Página del autor

Pincha aquí si quieres ir a la página del autor

martes, 31 de agosto de 2010

Las tradiciones de la democracia

Gracias al buen consejo de un amigo he tenido la oportunidad de ver John Adams una de esas series americanas cuya mera existencia dignifica la TV, y que aquí nadie produce, entregados al comadreo, político o, preferiblemente, de cloaca.
John Adams fue uno de los founding fathers de los Estados Unidos y el segundo presidente de la nación. No había gozado de un reconocimiento tan unánime como el de Washington, Franklin o Jefferson, su amigo y su mayor rival. Ahora, un libro de David McCullough ha resaltado la importancia del legado de Adams. Además de la lección de historia que supone, los españoles podríamos aprender muchas cosas repasando las peripecias de Adams y el cariz de sus enfrentamientos con Jefferson, el gran líder radical al que Adams logró contener y moderar.
Adams y Jefferson eran, por encima de todo, dos defensores de la independencia de la nueva nación y dos demócratas convencidos, pero discreparon profundamente sobre el ritmo que había de imprimirse al Gobierno de los Estados Unidos: Adams era un federalista al que se acusaba de monárquico y anglófilo, y Jefferson un republicano muy cercano a las ideas radicales de los revolucionarios franceses. Aunque haya que tener en cuenta que términos como republicano o federalista han cambiado profundamente de significado en estos doscientos largos años, lo esencial es que tanto Adams como Jefferson estuvieron siempre dispuestos a poner sordina a sus ideas y objetivos para anteponer los intereses de su patria. Se sabían padres de una criatura que podía malograrse y, aunque jamás renunciaron a sus ideas, supieron no olvidar que la libertad del pueblo y la unidad de la nación eran los bienes superiores a los que nunca se podría renunciar en aras de otro fin político, o de su éxito electoral. Adams resistió bravamente las presiones para entrar en guerra, para caer en las garras de la disputa franco-británica, y Jefferson mantuvo esa política cuando consiguió ser el tercer presidente de los Estados Unidos evitando la reelección de Adams.
Nuestra democracia es también joven todavía y no puede presumir de antecedentes demasiado gloriosos, porque, desde muchos puntos de vista, ha supuesto una cierta refundación de la nación, un comienzo que, como siempre ocurre, tiene que armonizar lo nuevo y lo viejo, porque España, mucho más vieja que los Estados Unidos, no es ningún invento reciente. No creo que los líderes políticos actuales hayan sabido estar siempre a la altura de la responsabilidad que esta situación les confiere.
Nuestro presidente muestra una tendencia al mesianismo que es completamente irresponsable, y su intento de reinvención de España a la luz de su exclusivo catecismo está, inevitablemente abocado al fracaso, aunque desgraciadamente, a un fracaso algo más grave y calamitoso que el mero desastre de una política equivocada. Entregado a un absurdo revisionismo del pasado, tarea que, en cualquier caso, no le corresponde y le supera, se muestra, además, extraordinariamente débil y condescendiente con quienes no hay otro remedio que considerar como enemigos de la nación española, con los terroristas, con los separatistas, o con quienes pretenden arrebatarnos parte de nuestros viejos territorios históricos, estén en la orilla que estén. No creo que sea exagerado decir que Zapatero nunca se ha propuesto ser el presidente de todos los españoles, el líder de una nación que tiene, como todas, que defenderse, y ello aunque profese una sana ambición a promover una paz justa y duradera en el mundo, propósito irreprochable donde los haya.
Por su parte, el líder de la oposición parece moverse la mayoría de las veces por resortes de escaso alcance, como si fuera un mero funcionario, como si la política fuese un engorroso negocio del que hubiere de abstenerse. Muchos detestamos la política nacional de Zapatero, pero, más allá de los tópicos para alimentar a los incondicionales, desconocemos en buena medida el alcance de los proyectos de Rajoy. Si uno obra con disimulo a la búsqueda de una deconstrucción que no se atreve a hacer enteramente explícita, el otro parece pensar que a los electores no nos interesa que se hable a fondo de los problemas políticos, y que basta con prometernos que acabará la crisis y subirá el empleo.
No se debiera pretender liderar un país tan complejo como el nuestro a base de ocultar a los electores lo que se piensa, temiendo que las ideas enajenen los votos. Adams y Jefferson enseñaron a los norteamericanos que la política consiste en un enfrentamiento a cara de perro, especialmente con los enemigos de la nación, que siempre existen. En nuestra democracia parece extenderse una tradición de disimulo que testimonia un desprecio despótico a los electores enteramente incompatible con la democracia. Tenemos mucho que aprender de los Adams y los Jefferson, si realmente pensamos que la democracia es algo más que un expediente para evitar que nos señalen con el dedo.
[Publicado en El Confidencial]

lunes, 30 de agosto de 2010

El incierto futuro del Real Madrid

Los aficionados al fútbol somos personas que habitualmente estamos en un estado de excitación general, bastante próximos a una histeria no del todo maligna. Por no generalizar indebidamente, afirmaré con suficiente conocimiento de causa que ese es, al menos, el estado mas común entre los madridistas.

El comienzo de la Liga ha puesto en ascuas a los forofos del Real Madrid: un empate en Mallorca, mientras el Barça sigue jugando como los propios dioses no es un dato tranquilizador, especialmente para quienes hayan podido pensar que Mourinho hace milagros al instante. Bien, dejando lo que pueda haber de exceso en estos temores, y confiando en que Mourinho pueda encauzar la situación, es muy probable que el club se encuentre ante uno de los momentos más comprometidos de su historia. Desgraciadamente la larga mano de Florentino ha mecido la cuna madridista desde hace ya diez años, unas veces haciendo, otras no dejando hacer, y el balance es muy poco satisfactorio, en especial si se compara con el de su gran rival. Florentino se ha jugado con Mou su último cartucho: es evidente que una nueva temporada en barbecho pondría a su presidente a los pies de los caballos.

