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jueves, 30 de septiembre de 2010

Una huelga incivil, estúpida

En el día de hoy la sociedad española se enfrenta a un fenómeno al que no se atreve a llamar por su nombre, a una grave insumisión completamente injustificada. La huelga general es un golpe de estado encubierto, un intento de sustituir la soberanía popular que se expresa en el Parlamento por el diktat de unos iluminados que, en realidad, solo buscan la manera de seguir gozando de sus privilegios gracias a la irresponsable condescendía de las fuerzas políticas, a la paciencia infinita de los los trabajadores cuya representación pretenden tener en exclusiva. Si existiese una ley de huelga no habría duda de que no cabría hacer huelgas contra la ley democrática, que es lo que estos personajes promueven. Dicen defender los derechos laborales de los trabajadores, pero lo que en realidad defienden es su derecho a estar por encima de la ley común, su patente de corso, el estado de excepción cuando les convenga.
Candido y Toxo han visto en peligro su mamandurria, sus cruceros y sus refrigerios, su enorme poder, y han pegado un puñetazo encima de la mesa para que todos bailemos al son que tocan. Su invitación al baile no es, desde luego, galante: recuerda a esas escenas del far west en que unos pistoleros borrachos obligan al público aterrorizado a bailar mientras los matones se mondan de risa. Todos sabemos que sin la violenta presencia de los piquetes, sin la vergonzosa cesión de sus cuates del gobierno en unos servicios mínimos a la medida de sus intereses, esta huelga nos permitiría resolver con precisión el misterio de cuántos son los liberados sindicales.
El 15 de diciembre de 1988 los sindicatos promovieron una huelga general contra las medidas económicas del gobierno de Felipe González, y el país se paralizó porque todo el mundo entendía que aquel gobierno necesitaba un correctivo que pusiese límites a su arrogancia. No es el caso de hoy con un gobierno en crisis y que se mantiene en píe únicamente por sus continuos convolutos con las fuerzas interesadas en que España se vaya a pique. El gobierno está afortunadamente monitorizado por el directorio europeo desde el día de mayo en que Obama le cantó las cuarenta a ZP, que, por primera vez en su vida, se dio cuenta de que las cosas son como son y no como a él le convenga que sean. Lo que este gobierno está haciendo, mal por supuesto, es aplicar los remedios que le dicta nuestra pertenecía a Europa y nuestra moneda, el euro. Lo que hacen los sindicatos es rebelarse directamente contra Europa y contra nuestra débil democracia que, les guste o no, aprobó la reforma laboral democráticamente, en el Parlamento.
Los sindicalistas españoles no conocen otra ley que la del embudo. La huelga de hoy está en las antípodas políticas de la huelga del 86 que sirvió para fortalecer de hecho la democracia; si, por el contrario, esta triunfase, sería el certificado de defunción de la libertad en España. Nuestro sindicalismo es uno de los mayores peligros que acechan a la libertad, a nuestra endeble democracia. Estos tipos se pasan por salva sea la parte la voluntad popular, y los derechos de quien haga falta, para conseguir lo que se proponen, que, desde luego, no tiene nada que ver con lo que dicen, monsergas viejísimas que no engañan ya a nadie, aleluyas para vivir sin hacer nada.
Colaborar con esta huelga es trabajar por el desprestigio, ya muy fuerte, de la democracia. Es hacer a lo bruto lo que ha hecho el gobierno de Zapatero con algo más de disimulo, recortar las libertades, arruinar al país, incrementar el paro, hacer el ridículo ante el universo mundo. La huelga significa un chantaje y es una imposición violenta cuando se hace desde arriba, sin que nadie la reclame, sin consultar a nadie, sin tener en cuenta el interés general. Un día de hace unos meses los líderes sindicales se dieron cuenta, algo tarde, desde luego, de que no tenían nada que hacer y su brillante mollera concibió la única salida posible, la gran putada de la huelga. Esta confesión de parte tiene su interés, revela que los líderes sindicales estaban encantados con el deterioro de la economía, con el vertiginoso aumento del paro, con el país exánime y que, cuando se dieron cuenta de que el gobierno iba a dejar de seguir sus indicaciones por fuerza mayor, advirtieron prontamente el riesgo que corrían sus sitiales.
La huelga de hoy trata de evitar que los ciudadanos caigan en la cuenta de la perversa inutilidad de estos sindicatos para gestionar los problemas reales de la economía, para evitar el paro. El público ha comprendido que los sindicatos llevan demasiado tiempo vendiendo mercancía averiada a precios abusivos, que constituyen un duopolio que impide la modernización del mercado de trabajo, la invención de una economía capaz de ofrecer oportunidades a todos y no solo a unos pocos. Los sindicatos quieren ofuscar esa conciencia para que les sigamos pagando sus momios sin rechistar: ese es el objetivo de esta huelga incivil y estúpida.
[Publicado en La Gaceta]

miércoles, 29 de septiembre de 2010

El revés de la trama

Como en la novela de Graham Greene, las cosas no son siempre lo que parecen, lo que es especialmente cierto si las apariencias son equívocas. La huelga general anunciada para el 29 de septiembre plantea numerosas dudas sobre su sentido y sobre sus posibles efectos. El clima político en el que se inserta favorece extraordinariamente el equívoco. A diferencia de la huelga que paralizó literalmente el país en pleno auge del felipismo, y que fue gozosamente contemplada por buena parte del arco político, esta huelga de mañana no goza de las simpatías de casi nadie. Los propios convocantes han manifestado en ocasiones que llamaban a la huelga porque no tenían otro remedio, es decir que, a su manera, han pedido disculpas anticipadas por la acción, tal vez para cubrirse las espaldas si la huelga resultare un chasco.

Un hecho sobre el que apenas se repara es que uno de los objetivos de la huelga es combatir una decisión ya aprobada por el Parlamento, lo que no debería ser razonable. Es obvio que tanto el PSOE como los sindicatos están tratando de recuperar la energía y el tiempo perdido durante la larga crisis que han tratado de disimular y minusvalorar, pero lo hacen en un sentido contrario, como si estuviesen jugando al policía malo y el policía bueno en un interrogatorio. Gobierno y sindicalistas coinciden en sentirse sometidos a un estado de necesidad, de manera que afirman hacer algo que no quisieran estar haciendo. El Gobierno impulsa unas reformas que desearía no promover, y los sindicatos convocan una huelga contra un gobierno amigo al que comprenden.

Esta confesión conjunta de impotencia es muy importante, mucho más de lo que parece. Lo que traduce es que la izquierda, tanto en su versión política como en su versión sindical, ha perdido por completo su capacidad de formular políticas positivas, aunque tal vez no sea todavía completamente consciente de su esterilidad, de su impotencia.

Zapatero se enfrentó en 2004 a esa limitación trasladando el eje de su política desde la economía hasta lo institucional y lo moral, e hizo luego como si la crisis no existiese, confiando a ciegas en la capacidad de los mercados para sacarnos de un crisis que necesitaba negar por haberse apuntado, sin mérito alguno, los réditos de su primera legislatura, la herencia de Aznar. Cometió así un doble disparate: confiar en algo que, en su fondo, no entiende y posiblemente detesta y, al tiempo, seguir gastando como solo pueden hacerlo los Estados Unidos, con su flota controlando los mares y el comercio y con las empresas más productivas del mundo. Cuando, en el pasado mayo, Zapatero supo por boca de Obama que a él no le estaban permitidas tales políticas, que tenía que dejar de ser dispendioso y comportarse como un europeo presupuestariamente disciplinado, ZP cayó en la cuenta de que lo de la globalización iba en serio, y de cuál habría de ser su papel para seguir vivo. Su posibilismo hizo el resto y se convirtió, como ayer decía Tocho en El Confidencial, en “el paladín del liberalismo con su política de derechas”.

