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lunes, 31 de enero de 2011

Un Príncipe a la espera

Felipe de Borbón, heredero de la Corona española, acaba de cumplir cuarenta y tres años. A esa edad, es ya un hombre felizmente casado y padre de dos hermosas niñas, y se encuentra, por tanto, en una situación que es común a muchos de sus coetáneos, en un momento de plena madurez vital. Sin embargo, a diferencia de lo que ocurre con la gran mayoría de sus compañeros de generación, no podrá alcanzar el cenit de su carrera hasta que no se produzca un hecho que él habrá de lamentar como buen hijo, la muerte de su padre, o una abdicación del Rey que indicase incapacidad o desistimiento, una eventualidad que, afortunadamente, se antoja ahora mismo tan improbable como indeseable. Don Felipe lleva una larga y valiosa preparación a sus espaldas, pero no tiene a la vista la oportunidad de que los españoles podamos comprobar su valía como monarca. Se trata de una circunstancia que resultaría frustrante para cualquiera, y que él está llevando de una manera ejemplar. Esta larga espera habrá de servir para que se aquilate su prudencia, se acreciente su serenidad y su paciencia, y se intensifique su capacidad de comprender las peculiaridades de su misión y el ritmo de los tiempos históricos. Como heredero de la Corona, y adornado de todos los títulos históricos que lo requieren, el 30 de enero de 1986, a los dieciocho años de edad, juró ante las Cortes Generales fidelidad a la Constitución y al Rey, asumiendo la plenitud de su papel institucional.
Los españoles estamos muy convencidos de que el Príncipe atesora una formación excepcional, tanto desde el punto de vista puramente académico como desde el punto de vista militar, y de que está aprovechando de manera fructífera esta larga preparación para poder servir mejor a su patria en el momento en el que sea necesario. El Príncipe conoce muy bien todos los rincones de nuestra España. Ha ejercido en numerosas ocasiones como embajador extraordinario de nuestros intereses y está perfectamente al tanto de cuanto sucede y nos afecta. Ha hecho todo eso, además, de manera muy discreta y sin provocar otros sentimientos que admiración hacia su persona y cariño por su figura, por la Princesa Leticia y por las dos preciosas Infantas Leonor y Sofía.

Los españoles deberíamos de preguntarnos si se está haciendo lo suficiente para que el servicio del Príncipe a los altos intereses de la Nación y al bienestar de todos los españoles sea tan intenso como pudiera serlo. Tal vez no sea muy lógico que los herederos de las monarquías contemporáneas tengan que soportar una larga espera sin poder participar en otra cosa que actos protocolarios. Se trata de asuntos muy delicados, es cierto, sobre los que ni existen previsiones precisas por parte de la Constitución, ni hay una tradición que pueda invocarse con perfecto sentido, puesto que los Reyes de nuestra historia solían ser coronados a edades mucho más tempranas que la que, presumiblemente, alcanzará Don Felipe a la hora de su proclamación como Rey. Es responsabilidad conjunta del Gobierno, del Parlamento y de la Casa del Rey, preguntarse por la manera más eficaz de aprovechar la experiencia y habilidad del Príncipe en beneficio de España y de lograr, al tiempo, que los años de espera que aún le quedan hasta su proclamación como Rey de todos los españoles supongan una mejora efectiva en su conocimiento de la realidad de la Nación sobre la que ha de reinar, de su historia, de sus problemas y de sus esperanzas, que han de ser también las suyas para siempre.

domingo, 30 de enero de 2011

El futuro de España

La capacidad de los políticos para la simulación no debiera sorprendernos, pero es tanta que no deja de asombrarme. Ahora resulta que Zapatero dice que a los socialistas no debe preocuparles el futuro de su partido, sino el futuro de España. La verdad es que podemos considerar muy necesaria su declaración, visto lo que han hecho con ese futuro en los últimos años. Siempre me ha admirado el sexto sentido que tiene Zapatero para envolverse en la bandera cuando le conviene, cuando las cosas se ponen feas, se ve que no ha oído nunca lo que esa conducta le sugería a Samuel Johnson
Cuando éramos pequeñitos y nos querían sacar una foto en la que no pusiésemos cara de idem, el hábil retratista decía aquello de "mira al pajarito" y, si tenía suerte, se nos ponía cara de estar pensando en el trasmundo, que es lo que siempre buscan los fotógrafos artísticos. Zapatero es de ese gremio y nos invita a mirar al pajarito para que no se le note la cara que tiene. Lo malo es que, a veces, se le va el santo a los cielos, y vuelve a decir aquello de que lo caro no son las autonomías, sino el centralism: entonces los niños españoles nos ponemos a llorar de nuevo sin que ningún pajarito acierte a sacarnos de nuestra infinita pena. 


sábado, 29 de enero de 2011

Una sociología optimista

Daniel Bell, uno de los sociólogos más influyentes de la segunda mitad del siglo XX, falleció el pasado 25 de enero de 2011, a los 91 años de edad, en su casa de Cambridge, Massachusetts. Bell, aunque comenzó su carrera como periodista, era el tipo de académico brillante y solvente que casi sólo puede abundar, a día de hoy, en las universidades de EEUU, gracias a un sistema muy competitivo que reconoce y premia la excelencia de modo inequívoco. Bell, como Thomas K. Merton, perteneció a esa estirpe de sociólogos que, dotados de una formación general muy amplia, pueden realizar su vocación estudiosa sin ninguna clase de limitaciones y con una gran variedad de medios de apoyo. Catedrático de sociología en Harvard, su obra forma parte de esa tradición política y sociológica anglosajona que se caracteriza por su capacidad de prestar atención, a un tiempo, a los fenómenos más menudos de la vida cotidiana, y al núcleo de ideas esenciales de cualquier filosofía relevante para la práctica del gobierno y para el análisis de los grandes conflictos culturales y morales con los que se enfrentan las sociedades occidentales. Daniel Bell ha sido autor de una obra muy abundante, muy variada y enormemente influyente en la que ha construido una interpretación rica, plural y coherente de nuestro pasado cultural, de las diversas crisis de las democracias contemporáneas, y en la que se ha atrevido a imaginar con fino olfato algunas de las grandes modificaciones que determinarán el futuro de la sociedad occidental. Fue el primero, seguramente, en darse cuenta de que nuestra sociedad se adentraba en una era post-industrial, en la que los conceptos económicos, políticos y laborales tendrían que cambiar de manera profunda como consecuencia del enorme impacto de las tecnologías, una modificación realmente decisiva que él supo diagnosticar ya en los años sesenta. Su influencia intelectual ha sido inmensa, hasta el punto de que el Times Literary Supplement recogiese dos de sus obras, "El fin de la ideología" (1960) y "Las contradicciones culturales del capitalismo" (1978), entre los 100 libros más influyentes desde la Segunda Guerra Mundial. Los términos que introdujo en sus análisis se han hecho comunes, y sus ideas se han extendido hasta tal punto, que algún lector desavisado podría tomar como una vulgaridad envilecida por su abundante circulación lo que hace unas décadas había constituido una de sus aportaciones plenamente originales.
Aunque sus orígenes políticos estén en la izquierda neoyorquina, sus ideas pueden ser compartidas por cualquier conservador inteligente, como el mismo se consideraba desde el punto de vista cultural. Sus críticos más feroces han procedido precisamente de la izquierda y le han reprochado que su obra oculte la realidad bajo un manto de idealismo, de teoría seductora pero, en sus esquemas dialécticos, escasamente fiel a la historia. Es normal que los pensadores de izquierda sospechen de alguien que afirmó con absoluta rotundidad que la muerte del socialismo estaba siendo el hecho político incomprendido del siglo XX. Lo esencial en su análisis del fin de la ideología, compartido con sociólogos como Lipset, Shils o Aron, era que las viejas ideas políticas del movimiento radical se habían agotado y ya no tenían el poder de despertar adhesión o pasión entre los intelectuales.
Para Bell, el factor decisivo en el desarrollo de la sociedad contemporánea es, además de la influencia tecnológica, el componente cultural, y estaba de acuerdo con Weber en que en los momentos cruciales de la historia la religión, muy lejos del opio del pueblo, puede ser la más revolucionaria de las fuerzas. Encontrar una teoría positiva del hogar público le parecía una tarea a la que nunca se puede renunciar, de modo que las relaciones entre el Estado y la sociedad, entre el interés público y el apetito privado seguirán siendo, obviamente, el problema principal del orden político para las décadas futuras
Su visión de los problemas sociales es, pues, optimista, no incurre en ninguna melancolía, ni se deja llevar por las melodías de ningún decadentismo. Es lógico que así sea en alguien al que conocemos con un apellido que fue el resultado de una americanización forzada de su nombre de cuna, Daniel Bolotsky, pues, aunque nació en el Lower East Side de Manhattan, sus padres eran judíos inmigrantes de la Europa del Este, y su familia pensó que sería conveniente liberar al niño de una carga tan notable cambiándole el apellido cuando Daniel tenía 13 años. Su biografía es pues, la de un triunfador, la de alguien que llega a la cumbre de la vida académica desde el suburbio. Esa experiencia personal de la dureza de la vida le hizo especialmente sensible a la comprensión de los complejos conflictos de que ha estado trufado el siglo XX, guerras, debates, crisis sin cuento, unos acontecimientos que supo colocar en una perspectiva positiva, optimista, como ocurre siempre que se estudian las cosas humanas sin prejuicios y con esperanza. 
[Publicado en La Gaceta]

viernes, 28 de enero de 2011

Un debate equívoco

El debate sobre las modificaciones del sistema de pensiones es un ejemplo casi perfecto de cómo suelen ser las discusiones en esta democracia tan demediada. Datos incompletos, actitudes que pretenden ser tomadas por lo que no son, disimulo, equívoco, miles de ficciones sin base alguna... Todo menos decir la verdad desnuda del asunto, a saber, que el sistema de pensiones está fundado en un sistema Ponzzi que es fundamentalmente insostenible, que nuestro problema no son las pensiones de dentro de treinta años, sino la falta de empleo ahora, que no hay empleo porque no tenemos casi nada que ofrecer a un mercado cada vez más competitivo, que mientras sigamos siendo un país disparatado y chapucero vamos a ir cada vez peor, que de nada sirve la hipocresía de los principios bellos, que los números no salen, que nos encaminamos velozmente a un descalabro sin precedentes, que este gobierno ha sido extremadamente perjudicial en todos los aspectos económicos, además de simplemente deletéreo en los aspectos políticos y de moral pública, etc. etc. Los responsables políticos, y los comparsas sindicales, hacen como que están tomando medidas técnicas, pero lo único que pasa es que son cobardes y mendaces y no se atreven a decir lo que habría que decir para que esta sociedad se despabile un poco, porque esperan poder seguir en sus poltronas tanto como puedan. Triste destino el nuestro, a la espera de que gente con alguna energía y con dos dedos de frente se disponga a decir lo que nadie dice y a hacer lo que nadie quiere que se haga.

