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lunes, 10 de enero de 2011

Oliart, el Inquisidor

Es bien sabido que una buena parte de los conversos experimentan una fuerte tendencia a extremar el rigor de sus nuevas convicciones, tal vez para hacerse perdonar su pasado; se trata de una patología, no cabe duda, que debería mover a la piedad, aunque produce sonrojo el ahínco que ponen algunos en defender lo que nunca creyeron. Nos parece que este es el caso que afecta al presidente de la corporación Radio Televisión Española, Alberto Oliart, un político conservador en su ya lejana juventud, y al que no se le recuerda ninguna clase de veleidades animalistas ni antitaurinas. Ahora, sin embargo, llevado por el celo con el que procura no ser señalado por quienes tal vez no le consideren enteramente suyo, ha decidido colocarse a la vanguardia de una de esas ortodoxias memas que definen a los progres de opereta que nos gobiernan. Oliart acaba de decidir que en el Manual de Estilo de RTVE las corridas de toros deberán ser consideradas como un caso claro de “violencia con animales”, lo que le lleva a vetar la exhibición futura de corridas de toros en la televisión que, al menos en teoría, pertenece a todos los españoles.

Oliart comete, sin duda alguna, un exceso de celo, una prevaricación competencial, se deja arrebatar por una sumisión ridícula y excesiva a las nuevas ortodoxias y pretende colocarse en la primera línea de pancarta de la nueva moral. Al actuar así, está atribuyéndose unas funciones que nadie le ha otorgado y está usurpando funciones que, sin duda alguna, no le corresponden. Las corridas de toros son un espectáculo rotundamente español y que cuenta con el respaldo de una amplísima mayoría de ciudadanos, de derecha, de centro y de izquierda. TVE ha exhibido desde su fundación un buen número de corridas que han sido contempladas con gozo por millones de españoles de todas las edades y condiciones. Al suprimir de un plumazo lo que ya se puede considerar una tradición, Oliart muestra el escaso respeto que le merece la cultura española, las instituciones de la democracia y el sistema de derecho vigente. Si se hubiese dado el caso de que hubiere que plantear una nueva actividad política frente a la legítimamente conocida como Fiesta nacional, habría debido ser el Parlamento, como efectivamente sucedió en Cataluña, quien se pronunciase al respecto, de manera que lo que no es tolerable es que un mero director general se atribuya competencias que están enteramente reservadas al legislativo, a quienes sí pueden decidir en nombre de todos. Seguramente entienda Oliart que al actuar como lo ha hecho está haciendo un señalado favor a sus nuevos señores, evitándoles el mal trago que tener que defender ante los electores una medida que, indudablemente, no goza del aprecio popular de una enorme mayoría de españoles. De hecho, el PSOE, que seguramente se regocijará secretamente de la cacicada de su lacayo, no se priva de señalar su reconocimiento a los toros como una parte importante de nuestro españolísimo patrimonio cultural.

Hay personajes que no saben qué hacer para encontrarse con un rengloncito en los registros históricos; sin embargo, Oliart no debería preocuparse por semejantes minucias, porque ya ha tenido su minuto histórico de gloria, o de ridículo, cuando siendo ministro de Defensa, se dejó colocar por los militares en una sillita enteramente inadecuada a su rango. Ahora parece que quiere sacar pecho en esta nueva cruzada en que se mezclan toda clase de bobas ortodoxias. Pues bien, ni es su competencia, ni le vamos a reconocer otra cosa que un oportunismo desorejado.


14 comentarios:

Teresa dijo...

Yo no se que opinará usted. Yo lo tengo claro. Todo aquel que sobrepasa las funciones para las que fue investido, prohibiendo o aprobando hechos, situaciones o actuaciones, en contra de la democrática voluntad popular es un dictador. Como usted bien dice, el inquisidor no es más que la mano que ejecuta las órdenes del que le nombró.
No seré yo quien diga, que con Franco había más libertad, ....., en la postguerra me refiero, porque era joven para juzgar ese hecho. Lo que si digo es que en mi vida tuve menos libertades, en mi vida precibí esa sensación de odio entre los españoles, si excluimos la guerra civil. En mi vida tuve la sensación de estar puteada, y perdón por la expresión, y expoliada por un gobierno que permite el enriquecimiento personal de algunos a costa del empobrecimiento de la mayoría. En mi vida tuve la sensación, de que quien debía cuidar mis intereses, se ríe en mi misma cara, pasándose todos mis derechos por donde mejor le place.
Este país señor mío, es una auténtica y descarada dictadura. No me vale argumentar el voto popular, porque si el pueblo hubiese simplemente sospechado esta desfachatez, nunca hubiesemos caido tan bajo.
A ser un gran dictador se llega de muchas maneras y con muy distintas armas.

