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lunes, 28 de febrero de 2011

Pluralismo porcentual

En mi post de ayer domingo aludía a que el Gobierno de Rubalcaba y Zapatero no es, ni lejanamente, el peor de los que tenemos. Como si no quisieran dejarme solo ante tamaña charada, los diversos gobiernos han comparecido hay a dar las correspondientes explicaciones, divergentes, como es lógico, de su manera de entender la medida que creen haber tomado todos los gobiernos socialistas respecto a la  disminución de la velocidad máxima autorizada en la conducción de automóviles. El gobierno Rubalcaba cifra en alrededor de un 12 por ciento el ahorro; el Gobierno Pepiño, competente en la materia por la cosa de las  infraestructuras, da una cifra ligeramente distinta, se ve que sus técnicos son más ingenieriles que policiales, y habla de un consumo de entorno al 10 por ciento, ligeramente menor que el de los de las multas. Por fin, el gobierno innovador y moderno del ministro de industria aclara que el ahorro será del tres por ciento y que será un ahorro para los particulares, porque la hacienda pública perderá dinero. El gobierno Pepiño insiste en que la medida será transitoria, el gobierno Rubalcaba muestra las vidas humanas que, supongo que de manera no transitoria, vamos a ahorrar, y el gobierno de las bombillas matiza el beneficio para el medio ambiente que, caso de ser transitorio, será seguramente mejorado cuando se cambie la medida por otra más progresista, por ejemplo, la de ir a 130. La verdad es que para ser tantos los gobiernos no lo han hecho del todo mal.


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domingo, 27 de febrero de 2011

Despacio, deprisa


En una nueva prueba de su inaudita capacidad para proponer recortes, el Gobierno de Zapatero y Rubalcaba, que no es el peor de los que padecemos, acaba de decidir que, a partir del próximo día ocho circulemos con una nueva limitación de velocidad en carretera, a fin, según nos dicen, de contener la factura energética de España. Este Gobierno, que insisto, no es el peor de los existentes, no deja de sorprendernos con su inventiva. Lejos de cualquier adecuación entre medios y fines, el Gobierno se comporta mediante el recurso al “diálogo de besugos” que inmortalizara el TBO de mi infancia, algo así como “usted pregúnteme lo que quiera, que yo le contestaré lo que me dé la gana”. No es que confundan la velocidad con el tocino, como sugiere el dicho popular, es que piensan dar la imagen de que bajando la velocidad están apretando a los ricos, y eso cotiza en su imaginario y en el de sus votantes más fieles, en ese caladero de envidias memas y miopes. No harán nada contra que el cacique de Iberdrola se lo lleve crudo, porque de eso no se entera nadie y, además, seguramente es amigo, pero van a impedir que nadie se chulee con un potente coche, o moto, a más de 120, lo que reconciliará a muchísimos memos con el carácter izquierdista del gabinete.
Me temo que les quedan pocas oportunidades para aplicar la receta, que deben considera poco menos que infalible, dada la frecuencia con que la aplican. La paciencia de los españoles con los recortes de libertad se puso a prueba brillantemente en los cuarenta años de Franco, y éstos están dispuestos a dejar a Franco como una especie de liberal, pero creo que algunas gentes están a punto de despertar y darse cuenta de que en lugar de Gobierno tenemos a unos malos imitadores del Caudillo

sábado, 26 de febrero de 2011

La España desigual


Los liberales corremos el riesgo de amar tanto la libertad, aunque una buena mayoría se dediquen simplemente a decirlo, que nos olvidemos de que no toda desigualdad es tolerable. Es obvio, por ejemplo, que la desigualdad ante la ley merece el repudio de cualquier liberal, y el de cualquier persona decente, pero hay más desigualdades intolerables que nada tiene que ver con la envidia sino con esa igualdad esencial, y con la condena de las formas que se ingenian para burlarla. Con las desigualdades económicas muchos tienden peligrosamente a decir aquello de que cada cual haga con su dinero lo que le de la gana, sentencia con la que estoy completamente de acuerdo, aunque el problema, me temo, es la excesiva ligereza con la que se concede a mucha gente ciertas especies espureas de derecho a lo propio.
Viene esto a cuento del rechazo que merecen las actuaciones, de auténtico juanpalomismo, las descritas con aquello de “yo  me lo guiso y yo me lo como”, en aquellas situaciones en que, por ejemplo, los políticos suavizan, sin apenas sonrojo, las condiciones para disfrutar de una pensión espléndida, al tiempo que endurecen esas mismas condiciones para el común. Esa desigualdad es realmente intolerable, obscena, y es un buen índice de cómo están las cosas entre nosotros. 
Si vamos al mundo de la empresa, considero que es realmente inadmisible que, por ejemplo, los consejeros de Iberdrola se adjudiquen una millonada en comisiones, cincuenta y cinco millones de euros, cuando estamos pagando todos la luz a un precio que me parece abusivamente alto, y cuando no hay nada que se parezca ni lejanamente a un mercado libre de energía, es decir cuando Iberdrola obtiene sus beneficios, en muy buena medida, de su capacidad de presionar al ejecutivo para la fijación de unas tarifas muy favorables a su gigantesco beneficio. Otra noticia muy similar me parece igualmente repulsiva, resulta que Vasile, el genio de la lámpara de Telecinco, ese manantial inagotable de cultura y bienestar propiedad del ejemplar Berlusconi, se sube el sueldo un 25 por ciento, simplemente  porque le parece oportuno.
Se me puede decir que no entiendo nada de todo este asunto y les diré que, en efecto, entiendo muy poco, pero creo tener alguna razón para decir que el abuso me parece que nada tiene que ver con la libertad, y que en una democracia que se precie, claro que no es el caso, esta clase de conductas deberían estar perseguidas por las leyes. No creo, además, que eso perjudicase en lo más mínimo ni la competencia, ni la libertad económica, simplemente aumentaría un poco nuestra decencia colectiva, que anda muy mal parada. 


Google lo hace bien y trata de hacerlo mejor

viernes, 25 de febrero de 2011

Cuando escribir es siempre reeescribir


A propósito del 23 F se han escrito estos días muchas cosas, la mayoría, como es natural, bastante oportunistas y prescindibles. Una de las que se salva de la quema, con mucho, es el comentario de El Escorpión, el blog de Alejandro Gándara, lleno de inteligencia y buen olfato. Se plantea Gándara dos cosas, una muy general, si las conmemoraciones son formas de reescritura, y otra más particular y enormemente pertinente, la razón de que se conmemore tanto un hecho desdichado.
Respecto a la primera cuestión, lo que hay que decir es que la historia es siempre reescritura y que es solo una mala imagen la que nos ha hecho leer reescritura como sinónimo de deformación. No hay tal. El pasado no es tan objetivo e indeformable como parece a primera vista, entre otras poderosas razones porque siempre está cambiando, el pasado de ayer no será nunca el pasado de mañana, porque el transcurso del hoy lo altera de manera permanente. Esto no milita contra el obligado empeño de una cierta objetividad a la hora de narrar a historia, pero el pasado no se libra del efecto insobornable del tiempo que también lo cambia, pero en fin esto no es lo que más importa respecto a la fecha conmemorada.

La verdadera cuestión es cómo se ha convertido el recuerdo de un tramo bochornoso de nuestra historia reciente en un motivo de alborozo. Gándara apunta que, aunque se pretenda conmemorar la victoria de la democracia, lo que en realidad se celebra es el éxito de esta situación que nos gusta tan poco a tantos. Yo creo que lo que Alejandro Gándara pone de manifiesto es muy importante, y además se descubre mediante el sesgo freudiano que él, muy acertadamente, denuncia. Lo que se celebra es el monopolio, y eso apenas tiene que ver con la democracia, ni ayer, ni, muchísimo menos, hoy.

jueves, 24 de febrero de 2011

¡Que difícil es todo!


