuestra historia. Todo eso comenzó a truncarse en 2004: tras unos días de terror y de espanto, en los que el PSOE dio buena muestra de lo que entiende por solidarizarse con la política antiterrorista del gobierno cuando él está en la oposición, los españoles se encontraron, por sorpresa, con un político bisoño y sonriente al que, como había sucedido con Fernando VII, prestaron una acogida benevolente y esperanzada.
El recién llegado dio pronto muestras de lo que iba a ser una de las constantes de su gestión: la política de gestos. Como para confirmar la buena impresión que de él se tenía tras no haberse levantado a saludar la bandera americana en el desfile de las Fuerzas Armadas, retiró a toda prisa nuestras tropas de apoyo a la pacificación del Irak sin importarle ni poco ni mucho los costes del desaire a nuestros aliados. Es necesario reconocer que en esto no ha cambiado: nuestro presiente se muere por una imagen, por una cita, por un retruécano. Como dicen quienes le conocen bien, no hará nunca un mal gesto ni una buena acción.
Durante su primera legislatura, Zapatero ha podido creerse, como la mosca posada en la cabeza de un elefante, que controlaba la situación. Una economía lanzada, pero gravemente necesitada de ajustes y medidas de prevención, le permitió iniciar una alocada carrera de gasto para comprar adhesiones y sugerir a los electores que todas las carencias y los problemas eran, únicamente, consecuencia de la tacañería y la avaricia de la derecha. Se dedicó a vaciar la despensa, convencido de que alguien volvería a llenarla a tiempo, lo que, como es obvio, no ha sido el caso, y, al tiempo, puso todos sus esfuerzos en inventar una España en la que la derecha ya no pudiese gobernar jamás. El Pacto del Tinell fue el anuncio de esa política sectaria y diametralmente opuesta a las bases de nuestro sistema constitucional. Sus dos grandes realizaciones fueron el mal llamado proceso de paz con ETA, que ahora pudiera estar conociendo una segunda oportunidad, y el Estatuto de Cataluña. El intento con ETA acabó con la voladura de la T4, crimen que ZP consideró como un mero accidente. La farsa del Estatuto está dando estos días sus últimos coletazos, pero no hay que descartar que un presidente tan obstinado como obtuso trate de convertir el fuerte palmetazo que le ha propinado el Tribunal Constitucional en una nueva fuente de dádivas para sus bienamados nacionalistas.
Convencido de que los gestos, y las palabras hueras, lo son todo, negó persistentemente la existencia de una crisis económica, trató de evadir cualquier responsabilidad, e intentó, incluso, pasar por ser el autor de las medidas que los mandatarios internacionales decidieron poner en práctica, mientras nuestro poeta seguía gastando el dinero que no tiene en reparar los bordillos en inútiles esquinas. En sus manos, hubiéramos ido a la ruina total, y solo la insólita intervención de Obama y de Merkel han conseguido que sea capaz de enfrentarse mínimamente a la espantosa situación de crisis y de deuda que ha generado su frivolidad y su ignorancia.
Zapatero no solo ha conseguido destruir una situación económica muy sólida, sino que ha vaciado por completo de contenido político al PSOE, y ha condenado al PSC a ser una caricatura nacionalista de lo que siempre ha sido. Aunque sus acciones parezcan apuntar diversos objetivos, la permanencia en el poder es y será su única estrella. Ahora trata de oficiar de patriota dispuesto al sacrificio, de líder que se inmola por la salud de todos: es únicamente la penúltima careta de un líder astuto, inmisericorde, cínico, vacío y peligroso.

viernes, 23 de julio de 2010

En Orio ganó Holanda

Tras las revelaciones de que la Generalidad catalana prohibió a los chavales que estaban de campamento ver el partido de la final del Campeonato mundial de fútbol en el que participaba España, llega ahora la versión orwelliana de esta censura en el territorio vasco. En un albergue de Orio, los chavales de entre seis y once años que allí se encontraban, no solo no pudieron ver el partido, sino que fueron informados de que lo había ganado Holanda (y que el gol lo había marcado Robben, tras un fallo del españolista Casillas, un tipo enrollado con una reportera feísima). Decididamente, hay muchos separatistas que son auténticos enfermos.
No es fácil entender que haya padres que entreguen a sus hijos, aunque sea solo una semana, a semejantes personajes, que los pongan en manos de organizaciones tan sectarias, tan brutalmente antiliberales. Si fuésemos una democracia normal, alguien debería hacer algo, pero ya queda dicho que entre nosotros se homologa sin ningún reparo la libertad con las cadenas.

