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martes, 30 de noviembre de 2010

Homenaje al Barcelona C. F.

Un cinco a cero del Barcelona al Real Madrid no es la primera vez que se produce, pero soy de los que creen que el de ayer ha sido el más merecido, el más justo… y el más preocupante para los que somos madridistas. Vayamos por partes. El Barcelona ha jugado uno de los mejores partidos de su vida: su superioridad sobre el Real Madrid ha sido absoluta, descorazonadora, aplastante. Los jugadores del Real Madrid parecían pollos sin cabeza, no sabían ni qué hacer ni a dónde mirar, lo que es explicable porque siendo este Real Madrid un buen equipo no le llega ni a la suela del zapato a un equipo como el actual Barcelona que no solo es el mejor equipo del mundo en la actualidad, sino uno de los mejores de todos los tiempos. Menos mal que no todos los días juega con la calidad, la intensidad y el acierto que lo ha hecho hoy.
Parte de la culpa del excelente juego del Barcelona está en la rabia de sus jugadores contra un equipo que se obstina en ser prepotente, en considerarse a la altura de su rival cuando está varios grados por debajo y a años luz cuando pierde el sentido, como lo hizo la noche del lunes 29, una de las más negras en los anales blancos. Hay que recordar las derrotas históricas ante el Milán, o el humillante partido de hace un par de temporadas ante el Liverpool, para encontrar un precedente tan humillante, tan desolador. Ni siquiera el seis a dos de hace un par de temporadas en el Bernabéu supuso un varapalo tan grande como el de ayer.
Las grandes estrellas blancas sufren un proceso de miniaturización cuando se enfrentan al Barcelona. Si Cristiano vale cien millones de euros, ¿puede alguien decir cuánto valen Xavi, Iniesta, Messi o Villa por no citar sino a los más obvios? No quiero cebarme en la mala noche general, pero sí quiero demostrar mi indignación por la conducta chulesca e infantil de algunos jugadores como el citado Cristiano, el archisobrevalorado Ramos o, incluso, el habitualmente excelente Casillas, que tampoco tuvo su noche.
Los errores del Real Madrid son muy de fondo, y aunque conserve alguna esperanza de que Mourinho pueda enderezarlos, al menos en parte, no se puede olvidar de qué provienen. ¿Qué pasaría si Villa estuviese ahora en el Real Madrid en lugar de ese desastre llamado Benzema? La superioridad del Barcelona sería algo menos acusada. Estamos pagando los errores deportivos y de todo tipo del florentinismo, de esa especie de zapaterismo del fútbol que consiste en invertir en imagen y en propaganda a través de una prensa madridista absurdamente dedicada a engañar a los socios y a cantar las virtudes imaginarias de auténticas mediocridades, si los comparamos con la plantilla del Barcelona.
Los socios del Real Madrid somos responsables por respaldar sin rechistar la política del pelotazo aplicada al fútbol, comprar carísimo y al buen tuntún, cambiar de entrenador varias veces por año, presumir de historial, cada vez más lejano, y dedicarse a generar beneficios atípicos a base de la mitología de nuestros galácticos que, llegada la hora de la verdad, no son capaces ni de perder por uno a cero, como hizo el Sporting de Gijón, tan criticado por Mourinho en uno de sus días más tontos.
El fútbol, como la vida, es largo y da muchas vueltas, pero no cabe esperar grandes frutos de principios equivocados, de políticas de imagen, del fulanismo y del cultivo desmesurado de los egos de supuestos galácticos. Veremos si Mourinho se hace con el control de una nave que hoy ha quedado casi desguazada, pero no olvidemos nunca de qué polvos vienen estos lodos: de una política deportiva demencialmente equivocada, de un orgullo sin motivo, de creerse las mentiras que inventan los periodistas pagados por la casa.

Y, para terminar, una pregunta: ¿es que Mourinho no sabía el riesgo que adoptaba saliendo a enfrentarse al Barcelona de igual a igual? Si no lo sabía, es que no es tan bueno como se dice, de manera que cabe pensar que sí lo supiera. ¿Qué ha intentado, entonces, actuando de una manera aparentemente tan valiente? Pudiera ser, pero es una conjetura sin mucha base, que fuese una manera de decirle al propietario del club: “mira, con esta plantilla no vamos a ninguna parte, cuando se trate de jugar con el Barcelona”, porque, en efecto, enfrentarse, por ejemplo, a Busquets, Xavi e Iniesta con Xabi, Ozil y Khedira, son ganas de perder. Claro es que se trata de una inferioridad que se extiende al conjunto de la plantilla, casi sin excepciones, y así el Barcelona ha podido dominar al Real Madrid en todos los terrenos, en el pase, en la inteligencia del juego, en el contraataque, en la contención, en todas y cada una de las mil dimensiones que tiene este juego maravilloso que es el fútbol y que el Barcelona practica, para mi dolor y envidia, de manera absolutamente inmejorable.

lunes, 29 de noviembre de 2010

Ladrones elegantes y sofisticados

No me atrevo a decirlo con seguridad, pero creo que un nuevo género está iniciándose, o ya ha comenzado, dentro del cine americano de gran público, y eso siempre significa algo. Me refiero a Ladrones (Takers, USA 2010) la película de John Luessenhop. La cinta recuerda poderosamente rasgos de varias obras de acción (sobre todo a The Town, de Ben Affleck, y, más al fondo a Heat de Michael Mann) pero destaca por su tratamiento de la condición moral del robo, que, aunque ya esté implícito, en alguna de las mencionadas, es extraordinariamente claro en esta.
Los ladrones son, en esta ocasión, gente de orden, tipos listos y guapos, blancos y negros, que se dedican a dar con gran prudencia golpes muy rentables y muy bien ejecutados desde el punto de vista técnico. Ello da píe a que el tratamiento visual del asunto sea extraordinariamente movido, aunque tal vez fatigue un poco a los menos acostumbrados a los video-clips y al Play-Station (cuestión de edad, supongo). Lo que me parece más interesante del guión es que, como ya sucedía en los antecedentes mencionados, aunque de manera mucho más acusada, los protagonistas son pulcros, casi decentes, nada violentos, siempre que se pueda evitar, claro. Es decir, se trata de gente corriente, que, podríamos decir, se gana la vida honradamente, aunque robando cuando se presenta la oportunidad.
Su ética se contrapone con la de los meros hampones, con la de la mafia rusa, incluso con la de la policía, que, tal como se ve en a pantalla, se dedica al menudeo siempre que puede. Hay policías honrados, pero son tristes y siempre llegan tarde. El robo en serio es un oficio muy darwinista, caen muchos en el intento, pero, sobre todo, porque todavía quedan muchos ladrones inexpertos e inmorales que traicionan y hacen cosas absurdas y ridículas, mas si se dejase a los que saben hacerlo la cosa sería limpia y muy rentable.
La última escena es sobradamente apologética: dos de los miembros de la banda se escapan, dejando atrás, muertos o malheridos, a felones y policías. Van en un coche lujoso, llevan millones de dólares y podrán seguir viviendo como les gusta hacerlo porque saben dominar sus pasiones delictivas y ajustarlas a un robo rentable y proporcionado, más o menos como el Estado, dan ganas de decir.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Cataluña se parece a sí misma

Si los resultados se confirman, será evidente que el nacionalismo catalán tiene mayoría política en el Parlamento, una mayoría más amplia que la de las últimas elecciones (76 escaños de CiU+ERC+SI) frente a 69 del 2006 (CiU+ERC). No conozco todavía el resultado en términos absolutos, y es pronto para hacer interpretaciones simples de una realidad bastante compleja. El PSC, al hacerse más nacionalista que CiU es el gran culpable, a mi entender, de esta situación, tal vez un poco menos que el presidente Zapatero, pero han sido y son uña y carne a efectos de esta maniobra absurda y miope. En lugar de robarle votos al contrario utilizando su mercancía ha favorecido la impresión de que todo lo que no sea ser nacionalista es un error inútil.
Artur mas va a gobernar Cataluña en una situación explosiva del conjunto de la sociedad española. Como se equivoque puede provocar un cataclismo, y no estoy seguro de que vaya a acertar.

sábado, 27 de noviembre de 2010

Los partidos no son lo que debieran

Una de las cosas que está fallando de manera más estrepitosa en la democracia española son los partidos políticos. Ni sirven para lo que se supone debieran servir, la Constitución les asigna misiones que o ignoran o incumplen, ni sirven a España, ni, en realidad, sirven para cosa distinta que para entronizar pequeñas dictaduras, con tendencia a ser hereditarias, en las que nadie pueda pensar ni decidir al margen de lo que diga el líder de turno.
El mejor ejemplo de todo esto es la situación en la que actualmente se encuentra el PSOE, incapaz de decirle a su líder que se retire porque hace falta hacer otra política, una política que Zapatero no puede encarnar de ningún modo. Muchos dirán que el inmovilismo y el aferrarse al líder es la mejor garantía para sobrevivir que el partido tiene como tal, pero esto es falso de toda evidencia. El PSOE va a pagar muy caro los errores de Zapatero, pero podría salvar muy buena parte de los muebles si le señalase inequívocamente el camino de la dimisión, no para convocar elecciones, sino, simplemente, para dejar paso a otro capaz de hacer lo que el mundo entero nos exige, y lo que nuestro bien común demanda.
Sería milagroso que pasase algo como lo que acabo de decir, pero solo lo consideramos milagroso porque nos hemos acostumbrado al fatalismo dictatorial, a soportar con paciencia sobrenatural, los males que nos infligen los que mandan, ignorando que la esencia de la democracia es la destituibilidad pacífica del que lo hace mal, es decir, que carecemos casi completamente de democracia.
Es muy importante que cunda la conciencia de que hay que acabar con el cesarismo, con la dictadura de unos pocos, pero para nuestra desgracia, a veces parece como si los españoles lleváramos en la sangre ese sometimiento humillante, ese servilismo impotente hacia quienes nos desprecian con sus acciones y su idiotez empavonada de absurdas razones.

