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lunes, 9 de agosto de 2010

Los socialistas y Madrid

Estos días, la prensa se llena de ecos que recogen la intención que tiene Rodríguez Zapatero de renovar la cabeza de los socialistas madrileños, de modo que el aparente titular, Tomás Gómez, debería ir pensando en hacer las maletas, porque es muy poco probable que el expeditivo método que sirvió para hacerle llegar a la cabeza del PSOE en Madrid no vaya a ser capaz de desplazarle en un santiamén.
Se mire como se mire, este tipo de noticias nos recuerdan inevitablemente algunas de las muchas fallas de nuestro sistema de partidos. Es una gran paradoja que Madrid, que vio nacer el PSOE, no tenga fuerza alguna en el conjunto del partido, y que sus líderes puedan ser de quita y pon. Por detrás de este hecho hay varias realidades sociológicas en las que no siempre se repara.
La primera de ellas tiene que ver con el hecho de que Madrid se ha provincializado, ha dejado de ser la capital de un estado muy centralizado para convertirse en uno más en la mesa de los repartos. Pese a que los políticos de la periferia protesten en contra, la realidad es que Madrid ha perdido peso político en el conjunto de España; además, los madrileños con vocación política tienden a dedicarse a tareas nacionales o de aparato, porque en Madrid no hay una conciencia diferencial específica, y salvo los que bajean en exceso , siempre atentos a las comisiones y corrupciones, los políticos de Madrid han tendido a ser políticos nacionales, aunque eso tampoco se lleve mucho ahora.
El segundo hecho decisivo para entender la situación de los socialistas madrileños es de carácter electoral. Uno de los cambios electorales más importantes de la democracia se dio tan tarde como a mediados de los noventa, la primera vez que se modificaba el mapa electoral vigente desde la segunda república, gracias al triunfo conservador en dos regiones que habían sido feudo de la izquierda, Madrid y Valencia. Desde ese mismo momento, los socialistas madrileños, y los valencianos, empezaron a verse no como locomotoras, sino como lastres.
La tercera consideración que hay que tener en cuenta es que, si cualquier partido tiene más dificultades para ganar las elecciones allí donde no gobierna, las dificultades del PSOE son mucho mayores porque, privados de la máquina de repartir, sus promesas suelen resultar menos creíbles y atractivas.
¿Por qué el PSOE sigue siendo tan fuerte a nivel nacional, pese a la debilidad de Madrid? Creo que la mejor manera de entender esta cuestión es la inversa: ¿por qué el PSOE no puede conseguir en Madrid lo que logra con tanta facilidad en el conjunto de España? Para entenderlo, hagamos lo que llaman los alemanes un experimento mental, imaginemos a un ZP que no pudiese manejar políticas de estado, que no pudiese mover estatutos, agitar sentimientos de desestima o de emulación, alterar reglas básicas del juego político, etc. Ese ZP se convertiría en un Tomás Gómez o en una Trinidad Jiménez sin apenas nada que ofrecer porque, además, el jefe de filas nacional, le habría dejado sin espacio programático alguno. No tienen ni tendrán la amplitud presupuestaria para gastar que ha tenido el falso leonés, ni pueden hacer ninguna promesa sustantiva a los madrileños que no les suene a chufla.
En cambio, el PP ha sabido sacar ventajas de su situación de relativa debilidad nacional; en primer lugar ha hecho transformaciones espectaculares de Madrid en infraestructuras, en transportes, en sanidad y en educación. Además se ha dotado de liderazgos reconocibles y perfectamente nítidos que, para más morbo, dan siempre una cierta tentación de contar mucho a nivel nacional. Dicho de otro modo, el precio que tendría que pagar un líder del PP para sustituir a Esperanza Aguirre sería seguramente inasumible.
Las actitudes políticas de Esperanza Aguirre resultan abrasivas para esa izquierda, que todavía tiende a pensar en Madrid como finca propia, pero muy atractivas para los conservadores, para los liberales y para muchos electores no adscritos, de manera que resulta quimérico que ZP pretenda hacerle frente meramente a base de un supuesto glamour político de alguna de sus ministras más vistosas.
El PSOE de Madrid ha llegado al final de su ciclo político, y no resurgirá de sus cenizas mientras no se refunde políticamente, mientras no limpie completamente una imagen muy dañada por temas urbanísticos, mientras no se atreva a formular políticas adecuadas a la situación real de los madrileños, dejándose de manejar malas quimeras y datos falsos e insignificantes, mientras se limite a medirse con el adversario sin empezar a pensar en términos de lo que debiera ser. Ya sé que eso es muy difícil, pero en tal consiste, justamente, la política. Lo que quiere hacer Zapatero se llama cesarismo, una asignatura en la que se le pudiera poner un notable alto, si nos olvidásemos de los resultados de sus maniobras, pero no es nada que tenga que ver con la democracia ni, seguramente, con el éxito electoral en una sociedad que ya no se chupa el dedo.

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