El libro sobre Adolfo Suárez que les recomendé ayer mismo, y del que he devorado ya casi la mitad de las páginas, al ritmo de lectura que impone su interés, al menos para quienes fuimos testigos, y algo así como actores de reparto en esa época, me está haciendo pensar insistentemente en la que ahora vivimos, y no necesariamente por contraste. Cuando Juan Francisco Fuentes narra las dificultades que se hubieron de superar para encajar a Suárez en las listas del Centro Democrático, que él siempre prefirió llamar Unión, como se acabó conociendo,  recoge una luminosa, y pesimista, me parece, reflexión de Suárez cuando discrepaba con los que luego conoceríamos como barones porque no creía para nada en los partidos, porque creía que todo lo que había que hacer podía ser hecho, y únicamente podía hacerse así, por un escogido grupo de dirigentes. Ahí encontramos el retrato al desnudo de lo que hoy son los partidos: uno que manda, unos pocos amigos y, el resto, escenografía, gutapercha. Lo único que ha cambiado efectivamente desde el diagnóstico suarista es el hecho de que ahora hay más partidos, por ejemplo, el de Camps, sin ir más lejos, pero todo sigue igual. No quisiera ser derrotista, pero esto tiene realmente poco que ver con cualquier cosa parecida a la democracia, ¡qué se le va a hacer!
Los partidos no son, por supuesto, los únicos responsables de que esto suceda, porque, como muy bien observó ya Montesquieu, “es una experiencia eterna que todo hombre que tiene poder tiende a abusar de él”, de manera que son los ciudadanos que se dejan mangonear los que hacen que las democracias sean ineficientes.
No creo que quepa discutir que algo de esto es lo que nos está pasando, y que no es fácil arreglarlo. Algunos, exageran sin duda, sueñan con que haya por aquí quienes se levanten al modo norteafricano frente a la partitocracia. La solución, muy por el contrario, está en la participación, en entrar en política, en influir y crear opinión, algo que, aunque parezca difícil, y lo es, está, sin embargo a nuestro alcance.
Hace meses he tenido una experiencia que me pareció prometedora y me temo acabe siendo muy frustrante: entré en contacto con un grupo muy selecto de ejecutivos, empresarios, profesionales brillantes muy críticos con la situación que se reunían con frecuencia para despotricar . Cuando les dije que no bastaba con criticar, que había que hacer algo, muchos de ellos se pusieron manos a la obra, pero, al poco, el peso del día y el calor como dice el Evangelio, les llevó a quitar la mano del arado con la disculpa muy legítima y muy razonable de que ninguno de ellos tenía el tiempo que se necesita para hacer algo como eso. Yo estoy tratando de encontrar para ese grupo meritísimo un mínimo de acción compatible con su compromisos, pero si nadie pudiese hacer otra cosa que ocuparse de lo suyo, ya me dirán cómo vamos a lograr que los políticos no se excedan y, además de hacer lo suyo, nos arrebaten lo nuestro.


La neura contra los e-book

miércoles, 23 de febrero de 2011

El recuerdo de Suárez








Hoy, precisamente cuando se cumplen los treinta años de aquel suceso lamentable que conocemos como 23-F, y en el que Adolfo Suárez, presidente dimisionario, se comportó con enorme dignidad, he empezado a leer un libro, que espero dará mucho que hablar, sobre quien es ya uno de los personajes históricos decisivos en los finales del siglo XX de España. Me refiero a Adolfo Suárez. Biografía política, cuyo autor es Juan Francisco Fuentes, un joven y prestigioso catedrático de la Universidad Complutense. El libro, del que ya he leído sin poder detenerme sus dos primeros capítulos, parece excelente, un ensayo de interpretación rigurosa hecho desde la más rotunda imparcialidad, como siempre debería hacerse la buena historia académica, aunque casi nunca sea así exactamente. 
Decía Isaiah Berlin que el historiador debe de tener algo de la capacidad del novelista para penetrar a fondo en los fenómenos que estudia, y eso es especialmente decisivo cuando lo que se estudia es, sobre todo, una figura humana, un ser tan singular y encantador como lo fue Adolfo Suárez para los que tuvimos el placer de tratarle más o menos de cerca. Claro que el libro no es, ni podía ser, una mera biografía sino que, como es obvio, pretende introducir luz y novedad en el entendimiento de un proceso tan complejo como el de la Transición del que Suárez fue protagonista principal. 
Habrá oportunidad de volver a hablar de este libro que pienso leer con toda la calma y la prisa que pueda, pero me parece un buen síntoma que se pueda ir introduciendo claridad e inteligencia en lo que, a veces, parecía reducido a pasto del mero sectarismo, al ejercicio de formas de simplificación tan interesadas como necias. 

martes, 22 de febrero de 2011

La insólita creatividad de los ERE a la andaluza


En España somos cicateros con el reconocimiento a los méritos y los éxitos ajenos, por esa envidia que, al parecer, es uno de los males nacionales. Me parece que no se ha destacado con suficiente vigor el enorme talento, la creatividad, la solidaridad y la paciencia de que han hecho gala ese grupo benemérito de políticos andaluces que han sido capaces de encontrar un aspecto positivo y remunerador a la tristísima tarea de poner en marcha un ERE, de poner en la calle a cientos de personas. Que hayan sabido transformar lo que, a ojos comunes, debería ser un elemento de descrédito político, en una oportunidad para hacer favores y propagar el camino andaluz al socialismo, es algo muy digno de tenerse en cuenta. Esta innovación se va descubriendo poco a poco, dada la natural modestia de sus autores, por lo que querría llamar la atención de mis lectores sobre el conjunto de la operación antes de que se lancen a una rápida condena de la misma, movidos por no se sabe qué oscuros intereses. Como imagino ya saben los lectores de este diario, en Andalucía se han empleado cientos de millones de euros en apañar los planes ordinarios de reducción de empleo de una gran variedad de empresas, de manera que los beneficios de esos planes, generosamente financiados por el conjunto de los españoles, no se limitaran a la letra de la ley, sino que sirviesen para otorgar favores a personas con acreditados méritos, sindicales o políticos, subarredando, en ocasiones, algunos beneficios a cambio de una merecida comisión para el agente. Ya sé que habrá muchos que, llevados de su estrechez mental, sean incapaces de entender la grandeza de esta práctica, su espíritu de solidaridad, su nítida distinción de cualquier forma más usual de corrupción interesada. Es normal que esta forma de creatividad haya corrido a cargo de socialistas pues, como José Blanco proclamó hace pocos días, un socialista siempre puede distinguir entre las formas taimadas y burguesas de corrupción, y las eventuales desviaciones de la ley al perseguir un fin mayor que la ley misma, la solidaridad, sin ir más lejos.
Los ERE tuneados por los socialistas andaluces han servido, por ejemplo, para financiar prejubilaciones a individuos que no hubiesen trabajado nunca en la empresa sometida al ERE, o a personas que no tuviesen los suficientes años trabajados, lo que siempre puede considerarse un azar y una injusticia, de forma que el dinero público ha valido para alegrar las duras condiciones de vida de personas, sin duda, meritísimas.
Al actuar de este modo, los autores y consentidores de esta nueva forma de política social, pues no se trata de otra cosa, han hecho algo que no puede considerarse corrupción, sino, sencillamente, socialismo imaginativo. Este tipo de prácticas son plenamente distintas de las de un Roldán, para citar un caso bien conocido, que metía la mano en la caja de los huérfanos de la Guardia civil, además de en otros muchos rincones, en su exclusivo beneficio, es decir comportándose como un especulador cualquiera, como un liberal depredador y defensor de la libre empresa, que en último término no busca otra cosa que su beneficio personal. Estos compañeros de Andalucía habrán cobrado, si es que se demuestra que lo han hecho, alguna pequeña comisión por su trabajo, pero lo que han hecho ha sido en beneficio de los demás y del socialismo, puesto que no consta que haya existido ningún beneficiario ajeno a los círculos que han hecho posible, con su ejemplo y su sacrificio, el poder del socialismo durante casi cuatro décadas.
Las fechorías de estos visionarios no han hecho otra cosa que socializar selectivamente los beneficios del esfuerzo público, y de manera tan perfeccionada y discreta que cabe pensar que estuviesen pensando en incorporar el procedimiento a la legislación ordinaria, lo que les permitiría ir siempre algo más allá, con esta gracia especial que parecen tener para adelantarse a las previsiones ordinarias de las leyes progresistas del futuro con prácticas imaginativas y bienintencionadas. Favorecer los lazos afectivos entre los partidarios del socialismo supone reinventar el socialismo, puesto que éste, una vez abandonada la idea revolucionaria, corre el riesgo de reducirse a una retórica evanescente, y a una rémora económica. Ellos han descubierto la manera de conseguir que la condición de socialista, o de ugetista, o de amigo de quienes lo sean, sirva para entrar en una senda de mejora económica casi permanente, lo que supone un avance innegable.