viernes, 26 de noviembre de 2010

Miedo y pavor

No sé si conocen el viejo chiste basado en la distinción entre miedo y pavor, pero como estamos en época mojigata no voy a contarlo aquí. Lo que sí haré es ponerles un ejemplo que podría valer: miedo es ver que hay quienes piensan que España corre peligro cierto de entrar en una quiebra fiscal irreparable, quienes afirman la necesidad de que, antes o después, haya de ser intervenida, como ha sucedido con Gracia o Irlanda. Pavor es ver que Zapatero niega rotundamente esa posibilidad, y no digo más.

jueves, 25 de noviembre de 2010

Habilidades de Telefónica

El lunes pasado me encontraba en la estación de trenes de Abando en Bilbao (que los socialistas en uno de sus habituales gestos de imparcialidad han rebautizado como Indalecio Prieto), con más de una hora y media de tiempo hasta la salida de mi Alvia para Madrid. Saqué mi portátil con la intención de trabajar un rato, y comprobé con gusto que estaba en una de las míticas zonas de Wifi ADSL de Telefónica, de modo que me dispuse a establecer la conexión correspondiente para beneficiarme del ahorro que supondría no cargar mi cuenta de conexión a través de modem de Movistar. No era un gran ahorro, en efecto, pero uno, que es patriota desde antes que descubriese Zapatero esta importante virtud, se sentía inundado de gozo al ver los progresos de España y la calidad de los servicios de la primera de sus multinacionales.
Cuando me puse a ello comprobé, con horror, que la conexión no era automática, sino que requería usuario e identificación, es decir que había que llamar a uno de esos horribles teléfonos con contestación en cascada que es uno de los escasos tormentos que nadie había imaginada hasta ahora en el infierno. Llamé, pese a todo: una amble señorita me pidió mi identificación, el número de teléfono desde el que llamaba (¿?), el CIF de la empresa propietaria de la tarjeta Movistar con el contrato EG que daba derecho al uso gratuito de la zona Wifi, la cuenta bancaria en que se abonaban las facturas, y el número de serie de la tarjeta SIM. Yo iba respondiendo como podía a la santa inquisición telemática, pero al llegar al último punto decidí rendirme porque mi tarjeta es ya muy antigua y jamás he conseguido que la propia Movistar me diga qué número tiene, de manera que había perdido casi veinte minutos de mi tiempo para nada; confieso que perdí ligeramente los nervios y que no traté con la amabilidad que me caracteriza a la proba empleada, pero ya no tengo edad para emplearme a fondo en superar las cucañas telefónicas, que siempre terminan en costalazo, como en las bárbaras costumbres de nuestros pueblos.
Ya repuesto del cabreo, tengo que decir que me parece intolerable, abusivo, absurdo, ridículo y oligofrénico el procedimiento. Que Telefónica nos tenga con unas conexiones tan caras, tan confusas desde el punto de vista tarifario, tan roñosas en sus servicios y tan arbitrarias, me parece un índice de lo mal que van las cosas en este momento preciso. Sé que no sirve de nada, pero elevo mi grito al cielo clamando contra la estulticia y la falta de respeto de esa compañía, sin que me consuele el hecho, que he comprobado en varias ocasiones, de que probablemente sea la menos mala de todas las demás. Es un escarnio cómo nos tratan, mientras sufrimos en silencio los atrasos y las ineficiencias de quienes se cobran el supuesto servicio que nos dan a precio de oro.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Treinta y cinco años después, y al borde del abismo

En estos días en que conmemoramos el proclamación del Rey y el inicio de las libertades, la distancia ya larga que nos separa de aquellos momentos históricos nos obliga a hacer un balance que, aunque haya de ser muy positivo en el fondo, no debiera ocultar el hecho de que el presente está muy lejos de encarnar el ideal de democracia que entonces perseguíamos con ingenuidad y con pasión.
No deberíamos, sin embargo, proyectar sobre un momento muy brillante de nuestro pasado las sombras y los temores del presente, porque, por grandes que sean las críticas que se puedan hacer a la Monarquía, no habría que olvidar todo lo que debemos a la clarividencia y firmeza de aquel Rey joven en una circunstancia tan arriesgada como fue el paso de la dictadura a la democracia.
En relación con nuestra visión de ese pasado suceden en la actualidad dos cosas de cierta importancia: en primer lugar, la aparición de una izquierda que se ha empeñado en deslegitimar con argumentos de baratillo lo que sin duda fue el mejor momento de la España contemporánea. El gobierno de Zapatero no es ajeno, de ninguna manera, a esa revisión miope y peligrosa. El segundo factor que condiciona la valoración del pasado es la malísima situación, económica, política, institucional, en la que España se encuentra ahora mismo, lo que contribuye a hacer verosímil la falacia que identifica aquellos orígenes con los problemas que nos abruman.
No es casualidad que ambas circunstancias dependan esencialmente de lo que se podría llamar, para entendernos, la filosofía de Zapatero, su estúpido adanismo, su boba simplificación de la realidad, su creencia en que las palabras pueden modificar la realidad, económica, por ejemplo, su irresponsable maniqueísmo.
El hecho es que treinta y cinco años después de iniciarse la transición a la democracia, los españoles nos encontramos en la que, con toda seguridad, es la peor de las situaciones en el último medio siglo. No es incomprensible, por tanto, que un grupo de empresarios se hayan dirigido al Rey, aunque hay que suponer que se trata de un acto simbólico para dirigirse a todos los españoles, reclamando reformas urgentes y radicales que, en general, no aparecen en la agenda política de los partidos y que, sobre todo, suponen una enmienda a la totalidad a los años de gobierno de Zapatero. Independientemente de la idoneidad del procedimiento, hay que reconocer que el documento elaborado por la Fundación Everis bajo la dirección de Eduardo Serra, acierta en lo que subraya, aunque no esté tan claro hasta qué punto sean congruentes las soluciones que se sugieren.
España tiene ahora mismo una serie de problemas muy graves que van desde la economía, a la justicia, la educación, la administración y la forma de funcionamiento de la política. De cualquier manera, lo más grave tal vez sea la resistencia de muchos políticos, entre ellos la gran mayoría de los líderes del PSOE, a reconocer con claridad a los españoles lo que saben muy bien que es cierto. Zapatero ha llevado esa táctica al paroxismo, llegando a negar pura y simplemente la verdad universalmente reconocida. En consecuencia, son muchos los españoles que no alcanzan a entender la gravedad de la crisis, bien porque crean que se trata de exageraciones electoralistas de la oposición, bien porque piensen que se trata de un mal ineluctable en el que la responsabilidad política es casi nula.
La realidad es tozuda, sin embargo, y a poco que se examinen algunos datos se hace obvia la gravedad del caso. España tiene que comprar fuera el 80% de la energía que consume, paga a precio de nuevo rico las aventuras ecologistas en el sector, y hace perder a los escasos y heroicos emprendedores que se atreven a intentarlo nada menos que 47 días en trámites que en la OCDE se resuelven en menos de dos semanas. En España, los boletines oficiales de las CCAA publican siete veces más páginas que el BOE que, por supuesto, no ha disminuido de tamaño respecto a la situación previa a las autonomías. Claro que los funcionarios se han multiplicado por más de tres en estas últimas décadas, mientras nuestra producción de patentes es cuatro veces inferior a la de Italia, ocho veces menor que la de Francia, dieciséis que la de Inglaterra y ¡casi cuarenta veces menor que la de los EEUU! Y en este contexto, el irresponsable que nos gobierna aseguró que nuestra economía había superado a Italia y estaba a punto de alcanzar a Francia.
Me he reducido aquí a datos económicos porque son más gráficos, pero no es menos grave el deterioro de la democracia, el sometimiento de la justicia a los partidos, la escandalosa insignificancia de nuestras universidades, la parodia de democracia que rige la vida interna de los partidos, y un sinfín de asuntos más, pero no ha de ser el Rey quien tenga que arreglarlos. Es nuestra responsabilidad, y ya es hora de que, por ejemplo, los empresarios dejen de halagar a la Moncloa, haga lo que haga.
[Publicado en El Confidencial]

