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miércoles, 4 de agosto de 2010

Una crisis nacional

El atosigante agosto que acabamos de comenzar puede que nos haga olvidar un tanto la crisis política, territorial y económica que padecemos, por no hablar más que de lo obvio. Pero la realidad suele vengarse de los veranos, de manera que bien haríamos con dedicar algún esfuerzo a comprender qué es lo que nos ocurre, de modo que cada cual saque su tanto de responsabilidad
Lo que nos ha pasado es que se ha roto estrepitosamente una doble tendencia sostenida al crecimiento económico y la normalización política. Las legislaturas de Zapatero han mostrado las debilidades de dos modelos básicos implicados, de uno u otro modo, en el pacto de la Constitución, en el programa largo de la transición. No conviene confundir este hecho, que puede ser considerado como una coincidencia, con los errores específicos de Zapatero, que son otra cosa.
Aunque no sea lo primero que se ha roto, empezaremos por constatar que, como era perfectamente previsible, aunque no se supiera exactamente el cuándo, se quebró el espectacular ritmo de crecimiento de la economía que se había consolidado en España tras los años de gobierno de Aznar. El gravísimo error de Zapatero ha sido ignorar la norma de prudencia elemental que dice que se ha de parar el coche antes del precipicio, tratando de convencernos de que precipitarnos por él iba a ser imposible, y, por supuesto, sin atreverse a hacer nada que evitase el castañazo. En consecuencia, nos encontramos en una situación desastrosa, aunque con el alivio relativo de que, al no tener moneda propia, nos obligan a desistir de la carrera de absurdos en que se había convertido la política económica de Zapatero; pero el daño ha sido gravísimo, y la recuperación va a ser, probablemente, muy lenta y problemática.
Este desastre económico se ha dibujado sobre un panorama político no menos catastrófico. Aunque duela hablar de ello, la política española ha dejado de ser mínimamente normal, al menos, desde el atentado terrorista del 11 de marzo de 2004. Ese crimen siniestro y brutal ha tenido consecuencias mucho más hondas de lo que se ve a primera vista. Al igual que los errores de Zapatero sobre la crisis económica, el atentado ha sido un hecho externo que vino a agravar decisivamente la crisis política previamente existente, la escisión radical de la derecha y la izquierda, incapaces de pensar conjuntamente un programa, y de respetar unas reglas del juego que consolidasen una democracia liberal, madura y eficiente. Esta impotencia es fruto, sobre todo, de la consternación de la izquierda ante una doble victoria de la derecha, y su ineptitud para imaginar una fórmula de victoria sobre el PP que no pusiese en riesgo el equilibrio territorial. El giro de Zapatero hacia los nacionalismos fue, pues, una consecuencia indeseada de la mayoría absoluta del PP en el año 2000, uno de sus ingeniosos gambitos electorales, que se ha mostrado desastroso a largo plazo.
El cerrado bipartidismo de que es víctima la política española tiene raíces hondas y complejas, pero se convierte con facilidad, como ahora sucede, en una trampa; en consecuencia, los ciudadanos se sienten cada vez más lejos de los políticos, y las heridas que estos han envenenado, como el Estatuto de Cataluña, amenazan con convertirse en un cáncer mortal, mientras los españoles asisten estupefactos a la torpísima representación de un drama absurdo e innecesariamente exagerado.
Los ciudadanos tienen la sensación, que esperemos pueda ser desmentida, de que en uno de los peores momentos de su historia están en la peores manos posibles. No es sólo que se haya de repetir el manca finessa de Andreotti; falta algo más que finura porque es evidente que crujen las cuadernas del barco en momentos de tormenta perfecta y que, por tanto, habría que pararse a pensar sin limitarse a repetir las viejas consignas. Por poner un par de ejemplos, las tediosas y estériles negociaciones de patronal y sindicatos han sido muestra de un agotamiento irremediable del modelo de concertación que hemos heredado del franquismo, un modelo en que es perfectamente posible que nadie represente a nadie, porque todos están ajenos a lo que realmente ha pasado en la economía de las empresas, sobre todo pequeñas, y de lo que continúa ocurriendo en la calle. Un segundo ejemplo: que este año se hayan incorporado, como sin querer, más de 200.000 personas a la función pública es otra prueba de que los políticos se resisten a hablar de los problemas reales, de que han quedado presos de una retórica vacía y envejecida.
Es evidente que hacen falta políticos que de verdad piensen algo y quieran algo, y que sean capaces de arriesgarse por ello. El modelo de turnismo, que además arroja una ventaja de casi 2 a 1 para las victorias de la izquierda, ya no es suficiente; hace falta que los partidos se transformen en lo que debieran ser, y solo la presión ciudadana podrá lograrlo: puede parecer difícil, pero no es imposible, y resulta necesario.
[Publicado en El Confidencial]

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