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martes, 7 de diciembre de 2010

Lo que el escándalo esconde

Tal vez por estar leyendo El peso del pesimismo de Rafael Núñez Florencio , caigo con más facilidad en la cuenta de que, en realidad, desconozco con precisión los perfiles del conflicto que enfrenta a los controladores con José Blanco, y, por ende, con el gobierno. He leído para tratar de informarme alguno de los blogs de controladores que existen y las opiniones de expertos sobre la legalidad de las medidas del gobierno. He de reconocer, de entrada, que mi prejuicio frente a los controladores es muy grande y que esas lecturas apenas han hecho que disminuya. Pero me parece que deberíamos empezar a considerar con cierta calma los perfiles más precisos del problema y, entre otros, el margen de pura maniobra política que el gobierno ha introducido en este conflicto tan resonante, con gran falta de sentido de la responsabilidad, por cierto.
Aunque no me atreva a decir cosas más contundentes, si me atrevo a insistir en que una parte importante de la responsabilidad de todo este desdichado asunto está en el conjunto de la clase política, y, muy especialmente, en la izquierda, que se ha negado hasta ahora a hacer una ley de huelga como es debido. La consecuencia es que los sindicalistas son señores de la horca, sin regla alguna que contravenga sus designios cuando consiguen poner a personal en guerra. Y eso no puede ser, no debería pasar ni un minuto antes de que se iniciase una ley que serviría para medirle las costillas a esta democracia demediada e hipócrita en que vivimos.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Para entender la verdadera dimensión del enfrentamiento también es preciso analizar la naturaleza de las partes:
• a un lado del ring el Gobierno de España representado por José Blanco. Es decir, un grupo que habitualmente se ha caracterizado por decir una cosa y hacer la contraria (no quiero decir que mienta, por supuesto) con altas dosis de sectarismo, y un representante cuyas virtudes más destacadas consisten en su supervivencia política y vivir siempre en una poltrona pública. ¡Como sea¡ recuerde el micrófono abierto para conseguir un antiguo acuerdo.
• al otro lado los controladores aéreos. Una selecta y limitada élite que ha entendido perfectamente que el mantenimiento de su estatus (retribuciones de banquero, trabajo vitalicio e imprescindibles para un servicio público básico, el tránsito aéreo en España) pasa por eliminar cualquier indicio de competencia y ejercer un férreo control de admisión. Una casta privilegiada que se resiste a perder su exclusividad.
Con estos ingredientes, cualquier cóctel es explosivo. Un conflicto asegurado.

Aún así, sorprendentemente llegaron a un acuerdo el pasado febrero (creo) que se consideró un notable éxito del gobierno, una victoria así cantada con profusión por los medios de propaganda, perdón de comunicación, que auparon a la condición de estadista al representante de los ganadores por los servicios prestados.

Un acuerdo que desde su consecución el gobierno debió considerar papel mojado (de lo prometido nada de nada en consonancia con su naturaleza) y a los controladores les permitía mantener unos privilegios inadmisibles en una sociedad moderna (que todo cambie para que todo siga igual en consonancia con sus pretensiones). Un fraude a la sociedad del que ahora padecemos sus consecuencias y por el que debiéramos exigir responsabilidades si no fuésemos ciudadanos sumisos y comodones. ¡Pan y circo¡.

