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sábado, 17 de julio de 2010

Erase una vez en América

Hace unos días vi por enésima vez en la TV la película de Leone cuyo título es el de este post. Creo que desde que la vi por primera vez, siempre he tenido con esa película una doble sensación, de admiración y decepción. En esta última ocasión, aunque no la viese completa, me sentí especialmente defraudado. El desencanto al ver una película en numerosas ocasiones no tiene nada de particular, me ha pasado numerosas veces, con Huston, con Hitchcock, con Kazan, con Scorsese o con Berlanga, incluso con Kubrik, pero poco, apenas con Lang, Capra, Buñuel o Ford. La televisión es mal sitio para ver películas clásicas, no cabe duda, de manera que también habrá que descontar ese factor, supongo.
La película de Leone es magnífica en lo que no es original: su ambientación, su música, sus personajes son dignos herederos de la tradición de El Padrino, cuyas dos primeras entregas son diez años anteriores a la película de Leone, pero del mismo modo que uno aguanta sin pestañear las dos de Coppola, la tercera es otra cosa, el velo del misterio ha abandonado a Leone y nos deja ver la carpintería, el artefacto en el peor sentido de la palabra. Hay, sin embargo, escenas realmente memorables: el joven Patsy que se come el pastel que ha comprado para seducir a Peggy mientras espera su salida, algunas apariciones de la bellísima Rebeca, la escena del cambio de los recién nacidos en la maternidad para apretar al sargento de policía (Danni Aiello), una escena plenamente kubrikiana, incluso por la música, pero predomina la sensación de que un guión engañoso juega con el espectador más de la cuenta porque tenemos un haz de interpretaciones con posibilidades que no es fácil conformar:
1. 1. por una parte, vemos como Nodless-Robert de Niro confirma que Max Bercovitz-James Woods ha muerto, pero luego la historia nos sugiere que fue un engaño,
2. 2. parece que el fantasmagórico personaje que fue Max y es el senador Bailey se suicida arrojándose a un ominoso camión de basura
3. 3. puede ser que toda la historia con Noodless ya viejo sea una imaginación del Noodles joven mientras se droga en un fumadero chino.
Se trata, pues, de una opera aperta, si se quiere, pero ese es un recurso que en cine hay que manejar con calma y mimo, porque si te pasas es peor. Además, el juego entre la historia y la narración es, tal vez, más barroco de lo aconsejable para que el espectador pueda dialogar de tu a tu con el autor. En consecuencia, hasta que vuelva a verla la próxima vez, si se da el caso, me quedaré con la impresión de que es una película de espléndida factura a la que falta algo más que algo para ser una obra maestra.

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