Por descontentos que estemos con la gestión de FP, los verdaderos madridistas deseamos el éxito de Mou y no debiéramos desesperar tan pronto. Me parece que Mou puede enderezar el rumbo errático de la era florentiniana. De no ser así, el futuro del Real Madrid pudiera estar en el aire, así que mejor será que las cosas salgan bien.



domingo, 29 de agosto de 2010

Woody Allen se recupera

La vuelta a Londres le ha devuelto a Woody Allen algo de su antigua inspiración, lejos de Match Point y de sus mejores películas, pero lejos también de su espantoso bodrio catalano-ovetense. La presencia española en la película hacía temer lo peor, pero el neoyorquino, que hace una aparición inicial a lo Hitchcock, ha rodado una historia de interés, Conocerás al hombre de tus sueños, muy bien apoyada en los grandes actores, en Naomi Watts, en Anthony Hopkins, Gemma Jones o Freida Pinto, sobre todo, pero también bien servida por un guión ágil y bien construído que entrega alguna escena hilarante, y algunas situaciones ingeniosas.
Los personajes son un punto exagerados, pero se les perdona por la buena historia, por los giros del destino y la fortuna que han de afrontar, generalmente a su pesar. Allen vuelve a sus temas morales, a su burla de lo que simplifica excesivamente las cosas, pero también a su indulgencia con los que se equivocan porque, normalmente, no son capaces de prever el curso de los acontecimientos y tratan, atropellada e ilusamente, de conseguir una felicidad que suele estar en otra parte, si es que está en parte alguna. El éxito es un objetivo equívoco, y la verdadera bondad escasea, así que sus personajes siguen estando de los nervios desde las primeras horas, con cierta ventaja para los que no se hacen grandes ilusiones. La mirada de Allen es ya, si no lo ha sido simpre, la de un viejo.

sábado, 28 de agosto de 2010

El candidato de la derecha

Nadie pretenderá, seguramente, que Pedro Castro, alcalde de Getafe, pueda pasar a la historia por la profundidad de sus análisis políticos, por su sutileza argumental, o por sus refinadas maneras. Puestos a escogerle para algo habría que mirar, sin duda, hacia lo contrario del ingenio o la originalidad. Me parece que se trata de un verdadero héroe del tópico, de uno de los que mejor expone esa forma de ser de la izquierda que consiste en repetir catecismos inverosímiles como si el buen sentido fuese un imposible metafísico.
Este mediodía se me ha aparecido en un telediario haciendo méritos junto a Vacuna Jiménez, la candidata de ZP para derrotar a la señora Aguirre. Pese a que probablemente no vote a Vacuna Jiménez, al menos en esta ocasión, abrigo los mejores sentimientos hacia ella, y me gustaría recomendarle que no se deje arrastrar por los argumentarios del getafense, aunque supongo que ella misma se dará cuenta, quién sabe.
El caso es que Pedro Castro, sorprendido por las cámaras siempre atentas de una de las numerosas televisiones que veneran a ZP, se ha entregado a la meditación en voz alta, como el hombre sencillo y sentimental que sin duda es. Se ha visto pronto que estaba preocupado por su amigo Tomás Gómez y que ardía en deseos de librarle del mal paso en el que está a punto de caer, de hacer algo que pudiere evitar que se hunda en el fango de manera irremisible. ¿Qué ha dicho la luminaria getafina? Ha puesto al descubierto con plena claridad, y con la agudeza dialéctica típica de nuestros socialistas, que, en realidad, y sin quererlo, Tomás Gómez se estaba convirtiendo, de hecho, y nótese el énfasis, en el candidato de la derecha.
No sé si Pedro Castro será consciente de que esa advertencia es enteramente horripilante para todo el mundo, para la izquierda, por motivos obvios, pero para la derecha también. ¡Y luego los hay que se quejan de que en las campañas no se dice la verdad! ¡Qué profundidad de pensamiento de izquierdas!, ¡qué clarividencia!, ¡qué trasparencia inocente!
Supongo que Gómez se habrá quedado estupefacto al verse tan paladinamente descubierto, al haber sido expuestas sus vergüenzas tan al aire de la calle. Menos mal que en el PSOE abundan los Castro, las gentes capaces de evitar esta clase de suplantaciones tan típicas de la democracia que defienden los chupasangres liberales, tan hipócritas ellos. Es reconfortante comprobar que sigue habiendo gente que llama al orden ante la liquidación del zapaterismo que intentan, de consuno, Tomás Gómez y la derecha.
No creo que Gómez esté a tiempo de aprender la lección, pero podría leer algo sobre las depuraciones soviéticas para comenzar cuanto antes su reeducación, aunque, como dedica mucho tiempo a las pesas, no ha debido leer a Petit, aunque me temo que Castro seguramente tampoco. Si bien se piensa, esto de la política española es más sencillo de lo que parece, y por eso los fenómenos como Castro llegan tan arriba.