jueves, 27 de enero de 2011

La democracia, treinta años después

Las democracias modernas se caracterizan por la enorme importancia que llega a adquirir la mediación de los distintos sistemas de representación, de manera que el gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo es el nombre de un ideal que no puede considerarse sin cierto grado de eufemismo. Precisamente para paliar en cierto modo ese carácter deformador de los sistemas de representación, los teóricos de la política han insistido en la gran importancia que hay que otorgar a la poliarquía si queremos que sigan existiendo formas de gobierno como las de las democracias liberales. Cuando en una democracia hay pugna entre un buen número de instituciones y de personas, podemos estar seguros de que la libertad política está garantizada y que su ejercicio producirá efectos beneficiosos en el sistema. Cuando, por el contrario, con la excusa de la eficacia, con la disculpa de las urgencias, o con el amparo que fuere, se impide la poliarquía, podemos estar ciertos de que esa democracia camina hacia su propia disolución, se hará, tarde o temprano el hara-kiri, tal vez no en forma espectacular pero sí de manera efectiva. La poliarquía es el único recurso al que podemos acudir para asegurar la continuidad de las democracias liberales, de los sistemas que son realmente sensibles a la opinión, y cuyos gobiernos aceptan su destituibilidad por medios enteramente pacíficos. Pues bien, el nivel de poliarquía en España no ha sido nunca alto, pero se encuentra en un proceso acelerado de descenso, próximo a la mera extinción.
Los estados son muy poderosos, y los gobiernos manejan con soltura una enorme cantidad de recursos capaces de manipular de manera certera las opiniones y los sentimientos de la mayoría, lo que da lugar a que la democracia se subvierta, pues no es ya la voluntad de los ciudadanos quien legitima al poder, sino el poder quien construye una voluntad ciudadana a su imagen y semejanza. Ello pone muy en riesgo al poder político de dejarse seducir por los encantos y la eficacia del absolutismo, tanto más cuando se puede pretender que se trata de un absolutismo de la propia voluntad popular, un ejercicio de la soberanía ultima que reside en los ciudadanos.
El correlato más visible de todos estos movimientos en el subsuelo de la política es la tendencia a entronizar al líder político, a convertirlo en algo más que un representante de la voluntad pasajera de una mayoría, a tratarlo como a un Cesar, a una personificación de la divinidad. Lógicamente, la dinámica de los medios de comunicación no hace sino intensificar esa tendencia a la divinización del líder convertido en ícono carismático capaz de resolver, por su mera aparición, toda suerte de contradicciones, de allanar cualquier clase de dificultades. La política entra así en un reino en el que las imágenes sustituyen a los argumentos y los sueños a los proyectos, con un resultado de entontecimiento colectivo.
Me parece que la tendencia de los partidos a simular lo que realmente deberían hacer, a sustituir los congresos por convenciones, a amañar los mítines populares para que parezcan actos de una campaña puramente publicitaria, es una consecuencia de su renuncia a ejercer la política democrática, a enriquecer el debate de ideas, un instrumento más para alcanzar el objetivo de minimizar la conflictividad social que pudieran generar una discusión más abierta de sus proyectos, en el caso de que pudieran hacerse más explícitos. Pero lo más grave ocurre cuando se da un paso más, y no solo sucede que los partidos disimulen sus intenciones, sino que, a base de especializarse en tácticas de simulación, acaban realmente por no tenerlas. La conquista del poder se convierte entonces en el único móvil de sus acciones, el programa no importa en absoluto, hasta el punto de que se consienta que determinados líderes locales o regionales ejecuten programas de hecho contrarios a los principios que se dice defender; en esta situación, lo único que importa a los partidos es lograr el grado más alto posible de desprestigio del adversario, sin importar para nada la zafiedad intelectual y moral con la que se emprenden determinadas campañas de acoso al rival.
Treinta años después de iniciar con ilusión una democracia, los españoles contemplamos con cierto asco el desmoronamiento de nuestras esperanzas. Los partidos lo ocupan todo, el legislativo es un mero apéndice del ejecutivo, y el poder judicial se prostituye acudiendo raudo en auxilio del vencedor, digan lo que digan las leyes. La sociedad civil apenas existe. Es una situación terrible porque afecta también, de manera que sería escandaloso negar, a los medios de comunicación en la medida en que, renunciando a su independencia, se olvidan de dar información y se dedican a edulcorar las noticias que convienen a sus dueños, legales o reales. A quienes creemos en la libertad, nos queda todo un mundo por conquistar, pero será una tarea larga y trabajosa. 
[Publicado en El Confidencial]

miércoles, 26 de enero de 2011

El plan de Zapatero

Al poco de comenzar este año, como para apostar por la novedad que siempre trae consigo la nueva fecha, el presidente concedió una entrevista a Onda Cero de la que no se pudo sacar nada que no fuese una obviedad. A pesar de la indudable calidad del entrevistador, la noticia fue que no había noticia, lo que, desde luego, ya no debería sorprender a nadie, conociendo mínimamente al inquilino de la Moncloa. Zapatero actúa de manera habitual siendo muy consciente de que le conviene que él sea la noticia, la única noticia, más aún cuando ha conseguido provocar innumerables especulaciones sobre su retirada.
La condición política de esta estrategia presidencial no se podría comprender bien si no se tuviese en cuenta los hábitos audiovisuales de grandes sectores de la población española, una manera de comportarse del público que implica importantes consecuencias intelectuales y morales. El hecho de que la figura pública de una tal Belén Esteban, alguien que no es conocida ni reconocible por cosa distinta a sus apariciones en la tele, y en la muchedumbre de colorines que giran en su entorno, generando lecturas complementarias y poses significativas, haya alcanzado tanta presencia, no es en absoluto ajeno al comportamiento presidencial. Esta afirmación, que pudiera parecer más arriesgada de lo razonable, no pretende ser sino una forma de advertir al observador curioso no sobre la inanidad intelectual de la actividad mediática del presidente, sino, sobre todo, sobre su capacidad de seducción en esos mismos sectores de público que sacian sus ansias de interés con el belenestebanismo. El derroche de vulgaridad que secreta la televisión de Berlusconi, a través de un número increíblemente alto de programas supuestamente distintos, reconcilia a grandes sectores del público con su auténtica condición, los convierte en parroquia de una cohorte de pequeñas esperanzas que tienen el efecto de inhibir cualquier espíritu crítico, cualquier confrontación, y los habitúa a un grado altísimo de credulidad, de indiferencia. Es este público el que objetivamente cultiva Zapatero en su reencarnación más reciente, en su pose de héroe normal dispuesto a cargar con cualquier clase de sacrificios personales que puedan ser necesarios para el bienestar de los españoles. Zapatero-Esteban se coloca así en una posición a mitad de camino entre la víctima propiciatoria y el héroe incomprendido, y pretende suscitar la solidaridad moral de cuantos creen en ese universo de barata sensiblería y de supuesta honestidad que encandila a un público capaz de conformarse con menos que nada.
Si se pone este panorama en conexión con una de las escasas doctrinas públicamente defendidas por ZP, me refiero a su afirmación, en el prólogo a un nada inolvidable libro de Jordi Sevilla, según la cual no hay ideología ni lógica en política porque solo, “hay ideas sujetas a debate que se aceptan en un proceso deliberativo, pero nunca por la evidencia de una deducción lógica", se puede comprender que, sustituyendo el debate en el ágora por los índices de audiencia, las apariciones sean el mensaje. Belén Esteban se ha convertido en un paradigma para innúmeros españoles, hasta haber llegado a ser portada del sedicente periódico global, y Zapatero ha aprendido ya que no hay nada que decir salvo mantener el tipo, al precio que sea.
Si el PSOE alcanzase a ser todavía algo distinto a lo que Zapatero ha hecho de él, podríamos apostar con seguridad que Zapatero no repetiría en ningún caso, pero eso está por ver. Mientras tanto Zapatero continúa atizando al monigote maniqueo que tiene más a mano, y juega a que la noticia, sus apariciones y sus mutis, sigan impidiendo la desesperación de los más incautos, el desasimiento de los más humildes, esos que, en su retórica, lo merecen todo aunque jamás se haya ocupado efectivamente de sus intereses, ni piense hacerlo en el futuro. Es obvio que esa estrategia puramente política puede servir también a su indudable sangre fría en la táctica, a su forma de ir haciendo lo que se le manda, aunque sea del modo más lento y embarullado posible, para evitar que nadie, ni de las muchedumbres de descamisados sindicales, ni de las cohortes de espectadores de las cadenas amigas, repare más de la cuenta en la absoluta incongruencia de su política. Si en un plazo no muy largo se produce una inflexión, no digamos ya un milagro, los ditirambos que se aplicarán al acontecimiento serán dignos de una celebración milenaria, vistas las loas hechas a los inexistentes brotes verdes, y las esperanzas puestas en esos 10.000 nuevos empleos que, espigando entre las estadísticas, acertó a encontrar a finales de 2010 el ministro de Trabajo.
Es posible que un Zapatero personalmente roto piense en su retirada, pero el Zapatero al que entrevistó Carlos Herrera está jugando al tran tran, como en el Mus, porque su inteligencia mágica le hace creer en lo inesperado, y está dispuesto a que la inspiración, como decía Picasso, le sorprenda trabajando.