jueves, 22 de julio de 2010

Bono se separa

El presidente del Congreso de los Diputados, José Bono Martínez, anunció recientemente la separación de su esposa Ana Rodríguez, amistosa y mediante acuerdo de las partes. Más allá del interés humano, la noticia tiene un notable interés político por su relación con la singular trayectoria de Bono como personaje público. Bono siempre ha dado que hablar y, recientemente, es seguro que más de lo que él quisiera. Su condición de socialista y su proclamación como cristiano, su supuesto españolismo y su rechazo al entreguismo de Zapatero a la causa del nacionalismo catalán, han dado lugar a numerosas polémicas. Sin embargo, lo que más revuelo ha ocasionado en los últimos meses es la revelación de la inaudita riqueza de un político cuya imagen había pretendido ser, hasta la fecha, popular y austera.
El copioso patrimonio inmobiliario y mercantil de Bono excede en mucho el alcance de sus elusivas explicaciones y su pretensión de que las noticias sobre su patrimonio formaban parte de una inexistente campaña de acoso es bastante cómica. En realidad, este argumento especioso ha hecho que los ciudadanos sospechen fuertemente de la riqueza de un personaje que lleva en el servicio público desde su primera juventud, cuando es pública y notoria la imposibilidad de edificar un capital tan pingüe con los emolumentos habituales. Las sospechosas relaciones que mantiene con magnates generosos con Bono y su familia, las transacciones muy ventajosas totalmente impensables para los ciudadanos normales, y una serie de irregularidades y tratos de favor son un síntoma evidente de corrupción. Pese a tanta abundancia de indicios, la Fiscalía, siempre atenta a determinar el valor de un bolso o de unos pantalones si han ido a parar a un político del PP, ha decidido atenerse a las proclamaciones de inocencia de Bono, y mirar para otra parte cuando se evidenciaban posesiones harto inverosímiles, como las colecciones de áticos en distintas costas españolas, o la hípica toledana edificada sobre una cañada protegida por normal medioambientales que, al parecer, son de aplicación al resto de los mortales, pero no rigen para los caballos, las cuadras y los aperos que el paternal Bono ha destinado para satisfacer la vocación ecuestre de uno de sus vástagos.
Las actividades mercantiles en el ramo de la bisutería fina de la exseñora de Bono han sido utilizadas para legitimar los recursos destinados a financiar un parque inmobiliario escasamente común en las familias españolas. Como una buena mayoría de españoles post-Logse tiene dificultades con la aritmética, no se ha caído en lo prodigioso que resulta que unos negocios de minucias, y situados en poblaciones escasamente fashion, hayan podido reportar tan altos rendimientos. En este contexto hay que preguntarse, por fuerza, si la separación juega algún papel en la estrategia de disimulo que viene practicando el matrimonio Bono para no dar cuenta del origen de su sorprendente y variopinta fortuna.