lunes, 22 de noviembre de 2010

Memoria de un éxito

Hace ahora treinta y cinco años, España pasó por un desfiladero angosto y peligroso, desde un sistema basado en una vieja victoria militar a una Monarquía que, si bien heredaba a quien la reinstauró, traía consigo vientos de cambio y esperanza que no podían pasar inadvertidos, ni siquiera al propio general Franco. En esos días de noviembre, que La Gaceta ha conmemorado aportando detalles inéditos, se produjo, en medio de la expectación universal, el milagro de atar un último nudo que iba a permitir desatar con orden y prudencia todo lo anterior, todas las trabas y limitaciones que habían perdido su sentido en una sociedad que se había modernizado a gran velocidad bajo la mirada sorprendida, y seguramente complacida, de un dictador tan peculiar como monárquico convencido.
Franco siempre estuvo persuadido de que la Monarquía era consustancial al destino de España, y de que no iba a ser él quien consagrase el error tremendo que se había cometido en 1931, aunque el entonces Rey no estuviese del todo exento de culpa. Verdad es que el general Franco jugó con astucia todas las bazas que le permitieron prolongar hasta su muerte un régimen personal, irrepetible e improrrogable, y mantener en vilo a la no pequeña nómina de posibles aspirantes al trono. Pero su elección de Don Juan Carlos fue inequívoca, y supuso para el entonces Príncipe asumir una tarea muy dura y difícil que llevó a término con patriotismo y sentido del deber, más allá de cualquier duda.
Don Juan Carlos no fue nunca, sin embargo, del agrado de ciertos sectores del régimen, paradójicamente más franquistas que leales a Franco, que se encargaron de extender una leyenda contraria al elegido, tal vez, sobre todo porque era también el legítimo heredero de la monarquía española, y el hijo de quien se había atrevido a recordar a Franco su discutible legitimidad para hacer muchas de las cosas que había hecho a lo largo de casi cuarenta años. Don Juan de Borbón, pese a ser el principal perjudicado por la decisión de Franco, supo actuar con la grandeza de quienes saben lo que representan, y se encargó de certificar la legitimidad dinástica de Don Juan Carlos con extrema y diligente lealtad, tan pronto como el nuevo Rey se puso al timón de la nave.
Los documentos que publicó el domingo La Gaceta muestra la estulticia de la campaña contra Don Juan Carlos, la memez de pretender que el entonces Príncipe era persona sin inteligencia y sin voluntad. Hoy nadie con un mínimo de cabeza sostendría nada semejante, pero el hecho cierto es que si examinamos la conducta de nuestro Rey en aquellos días de tensión y de angustia, su actitud fue, desde el primer momento, la de quien sabe muy claramente qué se habría de hacer y cómo se debiera llevar a cabo. El innegable éxito de nuestra transición política, el paso de la dictadura a la libertad sin quebrar nunca la legalidad vigente, es un mérito indudable del Rey Juan Carlos, sin que ello desmerezca en nada los aciertos de quienes le siguieron en esa singladura tan compleja.
Los españoles, que podemos discrepar, como es lógico, de algunas o de muchas de las actitudes y las iniciativas de un Rey, cuyo reinado ya se acerca a culminar su cuarta década, no podemos olvidar de ninguna manera cuánto debemos a la serenidad, la firmeza y la clarividencia de aquel Rey joven al que vemos en las fotografías, en compañía de tres hijos de muy tierna edad y de la Reina Doña Sofía, y rodeado de una serie de personajes que le doblaban en años, gran parte de los cuales seguramente no abrigaban las mejores intenciones respecto de un Rey, al que debían lealtad porque esa había sido la orden de Franco, pero del que temían mucho, entre otras cosas su desplazamiento de lugares de privilegio, su desaparición, como así ocurrió en muy poco tiempo, de las esferas del poder. La habilidad del joven Rey ha sido uno de los más firmes fundamentos de una democracia que si hoy nos resulta, en ocasiones, notoriamente insuficiente, encontró en la energía y en la voluntad de Don Juan Carlos todo el apoyo necesario para que fuese un sistema de libertades, de derecho, de responsabilidad y de armonía y progreso.
Quienes tengan edad suficiente para recordar con claridad aquellos días no podrán hacerlo sin un cierto estremecimiento, sin emoción. Nuestra historia como una de las más viejas naciones de Europa no abunda en episodios comparables en serenidad y grandeza a los de aquellos días. Hoy puede parecer que todo fue fácil, pero no fueron así las cosas. Baste recordar que la nómina de los mandatarios extranjeros que acudieron a respaldar nuestra incierta andadura en esos días fue extrañamente escasa, como si nadie se atreviera a pronosticar un éxito de fondo, como si la campaña de los más nostálgicos franquistas hubiese tenido éxito entre los principales líderes del mundo. Pero, con la ayuda de Dios, y con el apoyo del intenso deseo de paz y de libertad de la inmensa mayoría de los españoles, el joven Rey comenzó a caminar con firmeza y con acierto, de modo que hoy podamos celebrar aquellas fechas con gratitud plena y sin ninguna nostalgia.
Es lamentable que ciertos sectores de la izquierda más desnortada lleven años tratando de echar a pique una de las horas más nobles y decentes de nuestra historia, la mejor en la época contemporánea, y peor aún es que haya políticos que se empeñen en ver como un trágala la generosidad, la esperanza en un futuro sin violencia ni exclusiones, que nos condujo en aquellas jornadas a la añorada democracia.

domingo, 21 de noviembre de 2010

El ministro Sebastián da la nota

Si se tratase de hacer un concurso sobre cuál sería el ministro más adecuado para ejercer el muy necesario papel de bufón gubernamental, un flanco que cualquier gobierno prudente nunca deja cruelmente desatendido, nos enfrentaríamos a una tarea de cierta dificultad, pero, en cualquier caso, siempre podríamos contar con el voluntarioso esfuerzo del alegre y dicharachero ministro de industria: nunca un personaje tan liviano sirvió a menester tan pesado.
Este buen señor ha dado un altísimo nivel en casi todos los controles a que ha sido sometido. Su nepotismo está fuera de duda y queda en muy buen lugar, aunque palidezca en comparación con la más amplia familia de su colega Pajín; su capacidad de usar del cargo para lavar supuestas afrentas personales ha establecido records difíciles de superar; su sectarismo, como no podía ser menos en un tipo tan pagado de sí mismo, raya a gran altura, y eso que todavía no ha dado de sí todo lo que lleva dentro. Veamos una serie de ejemplos: el grupo Intereconomía ha sido multado sañudamente, nada menos que con 100.000 euros, por culpa de un video que, a su entender, y no es que pongamos un duda su pericia en el caso, sino su imparcialidad, resultaba ofensivo para la tropa gay con la que, en el uso de su derecho, mantiene excelentes relaciones, aunque nada se decía en ese corto que no fuese manifestar la preferencia de esta casa por opciones simplemente distintas y sin menospreciar a nadie, pero, al entender de nuestro ministro, no hay mayor desprecio que no hacer aprecio, y ojo con la frase porque es de Gracián, que era jesuita. O sea que, según nuestro ministro, el orgullo gay tiene premio y derecho, mientras que el orgullo, mayoritario, de no serlo, ha de ser severamente castigado. Lo curioso del asunto es que esa sensibilidad para defender el honor inmancillable de las alegres muchachadas ha experimentado un brusco parón cuando se trata de defender el derecho de los cristianos, sin duda menos interesantes e influyentes en el gabinete del ministro, a mantener una imagen de decencia y dignidad que les ha negado el señor Buenafuente en un video tan insultante como grotesco. El señor ministro no se ha dado por enterado, seguramente por estar entretenido contemplando las joyas audiovisuales que han obtenido los generosos premios de su departamento, aprovechando que el gobierno del que forma parte anda sobrado de fondos para lo que fuere.
La serie de bodrios que han recibido dinero público del ministerio Sebastián incluye auténticos monumentos al mal gusto, la mala educación y la grosería, tales como “España vista desde el culo”, o una animación en que aparecen unos marcianos agresivos y dedicados a la zoofilia y la sodomía mientras el off exalta sus jocosas actividades, o una cinta titulada “Feto y Aborto” que ensalza el carácter surrealista de la biología reproductiva. Es de un cinismo sin precedentes pretender que esta clase de productos puedan servir de sustento a una prometedora industria, cosa que no sucedería ni en Sodoma y Gomorra, menos en un país tranquilo que no acaba de entender como un ministerio que se supone habría dedicarse a asuntos de interés general presta apoyo a semejante bazofia. ¿Quién se ocupará de aplicar a las actividades que promueve este ministro tan peculiar el mismo tipo de vigilancia que él ejerce abusivamente sobre quienes no piensan como a él le gustaría? ¿Acaso no quedan jueces en España? ¿Es que alguien piensa en serio que esta clase de vómitos promueven el interés general?

sábado, 20 de noviembre de 2010

El champán de los pobres

Estos días ha habido numerosas oportunidades de recordar el dicho de un viejo amigo según el cual el sexo es el champán de los pobres, o una versión todavía más despectiva y clasista que reza que el sexo es cosa de albañiles, esto lo dice una buena amiga. Me he acordado de estos dictámenes porque, como de repente, España entera parecía no tener otra cosa de que hablar: que si los Dragó o los Sostres, que si la Nebrera o el video de Montilla, que si un candidato se desnudaba y en otro partido hacía un papel estelar una figura del porno. No es gran cosa, como se ve, pero llama la atención la tinta que se ha hecho verter con tanta nadería. Va a ser que nuestra pobreza no es ya solo material sino intelectual y moral, y, como para confirmarlo, han aparecido legiones de moralistas mojigatos pidiendo la cárcel para quien se atreva a aludir, sin ni contarlo siquiera, a lo que se llamaba antes un chiste verde. Esta cruzada moral contra la indecencia es otro signo de pobreza muy grave, es la muestra de que muchos no solo tienen vacíos sus bolsillos sino hueca la cabeza, y no de tanto pensar.