No vale decir que con ello, privaban de unos beneficios legítimos a quienes tuvieran derecho a ese dinero, eso sería no comprender la esencia de esta estupenda invención: el Estado socialista, digan lo que digan los mercados, no puede quebrar, y siempre se acaba por encontrar lo necesario para cumplir. No cabe negar que han descubierto lo que es casi el movil perpétuo: a base de imaginación, han transformado la letra de la ley en solidaridad bien entendida.
[Publicado en El Confidencial]

Don Rodrigo y los bonus


Rodrigo Rato ha pasado al imaginario político de los españoles, tanto de la derecha como de la izquierda, como una de esas posibilidades incumplidas, uno de esos posibles herederos a los que no acompañó la Justicia o el Destino. Al margen de la urdimbre legendaria con la que se fabrican esas imágenes, Rato vuelve estos días por méritos propios a eso que suele llamarse la rabiosa actualidad, expresión cursi donde las haya, como ha puesto de manifiesto el Marqués de Tamarón en alguno de sus incisivos comentarios lingüísticos. El actual presidente de Caja Madrid se ha opuesto a que se abonen unos cuantiosos bonus a antiguos directivos en un gesto que le honra y, que, seguramente, favorece su estrategia para salvar a la entidad de males mayores que derivan, en gran parte, de la no excesivamente hábil dirección de los que pretendían tan abusivos como cuantiosos premios en metálico.
Toda la doctrina de los bonus está basada en principios que difícilmente pueden dejar de considerarse inicuos si se examinan con cierta imparcialidad. En España, si la memoria no me falla, el tema se puso de moda en los primeros años del gobierno del PP, y a iniciativa del entonces presidente de Telefónica, señor Villalonga, quien consiguió que la operadora alcanzase grandes benéficos y un fuerte incremento en el precio de sus acciones pese a embarrarse en negocios tan ruinosos, al menos para muchos, como el lanzamiento de Terra, o la escandalosa compra de la productora audiovisual holandesa que tenía los derechos de esa joya de la cultura que se conoce como Gran Hermano.
Por aquella época tuve una discusión desafortunada con quien era uno de los mejores clientes de mi empresa de comunicación, porque defendía la práctica de los bonus como una de las excelencias del capitalismo más genuino, en contra de mi opinión que los veía como algo difícilmente justificable. Aunque se pueda considerar irrelevante, he de decir que perdí al cliente, pero, al menos, no he cambiado de criterio.
Lo peor que tiene la práctica de esa forma retributiva, que supuestamente premia la eficiencia de los altos directivos al vincularla al crecimiento del valor de las acciones y/o a la mejora de algún otro parámetro, es que se hace al amparo de una notable oscuridad, a la que me referiré de inmediato. Sin embargo, en el caso de Caja Madrid, una entidad que ni cotiza en Bolsa ni tiene nada parecido a una asamblea general de accionistas, no existe ni siquiera esa mínima estratagema por lo que hay que considerar el acuerdo de pagarse esas cantidades por parte de los consejeros de la casa como una forma pura y descarada de arbitrariedad, como una obscenidad, por no decir cosas peores. Ha hecho bien Rato en cortar con esa acción escandalosa, como había hecho muy bien Esperanza Aguirre, presidenta de la Comunidad de Madrid, en salir al paso de esa posibilidad con suficiente denuedo.
Hablaba de la oscuridad con la que se establecen las recompensas a directivos. Se trata, sin duda, del mismo tipo de estrategia con la que se llevan a cabo formas bien conocidas de estafa cuyo ejemplo más notable está en el caso que relata El general Della Rovere, la magnífica película de Rossellini a partir de un excelente relato del inolvidable Indro Montanelli. En ella el protagonista, un auténtico sinvergüenza, magistralmente interpretado por Vittorio Gassman, se dedica a cobrar un tanto a compatriotas italianos detenidos por los nazis para gestionar su liberación por parte del ejército invasor alemán; en realidad no hace nada, pero como los alemanes acaban liberando a un porcentaje alto de los detenidos, vive magníficamente a expensas de semejante práctica rufianesca. Que los directivos atribuyan de manera tan arbitraria a los beneficios de su gestión los efectos de una mejora en Bolsa, algo siempre azaroso, o cualesquiera otras formas de beneficio, no deja de ser un abuso de su poder en la empresa, una maniobra que no se castiga en épocas de bonanza y que, como no se cobra si las cosas van mal, puede parecer que depende de un acierto. Pero no está justificado en la medida en que lo establecen quienes se benefician de él, (¿qué diríamos de que los trabajadores pudieran subirse a su arbitrio el sueldo si las cosas van bien para la empresa?). Esto no significa que no sean razonables los pagos relacionados con el éxito, con ciertos límites y garantías que, en ningún caso se daban en el inaudito acuerdo de Caja Madrid por la que sus barandas se apropiaban de unas sustanciosas cantidades que en nada se les deberían, digan lo que dijeren esos Juan Palomo financieros.
Las Cajas han entrado, por fin, en un proceso de racionalización y fiscalización de su actividad, un proceso delicado cuyo buen fin no puede ser garantizado, a día de hoy, dada la condición del Gobierno que lo pilota. Tranquiliza pensar que Rato esté por medio, y que puedan salir a la luz algunas de las tropelías elegantes cometidas en despachos sin ventilación alguna.

lunes, 21 de febrero de 2011

Esperanza Aguirre pasa por un mal momento




La presidenta del PP madrileño es una persona realmente muy singular. Como todo el mundo, tiene virtudes y defectos, pero visto lo que se ve en la política, a mí, al menos, me parece que Esperanza Aguirre es casi completamente ejemplar. De hecho es objeto de amores y odios, pero los odios suelen venir de sus enemigos, que son escogidos pero abundantes, y el amor de esa muchísima gente que en cuanto ella se descuida la apretuja, la besa y la piropea. Como lider popular es casi inmejorable. En cierta ocasión, contemplé atónito como se enfrentaba con un grupo aguerrido de, digamos, sindicalistas, que se habían propuesto comersela cruda. Pero, como además de sindicalistas eran enfermos, y estaban allí con sus familias, Esperanza aguantó a píe firme el varapalo y, después de horas de diálogo en medio de la nada, se los acabó ganando, de modo que la despidieron con vitores y una nube de abrazos, besos y parabienes. Por cierto, en aquella ocasión la presidenta tenía toda la razón y sus adversarios, que dejaron de serlo, toda la mala uva del mundo, pero no pudieron con ella. Yo conozco a más de un político, y no de los malos, que habría despachado aquel tumulto llamando a la Guardia Civil, pero con Esperanza ese no es nunca el caso. Dicen que su lema es “pico y pala” y a fe que lo cumple en jornadas agotadoras.
Ahora Esperanza Aguirre está amenazada por una de esas enfermedades que han amargado y han roto la vida de muchas mujeres. Desde aquí quiero enviarle un testimonio de solidaridad y de cariño, de mi parte y de la de mi familia, y decirle que estoy seguro de que acabará venciendo a ese enemigo cobarde e insidioso: es su costumbre.  

domingo, 20 de febrero de 2011

Treinta años después

No caeré en la tentación de decir que estas cosas sólo pasan en España, pero aquí ocurren con mucha frecuencia. Me refiero a lo que conocemos, o desconocemos, como 23 F, a la intentona de alterar un orden constitucional muy reciente. Pues bien, pasan los años, abundan las interpretaciones, pero la evidencia está bastante ausente. Así ha sido siempre con nuestros magnicidios, más frecuentes que en los EEUU, me parece, de modo que ni sabemos quién mató a Prim, ni si el discurso de Fernández Miranda al abandonar el gobierno tras el atentado a Carrero Blanco era algo más que lírica astúrica, y se podrían multiplicar los ejemplos.  Más reciente es el caso del atentado del 11 de marzo, el día de la historia de Madrid en el que ha habido más muertos mediante la violencia, asunto sobre el que se ciernen interrogantes sobradamente obvios. 
Ya digo que no es sólo cosa nuestra, y no hay más que pensar en el magnicidio de Dallas para caer en la cuenta, pero entre nosotros se consigue con cierta facilidad esto de que pase algo y no haya nadie capaz de explicarlo de manera plenamente satisfactoria. Somos un país viejo, perito en secretos agravios y ocultas venganzas, y a ocultación, la mentira y la hipocresía son deportes nacionales, como corresponde a una sociedad que es más cobarde de lo que debiera, tal vez porque cuando ha sido valiente no ha merecido la pena. 


Sobre un programa de reconocimiento de melodías

sábado, 19 de febrero de 2011

Elogio, relativo, de la corrupción creativa

Aunque ya he escrito algún parrafito sobre el asunto, quiero hoy adentrarme algo más en el debido reconocimiento a ese pequeño, aunque no tanto, grupo de políticos andaluces que han llevado la corrupción a un nivel creativo desusado. Me refiero al lento y sorprendente descubrimiento de que en Andalucía se han empleado cientos de millones de euros en, por ejemplo, financiar prejubilaciones a individuos que no hubiesen trabajado nunca en la empresa que se sometía al ERE correspondiente, o que no hubieran trabajado durante un período lo suficiente, conforme a la ley, y un sinfín de variedades solidarias, y muy creativas. Creo que se trata, para empezar, de corrupción socialista, químicamente pura, y por oposición a la mera corrupción individual o de amigos, que, aunque también sea practicada con arte por buen número de socialistas, es tipológicamente más apropiada a otros gremios políticos. 
Los corruptos andaluces actuaban de tal manera que sus fechorías contribuían no solo a socializar los beneficios del robo, si bien imagino que existiría siempre algún tipo de cascada comisional, sino también a que el robo pudiese acabar convirtiéndose en una costumbre, y, a la larga, en algo legítimo. Se trata, pues, de un procedimiento enteramente dirigido a ampliar y a fortalecer los lazos clientelares sin los que el socialismo, una vez abandonada la idea revolucionaria, se convierte en una retórica evanescente, y en una rémora económica. Estos tipos han descubierto la manera de conseguir que la condición de socialista, o de ugetista, o de amigo de quienes lo sean, sirva para entrar en una senda de mejora económica casi permanente. 
Se podría argumentar que, con ello, privaban de unos beneficios legítimos a quienes tuvieran derecho a ese dinero, pero eso sería no comprender la esencia de este estupendo negocio: se trata de que el Estado socialista, digan lo que digan los mercados, no puede quebrar, y de que siempre se acabará por encontrar lo necesario para atender a lo que marcan las leyes. Así pues, la innovación que han puesto en marcha, un sistema de bonus para retribuir a los que, con su empeño, hacen posible la continuación del milagro político que es la supervivencia del socialismo, redundaría en beneficio de algunos, pero sin perjudicar a nadie, cosa que comprenderá perfectamente cualquiera que haya hecho el breve curso de economía al que se apuntó Zapatero. Insisto, no se puede negar que la invención sea genial: en Andalucía han descubierto algo que es casi como el movil perpétuo, un auténtico hallazgo, han superado, a base de imaginación, lo que, antes de ellos, pudiera parecer imposible. 