viernes, 27 de agosto de 2010

La lectura y el color

ristóteles afirmó que la vista es el sentido preferido por los humanos debido al saber que proporciona. Pese a esa vieja y fundada opinión, me temo que amemos la vista más por el placer que por el saber, aunque no sé cómo se podría decidir una cuestión de este estilo. La vista nos entrega formas y colores. Las formas han sido decisivas en el saber y en la comunicación: la escritura, la religión, la metafísica y, por supuesto, la geometría y la ciencia se basan, sobre todo en formas, en ideas. Los colores han sido menos decisivos para el saber, pero resultan irremplazables para el gusto, para la emoción y el hedonismo.
Casi desde los comienzos de la escritura se ha procurado ilustrar los libros con colores, complementar la información con emociones. Desde los Beatos a los colorines hay una línea continua que ensalza la belleza del color, la pobreza del gris, del blanco y el negro.
Esta oposición, entre la sobriedad del contraste bicolor y la sensualidad de una paleta cromática cada vez más completa, está teniendo ahora una cierta importancia, a la hora de decidir la forma más eficaz de instrumentar soportes digitales de lectura.
Hasta hace muy pocos años, los periódicos de papel eran completamente bicolores, pero los técnicos y los especialistas de marketing pensaron que el papel gris no podría competir con la televisión en color, y los diarios empezaron a rendirse a las imágenes, a poner los textos a sus píes. Ahora ya son muchos los que se sienten incapaces de leer algo que no venga ilustrado con colorines, los mismos que se sienten incapaces de ver cualquiera de las joyas del cine negro. En homenaje a esa clase de ciegos para el claroscuro, las portadas de las novelas, un género clásico del blanco y negro, se ilustran actualmente no con tipografías sino con imágenes propias del cine en tecnicolor.
Los dispositivos lectores han logrado perfeccionar mucho la técnica del papel electrónico o tinta electrónica (e-paper o e-ink), pero no acaban de triunfar plenamente porque muchos posibles lectores, fieles a esa devoción del colorín, exigen pantallas sensualmente cromáticas que, al menos hasta ahora, no se han podido fabricar con la tecnología de la tinta electrónica, tan amigable con el descanso y el bienestar de nuestros ojos. En cambio el i-pad de Apple, además de otras ventajas que pueda tener, funda su atractivo en su capacidad para actuar como dispositivo lector de libros, y periódicos, precisamente porque soporta el color, algo completamente inútil, cuando no perjudicial, para el verdadero lector.
Tras todo esto se oculta, me parece, un engaño, un equívoco muy poderoso. Las grandes ventajas de los aparatos que poseen una pantalla de tinta electrónica son dos, fundamentalmente: la primera que no cansan la vista, cosa que puede ser extenuante si se lee de manera continua, durante horas, un texto en una pantalla de PC o de una tabletcomo el iPad; la segunda es que es que se trata de dispositivos exclusivamente dedicados a la lectura, aunque los fabricantes incluyan en ellos, de forma bastante absurda, música u otra clase de cosas, en lugar de mejorar exclusivamente su eficiencia en la finalidad principal. Lo que hay detrás de todo esto, me parece, es que la sola lectura, solitaria, pasiva, maniática, está un tanto en decadencia, lo cual puede parecer un argumento tomado de los delirantes defensores de los libros impresos, pero, vamos a ver, ¿cómo se puede comparar un solo libro con miles o millones disponibles con un solo gesto soberano?

jueves, 26 de agosto de 2010

La verdad sospechosa

El título de la obra de Juan Ruíz de Alarcón, un dramaturgo barroco que antes conocían todos nuestros colegiales, pude servirnos para analizar la conducta del Gobierno ante el prolongado secuestro de dos cooperantes españoles en manos de la rama magrebí de Al Quaeda.
Como es lógico, nuestro primer sentimiento es el de alegría, porque siempre es grata la noticia de que unas vidas cruelmente alteradas puedan volver a la normalidad. Pero, aunque los Gobiernos puedan preferir lo contrario, nuestra misión no se puede reducir al aplauso y a los parabienes, porque, querámoslo o no, en esta clase de sucesos se ponen en juego actuaciones que, aunque se procure que permanezcan ocultas, no pueden ser aprobadas de una manera incondicional. El Gobierno ha hablado de que se ha trabajado duramente, pero eso es solo un eufemismo para ocultar que se ha obrado suciamente, de que con la excusa de la liberación de dos españoles inocentes se ha orillado el ordenamiento jurídico del estado de derecho, y se han pisoteado los más elementales principios éticos y de prudencia. Que tal haya sido la conducta del Gobierno en otros casos no le quita gravedad alguna, como tampoco es disculpa que una parte de la opinión pública aplauda hipócritamente este tipo de éxitos tan equívocos y gravosos. ¿Conoce alguien alguna razón que justifique el pago a Al Quaeda y que no pudiera aplicarse a cualquier otro secuestro, por ejemplo de ETA? ¿Estaríamos dispuestos a pagar a ETA cada vez que iniciase un secuestro como lo ha hecho el Gobierno siempre que ha estado por medio el terrorismo islamista?
Las circunstancias sentimentales del caso pueden hacernos olvidar que lo que el Gobierno español ha hecho es financiar a una organización de secuestradores que seguramente repita la suerte en cuanto se le presente la oportunidad, puesto que han alcanzado sus objetivos propagandísticos y económicos con relativa facilidad; pero, además de pagar al secuestrador, como viene siendo la norma de este Gobierno en los casos de ataques islamistas, puesto que tal se hizo con el Playa de Baquio y en el Alakrana, hemos presionado a Mauritania para que libere a uno de los secuestradores, lo que añade un cinismo notable a una acción tan escandalosamente oportunista. Este Gobierno se deja llevar siempre por el éxito fácil, sin reparar en el precio, es decir, que aplica en estos conflictos la misma moral con la que rige el gasto público, hasta que se le ha tenido que recordar que no se le consentirían más despilfarros. Si, desgraciadamente, se repitiesen los secuestros a españoles, que son más fáciles que los de franceses o americanos por citar casos cercanos, es posible que alguien acabase advirtiendo a nuestro Gobierno que no se le iban a consentir nuevas liberaciones a base de financiar y fortalecer a bandas internacionales de malhechores que no nos amenazan solo a nosotros, aunque pagando con tanta liberalidad seguramente mantengamos la exclusiva en el ramo. No se puede aplaudir esta clase de logros gubernamentales, salvo que sintamos una irrefrenable tendencia al masoquismo.
Por último, es necesario hacer una llamada de atención a la actividad de estas organizaciones que se dedican a hacer el bien en lugares tan exóticos como peligrosos, con la cantidad de menesterosos que uno encuentra sin salir de la provincia. Cabe esperar que atenúen sus afanes viajeros, y que el Gobierno establezca sanciones para quienes no observen unas normas mínimas de prudencia cuyo incumplimiento resulta muy costoso para todos.
[Editorial de La Gaceta 250810]