David dijo...

Querido José Luis:

He leído la noticia en El Mundo, y la actuación (las novedades en el manual de estilo) me parece bien prudente, incluso demasiado.

Las corridas de toros, no admite discusión, son un claro caso de "violencia con animales". Otra cosa son las consecuencias que se deduzcan de ello, la importancia que se le dé, como también el hecho de que a no pocos (sorprendentemente; o tal vez no...) les parezca tolerable (habría que ver eso de que sea una amplísima mayoría: en mi entorno (no particularmente “animalista”) es amplísima la mayoría en sentido contrario, empezando por mi abuela de 100 años).

Hay aquí un aspecto que parece escapárseles (¿os?) a los defensores de una libertad malentendida en lo relativo a estas cuestiones taurinas, animales y demás (te remito a nuestras inconclusas discusiones sobre Wilberforce y la abolición de la esclavitud): centrándonos en las corridas de toros, existe un debate muy serio, tanto social como en el entorno académico, sobre la evaluación moral de esta práctica (espero que esto se entienda, que, a pesar de mis esfuerzos por conseguir precisión y concisión a la vez, estoy siendo un tanto laxo, mejor dicho parco, con los términos). Lo que está en juego es (o, mejor dicho, puede ser, pues la importancia misma de estas cuestiones está sometida a debate) de tal naturaleza y magnitud, que si resultara que una de las partes (la “antitaurina”) tiene razón, la otra estaría defendiendo una barbaridad. Pues bien, las televisiones, y sobre todo las públicas, deberían reconocer la existencia de tan importante debate (en lugar de ignorarlo, salvo alguna mención anecdótica) y respetarlo, lo cual como mínimo exige el evitar posicionarse en él, como ente, a priori. Pero tal posicionamiento se produce implícitamente, y el importante y extendido debate se ignora activamente, cuando se retransmiten corridas. Además, se hiere profundamente la sensibilidad de muchos (sin entrar en discusiones sobre mayorías, ser somos muchos): a mí siempre me embarga la indignación, la tristeza, la frustración y la sensación de impotencia, entre otras emociones fuertes, cada vez que me topo con una corrida de toros en la televisión. Por tanto, sin necesidad de entrar en el debate de fondo, a mí me parece elemental que, por prudencia y respeto, los medios, y en especial los públicos, debieran abstenerse de retransmitir corridas de toros.

Por otra parte, no me parece que una decisión de no retransmitir corridas de toros tenga que tener su origen en el Parlamento. Algún día, más avanzado el debate, el Parlamento terminará prohibiendo las corridas de toros, y bien hecho estará. Pero lo que ahora se ha hecho no es una prohibición, ni la supresión de una tradición, sino estrictamente lo que he expresado al final del párrafo anterior. En cualquier caso, tampoco te pareció bien lo que hizo el Parlamento catalán. Creo que te alineabas más bien con quienes opinaban que se extralimitó en sus competencias. De modo que, al final, para ti ni de una forma ni de otra. ¡Pero entonces no recurras ahora al argumento parlamentario!

De momento lo dejo ahí.

Un abrazo,
David

José Luis González Quirós dijo...

Para Teresa: estoy muy de acuerdo en que ser un dicttador se puede ser de muchas maneras y que, entre nosotros, abunda el género, escasean los liberales, qué se le va a hacer.

David dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
José Luis González Quirós dijo...