martes, 25 de enero de 2011

Clint Eastwood es un genio

No descubro nada afirmando la genialidad cinematográfica de Eastwood, pero ayer tuve la oportunidad de ver Hereafter ("Más allá de la vida") y tengo la imperiosa necesidad de ponerme a escribir sobre ella para afirmar que se trata de una película extraordinaria, de una verdadera maravilla. Además de un inicio realmente impactante, en el que imagino se nota la mano de Spielberg en la producción, la película cobra un ritmo narrativo que consigue mantener un in crescendo realmente extraordinario para culminar con una especie de final feliz que sorprenderá a más de uno. Siempre me ha llamado la atención el atrevimiento de Spielberg para crear películas realmente difíciles, aunque es evidente, que no todas le han salido perfectas, siendo todas realmente muy buenas. En este caso, a mi entender, la dificultad era extrema y el éxito, por tanto es mucho más meritorio. Para mí es una de sus grandes películas (Million dolar baby, Mystic River, Poder absoluto, Medianoche en el jardín del bien y del mal...), pero es, seguramente la más complicada de hacer y de hacer bien. Cojamos, por ejemplo, el caso de Sin perdón: se trata, sin duda, de una grandísima película, pero es más fácil de hacer porque hay un número alto de películas similares, y extraordinarias, que pueden servir de plantilla, si es que sabes hacerlo. No estoy queriendo decir que el cine haya de ser analizado por géneros, no lo creo, pero no cabe duda de que determinadas películas tienen detrás más tradición y oficio que otras, y, aunque sea muy difícil superar ese peso de la historia, también hay que reconocer que, al que domina su oficio, esa tradición le sirve de mucha ayuda si acierta a hacer algo más que repetir. Pero Hereafter no tiene, en lo que a mi se me alcanza, precedentes; hay que ser un auténtico maestro para meterse en un tema tan difícil y hacer una película tan honda, tan emotiva, tan escéptica y tan crédula a un tiempo. Vayan a verla, me lo agradecerán, y, si no les gusta, nunca más me hagan caso en esto del cine; yo, por mi parte, le negaré el pan y la sal a cualquiera que diga que no se trata de una obra maestra, aunque en algunos casos condescendería a explicar los porqués, pero no ahora, en que me voy a limitar a expresar mi admiración y a recomendarla con vehemencia.

lunes, 24 de enero de 2011

El PP reaparece en Sevilla

El Partido Popular comienza a sentir la euforia que desata la inminencia del triunfo, el entusiasmo de los incondicionales, y los abrazos cómplices de quienes lo ven menos claro. Siguiendo con sus costumbres, escasamente proclives a poner en duda lo que no siempre es obvio, el PP ha decidido festejar tempranamente sus anunciados éxitos en una sede como Sevilla, que también fue en el pasado el trampolín de lanzamiento de Aznar, un personaje que parece plenamente recuperado para el remo en la barca de Rajoy, como no podía ser de otra manera. Los gobiernos de Aznar, y el buen recuerdo que dejaron, son el mejor aval de un partido que seguramente ha utilizado más prudencia que ambición para convertirse en una alternativa inevitable.

Rajoy ha subrayado un rasgo esencial, necesario pero no siempre suficiente: la unidad del partido, plenamente recuperada pese a las dentelladas del contrario, a los errores de algunos y, finalmente, a la aventurera y suicida deslealtad cantonalista, de Cascos uno de los males que pueden afectar al PP, cuando el timón de la nave no se lleva con firmeza.

El PP no debería tener ningún miedo a su pluralismo interno, pero sí a la tendencia al particularismo de algunos de sus líderes, al fulanismo de dirigentes que no se sabe bien qué defienden, esos cuya política debería reservarse a los socialistas sensatos, cuando los haya. El PP tiene que superar sus miedos a afrontar ciertos problemas, a encontrar las soluciones mejores sin temor a perder votos, a debatir a fondo los problemas que interesan a sus electores y se debaten en la vida real. El PP no debiera dar la sensación de que se resiste a defender las causas de quienes le votan, tal vez precisamente porque reconoce que sus votos no proceden de un único venero, pero justamente en eso tiene que residir el mérito de su política, el acierto de unas propuestas que no solo le echan en falta sus adversarios.

Rajoy ha comparecido en plena forma y ha acertado, por ejemplo, a prometer que retiraría las ventajosas pensiones que con tan escaso miramiento se han otorgado sus señorías. La propuesta es interesante, pero lo sería mucho más si apuntase a que Rajoy estuviere dispuesto a no dejarse intimidar por la inercia del pasado, a corregir cuanto sea necesario, y hay un buen número de temas que lo requieren, a afrontar sin demoras y con diligencia las reformas que España necesita apara volver a moverse con dignidad y soltura por el mundo, para recuperar su imagen de país serio, confiable y con futuro.

Rajoy parece haber comprendido que los españoles no se conforman con saber que ganará el PP, sino que quieren poder desear que gane, quieren que el PP no solo venza sino que convenza. No es difícil conseguirlo, pero hay que lanzarse a hacerlo sin limitarse a esperar al entierro del zapaterismo. La Convención sevillana debería ser el comienzo de una nueva etapa en la que el partido se lanzase a conquistar las cabezas y los corazones de los españoles, sin limitarse, simplemente, a acoger los restos del naufragio, a los que huyen de la quema. Rajoy no debiera limitarse a corregir defectos de imagen, tendrá que intentar que crezca el entusiasmo, algo que ahora mismo es bastante descriptible, porque va a necesitar de la convicción, el sacrificio y el esfuerzo de todos para que su gobierno logré que los españoles volvamos a confiar en nosotros mismos, en nuestra patria, y en nuestros políticos. Tal es la esperanza que solo el PP suscita, y que solo él puede malograr.


domingo, 23 de enero de 2011

Los males de la patria

Vivimos tiempos en los que nos es inevitable pensar de manera doliente en el destino de nuestro país, en los males de la patria. Tras una larga etapa de progreso político y económico, tal vez más aparente que real, pero que, al fin y al cabo, ha supuesto un buen número de mejoras, una crisis económica, larga, profunda y pésimamente abordada por el gobierno de Zapatero, nos está haciendo cuestionar gran parte de los argumentos optimistas y orgullosos de hace menos de una década, del "España va bien", para resumirlo en un slogan.
Es lógico que, ante el brusco y desagradable despertar de un sueño que estaba siendo suavemente placentero, un buen número de españoles sienta la tentación de echar la culpa de todo a los políticos, cuya irresponsabilidad, por otra parte, sería necio negar. Pero ese recurso expiatorio nos hace olvidar algo decisivo, en lo que nunca se insistirá bastante, a saber, los males de nuestro sistema son un reflejo de nuestros vicios comunes, de lacras que lastran no solo la vida política sino todos los aspectos de nuestra convivencia y que, mientras no sean combatidos de manera eficaz por el conjunto de los españoles seguirán multiplicando nuestras dificultades, favoreciendo nuestra mala suerte. Somos un país viejo, hipócrita, envidioso, escasamente dispuesto a cambiar, en el que ha predominado una cultura barroca bastante incompatible con el cambio social; un país con el con una fortísima tendencia al disparate, a crearlos y a mantenerlos, porque, a base de viejos y escépticos, somos capaces de tolerarlos, y aún de corregirlos y aumentarlos. Esas características morales de la sociedad española se reflejan y amplifican con errores políticos, algunos de ellos muy persistentes y graves: la partitocracia, el cantonalismo, el nepotismo, la corrupción no son invenciones de los políticos sino la consecuencia en esa esfera de nuestros hábitos escasamente razonables.
La política democrática debiera haber podido ser una palanca de cambio social pero lo ha sido en una medida mucho más pequeña de lo posible por las resistencias sociales a la libertad, a la competitividad, al juego limpio, a los hábitos más sanos y abiertos que permiten las libertades.
Uno de los problemas que más nos afligen en la actualidad es el de la elefantiasis del sistema autonómico, el insoportable crecimiento de las burocracias, el peso creciente de los diversos poderes públicos. Parece haber una conciencia creciente de la necesidad de someter a revisión lo que hemos hecho en estos años al confundir una muy conveniente y razonable descentralización con la generalización de una fórmula cuasi federal que, necesaria en algunas regiones como Cataluña y el País Vasco, no ha servido para otra cosa que para promover las ambiciones alicortas e insolidarias, cantonalistas, de las clases políticas locales, esa clase de necedades a las que acaba de incorporarse el inefable Cascos descubriendo a redopelo que Asturias le necesita. Es un tema muy complejo que no pretendo despachar con cuatro verdades elementales, y sobre el que, además, no tengo más que verdades negativas sin que sepa a ciencia cierta cuál debiera ser la solución, aunque sí crea que debe salir de un debate civilizado, hondo y sincero sobre las deformidades disfuncionales absurdas e insoportables a las que hemos dado lugar. Recomiendo que se lea, sobre el particular, el extraordinario artículo de Enric Juliana que cuenta algunos de los hechos decisivos que condicionaron el nacimiento de nuestro estado de las autonomías y que deberían ser tenidos en cuenta a la hora de tomarse en serio una reforma a fondo del mismo, algo que habrá que hacer, y hacer bien, sin duda alguna.

viernes, 21 de enero de 2011

Mentir a sabiendas

Un político autonómico del que se ha hablado con frecuencia estos días ha dicho de alguno de su oponentes políticos que "miente a sabiendas". Los políticos han llegado tan alto en esto de las artes de la mentira que casi estoy por suponer que quepa la mentira inconsciente, pero no llegaré a tanto. Ya me había sorprendido, más de una vez, comprobar que mis alumnos no acertaban a distinguir, y, menos aún, a explicarlo correctamente, entre decir una mentira y decir algo que no sea verdad. Es lo que tienen las simplificaciones, que, de vez en cuando, se quedan en mera chapuza.
El nivel de razonamiento verbal con el que se admite llegar a lo que fuere en política es cada vez más bajo, pero eso también nos refleja y nos califica a todos. Hace falta que cada uno sea algo más exigente con la calidad, limpieza y decencia en sus cosas, y de sus palabras, para que el país pueda entrar por una senda virtuosa en el lenguaje y en las acciones, para que nos den algo menos de vergüenza las exhibiciones de inteligencia, cultura y moralidad de nuestros políticos, de esos personajes tan vulgares que elegimos y nos representan.

jueves, 20 de enero de 2011

¿Otra vez la censura?

