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domingo, 31 de octubre de 2010

Una fiscalía de geometría variable

Si hay algo que irrite a los ciudadanos en el comportamiento de la Justicia es la mera apariencia de iniquidad, el trato desigual para las conductas iguales, la desproporción en el juicio, defectos que, si aparecen muchas veces, siempre lo hacen en relación con el poder, con la posibilidad de torcer en beneficio propio la vara de la justicia.
El caso Bono nos está proporcionando ejemplos realmente sorprendentes de la facilidad con que la Fiscalía hace un uso alternativo de la ley y de las cautelas procesales dependiendo de quién sea el afectado. Es rigurosamente incomprensible que el presidente de la Comunidad Valenciana haya de vivir pendiente de los tribunales por la supuesta aceptación de unos trajes, y que el señor presidente del Congreso de los Diputados, antiguo ex ministro de Defensa y ex presidente de la Comunidad de Castilla la Mancha, sea puesto al abrigo de cualquier sospecha por más que sea evidente el inexplicable incremento de su patrimonio, y por mayores pruebas que existan de aceptación de regalos y de inauditas permutas, siempre en su beneficio, con empresarios que tenían excelentes motivos para ganarse su benevolencia.
Al parecer, cuando se trata de Bono, cualquier posible sospecha carece completamente de fundamento. Hay que preguntarse qué habría de hacer un político socialista para que a los subordinados de Conde Pumpido se les ocurra que merezca la pena investigar el tema a fondo, lo que, entre otras cosas, tal vez pudiere eliminar de una vez por todas la sombra de falta de honorabilidad que se cierne sobre la tercera autoridad del Estado. Como beneficio adicional, se podría dar lugar a nuevas doctrinas jurídicas que ampliasen notablemente el panorama de lo permisible, lo que incrementaría la tranquilidad y el relajo con el que los políticos podrían dedicarse a incrementar su patrimonio, como tan sabiamente ha hecho el señor Bono. Pues bien, la Fiscalía se niega a que un tribunal independiente juzgue sobre el fondo de estos asuntos y nos condena a mantenernos en un estado de perplejidad insalvable.
Por otra parte, los argumentos que formula la Fiscalía en el escrito de recusación no dejan de ser surrealistas. Sostiene el Fiscal que en una permuta en que el sospechoso ha obtenido un beneficio económico de, al menos, 549.460 euros, se han cumplido los criterios de igualdad económica, de manera que no haya lugar para suponer que la permuta sea un favor encubierto. Ignoramos cuál sea la experiencia del Fiscal en permutas, y si ha tenido la suerte de beneficiarse de momios similares, pero podemos asegurarle que, digan lo que digan los legajos, esa operación levanta toda clase de sospechas. No menos sorprendentes son los restantes argumentos sobre el aspecto económico de las operaciones objeto de la querella. Es directamente ridículo que la fiscalía pretenda hacer pasar como el regalo normal de una madrina de bautizo la lujosa decoración de una vivienda puesta a nombre de la amadrinada. El universo económico que dibujan las operaciones de Bono pertenece por derecho propio al reino de la literatura fantástica, pero, desgraciadamente, nos recuerda también al universo orwelliano, ese mundo en el que se predica que todos son iguales, pero en el que, efectivamente, unos son más iguales que otros. Que la justicia contribuya con sus argucias procesales a que no se sustancie este asunto es una burla contra el más elemental sentido de la equidad, y una muestra evidente de que nos queda mucho para gozar de una justicia independiente, sin la cual nuestra democracia no deja de ser una triste caricatura de lo que debiera ser.
[Editorial de La Gaceta]

sábado, 30 de octubre de 2010

Ciudad de ladrones

Ben Affleck ha dirigido una película, The Town que es un ejemplo digno y bien acabado de cine de acción. Las buenas películas escasean y, me parece, que todavía escasean más las buenas películas americanas. Hay que agradecer, por tanto, un intento bien ejecutado de entretener, de crear intriga, de plantear conflictos morales muy cercanos al público en el lenguaje aparentemente sencillo del cine; y eso se hace sin aburrir, con respeto a la inteligencia del espectador, sin abusar de los recursos especiales y esmerándose en que la vista pueda recrearse en escenas clásicas pero muy bien ejecutadas. Se impone el recuerdo de Heat, la excelente película de Michael Mann con la que Town guarda unas relaciones muy estrechas en el tema, los caracteres y en el aspecto romántico. Los actores están especialmente bien escogidos y hay auténticos maestros, como Pete Postlethwhite o Chris Cooper, que brillan en papeles cortos y dan verosimilitud a toda la trama. En resumen, una buena película de acción para pasar el rato, para contemplar la belleza de Boston y para inquietarse con la facilidad con la que uno se acaba poniendo de parte de los bandidos.

viernes, 29 de octubre de 2010

La hipocresía y el twitter de Pérez-Reverte

En uno de sus magistrales comentarios, que no puedo linkar porque está en Orbyt, ese engendro de El Mundo para sacar dinero por el acceso a las noticias, Arcadi Espada ha puesto de manifiesto el riesgo de que el periodismo se twittee, de que se rompa la frontera, siempre delicada y flexible, entre lo privado y lo público.
El caso es que ahora se ha roto porque el PSOE está en plena intifada moral, en campaña para mostrar la baja estofa de sus adversarios, la higiene necesaria que nos obligaría a prescindir de ellos. Yo creo que peor que no distinguir los ámbitos, dejando para lo privado un aire de libertad que el respeto no aconsejaría en lo público, es grave, pero peor es el empeño de romper completamente tal distinción para fortalecer la propia apología pública, la idea de que la izquierda es excelente y la derecha cobarde y rufianesca, a lo que se ve, además, de manera genética. Es obvio que el PSOE se ve en un aprieto, pero me parece digno de toda preocupación que no admita límites en lo que está dispuesto a hacer con tal de no verse desalojado de un poder que tan mal ha empleado.

jueves, 28 de octubre de 2010

Lágrimas en la lluvia… y de nuevo el subjuntivo

Juan Manuel de Prada es un excelente novelista y un pensador muy a lo Chesterton, contestatario, poco convencional y valiente. Aunque no siempre esté de acuerdo con lo que escribe o dice, siempre le escucho con atención porque trata de decir las verdades, sobre todo las que no están de moda, aunque duelan. Acaba de inaugurar un programa de televisión en Intereconomía TV con el título de Lágrimas en la lluvia, y lo ha anunciado en su cadena con un spot en el que dice algo parecido a esto: “ya no podrán quejarse de que la televisión es [cursivas de mi cosecha] un desierto de la inteligencia…” Lo que lamento es que un escritor de su calidad le peque tal patada a la buena gramática en un caso tan obvio. Lo que quiere decir, en buen español, es lo siguiente: “ya no podrán quejarse de que la televisión sea un desierto de la inteligencia…”, al menos así lo creo. Es lástima que se pierda por descuido el subjuntivo castellano, pero si los escritores cultos lo tratan así, ¡qué no harán todos los demás!