miércoles, 21 de julio de 2010

La farsa del Estatuto

La democracia se inició en España cuando Adolfo Suárez se propuso, con el apoyo de todos, hacer políticamente normal lo que en la calle era normal. Pronto comenzaron los políticos a olvidarse de un propósito tan sensato y, en consecuencia, hay de nuevo dos Españas, la de la calle y la de los políticos. El caso más obvio es el de la política territorial. Las autonomías no han evolucionado como la gente deseaba, para acercar el poder a los ciudadanos, para evitar el centralismo y la burocracia; su desarrollo ha supuesto exactamente lo contrario, más burocracia, nuevos centralismos y mayores dificultades para la vida común, para gestiones y negocios.
La actualidad política debería estar centrada en los esfuerzos de todos para superar una gravísima crisis que afecta a nuestro modo de vivir, a nuestras expectativas, pero, gracias al estupefaciente caso del Estatuto catalán, estamos todos en otra cosa. Son muchas las razones del desencuentro entre los intereses de los políticos y las inquietudes de la gente, pero la raíz de todas ellas está en que los políticos se olviden de quienes representan, y se dediquen exclusivamente a manejar en su propio beneficio los resortes del poder que les conferimos.
El caso del Estatuto es ejemplar. El Estatuto no ha nacido, como se empeñan en repetir, de un mayor deseo de autonomía de los catalanes. Los catalanes de verdad no habían manifestado nunca el más ligero descontento con el Estatuto vigente desde 1979. Su modificación fue una ocurrencia de ZP para desmarcarse del PP y romper las reglas del juego que habían permitido las dos victorias electorales de Aznar en 1996 y 2000. Para algunos socialistas, si la democracia permite el triunfo de la derecha es que algo está mal, y Zapatero se propuso arreglar ese algo, “cueste lo que cueste”, como dice ahora. Naturalmente, los políticos catalanistas vieron el cielo abierto y no acababan de creer el regalo que llovía del cielo: un presidente, español y socialista, dispuesto a pasarles por la derecha en su nacionalismo, y pensaron, naturalmente, que quien ríe el último ríe mejor.
Una vez instalados en este escenario surrealista, las anomalías no han dejado de multiplicarse. Muchos barones regionales de ambos partidos decidieron sumarse al festín y se lanzaron a promover absurdos estatutos de segunda generación, justamente cuando la mayoría de los españoles ya estaban pensando que, de ser necesaria una reforma, habría de ser en el sentido de dotar al Estado de mayores medios de control y de coordinación en infinidad de materias en las que el ámbito territorial adecuado era el nacional, y no el de los nuevos territorios regidos por señoritos deseosos de blindaje, boato y embajada.
La farsa del Estatuto bien puede terminar en tragedia porque nunca acaban bien los intentos de los políticos por ir más allá de lo que razonable. Una vez que el Tribunal Constitucional declarase inconstitucionales varios aspectos esenciales de un Estatuto antiliberal, megalómano e innecesario, los disparates han alcanzado el delirio. Montilla, que pretende engañar a no se sabe quién tratando de ser más catalán que la butifarra, se pone al frente de una manifestación contra la sentencia, es decir contra la ley. Zapatero que, al parecer ama a Cataluña sobre todas las cosas, promete corregir la sentencia, que ya es suficientemente chapucera debido a las impúdicas presiones de su gobierno, por la vía de hecho y se une al preámbulo inconstitucional del estatuto al proclamar que Cataluña es una nación política, un nuevo concepto surgido de su inagotable verborrea. Hay que reconocerle que está a punto de lograr un milagro: ahora que no tiene dinero para comprar a los insaciables, ha conseguido ofrecerles leyes de nueva planta a medida de sus intereses.
Todo esto es absurdo, y también desastroso. Es normal que muchos políticos parezcan no inmutarse mientras haya garantías de que puedan seguir en su puesto; lo que no es normal es que les sigan votando los que son preteridos a mayor honra, por ejemplo, de los políticos catalanes y vascos. Lo realmente anómalo, lo verdaderamente misterioso, es que los votantes no tomen nota de lo que están haciendo en su nombre, que siga habiendo andaluces, extremeños y cántabros, por no agotar la enumeración, que vuelvan a depositar su voto en un personaje entregado a los intereses de los nacionalistas, de quienes están haciendo de la democracia una caricatura, a quienes han instaurado una nueva religión civil que incluye mandatos tales como impedir que los niños de un albergue puedan ver la final del campeonato del mundo ¡porque juega la selección española! Pues bien, quienes votan a Zapatero votan también a quienes más odian a los españoles, a quienes nos desprecian, a quienes cobran el sueldo a nuestra costa para levantar murallas de incomprensión y desigualdad, algo que no interesa lo más mínimo a los ciudadanos de Cataluña, ni, desde luego, al resto de los españoles.
[Publicado en El Confidencial]

martes, 20 de julio de 2010

Esto sí que es una noticia

Hoy me he desayunado con una noticia realmente esperadaSegún Amazon.com, las ventas de los libros electrónicos han superado por primera vez las de los de papel. Parece que, además del crecimiento normal cuando las cosas se hacen bien, el crecimiento se ha podido deber a la bajada de precios de su lector Kindle, que ahora vale solo 189 dólares, lo que ha hecho que  en la primera mitad de 2010 se hayan vendido tres veces más Kindle que en la primera mitad de 2009. En el mes de junio Amazon ha vendido 180 libros digitales por cada cien libros impresos en papel, y eso que el precio de los digitales todavía no ha llegado a ser lo barato que podrá ser en el futuro.
Amazon tiene a la venta 630.000 libros digitales de pago y 1,8 millones de títulos gratuitos. Los libros de Amazon pueden leerse, además, en muchos otros dispositivos, además de en el PC con una aplicación que Amazon proporciona de manera gratuita. El futuro, por fin, se acerca. 