Este Gobierno no parece saber contentarse con los asuntos propios, en los que es notoriamente ineficiente, y no cesa en su empeño de ampliar los campos en que poder dejar huella de su torpeza, de su escaso respeto al pluralismo, a las libertades y de su afán de entrometerse en asuntos que le deberían ser completamente ajenos, tal como el de los medios de comunicación. Tomando como pobre excusa la mala calidad de un buen número de programas de televisión, producidos precisamente por muchos de sus amigos, por los beneficiarios directos de sus arbitrarios y mortíferos hachazos a los restos de la televisión pública a su alcance, se acoge ahora a la piadosa monserga de la calidad de los contenidos para tratar de justificar una iniciativa que sólo pretende ampliar su capacidad de censura, su poder de intimidación, su predisposición al sectarismo y a la arbitrariedad.
No es la primera vez que deseos de apariencia inobjetable y meliflua se emplean para legitimar lo injustificable, que se dicen medias verdades para ocultar auténticas tropelías, un procedimiento cuya retórica cree dominar esta Gobierno intervencionista, desnortado e ineficaz. La ley Fraga también proclamaba su deseo de promover el respeto a la verdad objetiva, pero lo que de verdad buscaba era manos libres para controlar los escasos periódicos que parecían medianamente díscolos. Con la creación del Consejo Estatal de Medios, se pretende, en el fondo, poder ir más allá, tener siempre a mano el recurso a la mordaza, poder atentar a la libertad de expresión mirando al tendido y mientras se pone cara de proteger la cultura, la infancia y un buen montón de palabras de apariencia igualmente respetable.
Esto, que es absolutamente obvio, para cualquiera que conozca mínimamente el funcionamiento de los medios en una sociedad libre, se nos propone, además, cuando ya hemos tenido ocasión de comprobar cómo funcionan esta clase de organismos sicarios en aquellas regiones, como Cataluña y Andalucía, que han tenido la desvergüenza de crearlos. En ambos casos, los Consejos de apariencia tan desinteresada han servido para proporcionar una torpe cobertura ética a los deseos de silenciar a sus críticos, para cerrar emisoras, para evitar que los ciudadanos vean, oigan o lean cosas que no resulten agradables a los delicados oídos de su gobernantes.
Resulta especialmente lamentable la pasividad con la que se está recibiendo esta infausta iniciativa por la Asociación de la Prensa, la sumisión que, una vez más, está mostrando el señor González Urbaneja, más preocupado, a lo que parece, por caer bien a los poderosos que por cumplir con su funciones y defender con gallardía el oficio de los periodistas y su libertad, sin la que quedan convertidos en meros voceros de los poderosos.
Este Gobierno no cesa de acosar a los medios libres, porque su afán de control es irrefrenable en todo aquello que no le incumbe, seguramente para compensar su escandalosa incompetencia en lo que le es exigible, además de para satisfacer ese gen totalitario que guía cada uno de sus actos. Dos ejemplos muy recientes lo atestiguan: la multa que el señor Sebastián ha impuesto a este grupo con una excusa realmente peregrina, y la declaración de la ministra Pajín, tan activa en la propagación de las necedades más variadas, reclamando que su departamento revise la información que publican los medios sobre Sanidad. Maestros en la prohibición, y a la busca de coartada, este Gobierno es una amenaza que no cesa para la libertad de todos.

miércoles, 19 de enero de 2011

Pegar al PP puede ser rentable

Para nuestra desgracia, nos cuesta mucho abandonar la costumbre de juzgar los hechos por sus relaciones con nuestros prejuicios ideológicos. Aquí es frecuente que la buena lógica, infectada de maniqueísmo, se confunda con la atribución de toda clase de males al adversario, y perezca ante la necesidad de dar las muestras convenientes de pertenencia al rebaño de los nuestros, que, por descontado, son incapaces de cualquier debilidad o malicia. No se trata de un mal exclusivamente español, como hemos podido ver a propósito de la matanza de Arizona, pero, a decir verdad, no abundan entre nosotros los que nos recuerden, como ha hecho magníficamente Obama en un discurso reciente, que ese camino no lleva a otra cosa que al desastre. Aunque me gustaría atenerme con el máximo rigor al patriótico y bienintencionado consejo del presidente americano, no puedo evitar que el análisis de cuanto se relaciona con la violencia en España me obligue a subrayar algunas cosas que tal vez no se perciban a primera vista, y que se traen a colación no para atizar ningún fuego sino, porque nos conviene muy mucho tratar de describir con la máxima frialdad a nuestro alcance el significado político de la violencia, precisamente para hacer un vacío absoluto en torno a ella y evitar que la confrontación política pueda alimentarla de manera soterrada pero precisa.
Una de las maledicencias que se insinúan con cierta frecuencia sobre la perversidad de la derecha es que el PP no tiene realmente ningún interés en acabar con ETA, puesto que el PP se las ha arreglado para obtener un capital político constante y sonante de la persistencia de las acciones criminales de esa banda. La forma en que se interpretó el supuesto interés del gobierno de Aznar en atribuir a ETA la matanza del 11M es un ejemplo paradigmático de la eficacia de esa idea porque, en efecto, son muchos los que creen que si se hubiese podido probar la autoría de ETA, el PP no habría perdido las elecciones. Sin embargo, aquellos fueron días de múltiples errores de unos y otros, y de una inaudita crispación que culminó en el cerco de la sede central del PP el día de reflexión, y es muy difícil sostener con rigor tesis precisas sobre cuanto ocurrió en la cabeza y el corazón de los electores que modificaron su voto, algo sobre lo que existe un acuerdo bastante general entre los especialistas, pero creo que el ejemplo ilustra la interpretación a la que me estoy refiriendo.
Quienes piensan así, están poniendo en juego dos estrategias discursivas que, en cierto modo, se contradicen. Por una parte tratan de devaluar los argumentos del PP contra cualquier forma de negociación con los pistoleros, lo que supone, al menos indirectamente, que ellos pueden apoyar un acuerdo de hecho, pero, al tiempo, se quejan de que no se les reconozca su intención de acabar con el terrorismo, cuando su actitud tiene más que ver con un acuerdo honorable, lo que tendrá los méritos que tenga, pero no supone políticamente una derrota de la banda, sino un lavado de cara.
Ahora bien, si miramos los mapas electorales, es muy fácil reconocer que en aquellas regiones en que hay una mayor tolerancia con la violencia, y en las que el PP es identificado con mayor frecuencia como la causa de todos los males sin mezcla de bien alguno, cosa que ocurre en el País Vasco de manera indiscutible, pero también en Cataluña de forma más soterrada, pero no menos radical y frecuente, el PP obtiene sus peores resultados electorales. Eso significa, lisa y llanamente que la violencia contra el PP es rentable, que de ella se obtienen pingües beneficios políticos. No se trata de hechos aislados, sino de condiciones que afectan de manera muy duradera a un partido que pretende ser nacional, pero ve muy seriamente limitadas sus posibilidades merced al miedo que sienten muchos ciudadanos a que se sepa que ellos comparten las visiones, objetivos e intereses del partido tan eficazmente combatido.
Este hecho puede permitir que se entienda que la violencia política contra el PP puede ayudar directamente a sus rivales, que se puede neutralizar una pujanza que se repute excesiva, como seguramente ocurre en Murcia, mediante el recurso a la banda de la porra. No estoy acusando a nadie; ni puedo ni quiero hacerlo; mientras la policía no detenga a los agresores del Consejero murciano no se podrá establecer con un mínimo de seriedad los móviles reales de esa acción que, afortunadamente, han condenado todas las fuerzas políticas. Pero más allá de las condenas necesarias y convenientes, hay que reconocer que es profundamente lamentable que la violencia pueda tener réditos políticos, entre otras cosas porque nunca se sabe cómo puedan acabar las cosas si se inicia la espiral. Algunos pueden creer que estamos ya más allá de cualquier riesgo de sucumbir a la tentación de la violencia, pero eso no será así hasta que la violencia no sea rentable para nadie, y eso no es algo que ya hayamos conseguido.
[Publicado en El Confidencial]

martes, 18 de enero de 2011

Steve Jobs


Una de las noticias más repetidamente oídas a lo largo de todo el día ha sido la de la baja médica de Steve Jobs, el auténtico icono de Apple, cuya salud no es tan buena como la de su compañía. Jobs es un luchador, pero la noticia ha dañado la reputación de Apple porque existe el temor de que la compañía pueda abandonar la senda virtuosa recorrida bajo su liderazgo. Es extremadamente notable que una compañía tan sofisticada y eficiente dependa de una manera tan decisiva de su líder. En realidad, quien depende de eso es, más bien, la imagen de la compañía, pero los mercados son histéricos y tienden a preferir, como se sabe, las mentiras del día a cualesquiera clase de supuestas verdades eternas.
Jobs no es, desde luego, un directivo cualquiera sino, en todo caso, un personaje que ha logrado imponer su estilo y tener enorme éxito, hasta el punto de que uno de los problemas de Apple es que hay que decidir lo que se hace con sus enormes beneficios, y los mercados no se fían de que alguien distinto a Jobs vaya mantener el mismo nivel de excelencia en el acierto. Tal vez se equivoquen y acabe sucediendo que después de Jobs venga alguien que lo deje convertido en un ejecutivo de transición, pero no parece probable.
Detrás de los mercados hay mucha racionalidad, pero también bastante creatividad, incluso surrealismo y disparate, y saber llevar de la mano a estos dos corceles, el uno lento y con tendencia a la monotonía, el otro raudo e imprevisible, no está al alcance de cualquiera. Me parece que es esta clase de habilidades, que tantas veces dependerán de la fortuna, las que definen a un buen empresario, a un tipo capaz de romper moldes. Comparados con él, los demás son obreros, especialistas, gente que sabe, pero que no sirve para dar tono y vivir a lo grande en medio de rumores, pasiones y mitos. Y cuando se vive de esa manera, como sucede con las Bolsas, cualquier mínimo suceso puede llegar a dejar en mantillas al llamado efecto mariposa, una cosa que han inventado los físicos para sentar plaza de imaginativos, pero que, comparados con el torbellino financiero, resultan ser aburridamente previsibles.