Recomiendo que no se pierdan la historia de los orígenes del bacalao al pil pil que imagino verdadera, además de interesante

viernes, 18 de febrero de 2011

Las cuentas de la lechera

A diferencia de la ilusa protagonista del cuento clásico, que se remonta, al menos, a Esopo, el presidente del Congreso de los Diputados ha conseguido edificar una considerable fortuna a base de unos inexplicables golpes de suerte, en unos casos, e inspirando solidaridad y ternura en un buen número de empresas que, a buen seguro, no suelen conceder al común de los mortales las suculentas ventajas que han concedido al señor Bono, que, claro está, no iba a rechazarlas, para consolidar un patrimonio que se pretende al abrigo de toda sospecha. Es obvio que los que se han de conformar con la triste y conformista moraleja del cuento de la lechera, carecen de la habilidad y la labia del político manchego. Se podría decir incuso que, de la misma manera que los expertos que han pergeñado en Andalucía unas modalidades inéditas y muy imaginativas de corrupción, puesto que hay que reconocer que introducir en un ERE a alguien que no forma de la plantilla es mucho más ingenioso que descerrajar la caja de los huérfanos de la Guardia Civil, como había hecho Roldán, es decir robando de una manera harto vulgar y escasamente imaginativa, el señor Bono ha dado pasos muy firmes en un terreno que, hasta el momento se ha solido considerar resbaladizo, de manera que su conducta puede servir para ampliar en un sentido, digamos, humanista, e incluso cristiano, las categorías jurídicas de Códigos legales en los que no encuentra fácil acomodo ni la simpatía, ni la facundia y el don de gentes del singular político manchego. Si a eso se añade que el señor Bono dispone en su favor de medios de información entregados a la inverosímil causa de su ascenso político, se reconocerá con facilidad que es imposible prever hasta dónde llegarán las innovaciones que Bono pueda poner en práctica para regocijo de políticos poco escrupulosos, como no sea que alguien le advierta a tiempo, si fuere el caso, de que lo suyo es ingenioso pero no indudablemente legítimo.
Lejos de estas complacencias con político tan rumboso, la querella que se ha presentado contra él en el Supremo no se anda con contemplaciones y en lugar de admitir la rareza contable de unas cuentas de la lechera triunfadora, tira con decisión de la aritmética común para demostrar que los números no cuadran, los muy antipáticos. Da toda la sensación, según indica la querella, que la estupenda permuta de un viejo piso madrileño, con inquilino incorporado, por un espléndido ático doble y libre de cualquier carga en una zona de lujo de la costa se ha podido llevar a cabo sin que quede constancia explícita de la cancelación de una hipoteca muy inflada que pendía sobre el piso de la calle del Cerro del Castañar, en esta villa y corte, y por el que el matrimonio Bono percibía una renta mensual de entre 600 y 700 euros, muy alejada, ciertamente, del supuesto valor del inmueble. En cualquier caso, si la hipoteca hubiese sido cancelada, la querella se pregunta con enorme buen sentido “"¿de dónde sacó el matrimonio Bono-Rodríguez el dinero necesario para proceder a la liquidación de la hipoteca? Como se ve, estamos ante una sucesión de prodigios realmente digna de un cuento chino. La habilidad financiera del matrimonio solo puede compararse con el espíritu altruista de Reyal-Urbis, imaginamos que habitualmente reprimido por mor del buen negocio, ya que no se recuerda en el sector una permuta de lujosos áticos en la Costa del Sol por un piso, viejo y arrendado, es decir de muy problemática venta para recuperar el valor puesto en juego en un trueque tan generoso. Los jueces, con la segura ayuda de los Fiscales, van a tener que hilar muy fino para considerar que tantas casualidades son menos sospechosas que unos trajes de caballero.

jueves, 17 de febrero de 2011

Una nueva querella contra Bono por cohecho continuado




El pasado 9 de febrero, la asociación Justitia et Veritas presentó ante el Tribunal Supremo una querella contra José Bono, Presidente del Congreso de los Diputados, por un presunto delito continuado de cohecho durante el desempeño de sus cargos como presidente de la Comunidad Autónoma de Castilla-La Mancha, y como ministro de Defensa, así como por falsificación de documentos públicos y, presumiblemente, por delito fiscal, querella que alcanza a su esposa Ana Rodríguez Mosquera, como presunta cooperadora necesaria de los referidos delitos.
La querella es impresionante por una doble razón, por la minuciosidad de los datos que aporta y por la claridad de su argumentación jurídica que pone de manifiesto, con toda nitidez, algo que es fácil de percibir a primera vista, a saber, que resulta inexplicable el extraordinario incremento del patrimonio del citado político y que, en consecuencia, hay píe para pensar que esa habilidad para amasar una auténtica fortuna, por más que trate de ocultarse, hace pensar en que han de estar presentes en la historia de este enriquecimiento una abundancia de fuentes no conformes ni con la legalidad, ni con lo que se suele considerar una conducta decente.
La querella empieza por hacer un recuento exhaustivo de lo que se conoce públicamente como propiedad patrimonial de Bono y su familia, un conjunto de bienes que alcanza una valoración multimillonaria, enteramente fuera del alcance de las posibilidades de un político honesto que no tenga de partida, como Bono no tenía, un patrimonio de gran magnitud. El texto de la querella repasa con minuciosidad las sucesivas explicaciones y documentos que la familia Bono ha utilizado de manera oficial, conforme a lo estipulado en la legislación vigente, para dar cuenta de su situación patrimonial, poniendo de manifiesto las falsedades, ocultaciones, incoherencias y contradicciones que se encuentran tras una maraña de documentos presuntamente explicativos, que se puede pretender que confundan al lego, pero que no alcanzan a dar razón suficiente de un enriquecimiento tan obvio como sospechosamente legítimo.
El texto de la querella se detiene ante algunos hechos extraordinarios en la vida económica de Bono, como una generosa abundancia de regalos, un insólito contrato de edición por unas Memorias aún sin publicar, las sorprendentes permutas siempre beneficiosas para el patrimonio de la familia y un variopinto conjunto de circunstancias no menos sorprendentes. Todo ello habrá de ser considerado por el Supremo a la luz de la reciente sentencia, de 12 de mayo de 2010, que resolvió un recurso de casación interpuesto contra el sobreseimiento de la causa seguida contra el presidente de la Generalidad, en la que se establece que “para el cohecho pasivo impropio basta con la aceptación de un regalo entregado en consideración a la función o cargo desempeñado”.
La querella va a servir para que podamos saber si las continuas protestas de inocencia de Bono tienen alguna base o si, por el contrario, aciertan quienes sostienen que, por depurada que sea la apariencia y la técnica del enriquecimiento ilícito, su conducta ha sido delictiva. Es escandaloso que un político en activo use de su poder para obtener ventajas de las que carecen el común de los mortales, para ocultar tras una demagogia populista una continuada conducta inspirada, por encima de todo, en la toma de decisiones que conduzcan directamente al beneficio propio y al enriquecimiento familiar.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Una democracia sin libertades

Les recomiendo lean una breve nota sobre el peligroso refrito oportunista que se conoce como Ley Sinde, con una alusión delicada al PP