miércoles, 25 de agosto de 2010

La España perezosa

Este largo y cálido verano nos ha permitido una especie de tregua en esa carrera, aparentemente imparable, hacia el desastre económico. La gente se ha movido, los que pudieron, pero los restaurantes estaban de capa caída, y las rebajas no han hecho su agosto. Como es frecuente que nuestros políticos no quieran darnos disgustos, se ha extendido la explicación benevolente de que nuestra crisis es de importación, como casi todo. Se trata de una actitud que favorece el quietismo, y que tiene, en cualquier caso, una larga tradición entre nosotros. Aunque no fuese esa la intención de Unamuno, el “¡que inventen ellos!” se ha convertido en un lema muy práctico entre españoles que se traduce en “¡ya nos sacarán de esta!”, los americanos, o los alemanes.
Tal vez fuere cosa de que revisásemos algunas de nuestras ideas al respecto, de que aprendiésemos a ser críticos con lo nuestro, con nuestros defectos y errores. Quizá debamos de curarnos cuanto antes de la idea de que somos admirables, de que sabemos vivir muy bien, de que el mundo nos envidia, una estirpe de tópicos que se han cultivado con esmero a raíz de las mejoras de estos años; el éxito es, a veces, peor medicina que el fracaso, porque no se aprende, y se puede incurrir en una autocomplacencia desmedida.
La mayoría de los defectos de los españoles se deben a la autocomplacencia, a escasez de autocrítica. Tenemos una tendencia irrefrenable a considerarnos los mejores, cosa que alcanza caracteres simplemente patológicos en algunas comunidades, y no miro a nadie.
Se trata, en suma, de pereza cultural, de falta de curiosidad, de que escasea la ambición intelectual y se premia lo cutre, lo mediocre, lo que mejor nos representa. Somos peculiarmente narcisistas y nos parece que el colmo de la perfección es lo que se nos asemeja. Basta con ponerse delante de los televisores en algunos de esos programas de altísima audiencia y que, con cierto disimulo, se conocen como telebasura. Allí se entroniza la chulería de barrio bajo y el mariconeo presuntuoso; allí se ensalza el insulto como majeza, y se discuten asuntos de una puerilidad rayana en lo subnormal; allí se asiste a la exaltación de los cuernos, se componen odas al magreo, se convierten las intimidades en baratijas de vecindario y se idolatra a personajillos sin ninguna cualidad, mero retrato de la vulgaridad roma de los espectadores.
Todos sabemos muy bien que esa clase de degeneraciones son corrientes en muchos ámbitos de nuestra vida pública, que abundan los funcionarios que no acuden a sus puestos de trabajo, o que, una vez allí no hacen nada, que persisten y crecen los organismos inútiles, que se abren y se sostienen negocios a base de favores públicos, sin ninguna razón de ser. Ayer mismo, a mi vuelta de vacaciones, puede ver en una carretera archisolitaria como un ayuntamiento, seguramente pobre y endeudado hasta las cejas, había instalado sobre la carretera que rodea al núcleo urbano una gigantesca e inútil pasarela, supongo que para evitar que los vecinos crucen la carretera al ir al campo, un artilugio completamente vano en una vía recta y llana en el infinito castellano y por la que escasamente pasarán quince vehículos a la hora. Una obra enteramente innecesaria que a buen seguro habrá alegrado las arcas de algún amigo del munícipe o del partido correspondientes, afeando además un paisaje de belleza ascética y medieval.
La democracia no ha conseguido, al menos todavía, que los españoles dejemos de pensar en los Reyes Magos, en que las soluciones vengan de arriba, que caigamos en que nuestro porvenir depende solamente de nosotros. Ahora se ha hecho corriente la crítica a los políticos, a los partidos, y no seré yo quien diga que no está archijustificada, pero resulta estéril e hipócrita si no va seguida de una reflexión elemental: los políticos son así porque nosotros les permitimos serlo, porque hacen con sus poderes lo mismo que nosotros hacemos con los nuestros, ir a lo suyo, evitar la competencia de otros, mentir a nuestro favor, hacer como que hacemos, y un sinfín de corruptelas similares.
¿Es que nuestros grandes empresarios son mejores? ¿Es que nuestras universidades les mojan la oreja a las americanas y a las inglesas a un tiempo? ¿Es que nuestra tecnología es siempre la más avanzada del mundo? ¿Es que nuestros periódicos son los más objetivos y decentes que se pueda imaginar? ¿Es que nuestras instituciones, empezando por la Justicia, se baten bravamente por su independencia y su responsabilidad? Tenemos derecho a soñar, pero lo primero sería que nos fuésemos sacudiendo esa pereza moral, la rutina que nos lleva a repetir una y otra vez las mismas quejas; de esta manera estaremos legitimados para exigir algo distinto, y, sobre todo, seríamos capaces de imponerlo. Es imposible una España mejor sin que cada uno se esfuerce por sacar de si lo mejor de sí mismo, sin dejar de pactar con lo que es cutre e ilógico en el ámbito de cada cual, porque la mediocridad pública resulta inevitablemente de una suma simple de fracasos.
[Publicado en El Confidencial]

lunes, 23 de agosto de 2010

De libros y números

Google ha llevado a cabo una de esas acciones imposibles para el universo mundo, y muy difíciles para la propia Google: ha establecido el número de libros distintos, u obras singulares, que existían en un momento determinado. Su cuenta afirma que hay (o había en ese momento del 5 de agosto) un total de 129.864.880 libros distintos. Tengo que reprimirme para no comentar aquello del que vio por primera vez el mar y dijo: “pues no me parece tan grande”. Se trata de una cifra inmensa, que sigue creciendo día adía a buen ritmo, pero no hay que ser muy avisado para suponer que todos esos libros, casi sin excepción, van a estar, más pronto que tarde, en formato digital y a disposición de cualquiera que pueda necesitar o desear consultarlos. En comparación con las posibilidades que se abren ante esta eventualidad, las dificultades, nada pequeñas, que traerá consigo el acceso a esa biblioteca universal, de la que ya hace años que hablamos Karim Gherab Martín y yo, van a ser cosa menor, sin duda.
No hace mucho tampoco que Nicolas Negroponte, un profeta que se ha equivocado lo justo, que ha atinado siempre en los sustancial, estimó que la vida que le queda al libro de papel no pasará de cinco años. Me gustaría que Negroponte no se equivocase, lo digo totalmente en serio, pero temo que está siendo ligeramente optimista, que está subestimando las fuerzas del oscurantismo papelista y literario. De cualquier manera, es cada vez más claro que la lectura digital se irá imponiendo a través de dispositivos cada vez más amigables y eficientes, aunque siempre quedarán los obsesos del papel de los que conozco, y soporto pacientemente, a unos pocos. Como español puedo predecir y predigo que seremos los últimos en hacer cierta la profecía negropontina, cosa de la raza.    