miércoles, 27 de octubre de 2010

El momento de Rajoy

Zapatero acaba de disponer sus fuerzas de cara a una batalla que considera de final incierto, y no muy inmediato. Al replegarse en torno al roquedal de los servicios del Estado, poniéndolos al mando de un presunto delfín, ha adoptado la decisión de que los suyos mueran con las botas puestas. Desde su bunker confía en resistir, incluso en ganar, sin renunciar en ningún momento a castigar los flancos de un enemigo que cree pueda cometer errores de bulto, y caer en alguna escaramuza de última hora, como en 2004.
Rajoy ha aguantado con éxito una larga caminata al frente de un partido cansado, desconcertado, y sin ilusión, pero a menos de un año y medio de las elecciones, las encuestas le dibujan unánimemente un panorama casi risueño. Es verdad que se trata de un camino todavía largo, es cierto que va a estar jalonado de sobresaltos, y es innegable, por último, que el entusiasmo de los suyos y el deseo que los electores sienten por su victoria es todavía sencillamente descriptible. ¿Qué hará Rajoy?
La inercia, siempre tan poderosa, le invitará a seguir como hasta ahora, aprovechando los fines de semana para dar abrazos a los incondicionales, y repitiendo en el Congreso de los Diputados algunas verdades esenciales, es decir, haciendo la oposición de oficio que le ha traído hasta aquí, gracias, todo hay que decirlo, a la habilidad con la que el gobierno iba destruyendo los años de prosperidad.
Aunque esa estrategia resultase ganadora, como ahora parece que puede serlo, es fácil que sus resultados de medio plazo pudieren ser bastante insatisfactorios, tanto para el PP como para la misma democracia, como trataré de explicar.
Los dirigentes políticos tienden a aprovechar las oportunidades que se les presentan, pero no siempre tienen el coraje de rentabilizarlas al máximo. De seguir la vía fácil, de conformarse con ver cómo el enemigo se consume o se destroza, el PP llegaría de nuevo al gobierno por el fracaso de los socialistas y no por sus merecimientos.
Al actuar de este modo, el PP apostaría por mantener en precario su capital político propio, es decir, por aceptar que una mayoría de electores siga pensando algo como lo siguiente: aunque los buenos sean los socialistas, de vez en cuando hay que dejar que la derecha ponga orden en las cuentas.
Rajoy puede tener la tentación de conformarse con esa solución, pero ello sería un fraude con sus electores, con los millones de españoles que saben que este país necesita fórmulas muy distintas a las de la izquierda, porque ni el crecimiento económico, ni el empleo, ni la prosperidad, ni la libertad, están garantizadas con las regulaciones y soluciones que siempre acaba por proponer el PSOE.
La oportunidad que brinda la situación política actual para cambiar la cultura política dominante entre los electores españoles es única, pero, para avanzar por ese camino, el PP no debería conformarse con indicar los gruesos errores que ha cometido Zapatero, sino que tendría que atreverse a explicar las verdades económicas y políticas que la izquierda pretende negar, y cuya negación es la causa última de la mayoría de nuestros problemas.
Eso, en la práctica, se consigue haciendo un programa serio, un análisis a fondo de las causas de nuestras dificultades, y una apuesta valiente por las verdaderas soluciones, por políticas distintas. En lugar de hacerlo así, la tentación de Rajoy podría ser la de ganar sin ruido para tratar, luego, de gobernar con calma, evitando el riesgo de que las discusiones y los problemas pudieran ahuyentar a los electores. Aunque cueste trabajo creerlo, así piensan algunos que se tienen por puntales del PP.
Para hacer un programa solvente y atractivo, se requiere tener un partido en forma, y eso exige algo más que convocar asambleas aplaudidoras, los fines de semana y para consumo del telediario. El PP tiene obligación de celebrar en breve un Congreso del partido, y no debería perder una oportunidad de fortalecimiento como la que representa un Congreso bien convocado y bien resuelto. Es lógico que muchos de los que forman guardias pretorianas, más o menos formales, del líder del PP, teman que el Congreso Nacional del PP pueda poner en cuestión su situación en la nomenclatura del partido, pero este no debería ser un argumento serio para posponer el Congreso que, de no celebrarse, supondría una seria hipoteca en la legitimidad de su actual presidente.
Rajoy será, con casi absoluta seguridad, el siguiente inquilino de la Moncloa, pero debería de ocuparse de no llegar ahí con hipotecas, con programas ocultos, con miedo a hacer lo que crea que haya de hacer. Puede que quienes le rodean le aconsejen prudencia, pero si la prudencia es enemiga de la temeridad, lo es también del quietismo y de la pusilanimidad. No se trata solo de contestar a lo que será una abundante cosecha de improperios, sino de atreverse a decir bien alto a los españoles que las cosas se pueden hacer mucho mejor de otra manera.
[Publicado en El Confidencial]

martes, 26 de octubre de 2010

Martillo de herejes

Una de las cosas que muestra, sin que apenas pueda dudarse, el carácter de una sociedad, el auténtico valor de sus gentes, es la gran atención que dedican a los temas realmente importantes. A veces se critica a los españoles por la enorme atención que prestan a temas frívolos como los de la telebasura, pero creo que se trata de una apreciación injusta. Ha bastado que un político de provincias haya puesto en cuestión con sus palabras uno de los grandes valores de nuestra civilización para que el país entero haya entrado en un estado de casi efervescencia. Ha sido glorioso comprobar cómo de atentos están los españoles a los temas esenciales, a las grandes cuestiones de nuestra época, y siendo ello así, no es de extrañar cómo nos van las cosas. ¡Hispania fecunda, luz de Trento, martillo de herejes!

lunes, 25 de octubre de 2010

El repliegue

La remodelación del gobierno que ha llevado a cabo Rodríguez Zapatero supone, en la práctica, que el presidente distingue entre lo que le puede ser útil para intentar llegar a la reelección y lo que estaba claramente de más. Se trata de una crisis dura, a su modo, bastante radical. La primera de las víctimas ha sido la vicepresidenta primera, Mará Teresa Fernández de la Vega, quien, habitualmente ocupada en demostrar que aquí no pasaba nada impropio del reino de Jauja, seguramente no se enteró de nada hasta que tuvo que empezar a recoger su fondo de armario. Al prescindir de ella y de Moratinos, Zapatero se distancia cuanto puede, aunque no es mucho, de un modo de hacer política tan ineficaz como reiterativo y pretencioso. Zapatero ha deshecho completamente su gobierno del 2008 y, aunque no lo admita jamás, reconoce indirectamente los errores de su política, la mala calidad de los ejecutantes.
La crisis tiene, por el contrario, un triunfador neto en la figura del inquietante Ministro del Interior, el casi incombustible Alfredo Pérez Rubalcaba que se hace con la cartera de la Vice y la portavocía del Gobierno, conservando sus nada escasos poderes en el Ministerio del Interior. Además del significado que pueda tener este ascenso de uno de los políticos más correosos y peligrosos de la democracia, es irresistible la tendencia a pensar que Zapatero quiere regalarnos el final de legislatura con alguna magna operación de pacificación en Euskadi, con alguna forma de final de ETA que pueda mover a los corazones agradecidos y cándidos a votar de nuevo al PSOE al final de esta legislatura tan desbaratada.
Da la impresión, desde luego, de que, lejos de arrojar la toalla, Zapatero se dispone a llegar a 2012 con fuerzas suficientes para presentarse, y ganar si fuere posible el milagro. Aunque queda bastante para comprobar hasta qué punto vaya a encabezar las listas, lo que es evidente es que en este repliegue frente a la adversidad, Zapatero no ha tenido duda y se ha guarecido tras las habilidades y la experiencia de tres tipos de la vieja guardia, Alfredo Pérez Rubalcaba, Ramón Jáuregui y Marcelino Iglesias. Se acabaron los guiños a la modernidad y al feminismo zapateril, porque del quinteto con mayores poderes políticos, que incluye, evidentemente, a José Blanco, han desaparecido las féminas. Queda, eso sí, la vicepresidenta Salgado a la que Zapatero confía, como si de un anestesista se tratase, que mantenga en estado de sedación a la economía española tomando las medidas que puedan dictarnos, los mercados, la Unión Europea, o cualquier otra clase de necesidad. Se trata, por tanto, de un gobierno de rearme político, con la economía reducida a vigilar las constantes vitales, a la espera de que algún milagro, y no, desde luego, la acción de este gobierno, produzca una reanimación en condiciones que nos permita salir de la crisis.
“¡Es la política idiota!”, podía ser la advertencia que hubiese hecho salir a Zapatero de su estado de zombi. Con este gobierno parece que se intentará acabar con las decisiones geniales e improvisadas, con los gestos caros e inútiles, con el electoralismo poco avisado. Como se trata de actitudes que han venido siendo consustanciales con la política del Maquiavelo leonés, creo que asistiremos a una representación en la que, o bien Zapatero aparecerá como reo de una guardia de hierro, o presenciaremos enredos memorables.
Muy significativa es también la elección del Ministro de Trabajo que ha venido a recaer en Valeriano Gómez, un ugetista con pedigrí, lo que puede interpretarse con facilidad como un intento del presidente de restaurar a la mayor brevedad los lazos políticos y cordiales con los dos grandes sindicatos. No es una tarea difícil: lo que es difícil es poner freno al paro, pero ya queda dicho que Zapatero piensa, diga lo que diga, que se trata de un objetivo que este gobierno no está para abordarlo de manera directa, sino para esperar el milagro.
Siempre atento a los gestos, Zapatero ha aprovechado no ya para cambiar caras sino para suprimir dos ministerios, el de Vivienda e Igualdad, tragándose el sapo de que fueron, en su momento, dos de sus grandes invenciones. Esta clase de ahorros, sin exagerar, puede formar parte de las medidas que tome el nuevo Gobierno de manera inmediata, porque una cosa es no hacer nada en política económica, y otra permitir la sensación de que nada se hace.
Si el problema de Zapatero consistiese en apañar bien las fuerzas disponibles y emplear a los menos malos, esta crisis sería un éxito, pero es obvio que no se trata de eso. El presidente tiene por delante una misión imposible que es la de recuperar un crédito perdido de manera persistente, algo que solo sería posible dándole la vuelta a la situación económica, pero ni hay tiempo para ello ni el nuevo gobierno se va a entregar decididamente a la tarea, ocupado como va a estar en otras cosas, sin duda de importancia, pero enteramente estériles para recuperar el favor perdido de los electores.
[Publicado en La Gaceta, 21 de octubre de 2010]