lunes, 17 de enero de 2011

Túnez, una esperanza cercana

Los acontecimientos de Túnez son, sin duda alguna, especialmente importantes y significativos, y, a lo que se ve, van en una dirección excelente. Transcribo a continuación, con mínimas alteraciones y con la autorización de su autor, lo que me cuenta Karim Gherab, compañero y coautor de dos de mis libros y de algunos otros trabajos, que conoce bien de cerca el caso, porque creo merece la pena:
Lo que ocurre en Túnez es un levantamiento popular espontáneo que ha logrado derrocar al ya ex-presidente, Ben Ali. Los islamistas no están, para nada, detrás de esta revuelta, conocida ya como "la revolución de los jazmines". Los lemas de la revuelta, es decir, lo que exigía la gente era: LIBERTAD, TRABAJO y DIGNIDAD.
Todo empezó el 17 de diciembre, cuando la policía humilló a un vendedor ambulante de frutas y verduras, Mohamed Bouazizi, en el pueblo sureño de Sidi Bouzid, al volcarle el carro y destruirle la mercancía por no tener la licencia de venta. Este chico, licenciado en Informática de 26 años, formaba parte del más del 50% de estudiantes universitarios en paro. Desesperado por la destrucción policial de su fuente de ingresos familiares, se inmoló frente al ayuntamiento de su pueblo. Este acontecimiento provocó el comienzo de manifestaciones en las ciudades del sur, que fueron rápidamente aplastadas sin contemplaciones por las fuerzas policiales de Ben Alí, alcanzando por entonces la suma de 60 muertos civiles. Sin embargo, las nuevas tecnologías jugaron un papel estelar en el desenlace de las revueltas: los jóvenes que salían a enfrentarse a la policía en el sur de Túnez grababan con sus móviles, no sólo los enfrentamientos, sino también las atrocidades de las fuerzas policiales, y los videos empezaron a circular vertiginosamente por Facebook, lo que hizo que los habitantes de la propia capital de Túnez se enfurecieran y salieran también a manifestarse. Cuanta más represión policial, más videos circulaban, y más de sublevaban los ciudadanos.
El viernes 14 de enero, gracias a una convocatoria lanzada por Facebook, decenas de miles de personas salieron a la calle principal de Túnez a manifestarse pacíficamente reclamando sus derechos, reclamando libertad de expresión, más empleo, menos corrupción, acceso a todas las web de Internet (Youtube, Wikileaks, y otras web estaban capadas en Túnez) y, sobre todo, la dimisión del presidente. A la manifestación acudieron abogados, empresarios, trabajadores, artistas, arquitectos, parados, ricos, pobres, amas de casa, es decir, gente proveniente de todos los estratos sociales, y todos cantaban el himno nacional mientras caminaban por la Avenida Habib Bourguiba (la "Gran Vía" tunecina). En un primer momento, Ben Ali, incapaz de hacer frente al levantamiento popular únicamente con la policía, decretó el Estado de Excepción y pidió al ejército que abriera fuego contra los rebeldes en todo el país, algo a lo que, al parecer, el general del ejercito de tierra se negó. Es más, corren rumores de que el ejército se interpuso entre la policía y los manifestantes en algunos pueblos del sur y en la capital (hay videos en Youtube que muestran a miembros del ejército abrazados con la gente, e incluso cómo hay anti-disturbios que se quitan los cascos y lloran). El ejército es una institución muy respetada en Túnez y que, tradicionalmente, no se inmiscuye en cuestiones políticas. A la desesperada, Ben Ali prometió por TV crear 300.000 empleos, abrir YouTube y otras web, bajar el precio de los alimentos de primera necesidad, no presentarse a la reelección y "acometer cambios políticos y sociales profundos". Como la gente seguía pidiendo su dimisión, destituyó primero a su ministro del interior, y posteriormente, destituyó a todo su gobierno, prometiendo elecciones libres en el plazo de 2 meses. Nada de esto le funcionó. La gente sólo quería su cabeza y, sobre todo, la de su mujer (la persona más odiada por la ciudadanía tunecina).
Uno de los motivos clave del levantamiento popular ha sido el odio infinito que tenía el pueblo a su mujer, Leila Trabelsi, y a toda la familia de ésta, llamado "el clan Trabelsi" o también "La Familia", un clan familiar que ha tenido un comportamiento "cuasi-mafioso" (palabras literales del embajador estadounidense en los cables publicados por Wikileaks) desde hace 10 años. Nadie podía crear un empresa sin pagar a correspondiente mordida al clan; ningún negocio con éxito se salvaba de la obligación de vender un 25 % de las acciones a "La Familia". En resumen, Ben Alí, su mujer y todo el clan Trabelsi se granjearon el odio, no sólo de las clases más pobres (por la falta de perspectivas laborales), sino también de las élites, los burgueses y las clases medias, gentes con carrera universitaria y frustradas por tener que dar parte de sus ingresos a estos parásitos. El acto de Mohamed Bouazizi al inmolarse fue el comienzo de un "BASTA YA!" generalizado y totalmente espontáneo que no tiene detrás a los islamistas, por mucho que éstos quieran ahora sacar provecho de lo sucedido y ponerse medallas. Es importante señalar que los cables de Wikileaks han jugado también un papel importante, ya que confirmaban, de fuentes diplomáticas americanas, lo que todo el mundo ya sabía. Los cables cuentan anécdotas lamentables, por ejemplo, la impotencia del embajador USA porque el gobierno tunecino rechazaba un incremento de becas Fullbright, o un incremento de inversiones de empresas americanas (así MacDonalds no quiso invertir en Tunez porque "La Familia" quería tener la franquicia en exclusiva), o un incremento de ayuda al desarrollo y a la concesión de becas universitarias. También contaba el embajador que un banquero le decía que había empresarios que le llamaban para pedirle consejo, porque habían recibido una llamada del clan Trabelsi, pidiéndoles dinero. O cómo la mujer del presidente creó una universidad de élites para competir con la escuela de estudios superiores patrocinada por el gobierno USA, y para hundir a ésta, se inventaba impuestos y presionaba a los padres de los estudiantes para que abandonaran la escuela norteamericana. El clan Trabelsi tenía entre manos, con malas artes, la mitad de los negocios de Túnez (bancos, concesionarios de todas las marcas de coches, representación de Boeing y Airbus, hoteles, medios de comunicación, restaurantes, etc). Y tanto su mujer como su yerno (de 29 años) estaban intentando preparar el terreno para suceder a Ben Ali (73 años y 23 en el poder) en el poder.
Desenlace: Ben Alí ha escapado con su familia a Arabia Saudi después de ser rechazado por Francia e Italia. Mientras tanto, el país vive en toque de queda, de 17h a 7h. En un primer momento, el primer ministro tomó el poder de forma temporal, pero los jueces del tribunal superior reclamaron, siguiendo lo que pone en la Constitución, que fuera el presidente del parlamento quien tomara las riendas del país. Este ha hecho un llamamiento a todas los opositores políticos en el exilio para crear un gobierno temporal de unidad nacional.
La inseguridad por la noche es grande, reina el caos, hay saqueos por la noche, por lo que los vecinos se han organizado y han creado patrullas nocturnas de vigilancia para defender sus bienes. en un principio se pensaba que los saqueos de encapuchados eran obra de gente de a pie, pero hoy mismo (confirmando los rumores que ya se leían en Facebook) se ha descubierto que los saqueos son obra de policías y milicias fieles al ex-presidente. De hecho, parece ser que los tiros que se oyen por la noche son los enfrentamientos del ejército contra la milicias de Ben Ali. Hoy mismo el ejército ha detenido al ex-jefe de seguridad de Ben Ali cuando intentaba huir a Libia y parece que la policía y el ejército están logrando, poco a poco, mejorar la seguridad en las calles. El horario del toque de queda se ha reducido un poco.
Es la primera vez en la historia que se produce una revolución democrática en un país árabe, una revolución espontánea sin islamistas ni militares detrás. No ha sido un golpe de estado, sino una revolución popular (de origen juvenil y estudiantil). Creo que posibilidades reales de que Túnez se convierta en la primera (verdadera) democracia árabe de la historia y que puede abrir el camino de revueltas similares en otros países del Magreb y oriente (Egipto, Argelia, Marruecos, Libia, Jordania...). Por supuesto que existe el riesgo de que los islamistas lleguen al poder, aunque creo que en el caso de Túnez es muy difícil que esto ocurra. El espíritu laico está muy arraigado en Túnez, hay mucha clase media, ha habido mucho contacto con los turistas en los últimos años y la admiración por Occidente es muy grande. Además, la tasa de universitarios es la más alta del Magreb y los derechos de la mujer (gracias a Habib Bourguiba, el admirado presidente anterior a Ben Ali) son, de lejos, los más avanzados del mundo árabe (en los videos, se puede ver a las mujeres participando junto a los hombres en las revueltas, sin burkas ni nada parecido).
Si surge el islamismo será, en parte, culpa de Francia, Italia y España, que han defendido a Ben Ali hasta el último momento. Ha sido vergonzoso. Los acontecimientos ocurridos han mostrado la verdadera naturaleza de las dictaduras del Magreb: regímenes policiales alentados por estos 3 países (al contrario que Alemania, USA, Canadá y Reino Unido) son una copia de la política llevada a cabo por Henry Kissinger en América del sur en los años 70. Reclamar libertad, democracia y respeto a los derechos humanos en la escena pública, y financiar al dictador en la trastienda con la excusa de frenar el auge islamista. Te puedo decir, con conocimiento de causa, que el auge islamista es una consecuencia de los métodos de dictadores como Ben Ali. Es más, al propio Ben Ali le interesaba que, de cuando en cuando, hubiera revueltas islamistas, que él, como "buen amigo" de Occidente, se encargaba de aplastar.
En fin, que los tunecinos no solo han tenido que luchar contra Ben Ali, sino también contra los gobiernos franceses, italianos y español. Por desgracia, el hecho de que Francia haya intentado hasta el último momento mantener a Ben Ali en el poder va crear resentimientos por parte de los tunecinos y franco-tunecinos. Para reparar los daños, Sarkozy dice ahora que va a congelar las cuentas bancarias sospechosas de Ben Ali en Francia y que va a expulsar a las 2 hijas de Ben Ali de Francia (ambas había huido a Paris unos pocos días antes del derrocamiento como medida de precaución). La ministra francesa de asuntos exteriores, Michèle Alliot-Marie, ofrecía el 11 de enero a Ben Ali el "savoir faire" de los antidisturbios franceses "para frenar los problemas de seguridad" de Tunez. ¡Toma ya!
Menos mal que no enviaron los anti-disturbios franceses, porque, tanto era el hambre popular por cargarse a Ben Ali y a su mujer (lo digo con mucho conocimiento de causa), que los tunecinos se los habrían comido igual. Tendrían que haber enviado el portaaviones Charles De Gaulle para hundir las ansias de libertad tunecinas...
Por cierto, otra anécdota que cuenta el embajador en los cables de Wikileaks son las "mordidas" del Banco Santander a la familia del dictador con el fin de hacer buenos negocios en Túnez.