viernes, 19 de noviembre de 2010

Dontancredismo al borde del abismo

La irresponsabilidad de Zapatero tratando de poner por encima de todo sus intereses, y los de su partido, en una situación económica que no admite contemplaciones está batiendo records. Es evidente que el destino de los españoles y de nuestras economías les importa una higa, mientras puedan seguir engañando al suficiente número de personas, a sus víctimas, y protegiendo los intereses de los poderosos con los que se han aliado, y no hace falta señalar. La manera como marean la fecha en la que se modificará el régimen de las pensiones, por ejemplo, y el continuo intento de engañar afirmando que las cosas mejoran son burdas maniobras que irritan en el exterior y que no sirven sino para gravar y hacer más probable una auténtica debacle, una intervención exterior que dejaría el país como estaba en los años cincuenta, por decir algo.
No me asombra tanto su maldad y su egoísmo ciego como la necedad de quienes endosan estas maniobras. La única solución es que este señor y su partido se vayan ya, que convoquen elecciones y que un nuevo gobierno, aunque fuese de ellos, pueda a empezar a tomarse en serio la situación en la que nos encontramos y a tratar de arreglarla, devolviendo la confianza a los mercados y a los que tenemos que emprender cosas nuevas que saquen a España del marasmo en que nos está ahogando el gobierno malhadado de ZP.
Lo siento, no me gusta emplear este tono que se pudiera confundir con el de un radicalismo que repudio y me molesta, pero creo, sinceramente, que no nos merecemos continuar en esta agonía sin esperanza alguna, y que ZP ya solo puede hacer una cosa por nosotros: marcharse.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Tiempos confusos

Vivimos tiempos confusos y hay quienes se aprestan a sacarle un rendimiento a esa negrura. Los españoles estamos descontentos, pero me preocupa que abunden tanto los que quieren llevar cada vez más lejos el motivo y el peso de ese estado de ánimo, con el fin, bastante presumible, de que nos olvidemos de quienes han causado el porcentaje más alto de desastres.
Se nos quiere inducir al pesimismo. Como dice Rafael Núñez Florencio en su reciente libro sobre el tema, la melancolía y el pesimismo son realidades universales, pero en España han criado robusta y diversa progenie. Yo creo que tras muchas de esas actitudes hay, entre otras cosas, pereza e hipocresía. Frente a la tentación del derrotismo, hay que preservar el optimismo y actuar: no es cierto que no haya nada que hacer, hay muchísimas cosas y en muy diversos niveles, de manera que menos quejarse y más energía.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Luz que agoniza

Estos días se ha podido ver en Telemadrid la espléndida película de Cukor en la que una hermosísima Ingrid Bergman soporta de manera resignada las mentiras de Charles Boyer, un criminal disfrazado de amante esposo. Lo que es políticamente interesante en Luz que agoniza es la apabullante capacidad que tiene el poder, en este caso la admiración y el sometimiento que la protagonista siente por su marido, para convertir la mentira en realidad, hasta el punto de poner en grave riesgo la salud mental de la víctima.
Que me perdonen los socialistas por si la comparación les parece hiriente, pero viendo la disertación de Zapatero en los actos de las elecciones catalanas no he tenido otro remedio que acordarme de la película de Cukor, de la retórica con la que se ocultan los hechos y se promueve lo contrario de lo que se aparenta. Resulta que Zapatero habla como si nada de lo que ha ocurrido en estos últimos cuatro años en Cataluña fuese de su responsabilidad, porque, según sus palabras, lo único que han hecho él y los socialistas catalanes es procurar la grandeza de Cataluña, el respeto del resto de los españoles, una financiación justa para Cataluña y sacar adelante un Estatuto que no debiera molestar a nadie. Frente a esa magnífica imagen que Zapatero promueve de sí mismo y de los suyos, el propio líder se queja amargamente de la pequeñez de Convergencia, y de lo que considera más insoportable, del anticatalanismo del PP y, en especial, de las insidias continuas que comete su líder con la aviesa atención de ganar así adeptos en el resto de España. Creo que lo único que le ha faltado a Zapatero es pedir a sus rivales que, por patriotismo catalán, se retiren de las elecciones para que Montilla pueda gobernar como solo él sabe hacerlo.
Zapatero, dotado de una prodigiosa capacidad para la memoria selectiva, olvida por completo el desastre de la economía y el paro en Cataluña, el régimen de corrupción en el que se ha instalado, el desastre de la emigración fuera de cualquier control, por no enumerar más que los daños estructurales, que son claramente causas en las que su responsabilidad no puede ampararse en ninguna maniobra de los convergentes ni en maldad alguna del PP, pero se cree todavía con la autoridad moral suficiente como para ponerles límites a sus aspiraciones, por no mencionar la insufrible eventualidad de que pudieran pactar algo en contra de sus intereses que, en cuanto cruza el Ebro, se convierten en los sacros intereses de Cataluña.
De cualquier manera lo que resulta por completo de película es el hecho de que Zapatero se considere en condiciones de hacer nuevas promesas sociales, lo que él llama su nueva agenda. Olvida, o desconoce, ya no se sabe qué pensar, que el increíble deterioro de la economía española se debe en exclusiva a sus años de gobierno, que ha conseguido pasar del superávit presupuestario a un déficit insoportable sin que nadie pueda explicar con un mínimo de coherencia los beneficios que el país haya obtenido de tan insensato sacrificio. Relega a la insignificancia la dramática situación en que todavía nos encontramos, pese a las medidas de choque, enormemente injustas pero imprescindibles, decisiones no valientes sino inevitables, puesto que no ha tenido otro remedio que tomarlas, estando como estaba bajo la mayor amenaza a la que nunca haya estado expuesto un gobernante español. Y en esta situación se atreve, lo que realmente es digno del mayor de los cinismos, a hablar de nueva agenda social, a sugerir que subirá las pensiones mínimas y que acabará con las limitaciones, a profetizar la creación de millones de puestos de trabajo con las energías limpias que están desangrando las arcas de la hacienda española. Es obvio que trata de que olvidemos lo que se nos viene encima para llegar como sea a las próximas elecciones, a una situación en la que sus votantes incondicionales, esos que debieran mirarse en el espejo del personaje de Ingrid Bergman, le liberen de sus responsabilidades y le dejen en franquía para acometer nuevas fantasías surrealistas.
En la película de Cukor un diligente y apuesto policía, Joseph Cotten, sospecha siempre de las verdaderas intenciones del marido traidor, lo desenmascara ante su esposa, y se lo acaba llevando por delante. Desgraciadamente, la política es ligeramente más compleja que un caso policíaco. Lo que debe preocupar a los electores no es que Zapatero, o cualquiera de sus posibles ersatzs, incluyendo a Rubalcaba, pueda volver a ganar, sino que al policía le diera por seguir tentando a la Bergman con historias similares, por miedo a que pudiera preferir, con todo, a su marido mentiroso. De vez en cuando hay que decir la verdad por dura que sea, incluso en política, y resistirse a hacerlo es un mal principio porque perpetúa la inmadurez emocional de la víctima. Quien no se atreva a decir a los españoles que nos esperan años de sacrificio y de dolor, precisamente por haber endosado las bravatas de un demente político, se arriesga a no merecer la fidelidad de sus electores.

martes, 16 de noviembre de 2010

De nuevo sobre el Tea Party y España

Los profesores Rafael Rubio Y Pedro Schwartz han hecho, días atrás, en La Gaceta, un análisis muy cuidadoso sobre la posibilidad de que llegare a existir en España un movimiento ciudadano como el Tea Party. Poco hay que añadir a las razones que han aducido, aunque, en mi opinión, si convendría argumentar que, en cualquier caso, sería lo conveniente, cosa que estoy cierto suponen ambos analistas.
La verdadera cuestión es si es posible que en España se puedan imponer procesos sociales que se inicien desde abajo. Nuestra tradición indica todo lo contrario. En la historia española es casi completamente imposible encontrar un caso de cambio que no haya sido, de uno u otro modo, una revolución desde arriba. Esto es precisamente el cambio que podría haber traído consigo la democracia, pero el hecho es que, en buena medida, ese proceso de maduración ha sido efectivamente cortocircuitado por las instituciones que deberían nutrirse de él.
La democracia española llegó a instalarse, ciertamente con el aplauso del público, pero a iniciativa, sobre todo, de las minorías políticas, de la generosidad de los herederos del franquismo, por una parte, y del interés de los partidos de la oposición, un colectivo que, hablando en serio, apenas pasaría del millar de personas. El reducido número de quienes tomaron parte activa en este proceso explica, por cierto, la importancia que adquirieron los intereses nacionalistas, un asunto que, en verdad, preocupaba muy poco a la inmensa mayoría de los españoles. No pretendo, ni mucho menos, deslegitimar un proceso que tiene tantos aspectos admirables, pero creo que es un error muy grave no mirar de frente a los hechos.
Una vez legitimados por la casi totalidad de los ciudadanos, los políticos no han sentido ninguna necesidad de ampliar el campo de juego y se resisten bravamente a ceder parte de sus poderes, a ser meros representantes, y tratan de comportarse como soberanos absolutos. No cabe duda de que, por feo que resulte el aspecto teórico de esta conducta, ha gozado durante décadas de un consenso social muy fuerte.
Si los políticos hubiesen hecho sólo política, es probable que ese círculo de hierro que les evita el sometimiento efectivo a la voluntad popular se hubiese podido perpetuar de manera indefinida, porque una cierta amalgama de tecnocracia y buenas maneras hubiese podido permitir que el público se dedicase a vivir exclusivamente lo que se llama la libertad de los modernos, a hacer de su capa un sayo en su vida privada, la que más les interesa, sin duda.
Ahora bien, a día de hoy se ha roto el hechizo y ya abundan quienes se quejan de la tiranía de los partidos, de su falta de democracia interna, de su egoísmo político y de sus extralimitaciones. No es el Tea Party, pero es el caldo de cultivo imprescindible para que las cosas puedan comenzar a cambiar. La ecuación se ha roto, de alguna manera, por un error de cálculo que hay que atribuir, sobre todo, a la izquierda zapateril.
Veamos el asunto un poco más de cerca. El respeto a la autonomía del poder político, su derecho a vivir en un Olimpo más o menos lejano, atento únicamente a los lentos y previsibles movimientos de las encuestas electorales, implicaba necesariamente que el poder político cumpliese dos mandatos esenciales que el zapaterismo ha transgredido de modo deliberado y muy grave: en primer lugar, desde el punto de vista del orden práctico, pero no de la importancia, que se realizase una gestión mínimamente ortodoxa de la economía común, y, en segundo lugar, que es en realidad el primero por su trascendencia de fondo, que el poder político no se metiese en aquellos asuntos que el público considera de su exclusiva incumbencia: en temas de moral, de educación o de ordenamiento civil.
Es obvio que Zapatero ha hecho, y plenamente a conciencia, exactamente lo contrario: ha pretendido convertir su mayoría política en una cátedra de moral, imponiendo sus visiones a golpe de ley positiva, lo que ha irritado profundamente a una buena parte de españoles y molestado a todos, menos a la minoría visionaria que confunde la política democrática con la imposición de sus manías, y ha sido, además el responsable de una ruina económica atosigante.
Se dirá que es sólo la derecha quien puede protestar de que haya sucedido esto. No me parece cierto, primero porque creo que existe una izquierda más razonable disconforme con esa contaminación de su agenda política, Y, sobre todo, porque son muchos los ciudadanos independientes que temen que se haya abierto una vía que nadie sabe a lo que pudiera llevar.
Entre nosotros está cambiando el clima social con el que se asiste a la política y, se parezca o no al Tea Party, que se puede discutir, esta situación es completamente nueva. Otra cosa es que la izquierda, y sobre todo la derecha se equivoquen acerca de la naturaleza del cambio y empeoren las cosas, o que la sociedad civil se agote en su protesta, pero no creo. Algo nuevo se mueve bajo el Sol de la vieja España, y es bueno que así sea.
[Publicado en La Gaceta 15 de noviembre de 2010]