sábado, 21 de agosto de 2010

La TV en color y en blanco y negro

Entre los que peinamos canas es corriente el comentario de que la televisión que ahora podemos ver es mucho peor que la de la época del blanco y negro. Supongo que no será así, pero reconozco que es difícil imaginar una televisión de peor calidad que la frecuentemente exhibida, en dura competencia de zafiedad, por la mayoría de las cadenas, lo que se llama, con todo motivo, telebasura. Este fin de semana lo pasé en un hotel rural cuya única y lamentable posibilidad de ver televisión por la noche era uno de esos programas de cotilleos de cuyo nombre evito acordarme por pura salud mental. No creo que se pueda concebir un producto de peor calidad moral, estética, intelectual y dramática; se trata, evidentemente de bazofia, de auténtica mierda. Es asombroso y tristísimo que abunde el público que disfruta con esta clase de debates, con esta burda manipulación de supuestos escándalos, de comentarios rijosos, de afición a los pedos y a las grescas de vecindonas y mariquitas, que son, invariablemente, los maestros de ceremonia de esta clase de detritus.
Yo confieso que pretendía ver una serie inglesa sobre Miss Marple, el personaje de Agatha Christie, que llevaba varios días viendo en Intereconomía TV. La serie es una auténtica joya, no tanto por la calidad, en cualquier caso excelsa, de los guiones, como por el preciosismo con el que se recrea un ambiente social de completa exquisitez, el mundo de la alta clase inglesa de los cincuenta, tal vez una de las maneras más elegantes y sofisticadas de vivir que hayan existido nunca. La España de 2010 está, desgraciadamente, tan lejos de la excelencia como nuestra telebasura lo está de las series y los documentales de la BBC.
A mi me parece que lo de la crisis económica es relativamente sencillo en comparación con el lastre que supone convivir con quienes se interesan realmente por los personajes, las pasiones y las aventuras de los famosos de las teles. Es un caso de corrupción moral e intelectual sistemática de una sociedad en la que, sin necesidad de esa especie de estímulos, ya no abundan los prodigios intelectuales. No estoy sugiriendo que haya que prohibir ese tipo de TV, porque creo que no sería lícito ni útil, pero creo que realmente tenemos un problema, y que habría que tratar de resolverlo.
.

viernes, 20 de agosto de 2010

¿Nos gusta que nos mientan?

Una de las características que hacen interesantes, y peligrosas, a las personas es nuestra capacidad de disimulo, de mentir. Se trata de una amenaza que pende siempre sobre las relaciones humanas que, a medida que se hacen íntimas, tienden a consagrar un ambiente de confianza, de sinceridad, una atmósfera que, como todos sabemos, resulta arduo mantener. Curiosamente, lo que es válido en la vida común, no se puede aplicar inmediatamente a la política, por la sencilla razón de que el poder, por muy democrático que sea, tiende siempre a ocultarse y, con frecuencia, a mentir descaradamente. Revel decía, acaso con un punto de exageración, que la mentira es la primera de las fuerzas que rigen el mundo.
Una vieja canción infantil, ensartaba con humor unos embustes increíbles: “Por el mar corren las liebres, por el monte las sardinas, tralará”. Al evocarla, pienso con frecuencia que podía verse como una poetización de la vida política en la que las mentiras se dicen con idéntico desparpajo. La mentira en política es un hecho tan cotidiano que nos obliga a preguntarnos si nos gusta que nos engañen.
Los amantes del cine recordarán el título de una excelente película de Steven Soderbergh, Sex, lies and videotapes; en ella, una memorable Andy McDowell descubría un chantaje emocional y el negocio que sus próximos hacían a costa de su engaño y, pese a estar enamorada, castigaba con el abandono a su pareja. Pues bien, lo notable es que esta conducta tan normal en la vida común no rige en la vida pública, seguramente porque es muy difícil ser independiente y comportarse de manera racional cuando se tiene interés por la política. Algo más fácil es ser indiferente y abstenerse, como lo prueba el alto número de ciudadanos que prescinden de su voto por unas u otras razones.
Este verano está siendo un vivero inagotable de mentiras de primer orden, de aquellas que casi no evitan el parecerlo. Por ejemplo, todo el proceso desencadenado en Madrid para desmontar a un tal Tomás, y no digo más, puede considerarse como un legítimo intento de presentar un rival de fuste a la presidenta Aguirre, pero se ha ofrecido como prueba de vitalidad del socialismo madrileño, como garantía de democracia interna, hasta el punto de que Trinidad Jiménez haya dicho, sin inmutarse, que Zapatero no había tenido nada que ver con todo esto, que su candidatura responde a un largo proceso de maduración y debate en el seno del partido, y nosotros sin enterarnos.
¿Es que de repente la bella Trini se ha vuelto mentirosa? En ningún caso: lleva un largo proceso de aprendizaje, como corresponde a una política que, pese a su juventud, ya ha gastado largos años al servicio de la propaganda. Basta con echar un vistazo a sus servicios en Sanidad. Vacuna Jiménez no ha tenido la más mínima duda en exagerar la importancia de la gripe A con el discutible propósito de hacer más relevante el cargo que desempeña, una cartera prácticamente virtual porque la sanidad está completamente transferida. Un político de su talla no puede conformarse con un marbete sin contenido, de manera que la gigantesca empresa de vacunación que concibió ha sido seguramente la más cara y más necia de las campañas de imagen.
Si lo pensásemos bien, deberíamos estar profundamente irritados ante tanta evidencia de que los políticos nos toman por tontos, de manera que debe haber una explicación para tanta complacencia boba con mentiras tan de bulto como las de Vacuna Jiménez. Los políticos no mentirían si no les resultase conveniente, si no supiesen que sigue existiendo un número suficiente de personas dispuestas a creerlos. Se trata, pues, de nuestra credulidad, de una candidez interesada y fingida, que funciona aunque esos creyentes sepan, y lo saben con frecuencia, que la verdad es que el rey está desnudo.
La mentira política es una manera de colocarse más allá del bien y del mal, de sustraerse a cualquier control. Son muchos los que piensan que ellos también se benefician de ese privilegio del poder absoluto, aunque solo unos pocos saquen alguna ventaja tangible del embuste. La mentira es un instrumento de discriminación, una manera de reconocer a los fieles, a los incondicionales. La tolerancia de los ciudadanos hace que los políticos tiendan a pensar que todo consiste en salir del paso, y que en política no se cumple aquello de que se atrapa antes a un mentiroso que a un cojo. Mentir, por si acaso, se convierte en norma de prudencia elemental: no vaya a ser que la gente se entere y lo pasemos mal.
Rubalcaba aumentó su bien merecida fama el día que, en plena jornada de reflexión, aseguró que merecíamos un Gobierno que no mintiese. Rubalcaba no estaba dando una lección de ética, sino que le convenía llamar mentiroso al PP para derrotarle con mayor facilidad, y no hubo más. Como Rubalcaba, los políticos mentirán mientras calculen que la mentira es rentable y que todavía les queda algún crédito para emplearla a fondo. Eso es todo.
[Publicado en El Confidencial]