domingo, 16 de enero de 2011

¡Que vuelva Van Gol!

El Real Madrid de Florentino es tan bueno gestionando que ahora quiere que vuelva Van Nistelroy, al que dejaron marchar con enorme alegría. Si además tuviésemos a Seneijder, y se hubiesen esforzado por domar un poco a Etoo, es posible que el Barcelona no pudiese mirarnos desde tan arriba. Es cierto que Van nistelroy se fue porque no veía oportunidades de jugar, pero la verdadera razón de su marcha es el fichaje del paquete Benzema, una hazaña personal del boss, por la que vamos a estar bastante tiempo en el purgatorio de los mediocres. Van Nistelroy mete goles hasta con el culo, y tiene más peligro el solo que diez o doce Benzemas con buen ánimo. ¡Pero así se escribe la historia! Está claro que muchos socios del Real Madrid se dejan engañar con cuentos de hadas, pero el 2-6 y el 5-0 duelen de verdad... y ahora a recuperar a Van Nistelroy. ¡Todo un éxito de gestión de plantillas!

sábado, 15 de enero de 2011

Diez años son una enormidad

En la época del tango se podía decir aquello de Gardel sobre que “veinte años no es nada”, pero ahora, cuando se cumplen los diez años de Wikipedia, ya podemos ir olvidándonos de esa vieja sapiencia. Diez años son un período enorme en el desarrollo tecnológico, que es uno de los factores dominantes en el estado presente de nuestro mundo. Acabo de leer un excelente, y breve, libro sobre La presunta autoridad de los diccionarios de Javier López Facal, que es una autoridad en la materia, y una de las cosas que me han sorprendido muy gratamente es que remita a sendos artículos de la Wikipedia para ampliar algunas de las cuestiones de que se ocupa en su texto. La Wikipedia es uno de los mayores logros de Internet, en mi modesta opinión, y cuanto hagamos por mejorar la versión española, que no siempre está a la altura deseable, será poco.
En estos días se han conocido dos novedades realmente impactantes, en ambos casos de Google, que va camino de ser la empresa más revolucionaria de la historia, dicho sea sin intención de exagerar. Una de ellas es que ya está disponible la traducción directa de voz entre el inglés y el español y que se puede bajar de la tienda de Android para cuantos usen ese sistema en sus móviles. La cosa me ha alegrado la vida casi tanto como la Wikipedia porque creo que se trata de una aplicación sencillamente portentosa y que será enormemente útil, aunque, como todo, pueda tener sus riesgos, especialmente para los torpes en varias lenguas y para los que, como los españoles, usamos un repertorio fonético y vocálico bastante restringido.
La segunda noticia que quiero comentar es que está disponible en Google labs el Book Ngram Wiewer, una aplicación que permite explorar los millones de libro que Google ha indexado, y que nos habilita para comprobar bastantes cosas acerca del uso de palabras y nombres en una lengua y un momento determinado. Ya hay alguna literatura científica sobre el tema, pero esto no ha hecho nada más que comenzar. Karim Gherab y yo ya hablamos de algo así en nuestro libro sobre bibliotecas digitales, pero lo importante no es imaginarlo sino hacerlo. Agradezco a Juan Manuel Rodríguez Parrondo, a Manuel González Villa y al propio Karim las primeras noticias sobre esto en el Buzz de Google, porque gracias a ellos ya he pasado unos ratos agradables comprobando cosas curiosas.
En fin que diez años son mucho más de lo que eran y la cosa se sigue acelerando. ¡Lástima de fecha de nacimiento!
[Publicado en Cultura digital]

viernes, 14 de enero de 2011

La rareza de los héroes

Ayer vi algunos fragmentos de Una trompeta lejana, la película de Raoul Walsh protagonizada por Troy Donahue y la bellísima Suzanne Pleshette. No recordaba que el tema de la película fuese, una vez más, el heroísmo del rebelde, la fidelidad a la propia conciencia y la capacidad de decir no al mero poder. Es llamativo el número de veces que esta historia, u otra semejante, se ofrece en la películas americanas, frecuentemente con militares como protagonistas. Ford o Eastwood, por citar los casos más obvios, han hecho unas cuantas, aunque los rebeldes de Eastwood sean más civiles que militares. En cambio, estaría dispuesto a apostar que apenas se ha tocado ese arquetipo en toda la historia del cine español, aunque es posible que haya alguna excepción que ahora no me viene a la cabeza. Ya puestos, me parece que pasa lo mismo con nuestra literatura, que no se nos han ocurrido ni héroes ni personajes ejemplares, tal vez con la excepción de Pérez Galdós y, algo menos y de otra manera, de Baroja. Es notable también que un arquetipo con ribetes heroicos como Don Quijote sea cruelmente vapuleado por Cervantes, aunque la cosa pueda leerse de varias maneras.
Uno de los héroes más atractivos de la novela española es, sin duda, Gabriel de Araceli: pues bien, cuando Garci hizo la película del 2 de mayo, con abundante dinero de la Comunidad, cometió la tropelía de convertir al bueno de Gabrielillo en una especie de pillo, en una mezcla de progre y picha brava. Supongo que a don Benito se le habrá indignado desde la eternidad y yo pasé por un momento de ira que creí que iba a ser incurable, pero todo se pasa. Con tradiciones como estas ¿quién se atreve a pedir, por ejemplo, políticos admirables, honestos, patriotas, sacrificados, ejemplares, en último término?
Nuestra cultura es de pillos y de rameras, de listos y charlatanes, y así nos va.

jueves, 13 de enero de 2011

El desprecio a los políticos

Se trata de un lugar común: por todas partes se oye despotricar contra la clase política, y se le atribuye, toda especie de males, presentes y futuros. Creo que se trata de un error de perspectiva, y de una salida en falso. No diré yo que tengamos una clase política admirable: tenemos lo que nos merecemos, lo que hemos escogido, lo que cada vez que hay elecciones volvemos a elegir. Nos negamos a ver que los defectos de ese tipo de personas son, precisamente, los nuestros, y que no habrá ninguna posibilidad de conseguir una España mejor esperando simplemente que mejore la calidad moral, técnica y personal de quienes nos representan con tanta pericia y fidelidad a nuestros peores hábitos. Somos los ciudadanos quienes tenemos que mejorar, que ser más exigentes, más críticos, más valientes, más inteligentes. Eso está en nuestras manos y, cuando lo persigamos, y, en alguna medida, lo logremos, se notará automáticamente una mejora de la calidad de quienes nos representen.
No tenemos derecho, en realidad, a reprocharles que hagan exactamente lo que nosotros hacemos: mentir, exagerar, disimular, hurtar el bulto, aprovecharnos de las circunstancias sin la menor exigencia moral, etc. Insisto, no defiendo a los políticos, lo que propugno es que nos demos cuenta de que eso que vemos en ellos es un espejo de quienes somos, y que actuemos en consecuencia.

