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miércoles, 24 de noviembre de 2010

Treinta y cinco años después, y al borde del abismo

En estos días en que conmemoramos el proclamación del Rey y el inicio de las libertades, la distancia ya larga que nos separa de aquellos momentos históricos nos obliga a hacer un balance que, aunque haya de ser muy positivo en el fondo, no debiera ocultar el hecho de que el presente está muy lejos de encarnar el ideal de democracia que entonces perseguíamos con ingenuidad y con pasión.
No deberíamos, sin embargo, proyectar sobre un momento muy brillante de nuestro pasado las sombras y los temores del presente, porque, por grandes que sean las críticas que se puedan hacer a la Monarquía, no habría que olvidar todo lo que debemos a la clarividencia y firmeza de aquel Rey joven en una circunstancia tan arriesgada como fue el paso de la dictadura a la democracia.
En relación con nuestra visión de ese pasado suceden en la actualidad dos cosas de cierta importancia: en primer lugar, la aparición de una izquierda que se ha empeñado en deslegitimar con argumentos de baratillo lo que sin duda fue el mejor momento de la España contemporánea. El gobierno de Zapatero no es ajeno, de ninguna manera, a esa revisión miope y peligrosa. El segundo factor que condiciona la valoración del pasado es la malísima situación, económica, política, institucional, en la que España se encuentra ahora mismo, lo que contribuye a hacer verosímil la falacia que identifica aquellos orígenes con los problemas que nos abruman.
No es casualidad que ambas circunstancias dependan esencialmente de lo que se podría llamar, para entendernos, la filosofía de Zapatero, su estúpido adanismo, su boba simplificación de la realidad, su creencia en que las palabras pueden modificar la realidad, económica, por ejemplo, su irresponsable maniqueísmo.
El hecho es que treinta y cinco años después de iniciarse la transición a la democracia, los españoles nos encontramos en la que, con toda seguridad, es la peor de las situaciones en el último medio siglo. No es incomprensible, por tanto, que un grupo de empresarios se hayan dirigido al Rey, aunque hay que suponer que se trata de un acto simbólico para dirigirse a todos los españoles, reclamando reformas urgentes y radicales que, en general, no aparecen en la agenda política de los partidos y que, sobre todo, suponen una enmienda a la totalidad a los años de gobierno de Zapatero. Independientemente de la idoneidad del procedimiento, hay que reconocer que el documento elaborado por la Fundación Everis bajo la dirección de Eduardo Serra, acierta en lo que subraya, aunque no esté tan claro hasta qué punto sean congruentes las soluciones que se sugieren.
España tiene ahora mismo una serie de problemas muy graves que van desde la economía, a la justicia, la educación, la administración y la forma de funcionamiento de la política. De cualquier manera, lo más grave tal vez sea la resistencia de muchos políticos, entre ellos la gran mayoría de los líderes del PSOE, a reconocer con claridad a los españoles lo que saben muy bien que es cierto. Zapatero ha llevado esa táctica al paroxismo, llegando a negar pura y simplemente la verdad universalmente reconocida. En consecuencia, son muchos los españoles que no alcanzan a entender la gravedad de la crisis, bien porque crean que se trata de exageraciones electoralistas de la oposición, bien porque piensen que se trata de un mal ineluctable en el que la responsabilidad política es casi nula.
La realidad es tozuda, sin embargo, y a poco que se examinen algunos datos se hace obvia la gravedad del caso. España tiene que comprar fuera el 80% de la energía que consume, paga a precio de nuevo rico las aventuras ecologistas en el sector, y hace perder a los escasos y heroicos emprendedores que se atreven a intentarlo nada menos que 47 días en trámites que en la OCDE se resuelven en menos de dos semanas. En España, los boletines oficiales de las CCAA publican siete veces más páginas que el BOE que, por supuesto, no ha disminuido de tamaño respecto a la situación previa a las autonomías. Claro que los funcionarios se han multiplicado por más de tres en estas últimas décadas, mientras nuestra producción de patentes es cuatro veces inferior a la de Italia, ocho veces menor que la de Francia, dieciséis que la de Inglaterra y ¡casi cuarenta veces menor que la de los EEUU! Y en este contexto, el irresponsable que nos gobierna aseguró que nuestra economía había superado a Italia y estaba a punto de alcanzar a Francia.
Me he reducido aquí a datos económicos porque son más gráficos, pero no es menos grave el deterioro de la democracia, el sometimiento de la justicia a los partidos, la escandalosa insignificancia de nuestras universidades, la parodia de democracia que rige la vida interna de los partidos, y un sinfín de asuntos más, pero no ha de ser el Rey quien tenga que arreglarlos. Es nuestra responsabilidad, y ya es hora de que, por ejemplo, los empresarios dejen de halagar a la Moncloa, haga lo que haga.
[Publicado en El Confidencial]

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