lunes, 19 de julio de 2010

Señoritos en huelga

La huelga del Metro de Madrid y el paro disimulado de los controladores de Barcelona tienen en común el ser dos acciones que muestran un profundo menosprecio de esos individuos hacia los intereses de los ciudadanos, hacia quienes les pagan por su trabajo. Se trata de colectivos bien atendidos desde el punto de vista salarial, los controladores, mejor que bien, como se sabe, pero que no parecen dispuestos a renunciar al poder del chantaje, a enfrentarse sin trucos y sin chulería a la negociación de un status razonable para ellos.
En el fondo de sus acciones subyace el mito obrerista y organicista que es una de las grandes rémoras que la democracia ha heredado del régimen anterior, un mito que, por más que se trasvista, no deja de ser el disfraz de una inmunidad intolerable. La responsabilidad de los políticos que no se han atrevido a poner en su sitio al poder sindical haciendo una ley de huelga es enorme. Así no se puede vivir, secuestrados par la voluntad de cuatro señoritos de rompe y rasga cuyo único poder es su capacidad de intimidación que se funda únicamente, en el fondo, en el complejo obrerista y paternalista de la izquierda española, y de la derecha, que, aunque pretendan modernizarse, siguen atrapadas en la creencia hipócrita de que determinados derechos sociales no son formas indefendibles de privilegio.

domingo, 18 de julio de 2010

A una semana de la fiesta española

A una semana de la hazaña española parecen haberse desvanecido los ecos de esa admirable victoria, de una extraordinaria prueba de unión y de eficacia de los sentimientos y las energías comunes a todos los españoles. Los políticos se han encargado de volvernos al estado de anomalía, al enfrentamiento y la división que solo a ellos interesa. Yo sé de sobra que fútbol es fútbol, y que hay un riesgo enorme de meterse en un charco si se trata de sacar conclusiones políticas apresuradas, pero tampoco se puede ignorar que, como decía Lenín, la política empieza inevitablemente cuando aparecen las multitudes, y apenas es posible recordar algún suceso más multitudinario que el que vivieron el domingo nuestras calles y plazas.
Los españoles no teníamos, en realidad, ningún problema con el fútbol: muchos de nuestros equipos han ganado torneos de primerísimo nivel y están a la cabeza mundial en casi todos los aspectos de este deporte. La cosa parecía distinta, sin embargo, cuando jugaba el equipo de España, y un tono de mediocre desfallecimiento, de lamento vergonzante es casi lo único que se nos venía a la cabeza al recordar las pifias y fracasos de nuestra selección en contraste con los éxitos de nuestros rutilantes clubs. La gracia del fútbol de nuestros equipos se convertía en la desgracia nacional de la selección, a veces con los mismos protagonistas, con idénticos ídolos, y un dolor sordo y lacerante se apoderaba de los que eran, a la vez, aficionados y patriotas, porque algo raro parecía pasar con España. Ese panorama comenzó a cambiar hace dos años con el cetro europeo y la evidencia de que Luis había conseguido dotar al equipo nacional de una identidad y ambición inéditas, porque la calidad era evidente en todos y cada uno de sus miembros. El cambio del vitriólico Luis al sosegado Del Bosque pudo parecer que amenazaba al nervio de un equipo en el que el técnico salmantino había introducido algunas ligeras variantes, y el mundo del fútbol, que es pasto de polémicas inagotables, se entregó con pasión a discutir sobre abstrusas doctrinas estratégicas.
El triunfo del pasado domingo se llevó esas metafísicas al limbo, donde debieran permanecer, y nos entregó la maravillosa sorpresa de un equipo que ha sabido sobreponerse a todas las triquiñuelas del fútbol, que ha sabido imponer su indiscutible calidad, su sabia manera de defender y su portentoso domino del balón, para mandar a casa a unos holandeses crecidos, muy buenos y dispuestos a emplear toda clase de recursos, futbolísticos y de cualquier otro tipo.
Su sacrificio ha permitido que, como de repente, muchos hayan recordado su condición de españoles asociada con algo de que sentirse orgullosos, con una victoria más allá de cualquier duda, nítida, limpia, honrada. España ha estallado en gente que lloraba y se abrazaba, que se ponía su bandera con orgullo, es decir que había ocurrido algo realmente extraordinario, una manifestación sensible de la unidad y el brío de una nación que ni es discutible ni está muerta o descompuesta. El maravilloso juego de los nuestros ha hecho que brote con naturalidad, y hasta en los parajes más hostiles, un españolismo limpio, sin vergüenzas, que no excluye a nadie y que cuenta con todos, una realidad que tratan de reprimir, muy en vano, políticos de campanario, personajes mediocres, almas mezquinas y necias incapaces de gozar del placer de compartir, de amar la diversidad, mastuerzos empeñados en uniformar a un paisanaje que se resiste al paso de la oca, pero que vibra con el talento, con los equipos que saben maridar el genio individual y los intereses comunes de todos ellos.
En medio de las celebraciones, de los infinitos abrazos y lágrimas de estos genios del balón, dos de ellos, un catalán de la Pobla de Segur, y un charnego de Tarrasa, se abrazaron y corrieron por el campo con una senyera, con la bandera catalana. Pronto escuche comentarios reticentes en algún medio, pero a mí me pareció un ejemplo hermoso de amor a lo propio, de homenaje a esa Cataluña que ha aportado a un importantísimo número de jugadores al equipo de todos: ¿es que acaso Cataluña no es España? Me pareció admirable que hayan hecho ese gesto con libertad y alegría, reivindicando su doble condición de catalanes y de españoles. No hay nadie que sea sólo español. España es un piélago de diversidad, como suelen serlo, por otra parte, países de extensión similar. El equipo nacional tiene, como no puede ser de otro modo, jugadores asturianos, madrileños, catalanes, navarros, canarios, andaluces... ¿A quién puede extrañarle?
Unos artistas del balón han venido a liberarnos, al tiempo, de nuestros complejos nacional-futbolísticos y nacional-políticos. Tanto el domingo como el lunes se pudo asomar a la calle una España sin complejos, sin rencor, sin masoquismo histórico, una España que no quiere disminuir sino crecer, una España de todos. Se trata de una espectáculo que la mezquindad política habitual no puede consentir, que pugnará por reducir a una ilusión, a una mentira. Las emociones en vena requieren una digestión lenta y sus efectos son más visibles a largo que a corto plazo: evidentemente no van a cesar con esto los absurdos enfrentamientos que promueven los políticos, puesto que de ellos se lucran y muchos quedarían en nada sin ellos, pero, como dijo Iniesta al acabar el partido, todavía no se sabe bien la que han armado.