miércoles, 12 de enero de 2011

El retrato que ETA se hace de nosotros

Hay una indudable asimetría entre el conocimiento que la sociedad española tiene de ETA y el que la banda tiene sobre nosotros: su último comunicado lo demuestra con claridad, aunque también hace ver que nos tiene realmente en poco. Que ETA pretenda conseguir lo que siempre ha proclamado e imponiendo condiciones al resto del mundo, sin matar, pero sin soltar las armas ni quitarse la capucha, es muestra evidente de que va a tratar de seguir jugando con nosotros, persuadida de que, hasta ahora, no le ha ido del todo mal. Para hacer realidad sus propósitos, independencia, reunificación y socialismo, es decir, gobierno para ETA, la organización terrorista puede aparentar que deja de ejercer el terror, pero no puede renunciar al miedo, a ser un poder oculto, más allá y por encima de cualquier democracia formal. Que pretenda que las instituciones democráticas se plieguen a sus exigencias es una quimera, un desvarío que ha sido alimentado, sin embargo, por la política vacilante del gobierno y por la falta de claridad del PNV y, en alguna medida, también de otras fuerzas políticas. Habla ETA de un conflicto secular, reivindicando de algún modo la carlistada, y de que cese la represión de Francia y de España. Sin embargo, la única represión efectiva y arbitraria que ha sufrido la sociedad vasca, y también el conjunto de los españoles, ha sido precisamente la de la violencia etarra, tan injusta, absurda y desproporcionada con cualquier adarme de razón, que apenas puede imaginarse mayor disparate lógico que el que han proferido esos encapuchados de opereta al perpetrar su comunicado. No se trata de creer o no a ETA, sino de decir bien claro que el papel que ETA pretende atribuirse es inconcebible en una democracia, y que España, y el País Vasco como una de sus partes, es una democracia, todo lo imperfecta que se quiera, pero una democracia al fin y al cabo. ETA puede jugar cuanto quiera, y cuanto se le deje, con las palabras y con la propaganda, y es verdad que mientras se entretiene en eso no le quedan energías para los coches bombas, pero esa clase de juegos no son los que se requieren para normalizar definitivamente la convivencia y la democracia en Euskadi.
Tanto si ETA no renuncia a defender su proyecto quimérico, que es lo que ahora nos dice, como si lo hiciere, nosotros no podríamos renunciar a nuestra democracia, a sus principios y a su funcionamiento, y no podemos hacerlo porque no hay mediación posible entre la libertad y el miedo, entre la representación y la usurpación, entre la democracia y la tiranía de unos pocos. No podemos dejarnos engañar por nuestros deseos vehementes de forzar buenas noticias, por encontrar alguna luz en un asunto tan largo, absurdo y trágico como lo está siendo el de ETA. Que los asesinos se quieran convertir en jueces y policías no facilita ninguna clase de optimismo. ETA tiene que inventar algo porque sus acciones han llegado a ser completamente ininteligibles incluso para los suyos, pero esa necesidad es una forma preliminar de claudicación, una actitud que no será completamente real hasta que se quiten las capuchas, entreguen las armas y se dirijan al juzgado más cercano para saldar sus deudas pendientes con la justicia, con la nación a la que han pretendido sojuzgar y chulear. Cuando hagan eso, que lo harán, será el momento de pensar en ser generosos con ellos, en tratar de cerrar de manera piadosa un episodio largo y sangriento que nadie ha querido convertir, por fortuna, en una nueva guerra civil. Pero nada puede hacerse hasta que no cumplan esas condiciones elementales que nada tiene que ver con lo que han hecho ahora, con ese sainete a mitad de camino entre el Ku Kus Klan y la mesa del trile. No creo que ETA trate de engañarnos, porque piensa que le tenemos tanto miedo que acabaremos cediendo de una u otra forma, pero lo que piensa ETA es enteramente engañoso, es un imposible que nadie podrá convertir en un proyecto razonable porque en esta clase de batallas no existen los empates, o se pierde o se gana, no hay otra. ETA amaga a ver si alguien pica; afortunadamente, Rubalcaba ha salido al paso de cualquier interpretación oportunista recordando que el comunicado de ETA no supone lo que algunos imaginaban que iba a significar. ETA podrá intentar lo que quisiere, pero las realidades son tozudas: no ha ganado la guerra, ha cansado a los suyos, y las fuerzas políticas parecen haber aprendido la lección. ETA no puede confundir la legitimidad que da el ejercicio de la democracia con las expectativas que pueda suscitar la retórica de su muy anunciada renuncia. La democracia española no necesita de garantes, las instituciones deben bastar y saben hacerlo. Los del capirote pueden hacer como que el juego no va con ellos, pero no conseguirán cambiar las reglas del sistema. Lo de ETA no tendrá arreglo hasta que ETA no renuncie a jugar con cartas marcadas, eso que todavía no ha hecho.
[Publicado en El Confidencial]

martes, 11 de enero de 2011

El balón de oro

Me cuento entre los que se han sentido decepcionados porque ni Iniesta ni Xavi hayan logrado el balón de oro que ha ido a parar, por segundo año consecutivo, a Messi. Sin embargo, vistas las explicaciones que se han dado del sistema de votos, encuentro lógica la decisión. Si realmente se tratase de hacer justicia a una temporada, y en función de los títulos, los dos jugadores españoles han tenido los mismos éxitos que Messi y, además, han ganado con enorme brillantez la Copa del Mundo, el máximo trofeo futbolístico.
Messi es uno de los mejores jugadores de todos los tiempos, si no el mejor y es posible que sea más determinante que Iniesta o Xavi en el juego del Barça, pero no creo que haya sido eso lo que se ha premiado. El hecho es que Messi se ha convertido en un icono global del fútbol, un espectáculo en el que la imaginación es decisiva, tanto en el juego como en las repercusiones públicas, y el imaginario popular ha encumbrado a Messi, no sin razones.
De cualquier manera, la superioridad futbolística, al menos en este año, de Iniesta y/o de Xavi ha estado en que han hecho funcionar dos equipos muy distintos, el Barça y la selección española. Messi no ha sido capaz de hacer eso con la selección argentina y si yo hubiese votado mi dictamen habría tenido muy en cuenta esta razón, pero votan los que lo hacen y la marca Messi es ya inundatoria. Típico, al fin y al cabo, de lo que es el fútbol, algo en que las pasiones cuentan más que la geometría, que también juega, pero menos.

lunes, 10 de enero de 2011

Oliart, el Inquisidor

Es bien sabido que una buena parte de los conversos experimentan una fuerte tendencia a extremar el rigor de sus nuevas convicciones, tal vez para hacerse perdonar su pasado; se trata de una patología, no cabe duda, que debería mover a la piedad, aunque produce sonrojo el ahínco que ponen algunos en defender lo que nunca creyeron. Nos parece que este es el caso que afecta al presidente de la corporación Radio Televisión Española, Alberto Oliart, un político conservador en su ya lejana juventud, y al que no se le recuerda ninguna clase de veleidades animalistas ni antitaurinas. Ahora, sin embargo, llevado por el celo con el que procura no ser señalado por quienes tal vez no le consideren enteramente suyo, ha decidido colocarse a la vanguardia de una de esas ortodoxias memas que definen a los progres de opereta que nos gobiernan. Oliart acaba de decidir que en el Manual de Estilo de RTVE las corridas de toros deberán ser consideradas como un caso claro de “violencia con animales”, lo que le lleva a vetar la exhibición futura de corridas de toros en la televisión que, al menos en teoría, pertenece a todos los españoles.

Oliart comete, sin duda alguna, un exceso de celo, una prevaricación competencial, se deja arrebatar por una sumisión ridícula y excesiva a las nuevas ortodoxias y pretende colocarse en la primera línea de pancarta de la nueva moral. Al actuar así, está atribuyéndose unas funciones que nadie le ha otorgado y está usurpando funciones que, sin duda alguna, no le corresponden. Las corridas de toros son un espectáculo rotundamente español y que cuenta con el respaldo de una amplísima mayoría de ciudadanos, de derecha, de centro y de izquierda. TVE ha exhibido desde su fundación un buen número de corridas que han sido contempladas con gozo por millones de españoles de todas las edades y condiciones. Al suprimir de un plumazo lo que ya se puede considerar una tradición, Oliart muestra el escaso respeto que le merece la cultura española, las instituciones de la democracia y el sistema de derecho vigente. Si se hubiese dado el caso de que hubiere que plantear una nueva actividad política frente a la legítimamente conocida como Fiesta nacional, habría debido ser el Parlamento, como efectivamente sucedió en Cataluña, quien se pronunciase al respecto, de manera que lo que no es tolerable es que un mero director general se atribuya competencias que están enteramente reservadas al legislativo, a quienes sí pueden decidir en nombre de todos. Seguramente entienda Oliart que al actuar como lo ha hecho está haciendo un señalado favor a sus nuevos señores, evitándoles el mal trago que tener que defender ante los electores una medida que, indudablemente, no goza del aprecio popular de una enorme mayoría de españoles. De hecho, el PSOE, que seguramente se regocijará secretamente de la cacicada de su lacayo, no se priva de señalar su reconocimiento a los toros como una parte importante de nuestro españolísimo patrimonio cultural.