Durante estos días estamos siendo bombardeados sin cesar por informaciones peyorativas hacia los controladores: que si el coste económico a terceros por su irresponsable comportamiento, que si los perjuicios causados a los ciudadanos, que si el deterioro de la imagen de España en el exterior, que si la intervención de la fiscalía ante la comisión de presuntos delitos, … Un linchamiento público en toda regla auspiciado desde una de las partes en conflicto (el gobierno) y sus medios afines. Igualito, igualito a la valoración que hicieron de la huelga del 29-S, y no me estoy refiriendo a la legitimidad de ésta que respeto, sino me refiero a los costes ilegítimos que generó (pérdida de jornadas laborales de personas que no se adherían a la huelga y nunca se podrán evaluar, pintadas en edificios públicos y privados que todavía han de ser limpiadas a costa del erario público en su mayoría), a la acción informativa que padecieron comercios y empresas a las que se visitó e invitó amablemente a adherirse a la huelga por si no les hubiese llegado suficientemente la información, a la coacción violenta de elementos incontrolados que aún apareciendo en muchas grabaciones y siendo perfectamente identificables, no ha resultado ser, al parecer, indicio suficiente para la actuación de oficio de las administraciones competentes en la resolución de tales delitos (entre las que se encuentra la fiscalía, por cierto), … No quiero defender a los controladores cuyo comportamiento me parece vergonzoso. Sólo quiero poner de manifiesto el diferente trato que reciben dos colectivos por hechos equivalentes según sean amigos del gobierno o no. Tiene usted razón en exigir la Ley de Huelga, pero no creo que resuelva la arbitrariedad política ni el uso interesado de los poderes públicos.

Que tome nota la sociedad y si no está de acuerdo cómo gestiona este gobierno las incidencias que surgen y cómo utiliza los medios públicos, ya sabe qué hacer en la próxima junta de accionistas. Acudir a votar en conciencia.

(Perdón por la extensión. No está en mi ánimo, ni mucho menos, sustituirle)

S. dijo...

Estimado José Luis: las reclamaciones al maestro armero. Quiere decirse que ya les va bien a los sindicatos no tener una ley de huelga -que por cierto estaba hecha por unanimidad y a falta de la firma se convocaron elecciones- pero la responsabilidad es de todos los gobiernos democráticos en los últimos veinte años. En el caso concreto de los controladores no olvidemos, tampoco, que de aquellos barros (negociación o dejación de Álvarez-Cascos) vienen estos lodos.

Pero me parece que deberíamos empezar a considerar con cierta calma los perfiles más precisos del problema y, entre otros, el margen de pura maniobra política que el gobierno ha introducido en este conflicto tan resonante, con gran falta de sentido de la responsabilidad, por cierto.

Esto no acabo de entenderlo. De los políticos cabría esperar altura de estadista, no obstante, lo común en los políticos son las maniobras políticas. Ahí están, por ejemplo, las declaraciones de Pons y Zarrías. No acabo de ver, con los controladores haciendo una huelga que no era huelga legal, lo que debería haber hecho un gobierno responsable.

Anónimo dijo...

Anónimo, estoy de acuerdo contigo pero creo que una buena ley de huelga si cambiaría muchas cosas. por eso no existe.

Los controladores son unos irresponsables poro los CCOO y UGT... estarán sopesando a ver que dicen porque en el fondo están con ellos. Y clarifican el derecho de huelga con una ley muchos pueden perder sus privilegios mafiosos.

Otro: sería interesante hacer un estudio sobre el sector donde trabajaban los paralizados por la huelga.

¿Cuantos del sector público se pudierosn tomar el fallido puente y cuantos del sector privado?

José Luis González Quirós dijo...

Para Anónimo: Estoy de acuerdo con cuanto dice, y es un placer encontrar un comentario tan ponderado e inteligente, de manera que será un honor tenerle por aquí siempre que quiera, y hasta podríamos negociar alguna sustitución, porque yo también me quejo de mi horario, como los controladores. Saludos,

José Luis González Quirós dijo...

Para S. Tiene razón, pero, al menos en teoría, siempre debemos esperar lo mejor de los gobiernos, y así podremos calificarlos no por nuestros prejuicios, sino por sus servicios.
Lo malo no es lo que el gobierno ha hecho, sino lo que no había hecho, y la sospecha de que haya especulado con el cálculo sobre esa inacción y sus réditos, que, sin embargo, pueden ser menores de lo que acaso sospechen.

José Luis González Quirós dijo...

Para Anónimo. Seguro que hubo un empate entre sectores, porque, para nuestra desgracia, el sector privado está también sin trabajo y aprovecha los puentes para relajar tensiones y disimular la ausencia de carga de trabajo. Los del sector público unánimes, como siempre, en el culto al descanso.