miércoles, 20 de octubre de 2010

Zapatero ante el laberinto

Si hay una cualidad que no pueda negarse a Zapatero es su capacidad de determinación, su energía para buscar soluciones y su confianza en que puedan funcionarle. Desgraciadamente para él, escasean los que compartan su optimismo y su sentido del riesgo. Sin embargo, Zapatero ha ejecutado sus decisiones más arriscadas con singular cálculo, sin dejar de mirar con el rabillo del ojo, por si algún leve síntoma le permitiera librarse de parte de los costos o disimular el balance conjunto, y esa es la razón de que haya salido vivo de crisis en las que lo normal hubiese sido sucumbir. ¿Qué es lo que le puede pasar ahora?
Al decidirse por pactar con el PNV para llegar a 2012, Zapatero ha vuelto a repetir el tipo de regate corto que le ha dado ciertos resultados en otras ocasiones, aunque no siempre, y , además, nunca a plazo largo. Ahora está apenas a un mes de experimentar el amargo sabor de sus maniobras de corto plazo y larga audacia en la crisis catalana, cuando decidió pactar con Más, para seguir luego con Montilla.
Para el observador, la conducta de Zapatero es suficientemente extraña, inhabitual; cabe, desde luego, interpretarla en términos del binomio incompetencia e irresponsabilidad, que es como tienden a verla sus adversarios, y cada vez más de sus seguidores. No se pierde mucho, sin embargo, si se trata de entenderla desde alguna perspectiva un poco más amplia.
Zapatero llegó al poder de manera sorprendente, a consecuencia de un desfondamiento del PSOE incapaz de asimilar su derrota por la derecha. Luego, se vio en la Moncloa de modo no menos inesperado, sin ningún bagaje de gestión y con un ideario escaso y delicuescente que incorporaba, como señas principales, un izquierdismo de guardarropía y ciertas señas de una especie de filosofía hippy que se concretaba en la cantinela del talante. Una vez en la Moncloa, apareció un Zapatero que pocos conocían, un pragmático sin miedo a la crueldad que continúo con la política económica del aznarismo y llevó a este país a sus mejores cifras. Lo que no supo ver, o no quiso ver, es lo que sabían muy bien los del PP, a saber, que eran completamente necesarias una serie de reformas para que el inevitable cambio de ciclo no se hiciese insoportable. La dimisión de Solbes fue la prueba del nueve de la imposibilidad de convencer a Zapatero que los deberes se hacen mejor pronto que tarde.
Con una situación económica inmejorable, pero imposible de prolongar, se dedicó a formular su utopía política: el aislamiento del PP, la conversión de los etarras en concejales y la creación de una izquierda hegemónica por los siglos de los siglos.
Como es bien sabido, ni uno ni otro cálculo salieron bien. La crisis ha estado a punto de devorarlo, y le ha obligado a travestirse, y las maniobras en Cataluña y Euskadi han parado en lo contrario de lo que buscara.
La última etapa de Zapatero ha tenido todas las características de una rendición porque ha debido cambiar de política bajo la presión de fuerzas que no ha podido controlar, bajo la amenaza de una situación explosiva. En su mérito hay que decir que lo ha hecho como si tal cosa, como si se tratase de un paso más en la consecución del paraíso, como el cumplimiento de algo con lo que siempre había contado. Ahora bien, por detrás de ese gesto, lo mismo si se trata de revestir de patriotismo que si se presenta como una muestra de realismo no incompatible con la utopía, hay todo un desmentido del izquierdismo que constituye el fondo de su alma, una entrega a soluciones con las que siempre se ha enfrentado, una renuncia a perseguir lo que se tenía como indiscutible. Una vez más, su pragmatismo se ha impuesto a la ideología, y el presidente lo asume sin aspavientos, como si fuese un paso más en el cumplimiento de su programa.
Sus adversarios señalan que el único programa que le queda a Zapatero es el de su permanencia, pero él insiste en que se trata de un sacrificio que hay que hacer por el país, de un paso atrás para poder dar dos más adelante, a ser posible antes de 2012. Es dudoso que Zapatero pueda salir bien de este laberinto en el que le ha colocado su imprevisión, su jactancia, su exceso de confianza en sí mismo. Fiel a su política de gestos, aprovechará cualquier oportunidad para incumplir el programa que públicamente ha asumido, para forzar cuanto pueda el gasto, para hacer dádivas de gran interés electoral. Está en su carácter plagarse de manera aparente pero sin renunciar a la gran maniobra de fondo. La cuestión a la que hay que responder es doble: en primer lugar, si los suyos van a tener paciencia suficiente, pero también si tendrá alguna capacidad de recuperar el voto perdido. Su única arma va a ser, no hay duda, un sistemático desprestigio del adversario, y no sería la primera vez que le saliese bien el expediente. Pero el laberinto al que se enfrenta el presidente es, seguramente, más complejo y peligroso que lo que él, optimista impenitente, sea capaz de imaginar.
[Publicado en El Confidencial el 19 de octubre]

martes, 19 de octubre de 2010

El ahorrador manirroto

Este Gobierno ha resuelto, bien es verdad que a su pesar y a ultimísima hora, apretar el bolsillo de los españoles para que las cuentas públicas mejoren de aspecto, pero no da ninguna sensación de tomarse en serio la receta en lo que se refiere a sus gastos. El mismo Gobierno que se apresta a endurecer las pensiones alargando la vida laboral, y que le ha sustraído a la mayoría de empleados públicos, excepción hecha de un selecto grupo de buenos amigos, un porcentaje de sus sueldos, continúa gastando en las cosas más absurdas y sin sentido, disfrutando con la pólvora del Rey como si esa conducta fuese razonable y ejemplar.
Es comprensible que un gobierno que vive la compra de voluntades, como acaba de verse meridianamente en el caso del pacto con el PNV, se resista a seguir aplicando el procedimiento, pero resulta obsceno que, quienes han limitado tan drásticamente los ingresos del personal, sigan viviendo alegremente y sin hacer el menor sacrificio, como si nadie se diese cuenta de su falta de vergüenza y de sensibilidad.
Gastar por gastar, es lo que muchos ministros entienden por buen gobierno, de modo que cuanto más se gaste, mejor, porque siempre quedará algún margen para la arbitrariedad y el mangoneo. Hoy mismo publicamos varias informaciones que revelan la frivolidad de esta administración con el gasto. Ante el marasmo de la administración de justicia, el gobierno se dispone a gastar a toda prisa y en no se sabe muy bien qué, la friolera de 50 millones de euros, ¡confiando en el buen criterio de los proveedores para que el gasto pueda justificarse de alguna manera! Gastando así, sin programas, sin concursos públicos, sin trasparencia, y sin control alguno, se pueden hacer muchos favores, pero raramente se consigue cumplir los objetivos de racionalidad y eficiencia a los que la administración pública está legalmente obligada. No se trata de ninguna excepción, sino de una tradición de dispendio perfectamente programada y puesta al servicio de los intereses políticos del Gobierno.
Si esta clase de defectos hubiesen sido consecuencia de alguna falta de advertencia, el Gobierno podría haber empezado a poner coto a raíz de la infinita serie de disparates que trajo consigo el desdichado plan E. Hoy mismo damos cuenta del caso de un alcalde que se gastó 200.000 euros del disparatado Plan en hacer una discoteca, pero como todo el mundo sabe, el anecdotario de picardías ha sido infinito en ese rosario de obras perfectamente prescindibles y sin sentido en las que Zapatero decidió gastarse un dinero que no tenía, pero que le venía bien para alegrarles las pajarillas a muchos de sus devotos, para animar el cotarro electoral.
La falta de austeridad en el gasto es un escándalo cuando cada euro que se gasta de más se convierte en una carga insoportable sobre las futuras generaciones, pero eso importa poco a los que ahora están en el machito, sobre todo si consiguen forrarse mientras tanto. Bono, por ejemplo, que ha doblado varias veces el presupuesto del Congreso, ha organizado las cosas para que los fastos del XXXIII Aniversario de la Constitución no se vean privados de su campaña publicitaria, un gasto perfectamente estúpido y cuyo monte debiera ser devuelto a las arcas públicas si hubiese un mínimo de decencia, y a alguno de estos personajes les importase realmente el bienestar de todos. Los millones de electores que están dando la espalda a Zapatero ya han caído en la cuenta de este descaro: se está quedando sin partidarios, y tiene que mantener a los beneficiarios gastando sin medida.