Querido David:

Sabía que me toparía contigo, y te tuve todo lo presente que pude a la hora de escribir este texto que apareció como editorial de La Gaceta. Ya sabes que al escribir un editorial tienes que procurar expresar la opinión del periódico, que no siempre coincidirá exactamente con la tuya. De todos modos, en este caso, mis discrepancias son casi nulas, y más creo que podría discrepar el periódico que, de todos modos, apenas tocó una coma, puesto que el medio es muy pro-taurino y yo enfoqué el asunto de otro modo. De cualquier modo, lo que se publica en mi blog es lo que yo pienso y no pienso refugiarme en ninguna de estas excusas para discutir contigo. Lo que seguramente es cierto es que, de no haber mediado la necesidad de escribir, es posible que fuese un tema en el que no me hubiera fijado. En este caso, lo que hice fue tocar el tema no por la parte del sustantivo, sino por la del procedimiento. Entiendo que la medida se adopta en lugar inadecuado. No sé si tienes razón con tu argumento de que en el caso catalán me pareció mal por otras razones. Creo que es el parlamento quien tiene que ocuparse de estas cosas y no sustraer el debate político y moral que implican. En el caso catalán, lo que me pudo parecer mal, no muy mal, porque ni siquiera escribí sobre el asunto, aunque hablásemos tu y yo, es la hipocresía, o lo que yo entiendo por tal, de disfrazar como animalismo un rechazo nacionalista hacia uno de los símbolos indiscutibles de lo español, aunque ni a ti ni a mi nos resulte especialmente atractivo. La muestra de ello es que los corre-bous que son, al menos, tan objetables como las corridas, no se han prohibido en Cataluña.
No creo, pese a que digas que no hay discusión posible, que las corridas de toros sean "un caso de violencia con animales": son, muy claramente, algo más, y, aunque los animalistas las quieran ver bajo esa perspectiva, no deberían ignorar el hecho de que esa no es la idea que comúnmente tiene el público sobre el asunto. La libertad, por otra parte, nunca puede ser malentendida, lo que puede haber es un engaño o un abuso, pero una libertad siempre es algo positivo, a mi entender.
Es verdad que sobre las corridas de toros, existe un debate, pero nunca me ha parecido que sea muy serio, la verdad. Es un intento de introducir una nueva moral por métodos argumentativos, cosa que casi nunca funciona. Lo que está en juego no es quién tiene razón, sino hasta qué punto vaya a estar dispuesta la gente a actuar conforme a unos argumentos antes nunca oídos, y que no son del todo adecuados a la fiesta de los toros, una fiesta que no me gusta, personalmente, pero cuyas cualidades no estoy dispuesto a ignorar para condenarla en nombre de una doctrina que no me convence.

(Sigue luego)

José Luis González Quirós dijo...

(Continúa la respuesta a David)
Las televisiones no han reconocido jamás la importancia de ningún debate porque son absolutamente ajenas a ese tipo de actividad. Lo que ha hecho Oliart es oportunismo puro y duro, sin otros argumentos que su conveniencia política, y con nocturnidad y alevosía. Creo que los que pensáis como tú estáis en el derecho, y en la obligación, de intentar la victoria, pero me parece equivocada la pretensión de llegar a la meta mediante atajos oportunistas, a escondidas, en plan déspota.
Veo que te indignas, pero la indignación es un accidente que puede ser grave si nubla un cierto nivel de precisión. Lo único que ocurre es que no me parece bien que un mero director general tome una medida tan importante, pues lo es, sin duda, que de ninguna manera figura entre sus atribuciones. Sobre los toros podremos seguir hablando, pero no creo que consigas que lo llegue a considerar un caso de violencia con animales, porque, en el fondo, estoy persuadido de que no hay regla moral capaz de imponer una igualdad de trato entre animales y personas, que sigo pensando, aristotélicamente, que son realidades muy distintas. Tampoco creo que por la vía de la piedad se pueda argumentar contra la lidia y muerte del toro, un animal que no existiría tal cual es sin los privilegios y la vida regalada que le ha procurado esta peculair civilización mediterránea. Un abrazo,

Teresa dijo...