sábado, 17 de julio de 2010

Erase una vez en América

Hace unos días vi por enésima vez en la TV la película de Leone cuyo título es el de este post. Creo que desde que la vi por primera vez, siempre he tenido con esa película una doble sensación, de admiración y decepción. En esta última ocasión, aunque no la viese completa, me sentí especialmente defraudado. El desencanto al ver una película en numerosas ocasiones no tiene nada de particular, me ha pasado numerosas veces, con Huston, con Hitchcock, con Kazan, con Scorsese o con Berlanga, incluso con Kubrik, pero poco, apenas con Lang, Capra, Buñuel o Ford. La televisión es mal sitio para ver películas clásicas, no cabe duda, de manera que también habrá que descontar ese factor, supongo.
La película de Leone es magnífica en lo que no es original: su ambientación, su música, sus personajes son dignos herederos de la tradición de El Padrino, cuyas dos primeras entregas son diez años anteriores a la película de Leone, pero del mismo modo que uno aguanta sin pestañear las dos de Coppola, la tercera es otra cosa, el velo del misterio ha abandonado a Leone y nos deja ver la carpintería, el artefacto en el peor sentido de la palabra. Hay, sin embargo, escenas realmente memorables: el joven Patsy que se come el pastel que ha comprado para seducir a Peggy mientras espera su salida, algunas apariciones de la bellísima Rebeca, la escena del cambio de los recién nacidos en la maternidad para apretar al sargento de policía (Danni Aiello), una escena plenamente kubrikiana, incluso por la música, pero predomina la sensación de que un guión engañoso juega con el espectador más de la cuenta porque tenemos un haz de interpretaciones con posibilidades que no es fácil conformar:
1. 1. por una parte, vemos como Nodless-Robert de Niro confirma que Max Bercovitz-James Woods ha muerto, pero luego la historia nos sugiere que fue un engaño,
2. 2. parece que el fantasmagórico personaje que fue Max y es el senador Bailey se suicida arrojándose a un ominoso camión de basura
3. 3. puede ser que toda la historia con Noodless ya viejo sea una imaginación del Noodles joven mientras se droga en un fumadero chino.
Se trata, pues, de una opera aperta, si se quiere, pero ese es un recurso que en cine hay que manejar con calma y mimo, porque si te pasas es peor. Además, el juego entre la historia y la narración es, tal vez, más barroco de lo aconsejable para que el espectador pueda dialogar de tu a tu con el autor. En consecuencia, hasta que vuelva a verla la próxima vez, si se da el caso, me quedaré con la impresión de que es una película de espléndida factura a la que falta algo más que algo para ser una obra maestra.