lunes, 18 de octubre de 2010

Razones para un tumulto

Quienes llamaban asesino a Aznar y se conjuraron con el “nunca mais” porque un barco extranjero había naufragado frente a las costas gallegas, se han vuelto repentinamente modositos y se escandalizan de la pitada a Zapatero. Pero esa pitada ha sido un síntoma de algo, no una rebelión y son muchas las razones que la justifican.
En primer lugar, se pedía la dimisión de ZP, que es lo que, hoy por hoy, desea cerca de un 85% de españoles, incluyendo buena parte de los que ahora se escandalizan.
La democracia es una manera de destituir pacíficamente a un gobierno incompetente, y los descontentos no han hecho otra cosa que recordar que el momento se acerca, que no debiera posponerse.
Un desfile militar es un acontecimiento emocionalmente cargado y no se debe esperar que el público lo contemple con la seriedad y el arrobo de quien escucha una sinfonía.
Zapatero se ha ganado a pulso la pitada porque nadie ha puesto tan en solfa como él lo ha hecho los valores que se celebran en la Fiesta Nacional, y en un desfile de las fuerzas armadas.
La pitada a Zapatero es ya una tradición de años, y el gobierno ha querido evitarla con un desfile casi invisible. Este intento de sustraerse a la pitada ha exacerbado los ánimos, habilidades de doña Carme.
El hecho de que los gritos persistiesen durante el emotivo acto de homenaje a los caídos no indica otra cosa que el fracaso del plan para ocultar el desfile. Habría bastado una advertencia pidiendo silencio, pero eso hubiera supuesto reconocer oficialmente le griterío general y, en consecuencia, no poder echarle las culpas a la extrema derecha, a ver si los nuestros se motivan.
Hay sitios muy selectos en los que nadie protesta nunca, como los politburós o el congreso del partido comunista chino, pero en democracia la indignación es siempre lícita y, a veces, como ahora, muy razonable. Si se inventan nuevos protocolos de disimulo en lugar de rectificar, los silbidos no dejarán oír el paso de los reactores.

domingo, 17 de octubre de 2010

Un pacto contra todos

Siguiendo la escasamente gloriosa tradición de pactos con las minorías que ha sido común a la mayoría de los gobiernos españoles, el PSOE y el PNV han logrado, naturalmente en secreto, un acuerdo que, al parecer, garantiza la "estabilidad económica, política e institucional" hasta el 2012. El gobierno se zafa en el último momento de una situación que le obligaría a plantearse el adelantamiento electoral, es decir evita lo que, sin duda alguna, sería lo mejor que nos pudiera pasar, sencillamente porque es algo que no parece convenir a los intereses del PSOE ni a los de su Presidente, que empiezan a no ser siempre los mismos. El PNV y la minoría canaria han actuado, una vez más, como samaritanos, con la diferencia de que su solidaridad no ha sido ni gratuita ni caritativa, sino egoísta y bien cara. El gobierno podrá sentirse contento, pero solo en la medida en que admita que lo único que le importa es su continuidad, a cualquier precio, por encima de cualquier agresión a los intereses comunes de todos los españoles en beneficio de la astuta minoría de turno. Desgraciadamente, Zapatero no es incoherente en este punto: ha vuelto a hacer lo que siempre hace, pactar contra la mayoría y exclusivamente en su beneficio.
Esta clase de pactos debería suponer un escándalo mayúsculo, pero ya nos hemos acostumbrado a semejantes vilezas. El hecho de que estos pactos no se hagan en el Parlamento, con luz y taquígrafos, muestra bien a las claras que tanto el gobierno como los grupos que se solidarizan puntualmente con sus intereses saben bien que no habría manera de defender públicamente esos acuerdos sin que la mayoría del país cayese definitivamente en la cuenta de qué clase de gobierno nos gobierna y qué clase de sujetos le auxilian.
A cambio de una explicación pública se nos van ofreciendo gota a gota los aspectos más inanes del pacto con el fin de ocultar cuanto se pueda el alcance de la deslealtad del PSOE a los intereses generales. Se trata de una técnica que Moncloa domina a la perfección, una catarata de adelantos, desmentidos, loas y felicitaciones tras de la cual nunca se puede percibir con nitidez el cuerpo del delito. Lo peor del caso es que el monto total de los acuerdos será desconocido hasta por el propio Zapatero, atento únicamente a seguir en su poltrona, cueste lo que cueste.
Más allá del importe económico de los acuerdos, que hasta el momento se desconoce, pues las prisas y la buena administración no suelen ser buenas hermanas, está el componente simbólico y político del acuerdo. Zapatero ha arrojado a Patxi López a la cuneta, de manera que ha aprovechado la oportunidad para deshacerse de uno de sus posibles sucesores, en el caso de que el PSOE fuere capaz de rectificar su política de cara a la nueva legislatura. Al presidente le parece que ya estaba durando mucho la excepción de buen sentido que ha venido siendo el pacto PP PSOE en el País Vasco, una alianza que, con esta maniobra, se va a poner muy en precario. Es obvio que, cuando le conviene, Zapatero maneja la autonomía de las instituciones con el mismo desparpajo con el que el general Franco cambiaba a los gobernadores civiles.
No hay que descartar tampoco que en los secreteos palaciegos entre Urkullu y Zapatero hayan ocupado lugar de privilegio las fórmulas para buscar una salida honrosa a la situación de la ETA, asunto en el que el presidente y el PNV seguramente coinciden de corazón, porque es justo lo contrario de lo que desean, y merecen, la mayoría de los españoles.

sábado, 16 de octubre de 2010

Un día de gloria

[http://www.elcomercio.com/MediaFiles/ElComercio/ea/ea20444a-9a19-4e54-840e-9f521f7a84fb.jpg]

El rescate de los mineros chilenos de su encierro a más de 700 metros de profundidad ha sido una de esas noticias que, con razón, han conmovido al mundo. Se dice que más de 1000 millones de personas del mundo entero han presenciado en directo el rescate, lo que supone casi un 20% más de espectadores que, por ejemplo, la última final del campeonato mundial de fútbol.
Es raro que haya noticias tan positivas y conmovedoras como las que se refieren a esta peripecia minera. Cuando las hay, el público las compra sin duda, harto de las desgracias, las traiciones y las disputas habituales.
Los chilenos han dado un ejemplo al mundo y, al hacerlo, han mejorado de manera considerable su imagen colectiva y, por ello, sus posibilidades en un entorno cada vez más competitivo y cercano. Los líderes chilenos han sabido ver el potencial positivo que tendría la hazaña y no han tenido miedo al fracaso, una posibilidad que siempre ha estado ahí, amenazando.
Todos debemos felicitarnos por este éxito colectivo y debiéramos aprender alguna de sus lecciones, entre otras, desde luego, el que no sea de recibo que los mineros sigan trabajando en condiciones de tantísimo riesgo, porque siempre vale más prevenir que curar.