Los sucesos del norte de África, en Túnez y en Egipto, pero tal vez en más lugares, nos obligan a pensar no sólo en qué acabará pasando en esos países, sino también en el delicado equilibrio de exigencias y poderes que permiten la existencia de las democracias. Desde que la eclosión de individualismo que dio lugar a la creación del Estado liberal, una institución a la que se encargaba, sobre todo, la mediación en los conflictos entre ciudadanos y el mantenimiento de la paz civil, los Estados han ido avanzando con decisión en una tarea que siempre será sospechosa para los amantes de la libertad, a saber, la construcción y la legitimación de una sociedad cada vez más dependiente de sus decisiones y servicios, la creación de una opinión pública favorable a esas acciones tutelares y siempre más atenta a las cuestiones de tipo económico, al bienestar, que al estado de unas libertades que, aunque sea inexacto y peligroso, se dan siempre por supuestas. En ese marco institucional, la moral del colectivismo, plenamente partidaria del protagonismo creciente de los Estados, vino a ocupar sin mayores dificultades el espacio moral que en épocas anteriores había ocupado lo que Oakeshott denominaba “una moral de vínculos comunales”, ese tipo de moral que todavía reservamos, aunque no siempre, para nuestras relaciones familiares y privadas.
En democracias tardías como la española, ese proceso se ha dado con dos características muy singulares: con mayor confusión, porque veníamos de una sociedad explícitamente autoritaria y muy intervencionista en todo tipo de cuestiones, y con un ritmo más vivo que en otras partes, de modo que nadie se extraña que, a menos de cuatro décadas de democracia, haya gobiernos que legislan con toda tranquilidad, y con el aplauso de muy amplios sectores, sobre si podemos o no fumar, sobre la velocidad a que debamos conducir, o sobre cómo haya que atender a nuestros mayores y sobre los hábitos morales a inculcar en nuestros hijos. Se trata de que el intervencionismo y la plena abolición de la distinción entre lo privado y lo público gozan cada vez de mejor prensa entre nosotros, y no solo entre los que se sienten de izquierdas. Nadie, o casi nadie, reclama libertades, sino derechos, y la cuestión es si se puede sostener una democracia sobre esas bases ciudadanas o si, inevitablemente, el poder tenderá a hacerse cada vez más omnipresente, más estable y más protagonista de cuanto hagamos. Para muchos conciudadanos el caciquil “colocanos a todos” que le decían sus partidarios a Na talio Rivas sigue siendo el ideal de rendimiento de un político, sin pensar ni un momento el precio al que pagamos esos empleos políticos, como el PER andaluz o el archipiélago funcionario extremeño, que tanto irritan a muchos catalanes, y con toda razón. La gente no es consciente de que, por ejemplo, ha pagado a escote la Gala del cine, un espectáculo para el lucimiento de estrellas y artistas que, en general, el público no tiene demasiadas ganas de ver cuando tiene que pagar entradas.
Volvamos ahora a los movimientos políticos del Norte de África: será muy difícil que acaben desembocando en democracias en la medida en que no predomine en el espíritu de los que protestan contra Ben Alí o Mubarak un auténtico deseo de libertades y, en cierto modo, de desorden. Si lo que predomina son las demandas de subsidios o de enchufes, las oligarquías se las arreglarán para desprenderse de sus inútiles mascarones y continuar en lo de siempre, haciendo que todo cambie pero que todo siga igual.
En España, en la medida en que la democracia no ha acrecentado el interés de la gente por ser más libres, por tener más iniciativa, por poder vivir con riesgo cuando a cada cual le plazca, hemos multiplicado los aparatos del Estado, pasando de 700.000 funcionarios a más de 3.000.000, mal contados, desde 1975 hasta el presente. Aquí, de nuevo, todo parece estar atado y bien atado, conforme al lema del régimen anterior. Los partidos controlan ferreamente la sucesión en sus cúpulas, y es imposible que ningún descontento ni estado de opinión altere sus planes imperturbables. Por aquí y por allá se oyen llamamientos a la sociedad civil, pero es de temer que sea para fundar nuevos cortijos políticos. Estamos, por tanto, ante una democracia en la que apenas hay gentes dispuestas a plantar cara al poder, a recordarle sus límites, a decir que no. Quienes más debieran estar disconformes con este estado de cosas se limitan a sugerir que padecemos un gobierno incompetente, y nos prometen una tecnocracia más eficiente, mejores economistas, funcionarios más austeros, pero no se nos dice que debiéramos enfrentarnos a ese monstruo creciente de la burocracia que nos tiene al borde de la inanición y la desesperanza, porque de ese maná esperan también nutrirse ellos y los suyos, sobre todo, esos que descubrirán, cuando gane el PP, que siempre han sido de derechas, como ha pasado otras veces.

martes, 15 de febrero de 2011

Nunca dudes de un ranger de Texas


Tal es la frase que define la auto conciencia orgullosa del ranger tejano La Boeuf, uno de los personajes principales True Grit, la última película de los hermanos Cohen, al que da vida un Matt Damon, excelente como siempre. La obra es, descaradamente, un remake de Valor de ley, una cinta de Henri Hataway interpretada por un John Wayne, ya con 62 años en 1969 quien se ganó en su papel como Rooster Cogburn, el protagonista principal, el Oscar que realmente merecía por una trayectoria absolutamente inolvidable, la de un actor que marcó un género y, en cierto sentido, una época, y con el que asociamos algunas de las mejores películas de John Ford, como La diligencia, El hombre que mató a Liberty Valance, Fort Apache o The Searchers, que en España conocimos como Centauros del desierto (para que no se diga que los distribuidores no son creativos), lo que no es poco decir para alguien del cine.
No recuerdo con todo detalle la película de Hataway, aunque sí muy bien el personaje de Wayne, y me parece que los Cohen han hecho una película distinta, en buena medida, y ese es, precisamente, su mayor mérito. Yo creo que los Cohen han querido hacer una especie de homenaje al matriarcado americano, un reconocimiento explícito, y convenientemente feminista, al destacado papel de la mujer en un ambiente en el que, de manera habitual, no por cierto en el Ford de La diligencia y en tantos otros casos, las películas las habían relegado al papel, escasamente brillante, de objetos de deseo y/o de chismosas.
La historia que ahora narran los Cohen nos muestra cómo un alguacil borracho y envilecido por la brutalidad y la violencia y un ranger bastante cursi se ven elevados al rango de caballeros por el influjo de una virgen repleta de carácter, valiente, luchadora, dotada de ese sentido de la justicia casi indiscernible de la venganza que tanto arraiga en las sociedades guerreras, como es el caso, sin duda, de los Estados Unidos. La película tiene la estructura, casi, de un cantar de gesta, de una de esas historias en las que el amor y la admiración de la dama otorga la nobleza que no tenía a un hombre y le convierte en caballero. Como es obvio en una película americana, aunque no en otros casos y no me gusta señalar, la película está espléndidamente rodada y se sigue con interés, aunque puede que incurra en algunos minutos en un ralentí que pudiera evitarse. Es típica de los Cohen, capaces de lo mejor, como Quemar después de leer, o de perderse sin saber muy bien por dónde.
El ya veterano Jeff Bridges hace un gran trabajo, aunque cueste olvidar al viejo Wayne, y la joven Haylee Stenfield está sencillamente perfecta en su papel protagonista.