viernes, 16 de julio de 2010

Vuelve la burra al trigo, o sobre la nación política

El debate sobre el estado de la Nación (al parecer, jurídica y española) ha girado, sobre todo, en torno a la creatividad verbal del presidente que siempre está dispuesto a encontrarle una salida personal y partidista al principio de contradicción, una norma que le debe parecer una cosa machista o algo así. Zapatero admitió que la nación jurídico-constitucional que reconoce la Constitución es solo la Nación española, y da la impresión de que considera que es algo con lo que debiéramos conformarnos los mentecatos que tomamos medianamente en serio las ideas y las palabras que las expresan.
A partir de esas migajas de triunfo (¿jurídico? ¿político?) ZP se lanzó a explicar que el Tribunal Constitucional admite otros conceptos de nación. Queda claro que ZP piensa que el TC debiera ser en realidad una especie de Tribunal Conversacional que vaya dando entrada a términos no necesariamente inequívocos con tal de que él, o el propio ZP, les sepan encontrar un acomodo en el discurso político. Lo malo es que la presidente del TC también parece pensar lo mismo. Piénsese en lo que diríamos si al esperar una sentencia sobre una supuesta estafa, el Tribunal decidiese enrollarse sobre la relación entre el mundo de las estafas y el de los negocios, para concluir que lo que se le somete pudiera parecer una estafa, pero que no se debería perder de vista el hecho de que el acusado no lo entiende así, lo que resulta bastante relevante dado el hecho de que el mundo de los negocios es muy cambiante y que el supuesto estafador ha declinado su derecho a presentarse ante el Tribunal.
Dado que el TC ha decidido cambiar de oficio, atendiendo a las sutiles recomendaciones que la vicepresidenta de la moda le hizo a doña Emilia en el lugar tan escasamente visible que todos recordamos, ZP ha decidido volver a la sofística chapucera, que es lo suyo. A su juicio, el TC permite suponer que en «términos políticos, sociológicos o históricos» sea posible hablar de nación como expresión de un sentimiento, de una visión de su historia. Este argumento ha debido parecerle débil al propio ZP, pues se lanzó a complementarlo de la siguiente guisa: «Por otra parte, lo dijera o no el Tribunal Constitucional son hechos, suceden y hay ciudadanos que consideran que su comunidad responde a esas características». «Les podemos tapar la boca, pero como en democracia eso no se puede hacer, tenemos que respetar y limitar jurídicamente el alcance de esa realidad».
Este hombre no tiene remedio. Los argumentos le importan una higa. Ya lo dijo hace tiempo, la lógica y la política no tiene nada que ver. Lo tremendo es que esa es la vía por la que ZP se comunica con una parte importante del electorado que ve, de tan brillante manera, convalidada su torpeza y su ignorancia, porque ya nadie necesita otra cosa que, por ejemplo, desear ser un ornitorrinco para que Zapatero recuerde que él no ha ganado las elecciones para negárselo.
Solo un ignorante sin fronteras, un demagogo irresponsable, o un traidor, podrían admitir sin pestañear que lo importante es el concepto jurídico de nación, porque el uso político del término está en el mercado, es optativo. La verdad es estrictamente lo contrario: el concepto de nación es únicamente político porque a efectos jurídicos no existe la Nación sino el Estado. Así pues, reconocer que Cataluña es una nación (política, por supuesto) es admitir, para la lógica común, que tiene derecho a ser un estado independiente, es decir, dar por bueno que haya una superestructura política que pueda decidir, al margen de la soberanía nacional, y del deseo de los ciudadanos catalanes que efectivamente existen, que hay dos naciones (de momento) en el territorio del estado español: la propia España, que conserva una suerte de extraño poder jurídico sobre la nación catalana, y Cataluña misma a la que, de momento, no se le apetece ser un Estado independiente, pero todo se andará.
No he leído la sentencia del TC, pero me extrañaría que hubiese llegado tan lejos en desvergüenza intelectual como lo ha hecho este presidente, modelo de indignidad, epítome de indecencia sofística, y escarnio de españoles.