viernes, 15 de octubre de 2010

La corte de los milagros

La novela de Valle Inclán nos da una imagen de la España isabelina que caricaturiza el absurdo de una situación política apoyada únicamente en la tendencia a persistir de las instituciones, sin energía ni proyecto que las hiciera interesantes, una corte que se mueve con la inercia de los siglos, segura de su persistencia aunque crezcan los absurdos que se acumulan en su entorno. Se trata de un escenario que guarda algunas relaciones con el largo declive del zapaterismo, un episodio plenamente esperpéntico, si se mira con cierta calma.
El presidente conserva cierta dosis de lucidez suficiente para comprender el profundo patetismo de su figura, pero como siempre ha parecido más inclinado a la continuidad que a la lógica, trata de que el país asuma con la misma entereza con la que él parece haberlo hecho una situación simplemente absurda, si se mira desde el punto de vista de su coherencia, y explosiva, si se mira desde el punto de vista de sus posibles consecuencias.
Tras larguísimos meses dedicados a negar la evidencia y gravedad de una crisis que todo el universo mundo reconocía con presteza, el presidente se apresuró a continuar en el machito con el dije de que la cosa iba a pasar pronto, y con la reciedumbre de quien no está dispuesto a desprenderse de ninguno de sus principios. De paso se cometieron algunas locuras más o menos electorales que sirvieron para salir del paso en las elecciones de 2008 y que, dada la magnitud del desastre, apenas supusieron un ligero agravamiento del cuadro. Zapatero fue por entonces una figura disfuncional pero a su modo coherente, un tipo que creía en los milagros, pero eso le pasa a mucha gente. Todo cambio de súbito con la llamada al orden desde el exterior, con las conversaciones con Obama. Zapatero cayó en la cuenta de que estábamos al borde del abismo y se decidió a cambiar radicalmente de política. Lo que para tantos hubiera sido una misión imposible, le pareció a Zapatero un ejercicio más de su liderazgo y se dispuso a decir sistemáticamente Digo donde siempre había dicho Diego.
Es justo este momento en el que se pone definitivamente en marcha el tinglado de la farsa en medio de un descontento escénico con escasos precedentes. Algunos socialistas afirman, simplemente, que, por ejemplo, congelar las pensiones es de izquierdas, mientras que otros tratan de ofrecer el giro copernicano como una muestra de madurez, como una floración de buen sentido. EL PSOE se convierte de manera paulatina en una impensable jaula de grillos mientras el gobierno se dedica a vender como soluciones de ajuste sus habituales disparates y desconciertos. En medio de estas confusiones, se supera, mal que bien, la crisis de la deuda y todos deciden poner cara de que se trata de volver a lo de siempre, a gobernar a su modo este viejo país ineficiente.
Ahora bien, la situación política no ha mejorado en absoluto. Tenemos un gobierno sin norte y sin líder, que un día tras otro deshace con su derecha lo que ayer había hecho con su izquierda. El presidente ha agotado ya sus discursos aventados y sus iniciativas más ridículas en la escena internacional. No sabe, literalmente, qué decir, de manera que se refugia en el libro de estilo y se dedica a atacar a la derecha eterna, no sea que alguien caiga en la cuenta de que él es quien está haciendo, precisamente, lo que se supone que tendría que hacer esa derecha a la que denuesta.
Los presupuestos de 2011 están en el alero, pero, sobre todo, no hay ninguna certeza de que, de salir, fueren a servir para nada de lo que se supone son los fines lógicos de cualquier presupuesto. Zapatero trata de mantener el equilibrio sobre el alambre pero sin saber ya si va o si viene, evitando tan solo la caída definitiva.
Se podrían añadir mil detalles al cuadro, pero es obvio que estamos en una situación sin salida y completamente incapaz de agotar una legislatura. Aunque se descarte, cosa que no habría que hacer, una nueva crisis de deuda con final distinto a la anterior, los problemas de fondo de la situación no tienen solución a la vista. La cultura política del PSOE le está esterilizando porque le impide ceder el paso, pero también buscar una salida distinta más allá del fulanismo tradicional de la política española. Cuando se oyen, por ejemplo, las proclamas de Tomás Gómez, por citar a un político nuevo en la plaza que pudiera aportar alguna esperanza, se tiene la sensación de que la mayoría de los socialistas son incapaces de explicar lo que nos está pasando y lo que ellos han hecho, de modo que se hace muy difícil suponer que alguno de ellos pueda ser capaz de sugerir cualquier solución para el futuro.
Frente a esto, una oposición dedicada a ver cómo desfila el cadáver del enemigo, olvida que ese entierro bien pudiere acabar siendo también el suyo dada la magnitud del disparate. Por su parte, los españoles siguen atento a las llagas de la santa, seguros de que algún milagro les restituirá su prosperidad perdida.
[Publicado en El Confidencial]

jueves, 14 de octubre de 2010

Los ejércitos y el pueblo

Ni siquiera la continuada serie de habilidosas artimañas urdidas por los gobiernos de Zapatero han sido capaces de evitar que el desfile militar con motivo de la Fiesta Nacional se convierta en una oportunidad para que el pueblo manifieste su admiración, su gratitud y su entusiasmo por las fuerzas armadas españolas.
En ese ambiente emocional el pueblo nunca se engaña; sabe que el Rey, la bandera, y nuestros soldados son su última protección frente a la barbarie, representan la seguridad, nuestra libertad, la posibilidad de vivir en paz y en igualdad bajo el dominio de la ley. Precisamente por esa certeza más allá de cualquier idea política, los españoles que asistieron ayer al desfile prorrumpieron continuadamente en gritos contra Zapatero, en silbidos, en peticiones de dimisión, una protesta que ni siquiera la sumisa TVE consiguió disimular del todo.
Durante sus años de gobierno Zapatero se ha empeñado sañudamente en poner en sordina los sentimientos que ayer se desbordaron al paso de nuestros soldados. Ha intentado desmilitarizar al ejército convirtiéndolo en un grupo de hermanitas de la caridad, paradójicamente armado. Ha herido profundamente el patriotismo de los españoles escondiendo los símbolos nacionales y azuzando las querellas territoriales y los enfrentamientos; se ha sostenido en el gobierno gracias al amparo de quienes llaman genocidio a la hispanización de América; ha sometido a tensiones insoportables la unidad política de España encarnada en la Constitución; ha promovido un pacifismo tan necio como cobarde que equipara inicuamente a las víctimas con sus verdugos; ha negociado con quienes nos quieren destruir; ha pagado rescates a secuestradores y terroristas que han atentado contra la vida y los intereses de los españoles, y ha impedido cobardemente que nuestras tropas, perfectamente capaces de hacerlo, les suministrasen castigo, la única vía disuasoria conocida.
Por si fueran pocas tales hazañas, el gobierno de Zapatero nos ha conducido habilísimamente a la ruina más absoluta, y nos sigue tratando como a necios mintiendo de manera continua sobre medidas que va a tomar, y que no toma porque no le convienen políticamente. Un Zapatero aparentemente feliz y sonriente junto al Rey, las tropas, y la bandera, es más de lo que puede tolerar la sensibilidad de los ciudadanos que saben que mientras este personaje siga al frente del gobierno no habrá esperanza alguna, tal es su infinita capacidad para la martingala y el engaño.
El griterío de los asistentes ha ensombrecido en ocasiones la solemnidad de los actos, como en el momento de homenaje a los caídos, por ejemplo. Pero el descontento popular no expresa ninguna falta de respeto hacia la memoria de esos españoles heroicos, sino un desagrado profundo de que el presidente menos gallardo de nuestra historia, el personaje más alejado de las virtudes que se celebran, como el patriotismo, el heroísmo, la generosidad, o el sacrificio por los demás, se luzca en esos escenarios de los que no es digno. Sería deseable que esa clase de contrastes entre la solemnidad de los actos y la indignación popular no se produjesen, pero seguirán mientras Zapatero siga comportándose como si ser español le pareciese un baldón difícil de sobrellevar, como si defender nuestra dignidad no fuese su obligación, también frente a sus amigachos, como ese personaje bufonesco que tiraniza a Venezuela, y que ayer no permitió que la bandera de esa república desfilase ante la nuestra y ante el Rey.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Una fiesta en precario