Ante este panorama, ¿qué podían hacer los Sindicatos? Para empezar, tiene dos ventajas estratégicas sobre el gobierno: puesto que usufructúan un duopolio de facto que amenaza con ser eterno, ellos no tiene que ganar elecciones, de manera que no están condenados al posibilismo, y, además, no pueden asumir la dosis de realidad que se ha atizado ZP porque, entonces, serían millones los que empezaran a preguntarse, cosa que ya está pasando, “¿qué hace un chico como tú en un sitio como este?”. La solución solo podía ser, por tanto, la huída hacia adelante, la repetición de los perezosos tópicos de la izquierda más rancia y hacer como que iban a hacer una huelga contra el gobierno amigo, para que nadie se diese cuenta de que llevan años vendiendo una mercancía inadecuada y peligrosa para la salud, a unos precios insostenibles, y con unos beneficios escandalosos.

El estado de necesidad de esta izquierda española resulta, en realidad, de una combinación de dos componentes que abundan en la piel de toro: el señoritil desconocimiento de cómo marcha el mundo, y la convicción de que todo es posible en Granada. Esta conducta, más propia del pijerío que de cualquier izquierda solvente, debería tener los días contados, pero desgraciadamente goza de un fondo de previsión que, hasta la fecha, se ha mostrado inagotable, la disposición de millones de electores para seguir creyendo en los Reyes Magos, el absurdo maniqueísmo político que la izquierda cultiva y la derecha consiente, con su escasez de ideas y con sus torpísimos gestos, y la inextinguible simpleza intelectual que despachan, a hora y a deshora, la mayoría de los medios, practicando una nueva forma de panem et circenses que ha facilitado enormemente el trabajo de un gobierno fashion y unos sindicatos completamente ajenos a la realidad económica, esa que produce el paro que ninguno de ellos sabe cómo parar.

[Publicado en El Confidencial el 280910]

martes, 28 de septiembre de 2010

Más sobre la radio y la Bolsa

Insisto en el tema. No deja de sorprenderme la frecuencia con que los que la radio nos ofrece como expertos financieros emplean expresiones que son directamente absurdas o carentes de sentido. Esta mañana uno de ellos decía que la cotización iba a "persistir en el tiempo" lo que me recuerda el archifamoso "acuerdo mutuo". De la misma forma que no es concebible un acuerdo que no sea mutuo, es inconcebible, al menos en el mundo natural, que algo persista sin persistir en el tiempo. Seguramente se le queda al hablante el recuerdo de la estructura de frases similares, pero con algún sentido, como, por ejemplo, "persistir por mucho tiempo" en las que "tiempo" es útil para acompañar a "mucho", lo que le hace creer que sea necesario añadir "tiempo" a "persistir", aunque no sea el caso. También puede ser que el experto piense que haya de utilizar "persistir" en lugar de "durar", porque "persistir" es palabra más larga y, como ha subrayado Tamarón, la longitud de las palabras actúa como un imán irresistible para los pedantes.
Lo único bueno de todo esto es observar que, incluso en los ambientes que se presumen más fríos y racionales, como el mundo financiero, sigue existiendo un uso mágico del lenguaje. Pero bueno, no solo dicen cosas perfectamente banales con apariencia de profunda pericia los expertos financieros : ayer le oí a un líder sindical denunciar, como ellos dicen, que los alemanes estaban haciendo "dumping social", sea ello lo que fuere; supongo que su intención fuese conseguir que los oyentes dijeran: "¡hay que ver lo que sabe este señor!, ¡para que luego digan que los sindicalistas no dan un palo al agua!" A mi no me convenció, qué quieren que les diga.

lunes, 27 de septiembre de 2010

El lenguaje de la Bolsa

Hay gente que defiende los toros, entre otras razones, por la riqueza y vistosidad del lenguaje taurino. Por razones similares, yo debería detestar la Bolsa, o, por mejor decir, la manera que tienen de hablar de la Bolsa los supuestos entendidos. Para aborrecer a la Bolsa por otras razones, ya tengo yo mis motivos, y no pienso confesarlos ni bajo pena de martirio, lo único que les digo es que me estuvo bien empleado.
El hecho es que cuando voy solo en coche, y solo en esas contadas ocasiones, aunque no siempre, escucho los debates e informaciones de Radio Intereconomía; me relajan y me divierten, no les pido más. La razón por la que me entretienen tiene que ver con lo que tengo por formas de expresión absolutamente ilógicas pero, en el fondo, frecuentemente llenas de buen sentido, no sé si también de buena intención. Por ejemplo, el otro día un experto hablaba del comportamiento de una compañía cuya cotización había experimentado “una serie de mínimos crecientes sucesivos”. Supongo que quería decir que la cotización estaba baja pero que iba subiendo un poco, pero tal vez sea yo demasiado simple para entender esta clase de misterios. Otra cosa que me hace gracia es cuando se afirma que el destino de la cotización de una compañía que forma parte del Ibex dependerá de la evolución del Ibex. Este punto de vista resulta consolador, pero levemente ofuscante. Porque, o bien el destino del Ibex depende de las compañías que lo forman, lo que parece razonable aunque un poco tautológico, o bien no, y entonces debería depender de algo distinto al propio Ibex, pero lo que no hay manera de entender, me parece, es que la cotización de una sociedad que forma parte del Ibex dependa de lo que le pase al índice que dependerá de lo que le pase a ella, digo yo. Es verdad que esta circularidad sirve para entender que las tendencias generales marcan mucho, pero uno esperaría de los expertos en Bolsa que fuesen algo más precisos, aunque resultaran menos divertidos.