Cuando hice mi escueto comentario sobre los toros, incidí más en el título y en la decisión tomada por Oliart para hacerlo, que en las corridas o fiesta de los toros, por una simple razón. Considero David que la decisión de permitir o no, retrasmitir o no las corridas de toros pertenece al pueblo español. Considero que lo que estamos haciendo tanto tu, como José Luis y como yo, es abrir un debate en el que cada uno expresa libremente su opinión y a partir de ahí se llega a un acuerdo y se toma una decisión. Yo nunca he podido expresarme sobre este punto, porque nadie jamás me ha preguntado, y exceptuando un partido político antitaurino, nunca he visto en las campañas electorales tratar este tema.
Eso es lo que me molesta, tanto de los toros, como del tabaco, como del aborto o cualquier otro tema que salga a la palestra, que se utilize políticamente, sin consultar ni debatir seriamente, como arma arrojadiza, como cortina de humo para tapar que estamos en un estado económico de ruina total. A eso me refería al hacer mi comentario sobre Oliart.
El fin justifica los medios y en este punto es donde salen a la luz los métodos dictatoriales a espaldas del pueblo, que es quien les paga, y por lo tanto deberían de ser nuestros empleados, y no ser nosotros sus siervos.
A ver si de una vez levantamos los ojos y nos revelamos o acabaremos como en Mad Max o Blade Runner

David dijo...

Querido José Luis:

Por fin te respondo. Como te he dicho en privado, gracias por tus consideradas respuestas. Empezaré ahora con un apunte sobre la discusión parlamentaria. Tienes razón en que tus pegas iban más por la sospecha del oportunismo independentista. Era Savater quien insistía más claramente en que la prohibición taurina no era competencia del parlamento (no entraré ahora en por qué su postura es equivocada; ya te lo expuse a ti en su día). Ahora sólo quisiera recordar mi respuesta a los críticos que vieron, por encima de cualquier otra cosa, un oportunismo independentista:

“El problema de los toros es estrictamente de índole moral y no político, y con este ánimo se presentó la Iniciativa Legislativa Popular en el parlamento catalán. Otra cosa es el juego político que puedan hacer los diputados a la hora de decidir sobre la misma, pero es un juego presente en todos los debates parlamentarios y en toda elaboración de legislación, lo que en Cataluña, podría argüirse, suele incluir maniobras de color nacionalista. Y, en este caso, si ocurre es a pesar de las motivaciones de los abolicionistas, que, insisto, son puramente éticas. Sólo faltaba que no pudiera presentarse nunca una iniciativa parlamentaria por el juego político con motivaciones partidistas que suele darse con cualquier excusa, se trate del tema que se trate.”

(sigue)

David dijo...

(continúa del comentario anterior - 2 de 6)

Además añadiré que creo (y no sólo por los testimonios que me han llegado) que el debate parlamentario respondió a una preocupación ciudadana auténtica, sincera y sin dobleces, ya digo que al margen de las maniobras políticas que se pudieran dar dentro del parlamento. Ese es otro cantar. La decisión sobre los corre-bous es lamentable, sin duda. No obstante, más que delatar los intereses superpuestos de los políticos (que indudablemente los tienen) por encima de la coherencia moral, sobre todo se trata de una muestra de uno de los fenómenos que han permitido perdurar a las distintas celebraciones en las que se maltrata a animales: cualquier cosa a la que una población está acostumbrada, y que además se le ha inculcado como tradición local, como seña de identidad, será siempre elevada retóricamente con objeto de ponerla por encima de cualquier evaluación moral que pudiera resultar negativa, y en consecuencia se la tratará de proteger en la práctica. Pero lo más interesante es darse cuenta de que el fenómeno es local: para las costumbres del “pueblo de al lado” la veda está siempre abierta. Esto se ve inmediatamente en cualquier discusión acerca de las costumbres de distintos lugares (como habrá podido observar cualquiera que haya estado en tal situación): en Tordesillas se defiende el Toro de la Vega (mejor dicho, lo defienden algunos, imponiendo un manto de intimidación al resto de la población), en Coria su Toro de San Juan, en pueblos catalanes sus Corre-Bous, y es muy curioso cómo, una vez cuestionados, a todos les parece intocable lo suyo mientras que no es infrecuente escucharles afirmar que lo de los demás sí es una salvajada. Similar fenómeno es el que a no pocos aficionados a la lidia “canónica” les parezcan primitivas, desordenadas, crueles y condenables muchas de las fiestas populares locales. Los políticos catalanes respondían principalmente a este fenómeno que podríamos considerar general, en oposición a lo particular de una motivación independentista (aunque, ya digo, los políticos siempre tienen sus motivaciones enmarañadas; pero es entregarse al juego sucio el tratar de sacar de quicio esta observación -y de forma tan selectiva, pues podría aplicarse a casi toda la actividad política y en particular la parlamentaria, sea cual sea la materia tratada-, sobre todo si se reconoce que existe una preocupación ciudadana auténtica). Endosar este fardo de incoherencia característico del mundo de los festejos populares a la parte que quiere avanzar en el camino de la protección de los animales; el pretender trasladar a éstos, como a menudo se hace en estos temas, la debilidad que es en realidad de los primeros, de sus adversarios, es una grotesca inversión de la realidad y es un trato sumamente injusto.