Cualquier observador reconocerá el equívoco que envuelve a las celebraciones del 12 de octubre. Se trata de actos que han quedado reducidos a ritos puramente formales y, paradójicamente, casi clandestinos, porque carecen de la menor emoción popular. Al preguntarnos por el sentido de estas celebraciones no debiéramos limitarnos a constatar alguna especie de decadencia inevitable, porque las causas de la precariedad emocional y popular de esta celebración son perfectamente nítidas, y es obvio que cualquier gobierno español tendría que procurar remediarlas. No es eso lo que viene haciendo el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, y ni siquiera es eso lo que han hecho en las últimas décadas los gobiernos de la democracia.
La raíz última de la desafección política hacia la celebración de esta festividad está, en primer lugar, en la indebida y estúpida identificación que la izquierda ha hecho entre la festividad y el franquismo, cuando se trata, como cualquier persona mínimamente culta debiera saber, de una institución muy anterior; pero, además de esta identificación tan necia, una gran parte de nuestra izquierda, siempre escasa de luces propias, ha jugado irresponsablemente a promover una imagen caricaturesca de nuestro pasado que impedía celebrar con buen ánimo la Fiesta de la raza, como se la llamó desde el principio, la exaltación de una poderosa unidad cultural distinta a la anglosajona, pues no de otro modo ha de entenderse el significado de la palabra raza, aunque esté hoy tan en desuso.
Esa clase de desdichados equívocos y complejos, promovidos por la izquierda y aceptados de forma insensata por buena parte de la derecha, han favorecido también el disparatado proyecto de disgregación nacional y de separación emocional que se ha llevado a cabo en estos años para desespañolizar España.
Afortunadamente, sin embargo, aquí podemos beneficiarnos de la sempiterna tendencia a la separación entre la España oficial y la España real. Mientras la España oficial sigue siendo víctima de pudorosos tiquismiquis acerca de la españolidad, los ciudadanos normales y corrientes salen a la calle al unisono y sin distinciones ni de ideología ni de procedencia geográfica cuando se trata de algo realmente importante para todos nosotros. Pocas veces ha sido más evidente la españolidad de toda España que el día de la protesta contra ETA por el asesinato de Miguel Ángel Blanco, y en otro orden de cosas, que de cualquier modo testimonian un ánimo común y un orgullo nacional intacto, las celebraciones públicas y masivas de los éxitos resonantes de nuestros deportistas ponen de manifiesto que los españoles no estamos hartos de serlo, por más que algunos hayan conseguido vivir admirablemente bien a costa del dinero de todos los españoles, gracias a esa monserga antiespañola.
La monumental crisis económica que padecemos, cuya gravedad ha sido potenciada por la insensatez y el sectarismo de este gobierno, está poniendo de manifiesto un importante conjunto de disparates que, al socaire de la democracia, han logrado disimular durante un tiempo su auténtica condición. Uno de los más notables de todos ellos es la pretensión de mantener un Estado en perpetuo régimen de adelgazamiento y sometido a un proceso continuado de deslegitimación por los intereses de minorías políticas de campanario. Se trata de un gravísimo disparate al que hay que poner inmediato remedio. Ya hemos hecho suficientes ejercicios de masoquismo como para sacar nota, y es hora de que el patriotismo español pueda manifestarse con naturalidad y con orgullo, y de que esas manifestaciones se condensen de manera natural en torno a celebraciones como la de hoy. Es necesario que un nuevo gobierno pueda invitar a los españoles a celebrar esta fiesta sin temor a que un grupo separatista le descabale el presupuesto, sin miedo a que una colla de ignorantes hipócritas y descarados vividores le llamen fascista. Recordando lo que dijo Adolfo Suárez en un magnífico discurso al comienzo de la transición, es hora de hacer normal en los despachos lo que es normal en la calle.
Estamos ahora en el final de un lento proceso de descomposición del zapaterismo, un sistema de gobierno que se ha caracterizado por lograr la mayoría parlamentaria a base de los votos de quienes desearían una España muerta, una España deshecha. Lógicamente, este gobierno no es la institución más adecuada para llamar a la celebración del orgullo nacional, aunque, movido por su astucia política, haya llevado a cabo campañas de imagen con la marca de España que si hubiesen sido desarrolladas por un gobierno distinto habrían sido tildadas de puro fascismo por sus serviciales voceros. Un presidente de gobierno que ha puesto públicamente en duda el carácter nacional de España, para reconocérselo a la quimera promovida por los separatistas catalanes, no es la persona idónea para celebrar lo que nos une y nos emociona.
La mayor preocupación de este gobierno ante la fiesta que hoy se celebra es la disminuir el volumen de los silbidos. A este efecto ha minimizado el espacio destinado al público, lo que no es sino una metáfora de la miniaturización a que ha sometido el papel de nuestras fuerzas armadas, reduciéndolas a bomberos de élite o a una ONG especializada en asuntos extranjeros. Poco cabe esperar de un gobierno como éste, pero hay que recordar que ni el Rey ni el resto de las fuerzas políticas deberían consentir la continua degradación de una Fiesta Nacional que entre todos, y por el bien de todos, habría que recuperar sin prisa, pero sin descanso.

martes, 12 de octubre de 2010

Virtudes militares

[Patrulla Águila, del ejército del aire; imagen tomada de http://airvoila.com/patrulla-aguila-el-orgullo-espanol/]


Convaleciente como estoy, y un poco aburrido, he visto esta mañana el tradicional desfile de las fuerzas armadas con motivo de la Fiesta Nacional del 12 de octubre. La mayoría de los españoles de mi generación hicimos la mili en la época de Franco y no era muy corriente, entonces, que admirásemos las virtudes militares que, además, yo no acertaba a ver por ninguna parte, o casi por ninguna, en los servicios que hube de desempeñar.
Me parece que, aparte de divertirme bastante con muchas de las incoherencias de la milicia de aquella época, nadie se esforzó por enseñarme que las fuerzas armadas pudieran ser algo más que un instrumento del poder político, una forma de sometimiento.
Luego he cambiado mucho en mi forma de pensar en los ejércitos, hasta el punto de que he pensado varias veces que debiera haber intentado ser militar, aunque desde luego me hubieran faltado condiciones para serlo con cierta dignidad. Me parece que el militar cumple un papel social muy similar al del filósofo, aunque el de éste sea más o menos popular y el del militar esté todavía sometido al desprestigio simplista del pacifismo hipócrita que hoy es dominante.
Las fuerzas armadas son la garantía de que pueda existir un orden civil justo, de que pueda haber una patria, de que se pueda vivir en libertad. Naturalmente, cuando no lo son, se convierten en lo peor, en los ejércitos sectarios y criminales que someten a sus conciudadanos, que disimulan su condición criminal con el disfraz de un uniforme.
En esta España disparatada que ahora vivimos en la que tantas cosas andan manga por hombro, en la que casi nada es lo que parece ni lo que debiera ser, creo que es un milagro que hayan subsistido unas fuerzas armadas dignas y decentes como las españolas de hoy. Me gustaría advertir a los españoles de mañana lo mucho que se juegan en que las cosas no empeoren, en que podamos estar cada vez más orgullosos de nuestros militares, de nuestros símbolos, y de poder seguir siendo una sociedad que vive y discute bajo el amparo de la ley.