domingo, 26 de septiembre de 2010

Doña Perfecta

La selección del personal político responde a unos principios un tanto peculiares que hace que puedan ascender, primero en los partidos, y luego en la esfera pública, personajes, cuando menos, de dudoso mérito. Tal es el caso de quien ocupa la Vicepresidencia primera del gobierno, persona que ejemplifica como nadie aquello que se decía de cierta estirpe de fanfarrones, que el mejor negocio sería comprarlos por lo que valen, y venderlos por lo que creen valer.
Esta Vicepresidenta se tiene por todo un lujo político. Afirma ser hija de un supuesto represaliado del franquismo, tal vez para emular a Zapatero, cuyo abuelo hacía, al parecer, de agente doble; sin embargo, don Wenceslao, el padre de esta figura, era uno de los grandes jerarcas del ministerio creado por Girón, y no constan sus servicios a un PSOE que también estaba ligeramente inactivo por esa época, mientras el diligente padre de la vice se ocupaba de enchufarla en el aparato judicial y adiestrarla en los principios intemporales de la cucaña política.
Nuestra heroína entiende que ha tenido que sacrificarse para vencer todos los obstáculos que se oponían al pleno desenvolvimiento de sus excepcionales dotes, lo que explica que, debido al machismo y a la horterada de la pana imperante en el felipismo, no consiguiese pasar de mera secretaria de estado. Esta injusta preterición se terminó en 2004 con su nombramiento como Vicepresienta primera que, sin hacer entera justicia a los méritos que ella estima, la colocó en lugar muy visible, que es lo que importa.
Como es lógico, esta señora trata de ser enormemente responsable, y, pese a las tendencias de su bondadoso corazón, no deja que la desidia y el desánimo que, un tanto absurdamente se están apoderando de la Moncloa, vayan más allá de lo razonable. Consecuentemente, no tolera la menor discrepancia en su entorno, y, al parecer, también pretende que el universo mundo le rinda pleitesía, amén de que la Justicia se ponga a su servicio. Los ceses de sus colaboradores se cuentan por decenas, y siguen siempre el mismo patrón de firmeza y coherencia que ha determinado la destitución fulminante de la directora del CIS, incapaz de detectar en las encuestas el auge electoral del PSOE que la Vicepresidenta pretende ha sabido ver en la realidad de la calle, probablemente cuando sale a ver, o a pagar, si es que lo hace, a sus modistas. Esta clarividencia, unida a su simpatía natural, ha debido servirle, sin duda, para granjearle el afecto de quienes la rodean y su admiración más incondicional.
Algunos acusan a la vice de exhibicionismo modisteril, pero ella piensa estar promocionando la cultura y la modernidad, vieja palabra que no se le cae de la boca. Cree haber comprendido la responsabilidad que le corresponde en la promoción de la industria cultural de la moda, dadas las singulares cualidades personales que la adornan para exhibirla personalmente. Se trata de una responsabilidad que ha podido resultarle muy gravosa, al haber debido consagrarle gran parte de sus menguados ingresos, lo que explicará, seguramente, el abandono en el que se encuentra su domicilio personal en Beneixida, localidad en la que se encuentra empadronada por decreto y no por mera residencia, como el común de los mortales. Claro es que también pudiera influir en ese patético abandono de su lar el hecho de que use para su solaz una señorial residencia, perfectamente protegida de miradas indiscretas, en un paradisíaco lugar, La Huerta del Venado, en las inmediaciones del Real Sitio de la Granja.
Una persona que se tiene por tan superior no gusta, lógicamente, de las injustas críticas con que se ve atacada, aunque ha tenido la suerte de que cierta Justicia excitada por abogados a sueldo del gobierno, haya querido acudir en su auxilio, favorecerla en sus afeites y disimulos. Mañana lunes, dos periodistas de La Gaceta habrán de acudir al juzgado para defenderse de las imputaciones de la doña por haber descubierto las arbitrariedades que necesitó para hacerse pasar por valenciana, para poder vestirse de fallera. Es la veracidad y exactitud de esas informaciones lo que, presumiblemente duele más a esta maestra del fingimiento. Esta persona tan singularmente inadecuada para exhibir la moda femenina como para gobernar en democracia, olvida la vieja sabiduría del refranero según la cual, “aunque la mona se vista de seda, mona se queda”. Si pretende acallar a los periodistas con una exhibición de la docilidad con la que sus fiscales le bailan las gracias, no lo va a conseguir, como tampoco conseguiría que, si un jurado ad hoc así lo proclamase, los españoles acabasen por admirar su extravagante elegancia o su estupefaciente belleza. Además, para su desgracia, los Jueces de este país todavía no le están completamente sometidos, por mucho que esa insumisión le desagrade. Los españoles debiéramos acostumbrarnos a no temer a la Justicia, y a que no nos amedrenten los aspavientos histéricos de quienes confunden la democracia con el ordeno y mando, con el sumiso acatamiento de su real gana.
Esta pretensión de la Vicepresidenta primera de ser modelo en todo, de ser tenida por Doña Perfecta, no sería otra cosa que una extraña manía si la ejerciese por su medios y a sus expensas, pero utilizar los aparatos del Estado para que tapen sus vergüenzas, es completamente intolerable. Los fiscales tienen, desgraciadamente, mucho trabajo por delante como para que se puedan prestar a judicializar los disgustos de una mandamás cuando se descubren sus tretas censales y la falsedad del domicilio alegado para ser más valenciana que la paella.
Sus artimañas y aparatosas indignaciones son tiquismiquis de quien ha logrado hace muchísimo el ascenso a su nivel de incompetencia, pero ya se sabe que en los partidos españoles es común menospreciar el principio de Peter, más que nada para evitar que se cuele cualquier criterio razonable de idoneidad.

sábado, 25 de septiembre de 2010

Una tontería olímpica

El alcalde de Madrid, que ha fracasado doblemente en su faraónico intento de traer las Olimpiadas a su villa, habría obtenido éxitos más rápidos y baratos si se hubiese presentado a un concurso de tonterías políticas, desgraciadamente inexistente. Podría haberlo hecho en varias disciplinas, y con todo merecimiento, pero creo que acaba de pronunciar su tontería cumbre hace solo unos días. Alberto Ruiz Gallardón, que es el nombre del regidor para quien no lo sepa, ha pretendido justificar los más de 500 millones de euros (640 millones de dólares, 88.000.000 millones de las antiguas pesetas) que ha gastado en la nueva sede de la alcaldía de Madrid como inversión en un gran “contenedor cultural".
No es fácil entender el argumento, salvo que se tenga en cuenta que el circo puede considerarse como cultura, porque la frase de Gallardón es una auténtica payasada. Que este individuo pueda incrementar en un 6 por ciento la abultada deuda de los madrileños para vivir en un palacio reluciente indica hasta qué punto se ha perdido el respeto a los votantes, y cómo muchos políticos se han vuelto indiscernibles de los descuideros, de ese tipo de ladrones que te quitan todo lo que pueden en la vía pública mientras estás un poco distraído.
Yo me he borrado de las redes sociales, pero rogaría a alguno de mis selectos lectores que iniciase un grupo dedicado a “No volveré a votar a Gallardón, se presente con quién se presente”; estoy seguro de que crecería como la espuma y podría ayudar a que alguien en el PP se diese cuenta de que este “verso suelto” es un peligro público.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Lean a Martín Varsavsky

Martín Varsavsky es, entre otras cosas, uno de los pocos que pueden desmentir al Cánovas que dijo aquello de que son españoles los que no pueden ser otra cosa. Martín Varsavsky es español porque quiere, ha escogido serlo después de ser norteamericano, y eso, aparte de cierta extrañeza, le confiere una cierta autoridad.
Les recomiendo que lean su blog y concretamente la entrada que habla de las cortinas de humo que los españoles tendemos sobre nuestros verdaderos problemas y cómo eso pudiere llevarnos a retroceder todo lo que hemos avanzado en los últimos años.
Martín Varsavsky cree que ni el terrorismo, ni los nacionalismos, de los que tanto se habla, son realmente problemas serios, tampoco la inseguridad, por cierto. En cambio son muy preocupantes los problemas de los que apenas hablamos, la falta de oportunidades de sus ciudadanos, el espantoso desempleo, la pésima, y desconectada de la realidad, educación que nos administramos, la escasa creatividad científica y tecnológica, los sueldos de miseria, la escasez de empresas nuevas, la carísima vivienda, el exceso de funcionarios, el enchufismo, una política inmigratoria orientada a los empleos de baja calidad, la falta de una ética del trabajo, las diversas formas de drogadicción, y, por último, el hecho de que nuestros líderes estén hablando del humo y no de esta clase de problemas verdaderos. Los españoles veneramos al gobierno y despreciamos a las empresas, y ni el PP ni el PSOE quieren arreglar esto, de manera que tenemos un difícil remedio.
Hasta aquí el diagnóstico de Martín Varsavsky quien nos quiere y nos conoce bien, entre otras cosas porque tiene amplia experiencia de otros países y puede ver con más claridad lo específico de nuestra situación. No creo que nadie con buena cabeza y buenas intenciones pueda discrepar mucho de este análisis. Tendríamos que dejar de ser barrocos y ser algo más empiristas y prácticos, si no queremos que el torbellino de la historia nos vuelva a dejar en la inopia.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Sobre la propiedad intelectual