lunes, 15 de noviembre de 2010

Gratis total

La actitud de una gran mayoría de altos cargos socialistas frente a las privatizaciones es de total oposición, como se sabe, aunque se trata de una disposición que admite una excepción muy clara en lo que se refiere a utilizar los medios que la administración pública pone a su servicio, como los coches oficiales, los ujieres o el personal de su entorno inmediato. En este caso, el servicio público y el provecho personal y privado se ven forzados a la armonía, y los jerarcas no pierden el tiempo poniéndole puertas al campo, ya que todo vale para el convento, según reza el dicho popular. Ya se sabe, lo dijo Enrique Barón, que un ministro es un bien público, de lo que cabe deducir que una ministra ha de ser, sin ningún género de duda, aún algo más precioso. Parapetados tras esta presunción, que nadie les discute en el momento del abuso por la cuenta que les pueda traer, son muy abundantes los altos cargos, y las altas cargas, que utilizan servicios que se les ofrecen para cumplir sus funciones públicas como si fueran los señores de una gran casa, viejos aristócratas o plutócratas que no necesitan llevar ni billetes ni monedas en el bolsillo.
Los lectores de La Gaceta han podido enterarse, no sin cierto asombro, de la desenvoltura con la que algunas personas confunden su cargo público con un servicio universal en régimen de gratis total, si leen el reportaje que se publicó el domingo sobre los usos que ciertos mandamases y mandamasas hacen de los parques móviles, y es solo un ejemplo. ¿Qué la ministra quiere bombones? Pues que el chófer se acerque a la pastelería. ¿Qué la responsable de igualdad trasnocha? Pues ¿para qué están los turnos de noche? ¿Qué la vice tiene prisa? Hombre… no vamos a andarnos con respetos al código de la circulación cuando está en juego el porvenir del socialismo, y el del feminismo, si se nos aprieta.
Esta conciencia de exención, esta convicción de poder obrar con impunidad y no solo porque no se sepa, sino por estar por encima de la norma, es uno de los grandes tesoros psicológicos de quienes creen estar en la vanguardia de la ética universal, porque son tan grandes sus servicios a los grandes ideales que están seguros de que ni siquiera un el más escrupuloso rigorista moral podría poner en duda la legitimidad de sus aparentes excesos. En este asunto, como en todos, el ejemplo que han dado los de más arriba ha sido decisivo para disipar las ligeras nieblas de duda o vacilación que pudieran afectar a los de conciencia más exquisita. Desde que Felipe González usó el Azor sin pudor alguno para irse de pesca con sus cuates, o Guerra mandó llamar el Mystere a Portugal para no llegar tarde a una corrida sevillana, los socialistas han entendido bien el mensaje de que los vencedores merecen su recompensa, y de que sería un desperdicio de su tiempo, que tanto apreciamos todos, dedicarse personalmente a los menudos menesteres que ocupan la jornada de las gentes del común, a desgastarse en tareas menores.
Pues bien, frente a esos ejemplos de hipocresía y abuso, hay que decir bien claro que tal clase de conductas es rotundamente inmoral y políticamente intolerable en cualquier caso, pero más aún cuando los poderes públicos están desangrando a los ciudadanos con impuestos cada vez más altos, y haciendo que la deuda pública crezca hasta límites realmente insostenibles y enloquecidos. Este gobierno miente por hábito en lo que dice, pero su mentira más hiriente es lel comportamiento de quienes lo encarnan.
[Editorial de La Gaceta]

domingo, 14 de noviembre de 2010

Trampas en el solitario

En uno de sus recientes post de su blog Libros y bitios, José Antonio Millán (Las cifras de la piratería) se hacía eco de las notorias falsificaciones que el sector de la edición impresa trata de vender como información en lo que se refiere al llamado pirateo de ediciones digitales de libros. Es realmente lamentable que a la ceguera se le añada una no pequeña dosis de mala voluntad, que explica bastante bien, por cierto, una ceguera tan tonta.
La actitud de gran parte de las industrias de la edición impresa es comprensible, pero inexplicable y está causando un notorio mal al progreso del conocimiento y de la cultura. Mientras no se comprenda que la edición y la lectura digital es el futuro, que será la norma, y la lectura en papel lo marginal, no se pondrá las manos en resolver los problemas que ahora mismo sufre el mercado: confusión, precios demenciales, circulación de malos ersatzs de las obras de interés con nula calidad, ausencia de buenas ediciones etc. No sé lo que pueda durar este estado desastroso, pero sé que los responsables no saldrán de él de manera airosa.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Americana tenía que ser

Mis dos últimas visitas al cine no han podido ser más distintas. He visto, casi a renglón seguido, Copia certificada, de Kiarostami, y, supongo que para compensar, Imparable, de Tony Scott. De la primera poco puedo decir, aparte de que me acordé de cada uno de los huesos de mi cuerpo, de lo incómodo y aburrido que estaba, pese a la presencia de Juliette Binoche, y a que se supone que tenía que verse la Toscana (si es por eso, no vayan). Yo sé bien que este director tiene sus incondicionales y que hay quienes creen que el cine es eso, pero no es mi caso, que aunque sea capaz de reconocer, creo, ciertos valores en la cinta, me aburrí en extremo, pero prefiero hablar de los trenes de Toni Scott.
Aquí tampoco seré nada objetivo, porque mi afición a los trenes me haría ver tres de Kiarostami seguidas a nada que los trenes tuviesen algún papelillo, pero esta de Scott es de las que te meten el ferrocarril en vena. Además no se ve la Toscana, tampoco en la del bueno de Abbas, pero se ve Pensilvania, que no está nada mal.
Siempre he admirado la naturalidad con que los americanos se relacionan con el ferrocarril, una magnífica invención que no parece molestar a nadie, mientras que aquí todo el mundo se empeña en soterrarlo, en esconderlo, ¡qué horror! La película plantea una situación que no es que bordee lo inverosímil, sino que es ligeramente ridícula, pero como suele suceder con esta clase de empresas, el asunto funciona y se consigue crear emoción, intriga. Scott abusa de los efectos, y no es un genio como su hermano Ridley, pero domina la acción y el espectáculo. Además sale Denzel Washington y borda su papel de héroe derrotado y verdadero frente a los cabronazos de los dueños del ferrocarril, o sea que hasta es un poquito de izquierdas, cosa que se compensa con un cierto machismo sentimental que a estas alturas sorprende un poco.
Bueno, que me lo pasé muy bien y que mi recomendación es entusiasta para los que gusten de los trenes... y de las pelis de buenos y malos.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Cataluña

Tengo la sensación de que las elecciones en Cataluña van a ser celebradas en un ambiente de gigantesco equívoco, de imposible razón. Como no soy catalán y no me gusta pasar por anticatalán, que tampoco lo soy, ni mucho menos, transcribo el último párrafo del artículo de Enric Juliana en La Vanguardia, que a mi parecer, me libera de cualquier sospecha. Dice de manera expresa lo que yo sentía de manera difusa: “Oyendo estos días a los políticos catalanes, prisioneros del lenguaje autorreferencial generado por más de quince años de denso y ferragoso empate (en 1999 dejó de estar claro quien [sin acento en el original] manda en Catalunya), no es difícil llegar a la conclusión de que esta campaña comienza con un gran desajuste narrativo. Las palabras ya no anticipan los hechos. Los eslóganes giran sobre sí mismos. La multiplicación de la oferta mediática empequeñece a los candidatos, que, en un ejercicio demencial, se prestan a ser actores del guiñol. Ganará con autoridad quien sepa romper el círculo de la banalidad, se eleve, ensaye un nuevo lenguaje y se atreva a explicar que todo pende del empréstito”.
Hay algo que Juliana no dice, porque se refiere solo a Cataluña, pero esa es también la situación de toda España, y es posible que empeore en los meses que quedan antes de las elecciones: no podemos vivir del préstamo indefinido y sin motivo, nuestros políticos se olvidan de nosotros y solo están a su timba, y esto no hay quien lo resista. En fin, no se trata de ser pesimista, sino de echar números, mirar el mapa del mundo y convencerse de que no está claro de que haya mucha gente dispuesta a seguir pagando para que vivamos como nos plazca.