martes, 17 de agosto de 2010

La Alianza de civilizaciones explicada a los militares

Nuestro ZP ha tenido muchos desencuentros con el exterior (por supuesto, según de qué exterior se trate), y, como sabemos, hace tiempo que decidió fabricarse uno a su medida, la Alianza de Civilizaciones, que no iba a ser cosa de poco o algo más o menos hispanoamericano que recordase al franquismo-felipismo. Como la cosa está siendo, de todos modos, algo delicuescente, la niña de Felipe y de el ex Bambi se ha propuesto explicársela a los militares, que son muy obedientes.
Habrá que ver el profesorado, pero seguro que se emplea a eminencias, porque no es fácil entender algunas de las sutilezas que se esconden detrás del magistral propósito de ZP. La cosa se le ocurrió, seguramente, cuando oyó que un americano había escrito sobre el conflicto de las susodichas, o cuando leyó un papel de algunos de sus mil asesores sobre situación del mundo para que no se pierda más de la cuenta. ZP ha demostrado que es un hacha en captar dónde se esconde los equívocos, esos errores que hacen que la vida deje de ser una maravilla según se mira desde la izquierda. Si hay quien habla de conflicto de civilizaciones, pues a defender lo contrario, porque todo el mundo sabe que la paz es el valor supremo. Hay un problema con el término elegido, sin embargo. Toda alianza es frente a algo y ZP ha propuesto algo así como un partido entre la selección mundial y el resto del mundo. Claro que esta clase de objeciones son calderilla en comparación con la grandeza del propósito y los militares sabrán escuchar con altura de miras.
Aunque ZP ya les ha explicado el caso a los islámicos (y a las tribus africanas de Moratinos) que, según ha dicho, son gente pacífica y de buen rollo, aunque tengan algunos problemillas con el feminismo y alguna otra cosita, es decir, que todavía no están maduros para lo de Aido, el gran momento es ahora con las explicaciones a los militares que se van a convertir en los centinelas de lo progre por donde quiera que vayan sin necesidad de llevar el clavel en el fusil. De este modo, los que no quieran ser bomberos, en la unidad de acción zapateril inmediata, podrán ser apóstoles del pacifismo, que falta nos hace. En adelante no solo serán ejemplo de dedicación, entrega y profesionalidad, según dice siempre la tele, sino que serán embajadores de la buena nueva zapaterina, que, a su vez, se convertirá en un detente-bala frente a los riesgos de las guerras que sigan haciendo los que no se enteren de lo de ZP.

lunes, 16 de agosto de 2010

Aceras humanas

A la salida de mi alojamiento veraniego una numerosa cohorte de obreros se empeña en achicar una esquina de acera que, pese a pasar de cincuentona, tiene al parecer unos graves e invisibles defectos que hacen inaplazable su sustitución por una esquina más humana, como decía la propaganda del concejal de turno al comunicar a los pacientes ciudadanos el inaplazable comienzo del desaguisado.
El ayuntamiento ha sido tomado no ha mucho por una cohorte de supuestos infieles del PSOE con la inestimable ayuda de un concejal tránsfuga que se ocupa precisamente de esta clase de pendejadas con el pomposo nombre de urbanismo y planificación. No digo que haya una relación causa efecto, pero reconocerán ustedes que es mucha casualidad el súbito descubrimiento de los defectos de la acera esquinada.
El caso es que en pleno ferragosto, uno de los lugares más plácidos de esta costa maltratada se ha convertido en un simulacro de Sarajevo en tiempo de guerra, por los ruidos, los humos y las dificultades de tráfico al borde mismo de una playa cuyos accesos no son inmejorables, pero funcionaban habitualmente sin agobios. Puestos a pensar bien, es maravilloso el celo de los munícipes renovados, y puestos a pensar mal no hay otro remedio que reconocer que son unos hijos de mala madre. Ustedes perdonen, pero es un desahogo. ¡Qué bien reconducen estos chicos a sus bolsillos y los de sus amigos el dinero de nadie!