Mucha gente confunde interesadamente lo obvio, que toda creación intelectual o cultural pertenece en un sentido fuerte a su propietario, y que se le debe reconocimiento por ello, con lo que no es ni lejanamente tan evidente, a saber, que deba existir un mecanismo rígido de retribución económica al autor cada vez que alguien usa de cualquier manera su obra. Toda la literatura sobre que se trate de un derecho fundamental e inalienable, es irrebatible, si se refiere al primer aspecto, pero sumamente equívoca si se refiere al segundo.
El hecho decisivo es que desde que el mundo es mundo, todo derecho de propiedad ha estado ligado a la posesión de objetos, o al pago de una tarifa por la utilización pública y comercial de textos o partituras, que es lo que han conseguido controlar las sociedades de autores. La aparición del universo digital ha hecho que cualquier clase de documentos pierda su carácter objetivo, en el sentido material, de modo que el sistema tradicional de pago al autor por la adquisición de una copia material pierda cualquier posibilidad de control en el entorno digital, además de que afecte fuertemente al sistema de cobro establecido por las sociedades de autores.
Tenemos, pues, un problema, y no tenemos todavía una solución clara a la necesidad de retribuir a los autores de textos que puedan, y lo serán, ser indefinidamente reproducidos sin coste apreciable y sin posibilidad de control. Ahora bien, debiera ser evidente que la prohibición estricta del intercambio de ficheros, el control, policial o judicial, de las redes de acceso, y cualquier clase de política punitiva de prácticas que supuestamente violen esos principios, no tiene buen fundamento jurídico y puede ocasionar daños más graves que los que pretenda practicar, además de que será tecnológicamente inviable.
No se trata solamente de que exista una tecnología que permita el quebrantamiento de una norma legal, sino de que existe una tecnología que ha destruido la base material en la que se fundaba la existencia de ese tal derecho. Como he escrito en otras ocasiones, la situación no es completamente nueva. Por ejemplo, ningún pintor ha pretendido nunca que se le pagare por cada persona que contemplare su obra, o por cada copia, del tipo que fuere, que se hiciere de ella. Hay que dejar de confundir el derecho con la forma de retribución por la autoría, y la existencia de una forma de retribución que fijará el mercado con el derecho a cobrar conforme a una modalidad a punto de ser enteramente obsoleta.
Sería mejor no plantear estos asuntos en términos abstractos, como lo son los jurídicos, sino en términos económicos. Se trata de regular los mercados culturales de manera inteligente, no de respetar una especie de derecho platónico al cobro indefinido, que, por cierto, se ha constituido sobre la base de la existencia de un procedimiento bastante efectivo de controlar la producción de copias, que ahora ya no existe o es imposible.
Estoy convencido de que lo que ahora parece una aporía dejara de serlo más pronto que tarde, aunque, desde luego, se llevará por delante a toda una nube de intermediarios, de abogados, de representantes, de agentes, que van a perder, si no lo han perdido ya, el sentido de sus funciones en el universo digital, aunque los más despabilados encontraran otras, mientras algunos más lelos seguirán trinando a la Luna. Lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

El desbarajuste nuclear y el último gol de Zarra

En su carrera hacia la más delirante ceremonia de la confusión, el Gobierno acaba de dar una muestra más de su capacidad para organizar barullos haciendo como que anunciaba la decisión de que la localidad de Zarra, en la Comunidad Valenciana, hubiese sido seleccionada como el lugar que habría de acoger el Almacén Temporal Centralizado (ATC) de residuos nucleares. Este Gobierno se las arregla como nadie para convertir cualquier problema en un maldito embrollo, usando habitualmente un procedimiento, comprensible entre adolescentes en crisis, pero disparatado entre personas maduras, que consiste en decir una cosa y su contraria con el menor intervalo de tiempo posible, a ver si la confusión artificial le exime de cualquier clase de responsabilidades.
Pocos asuntos revelan como éste el absurdo entramado político y administrativo de la organización territorial española, un galimatías en el que tantas veces encalla cualquier iniciativa coherente y sensata. Una descripción de nuestro sistema podría admitir definiciones tan ilógicas como las siguientes: el todo es menos que las partes, es decir, que las partes son más que el todo; todos son acreedores, pero nadie es deudor; todos enarbolan la solidaridad, pero nadie quiere pagar ni una ronda. Desgraciadamente, lo que se ha llamado estado de las autonomías, aunque nos haya reportado algunas ventajas, ha traído consigo tal cantidad de disfunciones y duplicaciones de gasto que se ha convertido en un ejemplo de lo contrario que pretendía, en algo insostenible, insolidario e irracional. La irresponsabilidad de los políticos en estos desmanes es inmensa, y los ciudadanos deberíamos empezar a exigir que se inicie una cierta marcha atrás, la invención de un sistema razonable, sin confundirlo con el centralismo, en el que se puedan tomar de manera eficiente decisiones que afecten a todos. Con esta cuestión ocurre lo mismo que con la localización de las cárceles, que todo el mundo querría que hubiese más, pero siempre en otra parte.
Pero, además de por estos pruritos territoriales, nuestro problema energético está lastrado ideológicamente; tanto la izquierda como la derecha han contribuido a que se extiendan dos ideas absolutamente estúpidas, la de la maldad ingénita de lo nuclear, y la idea de que todo pueda conseguirse sin costes. Este planteamiento tan infantil ha sido elevado a la categoría de principio con la política de Zapatero, completamente carente de sentido nacional, hasta conseguir que se diese por buena la quimera de que todos, aunque un poco más los catalanes, tengamos derecho permanente a disfrutar de cualesquiera ventajas sin que jamás nos afecte inconveniente alguno.
Una decisión que debiera tomarse por motivos estrictamente técnicos, se ve sometida a toda clase de vaivenes políticos, de manera que resulta imposible saber si el gobierno se desdice de lo dicho por miedo a perjudicar a sus partidarios en Valencia, o por cualesquiera otra de las muy complejas razones que determinan los equilibrios de poder en la Moncloa y en Ferraz, ya que hay que descartar que se trate de una acuerdo unánime de un Gobierno prácticamente inexistente.
A nadie se le escapará que acoger un cementerio nuclear tenga ciertos inconvenientes, en especial, porque la demagogia reinante y la ignorancia supina sobre las debilidades de nuestro sistema energético, hacen invisibles las ventajas que también pueda tener.
Con su habitual falta de buen sentido, el Gobierno está politizando un asunto que habría que despolitizar al máximo. Aunque sea comprensible que lo haga porque está en su carácter, porque se trata de un gobierno que busca siempre las ventajas políticas de la confusión y del enfrentamiento, nunca debiera olvidarse del supremo interés de todos los españoles en un asunto tan delicado. Es obvio que necesitamos ese almacén para no seguir pagando abultadas cifras a Francia, y no es menos evidente que ha de estar en alguna parte. El Gobierno debería haber llevado este asunto con cierta discreción, en diálogo con las administraciones implicadas y con solidísimos argumentos para hacer que la solución adoptada fuese asumida pacíficamente por los responsables territoriales. Es obvio que no lo ha hecho así, y tal vez saque alguna ventaja del enredo, aunque no se pueda descartar la pura inepcia.
Por su parte, el Gobierno valenciano se ha apresurado a anunciar que recurrirá una decisión que ha calificado como unilateral y contraria a sus intereses. Puede que tenga sus razones, pero es triste que ciertos dirigentes del PP, que presumen de desear una España no desarticulada y razonable, se conviertan en émulos de los nacionalistas más desorejados en cuanto temen que pueda verse afectada una sola coma de sus supuestas competencias. Nada contribuye menos a fortalecer la maltrecha unidad de España que estas histéricas quejas de quienes debieran tener un mayor respeto a la solidaridad territorial que consagra el artículo 2 de nuestra Constitución.