miércoles, 14 de julio de 2010

El despilfarro de las publicaciones oficiales

Ayer y hoy he recibido sendas publicaciones oficiales lujosamente editadas en papel. Como casi todas las de ese género son regalos del editor, el organismo público correspondiente. No creo que exista ningún comprador de esa clase de libros, normalmente muy difíciles de encontrar, pese a lo que, en su caso, puedan valer.
El paquete que ayer me llegó contiene una decena de textos de un gran valor cultural, pero la forma de edición de estas obras las condena a la inexistencia intelectual, es decir se ha gastado un buen dineral para nada. El que me han dado hoy tras una reunión, es igualmente valioso, pero de, como los de ayer, ha nacido muerto de las prensas, como dijo Hume de su Tratado, aunque es obvio que se equivocaba.
¿Cuánto tardarán nuestros organismo oficiales en comprender que ya no tiene sentido ninguno esa clase de publicaciones? De manera mucho más barata y eficiente se podrían poner a la venta, o a la descarga gratuita, en la red, de forma que el esfuerzo que hay detrás de cada uno de esos trabajos no quede estéril.
La pereza intelectual de nuestros poderes públicos consiente este despilfarro escandaloso. Supongo que también habrá quienes lo vean como una forma de protección del libro y tal y cual, pero yo he visto sótanos atiborrados de publicaciones que nadie abrirá jamás, cruelmente condenadas al limbo. Yo creo que se trata, pura y simplemente, de uno de tantos disparates que se cometen al buen tun-tun con la pólvora del Rey, es decir con nuestros impuestos.

martes, 13 de julio de 2010

La nobleza de la política

Siempre he estado de acuerdo con Edmund Burke al pensar que la política es el más noble de los oficios humanos. Es obvio de que, como siempre que se habla de virtudes, hablamos de una posibilidad, de un óptimo que puede darse o no. De hecho, la imagen que tenemos habitualmente de la política se aparta bastante de la idealización y nos recuerda, con frecuencia, a un lodazal, pero la democracia se defiende, entre otras cosas, proclamando la nobleza esencial e ideal de las funciones políticas.
He pensado mucho en este tema mientras veía, y me sumaba, las muestras de alborozo de tantísima gente por un triunfo deportivo tan resonante como el del Mundial de fútbol en Sudáfrica. ¿Cómo es posible que tantas personas capaces de llorar de emoción ante un ejemplo de abnegación, de calidad, de compañerismo, de alegría, de unidad, y de mil cosas más, como el que ha dado el equipo de España, no sepan premiar con su elección a los políticos mejores y más nobles? Creo que la respuesta hay que buscarla en los reglamentos, en la letra pequeña, en la parcialidad de los árbitros.
Nuestra democracia es aún muy joven y ha desarrollado un sistema de representación y de partidos que constituye una caricatura de la democracia; nuestros políticos, en lugar de jugar un fútbol alegre, con clase y camaradería, se dedican a echar balones fuera y a buscar la tibia del contrario. Esto tendría que cambiar, pero requerirá probablemente tanta paciencia como la que hemos tenido los aficionados con la selección a lo largo de años escasamente brillantes, apenas épicos. La fuerza que ha de cambiarlo es el pueblo, empujando con sus críticas, participando más en los partidos, siendo más exigente con las cosas que los políticos nos dicen y con las que nos ocultan. Es una batalla larga, pero, al final, venceremos. No hay que olvidar nunca que los problemas de la democracia se curan con más democracia: en eso se parece también al fútbol.
Como decía Burke, “El pueblo no renuncia nunca a sus libertades sino bajo el engaño de una ilusión”, de manera que los ideales de la democracia se fundan mejor tras el desengaño, y eso lleva su tiempo, igual que conseguir la preciada Copa que muchos creyeron fuese imposible.