jueves, 11 de noviembre de 2010

El abuelo Cebolleta

Felipe González parece experimentar, de cuando en cuando, dificultades para mantenerse en su sitio; no se le puede criticar por ello porque ha vivido una vida muy peculiar y propensa a diversas deformaciones, lo cual no quiere decir que haya que aplaudir cuanto haga o diga, ni tomarlo todo a beneficio de inventario.
Unas declaraciones recientes de González, no hace falta decir a quien, porque todos los satrapillas tienen su medio de cabecera, han levantado un intenso revuelo, y no sé si hay o no motivo para el caso. Lo que ha dicho solo podían ignorarlo los más necios y sectarios, pero no deja de ser curioso que ahora admita estar al cabo de la calle de cosas que antes decía solo llegaban a sus castos oídos a través del periódico.
Algunos han querido ver en esta entrevista intempestiva una intención política precisa, sea cual fuere; no estoy seguro de que ese sea el caso, aunque parezca razonable sospecharlo, y tampoco es fácil acertar qué consecuencias pueda acabar teniendo, si bien me inclino por el “fuese y no hubo nada” del soneto cervantino, ya que es lo que suele pasar aquí con casi todo.
A mi me parece interesante subrayar la suficiencia y el menosprecio que destila la conversación, pero como nunca vote a Felipe, puedo decir que no me sorprende. Sí me llama la atención el que el público no se preocupe de que, con tan ligero equipaje, se haya podido mandar en esta España, y de manera casi absoluta, durante más de una década. Cuando el abuelo Cebolleta cuenta sus historias se percibe mucho mejor que nunca el oropel, la mentira, la pequeñez, la necedad, pero no solo la del abuelo.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Esto no es América

A raíz de la aparición del Tea Party en el panorama político de los EEUU, han abundado los comentarios sobre la posibilidad de que en España pudiese darse algo parecido. Independientemente del juicio político que se reserve al fenómeno, parece obvio que nuestra sociedad no está en condiciones de crear y potenciar grupos políticos fuera del control de los partidos existentes, lo que no creo deba considerarse ni virtud ni mérito.
España ha venido siendo, al menos desde el siglo XIX, el país de las revoluciones desde arriba, una sociedad en la que lo público goza de un enorme poder y de una autoridad incontestable. Más allá de los tópicos folclóricos que nos han dibujado como un país de Quijotes, de individualistas y anarquistas, la verdad es que nada se ha hecho en España sin voluntad del poder constituido. Basta pensar en la crueldad y la duración de las guerras carlistas para comprender que el pueblo ha servido en España como munición, nunca como vanguardia.
La democracia, al menos teóricamente, podría haber traído consigo un cambio en esta dinámica, pero, sin que pueda negarse que se instauró con el aplauso del público, todos los pasos que se han dado desde 1975 han sido en interés de las minorías políticas, de los partidos y los grupos que se han encargado de controlar la situación. En consecuencia, desde el momento en que los partidos y los nuevos poderes fácticos, la monarquía, el dinero, los poderes mediáticos, y poco más, se sintieron legitimados por un consenso ciudadano muy amplio e indiscutido, ninguno de ellos ha hecho nada para que la democracia pueda ampliar su campo de juego; por el contrario, se han opuesto con buenas o malas razones a cualquier reforma que pudiese amenazar el statu-quo, o poner en duda la legitimidad y eficacia del tinglado. Por su parte, los ciudadanos han llevado con paciencia esta situación, en parte por confundirla con la democracia misma, pero también en la medida en que el sistema había venido siendo razonablemente eficaz para resolver los problemas comunes.
Todo este peculiar consenso se ha puesto seriamente en duda, sobre todo, tras la victoria de Zapatero y el rumbo que ha conferido a la política que se caracteriza, a mi modo de ver, por tres novedades esenciales. En primer lugar, por mostrar una ineficiencia pasmosa frente a la crisis económica, al tiempo que se continuaba practicando una política de gasto realmente insostenible. En segundo lugar, por exacerbar las tensiones territoriales al promover un nuevo Estatuto para Cataluña que, a la postre, se ha mostrado como esencialmente insostenible e inconstitucional y ha traído, además, una deriva absurdamente imitativa en otras regiones, con el resultado final de que buena parte del público haya caído en la cuenta de que el sistema no es solo políticamente peligroso, sino económicamente insostenible. Por último, aunque tal vez lo más importante, el que los políticos se hayan extralimitado en sus responsabilidades adentrándose en terrenos que la mayor parte de los ciudadanos creían poder gozar de lo que Constant llamó la libertad de los modernos, su capacidad para hacer de su capa un sayo, cuando les plazca, la soberanía absoluta en su vida privada, que es la única que realmente interesa a la mayoría. Pero el gobierno zapateril, escaso de éxitos en otros sectores, ha decidido contentar a sus fanes más doctrinarios y antiliberales promulgando leyes sobre cómo se fuma, cómo se bebe, qué se cree, cómo se piensa, cómo se matrimonia o se fornica, es decir, se ha puesto a intervenir la conciencia moral de los ciudadanos, de modo que muchos han percibido por primera vez al poder político como un intruso sin verdadero derecho a hacer las cosas que hace.
En EEUU, los electores se encalabrinan por los impuestos, aunque no protestan si se les prohíbe fumar; en España es distinto, porque los impuestos suelen ser ignorados por quien los padece (gran habilidad de hacendistas y socialdemócratas), mientras que el personal se encocora si le reglamentan lo que aprecia como su real gana.
Todo ello ha atizado un sentimiento oscuro frente a los partidos, frente a los privilegios de la Banca y de los poderosos, frente al abuso de los nacionalistas, frente a las extralimitaciones del Gobierno, un rechazo que comenzó con la creación de nuevos grupos políticos, y que ahora está a la espera de cristalización. Se trata de un caldo de cultivo que, por primera vez, no se ha cocinado en Palacio, que expresa el descontento con un sistema demasiado ensimismado y suficiente.
No creo que la cosa se vaya a parar como de repente, y dudo de la capacidad de adaptación de las maquinarias de los partidos, de manera que, a medio y largo plazo, tal vez nos enfrentemos a una crisis seria del sistema, que no podrá continuar en píe con un desafecto creciente y con una economía que nos asfixia. Se trata de un reto, y no solo para la derecha, aunque sí, sobre todo, para ella.
[Publicado en El Confidencial]

martes, 9 de noviembre de 2010

Un Papa cargado de razón

Los sectarios anticatólicos, sea por un laicismo tan agresivo como indefendible, sea por un ateísmo beligerante y totalitario, pretenden que Benedicto XVI sea el único ser humano al que se arrebate el derecho a expresar libremente sus ideas. Esta clase de individuos ha debido de pasar un mal fin de semana porque el Papa, en sus visitas a Santiago y Barcelona, ha hablado con claridad paladina, ha puesto voz precisa a lo que piensan, creen y sienten muchos millones de católicos españoles que tienen motivos para sentirse injustamente perseguidos por un anticlericalismo radical que, como ha recordado el Santo Padre, es idéntico al que produjo enormes desastres en la década de 1930.
El Papa tiene no ya el derecho sino la obligación de recordar ciertas verdades que pueden no gozar del beneplácito de quienes quisieran ser los únicos con derecho a defender sus principios, sus ideas morales y sus dogmas políticos, y lo ha hecho con la claridad, la rotundidad y la sutileza que caracteriza el conjunto de sus intervenciones públicas. Es seguro que habrá quienes prefieran creer las mentiras del día que escuchar y aprender de las verdades eternas, pero, por fortuna, ni el Papa ni la Iglesia se dedican a la lisonja, sino a predicar de manera comprensible las verdades que han recibido de la Revelación, los tesoros de sabiduría que atesoran tras una historia ya dos veces milenaria, las enseñanzas de salvación que los hombre necesitamos para comprender con plenitud el sentido de nuestra vida, para sobrellevar las desdichas y los dolores que siempre nos reserva.
Si bien se mira, es incomprensible que este Papa suscite en algunos sectores un rechazo tan radical. Es llamativo que los enemigos de la Iglesia se pongan tan nerviosos cuando encuentran a su frente a un hombre tan templado, tan razonable, tan sabio y tan prudente como los es el Papa actual. Es precisamente la inatacabilidad intelectual de sus argumentos lo que les saca de sus casillas, porque no soportan que la Iglesia ofrezca una imagen que es irreductible a la caricatura que de ella hacen con sus conceptos, tan sectarios como necios. Tienen muy mala suerte, porque, en efecto, este Papa no es una figura que se preste con facilidad a sus tergiversaciones. El Papa Benedicto XVI no solo es el representante de Cristo en la tierra para los más de mil millones de católicos de todo el mundo, es también un pensador profundo y un hombre muy atento y perceptivo para comprender cuanto ocurre a su alrededor, las formas de ser y de pensar que se promueven en el mundo. Por eso oyen con respeto su palabra no solo los católicos o los cristianos, sino cuantos pretenden honradamente hacerse cargo de lo que está pasando en un mundo cada vez más complejo y desconcertado.
Las intervenciones del Papa, tanto en Santiago como en Barcelona, han sido mesuradas, respetuosas, pero, sobre todo, muy inteligentes, claras y sólidas. El Papa no ha dejado sin tocar ninguno de los aspectos esenciales para que nos hagamos una idea razonable de los medios que tenemos para entender el sentido de nuestras vidas, para exponer con coherencia y brillantez la visión cristiana del mundo, la forma de pensar y de sentir que ha permitido la existencia de nuestra civilización, la cosmovisión sin la que son incomprensibles la historia y las instituciones que han hecho de la cultura occidental un modelo de convivencia entre el conocimiento científico, el bienestar económico, el progreso social, la libertad política y el pluralismo, en suma, una convivencia correcta entre las exigencias de la razón y las verdades de la fe cristiana.
El Papa ha denunciado con claridad, como ha hecho en numerosas ocasiones, la existencia de corrientes que quieren acabar con nuestras raíces, que quieren eliminar aún el más recóndito vestigio de la fe, que, aunque lo disimulen, suponen una gravísima amenaza para la libertad de conciencia, para cualquier libertad, en suma. Como buen teólogo, el Papa afirma que la razón de esa vesania destructiva depende de la voluntad de hacer del hombre un dios, de convertir al verdadero Dios en un enemigo del hombre.
Frente a esa ideología totalitaria el Papa ha defendido que el hombre es la gloria de Dios, y Dios la mayor gloria del hombre, que en Dios encuentra el hombre su auténtica vocación, y el apoyo último a su libertad que, de otro modo, se vería indefectiblemente sometida al ciego impulso del determinismo o de un destino inevitable. La libertad y el cristianismo son inseparables, y por eso el Papa ha elogiado la grandeza de nuestra tradición, ante el bellísimo marco del Obradoiro, pero también la modernidad, la técnica, y la belleza de sus realizaciones, bajo la soberbia máquina del barcelonés templo de la Sagrada Familia, la más impresionante joya de la obra de un artista genial y de un cristiano piadoso como lo fue Antonio Gaudí.
El Papa ha defendido la vida, desde su concepción hasta su declive natural, y ha recordado que la familia es el lugar del amor, de la procreación, de la entrega, de la solidaridad, y que es obligación de los poderes públicos protegerla, porque la vida es el primero de los bienes y de los derechos. Es lógico que haya quienes no soporten oír verdades tan obvias dichas con tanta autoridad y entereza, aquellos que están imponiendo leyes que buscan exactamente lo contrario, como ese personaje al que se le ha ocurrido llegarse hasta Afganistán para evitarse el mal trago, pero los creyentes y los hombres de buena voluntad estamos de enhorabuena por la suerte de haber tenido entre nosotros a un Papa que habla con tanta claridad como sabiduría, que tiene razón.
[Editorial de La Gaceta]