No digo que tú te aventures mucho por este camino, José Luis (en este caso, más que el traslado que he descrito, te quedas en la motivación política; pero tu valoración falla al no tener en cuenta el fenómeno subyacente que, insisto, señala una debilidad del mundo taurino que sería injusto que tuviera que asumir o pagar la otra parte), pero a veces me parece que te acercas peligrosamente. De hecho, y de forma más general, me parece que a menudo (sobre todo para el público) eres extremadamente riguroso y duro con unos (salvo quizá conmigo) y excesivamente condescendiente con otros que tienen mucho más de qué responder y posiciones más difíciles de justificar y que tienen consecuencias nada inocuas.

David dijo...

(continúa del comentario anterior - 2 de 5 (¡no 6!))

Me parece evidente que en las corridas de toros se ejerce violencia sobre animales. Podrán ser, claramente o no, algo más, pero ese hecho me parece innegable. Es más, es esa violencia patente, escenificada pero real, que culmina con la muerte (se hiere al toro intencionadamente hasta matarlo; es una agresión física (y psicológica): violencia), la que convierte el toreo en un espectáculo tan especial, la que mueve a Albert Boadella a afirmar que es el único arte verdadero, y la que da lugar a tantas otras metáforas e hipérboles en la construcción de la mítica taurina, en la que se eleva el espectáculo y se pretende elevar (de manera interesada, hipócrita y deshonesta, en mi opinión) la figura del toro. De modo que la defensa del toreo no creo que pase ni que deba pasar por el rechazo a la noción de violencia que evidentemente se da.

Son de agradecer tus apuntes sobre la noción de libertad, pues dan pie a interesantes discusiones filosóficas. De todos modos, las discrepancias que podamos tener atañen puramente a la semántica de los términos asociados. La libertad siempre es positiva, pero implícitamente se suele entender que tiene que estar limitada para que no se cometan esos abusos, como dices. Quizá lo que quise decir realmente es que hablar de libertad en este caso es “misplaced”, como se dice en inglés, pues con ello se suele obviar implícitamente el debate y decidirlo a priori (pre-enjuiciarlo, es decir, dar por sentado el resultado sin haber considerado los argumentos). En el caso que nos ocupa, esto es lo que se hace al clamar que se produce un ataque a la libertad cuando se decide no retransmitir corridas de toros.

Ya argumenté en mi primer comentario en esta entrada que un posicionamiento neutro exige esa abstinencia. ¿Es esto actuar de espaldas al pueblo? (También dirijo esto a Teresa.) Al contrario. Lo que era actuar despóticamente era retransmitir corridas de toros, imponiendo al pueblo desde el ente público su resolución de la cuestión. Precisamente es la abstención la que responde a la preocupación ciudadana (obviamente me refiero a una parte (nada despreciable) de la ciudadanía). Si intolerable es que se especifique en el Manual de Estilo que no se deben retransmitir corridas de toros (que, insisto, no es posicionarse en el debate moral; y por tanto tampoco es imponer ninguna “moral nueva”), ¿no lo es (y más) que se retransmitan corridas, lo cual sí es tomar partido? Tratemos de sacudirnos de encima la inercia de la costumbre para ver con claridad esta cuestión. Me parece tan elemental que creo que deberían ser de la misma opinión hasta los defensores del toreo. Ni que decir tiene que no me parece en absoluto que se trate de una treta ilegítima.