martes, 21 de septiembre de 2010

El derecho de huelga

Por lo que parece, los sindicatos no entienden otro derecho de huelga que el que consista en poder obligar a todos a no hacer nada, es decir, en impedir por la fuerza que nada se mueva ese día de la gran putada, como dijo Toxo.
Nunca hay que esperar que los que crean estar en posesión de una verdad absoluta se esfuercen en permitir la libertad ajena, pero las maniobras que estos elementos están llevando a cabo para tratar de paralizar el país el día 29 son indignantes. No quieren, por ejemplo, que haya vuelos ese día, pero no consta que hayan preguntado a los pilotos, a los controladores, a las azafatas ni, por supuesto, a los viajeros. ¿Para qué iban a hacerlo si ellos son los amos del cotarro laboral, si ellos son nuestros defensores? Los sindicatos se creen en posesión de una legitimidad absoluta para imponer su voluntad, al menos ese día.
No servirá de mucho, pero quiero decir tan alto como pueda que esta manera de tolerar el matonismo sindical es uno de los mayores peligros que acechan a la libertad, a nuestra endeble democracia. Estos tipos se pasarán por salva sea la parte la voluntad popular, y los derechos de quien haga falta, para conseguir lo que se propongan, que, desde luego, no tiene nada que ver con lo que dicen, monsergas viejísimas que no engañan ya a nadie, aleluyas para vivir sin hacer nada.
Estoy convencido de que el día 29 fracasará de manera estrepitosa la huelga, y solo se verá con claridad lo absurdo que es seguir pensando que los sindicatos defiendan algo que vaya más allá de sus variopintos e inmerecidos privilegios. Desde luego no contarán ni ligeramente con la menor ayuda por mi parte, aunque se suponga que eso beneficie a Zapatero, al que, por lo menos, han votado muchos españoles.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Elogio de la política

La política se mueve en el ámbito de lo posible que es un ámbito un tanto especial, a mitad de lo real y lo irreal. Lo que une lo posible a lo real en política se llama imaginación, sentido crítico, pensamiento abstracto, algo que nos aleja siempre de la mera gestión de los intereses y realidades en juego. La política consiste en un saber, en un saber ir más allá, en cambiar el plano que dibuja las relaciones de lo real, lo inevitable y lo posible. La posibilidad define un espacio mucho más amplio que el real, pero menos poderoso; la realidad no tiene, en cierto sentido, tensiones ni contradicciones, se limita a ser lo que es, mientras que lo posible va siempre de la mano con muchos contrarios. Político es quien hace posible lo que no lo parecía, lo que acaso se deseaba pero nadie sabía cómo lograr. Precisamente por esa su peculiar relación con lo posible, el político tiene que ser prudente porque en cada intento de mejora se juega un posible retroceso, o una desgracia. Es obvio que la prudencia se ha de apoyar siempre en la mejor información, en el estudio, en el análisis de los datos, pero todo ese conjunto de indicadores no nos dice qué debemos hacer sino que sirve para determinar cómo debemos hacerlo. Quienes confunden la información con las decisiones serán tecnócratas o demagogos, pero no políticos. El político se la juega, no se limita simplemente a constatar, y, menos aún, a tener en cuenta lo que más le convenga para sus objetivos personales, para dejarlo todo tal como está si es que él se encuentra en una situación cómoda. El político, por el contrario, ha de estar permanentemente en combate con los datos y las encuestas para que unos y otras no le impidan la procura de lo que pretende.

La política no busca únicamente evitar el mal, combatir las injusticias, la pobreza o la ignorancia, aunque esos hayan de ser siempre objetivos esenciales de su acción. La política tiene que promover también una cierta idea del Bien sin confundirse con el ámbito de las creencias personales, impulsando valores que merezcan ser compartidos. Sabemos que, como recordaba Berlin, los hombres no viven sólo para luchar contra el mal, sino que viven de objetivos positivos, individuales y colectivos, de una gran variedad de ellos, que nunca son completamente compatibles y cuyas consecuencias no siempre se pueden predecir con la deseable antelación. El político se mueve en un terreno público, pero el ámbito de lo público es muy denso en valores morales, y el político que no sepa entenderlos y manejarse con ellos está condenado a la esterilidad.

El ejercicio de la política requiere dos condiciones fundamentales desde el punto de vista del actor: tener una idea precisa de lo que la comunidad necesita, esto es de lo que siendo posible y deseable resuelve algún problema y/o representa alguna especie de progreso o de ventaja, y tener, al tiempo una percepción clara de lo que la comunidad quiere. Es de sobra claro que esas dos condiciones no suelen coincidir plenamente, porque, no se puede olvidar la advertencia de Aristóteles sobre que no es posible una unidad sin quiebras en ninguna polis. El político debe comprender y asumir que sus propuestas crearán contradicción, pues siempre habrá quienes no compartan la idea de Bien que se propone y, aun compartiéndola, habrá quienes se opongan a ella por razones de procedimiento o, simplemente, porque pretendan socavar el poder que alcanza quien encarna una idea compartida.

Tal vez se deteste a los políticos precisamente porque no lo son, porque los que dicen serlo meramente usurpan una función; esa frustración es el mejor testimonio de la necesidad y de la conveniencia de la política, pero son tantos los riesgos del oficio que gran parte de los que podrían desempeñarlo se quedan en sus negocios, aunque frustrados. Hay que hacer que la política sea otra cosa de lo que es, aunque los Obama acaben, también, decepcionando.

domingo, 19 de septiembre de 2010

El desastre del transporte ferroviario de mercancías


El pasado mes de junio, el Colegio de ingenieros de caminos ha hecho público un informe titulado “Una política de inversión en infraestructuras en tiempos de escasez”, lleno de buen sentido y de múltiples sugerencias sensatas. El informe dedica un capítulo al transporte de mercancías por ferrocarril y, como me imaginaba, las cifras que expresan la situación del sector son realmente alarmantes. Destacaré lo que me parece más significativo desde el punto de vista político.
1. 1. El porcentaje de mercancías que transporta el ferrocarril en la actualidad está en torno del 3%. Para valorar históricamente el dato hay que tener en cuenta que en 1953 ese porcentaje era del 53%, es decir que ha descendido casi un punto porcentual por año. La carretera soporta actualmente el 96% del tráfico total de mercancías.
2. 2. Este brutal descenso se ha producido a la vez que el tráfico interior de mercancías aumentaba de manera sostenida, creciendo un 450% entre 1970 y 2008.
3. 3. Los trenes mercantes españoles son lentos y ligeros cuando debieran ser más rápidos y pesados. La velocidad media de circulación real es de 15 km. por hora, y la longitud de los trenes es de unos 10 o 12 vagones.
4. La situación española es mucho peor que la de Francia o Alemania, países que conservan para el ferrocarril un porcentaje más alto de participación en el transporte de mercancías, aunque apliquen tasas de uso de infraestructura ferroviaria muy superiores a la española.
Detrás de todos estos datos se oculta el fracaso y el sinsentido de una política ferroviaria más propia de nuevos ricos que de países razonables. Mucha alta velocidad y total abandono de un servicio que es importantísimo desde el punto de vista económico, aunque mucho menos espectacular desde el punto de vista de la imagen.
La culpa de todo esto no es en exclusiva de Renfe, aunque sus directivos hayan consentido un deterioro que habría que haber evitado, sino de una deficiente política de transporte, de una política irresponsable, en suma.
¿Tiene remedio el asunto? Lo tiene y no ha de ser muy caro según los ingenieros, que algo deben saber de todo esto. Arreglar las infraestructuras con inversiones no excesivamente aparatosas, pero prácticas, para que se pueda operar con trenes más largos y más rápidos, habilitar los corredores que está dejando el AVE como prioritarios para mercancías, una gestión comercial más imaginativa y ambiciosa, pero, sobre todo, dejar que la iniciativa privada pueda encargarse de estas líneas de negocio, según las directivas europeas que la pereza político administrativa no acaba de aplicar.

sábado, 18 de septiembre de 2010

Quod vitae sectabor iter?