lunes, 8 de noviembre de 2010

El fútbol y la pasión de los comentaristas

Ayer el Real Madrid ganó al Atlético de Madrid con tan solo veinte minutos de juego intenso; luego le dejó al contrario el manejo del balón, pero a mi entender, sin que nunca estuviese realmente en riesgo el resultado del partido, pese a lo cual algunos comentaristas trataron de estirar de manera inaudita la responsabilidad del árbitro en el triunfo merengue.
Me parece lamentable que no se haga entre los comentaristas un mayor esfuerzo por la objetividad, que para una buena mayoría de ellos el comentario futbolístico se reduzca a tratar de ganar las batallas perdidas por otros medios. Creo que este proceder, además de ser cansadísimo, estimula lo peor que hay en el fútbol, a mi entender aquello que el fútbol mejor podría combatir, esto es, la pasión ciega, la rabia, el desatino. Está claro que muchos ven y van al fútbol por pasión interpuesta, y eso no es malo, lo malo es que las pasiones sean tan elementales, tan necias.
Lo peor que tiene ese tipo de comentarios es que se olvida de analizar lo que el fútbol es realmente, su técnica, sus azares, su dinámica para sustituirlo por una pelea tan imaginaria como inútil en la que el protagonista ya no es el fútbol real sino esa sombra pasional informe y lela con la que tantos lo confunden.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Ortega y la técnica

[Jesús Sánchez Lambás, Javier Zamora y José Luis González Quirós en la mesa inaugural del Simposio]


En este año de 2010 se cumple el septuagésimo quinto aniversario de la publicación, en las páginas de La Nación, el periódico de Buenos Aires, del texto orteguiano conocido como Meditación de la técnica. Con este motivo, durante el miércoles y el jueves de la semana pasada, se ha celebrado en la Fundación Ortega un Simposio internacional dedicado a estudiar esa obra que, a mi modesto entender, es de las más originales entre las orteguianas. Han estado presentes especialistas de Estados Unidos, los profesores Thomas Mermall y Langdom Winner, de Francia, Beatricé Fonck, de Portugal, Margarida Almeida, y de Suecia, Inger Enkvist, además de una nutrida nómina de filósofos y estudiosos españoles como Javier Echeverría, Fernando Broncano, Jesús Conill, Ramón Queraltó, Armando Menéndez, Jesús Vega, Ignacio Sánchez Cámara, Ignacio Quintanilla, Antonio Dieguez, José Lasaga, Alejandro Martínez y José Morillo Velázquez, y creo no dejarme a ninguno.
El Simposio ha cumplido sus objetivos y ha supuesto dos días de intensa reflexión y debates sno solo sobre un aspecto poco estudiado de la obra de Ortega, sino sobre un tema, cuya adecuada comprensión, como supo ver el filósofo madrileño, tiene cada día que pasa mayor importancia. Para mí, que tuve el honor de coordinarlo con la siempre eficaz ayuda de Igancio Quintanilla y de Karim Gherab, el Simposio ha sido uno de los actos académicos más provechosos e interesantes en los que haya podido participar. He aprendido nuevas cosas que creía conocer bien y me he visto estimulado a lecturas muy precisas y a cuestionar cosas que no había advertido. La Fundación nos acogió con la máxima elegancia posible, lo que no siempre suele ser el caso y se esforzó porque pudiéramos pensar y hablar con tranquilidad en el estupendo marco de su sede de la calle Fortuny; en fin, una semana inusualmente productiva y grata. Espero que pronto podamos ofrecer a los lectores interesados una versión escrita y bien editada de las lecciones a la que se ñadan, al menos, textos de Carl Mitcham y de Carlos Mellizo que no pudieron venir a Madrid pero que han escrito pensando en la ocasión.

sábado, 6 de noviembre de 2010

El estado delmundo

No se trata de repetir, una vez más que el mundo ya no es lo que era, cosa que se viene diciendo, al menos desde hace dos siglos. Ahora es distinto: estamos ante un auténtico cambio en la estructura económica y política del mundo, un cambio muy radical que afecta de manera decisiva, y sobre todo, a Europa. Hemos dejado de ser el centro y apenas constituimos una periferia de cierto interés.
Para contemplar el panorama con datos y recibir una inyección de realismo, recomiendo encarecidamente la lectura de un artículo de Emilio Lamo de Espinosa ("El nuevo mapa del mundo") aparecido en el último número de Cuadernos de pensamiento político, que edita la Fundación Faes. Puestos a todo, diré que hay también un artículo mí que creo no me ha quedado mal, pero les encarezco la lectura del de Lamo porque rezuma información de interés, hechos que nos pasan habitualmente inadvertidos y son de enorme importancia. Tras leer el artículo, preguntense sobre la crisis económica en España y verán como la ven con mayor claridad y, probablemente, con mayorr temor, pero nada se gana con ignorar lo que de verdad le pasa a este mundo.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Un partido con todo

El enfrentamiento entre el Milán y el Real Madrid proporcionó ayer a los aficionados, especialmente a los madridistas, un encuentro de esos que no se olvidan fácilmente. Hubo de todo, buen fútbol, especialmente por parte del equipo de Mourinho, jugadas preciosas, como el gol de Higuaín y el desmarque final de Pedro León, con gol entre las piernas del portero, fallos de Casillas, lo que es una rareza, desgracias como el resbalón y fallo de Pepe que dio lugar al gol legítimo del Milán, acciones típicas de Gattuso o de Inzaghi, el fútbol como picardía alevosa, en fin, hasta un cierto final feliz porque no hubiese sido justa la victoria de los milaneses.
El segundo de sus goles se produjo en uno de los más clamorosos fueras de juego de la historia, y el árbitro señor Webb cometió algunos deslices y errores de apreciación realmente graves, pese a ser un colegiado de gran fama y de apariencia irreprochable.
Ronaldo no tuvo ninguna razón en sus tarascadas con los defensas y se perdió en un partido que hubiera podido consagrarle. No es la primera vez que le pasa y esperemos se le corrija.
El fútbol, en suma en su máxima expresión, rivalidad, astucia, inteligencia, brillantez, picardía, azar, injusticia, consuelo. No se puede pedir más, o, mejor dicho, no se debiera.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Miedo al terror