lunes, 11 de octubre de 2010

El candidato evanescente

Es muy probable que la flema galaica y el discreteo que se gasta Rajoy sean grandes virtudes para un gobernante, pero no está claro que ayuden a ganar elecciones. El presidente del PP administra sus ausencias con una generosidad rayana en la prodigalidad. Cierto es que la política española tiene mucho de patio de vecindario, y que abundan los personajillos que pretenden apabullarnos con su chachara sobre acontecimientos galácticos con la misma soltura y asiduidad con que una Belén Esteban exhibe sus cuitas. Frente a ese formato circense, está bien que Rajoy aspire a ser un político serio y comedido, pero habría que recomendarle que no se exceda en la prudencia, no vaya a ser que las encuestas acaben resultando tan equívocas como los pronósticos del gobierno sobre la recuperación económica.
Alguien debería recordarle al líder del PP que, tanto en 1993 como en 1996, el PP era vencedor en las encuestas, pero en 1993 ganó una vez más el archiquemado Felipe González, y en 1996 los socialistas perdieron por la mínima, y eso que el líder del PP no parecía ni la mitad de abúlico que don Mariano. El propio Rajoy sufrió en sus carnes la derrota del año 2004, insensatamente propiciada por una campaña de perfil bajo que es, seguramente, la que más motiva a la izquierda, por no recordarle el papel escasamente positivo que jugaron algunas de las curiosas invenciones de su selecto club de consejeros en 2008.
La izquierda ha dado muestras frecuentes de que es capaz de sobrevivir sin esperanza alguna, porque se alimenta del muñeco maniqueo en que ha convertido a la derecha, de manera que, incapaz de soportar una victoria segura de sus demonios particulares, saca de su fondo de armario las energías necesarias para votar a quien sea, con tal de que no sea del PP. Zapatero podría beneficiarse de ese manantial, pero muy probablemente se pueda beneficiar más, cualquier otro, un Gómez o un clásico de la nomenclatura, da igual, porque los electores del PSOE saben muy bien contra qué votan.
Rajoy se puede sentir razonablemente seguro del voto de los suyos y del de muchísimos electores no tan fieles a una sigla, pero acaso no fuera inútil explicar a unos y a otros algo más que ciertas recetas de política económica que ahora da por inevitables hasta el propio Zapatero. Los votantes esperan de la derecha algo más que una administración honesta de los caudales públicos y un cierto respeto al dinero del personal, siempre en riesgo con los socialistas.
Los electores quieren saber qué hará el PP con los grandes renglones de una política, y no solo con la hacienda pública. ¿Se va a atrever el PP, por ejemplo, a reformar la legislación moral de Zapatero, esas leyes que nunca se anunciaron en campaña pero que se han ido aplicando con la saña propia del sectarismo más radical? ¿Va a promover el PP un marco institucional y territorial que sea capaz de hacer una España atractiva para todos o va a seguir soportando una dinámica disparatada a la que muchos de sus líderes regionales sucumben encantados cuando parece que se les toca la más ligera de sus competencias?
El señor Rajoy tiene derecho a descansar, pero no tiene derecho a dar por hecho lo que está por hacer. Una amplísima mayoría de españoles está dispuesta a que la pesadilla de ZP no dure ni un minuto más de lo necesario, pero no se confunda el señor Rajoy, porque esa mayoría no sueña todavía con su triunfo, y tiene perfecto derecho a reclamar la oportunidad de volver a sentir ilusión por la política.

domingo, 10 de octubre de 2010

Deporte y política

No cabe duda de que los éxitos de los deportistas españoles llaman la atención, y que eso nos lleva a preguntarnos: ¿qué hay detrás de ello? Lizawetsky anda dando a entender que él tiene que ver en eso y habrá que disculparle porque la vanidad es tentación asaz común, especialmente cuando no hay motivo real. Creo que deberíamos descartar factores políticos porque es precisamente el fracaso político, y me refiero, sobre todo, a la ruina económica, el disparate institucional, el egoísmo más cateto, el corporativismo, y a la incultura política, lo que más contrasta con el éxito deportivo.
Lo que ha ocurrido es que distintos grupos de personas se han puesto a trabajar olvidándose de pedir el maná y fiándolo todo a su esfuerzo, a su imaginación, a sus ganas de competir y de tener éxito… y los resultados han ido acompañando. En el orden económico hay unas cuantas empresas que han hecho algo parecido, pero la mayoría del país sigue esperando que alguien le arregle sus problemas, una subvención, un apoyito del gobierno… y por ahí no se va a ninguna parte. El deporte es una buena imagen de lo que habría que hacer: salir fuera, competir, seleccionar a los mejores, no rendirse, ser ambiciosos, lo contrario de echarse la siesta, culpar a los demás de la propia mediocridad y protestar.

sábado, 9 de octubre de 2010

Un país en la mochila

La muerte de Labordeta ha dado lugar a un cierto debate porque, entre la nube de elogios, se ha colado alguna crítica que me parece de enorme interés, y ha habido una cierta disputa sobre la identidad ideológica de la obra del polifacético personaje. Detengámonos un punto sobre ella.
En España, los elogios al recién muerto se dan por descontados, lo que seguramente será muestra de que nos queda un adarme de piedad, aunque también pueda testimoniar nuestra bien reconocible hipocresía. De cualquier manera, a mi me llamaron la atención las loas que vertieron sobre su figura personalidades muy características de la derecha, unas veces con el argumento, respetable, pero frecuentemente inane, de distinguir entre las ideas políticas del autor y el significado de su obra, otras sin él. En esas estaba cuando leí un comentario de Salvador Sostres con el que me sentí plenamente de acuerdo. Sostres sostenía que, pese a sentir la muerte de Labordeta, era necesario poner en cuestión muchos de los valores que defendía, su comunismo, su gusto por lo rural, su apego a lo ancestral y al tercermundismo, su retórica naturista, su apego a los paisajes de abandono y atraso. Se trata de conceptos que le parecen a Sostres, y coincido plenamente con él, enteramente sospechosos, porque son negativos y antimodernos, específicamente reaccionarios, aunque ello suponga emplear el lenguaje que Labordeta y los suyos han pretendido de su exclusiva pertenencia.
Algo después leí unas declaraciones sobre Labordeta de Javier Esparza, otro escritor escasamente convencional, que me dejaron algo más perplejo. Esparza pretendía, en una entrevista con motivo de la presentación de su nuevo libro, que Labordeta, al que literalmente “adoraba”, era de una sensibilidad típicamente de derechas, al parecer sin saberlo.
Esta discrepancia tan peculiar de dos testigos inteligentes mueve, efectivamente, a pensar. La tesis de Esparza es que la derecha tiene dificultades para reconocerse, y no es extraño que las tenga si se identifica como sensibilidad típica de la derecha el apego al terruño, al paisaje, a lo que el tiempo ha derrotado, a eso que Sostres rechaza en Labordeta sin extrañarse que el cantautor fuese, a la vez, comunista y defensor de tales valores.
Yo creo, sin embargo, que hay tesis ciertas en las apreciaciones de Esparza: tiene razón en que la derecha se equivoca al prescindir por completo de promover un cambio social, para vincularse únicamente al éxito económico que la ha acompañado en su gestión, y que se ha traducido en prosperidad económica. También acierta al diagnosticar en la derecha una falta de claridad acerca de su significado ideológico y cultural, o, dicho de otra manera, a que la derecha no haya sabido digerir adecuadamente la diversidad de sus inspiraciones de procedencia liberal, las de procedencia tradicional o conservadora, y las de origen estatista o funcionarial, por llamarlas de algún modo. No es difícil coincidir con Esparza en que los políticos de la derecha estén dominados por un gen que les atemoriza ante el debate ideológico, pero no creo que eso equivalga a considerar como valores que la derecha debiera homologar como propios los que promocionaba el cantautor aragonés. Yo creo, y en esto estoy con Sostres, que la derecha nada tiene que ver con esos valores, especialmente con la utilización política de esos valores, lo que no significa que la derecha no tenga que tener una cierta sentimentalidad, pero no precisamente esa. Eso puede respetarse, pero difícilmente podrá ser objeto de promoción en un país que nunca ha hecho, si no es a trancas y barrancas y como sin querer, nada semejante a la revolución burguesa, ni a la implantación de un auténtico capitalismo de mercado. Precisamente por eso parte de nuestra izquierda, como Labordeta, puede considerar que esos valores telúricos son específicamente suyos porque se oponen, a la vez, a las dos revoluciones de la modernidad, a la democracia liberal y a la industrialización burguesa, dos ideales que repudian al tiempo los comunistas y ciertos conservadores partidarios de la vuelta de un imposible ancien regime.
Sostres que es, según dice, independentista catalán, escribe un español restallante, es cristiano, y respetuoso de buen número de tradiciones, pero prefiere las autopistas a los páramos, y los locales con neón a los parajes recónditos que otea el cernícalo y visitan los ecologistas con unción. No por esto deja de oponerse a las ideas de la izquierda, cantadas o no al estilo Labordeta. La derecha española no anda sobrada de discernimiento, y por eso se confunde, con frecuencia, al venerar a figuras que ni lo merecen, ni la respetan. El mero hecho de que alguien guste de lo ancestral no le habilita como conservador, porque la izquierda también se nutre de esas ideas que remiten más a la horda que al ciudadano. Ni la derecha ni la izquierda pueden pretender meterse al país en esa mochila, porque la España de hoy no cabe, por fortuna, en un zurrón tan empobrecido y viejo.
[Publicado en La Gaceta]