En cuanto a las competencias del presidente de RTVE, ¿no cubren la elaboración de un manual de estilo (como en cualquier medio -y por ejemplo el de El País excluye la cobertura del boxeo) y las decisiones sobre qué incluir en la programación y qué no? Si es que no, al final parecerá que nadie tiene competencias para nada. No me parece razonable que se sugiera que estamos atados de pies y manos cada vez que se proponen reformas.

David dijo...

(continúa del comentario anterior - 4 de 5)

Finalmente, un comentario sobre lo que llamas “nueva moral” y “nuevas ortodoxias”, y el lugar que ocupa el rechazo a las corridas de toros. Ojalá un pensamiento sensible hacia los animales estuviera lo suficientemente extendido como para que se pudiera considerar ortodoxia. Por desgracia hoy por hoy aún se trata de algo muy minoritario. Quizá lo que te mueva a hablar de ortodoxia (sé que rechazarás de plano la idea) sea la ola de pensadores que, diríase inexorablemente, avanza con cada vez mayor decisión en el camino de esa sensibilidad, no nueva sino (creo yo) extendida y coherente. Pero el rechazo a las corridas de toros es anterior a esta ola, y mucho más amplio. Mucha más gente de la que piensas (en mi entorno es la mayoría) rechaza las corridas de toros por el evidente suplicio que son para los toros. Y el sentimiento es profundo y, en bastantes casos, visceral. Estoy hablando de personas que no son “animalistas” ni vegetarianas, y en cuya vida cotidiana no piensan en el sufrimiento de los animales, a los que consideran como lo hace el resto de la verdadera ortodoxia: como seres inferiores. Ni mucho menos se hacen preguntas sobre derechos. Son personas que, como tú, piensan que a los animales en general hay que tratarlos todo lo bien que se pueda, vagamente, pero sin planteamientos serios. Pero son personas (ya digo, muchas) cuya sensibilidad no concibe que se celebren corridas de toros. En éstas se hiere terriblemente y se mata, abiertamente, al toro. Es patente y gratuito. Aunque el consumo de carne tenga consecuencias peores para los animales del que son víctimas, ya digo que la mayor parte de estas personas no elevan su reflexión a ese plano. Comen carne (los horrores están más ocultos), les parece normal y necesario. Ya digo, el rechazo a las corridas de toros está más extendido y arraigado que las corrientes animalistas más recientes. Nace de una compasión, una piedad normal y muy razonable por un ser al que se está martirizando. De modo que lo de la “nueva ética” será en todo caso el “animalismo” (aunque no es tan nueva ni rompe con tantas cosas: principalmente amplía el enfoque del trayecto moral que hemos recorrido desde la Ilustración, como referente cercano, y nociones morales más básicas, antiguas y compartidas). Pero la oposición a las corridas de toros en España viene de antes y es “interna”. Esta realidad social ha existido desde hace mucho tiempo, y no ha ido (necesariamente) acompañada de reivindicaciones más “fuertes” para los animales.

David dijo...

(continúa del comentario anterior - parte 5ª y última)

Por cierto, curiosamente suelen reaccionar más visceralmente las muchas personas como las que he descrito, las que rechazan los toros pero no son animalistas, que los animalistas. Nosotros estamos más acostumbrados a sopesar las cosas y ponerlas en contexto. No nos sorprende tanto que en una sociedad que en general no tiene consideración por los animales (salvo, quizá, si se machaca a uno ante sus ojos) se produzcan celebraciones alrededor de la desintegración de seres sensibles. Sobre todo quienes nos preocupamos por profundizar intelectualmente en el tema y en las materias aledañas así como los fundamentos, tenemos algo ganado para hacer frente a la ofuscación a que puede dar lugar la emoción fuerte, la indignación, sin que, por supuesto, desaparezca el peligro. Al menos trato de tener precaución.

Dejo para más adelante la madre de todas las cuestiones: la naturaleza animal y la humana. (¡Espero que sea un terreno muy fértil para nosotros!)

Un abrazo,
David

(PD: Pido disculpas por este comentario tan largo. Tengo que procurar ser más breve.)

