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lunes, 13 de septiembre de 2010

Una Diada a la expectativa

La celebración de la Diada catalana es siempre uno de los acontecimientos que condicionan el inicio del curso político en España. Este año, la fiesta ha trascurrido con una cierta calma, lejos de los espectáculos agresivos de otros momentos. Todas las fuerzas políticas catalanas están velando las armas para unas elecciones próximas y, como si quisieran una larga jornada de reflexión, han alejado a los espectadores del centro de la celebración, seguramente para evitar que los aplausos y vítores a los políticos que mandan en Cataluña impidieran la necesaria serenidad y reflexión en una fecha tan memorable. La ausencia de PP y de Ciudadanos ha ayudado a conservar la calma de los exaltados, pero también pudiera ser que Montilla hubiese calculado que resultaba esencial evitar que el riesgo de ser vapuleado por los abucheos de los descontentos le pusiera en un brete.

En resumen, una Diada tranquila, con las espadas en alto, y sin esos sobresaltos que desgraciadamente son más corrientes de lo que debieran en las tierras catalanas, y muy especialmente en Barcelona. La crisis económica ha estado menos presente que en la celebración del 2009, aunque los líderes sindicales han aprovechado la ocasión para hacer propaganda de la extravagante huelga general del 29 de septiembre. Cada uno ha ido a lo suyo: el tripartito ha pensado que habría que conformarse con no salir en los periódicos a causa de algún desbordamiento. Y, sin embargo, el carácter especial de esta Diada de 2010, una celebración que siempre tiene una trascendencia que sobrepasa a lo puramente catalán, viene a poner de manifiesto que la situación política está en plena descomposición, no solo en Cataluña.

La convocatoria de elecciones ha abierto la carrera hacia el poder de los aspirantes, y el intento desesperado e incoherente de los del tripartito por encontrar alguna fórmula mágica que les permitiese mantenerse en el gobierno. El tripartito ha sido todo un ejemplo de desgobierno, y ha conseguido trasmitir su desunión y su desconcierto al elemento más sólido de esa coalición oportunista y de circunstancias: el PSC, antes una roca, está sufriendo las consecuencias de su ambigüedad y se debate entre corrientes que no está claro puedan subsistir unidas. Las ausencias de Castells y Maragall, dos conspicuos representantes del socialismo más catalanista, permiten preguntarse si van a intentar alguna clase de aventura por su cuenta, lo que no habría que descartar, porque si algo abunda en el panorama catalán es una variopinta diversidad de iniciativas, especialmente en el sector más proclive al independentismo.

Montilla parece querer seguir con las dos velas encendidas, al dios catalán y al diablo españolista, pero en un tono menos catalanista que el empleado en estos últimos meses. La vuelta de Corbacho parece un signo dirigido a los electores menos entusiasmados con el catalanismo impostado de los socialistas, pero los hábitos acaban creando una segunda naturaleza, y al propio Corbacho se le ha escapado alguna que otra expresión más apropiada en un independista que en un socialista catalán que es miembro del gobierno español. La mezcla equívoca y oportunista de un políticos españolistas los lunes miércoles y viernes, y más catalanistas que nadie el resto de la semana, parece haber agotado todas sus oportunidades tras el aquelarre posterior a la aprobación del Estatuto y, más aún, tras la sentencia del Tribunal Constitucional. Nadie prevé una victoria del PSC, pero los gladiadores del partido están empeñados en disminuir cuanto se pueda el descalabro. Para complicarle más las cosas a los atribulados socialistas catalanes no está clara la disposición de Zapatero a echarles una mano en condiciones. Zapatero está ahora intentando seducir al PNV, pero a partir del 28 de octubre tal vez tenga que entenderse con Mas, y no va a estar jeringándole, de manera que, del mismo modo que ha dicho de las primarias de Madrid, estará tentado a pensar que no se juega nada en Cataluña.

Tampoco Mas está en condiciones de hacer grandes alharacas, ni de continuar con las bravatas que ha ido prodigando en estos años de oposición al tripartito. Su mayoría absoluta no está garantizada, y pueden empezar a agobiarle los recuerdos de su desprecio al PP, un partido con el que tendrá seguramente que contar si no quiere practicar un peligroso funambulismo que pudiere acabar con su carrera política en un plazo relativamente corto. CiU se nutre con votos conservadores, muy hartos de Montilla y de ERC, que no le perdonarían una pinza con la izquierda, pero también recibe votos que van al PP en las generales, y que podrían no asistirle si se descuida. Mas trata de parecer más cercano al PP, un acercamiento por interés, que son los más efectivos, pero esa estrategia es de una dificultad supina para él, aunque también para el PP.

Los líderes socialistas tienden a presentarse como garantes de la cohesión, la solidaridad y la unidad de España, aunque lo hacen, preferentemente, cuando sus electores no cuestionan esas ideas. Es claro que en Cataluña han destrozado todas las cautelas que debiera guardar un partido de gobierno; al aliarse con independentistas, y al impulsar un Estatuto que el Tribunal Constitucional, incluso sometido a presiones tan insoportables como vergonzosas, no ha podido declarar conforme a la Constitución, se han puesto a sí mismos en una situación insostenible, en una posición política inexplicable, salvo si se piensa en que lo único que les importa es el mantenimiento en el poder. Puede que muchos electores sean más dogmáticos que sensibles a esas contradicciones, pero no hay duda de que otros les harán pagar un precio muy alto, en Cataluña y en toda España. Esto es lo que preocupa a Zapatero, que Cataluña que fue su pértiga para ascender alcanzar La Moncloa sea ahora la losa que lo entregue al olvido. Las elecciones catalanas marcarán el final de una etapa tan singular como inconsistente para Cataluña y para España y a Diada ha sido un anuncio de que ya nada volverá a ser como antes.

[Editorial de La Gaceta]

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