lunes, 12 de julio de 2010

Más que fútbol: anatomía de un entusiasmo

Una cosa que parece indiscutible es que las hazañas de la selección española han tenido a muchísimos españoles en vilo. El fútbol tiene esa rara habilidad de concitar multitudes sin que hagan ascos los exquisitos, aunque siempre haya un margen para el desentendimiento de los muy raros. Por su fuerza descomunal, el fútbol logra que la mayoría de la gente goce de lo lindo cuando se imagina con el 7 de Villa, el 9 de Torres, el 6 de Iniesta, el 3 de Piqué, o con los guantes de Casillas.
En Sudáfrica, el equipo español no solo ha logrado un éxito inédito en lo deportivo, sino que ha reavivado un fenómeno que ya vivimos hace dos años cuando ganaron el campeonato de Europa. Hay que reconocer que es raro ver a los españoles unánimes en algo, y si me apuran, es más raro aún que esa unanimidad se forje en torno al fútbol. El fútbol es indiscernible de la polémica, del odio teológico, de manera que ver a un madridista, por ejemplo un servidor, aplaudiendo con rabia el gol de Puyol a Alemania tiene algo de extraordinario, sobre todo si el madridista recuerda, como es mi caso, que ese gol es un calco milimétrico de uno de los de la media docena, y no digo más.
Resulta que el fútbol nos ha venido a recordar lo que tenemos de común, que somos españoles. Sucede que la gente, sobre todo los jóvenes, más ajenos a tantas absurdas enfermedades que algunos se empeñan en cultivar, gritan con fuerza su condición y se abrazan emocionados. Ocurre que las banderas aparecen como setas en las ventanas, en los coches, casi como si estuviésemos en Estados Unidos o en Méjico. Se trata de un fenómeno que está lleno de interés, sin duda. Muchos lo interpretan como un españolismo coyuntural, como lluvia de verano, pero seguramente es más exacto decir que el fútbol permite que se asome sin vergüenza un sentimiento hoscamente reprimido, un amor atávico y condenado a prisión por una nube de políticos mezquinos y mentecatos.
España es infinitamente amable, pero está sometida a una propaganda, primitiva y necia pero eficaz. Que si España no existe, que si España es el franquismo, que si España es la Inquisición, que si España exterminó a los indios, que si España es Castilla, que si España es lo peor, que si España es una vergüenza, que si España es un invento… qué sé yo. Hay legiones de burócratas, no son otra cosa, que viven de sacar brillo a uno de los mitos más masoquistas y estúpidos que quepa imaginar, a un mantra que, sin embargo, lo decía el corrosivo Azaña, ha cundido, porque, para nuestra desgracia, en España se propagan con enorme eficacia las tonterías más solemnes.
En estas estábamos cuando unos chavales bien viajados, habilísimos profesionales, se ponen a hacer un fútbol que encandila incluso a los que no entienden del asunto, que son más de los que parece, un fútbol que entra por los ojos, que hace gritar de entusiasmo, que enamora. Y resulta que ese equipo es España, mira por dónde. Y aunque algunos aviesos tuercebotas hayan intentado rebajar el entusiasmo con la paletada esa de la roja, la gente sale a la calle, habla sin tapujos de lo que siente, se olvida de las consignas políticas de vía estrecha y se emociona con nuestro equipo, con nuestro himno, con la bandera, con España. Los jefecillos de las tribus separatistas, los que se ganan algo más que el jornal a base de humillarnos a todos, se ven en un apuro. Tratan de excogitar soluciones ingeniosas, dicen que ellos van con Honduras o que tienen una prima brasileña, pero se les acabaron las excusas. Donde pueden se niegan a instalar pantallas para que la gente se extasíe viendo a los nuestros hacer maravillas, pero se tienen que esconder hasta que la marejada amaine. La cosa va para largo, sin embargo, porque en estos asuntos, como decía Don Quijote, más obran los ejemplos que las buenas razones, y, no va a ser fácil olvidar que juntos podemos hacer cosas que ni nos atrevíamos a imaginar.
Lo que va a quedar en el corazón de millones de españoles les hará sentir un infinito hartazgo de las triquiñuelas de quienes quieren vivir a nuestra costa, a base de avergonzarnos, a base de enfrentarnos a lo más ruin de nuestra historia, a lo que tenemos derecho a olvidar para afrontar batallas reales y que realmente merezcan la pena. Son ya muchos los españoles que han demostrado por el mundo adelante que no tienen ninguna razón para ceder ante los mejores en ninguna profesión, en ningún negocio, en ninguna aventura. Ahora ha sido el fútbol, una de las pasiones que más nos solivianta, lo que nos ha mostrado lo que valemos, y habrá que poner en su sitio a los que viven de dividirnos, porque los españoles juntos somos más, somos mejores, somos distintos. Como quería Machado, a España la defiende el pueblo frente a la traición vergonzosa de muchos de sus políticos, y el éxito de nuestros futbolistas, de Albacete, de Tolosa, de Asturias o de La Pobla de Segur es un signo que ilumina nuestro futuro.
[Publicado en La Gaceta]