Desde que Zapatero entró en la Moncloa, tras el espantoso rastro de la masacre de Madrid, nuestro gobierno ha basado toda su política de seguridad frente a las amenazas del terrorismo islámico en una patética negación del problema, como si la sumisión y el disimulo fuesen las mejores armas para garantizar la seguridad colectiva. Esta cobarde pretensión está también en la base de una de las propuestas más ridículas y altisonantes de nuestra historia diplomática, la iniciativa para promover una vagorosa alianza de civilizaciones que, afortunadamente, nadie, excepción hecha de los corifeos a sueldo, ha tomado nunca demasiado en serio. Coherentemente con esa renuncia cobarde a la defensa de nuestra civilización, el gobierno ha premiado con suculentos rescates la liberación de los rehenes españoles tomados en cautividad por cualquiera de las numerosas ramas de la hidra terrorista. Esta conducta vergonzosa ha sido censurada por el resto de países que padecen las mismas amenazas, pero que conservan la dignidad mínima para mantener frente a los criminales una conducta valerosa, responsable e inteligente.
El miedo a reconocer las amenazas, y a reaccionar congruentemente ante ellas, forma parte indisociable de la ideología que sostiene al gobierno, y está empapando de indignidad y sospecha de cobardía la conducta gallarda de nuestras fuerzas armadas y de seguridad, obligadas, como es obvio, a obedecer a un poder tan reacio a enfrentarse a sus responsabilidades, como amigo de cubrir con eufemismos su pasividad, su renuncia a plantar cara a quienes quieren dominarnos por la fuerza.
Estos días, el mundo se conmueve por la evidencia de que Al Quaeda trata de golpear de nuevo, con el tino salvaje y sangriento con que suele hacerlo, el corazón de un mundo que trata de vivir pacíficamente. El gobierno de los EEUU ha tomado una serie de medidas sin miedo a que se disparen las alarmas que puedan afectar al normal funcionamiento de los mercados, del transporte y de la vida ordinaria. De nada sirve mirar para otro lado. La amenaza del terrorismo es proteica y universal, y, en nombre de nuestra libertad común, debe ser combatida en todos los frentes, desde el campo militar, hasta el policial, desde la política de inmigración, hasta las ayudas al desarrollo. No podemos ponernos de perfil en este asunto porque los españoles, que hemos sufrido en nuestras carnes el zarpazo de esta fiera, tenemos que contribuir a la derrota de este enemigo tan artero y difícil sin sustraernos por comodidad a ninguna de las exigencias que ello comporte. No deberán repetirse, por ejemplo, las compras de rehenes que solo sirven para financiar a los criminales, y para que nuestro Príncipe de la Paz se haga una foto de circunstancias, ahora que está tan escaso de ellas.
Las fuerzas armadas y los cuerpos de seguridad tienen que estar en estado de alerta, como sucede en Francia, por ejemplo, no ya para evitar que nos afecte una amenaza directa, que también puede ocurrir, sino para ayudar a que el resto de los países puedan evitar atentados muy sofisticados en su ejecución y de preparación tan insidiosa.
Hay un trabajo que hacer en el territorio nacional para garantizar que ni uno solo de los inmigrantes de conducta normal y pacífica q ue viven y trabajan con nosotros sea, en realidad, una terminal de cualquiera de las derivaciones de la internacional terrorista. Por supuesto que habrá que establecer sistemas que nos permitan expulsar de nuestro suelo a quienes, desde mezquitas o desde asociaciones, inciten al odio y la destrucción de nuestra civilización o comprendan los crímenes con la piadosa disculpa de que los cruzados cometieron, antes o ahora, no se sabe qué suerte de barbaridades.
Los sucesos de las últimas horas, ponen de relieve, como ha dicho Obama, "la necesidad de permanecer vigilantes", lo que significa mantener e incrementar la coordinación con los aliados y no vacilar en el objetivo último de acabar con Al Quaeda. El Departamento de Seguridad Nacional ya ha extremado las medidas de vigilancia en los aeropuertos, y en los numerosos lugares de en que se opera con mercancías internacionales, como estaciones de ferrocarril y puertos marítimos. Las autoridades han incrementado las medidas de inspección a que se somete a los aviones de transporte en los aeropuertos de la costa atlántica. Se trata, en definitiva, de una amenaza creíble, y sería un auténtico desastre bajar la guardia frente a quienes no descansan para hallar medios de agresión que les dejen relativamente a cubierto de represalias inmediatas.
Los ciudadanos tendremos que soportar pacientemente este incremento de las medidas de seguridad con la convicción de que nada sería más peligroso que dar de lado a las precauciones en aras de una comodidad mal entendida, de una libertad capaz de ignorar los riesgos a los que, en verdad, estamos sometidos.
No hay lugar para un arreglo civilizado ni para el apaciguamiento entre quienes buscan destruir esta civilización y quienes creemos en ella, en las libertades, en la democracia, en la autonomía de las instituciones, en la competencia, y en la supremacía del poder civil. Cualquier intento de sustraerse a este combate permanente es un escapismo que puede resultar suicida, si es que no oculta, como se puede sospechar ante muchas de las manifestaciones de la izquierda zapateril, una voluntad de rendición, sencillamente porque no se cree en los fundamentos de la propia civilización, porque el relativismo cobarde y lelo ha corroído la capacidad de enfrentarse a riesgos por las causas capaces de hacer que pongamos en juego nuestras vidas.
No hay que tener miedo a las amenazas del terror, y, mucho menos, dejar que ese temor nos paralice y nos haga mirar para otro lado, como si alguna especie de magia psicológica hiciera desaparecer los peligros reales. Los españoles deberíamos estar a la altura de las circunstancias, aunque nuestro gobierno muestre una tendencia suicida a confundir este mundo con un estupefaciente paraíso multicultural.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

El mundo al revés

Se dice de la política que hace extraños compañeros de cama, aunque no sea un dicho inventado entre nosotros. Lo nuestro son, más bien, las extravagantes situaciones por las que atraviesa la política. Gracias a la obra de Zapatero podemos presumir de una situación realmente estrafalaria. Vean, si no:
1. Un gobierno supuestamente de izquierda lleva a cabo el mayor recorte que se haya hecho nunca de los llamados derechos sociales.
2. La oposición desaprueba buena parte de esas medidas, más por el modo que por el fondo, pero se opone.
3. El nuevo gobierno ataca con fiereza a la oposición y empieza por revisar su dotación genética, descubriendo, tal vez sin mucha imparcialidad, que está compuesta de lo peor, que constituye una auténtica amenaza para las buenas costumbres.
4. La oposición se zafa del acecho defendiendo la libertad de expresión y otros principios antiautoritarios que la izquierda siempre había tenido como suyos e intocables.
5. En Cataluña, los aliados del gobierno que han promovido el mayor desquiciamiento del sistema común de leyes y derechos entran en campaña defendiendo aquello que han combatido desde las poltronas.
6. El PP reacciona y mantiene como indiscutibles los principios de los que se han derivado los desmanes de los que ahora trata de desmarcarse el tripartito.
7. El gobierno anuncia que no cederá a las tentaciones en sus relaciones con ETA, que han sido habitualmente intempestivas, pasionales, clandestinas y trágicas, y, para darse credibilidad, de la que anda escaso, acentúa el rigor de la ley de partidos con el beneplácito del PP.
8. El PP se teme lo peor, pero teme también que el PSOE le haga aparecer como enemigo del fin de ETA, y ensaya una estrategia de comunicación equidistante entre ambos temores.
9. Los indicios de corrupción que afectan al presidente del Congreso son como el rayo que no cesa, y el PP parece no verse afectado con tal de que no vuelvan a mencionarle, lo que no lograrán evitar, los trajes y zarandajas gürtelianos.
Es evidente que se podría continuar enumerando asuntos en los que nuestros partidos andan a leñazo limpio, y con la curiosa inversión de que es el gobierno quien ataca y la oposición quien responde. La situación se debe a que, en último término, los partidos españoles conciben la política como una gresca continuada en la que los efectos escénicos son más importantes que cualquier otra cosa. Para ellos la política es cosa de dos, y nunca encuentran nada más interesante que decir que aquello que estimen pueda molestar más al adversario. No les parece que hacer política sea convencer a los ciudadanos, sino enardecer a los partidarios, o, al menos mantenerlos exclusivamente pendientes del guión por el que ha de regirse el espectáculo. Por eso detestan de manera tan obvia a quien se atreva a interrumpir una representación tan interesante para las cúpulas de los partidos como previsible y aburrida para el común de los mortales. Por ejemplo, el pecado de Tomás Gómez, atreverse a imponer en la agenda del día un argumento que no seguía al píe de la letra la hoja de ruta de Moncloa.
Para la doctrina comúnmente imperante en los partidos, cualquiera que se atreva a interrumpir el hilo del discurso es un sedicioso. Si alguien del PP se atreviese a hablar libremente de lo que habría que hacer con las pensiones, con la legislación laboral, con la Justicia, con la Universidad, o con Marruecos, por poner solo unos ejemplos de cuestiones claramente políticas, sería inmediatamente llamado al orden y desautorizado: de esas cosas no se habla porque hay que contestar la última bobada de cualquiera de los bufones oficiales del adversario.
Es evidente que se trata de un mundo al revés, en la forma y en los contenidos. A veces parece como si el ideal fuese que nadie opinara nunca nada, que solo se hablase de lo último, que la política quedase reducida al y tu más, y los cambios electorales se produjesen siempre por cansancio, nunca por convicción. En el fondo, los líderes temen a hablar con claridad, y reservan su escasa elocuencia para insultar al contrario, sin caer en la cuenta de que a quien en verdad menosprecian es al elector que esperaría de ellos algo más que enfrentamientos rituales, una auténtica discusión de ideas, pero eso les parece muy peligroso y prefieren mantenernos a dieta de eslóganes.
Para terminar, me parece que se impone una conclusión bastante simple: la estrategia de enfrentamiento no produce idénticos beneficios en ambas mitades del espectro. Lo que beneficia al PSOE es, aunque no sepan verlo, un auténtico lastre para el PP. El mayor éxito estratégico del PSOE es ver cómo la derecha se entrega a su vicio favorito (del PSOE), como se encomienda a sus radicales dejando ayuno de noticias y de interés a cuantos electores comprenden que el mundo es ligeramente más complejo que lo que sugieren las bravatas de Zapatero, Blanco o Rubalcaba, esos temas que replican con voz aflautada tantos portavoces del PP.