lunes, 14 de febrero de 2011

Las chapuzas socialistas en Interior

Los socialistas, y la izquierda en general, han sustentado su fama en la curiosa doctrina conforme a la cual han de ser juzgados por lo que dicen promover, nunca por lo que efectivamente hacen. Cuando se examina la conducta de los gobiernos socialistas se comprende muy bien lo indispensable que resulta mantener esa doctrina exculpatoria, lo que alcanza caracteres de urgencia escandalosa cuando se considera el comportamiento de los socialistas al frente del Ministerio del Interior. La Gaceta publicó ayer la primera parte de una entrevista al señor Amedo, quien hubo de cargar públicamente con todas las responsabilidades derivadas del caso GAL. Meses después de que Felipe González realizase unas declaraciones en que ponía de manifiesto lo atentamente que seguía las acciones encubiertas del Ministerio, aunque para presumir de no haber ordenado una masacre que, a su entender, hubiesen aprobado los electores, Amedo da nuevas informaciones sobre cómo se desarrolló aquella chapuza inmunda que igualó las acciones del poder legítimo con las fechorías de los criminales comunes. 
Me gustaría llamar la atención sobre una diferencia esencial entre una acción ilegal y encubierta de carácter criminal, y una orden política que, aunque pueda bordear los límites de la legitimidad, pueda resultar admisible, reside, precisamente, en la disposición a asumir la responsabilidad política correspondiente en quienes la hubieran ordenado. Se entenderá muy bien si se recuerda un ejemplo obvio: cuando, hace ya un par de décadas, los servicios secretos ingleses ametrallaron, de manera completamente ilegal, a un grupo de militantes del IRA en territorio español, la señora Thatcher acudió inmediatamente al Parlamento a declararse responsable de aquella acción, de manera que, se piense lo que se piense, de su conducta está claro que asumió todas las consecuencias que pudieran haberse derivado de su acción sin tratar de escurrir el bulto ni de empapelar a intermediarios que cargasen con el muerto, y nunca mejor dicho, pues fueron varios. La conducta de los socialistas en el Ministerio del Interior ha sido y continua siendo exactamente la contraria. Lo que Amedo nos cuenta remacha algo que ya sabíamos, que no solo las órdenes ilegales en relación con el caso GAL partieron de la autoridad política, el Ministro y el Presidente, sino que toda la preocupación de los altos cargos de Interior y del PSOE se centró en cómo engañar a la opinión pública, en negar cualquier responsabilidad en lo ocurrido, refugiándose en la mentira cobarde y en la manipulación judicial, contando, como no, con Garzón por medio.
Se hace imposible no relacionar estos hechos con casos que son, desgraciadamente, actualidad, tanto más cuanto algunos de los protagonistas de unos y otros siguen siendo los mismos. De la misma manera que los socialistas pretendían negar que el GAL existiese, y echaron todas las culpas sobre los policías que ejecutaban sus órdenes pretendiendo el absurdo de que actuaban por cuenta y riesgo propios, asistimos ahora a un rosario de disparates ridículos en relación con el indigno chivatazo policial que evitó la desarticulación del sistema de cobros ilegales de ETA, eso que se conoce como caso Faisán. Es realmente estremecedor contemplar las similitudes en ambos casos, el empeño en negar la evidencia para encubrir al de más arriba, en la esperanza de que éste los encubra luego a todos. Lo más asombroso es que dos de los nombres clave en este sainete grotesco coinciden con dos de las personas decisivas en el devenir del caso GAL, tal como ponen de manifiesto las declaraciones de Amedo, con Garzón y Rubalcaba. El señor Garzón ha puesto toda su habilidad para desestabilizar procesos judiciales en conseguir que el caso Faisán durmiese eternamente el sueño de los justos en un cajón de su despacho. Pero la justicia, que es lenta pero implacable, y que podría volver a abrir determinados aspectos del caso GAL, a nada que decida estudiar los documentos que un testigo de excepción como Amedo está poniendo en sus manos, ha echado por tierra esas pretensiones y ha obligado a que un juez tan mañoso como siempre ha sido Garzón haya de salir por piernas de su juzgado, y tenga que recurrir a procedimientos de imagen, a cargo siempre de los chicos de la ceja, para tratar de salvar lo muy poco que queda de su supuesto prestigio justiciero. Pero la presión de Rubalcaba sigue en plena faena, pretendiendo el absurdo de que, como en el caso Gal, unos policías pudieran tomar por su cuenta y riesgo la iniciativa de intervenir a su aire en un proceso tan delicuescente como el de las relaciones de este Gobierno, inepto y sin principios, con la banda terrorista.
Hay otro aspecto de las maniobras socialistas en Interior que también ahora se pone manifiesto: no se trata únicamente de su absoluta inmoralidad, de su desprecio a los principios más elementales de la democracia, de su capacidad para intentar cazar como sea los gatos de cualquier color, de su olvido de las normas lógicas acerca de cómo y en quién recae la responsabilidad en las acciones del gobierno. Hay, por desgracia, bastante más, una muestra completa de la chapucería más vergonzosa, de la incapacidad y la ineficacia de quienes no saben hacer bien ni siquiera lo que se disponen a hacer muy mal, por las bravas y saltándose cualquier dique moral, cualquier principio de limitación, algo que, a muchos de ellos, les suena, sin duda alguna, a música celestial.

domingo, 13 de febrero de 2011

El crimen de la calle Bordadores

Ayer, gracias al magnífico programa de José Luis Garci en Telemadrid, Cine en blanco y negro, tuve la suerte de ver El crimen de la calle Bordadores una película de Edgar Neville de la que ni siquiera había oído hablar. Quede bastante deslumbrado por lo que me pareció ver, aunque eso que yo ví no fue lo mismo que, según sus opiniones, habían visto los contertulios del programa de Garci, ni lo que otros críticos, según puede comprobar en una inspección somera, habían visto en la película. A mi me pareció, con toda claridad, una película sobre algunos de los defectos españoles, irónica, suave, como es de esperar en Neville, pero suficientemente explícita al respecto. Para empezar se trata de una película que se refiere, con modificaciones bastante siginificativas, a un caso real que apasionó a la opinión pública española, al crimen de la calle Fuencarral que interesó mucho, por ejemplo, a Pérez Galdós.
Lo primero que Neville censura, tal como yo lo ví, es la tradición de chismorreo; a continuación muestra como sobre base tan endeble se edifica un fanatismo popular que da en divisiones y enfrentamientos que merecerían fundamentos más sólidos, si es que pudieran consentirse en algún caso. Luego muestra la forma en que la prensa habla de estas cosas, sin distinguirse ni un ápice de las pasiones del populacho al que se dirige y del que quiere vivir. Para acabar, la Justicia misma es presa de esa clase de debilidades: no se toma en serio ninguna clase de prueba, carece de cualquier rigor y parece únicamente empeñada en mantener su poder por encima de cualquier causa; de pasada, vemos a policías cobardes y rutinarios, a personajes endebles pero ávidos de protagonismo, y un diverso bestiario de españoles más ridículos que estimables. El tono crítico de Neville es absolutamente evidente en algunas escenas, como la que muestra la rijosidad de los jueces y otros servidores de la judicatura al escuchar el relato de las intimidades de la bella sospechosa.
De una manera muy orteguiana, en esta historia solo se salva un personaje que representa al pueblo anónimo, al desclasado digno y valiente, el personaje de Lola, la billetera, porque quien acaba tomando el protagonismo de la parte final de la película, la criada de la víctima, es vista desde una cierta ambigüedad, de modo que el espectador no llega a saber si ha sido realmente criminal, y, de ser así, ¿con qué motivo? o si, de forma tal vez más verosimil, se convierte en inculpada, simplemente para evitar que las sospechas recaigan sobre Lola en la que cree haber descubierto a la hija que hubo de abandonar y por la que está dispuesta a inmolarse.
Me parece que es frecuente no ver la carga crítica de esta película oculta tras una apariencia de folletón costumbrista. Eso suele pasar con lo más obvio, sobre todo porque tenemos una tendencia a juzgar de las cosas conforme a una plantilla, y esa plantilla, como lo hace ver Neville, es extraordinariamente benévola con nuestros defectos, lo que se convierte en uno de los más graves, en una invitación a imitar, a repetir, a no pensar y a hacer pasar eso por virtud casticista o por alguna otra lindeza. La autocomplacencia sí que puede ser con gran facilidad el refugio más seguro de los auténticos bribones.

No se priven de un servicio de filosofía a la medida 

sábado, 12 de febrero de 2011

Mubarak se ha ido


Y nadie sabe cómo ha sido. Los acontecimientos del norte de África tienen todas las características necesarias para dar píe a teorías absolutamente contrarias, para que alabemos el papel de la juventud, ese viejo prejuicio tan caro a los nazis, la importancia de Internet y de las redes sociales, lo dicen los periodistas y lo repetimos todos, pero también para que si nos ponemos en serio a pensar en ello no sepamos a qué atenernos. ¿Ha cedido el régimen egipcio, del que es probable que Mubarak fuese ya solo una máscara, o ha pasado por una crisis cíclica y pasajera de la que saldrá más robustecido? Se trata de acontecimientos que apenas podemos juzgar, desde la distancia y todavía. No hay que llegar a lo que se atribuye a Mao (“es un poco pronto para opinar sobre la revolución francesa”), pero es algo frívolo juzgar a base de crónicas y retazos de telediario lo que vaya a pasar en un lugar tan enorme y complejo como Egipto. Ni siquiera es seguro que vayamos a vivir grandes acontecimientos, salvo que la dirección de cuanto ha ocurrido esté en manos de otros, americanas, por ejemplo, pero ni yo lo sé ni, caso de ser cierto, apostaría por que estuviese claro lo que eso pudiera significar.  