Esta expresión de Ausonio, que traduce una vieja sentencia pitagórica, tiene una especial vigencia en el mundo de la edición, un universo en el que las tecnologías lo están poniendo todo patas arriba. Tanto los editores, como los autores y los lectores, nos preguntamos varias veces al día qué camino escoger de entre los miles de vías, senderos y trochas que se nos ofrecen de manera incesante. Mi impresión es que los únicos que saben con certeza qué es lo que deben hacer son los que tiene fuertes intereses establecidos; los demás, pero también ellos, nadan como pueden en medio de una confusión creciente alimentada por toda suerte de datos de confusa interpretación, de guerras de cifras, de iniciativas más o menos originales, de miedos y promesas.
Yo me confieso confusísimo, tal vez porque carezca casi completamente de intereses en este asunto, bien que a mi pesar. Siempre he creído que la meta a la que habría que llegar estaba clara, pero siempre he sabido también que ese Eldorado está detrás de sierras de difícil acceso, de selvas temibles, de ríos desbordados e incontrolables.
Ensayaré ahora una especie de brevísimo esbozo de lo que considero deseable desde el punto de vista de los tres actores ideales y decisivos de la presente comedia: el autor, el lector, los editores.
Los autores quieren algo que ahora se ha convertido casi en un imposible físico: ser conocidos. Ser conocido siempre ha sido algo reservado a unos pocos, aunque se supiese con certeza qué clase de cosas habría que hacer para intentarlo. Lo paradójico de la situación es que ahora cualquiera puede hacer el equivalente de aquellas cosas (tener un editor, o serlo uno mismo, hacerse propaganda, etc.) con el gravísimo inconveniente de que el número portentosamente engrandecido de autores y emisores hace que la posibilidad de sobresalir sea cada vez más remota y azarosa. Es lo que tiene la democracia, que trae mucha confusión. Además, el número, y la altísima tasa de reposición de las más variopintas especies de famosos, hace casi quimérico lograr siquiera un minuto de gloria, no digamos ser un Cervantes, un Lope o un Ortega.
La segunda cosa que siempre han querido los autores es vivir de su trabajo, y aquí ocurre otra vez lo mismo: el panorama no puede el más confuso. Nadie sabe cómo va a acabar siendo la economía de la cultura literaria en la era digital; lo único que se sabe es que será muy distinta, pero no ha aparecido de manera inequívoca una senda que pueda seguir la mayoría de los autores con la seguridad de no estar dilapidando su capital intelectual, pro llamarlo de algún modo.
Los lectores están divididos. Hay una amplísima fracción que se sigue aferrando al libro de siempre (y al periódico de siempre), es decir que todavía no se han dado cuenta de que ya están muertos. Los que no se oponen a leer en pantallas, los que, como yo, prefieren una pantallade tinta electrónica a cualquier otro soporte, están sometidos, sobre todo en España, a un régimen de auténtica escasez; los editores tradicionales se han propuesto el sitio de la Zaragoza digital, y nos tienen sometidos a un ayuno forzoso porque la oferta es inexistente, pero no ganarán los gabachos. Para los lectores en inglés la situación es muchísimo menos grave, pero dista bastante de ser normal, no digamos perfecta. Los libros siguen siendo carísimos, como si los editores tuviesen como único fin de su negocio el mantener los precios a toda costa, una política absurda que les llevará a la ruina, espero, en no mucho tiempo.
Parece como si los lectores fuésemos, en estos momentos, rehenes de una lucha titánica entre grandes compañías de electrónica y monstruos de la distribución que amenazan con destruir y comerse a cualquiera que asome la gaita, mucho más si es imaginativo, de manera que las posibles y buena soluciones están embargadas a la espera de que alguien pueda dar el golpe definitivo. El caso es que en los dispositivos lectores específicos, los e readers, lo único realmente bueno es la pantalla, mientras la navegación, el hojeo, y la toma de notas, todo lo que suele querer un buen lector, por exagerar un poco, sigue siendo una tarea de romanos.
Los editores, al fin. Creo que lo que ocurre es que, desde hace ya mucho tiempo, ya no hay editores, sino vendedores, y que no están haciendo ni el más ligero esfuerzo para comprender las oportunidades de negocio que les abre el nuevo sistema, al tiempo que siguen tratando de conservar, al precio que fuere, el momio antiguo, un momio relativo, porque muchos están quebrados, pero ahí siguen como el perro del hortelano.
Quod vitae sectabor iter? Lo tremendo es que no es fácil saber cuánto tiempo durará esta situación de espesa confusión, si es que alguna vez se acaba, que se acabará, sin duda. Me parece que la única contribución a la claridad que se puede hacer es la defensa de los valores básicos que están implicados en estos asuntos, aunque los que de verdad se defienden con denuedo, y con sofismas absurdos e indignos, son los puramente mercantiles, la lucha de los muleros contra el ferrocarril que, en España, en concreto, ayudó muy eficazmente a que nuestro ferrocarril fuese una caricatura de lo que podía haber sido. Los muleros, ¡qué carácter!

viernes, 17 de septiembre de 2010

Esse quam videri

“Preferir ser a parecer”, tal era el lema del poeta G. M. Hopkins, un lema que hoy resultaría un tanto extraño porque tiende a hacerse avasallador el predominio de la conciencia bella, la sumisión de los hechos a los discursos, la imposición de las creencias a las razones. Este es, a mi modo de ver, el núcleo de la izquierda contemporánea, un verdadero desdén por la realidad efectiva, y una adoración absolutamente acrítica de sus convicciones. Es una mentalidad que también puede verse como la traducción de otro lema latino, Fiat iustitia, et ruat celum (del emperador Fernando I), que prefiere que se haga la justicia aunque se hundan los cielos, solo que esa izquierda occidental perfectamente instalada en sus derechos y comodidades sabe, o cree saber, que su mundo no está en peligro y el cielo no caerá precisamente sobre su cabeza.
Cuando esta clase de izquierda llega al poder espera que se cosechen toda especie de bienes y esa ilusa esperanza hace que promueva soluciones rápidas e imaginativas pero perfectamente inanes (y a menudo muy perjudiciales), por lo que el gobierno progresista de turno se ve lamentablemente desmentido por una realidad poco propicia al seguimiento de sus consignas. Lo que luego sucede es que la izquierda se encuentra prácticamente inerme frente a los problemas reales y tiende a encubrirlos con su discurso moralizador.
Veamos cómo. La izquierda tradicional había puesto especial énfasis en difuminar la responsabilidad individual para buscar la explicación de cualquier fenómeno negativo de la conducta humana en el papel que juegan las “estructuras sociales”, unas realidades represivas que serían la verdadera causa de la infelicidad humana. La desgracia es que la llegada al poder de la izquierda no acaba con esas lacras estructurales, aunque hace más inverosímil acudir a ellas para explicar nada. Entonces pasan dos cosas curiosas: la primera es que la culpabilidad cambia de bando. El gobierno ya no es culpable de nada, no puede serlo porque es el gobierno de la buena conciencia, de manera que cuando gobierna la izquierda, las responsabilidades ya no son imprecisas sino “muy concretas” (como gusta decir esa clase de sabios), es decir de otros.
Un ejemplo del funcionamiento de esa fe superior con la que se cubre la izquierda lo hemos visto estos días con las críticas a las expulsiones de ilegales ordenadas por el gobierno de Sarkozy, perfectamente conformes a la ley, por otra parte. Izquierdistas de todos los partidos y bienpensantes sociales se han dedicado a ponerle a caldo dando a entender (risum teneatis!) que ellos jamás harían algo parecido, aunque nadie, que yo sepa, ha ofrecido territorio para albergar a los perseguidos. Como se puede ver, son muchas las ventajas de la buena conciencia, en especial si se posee un cargo público bien remunerado.

jueves, 16 de septiembre de 2010

Y ya, de paso...