José Luis González Quirós dijo...

Para David:

Dísculpame pero ando liado con burocracias investigativas y otros males del sistema y no te puedo contestar tan rápidamente como querría, pero lo haré en cuanto pueda, porque creo que el tema lo merece. Un abrazo,

José Luis González Quirós dijo...

Querido David:


La verdad es que te defiendes como los buenos abogados, con algunas artimañas, pero con voluntad de contundencia, aunque tu honradez es tanta que no alcanza a librarte de reconocer, que esta escaramuza es de tono menor, que la verdadera cuestión es otra. La olvidaré también por el momento y me iré a tu defensa de cuanto sirva para el convento. Perdóname si a veces uso trucos de profesor, que es lo que modestamente soy, pero tampoco se me alcanza mejor manera de explicarme.

1. La distinción entre ética y política al propósito que nos ocupa es petitio principii, un feo defecto lógico. Todo cuanto se discute en el parlamento es, por definición, político, aunque en este país no haya arraigado con firmeza la distinción entre pecado y delito (se trata de una vieja manera de nombrarla), esto es, el hecho de que aunque uno crea estar defendiendo la esencia del bien y atacando a la esencia del mal, la discusión pública es forzosamente de naturaleza política, y en términos de mayoría/minorías, además de inevitablemente mezclada con mil gangas; otra cosa sería el tratamiento académico, pero no estamos ante este supuesto, ni en Cataluña ni en la RTVE. Por lo demás, me parece bien que defiendas lo que defiendes, pero te sobra el tono principial, que realmente no viene al caso: basta con que se sea capaz de convencer a una mayoría, como ahora ha pasado, más o menos, con el asunto del fumeque, y es probable que, a no mucho tardar, esas mayorías sean proclives a la prohibición de los toros, pero no creo que eso sea ya ahora así. Lo de los correbous, perdona, no es una mera inconsecuencia, es la prueba del 9 de la tesis contraria a la que sostienes con tanta pasión.
2. La observación sobre la distinta manera con que se juzgan las mismas costumbres (o muy similares) en según qué lugares es bastante obvia y sólo muestra lo escasamente dispuesto que está el público a argumentar en términos abstractos o generale, como son los políticos, no sólo los morales o éticos, como prefieras.
3. De nuevo te hago notar que usas el término violencia de una manera algo equívoca. En la sensibilidad contemporánea, violencia se usa para denunciar abuso o actuación desde una posición de neta o indiscutible superioridad. No creo que ese concepto se pueda aplicar a los toros, como actividad, es decir que me olvido ahora del espectáculo, puesto que no es nada obvio que cualquiera se atreva a lidiar a un toro, a veces ni siquiera los toreros. Entonces, si buscas una condena moral del toreo, deberías partir de un concepto algo más ajustado (por ejemplo, extendiendo el No matarás a los animales), pero no me parece inteligente acogerse al concepto de violencia aprovechando que somos todos, teóricamente, anti-violentos, pacifistas etc. etc.
4. Es seguro que yo soy muy riguroso en algunas cosas y más permisivo en otras, pero creo que eso le pasa a todo el mundo y no deja de ser un argumento ad hominem que te acepto como amigo pero que tampoco vale gran cosa.
5. Tu argumento sobre los ataques, asimétricos, a la libertad tiene valor en abstracto, pero se suele asumir que para cambiar algo que está establecido tiene que haber mayorías que lo cambien y/o buenas razones. En el caso de Oliart no hubo ni unas ni otras.
6. Los manuales de estilo se refieren a las formas de tratar algo, no al hecho de negarlo por las bravas. En otro caso hablaríamos de un código ético y, de nuevo, creo que las razones para excluir a los toros de las retransmisiones públicas de RTVE no son convincentes ni suficientes (lo que quiere decir, en último término, que no creo que haya una mayoría suficiente para condenarlas).
7. En lo de mi diatriba frente a las nuevas morales te reconozco algo de razón, partiendo de que es un recurso retórico bastante pobre, por mi parte. Pero hay un argumento de fondo también, que no voy a desarrollar, detrás de esa reticencia, y, aunque sea muy discutible, debo reconocer que a mí me influye.