Nokia y Microsoft se conciertan

viernes, 11 de febrero de 2011

Manos a la obra


Una de las cosas que más sorprenden en la política española es que el descrédito del gobierno, el más amplio y fundado en lo que llevamos de democracia, no va acompañado de un incremento significativo de ilusión o de esperanza en la alternativa. Frente a ello, nada más fácil que decir que la oposición y su líder no lo están haciendo bien. Sin negar este aspecto del problema, sería bueno preguntarse por las razones más hondas, si es que las hay, que sean capaces de explicar la desesperanza y el conformismo de los electores.
Pese al carácter berroqueño del voto de izquierda, la verdadera razón reside en que una gran mayoría de los electores, de izquierda y de derecha, está acostumbrada a que el gobierno y los políticos lo sean todo, a que no haya nada en el espacio público que no sea política partidista. Entre quienes pretenden hacernos creer que poseen las llaves del Paraíso, y el que las políticas de unos y de otros sean con frecuencia indiscernibles, el interés por la política ha llegado a ser el que es, de manera que la gente se queja de lo que va evidentemente mal, pero no se entusiasma con nada de lo que pudiera sustituirlo. Por eso, aunque la oposición se oponga, lo mismo da si lo hace con fiereza que si lo lleva con parsimonia, no se generan novedades en que los ciudadanos puedan depositar sus esperanzas.
El enorme peso de los poderes públicos hace que los españoles nos hayamos acostumbrado a esperar casi todo de los distintos gobiernos, y que los políticos se hayan dedicado a prometernos el oro y el moro. Frente a esta situación en que cualquier iniciativa se subordina a la razón política, y en la que la oposición pretende que cualquier esperanza dependa de su llegada al poder, la sociedad se adormece, se inhibe y ello trae consigo la disminución radical de cualquier posibilidad real de hacer que las cosas cambien de verdad y, en consecuencia, también en política.
Lo que se puede reprochar a la oposición es precisamente su parvedad a la hora de sembrar esperanza, su dedicación exclusiva a la crítica y/o a la política rutinaria. Lo curioso es que la alternativa política no hable de estas cosas por miedo a perder votos, que no diga que solo trabajando más, siendo más valientes, creativos y arriesgados podremos hacer una sociedad más rica y competitiva. Cuando la derecha se dedica a superar el populismo de la izquierda, está cavando su propia tumba, esa cultura política predominante en España y que nos distingue con nitidez no ya del mundo sino del resto de Europa. Mientras el PP no se atreva a sostener que, por ejemplo, los sindicatos se queden sin subvenciones, como sucede en Alemania, o que los partidos, vivan de las cuotas de sus afiliados, lo que haría, por cierto, que pudiesen empezar a ser internamente democráticos, como quiere la Constitución, los ciudadanos que lo prefieran lo seguirán haciendo por falsas razones, por motivos puramente negativos, y no se dignarán creer que pueda representar una alternativa realmente nueva y atractiva, que puedan atreverse a arreglar la justicia o la educación, por poner ejemplos obvios. El PP debiera saber que una victoria sin programas orientados en esa línea será siempre una victoria pírrica, que gobernará, si es que llega a ello, atenazado por sus adversarios y que, en mucho menos de dos legislaturas, le estarán llamando de todo a calles llenas. A veces se oye decir que si los políticos le dijesen la verdad a los ciudadanos perderían completamente su apoyo, no ganarían nunca las elecciones, y que esta es precisamente la causa de la atonía de la oposición. Me parece que esto pone en funcionamiento una versión bastante idiota de la estrategia de poner el carro delante de los bueyes.
Claro está que poner en píe una alternativa distinta no es sólo tarea de los políticos, ni siquiera es tarea primordial de ellos, porque siempre preferirán subirse a un carro en marcha que empezar a empujarlo cuando parece inamovible. Somos los ciudadanos los que tennos que agitar el panorama y empezar a crear una sociedad distinta, una nueva realidad económica que solo será posible con iniciativas imaginativas y atrevidas, que a veces fracasarán pero otras muchas saldrán adelante. Los ciudadanos tiene que darse cuenta de que, además de imposible, una vida en la que no todo se reduzca a conseguir un salario público o a obtener los favores de cualquier baranda, tiene que ser forzosamente aburrida, detestable. Es obvio que los aparatos políticos han creado la situación en que muchos esperan vivir de la sopa boba de las administraciones, muchos sí, pero no todos.
Los españoles no podemos permitirnos el lujo de perecer a causa de la suma incompetencia del gobierno y de la escasa diligencia de la oposición. Urge que dejemos de pensar en soluciones que nos lleguen desde arriba y que comencemos a pensar no en qué puede hacer el gobierno, sino en qué podemos hacer por este país tan desafortunado y, naturalmente, por nosotros mismos, así que ¡manos a la obra!
[Publicado en Gaceta]

jueves, 10 de febrero de 2011

Ganivet y la burbuja inmobiliaria



Leyendo las Cartas finlandesas de Ganivet, publicadas en 1896, me he encontrado que, como suele suceder, el texto nos dice más cosas sobre los españoles, sobre todo sobre los Ganivets, si se me permite hablar así, que sobre Finlandia que es más bien que un argumento una tinción, un contraste. Iba a referirme a lo que Ganivet llama la candente cuestión de la reforma universitaria, pero me contuve. Sin embargo, unos párrafos más allá me encontré con una cita que transcribo, a propósito de los hábitos inmobiliarios de los finlandeses que le producen asombro a Ganivet por dos razones, porque ni sobran ni faltan casas, pese a lo mucho que se mueve el hogar finés, y, sobre todo porque no parece habersele ocurrido a ningún finlandés, gentes activas e industriosas donde las haya según nuestro cónsul en Riga, hacer negocio singular con este asunto, cosa que, como verán, le llama mucho la atención: “Yo me contento con asegurar que en todas parte hay «constructores de casas vacías», excepto aquí, donde se posee un finísimo olfato económico. Si en España hiciéramos un balance de las casas que tenemos desalquiladas y del capital amortizado que representan, sacaríamos quizá millones bastantes para recoger toda la deuda exterior y para que se quedaran dentro de casa los intereses que van al extranjero”. No me negarán que la observación sea aguda y sorprendente, hecha ya hace más de 115 años.

Los españoles hemos venido confundiendo la riqueza con ser terratenientes, aunque sea en la escala de un apartamentito de 50 metros, y hemos pasado mansamente por el aro con esa pirámide de Ponzi en el que se convirtió en España el negocio inmobiliario, un auténtico disparate que nadie se atrevió a denunciar hasta el momento en el que se nos vino encima el monumento a la memez que habíamos construído, con la ayuda de casi todos. Recuerdo, por ejemplo, como se vanagloriaba un amigo, que hasta ese momento pasaba por ser un águila en el sector, de haber comprado una empresa inmobiliaria por mucho más de lo razonable, y ya en una situación en que hasta los quinielistas sabían que el asunto amenazaba ruina. Jugaba con fuego y se quemó, se abrasó, como tantos.

Espero que eso sirva para que no volvamos a las andadas, pero vista la profundidad del prejuicio, no lo daré como seguro. Son muy otras las formas de crear riqueza que debieran interesarnos, aquellas que realmente signifiquen una novedad, un buen servicio, algo que pueda venderse en el mundo entero, y no esas promociones de adosados que nadie comprará nunca, y que debiéramos considerar como lo que son, como la tumba fea y necia de una tontería colectiva.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Google y Mubarak

El hecho de que uno de los líderes de la revolución que se está desarrollando en Egipto sea un directivo de Google es algo más que una casualidad. El presidente egipcio, miembro de ese selecto club que es la Internacional Socialista, que ahora se apresurará a echarle, imagino, para que la cosa no trascienda, es uno de esos millones de seres humanos que siguen pensando que todo puede ser como siempre, y eso en Egipto ya se sabe lo que significa. 
No hace falta ser especialmente agudo para comprender que el mundo en el que Google actúa no se atiene a esa regla tan vieja, y que la explosión de información, y de contacto, que trae consigo le pone las cosas muy difíciles a gobiernos sin apenas otra forma de legitimidad que las bayonetas, los años y la ignorancia. No creo que el progreso tecnológico implique automáticamente un progreso político, pero está claro que determinadas formas de gobierno no aguantan el efecto corrosivo de los smartphones. Ya pasó con la televisión en la caída del muro, y esto que ahora está pasando es un ejemplo más de una verdad que debiera considerarse obvia: las sociedades que pueden comparar, eligen las democracias, y detestan las dictaduras, sea cual sea el disfraz que luzcan, lo que no quiere decir, desgraciadamente, que movimientos como el de Túnez o Egipto tengan el éxito asegurado en su camino hacia una fórmula política que, en el fondo, seguramente le deba más a la tradición que a la tecnología.



Los editores siguen subidos al guindo y no acaban de caerse

martes, 8 de febrero de 2011

Dice Ortega, en La idea de principio en Leibniz, que una de las peores cosas de este mundo es la casi-ciencia, y no puedo estar más de acuerdo. Aunque Ortega no se refiera en ese pasaje a la casi-ciencia hoy más de moda, al cientifismo, porque está hablando de Santo Tomás y de su forma de entender la relación entre ciencia y fe, hay muchas formas de casi-ciencia y todas son bastante lamentables, pero seguramente la más necia de todas ellas es la que pretende profetizar la ciencia, continuarla con la imaginación, dar por hecho lo que apenas puede ser tomado como una idea sugerente que habrá que investigar a fondo, y otro tipo de enormidades de este estilo, es decir la ciencia como ideología y como dogma, una auténtica contradicción en los términos. El éxito de la casi-ciencia cientifista se apoya, como todas las generalizaciones indebidas, en la credulidad del público, en la malversación de esa forma de literatura que irritaba a Wittgenstein, la divulgación científica. Son los periodistas, que suelen entender muy poco de casi todo, y no tanto los científicos los que promueven las formas más perniciosas de esa clase de divagaciones pretenciosas. En último término, lo que s ya el colmo, es la ciencia convertida en religión de descreídos, ¡por Dios, qué mal negocio!