Los españoles tenemos una fama, seguramente bien merecida, de creatividad, capacidad de respuesta rápida, informalidad, y un largo etcétera de temas similares; naturalmente, como todo en la vida, esa vivacidad tiene sus desventajas: improvisación, tendencia a la rutina, falta de cuidado, exceso de énfasis en lo verbal y lo aparente, etc.
La expresión "y ya, de paso..." refleja bien, me parece esta ambivalencia. Somos muy dados a aprovecharnos de que el Pisuerga pasa por Valladolid para tratar de arreglar cualquier cosa, que, en el fondo, nos parezca que no merece una atención directa. En la política española este vicio ha adquirido falta de naturaleza con lo que se llaman leyes escoba, sobre todo con la ley de presupuestos en la que se acaban colando cosas harto inverosímiles, de paso, para que nadie se entere.
Un poco más de orden y de atención no nos vendría mal en muchas cosas; por ejemplo: nuestras señalizaciones (carreteras, edifricios, calles) están hechas de paso, son caóticas, irregulares, confusas, porque nadie parece haberse tomado la molestia de pensar a fondo el asunto; hay ocasiones en que uno busca desesperadamente una indicación para acabar completamente perdido cuando la encuentra. Es una consecuencia más de nuestro gusto por la chapuza, por lo provisional, de nuestro afán de vaguear y dejarlo todo para mañana.
Los periodistas suelen ser maestros del "y ya, de paso..", un vicio que han contagiado a los políticos, a todos los que hablan de oídas, y somos legión.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

El negocio socialista

Como tantas otras cosas, tras estos años de gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, el negocio socialista amenaza bancarrota, y a muy corto plazo. Me refiero a la habilidad de los socialistas para vender una cierta imagen de unidad política cuando, en realidad, sus programas de gobierno son profundamente distintos en cada comunidad.
Para entenderlo hay que considerar unos datos muy elementales. El PSOE puede gobernar en España gracias a los diputados que obtiene en Cataluña. La habilidad de ZP ha consistido, sobre todo, en convencer a muchos votantes catalanes de que catalanismo y socialismo eran ideas no ya coherentes sino prácticamente idénticas. En las elecciones de 2008, la diferencia entre el PSOE y el PP, en el conjunto de España, fue, como se sabe, de tan solo 15 diputados, y esa diferencia se nutrió, sobre todo, del hecho de que, solo en Cataluña, el PSOE obtuviese 17 diputados más que el PP.
Lo más notable es que, con toda probabilidad, la causa de esa diferencia tan enorme en el voto catalán esté en el hecho de que el PSOE sabe vender, y el PP no sabe evitarlo, la idea de que el PP no entiende a Cataluña, lo que una buena mayoría de catalanes interpreta en el sentido de que Cataluña está siendo esquilmada económicamente y que la culpa de ese desastre debe ser atribuida al españolismo del PP. Esta idea es tan importante que el agonizante Montilla, y sus capitanes, no dejan de repetirla, estarían dispuestos a gobernar con CiU o con ERC, como hasta ahora, pero nunca con los populares: todo menos el PP, porque Cataluña es lo primero.
Ahora bien, ¿qué hay de real en el despojo fiscal de los catalanes y quién lo causa y lo explota? Aunque el asunto de las llamadas balanzas fiscales sea muy complejo desde el punto de vista técnico, apenas puede dudarse de que, efectivamente, Cataluña es una comunidad que aporta al presupuesto del Estado más de lo que el Estado invierte en ella. Esta es una situación que no afecta solo a Cataluña, y que es relativamente normal en cualquier Estado con una geografía económica muy diversa, como sucede en España. La cuestión está no tanto en esa diferencia sino en si el montante de esta diferencia es razonable, y en si existen políticas, como la que sostuvo la UE en relación con España, sin ir más lejos, que procuren atenuarla o evitarla en el futuro.
Según el Informe del Consejo Económico y Social de la Comunidad de Madrid, que acaba de publicarse, Madrid es la Comunidad que más dinero aporta, pero, en realidad, el tinglado del gasto público se sostiene, sobre todo, gracias a las aportaciones fiscales de Madrid, Catalunya y, en menor medida, de Baleares y Valencia. Pues bien ese dinero de más, por decirlo así que se obtiene de las regiones prósperas lo administra el PSOE, gracias a su mayoría política generada en Cataluña, pero no en beneficio de los catalanes o de los madrileños, sino de otras comunidades en que, casualmente, gobierna el PSOE sin haber hecho nada en más de treinta años para que la situación de desequilibrio regional deje de producirse.
El cabreo del catalán medio deriva de que, mientras se dedica a esforzarse y a trabajar, contempla como hay regiones en las que la gente vive de manera bastante grata sin un gran nivel de esfuerzo laboral, a base de subsidios públicos que el catalán interpreta, y no le falta razón, que le roban de su cartera, aunque, como ya queda dicho, no sea el único que se ve despojado para financiar gandulerías varias.
Pues bien, contra lo que pueda imaginarse el catalán emprenyat, esos dineros no vienen a Madrid, sino que van a regiones como Extremadura, Castilla la Mancha, Asturias y Andalucía que han sido, tradicionalmente, feudos socialistas. Dicho con la mayor simplicidad posible: los socialistas gobiernan España sacándole dinero a los catalanes, y haciéndoles creer que están contra esa extorsión porque le prestan una gran atención a sus símbolos, mientras se olvidan de que son sus correligionarios extremeños y andaluces los que compran los votos de muchos ciudadanos con subsidios insostenibles que se obtienen sangrando a catalanes, aunque también a madrileños.
Este negocio político es, sin duda, muy ingenioso, pero es injusto e insostenible. Los catalanes protestan más que los madrileños, pero el Gobierno madrileño de Esperanza Aguirre no cesa de proclamar que el Estado le adeuda más de 16.000 millones de euros, entre cantidades directamente no ingresadas y trucos del más variado tipo para negar el hecho de que en Madrid vivan más de 1.000.000 de personas que hace nueve años. No es extraño que los madrileños, en su conjunto, se lo piensen dos veces antes de votar a los socialistas, y no es fácil averiguar qué vacuna podrían inventarse Trinidad Jiménez, o el corajudo Gómez, en su caso, para curarnos de este mal, pero lo que es asombroso es que sea tan abundante el voto socialista de los catalanes, una situación que seguramente vaya a cambiar a partir del 28 de noviembre.
[Publicado en El Confidencial]

martes, 14 de septiembre de 2010

Sorprendente Zapatero

Si tuviese que decir lo que realmente pienso de Zapatero me vería en un aprieto. No me refiero a que pudiera cometer un delito o algo así, sino a que realmente este hombre me deja más de una vez en suspenso, turulato. El juicio que tengo de él es muy volátil, porque tan pronto me parece un estratega brillante, y un tipo especialmente taimado, como se me antoja un auténtico insensato, o lo veo como un simple y un pretencioso, como una broma del dios de los azares políticos. Su última actuación a propósito de lo que son y no son parados y del servicio que prestan al país, es como para pensar que nuestro presidente es un deficiente mental, cosa que no puedo acabar de creer, aunque no se muy bien cuáles puedan ser las razones por las que se me hace imposible creerlo. Me escama, además, que ZP reserve buena parte de sus hallazgos para comparecencias en el extranjero y entiendo que tal coincidencia no puede ser fruto de la mera casualidad. Zapatero se crece frente a las barreras idiomáticas, y no deja de sorprender en la única lengua que, aparentemente, domina.
Tendría que preguntarle a Baroja que seguramente podría dar de él una descripción definitiva e imborrable, pero don Pío, como se sabe, no tuvo la fortuna de llegar a conocerle. En su ausencia, me conformaré con verle, a ZP, claro, como un personaje de escaso peso los lunes, miércoles y viernes, y como un diablillo ignorante el resto de los días de la semana, pero les confieso que no consigo quitarme de la cabeza la sospecha de si mi juicio sobre el personaje no mostrará fehacientemente que no entiendo nada del mundo en el que vivimos.

lunes, 13 de septiembre de 2010

Una Diada a la expectativa

La celebración de la Diada catalana es siempre uno de los acontecimientos que condicionan el inicio del curso político en España. Este año, la fiesta ha trascurrido con una cierta calma, lejos de los espectáculos agresivos de otros momentos. Todas las fuerzas políticas catalanas están velando las armas para unas elecciones próximas y, como si quisieran una larga jornada de reflexión, han alejado a los espectadores del centro de la celebración, seguramente para evitar que los aplausos y vítores a los políticos que mandan en Cataluña impidieran la necesaria serenidad y reflexión en una fecha tan memorable. La ausencia de PP y de Ciudadanos ha ayudado a conservar la calma de los exaltados, pero también pudiera ser que Montilla hubiese calculado que resultaba esencial evitar que el riesgo de ser vapuleado por los abucheos de los descontentos le pusiera en un brete.