viernes, 8 de octubre de 2010

Como el agua o la luz

Llevo una semana ingresado en un buen hospital privado de Madrid. Si no se tuerce nada saldré, Dios mediante, en los próximos días bastante mejor de lo que entré. La cirugía ha hecho progresos espectaculares, y la amabilidad del personal es casi proverbial, de modo que, si fuera solo por ello, habría sido una estancia muy grata. Pero ha habido un nubarrón, un fallo tan común como inexplicable. Las habitaciones del Hospital, amplias, cómodas, limpias y acogedoras, no tienen acceso a Internet, como pasa, por lo demás, en la mayoría de hoteles, restaurantes y lugares públicos de nuestro país.
Yo lo he echado en falta desde que se me pasaron los efectos de la anestesia, pero mis hijos, que han pasado largas horas junto a mí, lo han lamentado todavía más. La verdad es que resulta incomprensible que haya instalaciones de la importancia de un hospital que no caigan en la cuenta de lo absurdo que resulta carecer de este servicio. Hoy es inimaginable que haya hoteles sin agua corriente, o sin luz, aunque cuando el Ritz se inauguró en Madrid, hace ahora un siglo, tenía doscientas habitaciones, pero solo 100 baños. Algunos parecen considerar tolerable que hoy haya hoteles, u hospitales, sin Internet. Este es algo que debería cambiar a toda prisa, pero no lo hará, para desgracia de todos en este viejo e ineficiente país. Que no haya conexión, o que el hotel, por si solo o en compañía de una de nuestras multinacionales, me refiero a Telefónica, por si hay dudas, pretenda sacarnos seis u ocho euros por unas horas de conexión es completamente tercermundista, intolerable. Creo que los internautas debiéramos adoptar una actitud muy clara, a saber, no alojarnos en establecimientos que no ofrezcan conexión o que pretendan cobrarla en plan miserable, como si fuera un extra para viciosos.

jueves, 7 de octubre de 2010

Madrid, ¿un socialismo emergente?

La victoria de Tomás Gómez frente a la candidata explícita del zapaterismo muestra, desde luego, que el entusiasmo de los socialistas madrileños con el inquilino de la Moncloa no es precisamente indescriptible. Los Rasputines que se disputan la administración de las exequias, y la herencia del PSOE, tienen desde el domingo un panorama más complicado que el que tendrían si la victoria hubiese sonreído a la compañera Jiménez. Sin embargo, más allá de esta lectura inmediata, bien pudiera ocurrir que la victoria de Gómez signifique algo más hondo que un revés mediano para los actuales mandamases del partido.
La Comunidad de Madrid representa, por muy diversas razones, una singularidad muy notable en el panorama político español. Una de las consecuencias de esa anomalía es la escasa significación política nacional de las organizaciones partidarias madrileñas. Basta con reparar en que, desde 1977 hasta hoy, los líderes de los grandes partidos han sido de cualquier parte, salvo de Madrid. Este sesgo estadístico es especialmente llamativo en el PSOE cuyos orígenes históricos no están precisamente en la periferia. Desde 1977, en el PSOE han mandado andaluces, catalanes, gallegos y castellanos, pero ningún madrileño ha ocupado nunca una responsabilidad importante en el partido. Tomás Gómez puede romper esa tradición. Su insumisión ha sido muy significativa, y el apoyo mayoritario de los militantes, un público muy proclive a obedecer en el que abundan los funcionarios del partido, lo ha sido todavía más. Ahora bien, ¿qué puede significar esa rebeldía de las bases, más allá del desagrado de los militantes con el actual estado de cosas en el PSOE?
El PSOE lleva en Madrid 16 años fuera del poder. ¿Por qué el PSOE sigue siendo tan fuerte a nivel nacional, pese a su debilidad madrileña? Creo que la mejor manera de responder a esta cuestión es la siguiente: el PSOE no puede conseguir en Madrid lo que logra con tanta facilidad en el conjunto de España, porque en Madrid no tiene venta fácil el tipo de política territorial e institucional que el PSOE ha venido haciendo suya, y que Zapatero ha exacerbado. Sin políticas que alteren las reglas del juego, sin agitar sentimientos de desestima o de emulación, sin prometer estatutos en el filo de la navaja, es decir, a solas con la economía, la gestión y los aleluyas ideológicos, el socialismo ha venido naufragando en Madrid.
Además de la necesidad de imaginar una política socialista capaz de conseguir una mayoría de madrileños, la posibilidad más interesante que se abre tras el triunfo de Gómez es que el socialismo madrileño empiece a recuperar la influencia perdida, a dejar de ser una paradójica sucursal de una extraña confederación de fuerzas. Lo que ahora se percibe a primera vista representa una peripecia menor, pero, por detrás de las obligadas carantoñas hacia los vencidos, y de la retórica mentirosa tan habitual en los partidos, la realidad es que Gómez es uno de los escasos líderes políticos con capital propio, y alguien con el que se habrá de contar en el futuro del socialismo. Otra cosa es que Gómez no se atreva con la que se le ha venido encima: ni a ser el primer líder del postzapaterismo, ni a empeñarse en buscar y formular una línea política original y de gran fuste, aunque parece que ni le faltan ganas, ni escasearán las oportunidades.
Tomás Gómez se ha de enfrentar, a plazo muy corto, con una dificultad de apariencia formidable, como es la de vencer a Esperanza Aguirre, probablemente sin contar con el apoyo entusiasta de los vencidos, por más que ahora entonen toda clase de salmodias de unidad, y de que “todo el mundo es bueno”. De cómo afronte Gómez esa cita tan problemática puede depender no solo su futuro, sino el futuro del partido. Si Gómez lo cifra todo en la victoria, puede quedar destrozado con facilidad, mientras que si acertare a plantear su estrategia con un horizonte más largo y con mayor calado ideológico, una derrota cantada podría convertirse en otro escalón hacia el protagonismo nacional.
Tomás Gómez es un hombre de izquierdas y, más allá de algunas anécdotas no muy afortunadas, está inédito, es decir, tiene la posibilidad de liderar una nueva política, algo que el socialismo viene necesitando desde el declive de Felipe González, y que la herencia inasumible de Zapatero pondrá de manifiesto de manera dramática. Es verdad que el socialismo es una fuerza electoral formidable, y que podría vivir de las inercias durante bastante tiempo, pero hay que ser muy ciego para no ver que la orfandad en que quedará tras la más que probable derrota de Zapatero, y/o de sus herederos, exigirá la aparición de un nuevo liderazgo político, de un personaje de largo recorrido. No es Tomás Gómez el único candidato con condiciones para cumplir esa función, pero si será, seguramente, el que vaya a quedar menos afectado por la debacle que se adivina. Si acierta a moverse, Gómez podría ser un arma cargada de futuro.
[Publicado en El Confidencial]

domingo, 3 de octubre de 2010

El verdugo

Ayer noche vi la película de Berlanga en Telemadrid, en el programa de Garci. Los expertos del programa la anunciaron como una de las mejores películas de la historia, pero me parece que exageraban. También se habló de ella como un alegato contra la pena de muerte, lo que tampoco me parece exacto. Lo que más me interesó de la película fue su fecha de rodaje, 1963, un año del que conservo recuerdos perfectamente nítidos. Traté de reconocer los paisajes madrileños, pero fue en vano.
La película tiene algunos momentos brillantes y es una mezcla entre el humor negro y el costumbrismo típico del cine de los sesenta; me parece que lo que muestra es un momento de crisis en el que los modos de vida de la vieja España del franquismo empezaron a ser arrollados por esa mezcla de turismo y desarrollismo que definió las dos últimas décadas del régimen, el cambio económico impulsado por los tecnócratas que comenzó con el plan de estabilización de 1957 y que hizo, en buena medida malgré lui, posible la democracia en su final de ciclo.
Desde el punto de vista del cine, la película está lastrada por Domingo Manfredi que no da el tipo, a mi parecer, en ningún momento, y se sostiene razonablemente por el buen hacer de muchos secundarios que alcanzaron luego mayor fama, además de por el magnífico trabajo de José Isbert y Emma Penella. Una buena película, pero sin exagerar. Creo que Berlanga ha hecho cosas mejores y, sin duda, más divertidas,