domingo, 15 de agosto de 2010

La Virgen de agosto

El verano es esa estación que parece interminable y que, paradójicamente, tiene un punto medio, este 15 de agosto en que se celebra la festividad de la Asunción de Santa María.
El verano es una estación más corporal que el invierno que tiene más vocación de retiro, de interior; es la epifanía de los cuerpos y se hace fácil el olvido del alma, eso que trata de recordarnos la fiesta de la Virgen, de la mujer que le prestó sus entrañas a nada menos que todo un Dios.
Estaba dándole vueltas a esto del cuerpo y el alma, que es una de mis manías, digamos, intelectuales, cuando me he encontrado a un viejo conocido con aspecto de estar realmente perdido en medio de tanto sol, de tanta luz y tanta algarabía. Apenas un minuto y me estaba contando lo que le pasaba, que se había quedado viudo, que, aunque no lo dijese así, estaba demediado, sin cuerpo y sin alma, haciendo por vivir, porque a vida le parecía una obligación, no precisamente un placer.
La vida, un buen tema, sin duda, siempre repetido y siempre nuevo. Mi conocido me habló de sus seis hijos y de sus trece nietos, y yo le mostré mi envidia, le dije que no tenía derecho a quejarse. Me respondió que no se quejaba, y se fue por la calle abajo con esa sensación de desamparo que solo se advierte en quienes han querido mucho.
Ese quedarse solo es, sin duda, una antesala de la máxima soledad, de la muerte, una estación desconocida a la que este hombre se enfrenta seguramente sin prisa, pero sin temor. Me lo encontré en la iglesia, imagino que buscando consuelo, alimentando alguna esperanza en el reencuentro. No creo que la fe sea algo muy distinto de esa esperanza que trata de sobreponerse a la muerte y a la soledad.

sábado, 14 de agosto de 2010

El riesgo Zapatero

Los políticos en decadencia se parecen a esas divas que, pasados los cincuenta, pretenden que su palmito siga teniendo efectos devastadores. Aunque hayan perdido todos sus atractivos y virtudes suele ocurrir que, como en las comedias de enredo, sean los últimos en saberlo. José Luis Rodríguez Zapatero es el líder indiscutible de este tipo de políticos tronados, pero todavía peligrosos.
El presidente ha perdido todas y cada una de las peculiares cualidades que le hicieron ganar las elecciones en el ya lejano año 2004, pero conserva una facundia incoercible y una portentosa facilidad para la fabulación, para imaginar que el mundo vaya a seguir siendo según a él convenga.
Es posible que sus asesores no hayan sido suficientemente explícitos con él sobre el hecho de que cada vez que abre la boca empeora el panorama, pero debería darse cuenta de que su última ocurrencia sobre el recorte de los recortes en infraestructuras ha hecho subir un 9 por ciento el diferencial de los bonos españoles, un incremento que nos devuelve a la situación de la pasada crisis de mayo, que, al menos, tuvo la benéfica consecuencia, Obama mediante, de conseguir un Zapatero silente y contrito, aunque, a lo que se ve, por poco tiempo.
Ha bastado que Michelle Obama nos haya regalado una semanita marbellí para que el inquilino de la Moncloa se suelte el pelo y vuelva a hacer de las suyas con esa lengua tan rebelde a las convenciones habituales. No hay que extrañarse de la violenta reacción de los mercados financieros, porque aunque los españoles sepan cuál es exactamente el valor que hay que dar a las promesas y divagaciones de Rodríguez Zapatero, los operadores siguen creyendo que se trata del presidente del gobierno español.
Todo hace pensar que el líder socialista conserva intacto ese caudal de optimismo insensato que le ha hecho legendario, esa capacidad para imaginarse viviendo en el país de las maravillas con sus conejos parlantes y sus sombreros voladores instalados en ministerios que tradicionalmente habían requerido alguna cualidad menos extraordinaria. ¡Qué gran presidente se ha perdido el reino de Jauja! Desgraciadamente, en el mundo ordinario los delirios de grandeza de nuestro presidente no se consideran actos de mérito, sino síntomas graves de riesgo inmediato.
Una reflexión cuidadosa sobre la vida y las obras de nuestro presidente nos hace ver, sin embargo, que por detrás de esa máscara de hombre un tanto delirante, se oculta un astuto calculista al que, en más de una ocasión, le han salido los números. Sin duda piensa en recuperarse, en alguna especie de milagro, laico, por supuesto.
Su contabilidad se reduce a la electoral y esa es la clave de tanto desatino aparente. Cree que el número de crédulos es todavía suficiente como para seguir dándole al manubrio, y no se va a detener por una coma, o por una diferencia entre miles o millones, si está en juego lo esencial, el poder.
A este presidente contorsionista le ha salido un duro adversario con la contabilidad y los mercados, y, si no se contiene, pronto recibirá una nueva llamada, o algo peor, especialmente para nosotros. Pero también le crecen los enanos en el circo de su partido, porque empieza a no ser evidente que seguirle a ciegas sea sinónimo de triunfo.
A partir de ahora, habrá que interpretar todos sus actos en esta doble clave, sin perder de vista que su mera continuidad implica un alto riesgo para todos. El verano se presentía relativamente tranquilo, hasta que nuestro líder decidió suspender sus vacaciones. Aunque lo mejor para todos sería que se las tomase de manera indefinida, hay que prepararse lo peor.
[Editorial de La Gaceta 120810]

jueves, 12 de agosto de 2010

Suficiente y demasiado

Me gusta mucho recordar una afirmación del gran William Blake, hoy 12 de agosto es el aniversario de su muerte en 1827 con solo cincuenta años, sobre que no hay manera de distinguir lo suficiente de lo demasiado, sin experimentar el exceso. No creo que se trate de una incitación al desmadre, sino a la prudencia, a aprender de lo que nos ocurre. Lo que nos pasa con frecuencia es que, efectivamente, no aprendemos de lo que nos pasa.
Bien, este exordio veraniego viene a anunciar que me he dado de baja en todas las redes sociales, en todas las que he utilizado, mejor: que me han utilizado a mí. Estaba harto de tener que contestar, por educación, a una decena de avisos del más variado tipo sin otra necesidad que la de responder como pudiera a la capacidad de una máquina para mandar mensajes repetidos a una parroquia dispersa y diversa.
No dudo de la utilidad de las redes como instrumento de las más aviesas intenciones de cualquiera, pero yo casi no tengo ya intenciones y, la verdad, no las hecho demasiado en falta. Veo que algunos se lo pasan muy bien en las redes y se lo envidio, pero para mí era una tarea tediosa, incluso cuando se trataba de contestar a personas de cuya amistad se sospecha.
Una amiga muy lista y al día trató de convencerme de twiter era lo más y estuve unos días tratando de entenderlo, pero desconecté pronto. Me dijo que no lo entendía y le di la razón de inmediato.
Supongo que esta conducta mía denuncia lo generoso que ha sido conmigo el calendario, pero qué se le va a hacer. Mis disculpas a quienes disfruten con ellas: les cedo gustoso mi parte del pastel.