Para saber cuál es el mejor de los teléfonos, Nexus S

lunes, 7 de febrero de 2011

Listas de tránsfugas y corruptos

La vuelta a las listas socialistas para la alcaldía de Benidorm de los que abandonaron aparentemente el PSOE para hacerse con la alcaldía, muestra con toda evidencia el nulo aprecio de ese partido por la ética, la idoneidad y la coherencia. Los socialistas van a los suyo, al interés de su organización y de quienes de ella viven. La sordidez de la política es cada vez mayor, y hace falta una ingenuidad rayana en el delirio para seguir creyendo que se pueda esperar de los partidos algo que se justifique porque convenga a todos, si no les favorece a ellos. El despilfarro del Senado en traducciones inútiles es otra muestra del alejamiento de los políticos del buen sentido, del descaro con el que imponen lo que en cada caso les conviene aunque resulte ridículo, obsceno y perjudicial. En el caso de Benidorm, fueron unánimes los dirigentes socialistas en decir de todas las maneras posibles que sería impensable que pudiera suceder lo que ahora acaba de ocurrir, pero era tan evidente que la maniobra para desalojar al PP de la alcaldía había sido orquestada por el clan de Pajín, su madre, su padre y las personas a su servicio, que lo único que asombraba de tales declaraciones era su inagotable cinismo.
El transfuguismo es, en realidad, un vicio del sistema, una consecuencia de que los partidos no cumplan con su función, de que sus dirigentes no representen a sus votantes sino que, por una serie de mecanismos inverosímiles, se hayan convertido en pequeños dictadores que imponen sus conveniencias a los electores. Nada de esto tendrá arreglo hasta que cese el ciego fanatismo de millones de electores que siguen votando a sus representantes aunque sean delincuentes reconocidos, con la presumible excusa de que, puestos a robar, prefieren que sean los suyos quienes lo hagan.
El transfuguismo es una de las muchas caras de la corrupción, la prueba de que muchos políticos no piensan en otra cosa que en llenarse los bolsillos cuanto antes. La increíble tolerancia de una Justicia politizada, lenta y miope, hace que se sientan seguros de que nada vaya a ocurrirles, porque, además, gozarán de la protección de sus máximos dirigentes que, con tal de negar que la corrupción les afecta, serían capaces de cualquier cosa, de mantener en sus candidaturas, por ejemplo, según datos que publicó ayer Gaceta, a decenas de candidatos procesados. Los cuadros más altos del PSOE pregonan que no admiten a corruptos, pero en Ronda, en Denia, en Ibiza, en Torrox, en Estepona, en Melilla, en Elche, en Cartaya, en Jerez de la Frontera, en Ávila, en Plasencia, en San Fernando de Henares, en Llanes, por citar solo los casos de que da noticia el periódico, hay personas en sus listas que han mercido las pesquisas de los jueces, pese a la levedad con la que la justicia consideran esta clase de conductas contra el interés público. Lo mismo se podría decir de algunos casos del PP, porque, aunque su número sea considerablemente menor, el partido también prefiere casi siempre defender su honorabilidad con el frágil tamiz de la justicia que promover a personas cuya decencia conste de manera inequívoca.
Se trata de cosas que deberían cambiar porque están manchando de manera irresponsable a la democracia, pero para ello haría falta que los partidos abandonasen la moral de mafia, y se decidiesen a trabajar de verdad por el bien común, por la decencia, la ejemplaridad y el mérito, un escenario en el que no sobrevivirían esas mediocridades que se han adueñado de tantos aparatos de poder.

domingo, 6 de febrero de 2011

Las dificultades

Hoy me he tropezado con una referencia a Séneca (de sus Cartas a Lucilio) que les transcribo: Non quia difficilia sunt non audemus, sed quia non audemus difficilia sunt, una afirmación que nos recuerda que es el valor, o la cobardía que es su ausencia, quien mide las dificultades, y no al revés. Los estoicos romanos, como Epicteto, tenían una extraordinaria tendencia a considerar posible casi cualquier forma de proeza humana, colocaban muy arriba nuestra capacidad de resultar invulnerables, nuestra soberanía sobre las cosas. Es curioso que ahora, cuando la especie humana ha conseguido superar casi cualquier clase de barrera, se tienda a subrayar nuestra debilidad, nuestras carencias, la vulnerabilidad. Es posible que tanto en la carrera científica y tecnológica como en la carrera política hayamos desatado fuerzas que están muy por encima de lo que ningún ser humano singular pueda soportar, y que esos Leviatanes nos obliguen a sentirnos débiles, frágiles, impotentes. Pero también ocurre, sin duda, que llevamos mucho tiempo cultivando los sentimientos pasivos, si se me permite hablar así, y que apenas sabríamos comprender porqué, en otros tiempos, se ha podido considerar como virtudes cardinales a la fortaleza o, incluso, a la audacia, virtudes que ningún romano podía desconocer y dejar de alabar. En su extraordinario libro sobre la virtud Alasdair McIntyre llama la atención sobre cómo ha variado la lista de virtudes y sobre cómo comprendemos de manera muy distinta sus significados relativos, pese a lo cual sostiene, y creo que correctamente, que hay una gran tradición moral en torno a ese término que hay que reconstruir y recuperar. McIntyre recuerda como Jane Austen, por ejemplo, ensalzaba la constancia, que tampoco goza ahora de gran predicamento. Creo, sin embargo, que pensar en cualquiera de las formas en que los filósofos y los novelistas han ensalzado la vida humana es algo que siempre ayuda, una fuente de la que se puede seguir bebiendo con provecho y placer, aunque nos sintamos muy lejos de tiempos heroicos.


Sobre las direcciones de Internet y su agotamiento

sábado, 5 de febrero de 2011

Baroja, Rubia y Oakeshott

Una de mis citas favoritas ha sido siempre la de Baroja, dejemos las conclusiones para los imbéciles. Es favorita, sobre todo in foro conscientiae, porque decirla en voz alta, como ahora, te puede crear enemigos innecesarios. Me he acordado de ella tras leer en una pagina web dedicada a temas de filosofía de la mente un par de referencias a algo que yo había leído, a un artículo de F. J. Rubia, y otros que lo acompañan, en el último número de Revista de Occidente sobre viejas cuestiones como el determinismo, la libertad, la memoria y el cerebro. Son temas que nunca te consigues quitar del todo de encima si te dedicas a según qué clase de filosofías, y, tras haber leído algunos cientos de páginas, y haber escrito unas decenas, casi sólo te quedan perplejidades y una cierta sensación de abismo que te hace sospechar de tratamientos más ligeros, aunque se supongan bien informados. Así, los que se dedican a maquinar con el cerebro suelen creer que saben cosas que los demás, según su parecer, ignoramos, y seguro que es así, pero es muy frecuente que ignoren hasta qué punto están manejando ideas que desconocen, cargadas de problemas y de paradojas, llenas de historia, pero que ellos confunden con los nombres de una avenida mediterránea. En estas estaba cuando me tropecé con un libro extraordinario de Oakeshott que me había regalado hace unos años un amigo y que no había leído hasta la fecha. Leerlo ha sido un placer, un verdadero festín para la inteligencia, bueno, eso creo, y he buscado unas líneas que subrayé que, aunque parezcan no tener nada que ver con lo anterior, me parecen muy iluminadoras. Dice el filósofo británico: “La ley y la moral normalmente tienen el mismo centro pero no la misma circunferencia”. Abunda la gente que se coloca en un centro y se dedica a cerrar la circunferencia de las ideas hasta que se confunde con las suyas, más o menos eso es lo que se suele llamar una conclusión.

viernes, 4 de febrero de 2011

Gödel y los fantasmas

Los Reyes Magos me trajeron un libro que ahora estoy acabando de leer, Gödel para todos, de Guillermo Martínez y Gustavo Piñeiro. El libro es interesante aunqiue peca, a mi entender, de un didactismo algo pesado que no acierta a combinar el rigor con la amenidad, tal vez sea imposible. El terreno que separa a los especialistas del público en general es amplio, pero muy confuso y es difícil acertar con cosas originales, interesantes y valiosas, aunque claro es que si no se intentan es imposible.
Lo que me lleva a hablar del libro aquí no es tanto su tema, Gödel, como uno de sus capítulos que dedican a recordar la cantidad de memeces que gentes supuestamente respetables han dicho amparándose en la certeza de que la mera mención de Gödel les dotaría de una respetabilidad intelectual de la que realmente carecían, Esto de hacer decir a otros lo que se supone que queremos decir nosotros es un vicio muy tonto, juvenil y muy extendido, pero lo que ha ocurrido con personajes como Kristeva, Virilio, Serres, Lacan o Lyotard va más allá de ese vicio tonto y se adentra de lleno en la sinvergonzonería más descarada. Ya hace mucho que Sokal desmontó de manera muy efectiva esta clase de mixtificaciones de intelectuales de supuesto prestigio, aunque los autores de este libro son más comprensivos con lo que consideran ligerezas apresuradas de estos personajes, y hasta creen ver que apuntan a algo, aunque no se hayan tomado el trabajo de determinarlo con cierto rigor. Estos jóvenes argentinos son muy comprensivos, especialmente con Lyotard, pero, francamente, yo me moriría de vergüenza si alguien encontrase en algunas de las páginas que he emborronado ejemplos similares de oportunismo intelectual y de cara dura. Los fantasmas están bien en los castillos, modelo clásico, y en las tabernas, modelo hispano, pero deberían de abstenerse de sus hábitos fanfarrones cuando se trata de pensar.