En resumen, una Diada tranquila, con las espadas en alto, y sin esos sobresaltos que desgraciadamente son más corrientes de lo que debieran en las tierras catalanas, y muy especialmente en Barcelona. La crisis económica ha estado menos presente que en la celebración del 2009, aunque los líderes sindicales han aprovechado la ocasión para hacer propaganda de la extravagante huelga general del 29 de septiembre. Cada uno ha ido a lo suyo: el tripartito ha pensado que habría que conformarse con no salir en los periódicos a causa de algún desbordamiento. Y, sin embargo, el carácter especial de esta Diada de 2010, una celebración que siempre tiene una trascendencia que sobrepasa a lo puramente catalán, viene a poner de manifiesto que la situación política está en plena descomposición, no solo en Cataluña.

La convocatoria de elecciones ha abierto la carrera hacia el poder de los aspirantes, y el intento desesperado e incoherente de los del tripartito por encontrar alguna fórmula mágica que les permitiese mantenerse en el gobierno. El tripartito ha sido todo un ejemplo de desgobierno, y ha conseguido trasmitir su desunión y su desconcierto al elemento más sólido de esa coalición oportunista y de circunstancias: el PSC, antes una roca, está sufriendo las consecuencias de su ambigüedad y se debate entre corrientes que no está claro puedan subsistir unidas. Las ausencias de Castells y Maragall, dos conspicuos representantes del socialismo más catalanista, permiten preguntarse si van a intentar alguna clase de aventura por su cuenta, lo que no habría que descartar, porque si algo abunda en el panorama catalán es una variopinta diversidad de iniciativas, especialmente en el sector más proclive al independentismo.

Montilla parece querer seguir con las dos velas encendidas, al dios catalán y al diablo españolista, pero en un tono menos catalanista que el empleado en estos últimos meses. La vuelta de Corbacho parece un signo dirigido a los electores menos entusiasmados con el catalanismo impostado de los socialistas, pero los hábitos acaban creando una segunda naturaleza, y al propio Corbacho se le ha escapado alguna que otra expresión más apropiada en un independista que en un socialista catalán que es miembro del gobierno español. La mezcla equívoca y oportunista de un políticos españolistas los lunes miércoles y viernes, y más catalanistas que nadie el resto de la semana, parece haber agotado todas sus oportunidades tras el aquelarre posterior a la aprobación del Estatuto y, más aún, tras la sentencia del Tribunal Constitucional. Nadie prevé una victoria del PSC, pero los gladiadores del partido están empeñados en disminuir cuanto se pueda el descalabro. Para complicarle más las cosas a los atribulados socialistas catalanes no está clara la disposición de Zapatero a echarles una mano en condiciones. Zapatero está ahora intentando seducir al PNV, pero a partir del 28 de octubre tal vez tenga que entenderse con Mas, y no va a estar jeringándole, de manera que, del mismo modo que ha dicho de las primarias de Madrid, estará tentado a pensar que no se juega nada en Cataluña.

Tampoco Mas está en condiciones de hacer grandes alharacas, ni de continuar con las bravatas que ha ido prodigando en estos años de oposición al tripartito. Su mayoría absoluta no está garantizada, y pueden empezar a agobiarle los recuerdos de su desprecio al PP, un partido con el que tendrá seguramente que contar si no quiere practicar un peligroso funambulismo que pudiere acabar con su carrera política en un plazo relativamente corto. CiU se nutre con votos conservadores, muy hartos de Montilla y de ERC, que no le perdonarían una pinza con la izquierda, pero también recibe votos que van al PP en las generales, y que podrían no asistirle si se descuida. Mas trata de parecer más cercano al PP, un acercamiento por interés, que son los más efectivos, pero esa estrategia es de una dificultad supina para él, aunque también para el PP.

Los líderes socialistas tienden a presentarse como garantes de la cohesión, la solidaridad y la unidad de España, aunque lo hacen, preferentemente, cuando sus electores no cuestionan esas ideas. Es claro que en Cataluña han destrozado todas las cautelas que debiera guardar un partido de gobierno; al aliarse con independentistas, y al impulsar un Estatuto que el Tribunal Constitucional, incluso sometido a presiones tan insoportables como vergonzosas, no ha podido declarar conforme a la Constitución, se han puesto a sí mismos en una situación insostenible, en una posición política inexplicable, salvo si se piensa en que lo único que les importa es el mantenimiento en el poder. Puede que muchos electores sean más dogmáticos que sensibles a esas contradicciones, pero no hay duda de que otros les harán pagar un precio muy alto, en Cataluña y en toda España. Esto es lo que preocupa a Zapatero, que Cataluña que fue su pértiga para ascender alcanzar La Moncloa sea ahora la losa que lo entregue al olvido. Las elecciones catalanas marcarán el final de una etapa tan singular como inconsistente para Cataluña y para España y a Diada ha sido un anuncio de que ya nada volverá a ser como antes.

[Editorial de La Gaceta]

sábado, 11 de septiembre de 2010

Un apunte catalán para hablar de Del Bosque y de Mourinho

Pese a ser el día de la cosa catalana, el Hércules, en plan facha, le ha metido un 0-2 al todopoderoso Barça. Es lo que tiene el fútbol, que es casi tan imprevisible como la política catalana. Fíjense si es imprevisible que hoy he leído en La Vanguardia la carta de un lector que afirma que es un hecho histórico extraordinario que tras más de 300 años de exterminio, son sus palabras, subsista la cultura catalano-valenciano-ísleña.
Volvamos al fútbol, que es un tema serio. Ya se han disipado los ecos del escándalo por la derrota de la selección española frente a Argentina, en un partido amistoso. Me alegro por los argentinos, porque seguro que hay alguno que piensa que los españoles estuvieron casi tres siglos tratando de exterminarlos. Creo que Del Bosque hizo bien en alinear frente a Argentina a gente que tiene menos oportunidades de jugar; la mala suerte y el exceso de relajación, con noche de juerga o sin ella, dieron lugar a un abultado resultado del que podemos olvidarnos sin problema. Los argentinos encantados, y nosotros a ganar los partidos de competición, siempre que el contrario nos deje.
Hoy he estado en el Bernabeu y me ha gustado lo que se ha visto, lo que creo sea la mano de Mourinho. El Osasuna, que tampoco es el Barça, no vayamos a engañarnos, no ha tirado ni una sola vez a puerta, porque no ha podido. La defensa comienza a existir y el equipo tiene unidad, todavía no brilla, pero patina menos que de costumbre los últimos años. Ozil es un gran fichaje, sin duda. Benzema ha luchado, pero parece que todavía no consigue despertarse a la hora. Ronaldo ha dado algún pase lógico y brillante, toda una novedad, lo que permite esperar que se acabe convirtiendo en un jugador de equipo y no en esa especie de tornado cabreado y fallón que ha sido tantas veces. Es pronto para echar las campanas al vuelo, pero puede que la temporada no resulte tan decepcionante como la del pasado año, ese quiero y no puedo entristecido de Pellegrini que acabó decepcionando a todos.