miércoles, 11 de agosto de 2010

El malestar político y el mito de la reforma de la ley electoral

Son muchos, y muchos más de los que debieran, los que piensan, y lo repiten con frecuencia, que una reforma de la ley electoral podría terminar con buena parte de nuestros problemas políticos. Dicha tesis se sostiene con los más variados motivos, aunque el más frecuente es la queja del excesivo papel que tienen los partidos nacionalistas, y en especial el PNV y CiU, en la política española. Se trata de un mal argumento, como espero mostrar, pero, peor aún, es una solución meramente aparente a un problema mal formulado.
La explicación del papel excesivamente influyente de los escaños nacionalistas y/o regionalistas en las Cortes hay que buscarla en otra parte, a saber, en la negativa del PSOE, sobre todo, pero también del PP, a ponerse de acuerdo en una serie de asuntos de fondo. Esta discrepancia de las dos grandes fuerzas les lleva a buscar el apoyo de grupos que, de otro modo, tendrían un peso notablemente menor en la política española. Es, pues, la pugna de los dos grandes partidos, y no la ley electoral, lo que eleva el valor de esos votos y lo que tantas veces nos obliga a tragar como medicina general lo que solo a ellos conviene.
La Constitución establece el sistema proporcional y eso hace que sea literalmente imposible prescindir de grupos que alcancen un cierto nivel, no demasiado alto, de representación, salvo en los distritos de muy pocos escaños. Es cierto que cabría una modificación de la ley actual, sin tocar su fundamento constitucional, ampliando el número de diputados, pero por esa vía no se conseguiría otro efecto que el mejorar la posición de los demás a costa del PP y del PSOE que son los más beneficiados con el sistema actual. Es obvio que los grandes partidos no se van a poner de acuerdo en perjuicio mutuo, de manera que poco más que hablar por este lado.

Cuadro 10. Distribución de votos y escaños en el Congreso





Candidaturas
votos
(%)*
escaños
(%)
PP
10.144.951
39,86
152
43,42
PSOE
9.599.424
37,72
144
41,14
PSC-PSOE
1.689.911
6,64
25
7,14
CIU
779.425
3,06
10
2,85
EAJ-PNV
306.128
1,20
6
1.71
ERC
291.532
1,14
3
0,85
IU
969.946
3,81
2
0,57
BNG
212.543
0,83
2
0,57
CC-PNC
174.629
0,68
2
0,57
UPN-PP
133.059
0,52
2
0,57
UPyD
306.079
1,20
1
0,28
NA-BAI
62.398
0,24
1
0,28
Total
24.670.025
96,94
350
100,00
Otros
778.659
3,05


Total votos a candidaturas
25.448.684
100,00







Indice de participacio: 73,84%



A poco que se observe en el cuadro adjunto, que refleja los resultados de las elecciones generales de 2008, se verá que el PSOE, al que hay que sumar los votos de PSC-PSOE, es el gran beneficiario del sistema, puesto que transforma un 44,36% de votos en un 48,28% de escaños, seguido de cerca por el PP. El reparto perjudica ligeramente a CiU, beneficia al PNV y a UPN-PP, perjudica a ERC, NA-BAI, BNG, CC-PNC, y a UPyD, pero, sobre todo a IU que obtiene un 0,57% de los diputados con un 3,87% de los votos. Cualquiera mínimamente versado en estas cosas sabe que no existe sistema perfecto, y que, aunque discutibles, las razones a favor del sistema proporcional frente al mayoritario, no son tampoco pequeñas.
¿Queremos expulsar a los nacionalistas del juego político? No, seguramente no; concentrémonos, pues, en analizar los problemas que realmente existen, y no los que nos imaginemos. Es evidente que hay un divorcio entre los intereses de los políticos y los de los ciudadanos, pero lo que se ha de hacer es tratar de atenuar esa situación sin apadrinar fórmulas milagrosas, sin caer en ese arbitrismo al que los españoles somos tradicionalmente propensos. Este divorcio político tampoco es cosa de ayer y no debiera llevarnos a disparatar. Nada menos que en pleno período electoral para las Cortes constituyentes de la II República, el siempre agudo Josep Plá escribía lo siguiente: “se ha producido en España un profundo divorcio entre las necesidades profundamente oligárquicas de la clase política triunfante y las necesidades sociales del propio país”. Ya se ve que no se trata de ninguna tara específica del momento presente de nuestra democracia, aunque es necesario insistir en que ahora ha adquirido un carácter especialmente grave.
Para verificarlo, bastará con echar un vistazo a este cuadro del CIS, que me ha facilitado mi amigo el politólogo Miguel Ángel Quintanilla. En él, se refleja la actitud que los españoles mantienen ante su gobierno y ante la oposición. Como se ve, lo que se trata de subrayar con una línea amarilla, la situación no ha dejado de deteriorarse desde el ya lejano año 2000.
Es muy fácil quejarse y decir que no nos merecemos unos políticos como los que tenemos, y en algunos casos, será verdad. Pero no seríamos dignos de queja si no nos preguntásemos cada uno de nosotros qué hemos tratado de hacer para mejorar esta situación, hasta qué punto somos mejores que nuestros políticos en nuestra actividad profesional, en nuestros negocios. Estamos ante una España que cada vez nos gusta menos, pero no debiéramos conformarnos con echar la culpa al empedrado, aunque sea el de la Carrera de San Jerónimo.
[Publicado en El Confidencial]