Hay personajes que no saben qué hacer para encontrarse con un rengloncito en los registros históricos; sin embargo, Oliart no debería preocuparse por semejantes minucias, porque ya ha tenido su minuto histórico de gloria, o de ridículo, cuando siendo ministro de Defensa, se dejó colocar por los militares en una sillita enteramente inadecuada a su rango. Ahora parece que quiere sacar pecho en esta nueva cruzada en que se mezclan toda clase de bobas ortodoxias. Pues bien, ni es su competencia, ni le vamos a reconocer otra cosa que un oportunismo desorejado.


domingo, 9 de enero de 2011

La chapuza nacional

No es necesario ser un historiador de los medios de comunicación, si es que hay algo como eso, para reconocer que la multiplicación de las televisiones que emiten en España no ha supuesto una mejora de su nivel medio de calidad. Creo que también sobre la telebasura se pueden decir muchas tonterías, de manera que evitaré el riesgo, y me concentraré únicamente en lo que se puede entender como el nivel técnico de los programas. La TDT nos está permitiendo contemplar emisiones de una calidad muy baja y programas hechos en la mesa camilla del productor, con un ingenio imaginable. El nivel de nuestros periodistas y de nuestros productores no es una de esas cosas que están contribuyendo a hacer un país admirable. De todos modos, lo que mueve mi indignación de manera más inmediata es algo que realmente me asombra, a saber, que ni por casualidad coincidan los letreros informativos de la programación que proporciona el sistema con lo que efectivamente se puede ver en el momento. Supongo que conseguir algo de apariencia tan simple implicará una dificultad supina, pues de otro modo no hay quien entienda la coincidencia de todos los canales en este desbarajuste tan general y preciso.

sábado, 8 de enero de 2011

El terrorismo disfrazado de acción cívica

La derrota política de ETA en todos los terrenos, no ha resultado equivalente, por desgracia, a una completa desaparición de los sectores sociales del País Vasco que han venido dando amparo y cobertura a los crímenes etarras, a los fines que éstos han proclamado, y, aunque con menor intensidad, a los medios criminales de que se han servido. Grandes sectores de la sociedad vasca han sido pasmosamente insensibles, al dolor de las víctimas, a la injusticia de las acciones, al terror de los procedimientos que ha empleado ETA.
Cuando la violencia parece acercarse a su final se debería procurar que esos sectores no se crezcan en sus demandas, como sin duda lo habrían hecho, de haber obtenido alguna clase de victoria. Su actuación trata, precisamente, de simular el éxito que no han logrado, pero si las fuerzas democráticas se dejan engañar, sería posible que acabasen consiguiendo alguna de las cosas que pretendieron arrancar violentamente. El Estado está obligado, en este punto, a ser ejemplar, a demostrar que la violencia no puede obtener premio alguno, a sostener con toda firmeza que las condenas emitidas por tribunales independientes y con plenitud de garantías procesales se deben cumplir, y a no consentir que sectores próximos a los aparatos políticos de ETA hagan pasar como actividad política ordinaria lo que no sería sino una nueva forma de delinquir, el enaltecimiento del terrorismo.
Para el próximo sábado está convocada, como ya sucedió el año pasado, una manifestación de apoyo a los presos de ETA, una manifestación que, en pura lógica política, debería ser declarada ilegal por los tribunales, como lo fue hace un año, aunque diversas fuerzas cercanas a los terroristas consiguieran finalmente que se celebrase haciendo uso de variopintas argucias. Una serie de asociaciones cívicas como Voces contra el Terrorismo, la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT), y Dignidad y Justicia se han dirigido ya al juez de guardia para obtener la suspensión legal de la marcha prevista.
La habilidad de los sectores cercanos a ETA para encontrar resquicios que les permitan burlarse de la democracia tiene, con todo, un aspecto positivo, a saber, que hace patente cómo la democracia cuida las formas, pero tiene también consecuencias muy dolorosas, como lo son, sin duda, que los partidarios de los asesinos puedan pisotear al aire libre el dolor y el recuerdo de las víctimas que los terroristas han sacrificado de la manera más insensible y cruel. Hay que poner fin a esta clase de martingalas que pueden llegar a crear algo más grave que la confusión y el escarnio, a abrir una puerta falsa pero efectiva a los objetivos políticos de los terroristas. No se trata ya de que haya una sanción social contra quienes muestran tan escasa capacidad de distinguir entre víctimas y verdugos, sino de que existan instrumentos legales que permitan evitar estas parodias, que traten de impedir que los secuaces de los etarras manipulen a la opinión y progresen en su propaganda implicando a figuras que deberían saber mantenerse al margen, como esos jugadores de la Real Sociedad que se han unido a los convocantes. Los totalitarios nunca han tenido respeto ninguno ni por la libertad ni por la autonomía y la independencia de las instituciones, y no van a cambiar ahora. Pero, puesto que les conocemos bien, tendríamos que imaginar formas de evitar que sigan celebrando en la calle actos que solo merecen la repulsa y el dolor de todas las personas de bien.

viernes, 7 de enero de 2011

Los amigos del ferrocarril somos gente rara

He leído en varios medios de la web que los mandamases del gobierno vasco han puesto de patitas en la calle a Juanjo Olaizola que era no solo el director sino el auténtico creador y alma mater, como se suele decir, del Museo Vasco del Ferrocarril. Yo, que no conozco personalmente a Olaizola, he puesto un emilio de protesta porque estoy convencido de que las protestas de mis hermanos, los aficionados al ferrocarril, son de buena ley, de modo que me habría unido, sin duda alguna, a la quedada que se organizó el miércoles en favor de su restitución en el cargo. Cuando aparece uno de esos raros ejemplares de enamorados del ferrocarril, y tiene la oportunidad de hacer algo por nuestro pasado ferroviario, enseguida surgen algunos listos que lo quieren quitar de en medio, porque, en España, desgraciadamente, los responsables de los ferrocarriles suelen sentir diversas especies de odio hacia los aficionados, seguramente porque éstos les hacen ver las tropelías ferroviarias e históricas que se cometen cada día con el dinero de todos. Es un drama que los gobiernos, y los partidos, se sientan señores de horca y cuchillo en todo lo que de alguna manera dependa de ellos. Olaizola es, sin duda alguna, el mejor en ese puesto, y quitarle de en medio es una cacicada que posiblemente surja de alguna desavenencia política, de algún amiguismo, o de la mera envidia. Tendríamos que acostumbrarnos a escoger a los mejores, como Olaizola, y abandonar la horrorosa y antiquísima costumbre de promocionar a los amigos, a los correligionarios. Así nos va. No lo sé, pero es posible que Olaizola no esté en la mejor sintonía posible con el nuevo gobierno vasco, aunque eso no debería de importar nada en un puesto como el del MVF; lo que importa es que Olaizola está en la mejor sintonía posible con sus obligaciones, con el ferrocarril y con su historia, pero es muy probable que todo eso les importe un cuerno a los satrapillas que quieren caciquear en el Museo.

jueves, 6 de enero de 2011

El espejo de la música

Reproduzco, con permiso del autor, un estupendo análisis de Señor Lobo en bandalismo.net, RIP por Vale Music, del que creo que se pueden sacar provechosas lecciones en relación con el confuso y escasamente desinteresado debate, por llamarlo de algún modo, sobre los derechos de autor, la piratería y la malhadada ley Sinde .

La discográfica Vale Music cesará en su actividad en las próximas semanas. Para algunos será una mala noticia, para otros, entre los que nos contamos, simplemente algo inevitable, dictado por el panorama actual de cosas, que premia modelos de negocio innovadores y castiga a los anclados en el pleistoceno. Muchos ya decíamos hace un año que el respaldo de las discográficas a productos prefabricados y de nula originalidad, como venían siendo los triunfitos, estaba próximo a su fin. Pero la realidad nos ha sorprendido; las cosas están pasando incluso más rápido de lo que se preveía. Comparemos esta navidad con las anteriores. Nadie ha prestado atención a ese infausto programa de la 1, "El Disco del Año", y hasta José Mota ha decidido parodiar en su especial fin de año a los Conciertos de Radio 3 y el Primavera Sound. Algo que es mencionado en el especial de fin de año, ya no es tan minoritario.Lo minoritario ahora parecen ser las ventas de Vale Music. Qué ironía, en un sello que había apostado por la comercialidad más descarada, por el politono y el éxito rápido, de cadena industrial. Tan mal estaba la cosa, que no se han esperado a conocer los datos de ventas del periodo navideño, tradicional temporada fuerte de estos sellos, para echar el cierre.Que conste que no nos alegramos por las personas que se quedarán en el paro ante el cese de actividad de esta empresa, cien trabajadores según el "portavoz" David Bisbal, que lo ha anunciado vía Twitter, muy moderno, el tío. Pero por favor, no echemos la culpa al empedrado (la piratería).“No os engañeis, que la historia de Vale Music termine aquí es por la piratería descontrolada que tenemos en internet”. Probablemente una de las mayores incoherencias que han salido de los labios del ínclito Bisbal. ¿Pero quién le ha dicho a usted que en internet la gente piratea de forma descontrolada el catálogo de Vale Music? Si alguien se ha bajado alguna vez un disco entero de Oceana o Salmah, por favor que nos lo haga saber de forma anónima en los comentarios.
Y si no sabéis quienes son Oceana o Salmah, os cuento que la gran esperanza blanca de Vale Music para levantar el vuelo ante los estertores finales eran... Los Cantores de Híspalis. Muy actuales y muy demandados en toda "página de enlaces" que se precie. Toma nota, Sinde.La realidad es esta. La televisión ya no es aquel rodillo imparable, que creaba éxitos musicales como churros. Antes, la televisión dictaba, y el comprador potencial obedecía. Ahora, el centro de gravedad se ha desplazado hacia internet, donde la gente busca, encuentra, conoce y recomienda música de formas muy diversas, y todas más divertidas e inteligentes que las que ofrecía la tele.La oferta musical que el usuario encuentra en internet es casi ilimitada. Por ello, fabricar un nuevo éxito de la nada, lleva tiempo, mucho tiempo, saber hacer y dedicación, incluso si la música es buena, no digamos si se trata de un plomazo. No basta con meter dinero y compraar espacios publicitarios. Eso se ha acabado, amigos. Mala noticia para los ejecutivos y publicistas de la vieja escuela. La gente ha descubierto que hay demasiada música buena como para perder tiempo escuchando la no tan buena.Y un corolario a todo esto: ahora conocer nueva música no implica perder los 20 euros de un CD que se olvidaba a los tres días porque sólo traía una canción buena. Por tanto, los aficionados a la música tienen más dinero disponible para gastar en productos que realmente merecen la pena: ediciones especiales de sus discos favoritos y, sobre todo, conciertos. Algo me dice que Oceana y Salmah no han llenado muchos conciertos últimamente, y tengo claro que los festivales no se las han rifado para tenerlas en su cartel este verano. Así pues, ¿quién está equivocado? ¿Millones de internautas, o los señores responsables de la gestión de Vale Music? ¿Tanto les costaba modernizar el modelo de negocio, con la pasta que han podido ganar en los últimos años? ¿O es que interesa que haya una víctima, para poder presionar y que el congreso apruebe de una vez la Ley Sinde? Que hagan lo que quieran los partidarios del antiguo modelo, pero la batalla de internet la tienen perdida.